"Uno se encierra en su habitación con la guitarra como quien va a confesarse, para quitarse un peso de encima"


Entrevista con el grupo Arizona Baby





KEPA ARBIZU
Lumpen



Arizona Baby son capaces de transmitir la esencia del más puro rock americano por medio de su música. No sería de extrañar que sus integrantes pertenecieran a algún pueblo remoto de Estados Unidos. No es el caso, desde Valladolid, presentan su nuevo disco, "Second to none". Un compendio de las mejores raíces musicales (blues, country, folk... ) hace de banda sonora para recrear oscuras historias.


Han pasado cuatro años desde vuestro primer disco. ¿Por qué tanto tiempo? ¿A qué se ha dedicado Arizona Baby en ese intervalo?

En esos cuatro años nos mudamos a Londres y yo (Javi, voz y guitarra) me quedé viviendo allí tres años cuando mis compañeros (Rubén, guitarra y Marcos, percusión) decidieron volver a España meses después. Eso supuso un ritmo de trabajo más lento para la banda, aunque proporcionó buenas canciones y experiencias a su vez. Ya todos en España, grabamos ‘Second to None’ mientras lo rodábamos en directo hasta que fichamos con Subterfuge para publicarlo.

El sonido de “Second to none” en comparación con el trabajo anterior está mejor acabado, más perfecto, lo que facilita poder transmitir mejor la esencia de vuestra música. Supongo que el papel de Paco Loco en todo esto es importante.

Por supuesto, sus tremendas aptitudes han beneficiado mucho a nuestras canciones. Trabajar con Paco ha sido una gozada y estamos encantados con el resultado final.

Vuestro sonido es totalmente acústico. ¿En ningún momento, ya sea a la hora de componer o en los directos, echáis en falta otro tipo de acompañamiento, más eléctrico?

Por ahora no, y eso que nos encantan las guitarras eléctricas. Pero hasta ahora ninguna canción nos lo ha pedido. Si eso sucede algún día, no dudaremos en utilizar guitarras eléctricas, pianos, trompetas, o lo que haga falta.

En la portada del disco aparece algo así como una virgen predicando entre indígenas. La religión siempre ha tenido mucho peso en la música americana. ¿Qué papel juega en la vuestra?

Una gran herramienta narrativa y un gran ambientador musical. Por no mencionar la carga emotiva que este tipo de elementos pueden contener. El imaginario religioso es muy poderoso y a mí, personalmente, me inspira como compositor.

Vuestras letras suelen tener un toque oscuro. ¿Es algo inherente al tipo de música que tocáis o son verdaderamente las historias que os interesa contar?

Sin duda es lo que sale de dentro cuando sientes la necesidad de agarrar una guitarra y desahogarte. Generalmente uno se encierra en su habitación con la guitarra como quien va a confesarse, para quitarse un peso de encima. Quizá de ahí venga ese halo de oscuridad que mencionas.

“A tale of the West” es una canción muy interesante, con un ritmo muy contagioso debido al tono fronterizo que tiene. ¿Podéis hablarnos de este tema?

La compusimos entre todos a caballo entre nuestro local de ensayo y nuestras respectivas casas. Generalmente soy yo el que lleva la base de las canciones al local para desarrollarlas entre todos. Esta es la excepción, ya que fue Marcos quien trajo la base del tema. El resto fue mucho trabajo de guitarras entre Rubén y yo (mi compañero dio rienda suelta a sus inquietudes flamencas) y de letra y voces entre Marcos y yo. Esta canción también es excepcional porque, aunque yo soy quien escribe las letras, ‘A Tale of the West’ fue co-escrita con Marcos.

En la escena española hay muchos grupos que tienen como influencia el folk, el country y otras músicas de raíces. La mayoría las suelen difuminar con otro tipo de sonido (pop, rock, etc...) quedando un resultado menos “tradicional”. Vosotros en cambio mantenéis bastante intacta la esencia. ¿Sois conscientes de esa diferencia?

Intentamos mantener la esencia y quizá no difuminamos tanto la pureza de los temas porque no mezclamos estilos concretos. Preferimos mantener la mente abierta y funcionar por impulsos naturales. En el fondo hay un poco de muchos estilos y actitudes, lo cual nos permite dejar de lado prejuicios y complejos.

