Dale Hawkins, el 'rockabilly' de los pantanos


El autor de la canción 'Susie Q' no ganó nada con ella


MIGUEL CALZADA
El País




Delman Dale Hawkins, temprana estrella del rockabilly (fusión de rock and roll y country), murió el 13 de febrero, a los 73 años, en Arkansas. Cantante, guitarrista y productor de éxito, sus más de 50 años de carrera quedaron resumidos en una sola canción de dos minutos: Suzie Q, cuatro acordes de cadencia oscilante y una voz que gemía por el amor de una chica.

Hawkins vino al mundo durante la Gran Depresión, en 1936, en una de las zonas más pobres y apartadas de Estados Unidos: la pequeña comunidad agrícola de Gold Mine (Luisiana). En esta región de pantanos y caimanes, el pequeño Dale creció escuchando viejas baladas francesas, el gospel de las parroquias y las letanías blues de las plantaciones de algodón. Su padre, músico de country, murió en un incendio y al niño lo mandaron a estudiar a Shreveport, en las orillas del río Rojo. Allí, una radio local emitía las primeras canciones de Elvis Presley, que empezaba a agitar las conciencias y las caderas del Estados Unidos más profundo. En Shreveport lo que se llevaba era el swamp rock, rock de pantano, crisol de rock, blues y country del que Hawkins sería uno de los primeros y más importantes exponentes.

La canción por la que todavía se le recuerda, Suzie Q, fue grabada en 1957. Hawkins ensayaba con una guitarra que se había comprado con lo que había ahorrado vendiendo periódicos por la calle. Suya era la letra, pero el memorable riff era de James Burton, que más tarde tocaría en la banda del mismísimo Elvis. La grabaron en una mañana, pagando 25 dólares por alquilar un estudio. La canción comienza con un cencerro de vaca que suena insistentemente y al que se unen las cuerdas de Burton y los aullidos de Hawkins.

Todas las versiones

Pese a que fue un gran éxito, ninguno de los dos vería un centavo, pues la discográfica se quedó con todo. Suzie Q fue versionada, entre otros, por los Rolling Stones, The Velvet Underground y Bruce Springsteen, pero fue la Creedence Clearwater Revival, en 1968 y pasándola por el tamiz de la psicodelia, la que ayudó a ponerla otra vez de moda.

Pionero entre pioneros, Hawkins fue el primer blanco en tocar en el teatro Apollo de Harlem, catedral de la música negra, en el verano de 1957, cuando alcanzaba las listas de éxitos con temas como La-Do-Dada o Back to school blues. En la cima de su carrera, presentó un programa de televisión, The Dale Hawkins Show, con actuaciones en directo e invitados de la categoría de Dizzy Gillespie.

Al remitir la fiebre del rockabilly, decidió dejar la carretera y trabajar produciendo a grupos como The Uniques y The Five Americans. Hasta la década de los ochenta, cuando su adicción a las anfetaminas le obligó a retirarse a Arkansas, el que fue su hogar desde entonces. Cuando consiguió desengancharse, vivió algún tiempo de dar charlas motivacionales para ejecutivos y abrió una línea telefónica de ayuda para evitar suicidios entre adolescentes. En 1986, instaló un estudio de grabación en su casa y regresó a la carretera. Tenía 50 años y volvía a tocar en bares y fiestas de pueblo. Después de tres décadas sin componer nuevas canciones, sacó dos discos que recibieron buenas críticas: Wildcat Tamer (1999) y Back down to Louisiana (2007).

Aunque no quede rastro del tupé de Hawkins ni de su balanceo de piernas, en las radiofórmulas todavía se deja caer de vez en cuando Suzie Q, con su aparente inocencia rockabilly y esos versos que llevan repitiéndose medio siglo: "Me gusta como andas, me gusta como hablas, dices que serás verdad, dices que serás mía...".

Werner Herzog: ""No soy un superhombre, soy completamente humano"


Werner Herzog. Director. Más de 25 años después del rodaje de 'Fitzcarraldo', publica 'Conquista de lo inútil'


GONZALO DE PEDRO
Público




Pocas películas como Fitzcarraldo (1982) arrastran una leyenda tan maldita. Un rodaje que duró varios años, infernal, sacudido por todos los problemas imaginables para poner en imágenes la historia real de un empeño casi imposible: construir un palacio de la ópera en la selva amazónica peruana. Su director, Werner Herzog (Múnich, 1942), fue anotando, en una letra microscópica, sus impresiones de aquella larga y dolorosa etapa de su carrera. Esas notas en forma de diario se publican ahora bajo el título de Conquista de lo inútil (Blackie Books). Un libro con el cine como excusa. Un viaje por lo más humano de lo inhumano que llega a las librerías españolas.

Dijo que durante 20 años no se atrevió a volver sobre los diarios de rodaje de ‘Fitzcarraldo', ni tan siquiera para leerlos u hojearlos. ¿Qué le llevó a publicarlos?

No fueron 20, sino 26 años los que pasé sin verlos, porque me resultaba duro, doloroso. Quizás sea esa la razón. Conquista de lo inútil no es sólo un libro sobre el rodaje de Fitzcarraldo, el rodaje es una pequeñísima parte de este texto.

¿De qué diría que trata el libro entonces?

No deberías preguntármelo, pero diría que es un delirio febril y poético en la jungla. El cine es el punto de partida.

¿Y por qué le resultaba tan doloroso volver a recordar, o a leer, sus propias notas de rodaje?

Quien lea el libro se dará cuenta inmediatamente.

