Albert Camus: entre Sísifo y Prometeo


Hace ayer (lunes, 4 de Enero) cincuenta años, el Facel Vega en el que viajaba Albert Camus, junto a Michel Gallimard, su mujer e hija, se estrelló en Villeblevin contra un árbol. Aquel 4 de enero de 1960 el reloj del coche quedó parado a las 13 horas y 45 minutos. Allí se paró la vida, a los 47 años, de quien dejase dicho, en «El mito de Sísifo», que «el único obstáculo, la única `barrera a superar' está constituida por la muerte prematura»


IÑAKI URDANIBIA
Gara




La prematura muerte («No hay nada más estúpido que morir en un accidente de coche», había confesado unos años antes a su amigo Emmanuel Roblès) de quien había recibido el premio Nobel de Literatura unos años antes, en 1957, conmovió a la opinión pública y no faltaron los elogios al fallecido. Cabe destacar entre estas reacciones -lo cortés no quita lo valiente- las palabras de quien fuese su amigo y compañero Jean-Paul Sartre: «Camus reafirmaba, en el corazón de nuestra época, frente a los maquiavélicos, frente al becerro de oro del realismo, la existencia del hecho moral. Él mismo era, por así decirlo, una afirmación inquebrantable. Por poco que uno lo leyera o reflexionara sobre él, percibía inmediatamente todos aquellos valores humanos que mantenía en su haber... estábamos enfadados; un enfado no es más que otra manera de vivir juntos... Esto no me impedía pensar en él, sentir su mirada sobre la página del libro, sobre el periódico que él leía y decirme: `¿qué dirá él de esto, en este momento'?».

El «pensamiento del mediodía», que se opone al «pensamiento de la noche», resulta cercano al libertarismo (resulta recomendable la lectura del elogio de Michel Onfray en su libro titulado precisamente «La Pensée de midi», en donde se lee, entre otras cosas, que el pensamiento matizado y sutil de Camus está formado de «la gama de las auroras y los crepúsculos, de las aguas moradas y violetas del Mediterráneo, de los cielos con tonos azules siderales...»). El pensamiento de Albert Camus conserva absoluta pertinencia por su apuesta en pro de la dignidad humana y por su espíritu rebelde que se enfrenta al estado de cosas de este mundo. La libertad y la justicia son los dos pies sobre los que se apoya la obra camusiana; el abandono, o aplazamiento, de cualquiera de los dos en pos de un futuro luminoso siempre acaba en desastre: o bien falta de libertad (en el llamado comunismo) o bien falta de justicia y reducción de la libertad en algo meramente formal (en el modelo seguidor de los postulados ilustrados, plasmados en las democracias parlamentarias burguesas).

Del absurdo a la rebelión, sin olvidar el amor a la tierra y a los demás, así como la solidaridad -se ha hablado de su «individualismo altruista»-, esa es la trayectoria que transita de «El mito de Sísifo» al «Hombre rebelde», complementados por novelas y obras de teatro varias. «La rebelión tiene igual función que el cogito en el orden del pensamiento: es la primera evidencia. Pero ya esta evidencia sustrae al individuo de la soledad. Es un espacio común en donde se funda para todos los hombres el primer valor. Yo me rebelo, luego existimos». Mas si la revuelta en su devenir se olvida del principio de rebeldía -y busca un deus ex machina superior: historia, raza, etc.- finaliza en el nihilismo, de un lado o de otro, al ignorar la necesaria correlación entre fines y medios y erigirse en nuevo Dios ante el que no cabe otra que agachar la cerviz . Ahí es donde Camus subraya la importancia de la mesura, de los límites -lo que le separó de Sartre et compagnie- y en el mantenimiento de la rebeldía permanente. «¿El fin justifica los medios? Es posible. ¿Pero quién justificará el fin? A esta cuestión que el pensamiento histórico deja pendiente, la revuelta responde: los medios».

Argelia en el corazón

«...Suerte de isla inmensa, defendida al norte por el mar moviente y, al sur, por las olas inmovilizadas de las arenas», se lee al principio del libro inacabado que se encontró en el asiento trasero del vehículo en el que halló la muerte, publicado más tarde bajo el título de «El primer hombre». Más de la mitad de su vida había transcurrido en dicho teatro que representa Argel y más en concreto el barrio obrero, Belcourt, en el que creció. «He crecido en el mar y la pobreza me ha resultado fastuosa, más tarde perdí el mar, entonces todos los lujos me parecieron grises, la miseria intolerable. Desde entonces aguardo. Aguardo los barcos de vuelta, la casa junto al agua, el día límpido...».

