"Balm in Gilead", Rickie Lee Jones (2009)


KEPA ARBIZU
Lumpen




Si es cierto aquello de que un artista, para sacar todo el rendimiento a su obra, debe haber vivido en propias carnes los temas que trata , a Rickie Lee Jones no se le podría poner ninguna pega en ese respecto. Su trayectoria personal ha tenido prácticamente de todo. Sus inicios se producen dentro de la bohemia literaria-musical de Los Ángeles. Después, de la mano de, su por aquel entonces pareja, Tom Waits, recorre el lado más salvaje de la vida. Transcurridos los años y en una época más reposada, lanza uno de los primeros y más furibundos ataques contra Bush y la política norteamericana, pasado ese momento, en la actualidad se rige por una vida familiar plácida y con la preocupación puesta en el mundo que heredará su descendencia.

Si hablamos de su música estaríamos en una situación parecida, aunque siempre con una base y con la predominancia del jazz, se ha abrazado a casi todos los estilos, siempre interpretado con su característico tono dulce de voz.

Es cierto que tras su parón en 1997, su regreso, en cuanto a composiciones propias se refiere, ha contado con la novedad de sonar algo más oscura. Y es que bien se podría decir que estamos ante tercer disco de la nueva Rickie Lee Jones. Primero fue su ataque, en forma de jazz, a la política norteamericana (“The evening of my best day”). Más tarde llegó su coqueteo místico con “The sermon on exposition boulevard” y ahora “Balm in Gilead”, un título con reminiscencias bíblicas pero creado tras una conversación con su amigo David Tibet (componente de Current 93) e inspirado en la obra de teatro, homónima, dirigida por John Malkovich.

El disco está compuesto por temas de reciente creación pero también por otros rescatados de su memoria y que a lo largo de los años, por diferentes motivos, no han salido a la luz. Respecto al estilo hay que señalar la curiosidad de que en esta ocasión el country también hace acto de aparición (estilo en el que no se ha prodigado demasiado) probablemente debido a la influencia de su coproductor y músico, David Kalish.

“Wild girl” es una mezcla de todos los estilos en los que se suele manejar la cantante, el folk, el jazz, el soul... Compendio que da un resultado muy dinámico en este tema dedicado a su hija, y que ya merodeaba en su mente veinte años atrás. La primera de las colaboraciones llega en “Old enough”. Ben Harper pone su voz en una canción que le va perfectamente, un soul-blues cálido y emotivo. El influjo de la música negra sigue presente en la misteriosa y prácticamente instrumental “The blue Ghazel”.

Es en “Remember me” donde aparece el country. Preciosa canción de una serena tristeza donde el violín, muy destacado, es tocado por Alison Krauss. Los coros cuentan con la colaboración de Vic Chesnutt, que también aparece junto a Victoria Williams para dar forma a un gospel místico y “espacial” en “His jeweled floor”. El otro tema en que se acerca al genero “campestre”, aunque esta vez más disimulado, es en la sentimental “Bayless St”.

“The gospel of Carlos,Norman and Smith” es uno de los momentos más especiales. Un ritmo de gospel-soul perfectamente sostenido con el órgano Hammond y el brillante coro de Chris Joyner (teclista de la banda) que empasta a la perfección con la excelente voz de Rickie Lee Jones. Tema dedicado a los atletas negros, y también a su acompañante en el podium, que en plena época de segregación racial en los Estados Unidos, recogieron sus medallas en las olimpiadas de México saludando puño en alto enfundado éste en un guante negro.

“The moon is made of gold” es una composición realizada por el padre de Rickie Lee Jones que le cantaba en su niñez. Ahora aparece convertida en un excelente jazz, interpretada con fragilidad pero con cierto toque sensual que hace inevitable no recordar a las grandes damas del género, Sarah Vaughan, Billie Holliday, Ella Fitzgerrald. “Boonfire” es otro tema donde demuestra toda su sensibilidad y con nada más que una guitarra de acompañamiento, construye una maravillosa melodía.

Es difícil clasificar a una artista como Rickie Lee Jones. Sería arriesgado, y creo que erróneo, catalogarla como la mejor en alguno de los palos musicales que toca, pero lo que es seguro , es que su música siempre ha estado impregnada de vida y eso, a la larga, es algo imposible de obviar y en un muy buen álbum como es éste, queda patente.

