La cotidianidad del drama, "Secreto a voces" de Alice Munro


KEPA ARBIZU
Lumpen




Hay casi una total unanimidad por parte de todos aquellos que se acercan a la literatura de Alice Munro, ya sean críticos conocedores de su obra, compañeros de profesión o lectores recién llegados, a la hora de alabar su escritura.

Nacida hace 79 años, la canadiense escribió a mediados de los noventa el libro “Secretos a voces”, editado en castellano hace dos años por la editorial RBA. En él encontramos una serie de relatos cortos, o casi mejor llamarlos novelas cortas, que a pesar de su diferencia en cuanto a temática y ambientación, mantienen algunas características comunes más que evidentes en todos ellos.

Las más obvias hacen referencia a la condición de sus protagonistas, todas ellas mujeres, y a la ubicación en la que transcurren prácticamente todas las historias, el pueblo de Carstairs y alrededores. Si a este hecho se le añade su forma de escribir, sobria, certera, sin grandes alardes aparentes, es lógico, y acertado, relacionarla con otras escritoras de similares características como pueden ser Grace Paley, Amy Hempel o Eudora Welty. Pero a este respecto creo necesaria una aclaración. Siendo cierto todo lo dicho, su forma de narrar está abierta a, en determinados momentos, la utilización de descripciones largas y elaborada, sin llegar nunca a resultar recargadas. Su temática, siempre pasional y basada en las percepciones, correctas o no, de lo real, permite ese lucimiento.

Otro de los aspectos que destaca en sus relatos es que, pese a su escasa longitud, abarcan un espacio de tiempo muy amplio, no es extraño encontrarnos historias donde se dan cabida diferentes generaciones y saltos en el tiempo constantes. Pero por encima de todo la sensación general que transmite su escritura, como bien expresa el título de la obra, es la de acercarse al mundo de las apariencias, allí donde nada es lo que parece y ningún suceso es tan simple como puede parecer. Precisamente, la fascinación que crea su obra surge de la manera tan peculiar y exclusiva con que acomete los hechos dramáticos que describe. Fieles a como suceden en la vida real, repentinos, sin necesidad de grandes anuncios ni desarrollos, así los presenta la escritora canadiense. En esta obra, una sola frase, concisa, directa y lacónica, puede recrear el hecho más doloroso o sorprendente.

Todos los relatos que componen el libro podrían ser analizados en diferentes niveles y de todos ellos se podrían sacar muchas lecturas y observaciones. Pero hay dos que considero los más interesantes, además de ejemplos claros de la técnica que desarrolla así como de las “ideas” que pretende transmitir. “Entusiasmo” es la desafortunada traducción que se le ha dado al original “Carried away”. En él, se cuenta la historia, ambientada entre finales del siglo XIX y primeros del siguiente, de una chica joven, residente en un orfanato, que es requerida como esposa por un hombre. Su, a partir de entonces, marido sufrirá un accidente en el bosque acompañado de su hermano. En parte narrado de forma epistolar, método que utilizará más veces a lo largo del libro, se nos presenta este hecho bajo una visión casi “rashomoniana” donde las diferentes historias (todas subjetivas, en ningún momento existe un narrador neutral que explique el hecho) van dejando entrever todas las posibles partes oscuras que tienen los personajes. Narrada sin orden lineal, es un relato extraordinario donde, como será norma común, las apariencias y las endebles realidades ponen en entredicho las conductas humanas.

“Vándalos” es el relato más contundente y uno de los pocos donde la acción dramática es relatada de manera objetiva, la autora no deja lugar a dudas de lo que está sucediendo. Contado como un “flashback”, descubrimos la historia de una mujer que en su juventud, y junto a su hermano, disfruta pasando el tiempo con una pareja que reside en el bosque, rodeado de la naturaleza y separada de la "civilización". Poco a poca esa “salvaje libertad” traerá episodios truculentos que marcarán la vida futura de todos los personajes. El secretismo, la incapacidad para afrontarlos y expulsarlos de dentro, acabará por marcarles decisivamente.

