Michael Moore: "Si Obama apoya a la banca, le haré un filme como el de Bush


GABRIEL LERMAN
La Vanguardia





De la misma manera en que en cada una de sus películas anteriores arremetió contra la fascinación de los norteamericanos por las armas, las extrañas coincidencias del 11 de septiembre y la grave crisis que afecta a la salud pública de Estados Unidos, en Capitalismo: una historia de amor, su más reciente película, este señor gordo y de anteojos, eternamente encorvado y con gorrita obligatoria que se presenta en persona con la misma ropa que se lo ve en las películas denuncia sin anestesia que en los últimos dias del gobierno de Bush los grandes bancos norteamericanos dieron un auténtico golpe de estado para robarse los setecientos mil millones de dólares que les fueron otorgados en una inusual medida parlamentaria. Pero Moore, además, habla de los miseros sueldos que cobran los pilotos norteamericanos, de extrañas pólizas de seguro de vida que las grandes compañías sacan en nombre de sus empleados, por lo que un trabajador muerto es mucho más rendidor que uno vivo, y muchas otras cosas que parecen obra de un sarcástico guionista de ciencia-ficción, pero que pertenecen a la más pura realidad y que tienen lugar a diario en ese extraño y contradictorio país al que por aquí conocemos como Estados Unidos de América.

¿De todas las cosas que descubriste a lo largo de la investigación para esta película, ¿qué fue lo que más te impactó?

Creo que ya no hay mucho que me sorprenda. Me enoja mucho que la economía de Estados Unidos siga estando en manos de Geithner, Summers y Rubin, por eso he estado tratando de convencerme de una teoría muy interesante. Para la película filmé una escena, que al final no incluí, en la que entrevistaba a un asaltante de bancos a quien todos los grandes bancos contrataron como consejero para que les explicara cómo prevenir los robos. Se me ocurrió que quizás el motivo por el cual Obama se está codeando con esta gente podía responder a esta misma lógica donde esta gente sería una nueva versión del asaltante de bancos: los principales responsables de este desastre le estarían dando consejos a Obama sobre cómo solucionar las cosas. Tengo la esperanza de estar en lo cierto, pero me doy cuenta de que es más probable que Obama tampoco entendiera bien qué es un instrumento derivado y, entonces, le hayan dicho: "Estos son los que si saben de que se trata, traigámoslos que ellos van a saber qué es lo que tienen que hacer". Es descorazonador ver que son estos tres hombres los que están llevando las riendas de nuestra economía.

Otras cosas que me impactaron fueron los bajos sueldos de los pilotos de aerolineas, el tema de los seguros de vida que las grandes empresas les sacan a sus empleados con la compañía como única beneficiaria... pero creo que todo es parte de un mismo proceso que se viene dando de manera gradual desde hace treinta años. Haciendo la película, un día me puse a pensar que cuando yo era niño las cosas no eran así, no existían, por ejemplo, las tarjetas de crédito. Es cierto que los padres de algunos niños tenían una tarjeta Shell para cargar combustible y mi mamá también tenía la tarjeta de la tienda J.C. Penney y otras cosas por el estilo, pero eso era todo: no existían las deudas de tarjeta de crédito. Después fue como si la bestia comenzara a preguntarse: "¿Cómo puedo hacer para que la gente suelte el dinero? Necesito más, así que démosles financiación a todos. Y luego, podemos apoderarnos de los muchachos que comienzan la universidad, démosles préstamos a veinte años". Cuando nosotros comenzamos a estudiar en la universidad, no existía esto de ir a los bancos privados a pedir un préstamo para estudiantes. Había, dentro de la universidad, un departamento de asistencia financiera donde te ayudaban a pagar los estudios.

Muchas veces, la asistencia financiera era a cambio de trabajo en el campus —en la cafetería o en la biblioteca— y, otras, te daban un préstamo a una tasa de interés muy baja, de un 1% o un 2%, que podías pagar cuando dispusieras del dinero. También había subsidios y becas, pero no había posibilidad de que quedaras atado a un banco privado por los siguientes veinte años. Antes uno tenía un plan de jubilación claro, no existían los planes suplementarios privados. De repente, después de que Reagan asumió la presidencia, empezamos a tener la posibilidad de poner nuestra futura jubilación en la bolsa, lo cual, por supuesto, implica que ya no tendremos una jubilación garantizada. Es impresionante, es increíble cómo todo esto fue avanzando de a poco con el correr de los años, tan minuciosamente que ni siquiera yo me había puesto a pensar en todas estas cosas.

