Los muros de la vergüenza


Desde Brasil a Corea, pasando por España, bloques de hormigón y alambradas de espino separan a los seres humanos

TRINIDAD DEIROS
Público


En el cementerio de Tarifa hay 25 tumbas olvidadas. Bajo las lápidas en las que sólo se puede leer un número grabado, reposan otros tantos inmigrantes sin papeles; de sus vidas no ha quedado ni el rastro de un nombre.

Estas tumbas sin identidad se asoman al Estrecho de Gibraltar, una escueta lengua de mar que en su parte más angosta tiene sólo 14 kilómetros pero que da forma a la frontera más desigual del mundo en cuanto a renta per cápita y desarrollo humano, según Naciones Unidas.

El pasado 9 de noviembre, el mundo celebró el vigésimo aniversario de la caída de un muro al que se bautizó como el "de la vergüenza".

Pero la ignominia no ha acabado con el derribo de los bloques de hormigón que partían Berlín en dos. Otros muros, como el que separa a los ricos de la orilla norte del Mediterráneo de los pueblos del sur, siguen en pie. Barreras como las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla , en las que en el otoño de 2005 murieron 14 africanos sin que nadie haya respondido por ello, o la pared metálica que aparta al próspero Estados Unidos de México.

Según la Comisión Nacional de Derechos Humanos mexicana, en los últimos 15 años 5.600 inmigrantes han muerto en un vano intento de cruzar esa frontera.

La aspiración de ocultar la miseria no sólo blinda a los países. En Río de Janeiro, las autoridades han barrido la pobreza debajo de la alfombra rodeando de tapias las favelas, so pretexto de preservar los bosques cercanos.

Pueblos sojuzgados
Pero el intento de proteger una prosperidad construida sobre la desigualdad no es la única razón que explica estas barreras. También la dominación de unos pueblos sobre otros, perpetrada ante la indiferencia de los mismos líderes que se han congratulado por la caída del muro de Berlín.

Los bloques de hormigón de hasta nueve metros que laceran Cisjordania son un ejemplo. También los muros marroquíes que separan a los saharauis de sus familiares que quedaron en el Sáhara Occidental anexionado por Marruecos. Otras murallas son herederas de la Guerra Fría, como la franja que aún divide a las dos Coreas.

Los pretextos no faltan: van desde el control de la inmigración a la necesidad de contener el terrorismo. Pero los fines en apariencia sensatos con los que se justifica la construcción y existencia de estos muros no logran ocultar la injusticia que contribuyen a instaurar.

Los Blues Tuvieron Un Hijo…


ALFREDO ROSSO
Con-Secuencias




...y lo llamaron rock and roll. La frase suele atribuírsele Muddy Waters y tiene plena justificación. En una antigua entrada de este blog nos preguntamos cuál fue el primer rock de la historia y decidimos que sigue siendo una búsqueda con final abierto. Pero aunque no coincidamos en determinar cuál fue el primer rock and roll, sigue siendo fascinante bucear en sus raíces, que reconocen dos grandes tributarios: el blues del Delta del Mississippi, que floreció en los años ’30 del siglo XX y el blues eléctrico de Chicago, que tuvo su pico de intensidad en las dos décadas siguientes.

Uno de los elementos fascinantes de la historia del rock con base de blues es la forma en que sus grandes hitos discográficos están irremisiblemente unidos a la música de las décadas anteriores. Y si bien en la mélange de estilos que contribuyó a abonar el camino para la música de Elvis Presley, los Beatles o Led Zeppelin entran sin duda el folk estadounidense y la música country de dicho país, es indudable que una parte decisiva de su gestación tiene que ver con las diversas mutaciones que experimentó la música de blues entre 1930 y 1955.