Aerosmith: Crisis y rock and roll


La banda de rock duro Aerosmith pasa por una enorme crisis, aunque no se trata de ninguna novedad. Su trayectoria ha sido de todo menos pacífica, tratándose de un grupo capaz de hacer frente a la crítica pero también de devorarse a sí misma. A continuación, las claves de su nuevo trance


JUANJO ORDÁS
Efe Eme



INICIO Y GLORIA

Formados en Boston, la música de Aerosmith siempre tuvo unas influencias muy claras, aunque la banda pronto desarrolló una personalidad única a pesar de que la crítica más dura les acusara de ser una revisión estadounidense de los Rolling Stones. Y es que, más allá de los labios del cantante Steven Tyler y de una lógica influencia musical (¡hablamos de los Stones de los 70, los de “Sticky fingers” y “Exile on Main St.”!), Aerosmith bebían de fuentes musicales bastante alejadas del grupo de Jagger y Richards.

La idea de Aerosmith siempre fue la de responder a las grandes bandas inglesas, aquellas que tanto les gustaban. Grupos de sonidos hercúleos como Cream, Led Zeppelin o Yardbirds influyeron en una mezcolanza que también contaba con los citados Stones, los Beatles y el blues yanqui entre sus ingredientes. Respecto a Tyler, es indudable que Jagger era un referente a nivel musical y generacional, pero en su caso también pesaba la influencia de iconos como James Brown o de Little Richard.

Su sonido callejero les hacía sonar más sucios que cualquiera de sus referentes, el particular fraseo de Steven Tyler (lo mismo cantaba en la vieja tradición que ametrallaba palabras) pronto marcó la diferencia, igual que el muro sónico del bajo de Tom Hamilton y la batería de Joey Kramer, perfectos para sostener los macizos guitarrazos de Joe Perry y Brad Whitford. Desde la calle ampliaron horizontes, creando sucesivamente obras de gran calidad, de puro rock and roll aunque abierto a distintos prismas. Lo mismo firmaban canciones fulgurantes (‘Mama kin’, ‘Toys in the attic’) que se marcaban temas de tintes progresivos (‘Kings and queens’) o de estructuras más complejas (‘Lord of the thighs’). En este sentido, es indudable destacar sus siete primeros discos, incluido el menor “A night in the ruts” y el sabroso directo “Live bootleg”. Aunque si hay que destacar sus dos obras esenciales habría que citar “Toys in the attic” y “Rocks”, trabajos grabados en 1975 y 1976 respectivamente que les consagraron como la gran formación de rock duro norteamericano. En esos dos discos se encuentra la esencia de la banda en los setenta.

UN NUEVO TRIUNFO

El abuso indiscriminado de drogas estuvo a punto de destruir su carrera, pero tras espantadas y un disco sin Perry y Whitford (el reivindicable “Rock in a hard place”), la banda se reunió de nuevo con la idea de volver a reinar. Y lo hicieron.

Abandonaron CBS para iniciar una carrera en Geffen, regalando a su nueva discográfica en 1985 un incomprendido “Done with mirrors”, un buen disco de regreso que, pese a no ser explosivo, fue reventado por una producción floja y una mezcla nefasta. Fue entonces cuando la banda al completo pasó por rehabilitación, inaugurando una nueva etapa de éxito comercial que sería impulsada por su famoso dueto junto a Run DMC, en el que hermanaron rock y rap con gran acierto sobre un viejo clásico de los de Boston, ‘Walk this way’.

En manos del productor Bruce Fairbairn –un verdadero experto en producciones rockeras radiables (Bon Jovi, Kiss, Cranberries, AC/DC)– y con la ayuda de escritores artesanos en la fabricación de hits (Desmond Child, Jim Vallance) el grupo reflotó su carrera con éxitos brutales. La tríada formada por “Pemanent vacation” (1987), “Pump” (1989) y “Get a grip” (1993) dotó a los americanos de un nuevo repertorio comercial, con estribillos luminosos, guitarras limpias y, claro que sí, muy buenas canciones. En este sentido cabe destacar que en esta nueva etapa comercial de Aerosmith no hay ninguna canción en la que no aparecieran como coautores Steven Tyler y Joe Perry. Es decir, sí, se apoyaron en fabricantes de hits, pero como colaboradores, nunca como directores musicales. Así, con una nueva escudería y a pleno rendimiento, la banda alcanzó el éxito más masivo de su carrera, conquistando Europa por primera vez, reclamando EEUU y llegando a todos los rincones del planeta.

“Permanent vacation” presentaba nuevas credenciales. Ahora, los viejos diablos reflexionaban en sus canciones sobre su violento pasado, aunque sin perder fuerza. Básicamente se trataba de un nuevo nivel mental aplicado a una música y letras que aún incidían en cuestiones amatorias y en la juerga salvaje. Fue un muy buen trabajo, con algún punto flojo (‘Simoriah’), aunque notable en su conjunto –incluso temas como ‘Heart’s done time’ y ‘Magic touch’, que aún rezumaban melodías ochenta, suenan excelsos–. El grupo se manejó muy bien en tempos sinuosos (‘St. John’) y piezas pseudo folkies (muy buena ‘Hangman jury’), pero lo que mejor hizo fue parir hits como ‘Rag doll’ (con un gran slide por parte de Perry) y ‘Dude (looks like a lady’), ambas festivas y con arreglos de viento típicos del grupo. Por su parte, ‘Angel’ formulaba una nueva forma de hacer baladas por parte del grupo, cediendo ante el arquetipo “power ballad” (lenta melodía, rimbombancia emocional en los estribillos) quedando aún lejos los tiempos en los que los arreglos de cuerda dominarían a las guitarras.