Al margen de ambas narraciones, en este libro se pueden encontrar historias de mujeres de vida rústica, poco cosmopolita pero tremendamente plena frente a la vacuidad y al autoengaño que rigen otras o asesinatos que dejan en evidencia los más profundos y oscuros secretos con los que cargan las personas. En definitiva, Munro propone dar voz a lo más íntimo que vive en el ser humano, aquellos episodios, sentimientos o deseos que ni la aparente realidad consigue disimular del todo.

"Un tipo serio"


RUTH ARIAS
Cinematical





Esta es la comedia negra hacia la que los hermanos Coen han ido evolucionando. Un tipo serio es la culminación de sus vidas, con reminiscencias de su infancia en los barrios de los suburbios de los años 60, y con sus éxitos cinematográficos en los últimos veinte o veinticinco años. La película ha conseguido atrapar la magia y el sabor local que vimos en Fargo con un reparto en el que reinan los nombres desconocidos, y escala rápidamente hacia el drama de Quemar después de leer. Un tipo serio es cohesiva e ingeniosa de principio a fin. Es seria en lo que se refiere al guión, muy trabajado, lo mismo en la forma que en la función; y tampoco se les ha escapado nada en la caracterización de los personajes, en las interpretaciones o en el telón de fondo, que es al mismo tiempo tremendamente nostálgico y completamente atrapador.

Un tipo serio puede leerse como una versión moderna de Cándido. Pero más que un héroe desafortunado que permanece impertérrito ante el interminable drama que le rodea, lo que los Coen han creado es un hombre completamente perdido cuya vida va de mal en peor. Larry Gopnik (perfectamente interpretado por el renombrado actor teatral Michael Stuhlbarg) busca respuestas desesperadamente. El clásico optimismo de Cándido se viene abajo en la forma de un rabino al que consulta cuando trata de encontrarle un sentido a las cosas, y más que un sabio consejo, lo que le ofrece al protagonista es unas cuantas respuestas absolutamente inadecuadas para su trauma que no le sirven de nada.

La vida de Larry se desmorona. Su mujer Judith (Sari Lennick) le dice que necesita un divorcio espiritual, para poder casarse con Sy Ableman (Fred Melamed). Los dos se presentan ante Larry como una pareja condescendiente con él, que controlan sus problemas por su bien -Sy es el típico que está abrazando a Larry constantemente y estrechándole las manos para tratar de hacerle ver que le importa de verdad. Mientras tanto, la hija de Larry, Sarah (Jessica McManus) le roba dinero de la cartera para hacerse la cirugía estética, y su hijo Danny (Aaron Wolf) se lo roba a ella para intentar pagar una deuda con el camello del barrio que quiere darle una paliza. Pero las cosas todavía pueden ir a peor: el hermano de Larry, Arthur (Richard Kind), ha monopolizado el baño con la excusa de un quiste en el cuello, y duerme en el sofá todo el día sin preocuparse de buscar un empleo. Y la mala suerte se extiende incluso más allá de las paredes del hogar, porque Larry es profesor en la universidad, pero una serie de quejas anónimas y un estudiante asiático que trata de sobornarle para mejorar su nota podrían hacerle perder su empleo.

Hay viajes cinematográficos que requieren compromisos, en los que el público tiene que esperar para ver algo de acción, a que se pueda vislumbrar lo que va a ocurrir, donde la trama progresa lentamente, sin prisa pero sin pausa, en una especie de purgatorio cinematográfico antes de poder llegar al cielo. Pero en Un tipo serio no hay ningún compromiso: la progresión es interesante, bien ensamblada, y entretenida, desde la aparentemente disparatada introducción, localizada en una villa judía de hace un siglo, hasta la monotonía de la vida en suburbios en 1967 donde Larry Gopnik trata de avanzar.