Lo más curioso es que cuando consideramos la música de grandes artistas del blues blanco, como John Mayall’s Bluesbreakers, The Rolling Stones, Cream, Led Zeppelin, Paul Butterfield Blues Band o Canned Heat, por citar sólo cinco ejemplos de notables bandas surgidas en los años ’60, debemos también agradecerles el haber rescatado del olvido o del limbo del desconocimiento más total a auténticas leyendas del blues, como Robert Johnson, Skip James o Willie Dixon, o a jerarquizar aún más la obra de baluartes como Elmore James, Muddy Waters o Howlin’ Wolf.

¿Por dónde pasa la conexión entre los dramáticos sonidos que Robert Johnson paseaba por los algodonales del Mississippi en los años ‘30 y la reinterpretación de su repertorio, en un contexto eléctrico a cargo del trío Cream tres décadas más tarde? Interrogados los principales protagonistas, un patrón surge en común: en la Inglaterra de principios de los ’60, todavía agrietada por las penurias de la posguerra, el blues estadounidense tocó un nervio sensible en los jóvenes músicos que recién empezaban a desentrañar los secretos de una guitarra eléctrica. Mucho de la pasión y el dramatismo de aquellos antiguos blues negros encontró un terreno fértil en otra época y otra geografía, teniendo como elemento en común a un grupo de gente que no encajaba en su entorno social y que había encontrado en la música de blues un vehículo para exorcizar sus frustraciones y canalizar sus anhelos. Esto explica la intensidad y el fervor con que chicos apenas salidos de la adolescencia podían volcar al cubrir ese repertorio que ya acumulaba varios años sobre sus espaldas.

Los Rolling Stones impactaron fuertemente con sus primeros dos álbumes y un puñado de simples iniciales donde encararon con convicción el repertorio de Muddy Waters (“I want to be loved”, “I can’t be satisfied”), Slim Harpo (“I’m a king bee”) y Bo Diddley (“Mona (I need you baby)” y hasta obtuvieron un número uno con el clásico “Little red rooster”, tema de Willie Dixon via Howlin’ Wolf. Los Yardbirds –con un muy joven Eric Clapton en sus filas- no se quedaron atrás y su repertorio incluyó también gemas bluseras como “Good morning little schoorgil” del primer Sonny Boy Williamson, “Five long years”, de Eddie Boyd, “Boom boom” de John Lee Hooker y un favorito del Lobo Aullador, “Smokestack Lightning”, que era el centro de sus afamadas “raves”, largas improvisaciones instrumentales en una época en que los temas rara vez duraban más de tres minutos.

Puede decirse que la segunda ola de blues blanco inglés entró realmente en funciones con el álbum “Bluesbreakers” que unió en 1966 a John Mayall con Eric Clapton y los devotos de ese disco atemporal recordarán el furibundo solo de Eric que adorna el tema que lo inicia, “All your love”, de otro gran bluesman de Chicago: Otis Rush. Ese mismo año Clapton entregó su telegrama a Mayall para irse a formar Cream con Jack Bruce y Ginger Baker, y es allí donde los tributos a los grandes bluesmen del Delta y de Chicago alcanzaron un pico de excelencia. El primer álbum “Fresh Cream” incluía tributos a Willie Dixon/Howlin’ Wolf (“Spoonful”), Robert Johnson (“Four until late”), Muddy Waters (“Rollin’ and tumblin’”) y Skip James (“I’m so glad”). Muchas de estas canciones, sin embargo, alcanzarían un desarrollo mucho más dramático en sus versiones en vivo, aparecidas en álbumes posteriores del grupo, como “Wheels of Fire” y “Goodbye”, junto a otros estándards bluseros, como “Crossroads” y “Sitting on top of the world”.

