Vetiver, folk luminoso


XAVIER VALIÑO
Ultrasónica




Vetiver es una banda folk americana liderada por el compositor Andy Cabic. Lanzó su debut en 2004 y desde aquel momento el grupo no ha parado de hacer giras, colaborando además en varias ocasiones con Devendra Banhart, Joanna Newsom o Hope Sandoval de Mazzy Star. Tight Knit es ya su cuarto álbum, el que presentan este miércoles en Pontevedra, con Fruit Bats como teloneros, a partir de las 21 horas en el Pazo da Cultura como avance de los conciertos del ciclo Xacobeo Importa que nos acompañarán durante el 2010.

Nacido al norte del estado de Virginia, y tras pasar por varias formaciones locales, Andy Cabic decidió trasladarse a San Francisco, donde su pericia a la guitarra le supuso colaborar con lo más granado de la escena folk local. Tras la edición a finales del año pasado de un recopilatorio de versiones que había ido registrando a lo largo de los años, Thing Of The Past, Andy Cabic decidió grabar un álbum más positivo, luminoso y ecléctico con, tal y como han dicho algunos medios, “canciones sinceras que George Harrison hubiera escrito en un jardín soleado”.

¿Qué recuerdos tienes ahora de cuando tuviste tu primera relación con la música y de cuando Vetiver nació?

- He estado haciendo música desde los días en que aprendí a tocar las canciones de REM en mi guitarra en la escuela secundaria. Empecé a hacer canciones con el nombre de Vetiver hace seis años, tocando primero con Devendra Banhart y, después, añadiendo otros componentes al grupo.

Desde que editasteis el primer disco no habéis parado de girar por todo el mundo como Vetiver y en tu caso, también, con Devendra Banhart. ¿Cómo lo has vivido?

- ¡La comida es horrible en los aviones! También aprendí a dormir bien de pie, me enteré de que Kyoto es una de las ciudades más bellas del mundo, aprendí a nunca más llevar la guitarra en un vuelo con una bolsa mala y que estar de gira es ‘prepárate y espera’, aunque siempre hay momentos que recompensan por toda esa espera.

Tu música la definen como ‘freak folk’ (folk imprevisible), ‘weird folk’ (folk extraño) o ‘new age folk’ (folk de la nueva era), aunque no es más que una combinación de pop y folk, ¿no?

- ¿A quién le puede gustar que le digan que hace ‘freak folk’? Nos acusan de raros todo el tiempo. La otra frase recurrente es que mi banda es representante de la ‘weird América’, es decir, de los ‘Estados Unidos raros’. Lo que ocurrió es que un puñado de músicos nos encontramos, por afinidad e incluso por ser vecinos, en San Francisco. Devendra Banhart es mi amigo: lo conocí cuando intentaba venderme artesanías; después fuimos compañeros de apartamento. El conocía a Joanna Newsom. Nos fuimos de gira juntos. Devendra se transformó en un referente y empezó a tener atención de la prensa, y les dio apoyo y difusión a bandas que le gustaban, aunque de estilos muy diferentes: la verdad, lo que Vetiver hace es muy distinto a lo que hace Joanna. Lo que tenemos en común es el uso de instrumentos acústicos. Y cierta empatía. Yo soy parte de la banda de Devendra. Juntos tenemos un sello independiente. Pero nuestro sonido y nuestros orígenes son distintos. Creo que nuestra música no se entiende y tampoco pretendo que sea comprensible; sólo quiero que se conozca y se disfrute.

En vuestro último disco sonáis más positivos que nunca, con vuestro tema más pop, “Everyday”, e incluso funk en “Another Reason To Go”.

- Me ha llevado mucho llegar a completar “Everyday”: fue compuesto ya hace más de dos años, con lo que es la canción más antigua del nuevo álbum. En cuanto a “Another Reason To Go” tiene algo de funk, aunque es más por la instrumentación que le metimos que por la forma en la que fue compuesto: es la primera vez que hemos incluido una sección de vientos y un clavicordio amplificado electrónicamente.

Tengo entendido que eres un gran coleccionista de discos.