Has dicho en varias oportunidades que esta película, en realidad, está destinada a un público de una sola persona…

Es cierto. Una vez que se hizo evidente que Obama iba a ganar, todas las compañías de Wall Street y los bancos comenzaron a entregarle enormes sumas de dinero. Cuando incluí la escena en la que Obama recibe todo ese dinero, donde queda en claro que su principal financista privado es Goldman-Sachs, pensé que no lo estaba haciendo para el público general, sino para que lo viera el propio Obama. Me dije: "Esta escena la estoy haciendo para un público unipersonal porque quiero que Obama sepa que nosotros sabemos, y quiero que sepa que se lo voy a decir a todo el mundo". Por mucho que lo quiera y que lo admire, quiero que se dé cuenta de que tiene que trabajar a favor de nosotros; no ponerse del lado de Wall Street, esa familia de bancos y compañías de inversión pertenecientes al crimen organizado… y no estoy bromeando, lo digo muy en serio, la única diferencia es que ellos operan legalmente. Se han llevado preso a Madoff y mucha gente como él, pero los bancos funcionan con el mismo sistema de la pirámide, ese sistema donde la zanahoria que todos perseguimos eternamente es la posibilidad de llegar a la cima, allí donde están ellos… pero la realidad es que en la cima hay muy pero muy pocas personas, que son las que concentran toda la riqueza. En cualquier caso, si Obama no se pone de nuestro lado y sigue estando del lado de ellos, haré una película sobre él que dejará a la que hice sobre Bush como una película de Disney… De todos modos yo sigo respaldando a Obama. Me hubiera gustado que se jugara por un sistema único de salud, pero no lo hizo… bueno, no me voy a enojar con él por eso. Obama es todo lo que tenemos, de veras, y yo no quiero volver a lo de antes de aquí a cuatro años…

¿Qué tan grande es, para ti, la brecha que hay entre el entusiasmo y el deseo de que se produzca un cambio y la realidad de ese cambio?, ¿qué se puede hacer para reducir esa brecha?

Es una muy buena pregunta de la que ya he hablado alguna vez porque uno se pregunta si hacer todo esto realmente vale la pena. Y, en definitiva, creo que no hay una verdadera desconexión entre las dos cosas. "Farenheit 9/11", por ejemplo, no podía hacer que la gente cambiara de opinión en sólo cuatro meses, pero fue una de las primeras salvas que se dispararon al gobierno mentiroso de Bush y el puntapié inicial que permitió que muchas otras personas también se animaran. Creo que la gente se olvida de que, durante el primer año de la guerra, hacer algo como "Farenheit 9/11" no estaba exactamente bien visto: en la entrega de los Oscar me abuchearon hasta que me bajé del escenario porque dije algo que, para mí, era bastante simple. La gente me empezó a abuchear y yo estaba muy solo. Ya nadie se acuerda de lo solitaria que era esta lucha. Al principio, en Estados Unidos, si estabas en contra de la guerra, te quedabas muy solo en el trabajo, en el barrio, en la familia… había algo antipatriótico en oponerse.

De todos modos, la buena noticia es que cuando a los norteamericanos se les muestra la verdad, casi siempre hacen lo correcto. En el fondo somos buena gente, es sólo que a veces aprendemos más lento. Por eso era obvio que "Farenheit 9/11" no iba a generar ningún cambio. Fue el momento de mayor popularidad de Bush, nunca más recibió tanto apoyo como en ese momento. Después de "Farenheit 9/11" y de la elección todo fue en picada. No hay que olvidarse de que ganó sólo con un estado y cien mil votos en Ohio, el margen más estrecho con el que un presidente de turno haya ganado una reelección en la historia. Así que creo que, eventualmente, las cosas terminan sucediendo. Hice "Sicko" hace dos años y tenía la esperanza de que el debate sobre el sistema de salud se diera en ese momento, pero está sucediendo ahora. Por eso no me desanimo aunque hay un defasaje entre lo que sucede cuando vamos a ver una película como esta al cine, que está lleno de gente, y lo que sucede después cuando nos vamos a casa.

¿Te consideras un director de cine, un periodista o un militante?

Me considero un director de cine. No me considero un militante, porque cuando vives en un sistema democrático, lo de militante es una palabra redundante. La democracia no es un deporte que uno se sienta a ver, es un sistema en el que uno participa. Y yo como ciudadano hago mi parte. Mi trabajo es el de guionista y director de cine. Y siempre empiezo a trabajar en mis películas sobre cual va a ser el criterio artistico, no cual va a ser el mensaje político. Los directores de cine que ponen el mensaje político primero por lo general terminan haciendo películas muy aburridas que no contribuyen a la causa. Yo quiero llegarle a la gente como director de cine. Si quisiera hacerlo como político, me presentaría en las elecciones.

¿Crees que en Estados Unidos hace falta un tercer partido político?

Claro que si, aunque eso es algo que no puede ocurrir dentro de nuestro sistema actual de gobierno. Tendriamos que tener un sistema de representación parlamentaria proporcional, que no existe en mi pais. Este sistema está hecho para que el que gana se lleve todo. Lo cual es incorrecto, porque no representa la verdadera voluntad de la gente. Dos partidos no pueden representar los sentimientos de trescientos millones de personas. Necesitamos un tercero, un cuarto, un quinto y un sexto partido, como ocurre en casi todos los paises del mundo.

