"Las administraciones deben servir a sus ciudadanos y no ser visitadores médicos de los laboratorios"

AIDA M. PEREDA/KEPA ARBIZU
Lumpen




Mucho se ha hablado acerca de la Gripe A. Casi todo lo dicho ha ido encaminado a crear alarma y a dar por buenas las directrices marcadas por los laboratorios y las instituciones. Miguel Jara, escritor y periodista especializado en ecología y salud, por medio de su páginas web (http://www.migueljara.com/) y sus diferentes libros ("La salud que viene" de reciente aparición), analiza de manera crítica el fenómeno de las pandemias y todo lo que rodea a estos sucesos. Por medio de esta entrevista nos aclara muchos aspectos.

Hay muchas voces que advierten de los posibles efectos secundarios y de la poca efectividad de la vacunación masiva. ¿Qué opina usted y por qué el estado ha obviado estos peligros y está incitando a ella?

Según los médicos a los que yo consulto y cuyas informaciones publico en mi blog (http://www.migueljara.com/) las vacunas contra la gripe A no han demostrado su eficacia, ni su seguridad y peor aún no son necesarias para una simple gripe. Además llevan como conservante Timerosal hecho a base de mercurio un producto muy tóxico que puede causar autismo y otros problemas neurológicos en niños, como intentan demostrar 60 familias a la Audiencia Nacional española. Estos peligros se obvian por la influencia de los grandes laboratorios.

En el último año la OMS ha cambiado la definición de pandemia. ¿En qué sentido lo ha hecho y cuál es tu valoración?

Ha subido con muchas prisas los diferentes grados de afeccción de la enfermedad para poder afirmar con rapidez que nos encontramos ante una pandemia, puede discutirse si la definición actual o la anterior es la más apropiada pero no parece que el momento de hacer cambios en la definición sea cuando se avecina o estamos inmersos en un problema de este tipo. La OMS ya actuó imprudentemente hace unos años con la gripe aviar, dijo que 150 millones de personas morirían y con el tiempo hemos visto que en todo el mundo han sido unas 250. Con actuaciones que interesan de manera descarada a los laboratorios está quedando en ridículo.

¿Qué sentido tiene que el estado compre las vacunas de la gripe A por adelantado, con el fin de estar preparado por si se produce una “pandemia”? ¿No sería más lógico comprárselas a los laboratorios cuando sea oportuno, ya que tienen las dosis preparadas, y así no acarrear con un gasto que puede ser innecesario y aún más en tiempos de crisis?

Es una buena idea, ir comprando según la demanda. El problema aquí es que la vacuna no es necesaria como le dije antes. El negocio es claro, se expande el marketing del miedo, el temor a enfermar por gripe A y se venden por adelantado unos productos llamados vacunas que ni siquiera puede comprobarse si son eficaces y seguros y que han sido aprobados por el procedimiento de urgencia con la excusa de la pandemia. Ahora cuando comiencen a producir efectos secundarios graves o a sobrar dosis por las muchas que se han comprado a ver quién se hace responsable. Evidentemente la Administración es la máxima responsable de todo esto.

Tanto los medios de comunicación como los estados responden a las“pandemias” creando miedo y alarma social. ¿Sucede esto por falta de información, por un pésimo asesoramiento o por intereses más oscuros?

Hay de todos, hay intereses políticos y económicos muy fuertes detrás. También que el periodismo tal y como lo conocemos hoy vive la mayor crisis de su historia y se intenta buscar salida a la misma con amarillismo y sensacionalismo y también que los periodistas de la redacciones, por lo general, no están especializados en asuntos como este y escriben sin muchos miramientos al respecto, sin importarles mucho a quién le están haciendo el juego o los daños que se puedan deducir de sus publicaciones atemorizadoras.

También resulta sospechoso que el Tamiflu (de los laboratorios Roche), remedio que supuestamente servía para la “pandemia” de la gripe aviar, que finalmente no sucedió, sirva ahora también contra la gripe A, ¿no será que las farmaceúticas quieren colocarnos el muerto? ¿Qué papel juega Rumsfeld en la implantación de este medicamento?