En los últimos tiempos el sonido llamado “Americana” está teniendo cierto éxito y salen un montón de grupos bajo esa denominación. ¿Os interesa dicho movimiento como revitalizador de los sonidos clásicos o lo veis como una moda pasajera?

Dudo que sea una moda pasajera. La mayoría de los artistas englobados en esa etiqueta llevan muchos años haciendo lo que hacen y seguramente lo seguirán haciendo cuando los medios dejen de prestarles tanta atención. En cuanto a si nos interesa, decir que cualquier grupo o artista que haga buena música nos va a interesar y ciertos artistas de ese movimiento que llaman “americana” no son una excepción.

Grupos como Fleet Foxes, Two Gallants, Felice Brothers, etc, han conseguido cierto éxito teniendo unas referencias comunes con vuestro estilo. ¿Creéis que con este nuevo disco la gente que se ha acercado a ellos lo hará a vosotros o todavía está latente esa manía de alabar lo lejano y despreciar lo cercano?

Quizá se sigue tomando más en serio lo que viene de fuera, pero si algo está bien hecho da igual de donde venga. Si alguien es tan necio como para no apreciar algo bueno por su lugar de procedencia, ese es su problema. Nos encantan los grupos que mencionas y, por supuesto, nos haría muy felices que sus fans se acercasen a nuestra música.

Los campesinos pueden enfriar el planeta y alimentarlo

SILVIA RIBEIRO
Alai-amlatina


En las próximas semanas se reunirá en Copenhague, Dinamarca, la Convención sobre Cambio Climático de Naciones Unidas. El ambiente está caliente, tanto entre los bloques de negociadores oficiales, como en las organizaciones y movimientos, que por primera vez acudirán en decenas de miles al lugar de reunión. No es para menos, el cambio climático es devastador y sus efectos serán cada vez peores, informan los científicos. El tema toca puntos neurálgicos de la civilización petrolera, al mostrar que el sistema industrial del último siglo ha ido destruyendo la vida de la gente y del planeta, en forma irreparable si no lo frenamos ya.

Pese a ello, la vasta mayoría de los gobiernos siguen empeñados en no atacar las causas reales del cambio climático, empujando en su lugar falsas soluciones, basadas en enfoques de mercado y nuevas tecnologías cada vez más peligrosas, que en lugar de mejorar la situación, la empeoran. El tema de la agricultura y alimentación es un claro ejemplo de ello. Los negociadores de cambio climático lo ven como un problema (la agricultura industrial es responsable de un altísimo grado de emisiones de gases de efecto invernadero) pero sobre todo como un campo para ampliar los mercados de carbono, paradójicamente, aumentando la agricultura industrial y sus impactos. Hay propuestas y presiones empresariales para lograr apoyos nuevos a actividades altamente destructivas social y ambientalmente, como monocultivos de árboles y soya transgénica, grandes instalaciones de cría de animales confinados, proyectos masivos de biochar o carbón vegetal (producir masa vegetal para quemarla y enterrarla como carbón en los suelos), entre otras.

Al otro extremo, movimientos como La Vía Campesina, tienen claras las causas y las combaten día a día, pero también presentan soluciones: la agricultura campesina y la producción de pequeña escala puede enfriar el planeta –y lo está haciendo–, además de alimentar a la mayoría de la humanidad.

Un reciente informe del Grupo ETC (¿Quién nos alimentará? www.etcgroup.org/es) analiza estos aspectos y plantea una serie de preguntas claves frente a las crisis climática y alimentaria.

Por un lado, las trasnacionales nos quieren hacer creer que los sistemas alimentarios son una cadena industrial que comienza con Monsanto como dueña de las semillas en un extremo y WalMart como paradigma de los supermercados en el otro, cada vez más industrializado y centralizado. Afirman que sólo ellos podrán alimentar a la población mundial creciente y enfrentar el caos climático, con sus variedades transgénicas y producción masiva y uniformizada. Exigen que los gobiernos sigan apoyando sus patentes, sus tecnologías contaminantes y sus oligopolios de mercado, haciendo la vista gorda a los impactos climáticos y de salud que provocan –que afirman van a absorber con más tecnología, más patentes y más libre comercio.