Es 100% judía al mismo tiempo que 100% cotidiana y auténtica. En un tipo serio aparecen todas las cosas y ceremonias típicamente judías, pero lo cierto es que habla de una realidad que va más allá de la barrera cultural. Puede que no hayamos ido a una escuela judía y que no entendamos la mitad de las cosas que hacen, pero podemos comprender a la perfección la desesperación de Larry, que Danny escuche a los Jefferson Airplane furtivamente en sus aburridas clases, e incluso el desden de Judith cuando habla con Larry. Puede que él sea el héroe patoso de la película, y que irradie sinceridad, pero también es bastante obvio que está muy lejos de ser perfecto. Y esto nos lleva a la cuestión de si la vida de Larry no será el resultado de todo lo que ha hecho mal y de las veces que ha metido la pata.

Aunque lo cierto es que esa no es la cuestión. Esta no es una película de respuestas. Un tipo serio trata de la naturaleza humana y de la sociedad al tiempo que también habla de una nostalgia por los años 60. Especialmente en el tiempo de Internet, en el que exigimos todo aquí y ahora: satisfacción inmediata y respuestas inmediatas. Estamos obsesionados no con el viaje, sino con llegar a la meta, con la resolución de las cosas. Larry busca una lógica espiritual para su colapso vital, una razón absoluta, más que pararse a examinar los pequeños detalles de su vida que le han llevado hasta el lugar en el que se encuentra. Los Coen no son el tipo de cineastas que nos van a ofrecer una solución en bandeja y no hay mejor ejemplo de eso que Un tipo serio. Y esa es la verdadera cuestion: la película se explica tanto en su estructura como en el diálogo.

La película es interesante por más que por estar bien hecha. Es tremendamente divertida, lo que se hace más que necesario cuando habla de los judíos. Nos encontramos con el absurdo clásico de los Coen, sólo que más refinado que en Quemar después de leer, donde era quizás más gracioso pero no te dejaba pensando. Lo mejor de todo, en una película que habla de la miseria humana y de una mala suerte que parece no tener fin, es que Un tipo serio nunca cae en ese mundo de malestar que nos evita disfrutar de la película. Es como si tuviéramos abejas picándonos todo el tiempo, pero los Coen nos curasen rápidamente las picaduras. Seguramente no será un taquillazo, pero es buena.


Enfermos de terror

AMY GOODMAN
Democracy Now




En los últimos días, los medios de comunicación se han visto inundados con informes acerca del frustrado atentado al vuelo 253 de Nothwest Airlines el día de Navidad. Cuando Umar Farouk Abdulmutallab, ahora conocido como “el hombre del explosivo en la ropa interior”, falló en su presunto ataque, casi 300 personas se salvaron de lo que muy posiblemente habría sido un horrible y violento final. A partir de este incidente aéreo, se ha reiniciado el debate en torno al terrorismo y la mejor manera de proteger al pueblo estadounidense.

Al mismo tiempo, otro asesino acecha a los estadounidenses. Según cifras estimativas recientes este asesino se cobra la vida de 45.000 estadounidenses al año (uno cada 10 minutos) pero aún así pasa desapercibido. Esto significa que 3.750 personas que mueren cada mes —más de las que murieron en los atentados del 11S— podrían salvarse con una simple firma.

Este asesino es la falta de una adecuada cobertura médica en Estados Unidos. A finales de 2009, investigadores de la Escuela de Medicina de Harvard llegaron a la conclusión de que 45.000 personas mueren innecesariamente cada año a causa de la falta de seguro de salud. Los investigadores revelaron además otro hecho sorprendente: en 2008 murieron cuatro veces más veteranos del ejército estadounidense porque no tenían seguro de salud que el número total de soldados caídos en Iraq y Afganistán en el mismo período. El dato es correcto: 2.266 veteranos de menos de 65 años murieron porque no tenían seguro médico.