El Tamiflu es un antiviral de todo uso poco eficaz en estos casos, según los profesionales sanitarios que yo consulto. Las influencias de los laboratorios quedan patentes cuando vemos que la Administración compra este fármaco y no por ejemplo la amantadina, genérico existente en la farmacias mucho más barato y más eficaz. El papel de Rumsfeld como el de otros tantos Rumsfeld es el de meter miedo a la población para que acepte tratamientos que si fueran analizados con toda la información y tras un debate abierto y sosegado no se aceptarían.

Hoy en día, la salud se ha convertido en un negocio, bien es sabido que hay enfermedades que asolan el “tercer mundo” mientras que en los países ricos no tienen repercusión, de hecho, las farmaceúticas fueron denunciadas ante la Corte de la Haya, acusadas de expandir las enfermedades y de evitar curas que las erradiquen, ya que su negocio se sostiene sólo en la perpetuidad de las mismas, ¿de qué manera están corrompidas las empresas sanitarias y son responsables de las muertes en el mundo?

Hay que entender que la industria farmacéutica es un sector de inversión, especulativo, puramente financiero, fabrican objetos de consumo destinados a la enfermedad o a la salud como podrían fabricar cualquier otra cosa.

En general todas las grandes industrias funcionan con las miras en sus accionistas y no en la ciudadanía lo que ocurre es que este sector ha conseguido imponer la idea de que los sistemas sanitarios han de girar en torno suyo y por ello es el negocio legal más lucrativo del planeta. Una de las pruebas de que la salud pública no les importa es que muchos laboratorios farmacéuticos son además empresas de productos químicos también tóxicos como los pesticidas, conservantes, productos de limpieza y demás sustancias nocivas con las que convivimos a diario.

Cada vez es más creciente la idea, no sólo entre la opinión pública sino entrediferentes sectores del mundo científico, de que la OMS, lejos de ser independiente, está al servicio de intereses comerciales. ¿Cuál es su opinión y por qué?

La OMS también trabaja de la mano de las farmacéuticas y como en cualquier institución clave de la sanidad mundial lo laboratorios tienen influencia, hacen un trabajo de lobby diario, cotidiano, bajo la excusa de exponer a las autoridades sus "puntos de vista". Es el lobbismo lo que está produciendo ese contante descrédito de las instituciones y ese falseamiento de la democracia.

Viendo la deriva de la OMS, que los remedios que se presentan noson tales, que el mercado ha fagocitado al interés por curar... ¿qué soluciones pueden y deben tomarse para conseguir una red sanitaria mundial fiable y de calidad?

Las administraciones deben servir a sus ciudadanos y no ser visitadores médicos de los laboratorios. Las leyes deben regular qué medicamentos se consumen en un país con criterios de calidad, seguridad, eficiencia en el gasto de modo que sólo un porcentaje de los fármacos que ahora compra Sanidad serían subvencionados. Las leyes deben hace efectivo que se recete por principio activo. Y se debe apoyar tratamientos complementarios y alternativos que funcionan. Además de hacer una verdadera política de prevención, que incluiría desterrar de la sociedad o regularlos al máximo los productos y servicio contaminantes, que son muchos y provocan numerosas enfermedades "invisibles".

John Lennon, la dura vida de un genial inseguro


JORDI COROMINA i JULIÁN
Corominasijulian.blogspot.com




Murió Aquiles e inauguró una espiral de héroes fallecidos prematuramente. Alejandro, Cleopatra, Jesucristo, Juliano el Apóstata. El club de los 33 de la Historia. El siglo XIX reinventó el mito y le dio visos más artísticos. Poetas, músicos y pintores accedieron al panteón de los sueños rotos antes de tiempo. La pasada centuria modificó, un mero trasvase léxico, la fórmula y de James Dean pasó a las estrellas del rock. Cinco malditos con 27. Jimmi Hendrix, Joplin, Brian Jones, Jim Morrison, Curt Cobain. Para John Lennon la otra vida empezó a los cuarenta. Su asesinato le convirtió en santo por rebeldía y arrojo. Los pecados de antaño se convirtieron en milagros engendrados porque la explotación póstuma de su figura transformó su ser en un modelo contracultural fácilmente aceptable en la normalidad, orgullosa de tenerle en su mausoleo legendario, feliz por adorar a un chico a la defensiva que mediante la acción derrotó inseguridades y complejos que a tantos atenazan y destruyen.

