Bob Dylan: Los últimos años del mito


Los últimos años nos han devuelto al Bob Dylan mito. A esa leyenda forjada en la década de los 60 que fue mucho más que un icono musical. Una colección de excelentes discos ha obrado el milagro de la “resurrección” artística de Dylan. Unos álbumes que repasamos en este artículo


JUANJO ORDÁS
Efe Eme




La resurrección que Dylan experimentó mediante “Oh mercy” (su disco de 1989 y que él mismo bien narró en su libro “Crónicas”) fue solo la punta del iceberg. A este le siguieron un homenaje masivo en el MSG, un trabajo de buen nivel como “Under the blood red sky” y los interesantes “Good as I been to you” y “World gone wrong”, sus primeros discos folk desde 1964 (¡Dylan de nuevo solo con su guitarra cantando versiones ajenas!). A esto hay que sumar un necesario MTV Unplugged, que presentó la leyenda a las nuevas generaciones hipnotizadas unos pocos años antes por los sonidos acústicos de Nirvana.

Pero todo este material fue un simplemente el preámbulo. Dylan comenzó a firmar sus producciones bajo el pseudónimo de Jack Frost (tan solo se apoyó en Daniel Lanois para “Time out of mind”, cuya primera colaboración fue “Oh mercy”), grabando auténticas delicias.

“TIME OUT OF MIND” (1997)

Crepuscular y atmosférico, “Time out of mind” es un disco más natural que meditado. La mano del productor Daniel Lanois revistió las nuevas canciones de Dylan en siete años de un ambiente entre terrenal y etéreo. Y es que uno puede imaginarse a Dylan y sus músicos tocando en cualquier lugar salvo en un estudio de grabación, acariciando las canciones con enérgica relajación, con severa suavidad. No es nada nuevo decir que “Time out of mind” es magnífico, un ente musical parido por una figura mítica que regresaba, finalmente, a lo más alto de la torre de la canción.

La melancolía tiñe el trabajo de principio a fin. A nivel lírico, Dylan toma el dolor sentimental y la mortalidad como temas principales, dando con letras desgarradoras en las que abre su alma de par en par, un alma dolida pero sanada por el exorcismo musical. El inicio con ‘Love sick’ no deja lugar a segundas interpretaciones, sosteniéndose sobre unas intermitentes y fantasmales notas, su vieja, nasal y rota voz, más hermosa y verdadera que nunca, aulla: “Estoy caminando/A través de calles muertas/Caminando/Contigo en mi cabeza”. Primera confidencia, primera canción memorable de las once que forman el disco.

A nivel musical, el de Minessota juega tocando tres palos: El blues (‘Million miles’, ‘’Til I felt in love with you’), el rock dinámico (‘Dirt old road’, ‘Cold irons bound’, ‘Can’t wait’) y la balada romántica (‘Make you feel my love’, ‘Standin’ in the doorway’), todos ellos géneros investidos de un espectral barniz. Es complejo escoger una canción que resuma un disco tan magnánimo, pero qué duda cabe de que la lenta ‘Not dark yet’ es uno de los grandes momentos, una mirada a la mortalidad, a una vida aún por finalizar pero cuyo sendero se ha recorrido en gran parte.

Todas las canciones de “Time out of mind” parecen ser capaces de tirar de los invisibles hilos que mueven el corazón, removiendo el alma con cada una de sus notas, con cada una de las palabras que Dylan pronuncia, como una suave brisa.

El punto final (solo antes de volver a escucharlo de nuevo, claro que sí) llega con ‘Highlands’, una pieza narrativa de dieciséis minutes de duración, en la cual Dylan demuestra que, tras una generosa cantidad de canciones, es capaz de continuar reteniendo al oyente todo el tiempo que le plazca. Quizá no se quiera quedar solo y sabe que ninguna compañía mejor que la suya a nivel musical.