El tren del infierno


Le llaman la Bestia. Y miles de emigrantes centroamericanos montan clandestinamente en este ferrocarril de carga que atraviesa México rumbo a EE UU. Asaltantes, secuestradores y policías corruptos convierten esta travesía en una de las más peligrosas del mundo

PABLO ORDAZ
El País




Dice que se llama Teresa, que tiene 26 años, que es de Honduras, que se dirige a la frontera con Estados Unidos, que venía andando por la vía del tren junto a otros emigrantes cuando dos tipos le salieron al paso, uno de 37 o 38 años y el otro de 25 o 26, que les dijeron que agacharan la cabeza y pusieran sus manos en la nuca, que se adentraran en el monte, que si cooperaban no les iba a pasar nada. Dice Teresa que a los hombres los registraron y les quitaron el dinero, pero que a ella y a su amiga, las únicas mujeres del grupo, las apartaron y les ordenaron que se bajaran los pantalones, que ellas se los bajaron mientras el revólver del más viejo las iba apuntando a las dos, de una a otra, como si dudara con cuál quedarse. El viejo, dice Teresa, era de bigote abundante, ojos grandes y nariz aguileña, el cutis áspero como si hubiera tenido acné o una cicatriz. Del joven sólo recuerda que era flaquito y tenía el pelo liso.

-El joven fue el que me violó a mí.

El siguiente se llama Mario. Dice que tiene 28 años, que es de Guatemala, que él y su novia, Elsa Marlen, de 19 años, embarazada de gemelos, apenas habían iniciado su viaje hacia Estados Unidos cuando en el municipio de Huixtla, en el Estado de Chiapas, Elsa Marlen desapareció. Dice que él la buscó durante semanas y que, buscándola, desanduvo sus pasos y regresó a Guatemala. Que fue allí donde meses después, y a través de fotografías que le mandó la cancillería de su país, reconoció el cadáver de su novia. Tenía las manos cortadas. La habían enterrado en una fosa común.

-He vuelto a México para matar a los asesinos de Elsa Marlen.

Hay más historias, muchas más, y todas esperan en fila para que Arelí las apunte en su libreta. La historia de un chaval de 13 años que confiesa haber matado a un hombre y ahora huye de vagón en vagón. La de un joven que fue violado y que nada más escapar de sus verdugos buscó por las vías del tren el amor de una mujer para intentar olvidar. La de un hombre llamado Donar, que se quedó dormido cuando viajaba junto a otros emigrantes en el techo de uno de esos trenes que van hacia el Norte. Y se cayó. El tren lo reclamó para sí, su tributo de sangre, y le cortó las piernas. Y Donar, que es hondureño y tiene un carácter dulce que es una lección de vida, se quedó aquí, en el albergue de Ixtepec, junto a Arelí, que llena libretas y libretas con el dolor que no cesa, y junto a David, un tipo fornido y bueno que se ocupa del difícil trabajo de proteger a los emigrantes de los que no lo son pero se visten como ellos para robarles hasta el aliento. Y de Alejandro, un cura valiente al que los traficantes de hombres han estado muchas veces a punto de asesinar, pero al que Dios aún no ha llamado a su lado, temeroso tal vez por la bronca que el padre le tiene preparada...

Porque Dios, si existe, fracasa aquí todos los días. Todas las noches.

Y esta noche -madrugada ya- es una de ellas. Esto es Ixtepec, un municipio de 25.000 habitantes del Estado de Oaxaca, lindando con Chiapas. Sur de México. Un lugar de paso casi obligado para los miles de emigrantes centroamericanos que cruzan desde Guatemala por el río Suchiate, buscando el tren soñado y temido que los llevará hacia Estados Unidos. Sin embargo, por culpa del huracán Stan, que a principios de octubre de 2005 azotó la zona llevándose por delante los puentes y el trazado ferroviario, los emigrantes tienen que cubrir a pie o en microbuses unos 280 kilómetros hasta llegar a Arriaga y abordar el primer tren, ya en el Estado de Chiapas. Hacen el camino intentando burlar los controles de la policía y el ejército, y para ello tienen que internarse en el monte, exponiéndose y cayendo con frecuencia en poder de las bandas de asaltantes que infestan una zona conocida como La Arrocera. Es el principio de una larga travesía que, de hacerse en línea recta, se alargaría casi por espacio de 5.000 kilómetros, pero que se convierte en infinita porque los trenes que van hacia el Norte son de mercancías y zigzaguean por todo el territorio mexicano sin frecuencia ni horarios fijos, sometidos al capricho de un fantasma tirano. El trayecto entre el río Suchiate e Ixtepec constituye, pues, el primer contacto de los emigrantes con la realidad del camino. A tenor de sus historias, las mismas que Arelí va apuntando en sus libretas, muy poderosa debe de ser la atracción del paraíso al que creen dirigirse o muy espantoso el infierno de miseria del que escapan para que sigan caminando.