La relación bibliográfica de Philip Norman con el autoproclamado Working class hero empezó en 1981, año de la publicación de Shout!, biografía beatle que en nada puede ser definitiva. El Renacimiento pop de los noventa ha dado muchos libros–desde Revolution in the head de Ian MacDonald, hasta Here, there and everywhere de Geoff Emerick–mejor informados y documentados sobre las vicisitudes musicales y personales del cuarteto que revolucionó la cultura popular. Veintisiete años después de su primera incursión en el universo fab, Norman vuelve al tema con la legítima aspiración de mejorar otras semblanzas sobre Lennon, desfasadas por el transcurrir de las décadas u olvidadas por innecesarios partidismos. Sin duda, su aportación es sublime, si bien quizá tenga el defecto de centrarse demasiado en los sesenta para luego apuntar datos muy interesantes que no acaban de concretarse, y ello en parte es culpa del desajuste existente entre las partes. Al igual que hicieron Hunter Davies en el pionero The Beatles, publicado en 1968, y Barry Miles en Many years from now, el autor del volumen dedica una extensa introducción a la infancia y adolescencia para que el lector pueda entender como una ciudad medio en ruinas del norte de Inglaterra pudo generar tamaña energía y traspasarla a todo el Planeta. En este sentido, el niño que nace el 9 de octubre de 1940 empieza a caminar con múltiples obstáculos en su horizonte. La Segunda Guerra Mundial y el trabajo de su padre dividirán irremisiblemente el núcleo familiar. Freddie por los mares de cinco continentes. Julia en las pistas de bailes con soldados y marineros. El retorno del progenitor será una tragedia de elección y penuria, un tira de afloja entre Nueva Zelanda y su patria chica. John elegirá una figura materna poco protectora, con la que establecerá una relación especial sin compartir techo. Entre las cuatro paredes de Mendips, la casa de Menlove Avenue, la tía Mimi ejercerá la función de educadora del pequeño, instruido para comportarse correctamente en sociedad y hablar sin el enrevesado e incomprensible acento scousse. La disciplina y los buenos modales serán otro acicate para que el desdichado jovencito se transforme al salir del hogar para vagar en bicicleta durante horas por los campos cercanos, donde los días entre amigos adquieren una textura similar a la de las correrías de Guillermo y su pandilla, nostalgia de parajes desprovistos de televisión y tecnologia. El grupo y la necesidad de un compinche esencial marcarán su existencia.

Al ingresar en la pubertad, Lennon cosecha fracasos en la escuela y descubrimientos de suma importancia que coinciden cronológicamente con el desvanecerse del sopor de la posguerra y la aparición de emblemas inolvidables que alterarán el ritmo de toda una generación. Brigitte Bardot es mencionada en las masturbaciones grupales y modelará el prototipo femenino que guste a John hasta 1968. Elvis será otra cosa, una epifanía con voz de oro que le impulsará a la esfera musical. Nada fue lo mismo después de Heartbreak Hotel. Adoptará, para desesperación de su tía, la estética Teddy Boy– tupé, pantalones ajustados, botas de punta– y pedirá a su madre que le enseñé a tocar algunos acordes de guitarra con su banjo. La experiencia resultará fructífera y le llevará a fundar The Quarrymen, grupo skiffle donde ejercerá de líder con desparpajo, divirtiéndose a la espera de progresar y emular a sus ídolos norteamericanos, feliz por poder actuar en público, reivindicarse y exhibir su humor goon al respetable. El domingo seis de julio de 1957 les contrataron en la fiesta de la iglesia parroquial de Woolton. Cerca de la tumba de Eleanor Rugby acaeció un choque cósmico que parte la biografía en dos partes y exige modificar el tono de este articulo para que lo explicado pueda ser comprensible sin dimensiones enciclopédicas.

Lennon-McCartney: Jugo de limón y aceite virgen en la genialidad

“John tenía un montón de cosas de las que protegerse y eso conformó su personalidad; era una persona muy a la defensiva. Creo que eso producía un equilibrio entre los: John era caústico y punzante por necesidad y, debajo de eso, era una persona completamente afectuosa cuando le conocías bien. Yo era lo contrario: de trato fácil, cordial, no necesitaba ser caústico ni mordaz ni ácido, pero si hacía falta podía ser duro. Aquella asociación, aquella mezcla, era increíble. Ambos teníamos cualidades sumergidas que los dos conocíamos y veíamos. Nunca hubiéramos podido aguantarnos tanto tiempo si hubiéramos tenido sólo una dimensión”.