Por otro lado, la realidad es que los sistemas alimentarios del mundo no son cadenas sino redes, donde muchas personas, actividades, culturas y funciones convergen e intercambian. Más de 85 por ciento de los alimentos son producidos cerca de donde se consumen, a nivel local, regional o al menos nacional, y la mayoría gracias a campesinos y productores de pequeña escala, a indígenas, pescadores artesanales, pastores nómadas y pequeños horticultores urbanos, que en conjunto son más de la mitad de la población mundial, pero alimentan a muchísimos más y llegan a quienes más lo necesitan. Por sus formas de manejo no emiten gases de efecto invernadero sino que los absorben, ahorran agua, conservan los suelos y una enorme diversidad de cultivos, animales domésticos y peces, que son la clave de las adaptaciones necesarias frente a las crisis climáticas. Además, si se toma en cuenta todos los elementos que producen, crecen y recolectan en las pequeñas fincas y no sólo el rendimiento de un determinado cultivo por hectárea, el volumen de alimentos producidos es mucho mayor, más variado y nutritivo que en cualquier monocultivo industrial.

Un artículo de Grain resalta otro aspecto fundamental, relacionado: el cuidado (o destrucción) del suelo y su relación con el cambio climático. (Cuidar el suelo, Biodiversidad 62, www.grain.org/biodiversidad/?id=459) El uso del fertilizantes químicos y otros agrotóxicos, conlleva necesariamente la destrucción de la vida microbiana del suelo y ha sido reconocido como un importante factor de emisiones de gases de efecto invernadero. Los fertilizantes sintéticos, además de lo que emiten, destruyen la capacidad del suelo de captar y almacenar carbono. El artículo presenta un cálculo cuidadoso y realista de cómo si se recupera y estimula la incorporación de materia orgánica al suelo, a partir de prácticas agrícolas, pecuarias y pastoriles de pequeña escala, con diversidad cultural, geográfica y de manejo, resultaría en una importante reducción de emisión de gases de efecto invernadero, pero además tendría el potencial de con el tiempo, absorber las dos terceras partes del exceso de gases de efecto invernadero de la atmósfera, siendo la medida más importante propuesta hasta el momento.

La Vía Campesina y otros movimientos estarán en Copenhague para presentar estas realidades y confrontar a los gobiernos y empresas que quieren que sigamos creyendo que sin sus cadenas no tenemos futuro. La verdad es que solamente sin ellas podremos enfrentar las crisis en que nos han metido.

El regreso de Los Hermanos Dalton


Los Hermanos Dalton regresan al panorama musical tras casi diez años de inactividad discográfica, y lo hacen con su ‘nuevo-viejo’ disco Esperando una señal, con el que vuelven los mejores tiempos del power-pop indie español. La fecha elegida para poner a la venta bajo demanda su novedoso trabajo fue el viernes 4 de diciembre


ÓLIVER YUSTE
Paisajes Eléctricos Magazine




Esperando una señal es el ‘nuevo-viejo’ álbum de Los Hermanos Dalton. Nuevo porque por fin ve la luz el último trabajo del grupo gaditano, tras cuatro discos de estudio, un directo recopilatorio y un mini-LP repleto de prodigiosas versiones que fue aclamado por la crítica nacional. Viejo porque su última puesta de largo sonora fue grabada en el año 2002 en los estudios La Factoría Dalton y posteriormente masterizada en 2007. Desde su concepción se quedó guardado en el cajón del olvido a la espera de que alguna compañía discográfica llamara a sus puertas, ya que Dro East West, su compañía discográfica de toda la vida, no se atrevió a editarlo en aquellos momentos por el influjo que ejercía en el mercado musical la todopoderosa maquinaria de Operación Triunfo. Ahora el trío daltónico se decide a autoeditar su trabajo aprovechando la publicidad que otorga el potencial de las redes sociales en Internet.

Entre sus nuevos temas destacan el impulso fulgurante de “No queda nada” o “A veces”, los potentes coros de “Vuelvo a ser yo” o el estribillo tan adhesivo de “Esperando una señal”. Aunque los isleños han abierto su espectro musical para explorar en otras raíces poperas más sosegadas y maduras donde se mantiene su asegurado sello de calidad tras casi una década de silencio musical, como ocurre en “Qué hice mal” o “En el autochoque”.

Doce nuevas canciones más un regalo de tres bonus track extraídos de maquetas, y algún tema que se quedó descolgado en su momento, componen Esperando una señal, donde Los Dalton vuelven a mostrar los mejores tiempos del power-pop indie español. La fecha elegida para el comienzo de su comercialización fue el viernes 4 de diciembre. Por el momento, la venta se realiza bajo demanda en su MySpace y en el correo electrónico que el grupo ha habilitado para esta ocasión, aunque algunas discográficas como Subterfuge Records ya se han empezado a interesar por su distribución.