“LOVE AND THEFT” (2001)

Disco totalmente distinto a “Time out of mind”. Esta vez, Dylan plantea un viaje a través de la Norteamérica de principos de siglo veinte, esta vez con bastante ironía y mucha más luminosidad que en su predecesor. Así, el rock and roll sale fortalecido con canciones como ‘Tweedle Dee & Tweedle Dum’ o la cincuentona ‘Summer days’ (ambas superiores en energía a ‘Dirt old road’ su precursora en “Time out of mind”) aunque no fuera el género principal. En “Love and theft” Dylan le entra con ganas al vodevil y al cabaret en ‘Bye and bye’ y en ‘Floater (too much to ask)’, al blues una vez más como forma de expresión (‘Lonsome day blues’) y al folk prehistótico (‘High water’) casi desde una perspectiva antropológica. Pero el Dylan melódico y enamorado se hace cargo de ‘Moonlight’, una delicada pieza de jazz vocal popular que parece compuesta en tiempos pretéritos. Al igual que en la folkie ‘Sugar baby’, en ‘Moonlight’ la reverberación en la voz de Dylan confiere un tono fantasmal a su interpretación que nos hace pensar en un espectral cantante vocalizando desde unos EE.UU. ya desaparecidos.

En su conjunto, el disco es inferior a “Time out of mind”, no forma un bloque tan sólido, aunque en absoluto se trata de una obra menor. Simplemente las canciones empastan menos entre sí, por lo que es más fácil que algunas piezas destaquen sobre otras. Tal es el caso de la sublime ‘Mississippi’ (el aporte más melancólico del disco, al fin y al cabo se trata de un descarte de “Time out of mind”), del salvaje rock ‘Honest with me’ (con un gran riff y una pulsación desenfrenada) y de ‘Po’ boy’ (un blues silvestre cuya sección rítmica se rompe y recompone a voluntad con Dylan como capitán del viaje). No, “Love and theft” no tiene la profundidad ni el empaque de “Time out of mind”, pero sí es más vigoroso y liviano.

Líricamente Dylan se exhibe menos, o al menos no tan a la vista. Evidentemente las letras están trabajadas, pero se sienten mucho más espontáneas (al igual que la música). Para tratarse de un disco luminoso, son varios los enigmas que encierra. ¿Quiénes son los hermanos Dun? ¿Quién es el enamorado en ‘Bye and bye’? ¿Acaso no se trata de una persona? Todo mientras es obligado reparar en los paisajes descritos en la poética ‘Moonlight’.

“MODERN TIMES” (2006)

Otro disco magnífico. Esta vez más contundente que los dos anteriores, con un sonido más robusto y grueso. De nuevo, se revisitan musicas antediluvianas pero esta vez desde una perspectiva mucho más rockera.

Dylan, cada vez parece disfrutar más incluyendo unas pocas piezas en las que, en cierta forma, se acerca a los planteamientos del crooner. En este caso, se basa en una vieja canción de Bing Crosby para crear ‘When the deal goes down’ (hablar de plagio es estúpido) y regala también un nuevo vodevil como es ‘Spirit on the water’ (que se podría situar tranquilamente en “Love and theft”) y un jazz vocal en ‘beyond the horizon’.

Claro, que hablamos de un disco de rock and roll que saltea las piezas más delicadas con potentes latigazos. La inicial ‘Thunder on the mountain’ vibra con fuerza (incluso se pueden escuchar dos solos de guitarra al unisono), igual que ‘Rollin’ and tumblin’ y ‘Someday baby’. En parte, Dylan retoma la tradición blues de reescribir canciones y adueñarse de ellas, nada extraño ni reprochable, especialmente cuando la originalidad pesa tanto como en este caso. Sí es cierto que el músico basó algunas frases en poesías del escritor del siglo diecinueve Henry Timrod, ¡pero no dejaban de ser unas pocas frases readaptadas!

Al margen del rock and roll, “Modern times” gana la profundidad de la que “Love and thef” adolecía gracias a tres piezas de gran calado emocional. ‘Working ma blues # 2’, ‘Nettie Moore’ y ‘Ain’t talking’ son liberadas en la segunda mitad del disco, dotándole de una ingente sensibilidad. Se trata de canciones melancólicas, tristes y taciturnas, tres canciones que demuestran que Dylan no solo disfruta poniéndole letra a viejos géneros, sino que aún es capaz de componer enormes canciones. El resto de las canciones son el nervio y hueso del disco, pero esta triada era el alma.

