Obama expulsa a un 46 por ciento de inmigrantes 'sin papeles' más que Bush






PABLO PARDO
El Mundo


¿Se cree Obama que tiene garantizado el voto latino? Si es así, el presidente de EEUU podría llevarse una sorpresa muy desagradable en 2012. Porque el actual presidente no ha logrado avanzar un milímetro en la reforma de inmigración, y el malestar entre esa comunidad está disparándose.

Por un lado, la reforma de la inmigración, uno de los pilares de su agenda, está completamente aparcada en el Congreso, donde la reforma sanitaria ocupa toda la actividad y, además, la reforma energética del presidente—su próximo gran proyecto político—está empezando a ser torpedeada por sus propios correligionarios demócratas antes siquiera de que empiece a ser debatida seriamente.

Pero hay datos oficiales que avalan que la actual Administración estadounidense es mucho más dura con respecto a los inmigrantes que su predecesora. Según la Memoria Anual del Departamento de Seguridad Interior, el número de extranjeros ilegales devueltos a sus países se incrementó en un espectacular 46% en el primer año de presidencia de Obama.

De acuerdo a ese informe, en el año fiscal 2009 fueron expulsados 387.790 extranjeros de EEUU, frente a los 264.503 de 2008. El año fiscal estadounidense comienza el 1 de octubre, con lo que esas cifras comprenden desde esa fecha hasta el 30 de septiembre. Durante 8 meses y 11 días del año fiscal 2009, Obama fue el presidente de EEUU.

Pocas esperanzas

Y las cosas no van a cambiar. El documento explica que las autoridades “excedieron en 40.000 [personas expulsadas] su objetivo, y tratará de alcanzar un nivel similar o superior de expulsiones en el año fiscal 2010.

La respuesta de Obama, entretanto, ha sido de una enorme pasividad. El presidente se reunió ayer con los senadores Chuck Summer (demócrata) y Lindsay Graham (republicano) para tratar de sentar las bases de una ley “bipartidista” que resuelva el atasco en el sistema inmigratorio de EEUU.

La respuesta de las organizaciones de inmigrantes, en particular de los latinos, no ha sido tan cauta. La semana pasada, 350 miembros de organizaciones afiliadas al Consejo Nacional de la Raza—el principal 'lobby' hispano en EEUU—se reunieron en el Congreso con una serie de legisladores para expresarles su malestar con la actual situación.

La Raza también ha colgado en internet un duro vídeo contra Obama que arranca con la leyenda: “A veces estamos tan ocupados que nos olvidamos de las promesas que hicimos”. El 21 de marzo está prevista la ‘Marcha por América’, una gran manifestación en Washington a favor de la reforma.

Obama logró el 67% del voto hispano en 2008, ocho puntos más que John Kerry en 2004. Esa comunidad acudió en masa a las urnas a pesar de las tradicionalmente malas relaciones entre los latinos y los afroamericanos, y el voto inmigrante fue suficiente para que Obama ganara en Colorado, Nevada, Nuevo México y Florida.

Toda la vida trabajando


ÁNGELES CASO
El País


Hacia 1670, la ciudad de Florencia realizó un censo de población. Los pliegos minuciosos de ese catálogo ofrecen un dato que, observado desde los estereotipos de nuestra mentalidad, resulta sorprendente: el 73% de las mujeres de más de 12 años trabajaba.

Más asombrosa aún parece la lista de oficios que desempeñaban, según consta en ese censo y en otros muchos realizados a lo largo de los siglos en las ciudades europeas: esas trabajadoras no eran sólo criadas, bordadoras o costureras, siguiendo la tradición que asocia a las mujeres a las tareas que emanan del ámbito doméstico.

En el París de finales del XIII, por ejemplo, las mujeres participaban en 86 de las 100 profesiones mencionadas en el famoso Livre des métiers (Libro de los oficios). En el siglo XV, el sector de la construcción de Würtzburg estaba dominado por ellas (2.500 jornaleras de albañilería y carpintería frente a 750 jornaleros), y en otras muchas ciudades era habitual la presencia de muchachas fuertes y vivaces golpeando en las forjas o conduciendo las carretas.

La idea de que las mujeres han permanecido durante toda la historia recluidas en sus casas, cuidando devotamente de sus hijos y maridos y ocupándose de la comida y la limpieza, no deja de ser una visión errónea difundida por los patriarcales historiadores del siglo XIX, partidarios como buenos burgueses del mito del "ángel del hogar". Ese mito, que triunfó como ideal de las clases medias alentadas por el capitalismo, fue mantenido durante décadas por una historiografía de visión limitada, que centró su interés casi en exclusiva en los grupos dominantes, es decir, los poderosos y los ricos, y de entre ellos, preferentemente, los varones.