Allá, en un barrio de la capital, en Mondovi, había nacido el 7 de noviembre de 1913. Su padre, de origen alsaciano, murió combatiendo en la Primera Guerra Mundial, así pues no le llegó a conocer. Su madre, procedente de Menoría, era analfabeta y hubo de trabajar en labores de limpieza para mantener a los suyos (además de Albert, en la casa vivían su hermano Lucien, la abuela y un tío enfermo). Cursó sus estudios hasta conseguir la licenciatura en Filosofía, no pudiendo dedicarse a su enseñanza ya que una tuberculosis mal curada a los 17 años le impediría pasar las pruebas para optar a la agregaduría; enfermedad que, por otra parte, no le abandonaría de por vida. Se dedicó al Periodismo y puso en marcha alguna compañía de teatro, coincidiendo con su breve militancia en el PC. Al ser cerrado el periódico en el que trabajaba, en 1940, marchó al Estado francés y allá colaboró con la Resistencia, en una red cuyo nombre era Combat, que luego perduraría bajo la forma de periódico, con Camus como director.

Muchos de sus escritos están situados en su país natal (Argel, Orán, Tipasa, Djemila...), o lo toman como pretexto: ahí están, entre otras, «El verano», «Bodas», «El extranjero», «La peste»... Mediterraneidad o argelinidad que es destacada igualmente en los trabajos biográficos (Herbert R. Lottman, Olivier Tood, Emmanuel Robles o en su «El primer hombre»). Precisamente, al último nombrado le calificó de «hermano de sol», calificación que le fue devuelta por éste en una joyita de título «Camus hermano de sol». El escenario mediterráneo únicamente cambia en «La caída», en donde las brumas de Ámsterdam pintan mejor como paisaje del absurdo.

Argelia le dolía, como al otro España, y de ahí tal vez su posición cercana a lo angelical, su llamada a la «tregua civil», en 1956, cuando las bombas ya hacía tiempo que sonaban. Su propuesta por una salida de tipo federal, en la que viviesen en pie de igualdad franceses y magrebís, le valió todo tipo de descalificaciones y amenazas, desde todos los horizontes. Desde las filas sartrianas se juzgaba su posición como la propia de los pieds-noirs, a lo que viene a añadirse sus declaraciones con motivo de la recogida del Nobel: «Yo amo la justicia, pero defendería a mi madre antes que la justicia», a lo que añadía, que «no quiero ser ni verdugo ni víctima».

La moral de Camus

Sin convertir estas líneas en una «cuestión argelina», sí que quisiera subrayar algunas cuestiones que convierten este tema en una llamativa asignatura pendiente en Camus: por un lado, su condena a las bombas indiscriminadas -totalmente justificada- parece obviar las tropelías francesas por aquellas tierras. Basta recordar Sétif, o las embestidas del mariscal Bugeaud, en el XIX, para limpiar de árabes el territorio; por otro lado, su miedo al imperialismo nasserista parece olvidar otro imperialismo que no era hipotético sino real (el francés, claro).

Por último, diré cómo en sus obras Albert Camus olvida acontecimientos claves de la lucha de liberación: los árabes son personajes anónimos en sus novelas y coincide que son víctimas también, como señalase con tino Edward W. Said, a lo que podría sumarse que, por poner dos ejemplos, tanto en «La Peste» como en «El extranjero»la labor civilizadora (en la primera, el hospital; en la segunda, el tribunal) es cargada en el haber del colonizador. En este terreno, parece asomar un indudable tufillo propio del hombre prototípico humanista liberal de Occidente, si bien es claro que él a nivel personal pertenecía a los de abajo y, desde luego, nada que ver con, por ejemplo, un Raymond Aron.

Su compromiso y su apoyo -y ayuda directa- a distintas causas es indiscutible: Guerra del 36, Resistencia, su lucha en Combat, posicionamiento contra las penas de muerte a unos comunistas griegos, en 1949, dimisión de la Unesco por la admisión de la España franquista como miembro en 1952.... Con respecto a él podría adoptarse la ocurrencia de un siempre ocurrente escritor barcelonés: preferiría vivir el futuro soñado por Sartre, pero en el que rigiese la moral de Camus.