Josema, Carlos y Jesús son los componentes de Los Hermanos Dalton, una formación muy familiar que nació de las cenizas del grupo Los Invitados, y que comenzó su andadura en 1991 con la edición en vinilo del mini-LP Luces de Hollywood, donde plasmaron siete maravillosas versiones de sus artistas favoritos, entre las que destacan “All or nothing” de Small Faces, “Shake some action” de The Flamin' Groovies, o “Heat wave” de Martha & The Vandellas. Una tarjeta de presentación que no pasó desapercibida para los críticos musicales, llegando a recibir en 1992 el Premio al mejor grupo de maquetas en el programa Disco Grande que dirige Julio Ruiz para Radio 3. Ese mismo año fichan por la compañía discográfica Dro y graban el que será su álbum debut, Ya están aquí, con trece temas en castellano muy influenciados por las melodías pop de los años 60, el punk de los años 70 y la nueva ola de los años 80. Aunque el sonido de su primer trabajo discográfico en estudio dista mucho del potente directo que atesoraba el trío gaditano, consiguen el Premio al grupo revelación del programa Diario Pop de Radio 3.

En el verano de 1994 lanzan el mini-LP Nada suena igual, con cuatro nuevas canciones propias y otras cuatro versiones, todas ellas producidas con gran maestría por Hendrik Röver, líder de Los DelTonos. Un disco más guitarrero y próximo al estilo real de Los Dalton, en el que sobrevuela la adaptación electrizante de “Pink Panther” de Pete Godwyn. Dos años después se pone a la venta Vitamina D, quizá el disco más completo y variado del conjunto isleño, que contó con la producción de Paco Loco, colaborador en la oscuridad del mítico grupo indie español Australian Blonde. Entre sus composiciones destacan “Qué gran día”, “Fred Flintstone” y “Sin moverte del sillón”. Todas ellas destilan el mejor power-pop de Los Hermanos Dalton.

Aunque sin duda el disco más logrado fue ¡¡¡Crash!!!, con una resonancia más punk y acelerada logran reflejar su sonido en directo, gracias en parte a la producción de Kurt Bloch, el que fuera miembro de bandas americanas como Fastbacks o The Young Fresh Fellows. Pero sus fans le dieron la espalda a este giro tan rabioso y juvenil, aquellos mismos que entendieron como una despedida la salida al mercado en el año 2000 de Una noche más, un disco recopilatorio en directo que contó con la colaboración de algunos amigos del grupo como Álex Díez de Los Flechazos, Hendrik Röver de Los DelTonos o Josele Santiago de Los Enemigos. En realidad se trataba de una premonición, el disco repasaba la carrera de la banda hasta ese momento, después llegó la disolución del grupo.

En diez años de carrera Los Hermanos Dalton consiguieron el reconocimiento absoluto en la escena nacional indie, tanto entre la crítica especializada como entre el público más exquisito por estos lares, recorriendo los principales escenarios de toda España y los festivales más importantes en la década de los noventa, como el Festimad, el Doctor Music Festival, el Espárrago Rock o el Viña Rock.

El cómic rompe el silencio


Memoria histórica. El Premio Nacional a ‘Las serpientes ciegas' recuerda que el tebeo también es un formato para hablar de la Guerra Civil



GUILLAUME FOURMONT
Público




Cuando por fin falleció Franco, el 20 de noviembre de 1975, dejando atrás casi 40 años de dictadura, lo único que interesaba a los españoles era el sexo. La prioridad era liberarse de la moral nacionalcatólica a cualquier precio, olvidar el pasado, olvidar incluso las historias de un niño pobre y famélico, con orejas grandes, que se moría de hambre en un hogar del Auxilio Social, como la que se cuenta en Paracuellos, de Carlos Giménez. "En esa época, a la gente sólo le interesaba las tetas grandes y nadie quería leer mis historietas", narra el maestro del tebeo español. Tras un silencio de plomo y ahora que la Ley de Memoria Histórica ha puesto de moda conversar sobre el conflicto, una historieta ambientada en parte en la Guerra Civil, Las serpientes ciegas, se llevó el Premio Nacional de Cómic 2009, y acaba de salir El arte de volar (Edicions de Ponent), en el que Antonio Altarriba narra la vida de su padre. Las viñetas también rompen el silencio.