Líricamente, Dylan escupe frases con su clásico fraseo, con su rapidez y habilidad. Letras entre la energía y el romanticismo, reflejando la figura del viajero en que se ha convertido gracias a vida gitana de su Never Ending Tour, añorando, explotando, viviendo y sintiendo. Se aprecia la distancia del ser querido, el orgullo de la carretera, sin dejar de lado la mortalidad. El nuevo y viejo decálogo, cada vez más romántico.

Un punto importante es su nueva querencia por el piano. En las fechas anteriores a la grabación del disco –se supone que por una lesión que le impedía tocar la guitarra– ya se presentaba en escena sobre las teclas y en este trabajo también se encarga de ellas con bastante soltura.

“TELL TALE SIGNS” (2008)

No es el único recopilatorio de rarezas que Dylan ha editado durante su nueva juventud (de hecho es el volumen ocho) pero sí es el que abarca las piezas sobrantes de los discos que nos ocupan. Se trata de un doble CD (triple en su edición de lujo) que aglutina auténticas joyas desde las sesiones de “Oh mercy” hasta las de “Modern times”. Sorprende que Dylan apartara algunas de estas canciones del disco de turno, aunque no es la primera vez que deja fuera de la edición oficial grandes canciones. En cualquier caso, “Tell tale signs” es una envidiable muestra de poderío y genio. Las versiones de ‘Dignity’ superan a cualquiera que se haya editado antes, ‘Most of the time’ es muchísimo mejor que la que hizo en “Oh mercy”, igual que la versión incluida de ‘Someday baby’, aún más interesante que la que registró en “Modern times”.

Es interesantísimo escuchar las versiones de ‘Mississippi’ y contemplar como la canción probó distintos atuendos, disfrutar de canciones inéditas (‘Red river shore’, ‘Dreamin’ of you’), revisitar la desnudez de ‘World gone wrong (’32-20 blues’)’ y celebrar temas desperdigados en bandas sonoras. También se incluyen excelentes tomas en vivo –incluyendo versiones como ‘Cocaine blues’– que hacen anhelar un doble en directo.

No tendría sentido comenzara escuchar al “nuevo Dylan” con este “Tell tale signs”, aunque sí es el complemento ideal a los discos comentados hasta este punto.

“TOGETHER THROUGH LIFE” (2009)

Se acabó el muestrario antropológico musical. Ahora es el turno del rock sucio y grasiento, del rock tabernero. “Together through life” es un trabajo fronterizo, con un pie en México y otro en EE.UU., podría decirse que es el disco de cantina de Dylan, quien para la ocasión coescribe todas las letras junto a Robert Hunter (letrista de Grateful Dead) a excepción de una canción. No es un disco tan sumamente brillante como sus tres predecesores, aunque se trata de un buen trabajo, tan espontáneo como “Love and theft”.

El arranque es brutal, con el denso groove de ‘Beyond here lies nothing’, una canción de tasca de carretera con la que se da el pistoletazo de salida a un disco con cierto leve toque cinematográfico. No en vano, la chispa del álbum se encendió por un encargo que el Director Olivier Dahan le hizo a Dylan, petición que se materializó en la canción ‘Life is hard’ pero que provocó la llegada de nuevas compañeras que dieron forma a un disco entero.

“Together through life” tiene el mérito de introducir nuevas sonoridades en el universo musical dylaniano, y es que el acordeón de David Hidalgo (Los Lobos) se incorpora como instrumento de refencia a lo largo de todas las canciones (‘If you ever go to Houston’ es un buen ejemplo), al igual que la guitarra de Mike Campbell (Tom Petty and The Heartbreakers). Esto aporta un nuevo sabor a canciones bien construidas (la taciturna ‘Forgetful heart’ es colosal, quizá la mejor del disco) que navegan a ratos entre litros de alcohol y sudor (‘Shake shake mama’).

Cuando la cantina cierra y la luz golpea los ojos llegan la soleada ‘If you ever go to Houston’, ‘My wife’s hometown’ y ‘Life’s hard’, esta última destacable por la sensible interpretación de un Dylan que sigue jugando con su faceta de crooner y que sorprende con registros inéditos en su voz.