El martes, el Presidente Barak Obama se mostró vehemente en su declaración pública tras la reunión que mantuvo con el equipo de seguridad nacional para tratar el tema del atentado. Obama afirmó: “No fue un error al recabar información de inteligencia, fue un error al integrar y entender la información que ya poseíamos. La información existía. Las agencias y analistas que la necesitaban tenían acceso a ella y nuestros profesionales estaban entrenados para buscar y compilar ese tipo de información. Voy a aceptar que por su naturaleza, la información de inteligencia es imperfecta, pero está cada vez más claro que en este caso, la información de inteligencia no fue analizada por completo ni aprovechada al máximo. Esto no es aceptable y no voy a tolerarlo. Una y otra vez hemos visto que es crucial compilar información y actuar en forma inmediata para permanecer un paso por delante de hábiles adversarios. Como consecuencia, debemos actuar mejor y actuaremos mejor. Es imperativo que lo hagamos rápidamente. Están en riesgo vidas estadounidenses.”

Todo lo cual es realmente admirable. Imagínense si se tratara con la misma urgencia el tema del resquebrajado sistema de salud que innecesariamente causa la muerte de 45.000 personas por año. Y ya que ahora se destinarán fondos de estímulo para proveer a los aeropuertos con más equipos de escaneo, ¿por qué no destinar dinero a garantizar que en todos los centros de salud comunitarios se puedan realizar mamografías y exámenes de próstata?

Está también el tema de la investigación acerca de quién es responsable por el atentado fallido de Navidad y el intento de obtener del presunto atacante “información de inteligencia procesable” a fin de prevenir futuros ataques. Todo eso está muy bien.

Sin embargo, tenemos “información procesable” acerca de por qué la gente muere por falta de seguro médico y de cómo las compañías de seguros de salud privan sistemáticamente de cobertura a sus afiliados para aumentar sus ganancias, y ¿qué se ha hecho acerca de este tema?

El día anterior al incidente de la bomba escondida debajo de la ropa interior, en vísperas de Navidad, el Senado de Estados Unidos aprobó el Proyecto de ley de Reforma del Sistema de Salud con 60 votos a favor y 39 en contra. Obama describió el proyecto como “la legislación social más importante desde la Ley de Seguridad Social aprobada en la década de 1930”. Sin embargo, para llegar a ese mágico número de 60 votos en el Senado, el ya debilitado proyecto de esa cámara tuvo que ponerse de rodillas ante los gustos del Senador Joe Lieberman de Connecticut, el Estado conocido como la meca de las empresas de los seguros de salud, y del demócrata conservador Ben Nelson de Nebraska. Las versiones de la reforma del sistema de salud del Senado y de la Cámara de Representes deben ahora ser conciliadas en un Comité bicameral especial.

En Estados Unidos, el proceso de los comités bicamerales especiales es poco conocido. Es frecuente que durante este proceso los proyectos de ley sufran cambios importantes que pasan casi o totalmente desapercibidos. Es por este motivo que Brian Lamb, Director General de C-SPAN envió una carta a los líderes del Congreso el 30 de diciembre solicitando autorización para televisar el proceso. En ella escribió: “Respetuosamente solicitamos a ustedes permitan que el público tenga acceso total, a través de la televisión, al proceso de definición de esta legislación, que afectará la vida de cada uno de los estadounidenses.” Pero en lugar de simplemente permitir el acceso, la Presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, afirmó que “nunca ha habido un proceso más abierto que este”.

Además, Pelosi y los demócratas dicen ahora que el proyecto ni siquiera pasará por un comité bicameral formal, sino que más bien se negociará en sesiones informales a puertas cerradas entre los presidentes de los comité claves. De esta manera los republicanos no tendrían oportunidades de obstruir el proceso, pero al mismo tiempo esto daría a unos pocos individuos un enorme poder para hacer tratos, tal como hicieron los senadores Nelson y Lieberman. Dado que las industrias de seguros, de equipos médicos y las farmacéuticas gastaron cerca de 1,4 millones de dólares por día para ejercer influencia en el debate acerca de la reforma de la salud, debemos preguntarnos: ¿quién tendrá acceso a los pocos legisladores detrás de esas puertas cerradas?