John Mayall, por supuesto, continuó acumulando homenajes a sus ídolos bluseros a lo largo de toda su carrera, pero es imprescindible destacar el primer álbum que grabó teniendo a Mick Taylor como guitarrista, “Crusade”, de 1967, por la solidez de sus versiones de “I can’t quit you baby” (Willie Dixon), “Checkin’ up on my baby” –de John Lee Williamson, alias “Sonny Boy”- y de un tema que hizo famoso Buddy Guy: “My time after a while”. A todo esto la segunda camada de bluseros británicos floreció con bandas como Fleetwood Mac (que modeló buena parte de su primer repertorio en torno al blues de Chicago, en especial el sonido de slide de Elmore James), Chicken Shack, el Jeff Beck Group, Savoy Brown y Ten Years After, pero sin duda el grupo que llevó la influencia del blues eléctrico un paso más allá en términos de aceptación masiva fue Led Zeppelin, quienes ya en su álbum debut pegaron fuerte con dos clásicos de Dixon: “You shook me” y “I can’t quit you baby”. Es interesante ver cómo este blues eléctrico desarrollado en Inglaterra se fusionó con la corriente de rock progresivo hasta formar una unidad indisoluble, y como todos estos músicos, a su vez, tomaron las influencias de sus grandes ídolos para acuñar un repertorio propio en una vena afín.

Pero aunque es cierto que la conexión británica fue decisiva en la reapreciación del blues tradicional en las décadas del ’60 y ’70, sería injusto decir que en Estados Unidos no había músicos blancos que recogieron el guante. Sin ir más lejos, en la mismísima ciudad de Chicago surgió la Paul Butterfield Blues Band, allá por 1965, con dos guitarristas de excepción, como Elvin Bishop y Mike Bloomfield y un repertorio que alternaba piezas propias con estándars como “Got my mojo working” de Muddy Waters o “Shake your moneymaker”, popularizada por Elmore James. En la costa oeste, entretanto, el tema Canned Heat, atribuído al bluesman Tommy Johnson sirvió para bautizar a la banda de blues blanco más célebre de San Francisco, mientras que en Nueva York, el Blues Project de Al Kooper también descollaba con excitantes versiones de clásicos bluseros de todos los tiempos. Poco después, en tierras sureñas, habían sumado su aporte Johnny Winter y los Allman Brothers, encendiendo una antorcha que, tiempo después, recogería el gran Stevie Ray Vaughan.

A pesar de los puristas, el blues no hace distinciones de color de piel. Se siente o no se siente y ése, en última instancia, es el requisito final, a la hora de tocarlo.

Mentiras y fantasmas en una Unión Europea para hombres

JOSU JUARISTI
Gara




Si alguien piensa que el Tratado de Lisboa es el remedio de todos los males de la Unión Europea, se equivoca. A veintisiete estados, con o sin Lisboa, el futuro es incierto, y el presente caótico. Los contactos previos para la elección (en la cumbre extraordinaria del día 19) de un presidente estable del Consejo Europeo y del Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y de Seguridad han reflejado perfectamente que los intereses estatales y la falta evidente de criterios han sumido a la Unión en el caos, la improvisación y el engaño, tal y como informábamos el pasado jueves. Pero hay otros muchos temas en los que la UE sigue naufragando. Aquí analizamos cuatro:

Barroso II, un equipo casi completamente masculino. A pesar de sus insistentes llamamientos, José Manuel Durao Barroso apenas cuenta con mujeres para su segundo mandato. De las veinte personas nominadas hasta ahora, sólo tres son mujeres. Si Barroso aspira, como dice, a tener más féminas en su segundo equipo, de los siete estados miembros que aún no han desvelado su candidato seis deberían elegir mujeres. Su primer equipo contaba con ocho.

La cuestión del género podría convertirse en un auténtico problema para Barroso, puesto que son ya varias las formaciones que han advertido que rechazarán a la nueva Comisión si no hay más mujeres que en el anterior mandato. Además, varias parlamentarias de diferentes grupos políticos han suscrito una carta conjunta lanzando la misma advertencia. Conviene recordar que todos los candidatos deben ser aceptados por Barroso, por los gobiernos y el Parlamento, que tiene la potestad de rechazar en bloque al colegio de comisarios (o a candidatos concretos «sugiriendo» a Barroso que retire a éste o aquel).