"El cómic puede, por supuesto, participar en una labor de memoria histórica, porque conecta con la gente que nunca lee libros. Puede ampliar el foco de interés, hablar de amor y de violencia con otros lenguajes, expresar cosas que no pueden hacerse por escrito", analiza Julián Casanova, autor de Historia de España en el siglo XX (Ariel). La mayor diferencia entre un ensayo y un tebeo es que las viñetas se centran en una historia personal, un testimonio directo de un antiguo miliciano o de un civil que sufrió el horror cotidiano de la guerra.

Es esta intención que llevó a Miguel Gallardo a publicar Un largo silencio (Edicions de Ponent) en 1997. "Mi padre esperó la muerte de Franco para hablar de su experiencia. Él no fue un héroe, pero tuvo que exiliarse en los campos de concentración del sur de Francia antes de regresar a la España franquista", explica Gallardo. En los años noventa, la única referencia era Giménez, quien publicó a lo largo de los años 2000 los cuatro tomos que componen 36-39. Malos tiempos (Glénat).

Durante mucho tiempo, algunos críticos hablaban del "exilio de la memoria histórica" ante las numerosas publicaciones sobre la Guerra Civil en el extranjero. El propio Giménez publicó primero en Francia, en la revista Fluide Glacial. Una de las primeras obras de referencia que menciona el conflicto español es Las falanges del Orden Negro, una historia de ficción de los franceses Pierre Christin y Enki Bilal, publicado en 1979. Hugo Pratt, el padre de Corto Maltés, también habla de la España dividida en El último vuelo (Norma, 2004), una historia sobre el aviador y escritor Antoine de Saint-Exupéry, aunque el único autor extranjero que decidió contar en detalle la Guerra Civil es el italiano Vittorio Giardino en Las aventuras de Max Fridman. ¡No pasarán! (Norma, tres tomos, 2000-2002-2008).

Un género asequible

Los cómics escritos y dibujados por españoles no superan la quincena, pero "lo más importante es hablar de aquello. Es fundamental para la política cultural de este país", recuerda con tono militante el presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, Emilio Silva. "El género del cómic es muy interesante porque es asequible para mucha gente", continúa. Por otra parte, no hay que olvidar el trabajo del pionero Antonio Hernández Palacios, que publicaba, en plena Transición, sus trabajos sobre la Guerra Civil: Eloy, uno entre muchos (1979) y 1936, Euskadi en llamas (1981).

Las viñetas superan las diferencias entre republicanos y rebeldes. Retratan vidas humanas. La mayoría de las obras hasta ahora publicadas en castellano y por autores españoles son el resultado de una frustración, de un silencio impuesto desde que ganaron las fuerzas de Franco. Retratan al bando vencido. El régimen siempre honró a sus "caídos", usando también viñetas en revistas infantiles de propaganda como Flechas y Pelayos. "La verdad es que me interesaría también leer historias personales franquistas", reconoce Paco Camarasa, editor en Edicions de Ponent. Gallardo está seguro que muchas historias personales, "como las de esos hombres de la División Azul que se fueron a Rusia", también podrían ser traducidas en un cómic.

"Ya no se puede hablar de tabú", aclara el historiador Casanova, "aunque sí hay un rechazo por parte de la población a que la guerra se constituya en un objeto de debate en la actualidad". Algunos álbumes como Martillo de Herejes (Dolmen, 2006) y la obra colectiva Nuestra Guerra Civil (Ariadna, 2006) hablan de los dos bandos. "Quería claramente explicar lo que pasó. Soy historiador y nunca entendí las grandes diferencias de datos sobre nuestro conflicto", explica Juan Gómez, el guionista de Martillo de herejes. José Vicente Galadí, el coordinador de Nuestra Guerra Civil, comparte esta visión pedagógica y cree que el cómic es "un buen formato para participar" en una labor de memoria histórica.