Wendell Potter, el ex portavoz de la aseguradora CIGNA y quien se ha convertido en denunciante de la industria de los seguros de salud dice saber “dónde se sepulta a los muertos”. Seamos consistentes. Si nos preocupamos por salvar vidas estadounidenses, pongámonos en acción ahora.

“Hace tiempo que escribí todo lo que tenía que decir. Y no me arrepiento, odio la fama”


Maj Sjöwall, reina madre de la novela negra sueca



PEDRO G. CUARTANGO
El Mundo




Tiene los ojos azules. Su blanca cabellera resalta un rostro con arrugas. Viste un traje de cuadros negros y añiles. Es ágil y menuda. Acaba de cumplir 74 años y parece una venerable abuela. Estamos frente a frente en un restaurante de Getafe. Ella bebe vino blanco de Rueda. Se expresa en un perfecto inglés. Maj Sjüwall, la reina de la novela policíaca sueca y la antecesora de Henning Mankell y Stieg Larsson, publicó junto a su marido, Per Wahloo, diez novelas entre 1965 y 1975, que tuvieron un enorme éxito. Ahora, el éxito de Larsson ha resucitado el interés por obras como Roseanna o El hombre que se esfumó, reeditados en España por RBA los últimos dos años, con ventas asombrosas.

Sjüwall (1935) expresa su fascinación por el cielo de Madrid y se lamenta del tiempo de Estocolmo, su ciudad natal y el lugar donde se desarrollan todas sus novelas: “Allí siempre está lloviendo y hace un frío terrible”.

-Me parece que Roseanna, su primera novela, es la más actual porque trata el tema de la violencia de género. Una mujer es secuestrada por un psicópata y su cadáver aparece flotando en las aguas...

-Sí, creo que se puede decir que es una novela actual. La única diferencia es que el detective que investiga aguarda tres horas en conseguir una conferencia telefónica con Estocolmo. Si se despoja a la novela de estos detalles, creo que es moderna y en cierta forma recoge los temas de los que se ocupa Larsson, aunque no hay ordenadores ni internet.

-Usted escribió diez novelas en diez años. En 1974, murió su marido, Per Wahloo, y usted dejó de publicar. ¿Por qué?

-Mi marido estuvo muy enfermo durante los últimos cuatro años de su vida. Al morir me tuve que dedicar al cuidado de mis dos hijos pequeños. El fallecimiento de mi marido me afectó profundamente. Estuve muy deprimida durante esa época. No tenía tiempo ni ganas de escribir. Luego me di cuenta de que todo lo que tenía que decir ya lo había dicho en esas diez novelas. Trabajábamos en equipo, discutíamos juntos las tramas y los personajes. No tenía sentido seguir sin él. Así que deje de escribir novelas policíacas y me dedique a hacer algunas traducciones, a escribir relatos y un libro con Thomas Ross. Nunca me he arrepentido. Entre otras cosas, porque siempre he odiado la fama, esa parafernalia que rodea el éxito literario. Sencillamente, opté por la tranquilidad y el anonimato. Lo mejor era permanecer en silencio para alejarse del bullicio.

Mankell y Larsson al rescate

-Lo cierto es que durante más de 20 años sus obras permanecieron en un relativo segundo plano y ahora vuelven a leerse gracias a los éxitos de Mankell y Larsson. Siendo una escritora de gran calidad, ¿no le parece una curiosa paradoja?

-Bueno. Mankell ha reconocido siempre nuestra influencia sobre su obra. Es verdad que me ha venido bien su éxito y el de Larsson para que se volvieran a leer mis novelas. Pero mi manera de escribir es distinta.

-Creo que el inspector Martín Beck, el protagonista de sus novelas, se parece mucho a Kurt Wallander, el policía de Mankell...

-Así es. Son muy parecidos. Martín Beck es un hombre que ha superado los 50 años, tiene barriga, padece del estomago y se lleva fatal con su mujer. Tiene una mente muy analítica y es respetado por sus compañeros. Wallander es de la misma edad, tiene diabetes, bebe demasiado y se ha separado de su mujer. Ambos carecen de ideas políticas, pero observan con inquietud la evolución de la sociedad sueca. Son muy críticos con sus jefes y la estructura policial. Están desencantados.