Por otra parte, nadie sabe aún cuándo comenzarán las audiencias de los candidatos a comisario ante el Parlamento Europeo. La Cámara había reservado la última semana de noviembre y la primera de diciembre para llevarlas a cabo, pero el retraso en la convocatoria del Consejo Europeo extraordinario provocará retrasos en cadena. Desde el grupo Liberal se ha insinuado ya que los «exámenes» no podrán comenzar antes del 4 de enero y que la votación en pleno sería el 20, con lo que la nueva Comisión no comenzaría a trabajar antes de febrero. O más tarde si los diputados europeos rechazan a los candidatos. No sería la primera vez que los parlamentarios deciden enseñar músculo; ya lo hicieron con la Comisión de Jacques Santer.

Además, los estados no enseñarán todas sus cartas hasta que se sepa definitivamente quién es el presidente del Consejo Europeo, quién el Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y quién el nuevo secretario general del Consejo, cargo éste más técnico pero con relativo poder de control del trabajo diario de los estados y también jugoso para muchos. Sólo entonces comenzará una nueva lucha por los mejores puestos y carteras de la Comisión.

De momento, la propuesta lanzada por el presidente del Partido de los Socialistas Europeos, el danés Poul Nyrup Rasmussen, el 24 de junio pasado, de crear una Carta de Derechos de las Mujeres para fomentar sus derechos y oportunidades, ha caído en saco roto.

¿Cuándo asumirán plenamente sus escaños los 18 nuevos diputados europeos surgidos del Tratado de Lisboa? En las elecciones al Parlamento Europeo se eligieron 736 diputados (en base al Tratado de Niza); el texto de Lisboa contemplaba un máximo de 751, incluyendo al presidente, pero en la cumbre de diciembre pasado la cifra se aumentó a 754 hasta 2014 para que Alemania pudiera mantener sus 99 (en 2015 perderá 3). Conclusión: hay 18 nuevos diputados europeos.

Esta posibilidad estaba contemplada ya en los comicios, y se sabe cuántos más tendrá cada estado miembro, pero aún nadie sabe cuándo ocuparán sus escaños, debido, al parecer, a que la atribución de los nuevos escaños no está clara en los estados que ganan diputados y que cuentan con sistemas electorales más complicados. El Estado español, que tendrá 4 más, es el que más prisa tiene por ocupar los asientos; el Estado francés, Suecia y Austria tendrán dos más; y uno Gran Bretaña, Polonia, Portugal, Holanda, Bulgaria, Letonia, Eslovenia y Malta.

Se supone que para el 1 de diciembre, fecha prevista para que Lisboa entre en vigor, la cuestión estará decidida y los 18 se sentarán en Estrasburgo, pero es sólo un suponer, y aunque tomen asiento, es seguro que no tendrán los mismos derechos que sus vecinos. La UE adoptará, una vez más, una decisión provisional. De momento, sólo consta la voluntad de los Veintisiete de que estos 18 «diputados fantasmas», como se les denomina ya en la jerga comunitaria, asuman plenamente su responsabilidad «a lo largo de 2010», con lo que es probable que, mientras tanto, tengan un estatus de «diputado observador». Ésto, que ya se ha hecho coincidiendo con las últimas ampliaciones, les impedirá participar en las votaciones... pero cobrarán como el que más desde el primer día, sean «observadores» o «fantasmas».

¿Alguien entiende que puedan ocurrir estas absolutas estupideces? (el término no es de cosecha propia en este caso, la han utilizado ya muchos diputados al referirse a este tema).

El caso más inexplicable se da en Francia, donde se habla directamente de misterio al referirse a este tema. La legislación francesa no ha resuelto la cuestión y ni tan siquiera se sabe a quién corresponden los dos escaños adicionales. Los Verdes los reclaman para sí, y la derecha dice que no hay prisa.

Alguien podría decir que los estados que lo tienen resuelto envíen a los «fantasmas» desde el primer día, pero el Parlamento Europeo sólo aceptará un desembarco en bloque, para no alterar el balance ya prefijado por el Tratado de Lisboa.