- En mi adolescencia coleccionaba vinilos de Camper Van Beethoven, Pixies o My Bloody Valentine. Más tarde empezó a gustarme la música de los 60 y los 70 y compraba discos de gente como Milton Nascimento o bandas angoleñas de la década de los 70, cuando el país africano atravesaba uno de sus momentos más convulsivos. Entonces tenía un grupo llamado Raymond Brakers y tocaba la guitarra eléctrica. Pero cuando me mudé a California, llevé sólo una guitarra acústica, no los discos. Viví en una casa que compartía con hasta seis personas, así que no podía usar un amplificador en esas circunstancias y empecé a componer solo, con mi guitarra.

Tenéis mucha repercusión en los medios escritos o Internet, pero eso no se traduce en llegar a un público amplio.

- A nuestro grupo nunca lo pinchan en la radio. Sí, claro, tenemos nuestro espacio en las radios de las universidades estadounidenses, pero eso siempre fue así para los músicos independientes. Pero entrar en los medios masivos... hay que olvidarse. La radio en Estados Unidos es algo corporativo y no tiene una sola rendija para que pueda filtrarse algo diferente a lo que dictan las grandes discográficas. Nos seguimos moviendo fuera del radar y de manera independiente, lo que para nosotros está bien y nos sirve como un baño de la realidad ante todo lo que se escribe. Por otro parte, siguen llamando mucho más la atención, para los medios, nuestras barbas y nuestros pelos largos. Pero no me quejo, así son las cosas y lo pasamos muy bien.

¿Qué quedó de la antiglobalización?


La ambición de una economía más justa y un modelo de crecimiento sustentable fundaron hace una década un movimiento internacional que sus detractores llamaron "globalifóbico". Aquí, un recorrido por su historia y valores; además, la opinión de la filósofa Susan George

OSVALDO BAIGORRIA
REVISTA Ñ




Máscaras, disfraces, strippers, lanzallamas, desfiles del amor, carnavales de protesta: hace diez años nacía un movimiento para el que nadie parecía estar preparado. El 30 de noviembre de 1999, la cumbre de la Organización Mundial del Comercio fue sorprendida en Seattle por miles de manifestantes que paralizaron el puerto, cantaron y bailaron y cortaron con un círculo de brazos encadenados el acceso al Centro de Convenciones. De los tres mil delegados, sólo quinientos pudieron abrirse paso y la ceremonia inaugural de la OMC tuvo que ser cancelada.

Por cinco días, ecologistas vestidos como mariposas y tortugas marinas ocuparon las calles junto a trabajadores portuarios, globos en forma de ballenas ondearon al lado de banderas rojas, inmigrantes asiáticos y latinos fueron golpeados y arrestados bajo la lluvia junto a defensores de bosques, críticos de las reglas de la OMC para la pesca, activistas queer por la biodiversidad y seguidores de los zapatistas de Chiapas. No era la Comuna ni el Mayo francés ni el sueño de tomar el cielo por asalto, pero daba la impresión de que un nuevo fantasma empezaba a recorrer la Tierra.

El fracaso de la cumbre del comercio mundial quedó para la historia como fecha de inicio de un movimiento en parte inspirado por el "carnaval anticapitalista" del grupo Reclaim the Streets que paralizó el centro financiero de Londres en junio de ese mismo año. La heterogeneidad, la descentralización y la flexibilidad operativa de las redes que coordinaron con precisión a cerca de cincuenta mil manifestantes en Seattle tomaron por sorpresa a las autoridades, que tuvieron que declarar el estado de emergencia y llamar a la Guardia Nacional para recuperar la ciudad, mientras nuevas generaciones de activistas festejaban el nacimiento de formas creativas de protesta, con iniciativas multifocales, microacciones directas y reclamos desparejos aunque unificados contra enemigos comunes: las corporaciones que saquean el planeta, empobrecen a los pueblos, arruinan los suelos, contaminan las aguas, ensucian el aire, eliminan especies y aumentan el riesgo climático.

Entre los referentes de este "movimiento de movimientos" emergió la figura de José Bové, el sindicalista francés que en agosto del mismo año lideró la destrucción de un edificio de McDonalds en protesta por el apoyo de la OMC al aumento de impuestos estadounidenses sobre productos agrícolas europeos. Junto a Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, Bové fue uno de los fundadores de ATTAC, la asociación que promueve una tasa internacional a los flujos financieros especulativos para reducir el daño y la desigualdad social. Y Bernard Cassen, organizador del Foro Social Mundial de Porto Alegre, quien lanzó la consigna "otro mundo es posible". También el histórico candidato independiente Ralph Nader, defensor de los derechos del consumidor y crítico de las multinacionales en EE. UU. Hazel Henderson, promotora de una economía global con justicia, los "mercados éticos" y la "ciudadanía planetaria". Susan George, autora del Informe Lugano en el 99 y precursora de acuerdos multilaterales sobre inversiones y democratización del trabajo mundial. Y por cierto Naomi Klein, autora del best-séller No logo que se publicó ese mismo año.