Historias íntimas

Giménez sabe que a su obra la consideran como testimonio de primera importancia. "Un amigo me dijo un día: La memoria histórica la inventaste tú, pero no lo sabías", recuerda. Y matiza: "Lo más importante, más allá de una supuesta labor de memoria, es la sinceridad. Lo importante es interesar a la gente". En 36-39. Malos tiempos, el dibujante cuenta "el drama de la gente que se moría de hambre, que tenía miedo en una guerra horrible. Quería meter en primer plano la vivencia de la guerra". Sus historietas están basadas en entrevistas que hizo a personas que vivieron el conflicto.

A Altarriba, autor de El arte de volar, le traumatizó el suicidio de su padre, en 2001. Como el progenitor de Miguel Gallardo, este nunca había hablado de la guerra. "Mi prioridad era sacar el dolor y luego honrar a mi padre", confiesa Altarriba. Utilizó las cuartillas de su padre para narrar su vida, desde el inicio del conflicto hasta el discreto regreso de su familia a la España franquista.

Mientras el guionista de Las serpientes ciegas (BDBanda, 2008), Felipe H. Cava, insiste en que su obra "no es sobre el conflicto español, sino que es una intriga que muestra el horror que engendran las ideologías totalitarias", Giménez recuerda que "pocas personas que vivieron la guerra siguen vivas y hay que recoger sus testimonios. Es ahora o nunca". Altarriba no condena la labor de las nuevas generaciones, pero reconoce que haber vivido la dictadura le ayudó en su trabajo. Jóvenes autores como Paco Roca ya tienen proyectos en marcha: le han encargado un tebeo sobre el exilio al sur de Francia. A Javier de Isusi (Los viajes de Juan Sin Tierra, Astiberri) le gustaría mucho trabajar sobre la Guerra Civil, aunque en un marco "más amplio, dentro de una obra sobre las guerras de España".

Los cómics sobre la Guerra Civil ayudan a romper un silencio impuesto por años de terror, que algunos aún creen que no han terminado. El domingo 31 de noviembre, el obispo de Alcalá ofició una misa para "los caídos" junto a la bandera con el águila de San Juan. La preconstitucional. En Paracuellos, el pueblo donde creció Carlos Giménez.

La calle que no calla


La eterna cabina inglesa, pero de ganchillo; zapatos iluminados en las feroces obras madrileñas, contenedores convertidos en enormes rostros, un falso cadáver flotando en el agua... Hace casi treinta años que el arte callejero está en los museos. Pero sigue cambiando y es cada vez más decorativo, puro espectáculo. Te traemos lo último en ‘street art’


HELENA CELDRÁN
Calle 20




Una noche de comienzos de otoño, una chica y dos chicos se cuelan en las zanjas de las obras de la calle Serrano de Madrid. Nada que ver con la superficie urbana: el aire es húmedo y huele a tierra. Unos hierros salen del subsuelo como ramas peladas. Arriba los espera una fila de barreras de plástico rojo y blanco. Luzinterruptus, que así se llaman los intrusos, adornan la muralla bicolor con elegantes zapatos de señora con una bombilla autónoma dentro. La hilera que forman los convierte en la instalación artística Pasa como puedas, en alusión a la frecuente aventura madrileña de esquivar hoyos.

La ciudad, dominada por la gama de grises de asfalto, hormigón, adoquines y mobiliario urbano, es el escenario de los creadores callejeros que quieren romper con la monotonía de los que pisan el suelo como autómatas en lugar de caminar. «Queremos que la carrera de ratas de Londres se convierta, por un momento, en un paseo mullido», dicen Knit the City, artistas del ganchillo urbano. «Es interesante ver cómo la gente se agrupa en torno a algo y, al rato, se vuelven a dispersar. Aunque más impresionantes son los coches de bomberos y los artificieros...», añade Mark Jenkins refiriéndose a los muñecos realistas con los que más de una vez ha alterado el ritmo del día. El colectivo berlinés Mentalgassi no tiene dudas: esto es urban entertainment. Diversión en las calles para recordar que no sólo son un lugar de paso, sino un espacio común que se debe disfrutar.

«Como los perros en su momento de recreo, necesitamos salir para dejar libres nuestros pensamientos, cazar ideas, esbozar, desarrollar, repensar...». En alemán, gassi gehen significa pasear al perro. La inspiración que llega olisqueando rincones y descubriendo la belleza en lo ignorado por otros es el método para crear de Mentalgassi, un grupo de alemanes que de momento se ha dejado ver en Berlín y, por pura anécdota, en Canarias. Su rastro es bien llamativo. Transforman los contenedores de reciclaje, aprovechando las formas curvas, en cabezas de gente anónima que hace muecas. Las máquinas expendedoras de billetes de metro tampoco se libran: Mentalgassi las cubre con grandes pegatinas-retrato donde la boca coincide con la ranura por la que sale el tique.