En vivo, la desintoxicación propició que alcanzaran nuevas cotas de entrega, con una brillante combinación de clásicos y nuevos temas que demostraba que tenían una suculenta carrera a sus espaldas a pesar de su reciente renacimiento. Es muy recomendable el “bootleg” “The end of summer nights”, que documenta el tour de “Permanent vacation”. Ahí se puede comprobar lo bien que cuajaban entre sí canciones de distintas épocas, desde las antiguas como ‘Rats in cellar’ a las nuevas ya citadas, incluyendo una versión de los Beatles (‘Come together’).

El siguiente pasó superó de lejos al notable “Permanent vacation”. “Pump” era aún más explosivo que su hermano menor, conteniendo mejores canciones y pudiéndose considerar como el mejor disco de los renovados Aerosmith. Iniciando la batalla con la agresiva ‘Young lust’ y la refulgente ‘F.I.N.E’ (arrebatador puente el de esta última), el disco contaba con una única balada rompe listas (‘What it takes’), distribuyendo su minutaje entre joviales odas lujuriosas (‘Love in an elevator’), adrenalínicas reflexiones sobre la drogadicción (la potente ‘Monkey on my back’), nueva visita a su manera bastarda de entender el folk rock (‘Don’t get mad, get even’) y amalgamas de rock con certeros estribillos pop (‘The other side’). Pero también había lugar para el trepidante y siniestro rock de ‘Voodoo medecine man’ y el hit ‘Janies got a gun’, una canción de tétrica estrofa y atronador estribillo sobre una joven abusada por su padrastro que les valió un Grammy.

De nuevo, vertiginoso y exitoso tour del que recomendamos el pirata que registró su actuación en Boston, en abril de 1990. Los temas nuevos continúan encajando con sus hermanos mayores sin problemas, nueva audiencia se suma a los antiguos fans, Aerosmith ya son un fenómeno masivo.

Decir que con “Pump” tocaron techo sería mucho decir, especialmente si a este le siguió el multiplatino “Get a grip”, un disco que nació en plena revolución grunge y quizá de ahí que cierto ambiente alternativo y sombrío planeara sobre canciones como las buenísimas ‘Flesh’ y ‘Gotta love it’. De todos modos, se trató de un disco que reincidía en la formula ya planteada y explotada: Rock, balada y pulcra producción y mezcla. Pero si la fórmula funcionaba no había porqué cambiarla. Por última vez, Aerosmith facturarían rock grasiento a pesar de la limpieza sonora (‘Eat the rich’, ‘Fever’, ‘Get a grip’), aunque ahora la balada no sería una, sino dos (‘Amazing’, ‘Crazy’) y está vez la aproximación al folk electroacústico sería un single magnífico (‘Livin’ on the edge’). Sin embargo, es importante destacar un tema como el hit a medio tiempo ‘Cryin’’, una canción que pese a su comercialidad jugaba con acordes propios del blues que el oído atento apreciará.

La vorágine continúa y en su nueva gira la banda se ocupa de no ofrecer ningún producto edulcorado a su audiencia, centrándose en rockear con fuerza y garra. De nuevo, una visita al mercado de los piratas y recomendar ‘Live at Donington’, un “bootleg” que recoge su actuación completa en el festival con un sonido perfecto.

EN CAÍDA LIBRE

A partir de entonces todo comenzaría a cambiar para Aerosmith. Habían vuelto a la cima (recopilando sus nuevos éxitos en “Big ones”, de 1995), es más, habían llegado más lejos que nunca en su historia. Pero digerir la fama y canalizarla no siempre resulta fácil. Para la grabación de “Nine lives” (1997), abandonaron Geffen para volver a Columbia contrato millonario por medio. La grabación del disco reinició la crisis del mito, crisis que hoy día vive su momento más álgido. El grupo corrió una cortina de humo en torno a los problemas que habían tenido que solucionar durante la producción de “Nine lives”, aunque gran parte de sus asuntos internos se acabaron conociendo. Parece que Kramer, Hamilton, Whitford y Perry se enfrentaron a Tyler, Kramer llegó a abandonar la banda para acabar regresando, se grabó un disco inédito y desechado con producción de Glenn Ballard (Alanis Morrisette) y se despidió a Tim Collins, el manager que les ayudó a reconstruir su carrera. Collins no dudó en afirmar que Tyler había vuelto a recaer en las drogas, algo negado por el vocalista, aunque lo innegable es que todo este vórtice a punto estuvo de fulminar a Aerosmith.