Sin embargo, las estrellas del movimiento no fueron individuos sino redes cuyas siglas brotaron en todas partes de modo rizomático, horizontales, descentradas, organismos como Acción Global de los Pueblos, Foro Internacional sobre Globalización, Corporate Watch, Amigos de la Tierra, Vía Campesina, entre muchos otros, además de centros de información independiente y no-corporativa como la red Indymedia, pionera del periodismo digital y que fue creada por hackers y activistas internacionales precisamente para coordinar la participación y la cobertura abierta e interactiva de la batalla de Seattle.

Violencia del desarrollo

De todos modos, las siguientes contracumbres globales tuvieron que enfrentar una respuesta más dura que la esperada y que enfrió parte del optimismo inicial. En abril de 2000, en Washington, diez mil policías impidieron que miles de manifestantes boicotearan una reunión del FMI y del Banco Mundial. Cinco meses más tarde, en Praga, el asedio contra esos dos organismos tuvo más éxito gracias a un gigantesco street party de diez mil personas que cortaron calles, hicieron batucadas, danzaron y forzaron a los delegados a salir por los subterráneos arrastrando sus valijas para llegar a los hoteles, sin poder circular por la ciudad ni siquiera para asistir al acto oficial en el edificio de la ópera.

La contraofensiva no se hizo esperar e incluyó una campaña de descrédito en los medios masivos. La circulación de la marca "antiglobalización" fue rápida y esta terminó imponiéndose sobre los esfuerzos militantes por difundir lemas menos negativos pero más complicados, como "altermundialización". También empezó a propagarse la etiqueta de globaphobia, derivación de un término diseñado por la Brooking Institution de Washington para desautorizar como "fóbicos" a los críticos de la aprobación del ALCA en 1997.

El rótulo de "globalifóbicos" fue de inmediato adoptado por el presidente mexicano Ernesto Zedillo en la reunión del Foro Económico Mundial en Davos, en septiembre de 2000, para ridiculizar a esa "alianza peculiar de fuerzas de extrema izquierda, de extrema derecha, grupos ecologistas, sindicatos de países desarrollados" etcétera, que se habrían unido en torno al propósito, según Zedillo, de "salvar a la gente de los países en desarrollo... del desarrollo!". La construcción de los manifestantes con un término peyorativo que hasta el día de hoy utilizan incluso medios progresistas y de centro izquierda colaboró en difundir percepciones negativas de las nuevas formas de antagonismo y en dibujar caricaturas de debates que fueron instalándose como lugares comunes: por ejemplo, que los países en desarrollo no deben "temer al progreso", que la protección del medio ambiente no coincide con el interés de los trabajadores industriales, o que las protestas son lideradas por conservacionistas irracionales dispuestos a la violencia para defender a las ballenas.

Estas representaciones fueron funcionales a la estrategia de enfrentar con masiva presencia policial las manifestaciones y reducirlas con toda la represión que fuese necesaria, bajo el pretexto de que el movimiento, mayoritariamente pacífico, no podía controlar a sus grupos más agresivos, como los Black Blocs, que suelen intervenir las marchas con destrucción de vidrieras de tiendas multinacionales como mínimo.

Así, a lo largo de 2001 se sucedieron los enfrentamientos: en junio, en Gotemburgo y Barcelona; en julio, en Salzburgo y finalmente en Génova, donde 200 mil manifestantes contra la cumbre del G-8 tuvieron que soportar una represión descomunal y choques con los carabineros que terminaron con un muerto y más de doscientos heridos. Luego llegó el 11 de septiembre para EE. UU. y el 19 y 20 de diciembre para la Argentina, pero ya la historia había dado otra vuelta de página.

Aunque el inicio de la "guerra contra el terrorismo" reunió todas las condiciones para sofocar la protesta global, ya en Génova se había producido un punto de inflexión, con disparos sobre manifestantes frente a cientos de cámaras, como si fuese un ensayo de hasta qué punto se podían forzar los límites del estado de derecho para detener un movimiento en ascenso.