-Eso nos lleva a la cuestión de su militancia en el Partido Comunista y de su rechazo hacia Olof Palme y la socialdemocracia sueca. ¿No era difícil vivir en su país en aquella época con sus ideas revolucionarias?

-No. Había muchos jóvenes que pensaban como nosotros. En los 70, había en Suecia grupos comunistas, maoístas, trostkistas, leninistas y de todo tipo de tendencias de extrema izquierda. Era una forma de rechazar una socialdemocracia que se había vuelto conservadora y que había renunciado a sus principios. No olvide que era la época de la guerra de Vietnam. La sociedad sueca era extremadamente conservadora y egoísta a pesar de su apariencia.

-Sus ideas se notan en sus novelas, en las hay una clara denuncia política de esa hipocresía de la sociedad sueca...

-Sin duda. Elegíamos los temas para analizar y criticar aquello que no nos gustaba. Nuestras novelas eran más políticas que policiales. Eso es lo que pensábamos nosotros. Nunca nos etiquetamos como escritores de novela policiaca y criminal. Le voy a contar una anécdota: me convocaron a una reunión en un hotel de Estocolmo de la asociación de escritores de novela negra sueca. Yo dije que no me consideraba una autora de este género y me dijeron que me fuera de allí. Bajé al bar del hotel y me encontré con una mujer de mediana edad que bebía whisky: era Patricia Highsmith. Nos pusimos a hablar y nos hicimos amigas.

-¿Cómo era Highsmith?

-Era encantadora y amable. La visité varias veces cuando aún vivía en París. Le gustaban mucho el whisky y los gatos. Me parece una gran escritora por la habilidad con la que creaba ambientes y describía las emociones. Era magnífica para contar las situaciones que se crean en ambientes cerrados. Me parece muy conseguido el personaje de Ripley y creo que una de las mejores novelas del género es Extraños en un tren, llevada al cine por Hitchcock.

-Se ha dicho que sus novelas son muy parecidas a las de Ed McBain. ¿Está de acuerdo?

-Bueno, yo no conocía a McBain cuando escuché estos comentarios. Leí sus novelas y ví que era cierto. Hay una similitud. Me gustaron sus novelas y las traduje al sueco. Años después, conocí a McBain en Nueva York. Me invito a comer junto a su mujer. Nada más sentarnos en la mesa, ella le cogió fuertemente del brazo y empezó a hablar. Estuvo así durante dos horas. Comprendí por qué la mujer del detective creado por McBain era sordomuda.

-¿Cuáles son sus referencias literarias? Dígame tres nombres...

-Le diré solamente uno: Fedor Dostoievsky. Era un fantástico creador de personajes y un precursos de la novela policiaca. Crimen y castigo es una obra increíble. Nadie ha superado su capacidad de penetración psicológica.

Otros maestros del género

-¿Qué opina de las novelas de misterio inglesas?

-Nunca me han interesado. Me parecen muy flojas y artificiales.

-¿Le gusta Simenon? A mí me parece un gran escritor, aunque soy consciente de que sus novelas no tienen apenas puntos en común con las suyas...

-No. No me gusta demasiado, aunque hay libros suyos que me parecen buenos. Me gustó, por ejemplo, El hombre que veía pasar los trenes. Su vida me parece terrible, Era un hombre adicto a la prostitución y que tenía unas relaciones muy complicadas con las mujeres. Un año antes de su muerte, me dieron un premio en Italia. Me lo tenía que entregar Simenon, pero al final no pudo ir porque ya estaba muy enfermo. El premio era una especie de horrible perro de Baskerville. Me imagino a Simenon con ese monstruo en las manos. Hubiera salido corriendo al verle con ese engendro. Simenon era un maniático, colocaba sus lapiceros en la mesa antes de escribir y exigía absoluto silencio. Contaba muy bien la mentalidad de la clase media francesa, escribía con economía de medios, pero no me fascina.