Finalmente, volvieron a entrar en el estudio de la mano del productor Kevin Shirley para registrar “Nine lives”, un trabajo sobresaliente aunque muy distinto a todo lo que habían ofrecido hasta la fecha. “Nine lives” era un disco muy elaborado que contaba con melódicas canciones como espina dorsal. Sí, había fabulosos trallazos rockeros (‘Nine lives’, ‘Crash’ o el psicótico medio tiempo ‘The farm’) así como un comercial single (‘Falling in love (Is hard on the knees)’), pero eran las armoniosas ‘Hole in my soul’, ‘Full circle’, ‘Ain’t that a bitch’, ‘Kiss your past goodbye’, ‘Pink’ y ‘Fallen angels’ las que articulaban la obra. Canciones todas ellas hermosas, que desde la citada melodía tocaban palos distintos: Mientras que ‘Hole in my soul’ era la típica balada FM, ‘Full circle’ era casi folkie e ‘Aint’ that a bitch’ sonaba por momentos a jazz de salón. Manteniendo bien alto el estandarte creativo, el grupo se movió hacia nuevos terrenos más sedosos en parte, aunque nada forzados.

Tras la pertinente y triunfal gira (en la que llegaron a versionar el ‘Heartbreaker’ de Led Zeppelin), editaron un decepcionante disco en vivo denominado “A Little south of sanity”. El doble CD montaba un concierto del grupo tomando grabaciones de sus dos últimos tours, algo que chirriaba teniendo en cuenta que los Aerosmith de “Get a grip” no eran los mismos que los de “Nine lives”. Así, el espíritu de continuidad lógica se esfumaba por muy bien que sonaran las canciones, quizá demasiado perfectas y definidas para un disco rockero en directo. Pero lo que catapultó a la banda hacia el firmamento del éxito universal no fue un disco, sino una canción en una banda sonora. ¿Podían ir aún más lejos a nivel de popularidad? ¿Todavía más? No sin perder garra por el camino. El grupo no dudó en edulcorarse en exceso, en supurar miel para grabar ‘I don’ want to miss a thing’, el tema titular de la película “Armageddon”, film protagonziado por Bruce Willis y Liv Tyler (hija del cantante). Cualquier balada compuesta anteriormente por Aerosmith dista mucho de este azucarado tema firmado por Diane Warren (una autora maestra en componer singles). A nivel de producción, las guitarras eran enterradas, con una orquesta y un piano como protagonistas junto a la característica voz de Tyler, quien al menos cada vez cantaba mejor (en la grabación de “Nine lives” descubrió nuevos tonos en su ya de por sí rica voz).

Con todo, Aerosmith sobre el escenario mantenía el tipo. Ahí está otro pirata más que recomendable tanto en su edición en vídeo como en audio. Se trata de “Live in Osaka – Rockin’ into the year 2000”, donde el grupo realmente combustiona en escena en un documento excepcional filmado profesionalmente por la televisión japonesa. Imaginad la calidad.

Arena de otro costal fue la vergonzosa actuación en vivo junto a Britney Spears y Nsync interpretando ‘Walk this way’ en la Superbowl (¡ni más ni menos!), pero lo peor estaba por llegar y se llamó “Just push play” (2001), un disco sin carne, frío y por momentos aburrido. La Zeppeliniana ‘Beyond beautiful’ eran una buena canción, igual que la enérgica ‘Light inside’ o el tema titular (aunque no dejaba de ser un remedo de ‘Walk this way’), pero más allá poco aprovechable había. El problema de “Just push play” es la falta de buenas canciones. La producción moderna podría quedar a un lado si la materia prima sobre la que trabajó la banda hubiera sido de calidad, pero se trataba de canciones de esencia mediocre. Pero aún peores serían las contenidas en el recopilatorio “Oh yeah– Ultimate hits”, con las mediocres ‘Girls of summer’ y ‘Lay it down’ certificando la defunción creativa de un grupo más interesado en sonar en las radios que en el volumen de las guitarras. Ya puestos, la grabación del tema central de la película “Spiderman” de Sam Reimi también fue ridícula.