Las canciones empastan entre sí a la perfección, unidas por cierta presión sonora, como si los instrumentos estuvieran a punto de chocar unos con otros en un espacio reducido. La forma en que llegan a doblarse acordeón y guitarras llega a ser magistral, aunque quizá el primero de los instrumentos llegue a saturar demasiado una pieza como ‘If you ever go to Houston’

Para comprender “Together through life” hay que voltear el disco y atender a su contraportada, con esos músicos mexicanos (¿texanos?) sentados alrededor de una mesa de madera. Mejor explicación, imposible.

“CHRISTMAS IN THE HEART” (2009)

Que Dylan recientemente se desmarcara con un disco navideño no es tan extraño como pueda parecer. “Christmas in the heart” documenta a un músico aportando su granito de arena a un tipo de grabación que en EEUU es un género en si mismo que puede dar grandes colecciones de canciones que, evidentemente, pierden su sentido más allá de las señalas fechas (puestos a citar algún ejemplo reciente, hace unos años los americanos Marah editaron un disco navideño francamente bueno). Y cuando uno abre el disco se encuentra a Betty Page como ilustre contraportada es obvio que este el maestro se ha tomado esta grabación como algo serio aunque alegre y distendido (algo corroborado por el reciente estreno del hilarante videoclip de ‘Must be Santa’).

Aquel que vea en este trabajo algo más que un divertimento se está equivocando, tanto los que creen que Dylan está siendo irónico como los que piensan que se trata de un típico deje yanqui. Ni lo uno ni lo otro, se trata simplemente de un disco ameno grabado con esa intención. Al fin y al cabo estamos hablando de folk, por muy atado que este a unas costumbres que, dicho sea, cada vez son más universales al margen de creencias religiosas.

Lo interesante de “Christmas in the heart” no solo viene de la mano de aquellos temas populares que Dylan se encarga de arreglar (‘Hark the herald angels sing’, ‘O’ come all ye faithfull’, ‘The first Noel’ y ‘O little town of Bethlehem’), sino de la forma en que conjuga su voz con la de las coristas. Y funciona , se trata de un repertorio de versiones de clásicos entre los que destaca ‘Do you hear what i hear’ aunque en ocasiones pueda ser extraño escucharle entonar ‘The little drum boy’. En cualquier caso, un buen ejercicio.

La doble maldición de Haití

MAURICE LEMOINE
Le Monde Diplmatique (Traducido para Rebelión por Caty R.)




«A la muerte le gustan los pobres», decía Le Monde diplomatique en febrero de 2005 tras el tsunami que acababa de golpear a Indonesia, las costas de Sri Lanka, el sur de la India y Tailandia. Es muy pronto para hacer balance del terremoto de 7 grados en la escala Ritcher que ha arrasado el país más pobre de América Latina, Haití, el 12 de enero. Pero se puede temer lo peor. Ahora se trata, urgentemente, de buscar y rescatar a las víctimas, llevar asistencia sanitaria a los supervivientes, habilitar refugios, proporcionar alimentos y agua y evitar las epidemias. La solidaridad internacional y la ayuda humanitaria de todos, de la ONU a Estados Unidos pasando por la Unión Europea -especialmente Francia, que no puede desentenderse de su deuda histórica con la isla- o América Latina, se moviliza según (o no) sus posibilidades.

Otra vez el seísmo golpea una región del globo poco respetada por los fenómenos naturales. En 2008, Haití ya sufrió el infierno de cuatro huracanes tropicales –Ike, Anna, Gustav y Fay-. No se pueden comparar con este terremoto, obviamente tan imprevisible como imprevisto, difícil de anticipar. Sin embargo, surge la primera pregunta: ¿Por qué durante esos huracanes, que las arrasan de la misma forma (con consecuencias económicas desastrosas), en Haití hubo que lamentar setecientas noventa y tres muertes y «sólo» cuatro en Cuba? Como un efecto de lupa, las catástrofes ponen de manifiesto el estado «real» de las sociedades.