Y hay quien asegura que el tema exige cuando menos un protocolo adicional al Tratado de Lisboa, cuando no una enmienda al texto, lo que podría exigir incluso que Lisboa tuviese que ser de nuevo ratificada por los Veintisiete. La sangre no llegará finalmente al río por esta minucia, es obvio, pero ofrece una idea bastante aproximada del embrollo jurídico y político en que se está convirtiendo la Unión Europea.

Más caos. La gran apuesta democrática del Tratado de Lisboa, la «iniciativa ciudadana», está en pañales. Recordemos lo que dice Lisboa sobre la iniciativa ciudadana: «Un grupo de al menos un millón de ciudadanos de la Unión, que sean nacionales de un número significativo de estados miembros, podrá tomar la iniciativa de invitar a la Comisión, en el marco de sus atribuciones, a que presente una propuesta adecuada sobre cuestiones que estos ciudadanos estimen que requieren un acto jurídico de la Unión para los fines de la aplicación de los tratados». Esta farragosa redacción, típicamente comunitaria, dejaba abiertas muchas cuestiones: número mínimo de estados de los que debe proceder la iniciativa; número mínimo de ciudadanos que deben firmarla en cada estado; edad mínima de los firmantes; estructura y formulación de las iniciativas; normas sobre recogida y autentificación de firmas; plazos de recogida; normas de transparencia; y plazo máximo de respuesta por parte de la Comisión.

La decisión sobre estas cuestiones corresponde al Parlamento Europeo y al Consejo mediante reglamento. La Comisión Europea lanzó este pasado miércoles una consulta pública para lanzar el proceso.

Teóricamente, la decisión de la Comisión Europea de poner en marcha esta consulta para que particulares, asociaciones, empresarios y autoridades públicas expresen su opinión sobre cómo debe funcionar la iniciativa de los ciudadanos es un ejercicio de transparencia. Por otra parte, la iniciativa sólo puede referirse a un campo en el que la Comisión tenga competencias y esto exige información previa y transparencia. Pero, ¿por qué no han hecho antes los deberes -incluida esta consulta pública- para que la iniciativa pueda ponerse en marcha desde el primer día de aplicación del Tratado de Lisboa?

Lisboa entrará en vigor el 1 de diciembre, pero la iniciativa ciudadana no podrá hacerlo antes de principios de 2011, lo cual es un auténtico disparate. Esto no hace sino alimentar la idea de que, en realidad, la Unión está tratando de perder tiempo para retrasar lo más posible una posibilidad de democracia directa para sus ciudadanos.

Ahora, la Comisión ha editado un Libro Verde planteando las cuestiones pendientes y algunas posibles respuestas a las mismas. Algunas de las sugerencias que propone este Libro Verde para que quien lo desee participe en la consulta pública están formuladas como preguntas del siguiente modo:

- ¿Considera que un tercio del número total de estados miembros es «el número significativo« requerido por el Tratado? Si la sugerencia de la Comisión prospera, con firmantes de nueve estados sería suficiente.

- ¿Considera que un 0,2% de la población de cada Estado miembro es un porcentaje adecuado? Esto, por poner dos ejemplos, representaría a unas 160.000 personas en Alemania y a unas 20.000 en Bélgica.

- ¿Considera que la edad mínima requerida por cada Estado miembro para las elecciones europeas es la apropiada también para la iniciativa ciudadana? Y es que la edad para votar no es la misma en todos los estados de la Unión Europea ni, puestos a ello, tampoco los sistemas de verificación de firmas.

En el resto de los temas el Libro Verde se moja menos. Aunque, por ejemplo, apunta a la posibilidad de que el periodo de recogida de firmas pueda prolongarse, para una iniciativa concreta, durante un año.

En cualquier caso, muchas de estas cuestiones podrían ser decididas y clarificadas con mucha mayor rapidez de la prevista. La fecha límite para participar en la consulta es el 31 de enero de 2010; a lo largo del 2010 la Comisión estudiará las aportaciones y elaborará un proyecto de Reglamento; y el Parlamento y el Consejo codecidirán para que pueda entrar en funcionamiento a principios de 2011.