-¿Cuál es su escritor de novela negra favorito?

-Hillary Waugh, un escritor americano nacido en los años 20. Escribió media docena de novelas muy buenas. No es demasiado conocido en Europa, pero es un gran escritor que refleja las miserias de Estados Unidos.

-¿Qué le parece la gran novela negra clásica americana?

-Que es extraordinaria. Me encanta Raymond Chandler, que es el maestro del género. Sus tramas son demasiado complicadas, pero su manera de escribir, su gracia, es incomparable. El largo adiós es una maravillosa novela por sus personajes. También he leído a Hammet y Ross McDonald, que son muy buenos. Me parece que son los tres grandes de la novela negra clásica.

El abrumador Bergman

-¿Conoce usted a escritores españoles del género como Vázquez Montalbán?

-No. No han sido traducidos al sueco. Mi país es muy pequeño y hay muchas cosas que no nos llegan.

-Sin embargo, Suecia ha producido grandes escritores y cineastas. Ahí esta la gran figura de Ingmar Bergman, cuyas películas nos fascinaron a una generación.

-Bergman me resulta abrumador. Tenía demasiado poder en Suecia. Cualquiera que quisiera ser actor, tenía que obtener su aprobación. Su cine no me interesa. Me parece demasiado místico. Su figura no era simpática para los jóvenes suecos en los años 70. Resultaba demasiado cargante, aunque Fanny y Alexander me parece una gran película, que refleja el espíritu en el que fueron educados los suecos de mi generación.

- Me sorprende lo que dice porque yo lo considero un gran maestro del cine...

-Sí, sé que era muy seguido en España e Italia, donde fascinaban sus obras. Pero en Suecia le veíamos de otra manera. Yo era compañera de clase y amiga de Bibi Andersson cuando teníamos trece o catorce años. Ella estaba ya enamorada de Bergman y quería trabajar con él. A mi me gustaba mucho más All Sjüberg, gran director y dramaturgo, muy apreciado en mi país, pero menos conocido fuera.

-Por cierto, al mencionar a Bergman, he recordado que El policía que ríe fue llevada al cine...

-Sí, la filmó Stuart Rosenberg a principios de los 70. Pero no funcionó. La novela se desarrolla en Estocolmo y él la trasladó a San Francisco. El criminal en la novela es un mafioso que busca borrar huellas y en la película es un psicópata que maneja una metralleta. No salió nada bien, pero me permitió conocer a Walter Matthau, que es un actor y una persona fuera de serie. La experiencia fue divertida. La verdad es que es muy difícil llevar al cine una narración literaria. Casi nunca funciona. Pienso en Kenneth Branagh haciendo de Wallander... Es raro. Me parece que fue un error elegir esa película porque la novela narra el proceso mental de investigación de un crimen. Es muy importante la relación entre Beck y sus compañeros y eso no se cuenta en el film de Rosenberg, que era un buen director, con mucho oficio.

El secreto de la eterna juventud

-Cambiando de temas y entrando en asuntos más personales, ¿cuál el secreto de su vitalidad?

-Viajo, conozco gente joven y me enriquece conversar con personas como usted. Es importante no hacer siempre lo mismo. Me da la impresión de que sigo teniendo veintisiete años y medio. Creo que todas las personas de mi edad siguen pensando que no han pasado de esa edad. Hay un desajuste entre la cabeza y el cuerpo que no se puede remediar. Pero me encuentro muy bien y con ganas de hacer muchas cosas...

-Yo leí sus novelas hace 30 años, cuando fueron editadas por Noguer. Me produce una sensación extraña hablar de ellas y estar con usted... Tengo que decirle que las he vuelto a leer y me parece que no ha pasado el tiempo por ellas.

-Le agradezco sus palabras. Creo que es cierto que la buena literatura no envejece. Cambian las circunstancias y la técnica, pero los sentimientos humanos permanecen.