(Paul McCartney, Many years from now)

“Podríamos mandar nuestras figuras de cera y las masas quedarían satisfechas. Los conciertos de The Beatles ya no tienen nada que ver con la música. No son más que putos ritos tribales”.

(John Lennon)

La colisión positiva de esos dos colosos es, sin temor a exagerar, uno de los acontecimientos más trascendentes de la segunda mitad del siglo XX. Ivan Vaughan fue el enlace que les catapultó a una amistad de contrastes que se complementaba y terminó por reforzarse por la muerte de sus dos madres. Paul la perdió en 1956 a consecuencia de un cáncer de mama y John casi vio con sus propios ojos como en julio de 1958 un policía borracho atropelló a Julia, con la que tuvo fantasías eróticas, al lado de Mendips. Esa ausencia compartida cimentó su vínculo y fue un aguijón de camaradería y competitividad. En esa época las estrellas tenían sus propios compositores. Los dos chavales escribían sus letras sin saber que haciéndolo transformaban la tradición. Se reunían en casa de Paul, Mimi no quería que John se relacionara con adolescentes de estatus sociales inferiores, y experimentaban guitarra en mano. La meticulosidad de McCartney profesionalizó la actitud escénica de la banda y Lennon lo agradeció adoptando su papel histriónico, explotado en Hamburgo hasta constituirse en un precedente de actitud punk, con sus saludos nazis en directo, imitaciones de retrasados mentales e insultos a los alemanes por haber bombardeado Liverpool. Si Paul, por versatilidad musical, captaba cualquier melodía que le pusieran delante, John se pavoneaba de ser un rocker puro. La diplomacia enlazada con la provocación en mentes siamesas, conectadas por sinapsis irrepetibles. Viajaron a Paris y se dejaron flequillo. Durante los años previos a la firma de su contrato con EMI, ambos plantaron la semilla del éxito, donde no hubieran llegado sin un sinfín de nombres y casualidades. El autobús 86 y un tal George Harrison fanático de la guitarra. El hermanito pequeño fue el tercer hombre, objeto de burlas por parte de los mayores, que le respetaban por sus dedos habilidosos y un admirable tesón por superarse. Pete Best fue un remiendo de zapato arreglado definitivamente cuando George Martin les abrió la puerta de EMI después del rechazo, el día de año nuevo de 1962, por parte de Decca. Ese contacto no hubiese sido posible sin la prestancia de Brian Epstein, manager de the Beatles y soporte básico para la estabilidad emocional de Lennon, huérfano perpetuo que halló en antiguo responsable de NEMS un apoyo a prueba de bombas. El círculo se cerró con Ringo, el batería que se contentaba con marcar el ritmo, ¡pero de que manera!, y poner paz cuando los egos se hinchaban hasta el infinito. Su opinión, porque no se andaba con chorradas, era la que más contaba para John.

Hasta 1967 Lennon y McCartney compusieron juntos gran parte de los temas que dieron la fama a The Beatles. Nuestro protagonista ejerció de líder en una formación sin alguien que sobresaliera por encima de los demás, un grupo donde los cuatro cantaban y dos se imponían por vigor y genialidad. El protagonista de la biografía de Norman era el iconoclasta, con su gorra a lo Lenin y sus declaraciones, un hombre que, mientras se sumergía en la pesadilla de ser un símbolo global ocultaba su matrimonio con Cynthia para no perjudicar intereses comerciales, un hombre que cuando todos le veneraban pedía socorro en una célebre canción que la mayoría interpretó como otro himno festivo. The Beatles fueron la punta de lanza de esa alegría típica de los sesenta, renovación estética e innovación formal. Letras como poemas. Yeah yeah yeah. Feedback de la nada. Chicas desgañitándose. La apoteosis inglesa de 1963 alcanzó una dimensión superior en Estados Unidos. La muerte de Kennedy y la urgencia del retorno de la sonrisa propiciaron un recibimiento más que multitudinario refrendado por su show en directo en el programa de Ed Sullivan, cuando 73 millones de telespectadores fijaron su mirada en esos ingleses deslenguados, simpáticos y talentosos. Bob Dylan y la marihuana en una habitación de hotel. El triunfo al otro lado del charco incrementó el ya de por si cargado ritmo laboral del cuarteto. Giras y más giras. Gritos ensordecedores que no les dejaban escuchar su propia música. Lennon se sintió encarcelado en un cárcel dorada, sujeto a un modelo de comportamiento que le disgustaba porque le cortaba sus alas de libertad, todo ello en su apogeo creativo, cuando componía más canciones que McCartney y aún era contemplado por los demás como el admirable John, el que bebía cerveza cuando ellos debían conformarse con leche y coca-cola.