Todo cuesta abajo y llegó “Honkin’ on bobbo”, el disco de blues que deseaban grabar desde el 93 se concretó en un trabajo aburrido, sin poderío ni empuje al que seguirían ediciones de directos y recopilatorios que dilapidaban lo que había sido un resurgimiento fenomenal. La actitud se perdía en tours que no apoyaban ningún nuevo lanzamiento, haciendo caja y con críticas dispares. Mientras, Tyler combatió victoriosamente una hepatitis, se divorció y continuó girando con la banda. Igual que Tom Hamiltony, quien venció un cáncer de garganta para regresar al seno del conjunto. Afortunadamente recuperaban la salud para seguir con los tours, ¡eso sí, sin material de estudio que presentar!

ACTUALIDAD

La convulsionada actualidad del grupo pasa por un intento fallido de grabación junto al productor Brendan O’Brien, tours cancelados (caída del escenario de Tyler incluida), el anuncio por parte del cantante de que abandonaba la banda y la respuesta de Joe Perry diciendo que buscaría un nuevo vocalista si fuera necesario. Crispación absoluta parcialmente calmada por la reciente aparición de Tyler en un concierto de Perry en solitario clamando que no abandona Aerosmith e interpretando juntos ‘Walk this way’ (¿no hay otra canción para los momentos estelares?). La actitud de Tyler no dejó de resultar extraña en escena, especialmente el comentario que dirigió a Perry micro en mano: “Joe Perry, eres un hombre de muchos colores. Pero yo, hijo puta, soy el jodido arco iris”. Extraño e incluso arrogante.

La única manera en que Aerosmith podría recuperar credibilidad sería entrando en el estudio, sin compositores externos y grabando una pieza de rock potente, exactamente como han hecho Kiss recientemente. Ahora mismo la vida de Aerosmith como banda en vivo no importa, tienen que demostrar que la idiosincrasia del grupo sigue funcionando. Es más, descansar de tanta gira sin “leit motiv” les beneficiaría para plantear un nuevo espectáculo con repertorio renovado. Pero ello implicaría romper con las concesiones hechas a un público ya no masivo, sino hiper masivo y entrar de nuevo en el negocio de las grabaciones en estudio, que poco capital aportan a las bandas a día de hoy. Las razones deberían ser puramente creativas, sin pensar en listas de singles ni en colaboraciones, sino Aerosmith puro y duro.

Perry ha comentado que la colaboración con Tyler durante el concierto de The Joe Perry Project no ha cambiado en absoluto su manera de pensar y que mientras el cantante desea tomarse dos años alejado del grupo, lo que el guitarrista y el resto de la banda desean es continuar tocando. El futuro inmediato, como se ve, está abierto y resulta bastante incierto.

El cinismo de Marlowe al completo en un solo libro


El detective debutó en 1939 en 'El sueño eterno' y se despidió en 'Playback'. El personaje es tierno, honesto, escéptico, melancólico y desencantado


DANIEL VÁZQUEZ SALLÉS
El Mundo




Las internas de la cárcel de Brieva (Ávila) dedican su tiempo libre a leer novelas de autores a los que luego someterán, en vivo y en directo, a un interrogatorio sobre su obra. Con preguntas directas y sin coartada. En uno de estos encuentros, una interna un tanto indignada le pide una aclaración al escritor Juan Madrid: "¿Por qué a la novela de detectives se la llama negra?". Ella es negra y no le gusta que se utilice el color de su piel para denominar a los libros de crímenes. El interrogado trata de darle una explicación: "La culpa la tuvo el editor francés Gallimard, quien decidió publicar una colección de novela policiaca cuya característica era la portada de color negro".

Tampoco Raymond Chandler, el gran padre de la novela policiaca moderna, estaría de acuerdo en catalogar a su obra como negra y ante el adjetivo, "pondría una cara de espanto que detendría a un reloj", utilizando una frase de su célebre detective privado, Philip Marlowe.

Pero como lo importante para un autor es seguir vivo una vez ha alcanzado los bares celestiales, a ser posible con las estanterías llenas de botellas de bourbon, la editorial RBA acaba de publicar 'Todo Marlowe', un solo volumen que contiene siete novelas ('El sueño eterno', 'Adiós muñeca', 'La ventana alta', 'La dama del lago', 'La hermana pequeña', 'El largo adiós' y 'Playback') y dos cuentos, 'El confidente' y 'El lápiz', las nueve obras con las que Chandler y su detective pernoctaron su desencanto por los submundos brutales y sórdidos de California, en los que la vida tenía la música de una esquela sin rima.

Raymond Chandler nació el 22 de julio de 1888 en Chicago, y estudió letras clásicas y modernas en su largo periplo europeo por Inglaterra, Francia y Alemania. Cuando volvió a los Estados Unidos, llevaba en su maleta experiencias como reportero y un primer relato, 'The Rose Leaf Romance'. Todo escritor de novelas policiacas sabe que el ejercicio periodístico es fundamental para dar realismo a una ficción dedicada a desenmascarar los porqués de los males de una sociedad. Los crímenes son la guinda de un pastel relleno de corrupción.