Y ello a pesar de que la comisaria europea de Relaciones Institucionales y Comunicación, Margot Wallstrom, solicitó que la iniciativa pudiera ser usada inmediatamente por los europeos, y argumentó incluso que sería bueno que esto planteara problemas a la Comisión, porque pondría a esta institución mucho más en contacto con las personas y sus intereses o preocupaciones. No parece que los deseos de la activa comisaria sueca hayan tenido mucho eco.

Otro dislate más, que nos llevará a abordar en próximos días la infinidad de aplazamientos, dudas, cuestiones no resueltas y salvaguardas que guarda en sus entrañas el Tratado de Lisboa.

La gran mentira: la participación de los parlamentos de los estados en el proceso de integración europeo. Otro de los puntos del texto de Lisboa que fue presentado en su día como el no va más de la «nueva» arquitectura democrática de la UE surgida de la última reforma es el referido a la mayor participación de los Parlamentos estatales en la política europea. Este punto contempla su participación a través de un nuevo mecanismo para controlar que la Unión actúe exclusivamente cuando la intervención a nivel de la UE resulte más eficaz (subsidiariedad). Esta novedad, se asegura, acrecentará la democracia y la legitimidad de las actuaciones de la Unión, ya que los Parlamentos estatales podrán manifestar su parecer desde la fase inicial de una propuesta, antes de que la estudien a fondo el Parlamento Europeo y el Consejo de Ministros.

Esta es la teoría. Vayamos ahora a la práctica, porque se cumplen tres años y dos meses desde que se introdujera exactamente esta misma posibilidad presentada como novedad en Lisboa. Es decir, desde 2006 la Comisión Europea envía sus propuestas legislativas y borradores directamente a los parlamentos de los estados para que estos le hagan llegar sus sugerencias y comentarios. El sistema es el mismo y los objetivos idénticos a los que el Tratado de Lisboa presenta como un gran avance democrático.

Pues bien, hoy sabemos cuál es la participación exacta de los parlamentos estatales en estos tres últimos años, y los datos ridiculizan a varios estados que se las dan de campeones del europeísmo:

- el Parlamento más activo en la política comunitaria, de largo, es el portugués: sus diputados han enviado 102 comentarios sobre propuestas legislativas europeas a Bruselas. Le siguen el Senado francés (58), el Bundestag alemán (48), el sueco (44) y de la Cámara de los Lores (39).

- de los últimos en incorporarse a la UE, destaca la participación de los senadores checos, con 41 opiniones remitidas.

- y ustedes se preguntarán: ¿dónde están los diputados españoles que tanto y tan alto hablan de su europeísmo...? ¡Cero! El Parlamento español no ha enviado ni un solo comentario a Bruselas (otro tanto sucede con Rumanía y Malta).

- los restantes quince parlamentos han enviado entre 1 y 10 notas cada uno. Es decir, de los datos aportados puede deducirse que sólo nueve parlamentos estatales se han tomado en serio este trabajo.

Estos datos dejan a cada cual en su lugar, y cuestionan la presentación de la participación de los parlamentos de los estados en la política europea como uno de los grandes avances democráticos del Tratado de Lisboa. Si, como apuntara el pasado 4 de noviembre el eurodiputado Alain Lamassoure, los «parlamentos nacionales son la llave del éxito de Lisboa», ya pueden ir buscando otro tema de comunicación y propaganda.

