El dolor hecho música, Vic Chesnutt


KEPA ARBIZU
Lumpen




Es habitual que el mundo del rock, al igual que sucede en otras artes, alabe y tenga admiración por músicos que entre su biografía cuentan con algún hecho dramático, y mucho más si este acontecimiento tiene influencia en su creación. Igual de normal es que esta situación, muchas veces, haga despertar cierto recelo en el oyente a la hora de discernir si dicho encumbramiento es motivado por motivos objetivos, artísticos, o por puro morbo. A cualquiera que le asalte esta duda respecto a Vic Chesnutt, encontrará en su música la respuesta a esta diatriba.

Y es que el día de Navidad fue el elegido, como una suerte de macabra coincidencia, por este músico de Athens, postrado en una silla de ruedas desde los 18 años como consecuencia de un accidente de tráfico, para desaparecer y confirmar la noticia que desde horas antes, y entre rumores de "estados de coma", suicidios y deudas, se estaba escuchando.

Apadrinado por Michael Stipe de REM, oriundo de la misma localidad, Chesnutt ha sido capaz de desarrollar un estilo que supera lo musical y donde la literatura sureña, su dolorosa situación y un folk adornado de multitud de influencias conformaban su profunda, no exenta de ironía, visión de la vida. Es ya con su segundo álbum, “West of Rome”, donde se destapa como un genial compositor, con una capacidad para transmitir emociones al alcance de muy pocos. Construido con un sonido clásico y donde predomina lo acústico, cantos desgarrados como “Sponge” son el aviso inequívoco de que estamos ante alguien especial. Acto seguido llegarían “Drunk” y “Speed racer”, el documental realizado por el cineasta Jem Cohen, amigo y parte importante en la carrera del músico, que hacía un acercamiento en profundidad a su figura. Respecto a su disco sirvió para demostrar la inconformidad de Chesnutt y que su sonido no estaba sujeto a ningún canon de la canción tradicional. Aquí se acerca a sonidos mucho más duros y no tiene ningún problema en poner en primer término las guitarras eléctricas. Eso sí, todo puesto al servicio de su peculiar y exclusivo mundo.

El espaldarazo definitivo para convertirse en un nombre importante, y reconocible, dentro de la escena independiente del rock se lo da el homenaje, a modo de disco, que le dedican varios de sus compañeros. Se confirma que su influencia no se reduce a la gente que se mueve exclusivamente en sus parámetros, de hecho la mayoría de la nómina de grupos que interpretan sus temas en “Sweet relief II: Gravity of the situation”, son cercanos al rock de guitarras (Garbage, REM, Cracker, etc..), salvo alguna sorpresa como la de Madonna. A los pocos meses aparecería “About to Choke”, otro sobresaliente disco que demostraba lo merecido del reconocimiento que estaba alcanzando.

Otro de los elementos claves en la figura de Chesnutt era su propensión a colaborar y participar con grupos de su agrado. Así se gesta “The Salesman and Bernadette”, con el grupo Lambchop como acompañamiento para sus temas. Un disco variado, con diferentes matices. Con los componentes de Widespread Panic decide formar un proyecto llamado Brute, de efímero recorrido y que pretende mezclar el rock sureño y el folk. Y es que a partir de esos momentos sus discos van a a estar trufados de diferentes apariciones. Por ejemplo, en “Gheto Bells” son el multidisciplinar guitarrista Bill Frisell y el magnífico, y a veces excesivo, Van Dyke Parks los elegidos. En “Merriment”, sin embargo, la composición musical corre a cargo de Kelly y Nikki Keneipp. Todos estos trabajos van reafirmando la figura de un Chesnutt que no deja de crecer en casi todos los ambientes musicales. Su facilidad para saltar de estilos dentro de esa base folk que mantiene, y su cada vez más atinada voz, serena y minimamente rasgada, hace que su número de seguidores y admiradores aumente.

Entre medias de estos discos aparece el magnífico “Silver lake”. Apoyado por un buen número de músicos curtidos en otros grupos, proporcionados por su productor Mark Howard, el resultado es un trabajo fabuloso, donde más que nunca todos los géneros pasan por su mano, y desde el soul hasta el pop quedan impregnados de su personalidad.

En el 2006 el cambio de discográfica trajo consigo la realización de “North star deserter”, al que se le podría llamar su último gran clásico. Acompañado, entre otros, por Thee Silver Mt. Zion ( o cualquiera de los nombres, a cada cual más extravagante, con los que se hicieron llamar) , grupo formado por miembros de diferentes bandas pertenecientes a la propia compañía Constellation, que ponen a la disposición de Chesnutt su peculiar sonido, resultado de influencias tan dispares como la música clásica o el punk rock. Como consecuencia, un vendaval de sensaciones donde la tranquilidad y el tono reflexivo, en muchas ocasiones, se transforma en explosiones de fuerza.

“Dark developments” es su anteúltimo trabajo de estudio, en el que la colaboración de Elf Power insufla algo de su pop-rock contagioso al sonido habitual. “At the cut” sirve como último capítulo de la discografía de Chesnutt. En él, recupera algunos colaboradores de su disco “North star deserter” y sin llegar a tener la magia de éste, se convierte en un digno final de uno de esos músicos a los que se les puede adjudicar la manida frase de que “ha creado escuela”. Es la despedida a uno de los artistas más influyentes y con más talento, dentro del rock, en los últimos años. Sus hondas melodías, su desesperación hecha música, y por encima de todo, su capacidad para crear melodías tan contagiosas (dolorosamente contagiosas), son cosas que ni su muerte podrá borrar.