Dice Gerardo, que tiene 39 años y es de Honduras, que precisamente en La Arrocera, al tratar de rodear una garita de vigilancia, cinco hombres le salieron al paso. Dice que dos de los asaltantes iban armados, uno con una escopeta, el otro con una pistola de nueve milímetros, que le obligaron a desnudarse, que lo tiraron al suelo de un garrotazo, que registraron sus ropas, que le quitaron todo el dinero que llevaba y que le amenazaron con matarlo si denunciaba. Uno de los asaltantes, el más joven, era alto y flaco, tenía el pelo lacio y calzaba sandalias, "guaraches", dice Gerardo. El otro, el más viejo, llevaba sombrero y era bigotudo y tenía una cicatriz como de un navajazo en la quijada del lado derecho...

Es entonces cuando Arelí, apenas 27 años, levanta la mirada de la libreta y sonríe, pero su rostro, sus ojos verdes, que son el único eco de esperanza en esta madrugada tan negra, no reflejan precisamente alegría:

-El tipo del bigote..., la señal de la cicatriz en la cara..., el sombrero... La descripción de su acompañante: más flaco, más joven, con el pelo lacio. ¿Se da cuenta? Hace meses que los emigrantes, sean hombres o mujeres, vengan de Honduras o de Guatemala, nos señalan a los mismos tipos como sus verdugos. Pero no pasa nada. Las autoridades no hacen nada. Mire: lo peor no es el tren, que si te duermes y te caes te corta en dos como a Donar o te mata como a tantos otros. Lo peor no es ni siquiera la existencia de bandas de maleantes, de extorsionadores, de gente que mata o que viola. Lo peor de todo, la verdadera mezquindad, es saber que nadie te va a ayudar, que al Estado mexicano no le importa lo que le pase a los centroamericanos que pasan por su territorio camino de Estados Unidos. Que ni la policía ni el ejército, ni las autoridades encargadas de ayudarte, te van a ayudar. Porque aquí, desengáñese, el Estado no está, es un teatro. A veces, en el albergue hemos sabido que entre los emigrantes hay infiltrados sicarios de Los Zetas [uno de los carteles más sanguinarios de México], pero no hemos podido ni siquiera pedir ayuda a las autoridades porque sabíamos que no nos la iban a dar. Que incluso podía ser peor porque los mismos emigrantes te cuentan que ellos fueron asaltados por policías...

Hay un informe de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) de México que corrobora las palabras de Arelí. Está confeccionado con los testimonios que 30 agentes de la comisión -sólo 30- recogieron en un periodo de seis meses -sólo seis meses-. Y aun así, los datos no pueden ser más terribles. Entre septiembre de 2008 y febrero de 2009, casi 10.000 emigrantes centroamericanos que trataban de llegar a Estados Unidos fueron secuestrados y tratados con extrema crueldad a su paso por territorio mexicano. Muchos de ellos fueron capturados en grupos, bajados de los vagones de tren y confinados en casas de seguridad o en naves industriales. El rescate que se les exigía fluctuaba entre los 1.500 y los 5.000 dólares. La Comisión Nacional de Derechos Humanos calcula que la industria del secuestro obtuvo en ese corto espacio de tiempo más de 25 millones de dólares. Para ello, los verdugos no dudaron en utilizar una violencia extrema, que incluyó en muchos casos la tortura, la violación y el asesinato. Nueve de cada 10 víctimas recibieron amenazas de muerte dirigidas a ellas o a sus familiares. El 67% de los secuestrados era de Honduras; el 18%, de El Salvador; el 13%, de Guatemala, y el resto, de Nicaragua. También constataron los agentes de derechos humanos el paso de emigrantes procedentes de Ecuador, de Brasil, de Chile, de Costa Rica... Pero son los centroamericanos los que con mayor frecuencia, y con mayor desesperación, hacen la ruta hacia El Dorado que todavía, pese a la crisis, sigue representando Estados Unidos. Sus familias, y también sus países, dependen de sus remesas.

Hay quien sostiene, con una dureza no exenta de tino, que algunas naciones centroamericanas han sacrificado a sus ciudadanos para salvar sus economías. Al emigrante se le presenta en sus lugares de origen como un héroe, no como una víctima. A eso contribuye que el que llega encierra su rosario de sufrimientos y humillaciones, tal vez por vergüenza, en un cofre con siete llaves. Y el que no llega... también. Sólo Arelí y quienes como ella no están dispuestos a que México, su país, siga siendo un testigo mudo del horror, se han propuesto que las organizaciones de derechos humanos y la prensa conviertan en visible lo que hasta ahora no lo ha sido. El dolor tan íntimo de Teresa, la furia de Mario en busca del asesino de su novia, la huida sin destino de un niño asustado de 13 años, la terrible maldad de quien aprovecha el paso por sus pueblos de los más desprotegidos para hacer negocio. Golpeando, violando, matando... Sin freno. Sin castigo.