Concluiré balanceándome entre aquello que dijese Heidegger -quizá pensando con engreimiento en sí mismo- de que los grandes hombres cometen grandes errores, o aquello otro de Voltaire que aconsejase juzgar a los grandes hombres por sus obras maestras y no por sus faltas.

La desnudez del desamparo


El escritor hondureño Horacio Castellanos Moya recopila en ‘Con la congoja de la pasada tormenta’ relatos cuyo denominador común es la soledad y un narrador endiablado. Son historias protagonizadas por perdedores que miran la desolación cara a cara, por personajes para quienes las ilusiones son peligrosas, desarraigados que han vivido la de cerca la violencia, la guerra o el destierro



RICARDO BAIXERAS
El Periódico de Catalunya




A estas alturas de la película a nadie debería extrañar que uno de los más perentorios argumentos literarios de Latinoamérica es el recorrido que va de la barbarie a la civilización. Del Facundo de Domingo Faustino Sarmiento a la ficción omnívora pero civilizada de Terra Nostra, de Carlos Fuentes.

La elección que pesa sobre Latinoamérica no está tanto entre la barbarie y la civilización, sino en el tortuoso camino que va de la barbarie a la imaginación. Lo inimaginable es posible en este continente. La palabra que sustenta buena parte de las ficciones latinoamericanas es mágica y violenta porque se somete a la lógica del grito y, como quiere Octavio Paz, a la desnudez del desamparo: «Estamos al fin solos. Como todos los hombres. Como ellos vivimos el mundo de la violencia, de la simulación y del ninguneo; el de la soledad cerrada, que si nos defiende nos oprime y que al ocultarnos nos desfigura y mutila... Nos aguardan una desnudez y un desamparo».

Horacio Castellanos Moya (Tegucigalpa, Honduras, 1957) es uno de los señeros más decisivos de este recorrido ácido que cartografía una tendencia de la literatura que solo a él le pertenece, pero que tiene en Fernando Vallejo, Guillermo Fadanelli o Mario Bellatin a sus adláteres más reconocidos. Sus lectores ya saben que entre sus libros aparecen y desaparecen tipos solitarios abonados a la desesperanza de un destino trágico, saben que sus mundos son huraños y huidizos, abocados a la violencia y que son personajes prófugos de sí mismos y lectores críticos y agrios del mundo que les rodea.

Con la congoja de la pasada tormenta es una notabilísima colección de relatos que Castellanos Moya ya había publicado antes en Pérfil de prófugo (1987), El gran masturbador (1993), Con la congoja de la pasada tormenta (1995) e Indolencia (2004). Los que ahora ha querido incluir aquí son historias de perdedores para quienes «las ilusiones eran peligrosas, capaces de corromper lo poco, de arruinar lo apenitas». En el volumen hay cuentos ciertamente hipnóticos como Una pequeña libreta de apuntes donde se cuenta la historia de un fotógrafo que vive a la estela de un cazador de fama ajena y en el que el lector asiste a la tragedia silenciada de un bartleby encubierto. Cuentos como El gran masturbador o la decadente historia de un bibliotecario que tiene la certeza de que «la luz no regresaría hasta el día siguiente, porque una vez más la noche pertenecía a los animales y a los locos, y para los escépticos y apáticos apenas quedaba esta ilusión pegajosa».

LA MUERTE Y EL HORROR

Pero hay dos relatos que uno no puede, ni quiere olvidar: Variaciones sobre el asesinato de Francisco Olmedo y Con la congoja de la pasada tormenta, ambos, como quería Roberto Bolaño, «conjeturales». El primero es magistral a la hora de reconstruir las distintas versiones de la muerte de Paco como la historia de una ausencia, la nostalgia convertida en rabia. El segundo, un modelo de cómo el horror se puede deslizar silenciosamente. El supuesto suicidio del capitán Luis Raudales desencadena una «lacra contagiosa» que lo arruina todo. Un hombre «aplastado por las deudas, que ojalá fueran de dinero y no de aullido. Matar, oficio de un ciego enloquecido por la velocidad».

Vive dios que este es un libro donde el lector no está a salvo, un libro indiscutible y con un narrador endiablado y con «la mirada ausente y un cansancio anticipado» que mira la desolación cara a cara consciente que el infierno no son los otros.