¿Entonces, por qué decidió publicarlos?

Mi mujer, Lena, me dijo que tenía que transcribirlos, porque yo en aquel entonces escribía en una letra microscópica, y nadie podía entender una sola palabra. Estaban escritos de tal manera que nadie nunca pudiera leerlos, ni tan siquiera con un microscopio. Tras 26 años, me resultó más fácil acercarme a ellos y transcribirlos, no técnicamente, quiero decir, algo que resulto bastante complejo, sino emocionalmente. Por otro lado, si los hubiera publicado por ejemplo en 1991, todo el mundo los hubiera interpretado en clave sensacionalista, por el contenido del libro. Ahora, todo el mundo puede ver que el lenguaje fue mi último recurso ante las catástrofes que me rodeaban. No fue la religión, no fue la amistad, no fue la música, ni la gente que me rodeaba, mi salvación fue el lenguaje.

Al volver sobre sus recuerdos, tanto tiempo después, ¿descubrió cosas que había olvidado o que recordaba de manera diferente? A veces la memoria reescribe los recuerdos.

No, no, no, guardaba todo de manera muy viva en mi memoria. Y en el libro hay un salto de casi un año, que fue tan horrible, tan doloroso, tan espantoso, que decidí no incluirlo.

Leyendo el libro y la acumulación de desgracias, y aún sabiendo que todas ocurrieron, por momentos parecen fruto de su imaginación.

Sí, pero ocurrieron. Cientos de personas que las vivieron conmigo, que las sufrieron y experimentaron conmigo pueden dar testimonio de que nada de lo que cuento es mentira.

No estoy sugiriendo que pueda ser inventado, simplemente, la suma de desgracias y quizás el tono, tan seco, pero tan preciso y literario, con el que están narradas puede hacer olvidar que estamos ante algo real.

Es cierto, no hay nada emocional, no hay romanticismo en el libro. Pero sí es importante señalar que el libro es poético. Es literatura. Durante mucho tiempo, en alemán, no ha habido nada similar a esto. Es literatura.

Se desprende del libro una constante presencia de la muerte, como si fuera un libro sobre la muerte.

Sí que es cierto. Pero no es un libro tan oscuro, o no sólo oscuro. Es un libro muy humano. Y es, además, una celebración de la vida, de la jungla, un desafío [dice en castellano] a la gravedad.

Mucha gente tiende a compararle con los protagonistas más extremos de sus películas, y en concreto con el de ‘Fitzcarraldo', por su obsesivo empeño en conseguir algo que parece imposible.

No me importa lo que piense la gente. Olvida lo que piensa la gente. Yo siembre tuve clarísimo que era posible. Tenía una visión diáfana. Y la película demuestra que era posible: el barco escaló y bajó la montaña. No soy estúpido y no me arriesgo a hacer cosas que sé que nadie podría lograr. Soy un profesional, y sé lo que puedo hacer y lo que no.

¿Y qué piensa cuando la gente le retrata como una especie de superhombre?

Fitzcarraldo no tiene nada que ver con superhombres. Al contrario, trata sobre en qué consiste ser realmente humano: sobre el empeño de llevar la ópera a la jungla, al lugar donde debe estar. Eso es profundamente humano. Yo tampoco soy ningún superhombre, soy completamente humano. Y el libro Conquista de lo inútil, en cada una de sus líneas, en cada página, apunta a algo profundamente humano.

El rodaje de ‘Fitzcarraldo' ha pasado a ser considerado uno de los más desastrosos de toda la historia del cine. Se tiende a comparar con otro que también fue bastante criminal: el de ‘Apocalipsis Now' (Francis Ford Coppola, 1979).

No se pueden comparar, ni las películas y mucho menos los rodajes. En el de Apocalipsis Now todo se resolvía con dinero, con mucho dinero. Y en Fitzcarraldo no había dinero. En un momento, tuve que cambiar unos botes de champú (y acondicionador de pelo) por tres o cuatro kilos de arroz. Y ese arroz me alimentó durante un mes.

Conocíamos al Werner Herzog director de ficción, al director de documental, e incluso al actor. ¿Con este libro descubrimos al Herzog escritor?

Creo que sí. En Estados Unidos, el libro se publicó en julio y ya se ha reeditado cinco veces desde entonces. Pensándolo bien, y aunque tengo más libros publicados, unos 10 o 12, como Caminando sobre hielo, los diarios de mi caminata entre Múnich y París, Conquista de lo inútil tiene más sustancia que todas mis películas juntas. Lo que quedará de mi trabajo no serán las películas, será este libro.

¿Tiene planeado escribir más libros?

Creo que debería hacerlo. Ahora mismo estoy demasiado ocupado con otras cosas, pero debería hacerlo, escucho una voz en mi interior que me dice que debería escribir más.

¿Por qué debería?

El ejemplo perfecto es este: hay una película, Fitzcarraldo, que tiene una vida, y luego está el libro, con una vida completamente diferente. Y no se pueden comparar, no puedo elegir, es como comparar viajar en coche o esquiar, son cosas bastante
diferentes.

¿Cómo alguien que defiende tanto el caminar como medio de moverse es capaz de vivir en Los Ángeles, donde nadie camina y todo el mundo usa el coche?

[Je, je, je, je]. Para viajar a pie hay que irse fuera, es cierto. Pero no me preocupa, porque gran parte del tiempo lo paso rodando, en la Antártida, en Tailandia, en Nueva Orleans, en Perú. Y con eso me basta.