1965 rompió las cadenas. En una visita a un amigo dentista tomó, junto a George Harrison, LSD y expandió su mente. Quemó mil barreras y cruzó un límite peligroso. Sus letras se despojaron de tanto amor y adquirieron matices poéticos. Rubber Soul ya le ve, ¡con 25 años!, como un lírico de excepción capaz de escribir letras como Norwegian Wood, con la dulzura cínica y letal de su canto, o In my life, composición madura que contrasta con chiquilladas machistas como Run for your life, agresiva con la mujer y síntoma musical de su malestar conyugal. Mientras Paul vivía en Londres, el y los demás se alejaron de la capital para vivir en lujosas residencias en cansinas urbanizaciones. Mientras McCartney, visitaba galerías y se introducía en las vanguardias, dando rienda suelta a su imaginación en el estudio e inventando el loop en Tomorrow never knows, Lennon consumía televisión y ácidos sin perder su enorme chispa corrosiva plagada de inteligencia. Las tornas iban virando sin que se diera cuenta, sumergido como estaba en su galaxia de drogas e insatisfacción. La encrucijada llegó el 29 de agosto de 1966, semanas después de la polémica sobre Jesucristo y la andanada extremista de la América conservadora. The Beatles dejaron los conciertos en directo y se tomaron una pausa.

El derrumbe y Yoko Ono

“That wedding bells are breaking up that old gang of mine.”

(Gene Vincent & his blue caps)

I need a fix ’cause I’m going down
Down to the bits that I left uptown
I need a fix cause I’m going down

( John Lennon, Happiness is a warm gun)

Ringo siguió siendo Ringo, George se fue a la India, Paul compuso una banda sonora y John aceptó una oferta para rodar una película en Almería. De su periplo español trajo Strawberry Fields, donde nada es real, y una última tranquilidad de espíritu. A finales de 1966 conoció a una artista fluxus, Yoko Ono. Visto y no visto. El cenit estaba a la vuelta de la esquina. Durante seis meses, Lennon y McCartney acapararon todo el protagonismo en el estudio. Harrison se conformó con una canción hindú y algún que otro solo de guitarra. Ringo aprendió a jugar al ajedrez con los roadies. Paul y John coparon el vendaval del Pepper, álbum que, desde una idea conceptual frustrada, abarca un falso grupo, letras psicodélicas, coros de una hermosura inigualable y un final enlazado apoteósico que recibe colofón con A day in the life, estallido de la compenetración entre dos amigos poniendo toda la carne en el asador. Su popularidad sufrió un vuelco, y de ser los músicos más amados pasaron a ser considerados estandartes, iluminados con un don casi sobrenatural.

El verano del amor, All you need is love, fue el sol de la muerte. El adiós de Brian Epstein, víctima de una sobredosis, precipitó lo impensable. Los chicos se quedaron solos en el barco. McCartney se erigió en líder organizativo y director musical del conjunto. Cargó a la banda con su descomunal hiperactividad, propuso rodar el Magical Mistery Tour y asumió toda la responsabilidad para que la nave llegara siempre a buen puerto sin bajar el pistón. Lennon, disminuido por sus adicciones y debilidades, aceptó, cabizbajo. La estancia espiritual en la India fue un último instante armónico previo a la triste batalla. La paz del ashram, alud de nuevas composiciones, se clausuró con un malentendido y un retorno en avión hacia Inglaterra donde confesó a su mujer la mayor parte de sus centenares de infidelidades entre camerinos, prostíbulos, clubs e impolutas habitaciones. Fue a Nueva York con su siamés a lanzar Apple y lo vio acaramelado con una americana, Linda Eastman.