Clint Eastwood: Del cero al infinito, y vuelta


En Hollywood hubo estrellas de todos los tamaños y condiciones, pero ninguna con un recorrido tan fijo y al tiempo tan errático hacia el Olimpo. La biografía de Patrick McGilligan detalla el viaje con rigor y aspereza. Eastwood lo espera armado a la salida del Saloon


E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
ABC




Patrick McGilligan, historiador y biógrafo de algunas de las piezas más prestigiosas y deseadas de Hollywood, como Robert Altman, George Cukor, Jack Nicholson, James Cagney o Fritz Lang, tiene colgada en la pared de su bibliografía la cabeza de su animal más preciado, Clint Eastwood, caza mayor, el elefante blanco que casi se lo lleva por delante en 2002 cuando apareció la biografía escrita por McGilligan y el director le interpuso una demanda por diez millones de dólares. Casi nadie que se ha enfrentado a Clint Eastwood, dentro o fuera de la pantalla, lo ha contado luego sin que le temblara la voz... Es casi un refrán de nuestra época: Cuando se pone a disparar, Eastwood nunca deja munición en el arma.

El caso es que McGilligan consiguió llegar a un acuerdo con Eastwood y se publicó en Estados Unidos con el título de «Clint, the Life and Legend». Y el próximo 22 de enero aparece en España -traducido por Eduardo García Murillo- con el de «Biografía. Clint Eastwood» (Lumen Editorial) y se han incluido en ella las últimas películas de este hombre octogenario, enérgico y diligente.

Lista de damnificados

Es un recorrido asombroso, profundo, a veces terrible por su vida y por su obra, y que ha construido McGilligan con muchos elementos, algunos de los cuales tan poco propicios al biografiado como la animadversión o el resentimiento, y no del autor, obviamente, sino de aquellos que contribuyen a la narración, y la lista de daminificados en una vida tan compleja, intensa, impetuosa y egocéntrica como la de Clint Eastwood es tan grande, al menos, como la de beneficiados y arrimados.

En cualquier caso, esta biografía (no autorizada) es el contrapunto perfecto a la que en 1996 publicó Richard Schickel, tan oficial y autorizada que su único punto de vista era el del propio Eastwood y de la que algún crítico literario malintencionado llegó a decir que la había escrito Schickel «como si Harry el sucio le hubiera estado apuntando a la cabeza con su Magnum».

El trabajo de McGilligan con la historia de Clint Eastwood empieza en la pura minería: tira del hilo genealógico del personaje hasta que llega a los primeros Eastwood irlandeses que llegan a Estados Unidos, en el siglo XVII. Y el primer varón de su estirpe nacido en suelo americano fue Lewis Eastwood, en 1746... Y así se llega hasta Clinton Eastwood Sr. que se casó con Margaret Ruth Eastwood, quien dio a luz en San Francisco, el 31 de mayo de 1930, a un niño grandote (¡seis kilos!) al que llamaron Clinton y que pronto asumió el diminutivo de su propio padre: Clint.

Persigue minuciosamente al personaje en lo que él mismo ha denominado «años de mierda», durante la Depresión y la Segunda Guerra Mundial, mientras consolidó su educación (que no fue universitaria) y consolidó sobre todo sus ciento noventa y dos centímetros y una personalidad tan prieta que crujiría en las siete siguientes décadas.

Sin perdón

El camino que toma pronto la biografía de McGilligan es tan crítico con la persona como con el profesional del cine, y atiende de modo paralelo sus grandes aventuras amorosas y cinematográficas dejando la siguiente impresión: Clint Eastwood se fue construyendo poco a poco y transformando en uno de los cineastas más grandes que ha habido nunca (este entusiasmo no se le nota a McGilligan, más cercano sin duda a las ideas sobre Eastwood de otros críticos como Pauline Kael, que siempre lo despreció abiertamente), pero, en cambio, en lo que concierne a su lado humano y masculino, fue desde el principio y siempre un triunfador, un tipo al que persiguieron (y alcanzaron) las mujeres por centenares y que tuvo hacia ellas tanta afición como inspiración, aunque se le atribuya ese tipo de arbitrariedad hacia sus parejas más propio de la climatología, en la que unos días llueve y otros hace sol.

Hay pasajes en la biografía que nos presentan a Clint Eastwood como a un William Munny en su escena final de «Sin perdón», alguien tan frío e implacable que da auténtico miedo, como por ejemplo aquel en el que se cuenta cómo despachó a Sondra Locke, actriz con la que había vivido varios años, y cómo fue capaz de pleitear contra ella con tal de no dar su brazo a torcer; en realidad, no darle la casa de Stradella Road, que le «había regalado». Porque, uno de los rasgos más visibles y abombados de la naturaleza de Clint Eastwood, más aún que su dureza, su lirismo o su tozudez, era su tacañería.

Y algunos de sus colaboradores más cercanos durante años, como el productor Fritz Manes, Bob Daley, Philip Kaufman o el montador Ferris Webster, y que salieron de Malpaso poco menos que de un puntapié del propio Clint, son parte de los narradores de esta biografía que se torna ácida según avanza.

Pero, del mismo modo que se subraya lo implacable del hombre, se deja entrever (o no se puede ocultar, al menos) su impresionante visión del cine y su personalísimo modo de afrontar una filmografía mayúscula. Se rindió el público; se rindió la crítica; se rindió Europa y el Festival de Cannes; se rindió el Oscar... Todo el mundo se ha rendido a Clint Eastwood, y él, su icono, no se ha rendido a nadie.