Así lo recuerda Marcelo Expósito, video artista y crítico europeo que ha trabajado sobre varias de esas movilizaciones: "Nos preguntábamos cómo era posible que se hubiera ejercido tal grado de violencia pese al testimonio de las cámaras. Hasta aquel momento habíamos utilizado la visibilidad mediática en parte como cobertura contra la represión excesiva. Pero en Génova sucedió lo contrario. La violencia no tuvo ningún límite y cuanto más dejaban que se vieran imágenes de represión por TV, más se multiplicaba el efecto devastador del miedo, sobre todo en la generación de clase media que se estaba incorporando a la acción política en Europa. Quiero decir que ya antes del 11-S se habían experimentado formas de suspensión momentánea del régimen de derecho durante las protestas".

En menos de una década, los prejuicios sobre exóticas alianzas de "enemigos del progreso" se combinaron con la idea de que las contracumbres globales acaban siempre en disturbios a causa de pequeños grupos violentos funcionales al aumento de la represión. Esto parece haber legitimado los enormes despliegues de fuerzas policiales para proteger las reuniones de los máximos dirigentes políticos y financieros del mundo. En la última reunión del Grupo de los 20 en Pittsburgh, en septiembre de este año, una marcha de tres a cuatro mil participantes fue controlada por un número igual de agentes antimotines llegados de otras ciudades para reforzar los novecientos miembros de la policía local.

Hubo una redada en el edificio donde el grupo Semillas para la Paz preparaba viandas para los manifestantes y arrestos masivos de casi 180 personas, entre ellas muchos asistentes a un festival de rock al aire libre en el parque de la Universidad de Pittsburgh que no participaban de la marcha y que, sin embargo, fueron corridos con gases y balas de goma hasta el interior de los dormitorios universitarios, golpeados y rociados en los ojos con aerosoles de gas lacrimógeno aun cuando ya habían sido esposados.

La estrategia combinada del miedo y del prejuicio ha logrado pinchar el globo del movimiento en las calles, aunque algunas de sus banderas están hoy integradas a los reclamos de varios países periféricos por una economía más justa y un crecimiento sustentable. Al mismo tiempo, la crisis financiera ha sumado nuevos actores a la protesta global, que en Pittsburgh irrumpieron con llamados de atención sobre el aumento de los desocupados mientras los gobiernos salvan a los bancos de la quiebra, con carteles que decían: "Rescaten a la gente, no a los bancos".

El clima parece haber cambiado. Da la impresión de que el sueño de Seattle llegó a su fin y que ya no es posible tomar las cumbres de la Tierra por asalto. Pero las resistencias continúan, o al menos se renuevan. Es una lucha.

Informe Philibert


Llevaba un cuarto de siglo haciendo películas, pero no fue hasta ‘Ser y tener’ que se dio a conocer al gran público. Autor que observa con sencillez y cercanía, Nicholas Philibert propone un cine documental que, en vez de contar certezas, haga preguntas


DANIEL RODRÍGUEZ
Diagonal




Es un narrador de historias singulares, que parece que nos hablen directamente a nosotros, a los espectadores. Nació en 1951 en Nancy (Francia), comenzó estudiando filosofía para después orientarse hacia el cine como ayudante de dirección con Renné Allio, Alain Tanner o Cloude Goretta. En 1978 dirigió su primer largometraje documental, La voz de su amo, una reflexión visionaria sobre un mundo futuro gobernado por las finanzas. Desde entonces ha realizado 14 más, entre ellos la multipremiada Ser y tener, sobre una escuela de clase única en un remoto pueblo de Francia, que le dio a conocer mundialmente.

¿Por qué optó por el documental cuando decidió hacer películas?

Esto no es algo que suceda de la noche a la mañana. La primera película en la que trabajé resultó que era un documental y todo se ha ido sucediendo en esa línea desde entonces en mi carrera. Lo que me gusta del documental es la falta de una pauta fija, de un programa de trabajo y un guión de rodaje, es esa mezcla de incertidumbre y libertad, esa fragilidad que me empuja a estar siempre alerta.

Empezó a hacer cine en 1978. ¿Cree que ha cambiado la situación para los nuevos directores que quieren hacer su primera película?