Yoko Ono no se había ido de su existencia. Se habían visto ocasionalmente y se carteaban con frecuencia. En mayo de 1968 la artista japonesa visitó a John una noche, grabaron sonidos, el futuro y polémico por su portada Two virgins, e hicieron el amor al despuntar el alba. Ono sacudió su pasividad, confiriéndole una imagen activista y un tono netamente individualista, separado de sus compañeros. Para remarcar su metamorfosis se dejaba fotografiar con su musa, plantaba bellotas de la paz, vestía de blanco y hasta la llevaba al templo sagrado de Abbey Road, donde nunca antes una mujer beatle había puesto los pies, y lo que es peor, se atrevía a opinar sobre cómo tocaban los chicos. El 13 de octubre fundió a su madre con Yoko, ocean’s child, en la canción Julia. Beatledammerung. The White Album como suma agria de las partes en cuatro vinilos. Crecieron las fricciones, hubo varios conatos de abandono. Paul y sus ideas. Un documental que mostrara al grupo trabajando en un nuevo álbum que presentarían en un concierto. Get Back se transformó, un año después, en Let it Be.

Uno mandón e incansable, el otro heroinómano, irascible y obsesionado con su pareja, de la que no se separaba, y así fue hasta 1973, ni para ir al baño. Discusiones, luchas económicas por acciones y la elección de un nuevo manager. Y siempre, absolutamente siempre, su extensión siamesa, con Paul casándose el 12 de marzo de 1969 en Londres y John emulándole una semana después en Gibraltar. Bed in. Give peace a chance. The Ballad of John and Yoko como resumen musical registrado en una sesión donde sólo participaron ambos. Aun quedó Abbey Road, áureo regalo de despedida con una cara final donde esos señores, Lennon y McCartney, mezclan sus composiciones en un medley épico de 8 canciones y un suspiro a su majestad. And in the end, the love you take, its equal to the love you make. El veinte de septiembre John anunció en privado a sus compañeros que dejaba el grupo. I want the divorce.The dream is over.

Happiness is a warm gun: Una década a investigar

La noticia se mantuvo en secreto hasta el diez de abril de 1970, cuando un deprimido e iracundo Paul McCartney publicó su primer LP en solitario con una entrevista adjunta en que corroboraba la ruptura. La nueva década ve un Lennon politizado que sigue con su calvario personal. Su preponderancia al abordar asuntos que traspasaban la esfera musical le acarreó complicaciones, minucias si las comparamos con su sufrimiento por culpa de la heroína. Alaridos balsámicos. Terapia Janov compartida con Yoko que a nivel creativo engendró John Lennon-Plastic Ono Band, su mejor disco como solista, un exorcismo de confesiones de un hombre en continuo estado cambiante. En 1971 emigra a los Estados Unidos de América y prosigue su incesante agitación de protesta, actitud que contrasta con la salida al mercado de su disco más comercial y soft, Imagine. Sus esfuerzos se centran en obtener la carta verde que le permita anclarse en el Nuevo Mundo sin temor a ser deportado. Da la sensación, y así lo transmiten las páginas escritas por Norman, que ese período es como una válvula de escape para expulsar fantasmas del pasado y proyectar una personalidad radical que concuerde con la ruptura, que aporte una credibilidad al sujeto vigilado por el FBI hasta el estallido del Watergate.

La suerte, pese al sufrimiento interior, le sonríe. En 1973 algo se quiebra y la indestructible unión John Yoko padece una crisis. Escasea el deseo sexual y hay muchas mujeres disponibles. Pactan una pausa que se conoce como el Lost Weekend, cuando Lennon se fue durante año y medio a Los Ángeles, con frecuentes retornos a Nueva York, para emborracharse con Harry Nilsson, Ringo Starr y Keith Moon, además de ser expulsado de clubes, tenérselas con Phil Spector, reencontrarse con Paul McCartney, colaborar con Bowie y Elton John y finalmente reconciliarse con Yoko Ono en el Madison Square Garden.