El albergue está lleno esta noche. Hay rumores de que la Bestia volverá por fin a rugir. La Bestia es el tren. Aun parado y en silencio, merece un apodo tan rotundo. Lleva dos días dormitando por culpa de un fuerte vendaval que mantiene cerrado el puerto de Salinas Cruz. Pero al parecer el viento ya está amainando y los barcos empiezan a llegar. El tren será cargado y volverá a pasar por Ixtepec de camino a Medias Aguas. Ése será el momento en que las decenas de emigrantes que dormitan en el albergue, al pie mismo de las vías, aprovechen para saltar y encaramarse al techo.

La vigilia se hace muy larga. A las tres de la madrugada, tan lejos aún del amanecer, los gallos se despiertan. Sólo un rato después, varios grupos de emigrantes, algunos con síntomas de haber entretenido la espera tomando alcohol, se acercan al albergue. David se coloca en la puerta. Sin más escudo que sus buenas palabras, los va cacheando uno a uno para evitar que entren con armas. Sentada en una mesa de plástico, Arelí les va preguntando uno a uno sus nombres, su procedencia, si han tenido algún sobresalto en el camino. Algunos mienten, y Arelí lo sabe. No son emigrantes. Tal vez algún día lo fueron, pero luego fueron captados por los propios carteles y pasaron de ser víctimas a trabajar para los verdugos. Son especialmente peligrosos porque tratándose de hondureños, guatemaltecos o salvadoreños, hablan el mismo lenguaje que los emigrantes y los hacen confiarse, desvelar el nombre del familiar que, casi siempre desde Estados Unidos, los está apoyando con sus dólares. Una vez que descubren quién tiene dinero, el siguiente paso consiste en avisar a sus compinches de que en el vagón tres de la Bestia, con sudadera roja y una gorra negra de Nike, viaja un hondureño con plata. El asalto al tren, entonces, está cantado. Y esta noche es una de esas noches angustiosas en que David y Arelí sienten que algo sucio se está tejiendo. El techo de la Bestia no irá sólo ocupado por indefensos emigrantes a la búsqueda de un sueño.

El tren llega a Ixtepec un poco después del amanecer. Destino: Medias Aguas. Ese nombre destila peligro. "Medias Aguas ya es zona de Los Zetas. Si quieren montarse en el tren para acompañar a los emigrantes", aconseja David a los periodistas, "intenten convencer al maquinista para que les pare en Matías Romero. Y si no les para, tírense del tren en marcha cuando aminore la velocidad. Pero por nada del mundo sigan hasta Medias Aguas". David, aseguran quienes lo han tratado de antiguo, no es un hombre de muchas palabras, pero las que dice son de ley. Sin embargo, el maquinista no está de muy buenas pulgas. "¿En Matías Romero? ¿Parar allá? ¿Para qué? Ya veremos...", contesta desde lo alto de su trono de hierro. "¿Usted sabe?", se anima por fin sin que medien preguntas, "¿que los emigrantes nos acusan de estar coludidos con las mafias y que paramos el tren para que los asalten? ¡Qué barbaridad! Mire: usted mismo, si gira ese volante de hierro pintado de amarillo que hay entre vagón y vagón, puede parar el tren. Y los asaltantes lo saben. ¿Que no les ayudamos? ¿Eso dicen los emigrantes? Pues eso sí es verdad, ¿pero qué quieren que hagamos cuando nos apuntan con pistolas y hasta con cuernos de chivo...?".

El tren se pone en marcha. Isabel Muñoz, autora de las fotos de este reportaje, lleva meses retratando el sufrimiento, y también las ilusiones, de los emigrantes centroamericanos a su paso por México. Esta mañana ya está montada en el techo abarrotado de la Bestia. Será su último viaje antes de concluir este reportaje, pero también uno de los más peligrosos. Arelí y David tenían razón. El tren es abordado a última hora, cuando ya está en movimiento, por cuatro muchachos que levantan las sospechas del resto. La Bestia acelera, ruge, pero ya se ha convertido en un peligro secundario. Todos los emigrantes, y no cabe ni un alma más en el techo, tampoco en los reducidos espacios que quedan entre los vagones, están pendientes de esos cuatro muchachos. No les quitan ojo. Ni apartan sus manos de las piedras que casi todos han ido cosechando silenciosamente en la estación de Ixtepec por si la ruta se tuerce. Los emigrantes tienen ante sí miles de kilómetros como éstos, llenos de peligros, de amenazas.

El tren sigue hacia el Norte después de hacer un alto en Matías Romero. Los periodistas se bajan. Y también lo hacen los cuatro muchachos, confirmando con esa sola acción que su interés no era precisamente la ruta hacia el Norte. Unos kilómetros atrás, en el albergue de Ixtepec, Arelí disfruta de unas horas de paz hasta la llegada del próximo tren. Cuando eso suceda, mujeres rotas y hombres manchados de miedo le contarán que un tipo con bigote, nariz aguileña y algo muy parecido a una vieja cicatriz surcándole la cara les obligó a desnudarse, les quitó el dinero, los apuntó con un viejo revólver...

-¿Se termina uno acostumbrando a tanto horror?