Ahora puedes tener una cámara digital y hacer una película por tu cuenta con pocos medios. No depende del proyecto, se puede hacer con poco dinero; cuando yo empecé estas cámaras no existían, todo era mucho más caro. Ahora, de algún modo, todo es mucho más democrático. Todo el mundo puede hacer películas, lo que no quiere decir que todas sean buenas.

¿Cómo ve la situación actual del cine documental?

Es extraño y triste ver lo diferentes que son las películas que puedes ver en un festival de cine documental y las que se ven por televisión, no son las mismas palabras e intenciones. Hay obras geniales y muy particulares, proyectos muy sólidos que parecen decir mucho de nosotros mismos y del mundo en el que vivimos. Estas películas no se ven en televisión. Este es el gran problema, es como si los programadores de televisión del planeta entero sólo trabajaran para que el show continúe.

¿Los responsables son las televisiones que lo programan o los espectadores que lo demandan?

La televisión es como el bromuro puesto en el agua de los soldados para dormir su sexualidad. Aniquila nuestra humanidad, está hecha para dormir a la gente y esconder. No quieren que pensemos, nos quieren consumiendo y sin sangre en las venas, como marionetas. De vez en cuando se ve un programa que rompe la dinámica, pero son contadas excepciones.

En un contexto de crisis social y económica mundial, ¿cuál es el papel del cine documental?

No creo que las películas, especialmente los documentales, estén hechas para responder a preguntas. Están hechas para mantener las preguntas abiertas y hacer a la gente pensar. No hay respuestas inmediatas.

¿Quién tiene respuestas?

Es mucho más interesante mostrar la complejidad y las paradojas que dar simples respuestas; aquellos que pretenden darlas se equivocan. El rol del documental es mantener las preguntas abiertas, preguntar y preguntar siempre.

El documental tiene un público muy reducido en comparación con la ficción. ¿Cómo podría hacerse más universal?

Localmente hay festivales, que son un mundo paralelo a la televisión. Tenemos que luchar y tratar de empujar y convencer a aquellos que son los responsables de programar. Es una lucha diaria, en muchos frentes, no hay una única solución.

Usted arrasó en taquilla con Ser y tener, ¿le ha condicionado este éxito?

Sin duda ha cambiado cosas en mí. La gente te concede el mérito de haber hecho una buena película y también te desprecia como el farsante que piensan que eres. A mucha gente que le gustó al principio, puede que tres meses después, con el éxito universal, ya no le guste y la critique con fervor. Esto también es muy típico en Francia._ También pasé por problemas judiciales, ya que el personaje principal de la película, el profesor, reclamaba ser coautor. El juez acabó dándome la razón, y esto creó mucha prensa a la película. Querían enfrentarnos públicamente en los medios y yo me negué, yo no estoy para eso, para eso está la justicia._ Me ha cambiado en el sentido de ayudarme a poner dinero en el siguiente proyecto, incluso sin leerse el guión. A mí esto me encanta, está claro, y me permite hacer cosas más extravagantes de ahora en adelante.

¿Cree que últimamente hay un mayor interés hacia el documental en detrimento de la ficción?

Desde hace años se habla de crisis de la ficción. Yo no lo creo. La ficción se mueve igual que lo hace el documental, también hay un mercado paralelo de obras peculiares y creativas. Lo que está cambiando es la forma en que vemos las películas.

En Francia, los festivales se llenan y las salas están repletas para ver en cines normales películas diferentes. La gente discute lo que ha visto al salir en la calle, a todos nos gusta relacionarnos y compartir. Luego estas películas se proyectan fuera del festival y no las ve nadie.

¿Qué pasa con la gente que no paga una entrada de cine para ver un documental?

Un documental puede ser tan cinematográfico como la ficción, con mis películas yo lucho por eso. La calidad de la película no está relacionada con su presupuesto, puedes quedar profundamente tocado por una película hecha en MiniDv por una sola persona y algo muy simple te puede emocionar. Yo sé que el documental es humanidad, es lo que somos, sé cómo de lejos podemos ir en el horror. Quizás, para continuar viviendo, necesito saber que existen cosas que no son oscuras, que son simples y sencillas.

¿Cuál es su próximo proyecto?

Estoy terminado de editar una película que he hecho con una pequeña cámara DV por primera vez. Trata de un orangután que está en el zoo de París detrás de un cristal, desde hace más de 37 años, un tiempo larguísimo. Se estrenará en marzo del año que viene en Francia. Su título es Nenette.