Ninguna biografía sirve para comprender en su totalidad los últimos cinco años de la vida de John Lennon. Norman afirma tener dudas sobre las informaciones, contenidas en Nowhere Man de Robert Rossen, que retratan al genio de Liverpool como un hombre insano, maniático de la numerología y resentido por el éxito planetario de su otrora socio. Más creíble, aunque demasiado buenista, es la imagen del amo de casa, contento por ejercer de padre, amasar pan y dejar que su mujer, convertida por arte de birlibirloque en una ejecutiva agresiva, se encargue de los negocios. Habrá un término medio, una vía alternativa. Quizá me equivoque y una de las suposiciones atine más que la otra. Sabemos que durante un lustro se retiró y disfrutó con lo básico. En 1980 regresó a las portadas. Double Fantasy fue acogido con reservas y se coló en las listas de manera discreta. El 8 de diciembre de 1980 John Lennon volvía al edificio Dakota después de una jornada en el estudio de grabación. Mark David Chapman, un chalado con El guardian entre el centeno de Salinger como Biblia a quien horas antes había autografiado su último LP, le disparó seis tiros. Murió en un coche patrulla de la policía, camino del hospital. El mundo entero cantó sus canciones y guardó diez minutos de silencio para homenajearle. El poeta amante del surrealismo en los sesenta, el concienciado treintañero de los setenta desaparecía dejando un denso legado. Algunos literatos aun se rasgan las vestiduras si se equiparan ciertas composiciones pop a poesías o novelas, pero tienen que aceptar que muchas canciones ejercen desde su calidad lírica, y no sólo hablamos de John, una potencia imparable. El problema es que nuestros tiempos de marketing por doquier practican severas y vomitivas manipulaciones. Lo artístico queda relegado. Lennon y el Che no distan mucho. La música se ha ido a otra parte. Detesto las camisetas.

PS: El libro destaca entre otras cosas por su precisión. En más de ochocientas páginas sólo hay dos errores de bulto. La grabación de la parte orquestal de A day in the life, fue el 10 de febrero de 1967, no el 10 de marzo. Julia, canción mencionada en este artículo, no dura 33 segundos, sino 2 dos minutos y 54 segundos.

Dios creó el relativismo

SANTIAGO ALBA RICO
Tortuga




Cuando la realidad sea razonablemente buena, Dios reducirá mucho su presencia. Inexistente, será por fin enteramente benévolo. ¿Para qué será necesario? Para contar algunos cuentos y para dar las gracias. “Dios es mi personaje de ficción preferido”, dice Hommer Simpson. Es también uno de los míos. Los republicanos seguimos contando cuentos de reyes. Y lo ateos seguiremos contando los relatos de la Biblia (como contamos la Odisea y el Po-Pol-Vuh).

“Las costumbres”, decía Pascal, “se siguen no porque sean costumbres sino porque se creen razonables”. Los tupís-guaraníes creían razonable el canibalismo, los aztecas creían razonables los sacrificios humanos, los cherokee creían razonable invocar la lluvia con pasos de danza, los judíos creen razonable darse golpes contra un muro, los musulmanes creen razonable ayunar en Ramadán, los católicos creen razonable comerse a Cristo durante los misterios de la misa. El gran ilustrado Montesquieu escribió Las Cartas Persas para defender la razón frente a la loca autoridad de las costumbres, y a ese ejercicio racional lo llamó relativismo . Bajo la versión postmoderna del capitalismo, el relativismo ha acabado por aplicarse sólo a la razón misma, de manera que paradójicamente, gracias a él, la diversidad absolutista del mundo ha recobrado toda su legitimidad y todo su poder. En medio de la creciente influencia de las religiones, cuando en todas partes se invoca a Dios para retroceder, reprimir o asesinar, la tolerancia políticamente correcta, espejo del mercado, yerra completamente el tiro y alimenta los absolutismos al mismo tiempo que castiga a los individuos: “Todas las creencias son respetables por igual; los que hacen daño son los creyentes”. Esta tontería, repetida una y otra vez por periodistas y gobernantes, preside la llamada Alianza de Civilizaciones con la que se pretende, en realidad, reprimir a los creyentes y reproducir el orden vigente.