Ahora añaden a su catálogo de expresiones callejeras una serie llamada Public intimacy (Intimidad pública). Siguiendo el título, han adornado un vagón de metro como una salita de estar, han montado un dormitorio en medio de la calle o han convertido una cabina en una ducha con mampara. Confiesan que no saben adónde los va a llevar esta serie: «El arte callejero tiene que ser un escape de la rutina, y eso implica libertad para hacer lo que se nos ocurra en el momento, sin ceñirnos a un proyecto».

Ya han hecho suyos puntos de reciclaje, cabinas telefónicas, bancos o marquesinas con anuncios publicitarios. «Nos atrevemos con cualquier cosa que no sea un edificio y le ponemos cara para que rompa con el anonimato que reina en las grandes ciudades. El espacio público pertenece a todo el mundo y, a la vez, a nadie. ¿Por qué no usarlo para mostrar a la gente tu interpretación?».

Uno de estos tres anónimos paseadores de perros afincados en Berlín dice: «Mucho mobiliario urbano queda ignorado porque aún no ha sido transformado en algo especial y bonito». Lo mismo opinan los miembros del colectivo madrileño Luzinterruptus, que tiene menos de un año de vida. Con su arte iluminado quiere «embellecer o sacar del anonimato lugares u objetos que nos parecen artísticos y extraordinarios». La luz es la materia prima. ¿El objetivo? A veces un mero capricho estético, a veces una leve denuncia.

A pesar de haber participado en la última edición de la Noche en Blanco, que organiza el Ayuntamiento de Madrid, Luzinterruptus dice no estar de acuerdo con el modo en que se gestiona la ciudad. «Se está convirtiendo en una dura urbe de cemento, bañada de luz artificial, con una sobredosis de publicidad y un uso fraudulento de las calles y plazas para actividades mercantilistas que anulan los espacios gratuitos de recreo».

Si ves un problema, ilumínalo. Para simbolizar la muerte de una plaza como espacio social, Luzinterruptus transformó los incómodos bancos de piedra sin respaldo en lápidas iluminadas, con velas, flores y fotos de supuestos difuntos. En otras incursiones colocaron lo que parecían sirenas de policía encima de los coches aparcados de una calle o añadieron tulipas a las farolas para crear un ambiente más íntimo.

Utilizan la luz «por su gran impacto visual» y su arte es efímero pero no les importa. Lo toman como parte del juego: «Nos llamamos Luzinterruptus porque nuestras instalaciones, si tienen fácil acceso, desaparecen al poco rato de ser dejadas en la calle. Nos gustaría que duraran más, pero es normal que al ver un objeto iluminado y abandonado en la vía pública la gente se lo quiera llevar».

La valentía ahí fuera

El reclamo de las calles, el activismo, la subversión, luchar por la abolición de la propiedad privada o la improvisación cultural son los motivos del arte callejero desde que nació a finales de los años sesenta, mucho antes de que Banksy creara sus demoledoras plantillas antisistema. En los setenta, John Fekner ya las hacía de fechas, palabras y símbolos en los lugares más degradados de Nueva York (que entonces eran muchos), para resaltar los problemas etiquetándolos. El objetivo era que alguien, ya fueran autoridades o ciudadanos, se sintiera responsable y tomara la iniciativa.

La década siguiente vio cómo el arte callejero entraba en las galerías de arte y los museos. Ahora, el grafiti y las plantillas siguen rizando el rizo y, a su lado, se utilizan cada vez más variedad de materiales para expresar ideas en la calle. «No se trata de nombres o influencias, sino de un sentimiento que tiene que salir. Admiramos la valentía que hay en todo el arte callejero», comentan las londinenses Knit the City.

Comenzaron a actuar en verano de este año. Cubrieron de ganchillo una cabina telefónica en la plaza del Parlamento Británico, un lugar emblemático y vigilado. Pronto se dirigieron a ellas dos bobbies con su atuendo de postal, para hacerles preguntas y catalogar la acción con una nota, dando cuenta de que no habían quitado ojo a las chicas de la cabina mullida: «Motivos de la investigación: vistas decorando una cabina telefónica». Uno de los policías no pudo resistirse a fotografiar el hallazgo con el móvil para enseñárselo a su mujer, que por lo visto hace ganchillo.