Chandler, autor minucioso, escribió su primera novela, 'El sueño eterno', en 1939, tras varios relatos que valieron para pulir su estilo y definir al personaje que le haría famoso. Había necesitado 51 años, el resguardo maternal de su mujer Pearl Cecily Bowen, 18 años mayor que él, y el ronroneo de sus gatos para encontrar el valor de darse a conocer con la primera aventura larga protagonizada por Philip Marlowe.

Con Joseph Conrad y Dashiell Hammett como modelos, es explicable que el salto a la literatura profesional viniera precedido de un cierto vértigo. La publicación de 'El sueño eterno', supuso para Chandler el hermanamiento decisivo con Marlowe, al que concedió un nido en su árbol genealógico. Al fin Chandler había encontrado un álter ego con el que protegerse de sí mismo: "Soy sensible y hasta tímido, y soy cáustico y belicoso, y unas veces extremo y otras sentimental. El término medio nunca me satisface, ni en la gente, ni en ninguna otra cosa". Quizás esa mente con claros síntomas de falta de litio le dieron la fama de asocial. A la muerte de su esposa en 1954, su idilio con el alcohol trocó en una apasionada y tormentosa historia de amor.

Como todo buen tímido, Chandler era un romántico a su pesar. Philip Marlowe también. El detective es solitario, melancólico, escéptico, tierno, cínico, desencantado y honesto, siete características que marcan las siete novelas. Como un poeta con una coraza de cuero, el detective es capaz de no caer bajo el influjo de los cantos de sirena de las femme fatale, víboras indispensables en toda novela policiaca. De mantener el tipo ante los reyes despiadados del hampa sin impartir la ley del ojo por ojo diente por diente. "Tantas pistolas rodando por la ciudad y tan pocos cerebros", dijo Marlowe. De no mantener su idealismo a salvo de los impuestos de una sociedad enferma, ni el detective ni Chandler hubieran dormido tranquilos.

La última novela de la saga, 'Playback' (1954) demuestra el desmoronamiento del detective y su creador. "Dejé la copa en una mesita baja sin tan siquiera probarla. El alcohol no era la solución. Nada era la solución, excepto tener un corazón endurecido que no pidiera nada a nadie". Una frase de la novela que resuena como un eco de tragedia o un largo adiós. Raymond Chandler, cirrótico y autodestructivo, entró en el sueño eterno el 26 de mayo de 1959 en La Joya, dejando como legado novelas y relatos legendarios y un cuento póstumo: 'El lápiz'.

Y para demostrar que Chandler tiene miles de hijos repartidos por los continentes de la tierra quemada, RBA devuelve al escritor con una suntuosidad a la francesa, con honores de gloria digna de reposar en el Panteón de París, un volumen de 1.391 páginas, aunque traicionando a Gallimard y a sus portadas negras.

La necesidad de un impuesto sobre las transacciones financieras

DEAN BAKER
Sin Permiso




La pandilla de los halcones deficitarios, ya famosos por hacer desaparecer en la burbuja inmobiliaria 8 billones de dólares, que derrumbó la economía está en pie de guerra, ahora insiste sobre la urgencia de imponer un impuesto a las ventas nacionales. Proclaman que el país necesita urgentemente ingresos adicionales para hacer frente a los déficits presupuestarios previstos.

Si bien es posible que precisemos de ingresos adicionales en algún momento, todavía tiene más sentido imponer un impuesto sobre las transacciones financieras (FTT, por sus siglas en inglés), que afectaría principalmente a los bancos de Wall Street que nos dieron este desastre, que no imponer un impuesto al consumo de las familias trabajadoras. Podemos recoger grandes cantidades de dinero mediante el impuesto a la especulación de los ambiciosos de Wall Street sin que apenas afecte la suerte de las transacciones financieras que muchos de nosotros hacemos en nuestra existencia cotidiana.

La lógica del FTT es sencilla. Impondría un pequeño recargo a las transacciones de acciones, de futuros, los seguros derivados de crédito y otros instrumentos financieros. El Reino Unido impone actualmente un 0,25% sobre la compra o venta de acciones. Esto tiene muy poco impacto sobre la gente que compra acciones con la intención de mantenerlas durante un largo período de tiempo.

Por ejemplo, si alguien compra 10.000 dólares de acciones, pagará 25 dólares en impuesto en el momento de la compra. Si esta persona vende las acciones diez años después por 20.000 dólares, deberá pagar 50 dólares en impuestos. Los impuestos totales serían equivalentes a un incremento de 0,8 puntos porcentuales en el impuesto a las ganancias de capital.