Hay que decirlo: no todas las creencias son razonables. No es razonable, por ejemplo, una creencia según la cual las mujeres que conservan el clítoris son amenazadoras para la sociedad; no es razonable una creencia que pretende que los arios son una raza superior; y no es razonable una creencia en virtud de la cual se manda al infierno a los niños que se masturban y se condena a muerte a miles de hombres y mujeres en nombre de la vida. Pero a los creyentes no los hacen sólo las creencias; se hacen, por así decirlo, solos, en paralelo, en un mundo en el que las condiciones socioeconómicas y el complejo de Edipo tienen bastante más fuerza que las tablas de Moisés o las aleyas coránicas. Por eso, si la irracionalidad de una creencia introduce efectos, no los introduce todos. Se puede creer en las virtudes de la ablación y ser al mismo tiempo bueno, fiel a los amigos, buen compañero e incluso comprensivo esposo. Se puede creer en la superioridad de los arios y ser compasivo con los judíos (pobrecitos, tan inferiores). Y se puede creer razonable mandar al infierno a un niño que se masturba y ser un trabajador responsable, un marido leal, un padre cariñoso, un médico sensible al dolor ajeno. Aún más, se puede creer que la cliterectomía es barbarie y el infierno razonable sin ninguna hipocresía, y sin dejar de ser un hombre de bien. Los creyentes se activan y desactivan en otro sitio. A los creyentes hay que tolerarlos, educarlos, tener paciencia con ellos, darles pan y hospitales y democracia y libros; pero hay que mantener a raya sus creencias. Lo que sí es hipocresía -o algo peor- es la práctica de un gobierno laico que se escandaliza por la ablación o el nazismo y luego deja que curas y monjas enseñen a los niños en las escuelas, con dinero público, que el mundo fue creado por un Dios alfarero hace 36.000 años, que los niños que se tocan los genitales arderán eternamente en el infierno y que son las mujeres y los homosexuales, y no ellos, los que necesitan vigilancia y tratamiento. La razón es relativista, la religión no; y por lo tanto no puede ser ni racional ni relativista una política que reconoce legitimidad pública al absolutismo.

La idea de Dios, en general, es muy poco razonable, aunque mucha gente razonable y buena -y combativa- ha aceptado, en lugar de otra, esa mínima cuota de irracionalidad. ¿Es necesaria, como sugería Voltaire? Mientras los creyentes sean construidos más por una realidad mala que por una creencia absurda, el absurdo tendrá muchas bazas para sustituir a la razón ausente como principio de orden y de intervención en el mundo. ¿Necesario Dios?

Somos tan desgraciados que necesitamos consuelo. Cuidémonos los unos a los otros y creemos las instituciones que nos permitan hacerlo.

Somos tan malos que necesitamos ser reprimidos y castigados. Proporcionemos a los seres humanos las condiciones materiales y políticas necesarias para poder tratarlos siempre como a mayores de edad.

Somos tan culpables que necesitamos que nos perdonen. Formemos sujetos responsables y démonos leyes justas y buenas.

Somos tan racionales que necesitamos una explicación, aunque sea irracional. Demos prioridad a las racionales, allí donde ya las hemos encontrado.

Cuando la realidad sea razonablemente buena, Dios reducirá mucho su presencia. Inexistente, será por fin enteramente benévolo. ¿Para qué será necesario? Para contar algunos cuentos y para dar las gracias. “Dios es mi personaje de ficción preferido”, dice Hommer Simpson. Es también uno de los míos. Los republicanos seguimos contando cuentos de reyes. Y lo ateos seguiremos contando los relatos de la Biblia (como contamos la Odisea y el Po-Pol-Vuh).

Pero servirá, sobre todo, para reconocer que, en un mundo más o menos racional y más o menos gobernado por los humanos, habrá siempre milagros: sucesos imprevistos, regalos inmerecidos, bellezas al margen de toda regla, gracias caídas del cielo por las que precisamente habrá que dar las gracias sin saber muy bien a quién. El “Olé” taurino de los españoles procede del “Allah” de los musulmanes, con el que unos y otros expresan su embeleso ante un precipicio repentino de pericia o de hermosura. Ante un crepúsculo incendiado en mil matices de rosas y naranjas, ¿daremos las gracias al Big-Bang que hizo posible el universo? “Dios, qué bonito”. En medio del abrazo de los cuerpos, mirando a los ojos al amado o a la amada, ¿invocaremos el ADN o la Viagra? “Dios, cuánto te quiero”.

Reservemos a Dios -es lo menos blasfemo que podemos hacer con él- para nuestros relatos, nuestros agradecimientos y nuestros orgasmos.