Por supuesto que las damas privilegiadas no trabajaban: las manos finas y suaves, no alteradas por ninguna actividad que significase esfuerzo, fueron siempre símbolo del esplendor familiar. Pero la inmensa mayoría de la población, a lo largo de los siglos, no ha sido ni rica ni poderosa. Y ahí las mujeres trabajaron siempre, por deseo y costumbre y también por necesidad.

Sabemos que en el campo -donde han vivido la mayor parte de los europeos hasta tiempos recientes-, las mujeres se han esforzado tanto como sus maridos. Pero también en las ciudades han ejercido toda clase de profesiones. En la sociedad pre-industrial, donde la producción se basaba en células familiares, a menudo compartían el oficio con sus padres y esposos. Eran taberneras y hosteleras, buhoneras y vendedoras. Eran artesanas de todo tipo. Costureras y orfebres, sombrereras y zapateras. Hilanderas y tejedoras. Lavanderas y planchadoras. Actrices, cantantes y bailarinas. Curanderas y parteras. Celestinas y prostitutas. Y criadas por millones, formando auténticos ejércitos de niñas y mujeres que nutrieron durante siglos -y aún lo hacen- los escalones más bajos del servicio doméstico.

La Revolución Industrial transformó desde mediados del siglo XIX los modos económicos tanto como la sociedad. Las familias dejaron de ser los núcleos básicos de producción y los centros de trabajo se desplazaron lejos de los hogares, obligando a muchas mujeres a elegir -cuando se podían permitir elegir- entre ganar dinero o quedarse a cuidar de los niños y ancianos. Infinidad de jóvenes y adultas desprotegidas se vieron obligadas a trabajar en peores condiciones que nunca, ocupando los puestos menos remunerados de las oficinas, los grandes almacenes y las fábricas. ¿Acaso no conmemoramos hoy, en el Día de la Mujer, la muerte de 140 trabajadoras a principios del siglo XX, durante el incendio provocado de una fábrica textil de Nueva York? ¿Qué hacían esas mujeres trabajando? ¿Por qué no estaban en sus casas, como muchos historiadores y el tópico tan extendido quieren?

No es cierto, como se suele afirmar, que las mujeres se hayan incorporado al mercado de trabajo en tiempos recientes. La inmensa mayoría de cuantas han poblado la Tierra trabajaron toda la vida, deslomándose sobre las huertas y en los establos, quedándose ciegas ante los paños que bordaban para otras, despellejándose las manos en el agua helada, deshaciéndoseles la columna bajo el peso de las cestas cargadas de productos de los que ellas nunca gozarían.

Y todo eso, por supuesto, a cambio de mucho menos dinero que los hombres: como ejemplo con validez universal, el de las albañiles de Würtzburg, que ganaban una media de 7,7 peniques, frente a los 11,6 de sus compañeros varones.

Y, a la vez, obligadas a mantenerse alejadas durante siglos de la sabiduría y el poder, de las profesiones prestigiosas y bien remuneradas: el nacimiento a finales del siglo XI de las primeras universidades europeas, controladas a lo largo de mucho tiempo por la siempre misógina Iglesia, empujó sin miramientos a todo el sexo femenino al extrarradio económico e intelectual de la sociedad, condenándolo a ocupar sus rangos ínfimos o a optar por una odiosa dependencia.

Ése es el camino que hemos recorrido, decidida y firmemente, en las últimas décadas, el de la notoriedad profesional. Pero de trabajar, lo que es de trabajar, que no nos hablen, que de eso sabemos mucho desde siempre.

Ángeles Caso, licenciada en Historia del Arte y escritora.

Los pueblos piden al clero la devolución de bienes locales


Desde 1998, la Iglesia ha registrado cientos de propiedades, que habían sido financiadas por vecinos y ayuntamientos. El PP lo hizo posible gracias a su reforma de la Ley Hipotecaria



DANIEL AYLLÓN
Público



La Iglesia católica ha registrado más de mil propiedades en los últimos 12 años gracias a una norma franquista (la Ley Hipotecaria, de 1946) que el Gobierno de José María Aznar amplió en 1998. Inicialmente, su artículo 206 permitió a la Iglesia la inmatriculación (registro) de algunos bienes que carecían de propietario, a excepción de los "templos destinados al culto católico". En su primera legislatura, el PP retiró la excepción con el Real Decreto 1.867, sin llevarlo a debate en el Congreso de los Diputados. Gracias a esta ley, la Iglesia ha llegado a registrar catedrales por menos de 30 euros.