-Se termina uno acostumbrando. E incluso te puedes permitir acostumbrarte. Pero lo que no puedes hacer nunca es dejar de estar enojada. El día que dejes de enojarte con las injusticias, ya no servirás. Y habrán ganado ellos.

Los que hacen daño. Los que no hacen nada.

El "click" de la cuestión, "Retratos de Will", Ann Beattie


RODRIGRO FRESÁN
ABC




El prestigio y la fama de Ann Beattie (Washington, 1947) descansan en muchos relatos que, desde mediados de 1970, la consagraron como La Escritora representativa de la ficción estilo The New Yorker. Ann Beattie como esa heredera más o menos directa de John Updike (quien a su vez descendía de John O´Hara y John Cheever) y hermanastra más o menos lejana y burguesa de los especimenes proletarios en los cuentos de Raymond Carver.

Pero, a mi juicio, el genio de Beattie se encuentra -más que en ningún otro lado- en dos novelas. La primera de ellas es la generacional pero apta para todas las generaciones Postales de invierno (1976). La segunda es Retratos de Will (1989) donde aquellos lamentos de jóvenes desorientados se transforman -el tiempo pasa- en las tristezas y alegrías de una madre fotógrafa llamada Jody y de Will, su hijo de cinco años.

claroscuros. Así, desde el primer click en la primera página, Retratos de Will documenta -en instantáneas movidas que acabarán fijando a los personajes por el resto de sus vidas- los incontables pequeños detalles a los que Beattie es tan afín y que acaban constituyendo su estilo. Como bien precisó el escritor T. Coraghessan Boyle, Beattie es la maestra indiscutida de contar directamente a través de lo indirecto. Y si -la fotógrafa Diane Arbus dixit- «una fotografía es un secreto sobre un secreto», entonces lo que hace Beattie es trabajar casi en susurros y lateralmente la materia que otros no dudarían en señalar a gritos. «Cuando me preguntan sobre qué escribo yo, cuál es mi territorio, sólo puedo responder que escribo sobre todo aquello que me parece misterioso», confesó Beattie alguna vez. Y, sí, Retratos de Will es un libro misterioso; pero su gracia y su singularidad residen en que muchos de los enigmas que plantea se van desentrañando en una atmósfera de claroscuros, de a poco y sutilmente, sin la brutal iluminación de ese flash que enrojece las pupilas.

camino a la fama.Y si en la ya mencionada Postales de invierno, Beattie se ocupaba de las amistades masculinas con sensible pero implacable mirada de rayos X, Retratos de Will es una triste y divertida tragicomedia de costumbres que gira alrededor de las relaciones entre padres e hijos, y de los espacios blancos y agujeros negros entre unos y otros.

Y pocas cosas sorprenden más y producen más admiración que enterarse de que Ann Beattie nunca tuvo hijos.

O sí: el Will de este libro.

Y Ann Beattie es la mejor madre posible a la que jamás pudo aspirar Will. Así, enseguida nos sentimos amigos de Jody, quien comienza documentando bodas y afines para acabar convertida en nombre prestigioso entre las galerías del Soho neoyorquino. Pero, sobre todo, hacemos foco y admiramos el modo en que el pequeño Will es observado por todos mientras él registra y documenta a todo lo que le rodea y a todos los que lo acorralan mientras se va revelando ante él, como en un cuarto oscuro, cómo será su luminoso y decisivo sexto año de vida. Ese será el año en que su madre tomará una fotografía el día de Halloween (foto, sí, muy dianearbusesca) que le valdrá un contrato con una galería de moda y disparará el camino a la fama. Ese será el año en que su inestable padre, Wayne, saldrá de cuadro para que entre a posar, Mel, un modelo suplente para él y una suerte de príncipe azul para Jody.

Retratos de Will -dividida en dos largas secciones, «Madre» y «Padre», a la que se suma una tercera y breve coda, «Niño», se nos ofrece, así, como una retrospectiva colgada en paredes. O como páginas de un álbum en las que, de tanto en tanto, se pegan unos líricos inserts en cursivas, no contaré aquí qué resultan ser esos inspirados apuntes y quién los escribe. O cómo diapositivas proyectadas contra objetos en tránsito o personas en fuga insinuándonos que no hay foto más reveladora que aquella que no se queda quieta.

la verdad de la historia. El final -las apenas siete páginas de «Niño»-completan el prodigio y acrecientan aún más nuestra admiración. Allí, dos décadas después, Will -ya convertido en padre- comprende y nos hace comprender la verdad de la historia, la realidad detrás de las fotos. Y, agradecido y emocionado -luego de haber visto tantas fotografías- lo hace leyendo.

Igual que nosotros -conmovidos y gratificados- con y por Retratos de Will, cerrando el libro y sonriendo como quien sonríe sin que haga falta que le pidan que sonría; porque ahora escucha el mejor click de todos, ese que sólo se oye cuando todo hace click.