Una vez pasado el choque inicial y la conmoción, los gobiernos, ONG, instituciones internacionales y medios de comunicación se dedicarán, todos a una, al tema de la «reconstrucción». Si es que se puede emplear el término «reconstruir» en un país que carece de todo.

Pero, ¿de qué reconstrucción hablarán? Después del huracán Micht, que en octubre y noviembre de 1998 se cobró casi diez mil vidas y cientos de miles de damnificados en América central, los movimientos sociales avanzaron la idea de vincularla a un nuevo tipo de desarrollo destinado a reducir la vulnerabilidad social. El tiempo se ha encargado de demostrar que desde entonces no se ha hecho nada en ese sentido. El único intento, emprendido mucho después por el presidente hondureño Manuel Zelaya, acabó por el golpe de Estado del 28 de junio de 2009…

A una clase política haitiana amenazada por el espectro de la autodestrucción, y que no está exenta de responsabilidad en el estado calamitoso del país, ¿quién le va a leer la cartilla? ¿Las instituciones financieras internacionales que han demorado el proceso de anulación de la deuda a pesar de los problemas a los que ya se enfrenta la población? ¿Washington, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Interamericano de Desarrollo, etcétera? ¿Los países denominados «amigos» que cínicamente han empujado al descenso a los infiernos a la sociedad haitiana?

Desde 1984, el FMI obligó a Puerto Príncipe a liberalizar su mercado. Los escasos y últimos servicios públicos se privatizaron negando el acceso a ellos a los más necesitados. En 1970, Haití producía el 90% de los alimentos que consumía, actualmente importa el 55%. El arroz estadounidense subvencionado ha matado la producción local. En agosto y septiembre de 2008, el estallido de los precios alimentarios mundiales hizo que aumentaran su precio el 50%, lo que dio origen a los «motines del hambre».

Un cataclismo natural se puede imputar a la fatalidad. El vergonzoso e insoportable empobrecimiento de las poblaciones urbanas y rurales de Haití, no.

El 'dandy' y su fantasma


Una exposición en el Centro Galego de Arte Contemporánea parte de la personalidad y la obra de Beau Brummell, Oscar Wilde y Baudelaire para mostrar los rasgos y la vigencia del dandismo en el arte contemporáneo


VICENTE MOLINA FOIX
El País




El más famoso dandy de la historia, George Beau Brummell, murió pobre, sucio y loco en una humilde pensión de Caen, negándose hasta el último instante a ingresar en un asilo, mientras repetía a sus escasos benefactores: "No debo nada. No debo nada". Y en la fase final de locura -según cuenta Edith Sitwell, que lo catalogó entre sus ingleses excéntricos- el antes temido árbitro de la elegancia londinense pasaba las horas desastrado e inmóvil, haciéndose anunciar las amistades que creía ver agolpadas ante su cuartucho: la duquesa de Devonshire, el duque de Beaufort o el Príncipe Regente, después Jorge IV, que le admiró y protegió hasta que su paciencia con el insolente bufón cortesano llegó al hartazgo. Todos esos nobles y royals habían muerto ya, y el aire que entraba del rellano cada vez que el criado abría la puerta helaba aún más a Brummell, que no tenía dinero ni para encender el fuego. Aun así, su voz apenas audible hacía esfuerzos por corresponder a las atenciones de sus imaginarios visitantes, indicándoles que se sentaran en divanes inexistentes y probaran los dulces con los que el goloso dandy soñaba; así hasta las diez de la noche, hora en la que el sirviente hacía saber que los carruajes y los lacayos esperaban a sus señores frente a la mansión.

No todos los dandies han sufrido tan mal destino, aunque una muerte en la penuria o antes de tiempo contribuye mucho a forjar las leyendas del gran mundo. Durar poco o no mantener constantemente el brillo de la elegancia tienen por lo demás su lógica casi obligada en personajes cuyo renombre surge del más efímero y deslizante suelo que hay, el de la moda. Beau Brummell, frívolo e inconstante también en sus galanteos, murió a los 61, pero Lord Byron, que sintió siempre envidia por su contemporáneo, cayó antes de cumplir los 36 combatiendo por la independencia de Grecia, después de haber llevado una vida amorosa incontable. Con todo, no le faltó al autor de Las peregrinaciones de Childe Harold una cualidad infalible entre los dandies: los celos mutuos. Hay testimonios de que al poeta con título nobiliario le mortificaba reconocer que Brummell, nieto de un comerciante y según malas lenguas (desautorizadas por la historia) hijo de un pastelero, vestía mejor que él, llegando a decir Byron, en un rapto de obsequiosa malicia, que la levita de Brummell tenía más pensamiento que su cabeza.