Por el contrario, si alguien está interesado en comprar acciones a la una en punto para venderlas una hora después, este impuesto es probable que dé un buen golpe a los beneficios esperados. Lo mismo se aplica a la gente que está especulando en futuros, seguros derivados de crédito y otros instrumentos financieros.

Podemos obtener más de 140.000 millones de dólares al año mediante esta imposición a las transacciones financieras, una cantidad equivalente al 1% del PIB. Antes de buscar la aplicación de un impuesto sobre las ventas nacionales, o un impuesto sobre el valor añadido, como le gustaría a la pandilla de los halcones deficitarios, deberíamos insistir en poner en marcha en primer lugar un conjunto de impuestos a las transacciones financieras.

Un impuesto a las ventas nacionales afectará principalmente al consumo de los trabajadores. La gente lo pagará en todas las compras diarias (comida, ropa, medicinas); todo va a costar un poco más como resultado del impuesto a las ventas. La gente pobre y de medianos ingresos acabará pagando una proporción mayor de sus ingresos en este impuesto. Ello es a causa de que gastan una mayor proporción de su renta que los ricos y también porque gastan una mayor proporción de la misma en los Estados Unidos. Así como los ricos pueden tener la oportunidad de viajar exhaustivamente por Europa o por países no afectados por los impuestos a las ventas nacionales, bien poca gente de poca o mediana renta tendrá esta opción. Esta gente vive y gasta su dinero en los Estados Unidos.

Dado que el sector financiero es la fuente de los problemas presupuestarios y de la actual situación económica del país, es lógico que este sector soporte el peso de los nuevos impuestos que podamos necesitar. El colapso económico causado por la exuberancia irracional de Wall Street ha llevado a un gran aumento de la carga de la deuda del país. Parece justo que Wall Street se lleve la peor parte de los costes de la limpieza. Un FTT es la forma de asegurarse de que esto sea así.

En resumen, tenemos que decirle a la pandilla de los halcones deficitarios, muchos de los cuales ganaron su fortuna en Wall Street, que han de lentificar el ritmo. El país debe hacer frente a serios problemas de presupuesto, incluso aunque no sean tan malos como esta pandilla afirma. Sin embargo, si precisamos impuestos para hacer frente al déficit presupuestario, entonces Wall Street es el sitio por donde empezar. Después que hayamos puesto en marcha un impuesto sobre la especulación de Wall Street, si aún necesitamos más dinero, entonces podremos hablar sobre un impuesto que afectará principalmente a la clase media.

Coetzee: la literatura en la llaga


H. LUMIÈRE
Hoy es Arte




"Usted, ha escarbado a fondo en el suelo de la condición humana, en su crueldad y en su soledad. Ha dado voz a quienes están fuera de la protección de lo divino, con honestidad intelectual y un hondo sentimiento, con su prosa de precisión de hielo, ha levantado las máscaras de nuestra civilización y descubierto la topografía del mal".

Resonaron estas palabras bajo la bóveda del Auditorio de Estocolmo el miércoles 10 de diciembre de 2003. Mozart, Beethoven, Haendel y Poulenc intercalaban sus obras en una ceremonia marcada por la precisión y la solemnidad. Estaban a punto de dar las cinco de la tarde y John Maxwell Coetzee se disponía a recibir un merecidísimo Premio Nobel de Literatura.

Venciendo su mítica timidez. Impecablemente vestido de frac. Muy alejado de los espacios inhóspitos en los que habitualmente discurre su obra, el escritor escuchaba los reconocimientos a una forma de hacer en la que cada entrega, siempre distinta a la precedente, representa una sorpresa. Generalmente, una magnífica sorpresa que transita ámbitos desconocidos para los lectores.

Literatura sin concesiones que no ofrece panaceas, ni alternativas, ni salidas de emergencia. Un cable de alta tensión que recorre el paisaje de las letras.

Literatura que escarba en la llaga de los grandes conflictos que asolan al ser humano de hoy y de todas las épocas aunque las “perchas” de las que se sirve el autor constituyan cuestiones de absoluta actualidad: racismo, desigualdad, solidaridad e insolidaridad, ambición, decadencia, incomprensión, escepticismo, amoralidad, negación del tiempo y de la muerte…

Concluidos los discursos y desde la aparente lentitud de cada uno de sus gestos, -una lentitud que constituye también una marca de la casa en sus libros-, Coetzee se levantó, recogió su galardón tras estrechar la mano del rey de Suecia e hizo las tres reverencias protocolarias: una dirigida al monarca, otra a los académicos y otra al público que, de pronto, rompió la contención y dedicó al escritor sudafricano una de las ovaciones más largas que el acto de los Nobel haya vivido.