Entrevista a Paul Volcker: "Vamos de cabeza a la siguiente crisis"


Es el hombre al que Obama más escucha sobre cómo salir de la crisis. Dirigió la Reserva Federal durante los gobiernos de Jimmy Carter y Ronald Reagan y hoy lidera el Consejo Asesor para la Recuperación Económica, que ha montado el presidente norteamericano. Este prestigioso economista no tiene buenas noticias y sí más de una advertencia. ¿Qué está pasando? Lo escuchamos




THOMAS SCHULZ Y GABOR STEINGART
XL Semanal




Paul Volcker nació hace 82 años, poco antes del comienzo de la Gran Depresión. Su padre era un alto funcionario del Ayuntamiento de Nueva Jersey y, como miembro de una familia de la clase media acomodada, no se vio muy afectado por aquella crisis. Volcker recuerda incluso que su madre se opuso a que buscase un trabajo a media jornada cuando era adolescente sobre la base de que «otras personas necesitan ese trabajo más que tú». Pero ahora es inevitable rememorar aquellos tiempos del siglo pasado y compararlos con estos tan similares que enfrentamos.

¿Son comparables aquella crisis y la actual?

De aquélla recuerdo la gran cantidad de mendigos que había y de aquellas personas a quienes los niños llamaban tramps, `vagabundos´. Y hoy veo los millones de personas que viven gracias a los vales de comida. No obstante, no debemos pasar por alto la diferencia. En la actualidad estamos viviendo una profunda recesión con cerca del diez por ciento de desempleo. En la Gran Depresión, hasta un tercio de los adultos estaba sin trabajo.

Sea como fuere, alrededor de 200.000 estadounidenses pierden su empleo cada mes. Pero el actual presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, asegura que, «desde un punto de vista técnico», la recesión ha terminado. ¿Está de acuerdo?

Hemos vuelto a registrar un pequeño crecimiento, pero no deberíamos hablar de estas cosas desde un plano `técnico´. No creo que nos hayamos recuperado aún. No.

¿Espera una recaída?

La economía mundial se está recuperando muy lentamente. La situación no mejorará de la noche a la mañana y seguirá siendo complicada en el futuro. No descartaría en ningún caso que se produzca una recaída. Si seguimos actuando como hemos estado haciendo hasta ahora y sólo nos centramos en el repunte del consumo, iremos de cabeza hacia la siguiente crisis.

¿En qué se diferencia esta recesión de las anteriores?

No se trata de la habitual crisis cíclica del crecimiento, como hemos vivido varias en Estados Unidos, sobre todo en la época de posguerra. Es ésta convergen muchos factores: el colapso del mundo financiero, un equilibrio alterado entre las grandes naciones y, en Estados Unidos, demasiado consumo y muy poca inversión, poca exportación y demasiada importación. Estados Unidos debe transformarse si quiere mejorar su situación de manera duradera.

Como director del Consejo Asesor para la Recuperación Económica, aconseja al presidente estadounidense, Barack Obama, sobre cómo llevar esos planes a efecto. ¿Sigue sus recomendaciones?

Trabajamos al mismo tiempo en muchos temas distintos sobre los que tenemos que aportar nuestras recomendaciones, desde las pensiones hasta los problemas de infraestructuras en Estados Unidos. El presidente conoce los problemas. Es un hombre muy elocuente, más elocuente que yo en cualquier caso. Muchas de nuestras propuestas, por ejemplo para la reforma del sistema financiero, no fueron aplicadas; pero eso forma parte del juego.

A día de hoy, Estados Unidos no está combatiendo la crisis con reformas estructurales, sino con dinero barato, inyectado en la economía por el Gobierno y la Reserva Federal. Sin ese multimillonario apoyo estatal, la economía se colapsaría.

¿Qué puedo decir? Es cierto. Desgraciadamente, aún no contamos con un impulso proveniente de la misma economía. Ésta depende, al igual que los mercados financieros, de las transfusiones del Estado.

La deuda pública norteamericana alcanzará pronto los 12 billones de dólares, en el año 2019 serán necesarios 700.000 millones de dólares sólo para el servicio de la deuda. ¿Este enorme endeudamiento acabará poniendo de rodillas al coloso económico que es Estados Unidos?

Por supuesto que tenemos que abordar el problema del endeudamiento público, pero a su debido tiempo. Ahora mismo, el desempleo sigue subiendo, como usted mismo ha dicho. La economía también sigue necesitando el dinero público.

Niall Ferguson, historiador de Harvard, ha escrito recientemente: "Elevado endeudamiento y crecimiento lento llevan a los imperios a su caída... y Estados Unidos podría ser el siguiente". ¿Es exagerada esta afirmación?

La amenaza que describe es real. Tenemos que hacer frente a esa amenaza. No soy de los que discuten la magnitud de este reto. Crecí en un tiempo en que Estados Unidos era el soporte básico de la economía mundial.

En aquellos años, Estados Unidos era el mayor exportador del mundo y no el mayor importador, como ocurre hoy. También era el mayor prestamista y no el principal deudor.

Nuestra tarea consiste en restablecer la autoridad económica de Estados Unidos; y para ello debe reorganizar su sector industrial.

¿En qué sectores concretos está pensando?