Pero no sólo el hábito del buen vestir hace al dandy. Balzac, que dedicó al asunto un minucioso tratado, sostenía que "para ser elegante es necesario gozar del ocio sin haber pasado por el trabajo". Brummell se ajusta perfectamente a esa definición, pues, salvo un corto periodo como militar, no se le conoce ocupación ni siquiera hobby más allá del esfuerzo de elegir vestuario y jugar a los naipes, un vicio que le llevaría a su ruina y exilio en Francia.

¿Quiénes son los dandies de hoy? He leído en algún sitio que David Beckham pasa por serlo, y quizá (me lo cuentan quienes saben de esto) su decadencia actual en los terrenos de juego reforzaría tal opinión, si pensamos en la sentencia de Baudelaire: "El dandismo es un sol poniente; al igual que el astro que declina, es soberbio, privado de calor y pletórico de melancolía". El rostro del bello durmiente Beckham retratado en vídeo por la artista británica Sam Taylor-Wood refleja tal vez una inquietud, una nube negra cruzándole la cabeza, pero yo diría que lo más dandy del futbolista sería su gusto por llevar ropa interior femenina. O los prolijos tatuajes sicalíptico-religiosos que se ha hecho, diez, por lo visto. Tatuarse la piel, siempre que no se caiga en la trillada voluta de catálogo que adorna los tobillos de tantos chicos, me parece un signo de disidencia narcisista equivalente -salvando las distancias- al clavel verde del ojal de Oscar Wilde.

Hace bastantes años, en el prólogo a la edición de una antología de textos franceses sobre el dandismo que publicó Anagrama, Salvador Clotas sugería, sirviéndose de un ocurrente cuadro sinóptico de nombres y caracteres, una ecuación inesperada, según la cual habría una línea dandy que iba de Cristo a Beau Brummell y desde Brummell llegaba al Che Guevara, quien indudablemente posee, y no parece perderlo con el tiempo y las revelaciones de su horrendo historial político, el halo del santoral demoniaco y los rasgos de una belleza agreste aunque estudiada. Así que es evidente que se puede ser dandy sin guardarropa. Más que la cantidad, importa la persistencia en un gesto, un símbolo o un color de vestido; el negro, tan destacado por Baudelaire, admite matices infinitos, y bien podría ser en su variedad el uniforme histórico de la milicia dandista.

Cuando contemporáneamente, es decir, después de Larra y de Alejandro Sawa y de Valle-Inclán, se ha hablado de dandies españoles, los nombres propuestos eran descorazonadores. Con todos mis respetos por los difuntos, creer que Antonio de Senillosa (con esas camisas de puños y cuello de distinto color al resto) o Francisco Umbral, el de las bufandas tricotadas, lo eran, significa confundir malamente el concepto, olvidando además el origen de la palabra, que empezó a usarse en su sentido actual a principios del XIX en Gran Bretaña, aunque se duda de que procedente del francés dandin (el que se contonea) o del inglés Jack-a-dandy, individuo gallardo y presumido. Como tantos términos aceptados después con orgullo por sus titulares, dandy tenía entonces, y la tuvo hasta bien entrado el siglo XX, una connotación ridícula.