El personaje

No es un personaje fácil. Rehúye las entrevistas, los homenajes, las luces sociales. “Lo que de mí se tiene que saber, está en mis libros”. Nació en 1940 en Ciudad del Cabo. Pasó la infancia entre Sudáfrica y Estados Unidos, en donde ha vivido largas temporadas y en donde en 1969 se doctoró en lingüística computacional en la Universidad de Tejas con una tesis sobre la obra de Samuel Beckett.

En la actualidad desempeña funciones de investigador en la Universidad de Adelaida, Australia, país del que siempre se ha declarado admirador y en donde ha acabado por nacionalizarse.

Fue, hasta su jubilación en 2002, profesor de literatura en la Universidad de su ciudad natal, es además lingüista, traductor e inflexible crítico. En sus recuentos autobiográficos Infancia y Juventud (muy recomendables), describe como se licenció en matemáticas e inglés y, a comienzos de los sesenta y empujado por la poesía se instaló en Londres dispuesto a cultivar una “vida de artista”.

Allí conoce una dura y solitaria realidad. Se gana la vida como programador informático y, a duras penas, logra hacer frente a las pensiones en las que malvive. Nunca acabaría por conectar por una ciudad por la que deambula interminablemente para, casi siempre, acabar por refugiarse en los cines baratos y en la biblioteca del Museo Británico. En esa época se enamora y desenamora de mujeres que le acercan a la insatisfacción y da un giro decisivo al reorientar hacia la prosa su vocación de poeta.

Como explica en las novelas de su vida mencionadas, el paso a la narrativa lo determina la búsqueda del control de sus emociones. “Me horroriza derramar mera emoción sobre la página. Una vez ha empezado a derramarse, no sé como detenerla. La prosa, afortunadamente, no requiere emoción. Eso permite mayor control. Eso es lo que yo estaba buscando y eso es probablemente lo que ha condicionado el estilo frugal y tajante de lo que escribo”.

Su insólita obra

Seca, precisa, minuciosa, llena de aristas que alimentan y enriquecen el conjunto, la obra de Coetzee ni juzga, ni toma partido, ni se permite el lujo de opinar. Simplemente presenta los hechos y, mediante una sutil forma de narrar, introduce al lector en situaciones y personajes de un modo tal que, marcando distancias entre el lector y lo que éste lee, cuando se cierra el libro (cada uno de sus libros) sobrevuela la idea de soledad y desesperanza asociadas al ser humano y su relación con el mundo. Pero también queda patente la capacidad del hombre para sobreponerse a circunstancias y situaciones de profunda adversidad.

Por esa dicotomía transitan las historias de este narrador excepcional que ya desde aquel primer Dusklans publicado en 1974 dejó claro que venía dispuesto a dejar huella. En los años siguientes ganaría los principales premios de su país con In the Heart of de Country y Esperando a los bárbaros y algunos de los internacionales de mayor prestigio (Brooker Prize y Fémina) con Vida y época de Michael K y Desgracia (en cuya adaptación cinematográfica se centraba hace algunas semanas el blog Celuloide de hoyesarte.com).

Esa mezcla de maestría, tensión y elegancia ha ido confirmándose, consolidándose sin fisuras, en cada una de sus entregas. Como en La edad de hierro, cuando nos acerca la historia de una anciana sentenciada por un cáncer que vive una ambigua relación con un mendigo alojado en el jardín de su casa de Ciudad del Cabo. Contemplando la vejez como un estado del alma, decide contar su vivencia a una hija instalada en Estados Unidos a través de una carta conmovedora que arranca con “estas palabras salidas de mi cuerpo, gotas de mi misma”.

Algunos ejemplos

O cuando a través de En medio de ninguna parte nos instala en una remota granja de Sudáfrica desde la que la mujer protagonista observa el paso de la vida como mera espectadora sin futuro. Apartada de las actividades que tienen lugar en su entorno, sufre en silencio la dureza del desierto y la tiranía de un padre que la condenó desde el momento en que nació mujer.

O, por citar sólo tres ejemplos, esa estremecedora mirada que nos dirige desde Hombre lento el fotógrafo que pierde una pierna en accidente de bicicleta y, tras enamorarse de la enfermera que lo atiende, vive entre la esperanza y la desilusión. Sirviéndose de estos mimbres que en principio no son nada del otro mundo, la novela crece de una forma deslumbrante apoyada en la meditación del protagonista sobre la dependencia, el paso del tiempo, las oportunidades perdidas y aquello que, sin proponérnoslo, nos convierte en seres humanos.

Basten estos ejemplos, aunque podría señalarse como ejemplar cualquiera de sus títulos, para significar la obra de un narrador excepcional. Para esbozar las claves de un universo que se ha servido de la literatura para mostrar algunas de las llagas que hoy el mundo y el hombre tiene abiertas.