Tomemos simplemente el sector de futuro de las energías renovables. Estamos por delante en investigación y desarrollo tecnológico, pero esa tecnología se fabrica en Alemania y luego es vendida al resto del mundo. Eso es bueno para Alemania, pero no para Norteamérica. Para mí es digno de admiración cómo Alemania, a pesar de los elevados costes salariales, consigue siempre seguir estando a la cabeza de las naciones exportadoras.

"Outsourcing" y "offsourcing", "externalización" y "deslocalización", son las palabras favoritas de los directivos norteamericanos desde hace décadas. ¿No cree que ya han pasado los tiempos de una industria norteamericana autosuficiente?

Necesitamos una especie de ruptura cultural y creo que el cambio ya está teniendo lugar. A Wall Street ya no se le considera tan glamuroso como antes.

Los negocios de los bancos vuelven a marchar a toda vela: se están moviendo otra vez miles de millones en bonos...

Es realmente sorprendente lo rápido que algunas personas olvidan y vuelven a los mismgos negocios de antes. El ambiente dominante de que la crisis ya ha pasado no hace más que acentuar ese comportamiento y nos dificulta llevar a cabo reformas en un país políticamente hecho añicos como es el nuestro.

En el resto del mundo se espera, hasta ahora en balde, una postura clara por parte del Gobierno estadounidense para la reforma del sistema financiero.

Crecí en un mundo donde el liderazgo norteamericano era importante y, en mi opinión, también constructivo. Si, como dice usted, de verdad se aguarda nuestra palabra, sólo me queda esperar que la expresemos con claridad.

Usted mismo se ha expresado con bastante claridad sobre el tema de las necesarias reformas financieras. Lo que más le gustaría sería acabar con los grandes bancos, ¿no es cierto?

Acabar con ellos es difícil. Digamos, mejor, desmontarlos. En mi opinión, los bancos deberían mantenerse cada vez más alejados de los mercados de capital, de esa forma se volverían automáticamente más pequeños y mucho más manejables en situaciones adversas.

¿Qué pretende prohibirles exactamente?

Deberían mantener las manos alejadas de los fondos de capital de riesgo, de lo "equity funds", de los mercados de futuros y, sobre todo, del llamado "propietary trading", esto es, invertir y especular sin el encargo de los clientes. Este tipo de negocios provoca conflictos de intereses.

¿La banca, por lo tanto, debería volver a ser cabal y prudente?

Un poco sí, por qué no. El negocio bancario, de por sí, ya está lleno de riesgos. Tal y como yo lo veo, aún les quedaría un buen número de actividades interesantes, desde las acciones hasta la gestión de inversiones. Simplemente, no quiero que los bancos se dediquen a productos financieros enormemente complejos, difíciles de entender hasta para sus directivos.

Los grandes planes para implantar una regulación estricta de los mercados financieros se han ido diluyendo a lo largo del tiempo. ¿Por qué el Gobierno estadounidense ha perdido tan pronto su impulso reformador inicial?

Yo me esfuerzo en combatir esa progresiva disolución con mis propuestas. En cualquier caso, necesitamos un amplio consenso internacional para llevar a la práctica esas reformas.

Cuando se puso al frente de la Reserva Federal, esta institución era parte de la solución. Hoy, por el contrario, con su política de dinero fácil, se la vería más bien como parte del problema. ¿Con razón?

Al principio de la crisis financiera hubo que inyectar una enorme cantidad de dinero para sostener la economía. No había otra alternativa. Eso no es del gusto de todo el mundo. Y, de hecho, ahora hay que pensar cómo encontrar el camino de vuelta a los comportamientos normales.

En el Congreso estadounidense, lo que se ha pensado es limitar las competencias e incluso la independencia de la Reserva Federal.

Una pérdida semejante de independencia o autoridad de la Reserva Federal sería una cuestión extremadamente grave para Estados Unidos. En este caso no se trata sólo de política monetaria, sino de nuestro papel en el mundo. La gente vuelve su mirada hacia las organizaciones fuertes, influyentes. La Rerserva Federal es una de esas instituciones de prestigio mundial. Si ve recortada sus atribuciones, seguro que nos acabaríamos arrepintiendo.

Pero la Reserva Federal ya no es la institución independiente que era en su época. Con el curso de la crisis se ha ido convirtiendo paulatinamente en un instrumento del Gobierno.

Se han permitido cosas con las que antes la Reserva Federal no habría querido tener nada que ver. Seguramente, la mayoría de los bancos centrales no se habría atrevido. Si se quiere conservar la independencia, y en esto estoy de acuerdo con los críticos, en el futuro hay que mantenerse alejado de esas cosas. Este tipo de actuaciones sobre el mercado sólo está justificado en casos de extrema necesidad.

¿Cómo pinta el futuro de la todavía mayor economía del mundo?

Como estadounidense, tengo que ser optimista. Pero en nuestro sistema político existen algunos trastornos funcionales que no hay que pasar por alto. Ser optimista es un reto constante.