Nunca se habla del dandy en femenino, a pesar de que, tras Baudelaire, las cosas más juiciosas sobre el dandismo las han escrito mujeres: la citada Sitwell, la filósofa francesa Françoise Coblence o Virginia Woolf. Esta última escribió un ensayo sobre Beau Brummell que es un prodigio de concisión e inteligencia; sin negar la profunda superficialidad de quien fue modelo de todos los dandies posteriores, Woolf le reconoce a Brummell, además de un gusto anticipatorio del camp, la suave perversidad del genio disconforme, relatando el dicho brummelliano, tan influyente en Wilde, de que si viera ahogándose en un estanque a un hombre y a un perro, sin dudarlo salvaría al perro, siempre que nadie le estuviese mirando a él. El fantasma de Brummell, escribe la autora de Las horas, "sigue circulando entre nosotros".

Se me ocurren varias figuras de dandy con personalidad de mujer, y no sólo en el entorno del grupo de Bloomsbury que rodeaba y continuó a la propia Virginia Woolf. En la Francia del XVIII, avant la lettre por tanto, hubo literatas que cumplen sin duda los requisitos, como los cumplen con un perfil muy moderno ciertas actrices del cine mudo y de después, empezando por Marlene Dietrich. La androginia, al menos de apariencia, no es absolutamente necesaria, pero ayuda: a Beckham y a Woolf, quien, no se olvide, creó con su Orlando un prototipo enigmático y elocuente del dandy eterno.

Una demanda colectiva responsabiliza a empresas transnacionales de crímenes del apartheid sudafricano


Ejecuciones extrajudiciales, tortura, detención ilícita prolongada y trato cruel, inhumano y degradante

AMY GOODMAN
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Un juicio colectivo sin precedentes está teniendo lugar en un tribunal federal de Nueva York. El juicio involucra a víctimas del apartheid en Sudáfrica que demandan a empresas que, según ellos afirman, colaboraron con el régimen que gobernó hasta 1994. Algunas de las empresas multinacionales acusadas son IBM, Fujitsu, Ford, General Motors y las gigantes del sector bancario UBS y Barclays. La demanda acusa a las empresas de “complicidad y/o participación consciente en crímenes cometidos durante el apartheid: ejecuciones extrajudiciales, tortura, detención ilícita prolongada y trato cruel, inhumano y degradante”. Los abogados pretenden el pago de 400.000 millones de dólares en compensación por los daños y perjuicios.

El difunto activista contra el apartheid, Dennis Brutus, fallecido apenas semanas atrás, es uno de los demandantes. En 2008 me dijo: “Se trata de discriminación consistente contra los negros basada en la raza, que da sus frutos, claro, en el pago de salarios de hambre. En algunos casos, las empresas contrataron espacios en periódicos para anunciar ‘Somos ciudadanos leales de Sudáfrica, aceptamos las leyes de Sudáfrica’. Entonces estaban declarando, en realidad, el hecho de que para ellos el apartheid fue un sistema muy bueno, y fue un sistema muy lucrativo”. Justo esta semana, en la que Estados Unidos conmemora el nacimiento de Martin Luther King Jr., celebra el primer aniversario de la asunción de un presidente afro-estadounidense y se encuentra en medio de un revuelo político a causa de la revelación de los comentarios racistas realizados en 2008 por el actual líder de la mayoría del Senado, Harry Reid, el tema racial aparece en un lugar central y este caso se convierte en más oportuno e imperativo.

La Ley de Responsabilidad Civil Extracontractual para Extranjeros (ATCA, por sus siglas en inglés) data de la época de la guerra por la independecia de Estados Unidos y permite que personas extranjeras presenten en Estados Unidos una demanda contra otra parte por presuntos delitos cometidos fuera de Estados Unidos en un tribunal estadounidense. En los últimos años se presentaron casos contra el trabajo forzado en un oleoducto en Birmania, el asesinato de sindicalistas en Colombia y el asesinato de activistas en el delta del Níger. Esta demanda afirma que el régimen del apartheid no podría haber sido exitoso en su opresión violenta de millones de personas sin el apoyo activo de empresas extranjeras.

Ford y General Motors construyeron fábricas en Port Elizabeth, Sudáfrica, donde Dennis Brutus se crió. Él me dijo: “Estaban utilizando mano de obra negra, pero era mano de obra muy barata porque había una ley en Sudáfrica que decía que los negros no podían unirse a los sindicatos, y tampoco se les permitía hacer huelga, entonces eso los obligaba a aceptar cualquier salario que se les pagara. Vivían en guetos, y en algunos casos, cerca de donde yo vivía, de hecho vivían en las cajas en las que habían sido enviados los repuestos desde Estados Unidos para ser ensamblados en Sudáfrica. Entonces había una localidad llamada Kwaford, que significa ‘el lugar de Ford’, donde solamente había cajas de Ford con el nombre Ford impreso”.