El público es el cómplice

En tono de fantasía infantil, Knit the City cuenta que sus creaciones no quieren ser sólo prendas de vestir o mantitas de sofá. «A nuestro ganchillo le gusta pasear por la ciudad. Nosotras simplemente lo dejamos». Sus trabajos pueden ser pequeños, como una enredadera de hojas verdes camuflada entre vegetación auténtica o pequeñas fundas para barandillas o farolas. A todos les ponen una etiqueta que aclara que ellas, siete en total, son las autoras. Otros proyectos son más aparatosos, como la tela de araña que colocaron en un paso subterráneo, hecha de hilos de lana con tristes insectos de ganchillo atrapados en la maraña. La gente no tardó mucho en caer en la tentación y llevarse a casa alguna de las criaturas enganchadas.

«Pienso en 3-D y no me gusta el zumbido del aerosol». Así de simples son los motivos por los que Mark Jenkins (Virginia (EE UU), 1970) busca otras vías de expresión distintas al grafiti. Con cinta de embalar ha modelado jirafas comiendo de los árboles de un parque o patos nadando en charcos junto a las aceras. También ha repartido por medio mundo sus Storkers (de stork, cigüeña en inglés), unos bebés hechos también de cinta. Se trata de que quien se sienta atraído por esos niños de plástico se los lleve y los cuide. La lista de países en los que ya puedes encontrar alguno por la calle se va ampliando: EE UU, Francia, Holanda, Italia, Portugal, España (Fuerteventura), Brasil, Japón...

A Jenkins no le gusta responder a preguntas y escurre el bulto con respuestas que no vienen a cuento: «Tengo una especie de antifilosofía sobre mi trabajo porque paso muy poco tiempo filosofando sobre él. Hay una narrativa subyacente en lo que hago, pero es una historia que se cuenta a sí misma, sin que yo tenga nada que decir». Los protagonistas de este cuento son las figuras humanas que deja en la calle, a tamaño natural, de personas que ocultan su rostro con una capucha, un pasamontañas o una peluca y que tienen actitudes extrañas e incomprensibles: una chica sentada en lo alto de un edificio, un cuerpo sin cabeza empotrado en un muro o tres pares de piernas saliendo de una enorme bolsa de basura. Parecen desasosegantes e incluso peligrosos y Mark reconoce que la policía se ha sentido «irritada» por sus instalaciones.

No hay factor sorpresa fuera de contexto

El nervio de ser descubiertos o las ganas de ser vistos lleva a muchos artistas callejeros a participar en exposiciones colectivas o a exponer su trabajo en galerías de arte. El resultado no siempre es el deseado. Mentalgassi cuenta que quiere «estar donde está la gente y no en un museo. Hemos participado en exposiciones y lo cierto es que ha sido poco satisfactorio. La gente va con expectativas, con la mente menos abierta. Si tu trabajo se ve en la calle es como colarse en un estreno: quien lo ve es receptivo y eso es mucho más excitante que exponer». Jenkins también se muestra escéptico con el gran público y el arte institucionalizado: «La evolución del arte hacia las galerías y la comercialización lo han perjudicado».

¿Por qué el arte callejero sigue reinventándose después de tanto tiempo?, ¿por qué la calle no se calla? Tal vez por una necesidad vital, no sólo de los artistas que no dejan de florecer, sino del público espontáneo, de los urbanitas que nos encogemos un poco cada día hasta volvernos microscópicos entre edificios enormes y prisas sin sentido, olvidándonos con injusticia de lo que nos puede (y debe) ofrecer la calle: un barrio, un portal, una plaza... Lugares para hablar, soñar o jugar a las canicas, la comba o el pilla-pilla.

Es posible que el arte callejero funcione como un contrapeso a lo arisca que puede parecer a veces la metrópolis. Se ha convertido en una seña de identidad de la gran ciudad y descubrirlo nos hace cómplices. Lo único que pide a cambio es que lo miremos. Su objetivo es hacernos reflexionar, reír, inquietarnos o asombrarnos de que, incluso en medio del caos del semáforo que se va a poner en rojo o del retraso que lleva el autobús, siempre haya alguien pensando en los detalles.