Escrito en las estrellas. "El libro de la venganza", Benjamin Taylor


RODRIGO FRESÁN
ABC




El libro de la venganza -segunda novela del hasta ahora desconocido entre nosotros Benjamin Taylor- viene acompañado de una entusiasta y elocuente recomendación de Philip Roth. El dato merece ser mencionado, porque el autor de Pastoral americana no suele prodigarse en el elogio a colegas. La presencia de Roth en el libro de Taylor -a quien define como «un novelista genialmente dotado», autor de «lo más original que he leído recientemente: un romance de los cerebros»- tiene, también, otro rasgo destacable. Porque en El libro de la venganza se revisita el planeta de «lo judío» cartografiado por Bernard Malamud y Saul Bellow -maestros de Roth-, con el muy interesante añadido de las epifanías que evocan las prosas e intenciones anglosajonas y protestantes de firmas como William Maxwell (quien aparece aquí apenas disfrazado como Ned Dulladen), el primer John Updike o, más cerca, Ethan Canin, sin perder en ningún momento de vista al agujero negro que supo fusionar mejor que nadie a ambas galaxias y religiones: J. D. Salinger.

Dicho esto, Taylor -nacido en Texas en 1952 y, nada es casual, editor de un inminente volumen de cartas de Saul Bellow- consigue aquí un milagro que es solo suyo. Algo que comenzaba ya a intuirse en su estreno, Tales Out of School (1995), otra novela de iniciación: ofrecer un libro que parece pequeño por fuera y que resulta inmenso por dentro.

Malditos e iluminados. En apenas 185 páginas de arrebatado acontecer y elegante reflexión, Taylor nos cuenta una historia que daría para numerosos tomos pero que, a la velocidad de la luz, se las arregla para condensar varios años de historia pública (la tumultuosa década de los 70; hay aquí también momentos que recuerdan a E. L. Doctorow y al modo en que aborda lo político en obras como El libro de Daniel) y la vida privada de Gabriel Geismar. Hijo gay de rabino tiránico, torturador de insectos durante su infancia sureña y aspirante a astrónomo que, obsesionado por el resplandor de las estrellas muertas, es abducido por la incandescente nova de la familia Hundert en general y, en particular, por el volátil activista Danny y la apasionada vegetariana Marghie. Dos hermanos gemelos malditos e iluminados, jóvenes y últimos cometas de una familia genial de judíos húngaros que -huyendo de la vieja Europa y arrastrados por el patriarca de la tribu, el genial físico Gregor Hunder- entran de lleno en la gran historia de Estados Unidos.

Pero la participación en el atómico Manhattan Project, el análisis obsesivo de clásicos del cine norteamericano, el odio a Nixon, un premio Nobel, o el cataclismo cósmico de Vietnam, no alcanzan -más allá de lo que suceda allí afuera, en el rabioso presente- para escapar a la onda expansiva de un big bang que estremece a los esqueletos encerrados en el armario del pasado, flotando perdidos en el espacio.

Y otra vez -como siempre- aquello de que las familias infelices lo son siempre de modo diferente y aquello otro de que toda saga con clan disfuncional será siempre, de algún modo, un thriller estrangulado por lazos de sangre. Y, sí, suele suceder: el outsider Gabriel, que no tiene nada que ver con ese nuevo mundo que explora -una clase acomodada donde todos están más o menos secretamente incómodos-, acaba siendo quien altera su órbita enferma para, de algún modo, redimir a sus habitantes apuntando su telescopio hacia el ayer y así contemplar con los ojos bien abiertos el eclipse total que ha oscurecido a los Hundert.

La fe de los mayores. En el primer capítulo, Gabriel Geismar -fugitivo de la fe de sus mayores y, enseguida, prisionero de la ingravidez dogmática de sus compañeros de generación- comprende que su destino será el de «sustituir creencia por hallazgo» y que serán las constelaciones las encargadas de orientar su camino hasta, en la última página, sentir por fin que «todo es predecible, todo está bien» habiendo alcanzado ese «misterio inmatematizable por el que el peregrino da las gracias».

Quien firma esta reseña da las gracias por Benjamin Taylor con la firme creencia de que su aparición en nuestro firmamento es todo un hallazgo. Y cree también que Benjamin Taylor ha llegado -está escrito en las estrellas- para quedarse en el cielo de nuestras bibliotecas. Mirémosle brillar, como sólo muy pocos brillan, ahí arriba, más arriba todavía.