Lo mismo sucedió con IBM y Fujitsu. La demanda afirma que “Las fuerzas de seguridad sudafricanas utilizaron computadoras proporcionadas por IBM y Fujitsu para restringir el movimiento de personas negras dentro del país, para rastrear a no blancos y disidentes políticos y para buscar a individuos particulares con el fin de reprimir a la población negra y perpetuar el sistema del apartheid”. Se emitían libretas de ahorros para los sudafricanos negros, que el régimen del apartheid utilizaba para restringir el movimiento y rastrear a millones de personas, lo que durante décadas posibilitó la ejecución de arrestos políticos y desapariciones.

La demanda afirma que UBS y Barclays “financiaron directamente a las fuerzas de seguridad sudafricanas que llevaron acabo los aspectos más brutales del apartheid”. El Comité Especial de las Naciones Unidas contra el Apartheid afirmó en 1979 “nos enteramos hoy que más de 5.400 millones de dólares fueron dados en préstamo en un período de seis años para fortalecer un régimen que es responsable de algunos de los más atroces crímenes jamás cometidos contra la humanidad”. Varios bancos, entre ellos UBS, fueron sancionados por ayudar a los Nazis durante la Segunda Guerra Mundial, de manera que la demanda por reparaciones en el caso del apartheid tiene un precedente.

Uno de los abogados de la parte demandante, Michael Hausfeld, habló acerca del caso: “¿Qué tipo de sujeto es una empresa y cuáles son sus responsabilidades? No solo ante los accionistas sino ante la comunidad a la que sirven y donde hace negocios. Si las empresas pueden afectar vidas, empeorar la situación de una serie de personas de modo tal que esas personas son reprimidas o atemorizadas, como afirmamos que hacía el régimen del apartheid con los negros sudafricanos, entonces cualquier sujeto que haya proporcionado las herramientas para llevar a cabo la represión y el terrorismo debe ser responsable. Si no se establece este principio, entonces, aunque quizá no sea posible lograr plena justicia para las víctimas en Sudáfrica hoy, básicamente se está atribuyendo a la eternidad el hecho de que en el futuro uno jamás podrá hacer eso y las empresas pueden actuar con impunidad e inmunidad”.

Sudáfrica atravesó un histórico proceso tras el apartheid, la Comisión de Verdad y Reconciliación (CVR), encabezada por el Premio Nobel de la Paz, el Arzobispo Desmond Tutu. Miles de personas asumieron la responsabilidad de sus acciones, así como también muchas empresas sudafricanas. Ninguna empresa multinacional aceptó la invitación a hablar en la Comisión. Marjorie Jobson, directora nacional del Grupo de Apoyo Khulumani, uno de los grupos que presentó la demanda, dijo “los bajos salarios, las malas condiciones de vida, los albergues para personas del mismo sexo donde la gente era trasladada a sus territorios nativos para que solo pudieran venir a los pueblos contratados y vivir en albergues durante el año y regresar a su hogar tres semanas al año, y todas las cosas terribles que fueron construidas por las empresas – empresas sudafricanas y empresas internacionales – con la connivencia del gobierno sudafricano. Y ninguna empresa reconoció ningún tipo de complicidad por esos hechos violentos. Entonces, básicamente, cuando la Jueza Scheindlin dio su opinión en abril del año pasado, fue muy alentador ver que dijo que esto trata de concretar el trabajo inconcluso de la Comisión de Verdad y Reconciliación”.

La elección de Barack Obama, de padre africano, fue un momento histórico en la lucha contra el racismo. Pero a menos que los tribunales estadounidenses estén abiertos a enfrentar las faltas cometidas tanto en el pasado como en el presente, las empresas continuarán sientiéndose libres de ir al extranjero y lucrar con las políticas racistas y represivas.