El privilegio se ha convertido en un problema para centenares de municipios en la última década, desde Alicante hasta Cáceres o León. La mayoría son pequeñas localidades, cuyos ayuntamientos y vecinos habían construido, financiado o mantenido propiedades abandonadas durante décadas y muy deterioradas.

El Registro de la Propiedad no detalla cuántas ha registrado la Iglesia desde 1998, ya que figuran a nombre de diversas instituciones. El único informe que existe lo realizó el Parlamento navarro en 2008, tras una consulta de Izquierda Unida. Entonces, se realizó un recuento de las inmatriculaciones de todos los juzgados de la región entre 1998 y 2007. El Arzobispado de Pamplona y Tudela había registrado 1.086 bienes, el 60% de los cuales son lugares de culto (iglesias, catedrales, ermitas ...). Hasta 1998, la Iglesia sólo había inscrito en el Registro de la Propiedad fincas urbanas y rurales.

El clero registró desde la catedral de Pamplona, en 2006, hasta templos de pequeños municipios como Pardesivil (León), en 2009. La basílica pamplonesa siempre fue sostenida con fondos públicos (la última inversión fue de 15 millones de euros). En la pedanía leonesa, con ocho habitantes en invierno, sus vecinos invirtieron 6.000 euros para reparar la ermita, abandonada hacía 35 años. Cada registro supuso entre 20 y 30 euros.

El Arzobispado de Pamplona y Tudela entiende que fueron una "obra y expresión admirable de las comunidades cristianas de los pueblos, que libre y voluntariamente, y con encomiable esfuerzo, quisieron crear y mantener esas instituciones y servicios". "La historia les debe, sin duda, una merecida gratitud", asegura en un comunicado. "Si quieren reclamar, los reclamantes deberían llevar al arzobispado a los tribunales. No queremos nada que no sea nuestro", insta el ecónomo diocesano y delegado episcopal para el patrimonio, Javier Aizpún. "Y, hasta ahora, ninguno lo ha hecho", apunta.

Registros en la sombra

Los municipios encuentran dos problemas para realizar estas reclamaciones en los tribunales: muchos tienen pocos habitantes y no saben cómo actuar y, el más importante, el respaldo legal con el que cuenta aún la Iglesia.

La Ley Hipotecaria permite realizar estas inmatriculaciones sin el conocimiento público. Su artículo 206 da un privilegio especial al clero para realizar los registros: "Basta con que el obispo dé fe de que el bien pertenece a la Iglesia, y no se requiere el visto bueno de ningún poder público ni notario", explica Belén Madrazo, directora de consumidores y usuarios del Colegio de Registradores de la Propiedad y Mercantiles de España.

De este modo, la Iglesia mantiene un poder, que le fue otorgado en la posguerra, y que le da un rango equiparable a un organismo público. "La mayoría de los ayuntamientos no se entera del registro hasta que han pasado unos años. Entonces, tienen que impugnarlo, demostrar que la Iglesia no es la titular y aportar una documentación que, en algunos pueblos, nunca ha existido", denuncia el profesor de Derecho Eclesiático de la Universidad Pública de Navarra, Alejandro Torres.

El especialista encuentra una posible salida legal al problema: la inconstitucionalidad del texto. "Si ninguna confesión tiene carácter estatal, ¿por qué los obispos pueden expedir certificaciones de dominio con titularidad pública? Todos los demás tenemos que acudir a un notario para inscribir nuestras casas".

El respaldo legal de una norma franquista

¿Por qué la Iglesia no necesita notarios?

“Se les supone la rigurosidad a ellos”, explica el Colegio de Registradores de la Propiedad y Mercantiles de España. Desde que se aprobó la Ley Hipotecaria en 1946, a los arzobispados les basta con alegar que una propiedad les pertenece “desde un tiempo inmemorial” para inmatricular fincas, edificios u otros espacios. Ni la administración pública ni los notarios tienen por qué verificarlo.

¿Quién equiparó su poder al de la Administración pública?

Para registrar terrenos y propiedades, Francisco Franco. En el caso de los templos, José María Aznar. La Ley Hipotecaria de 1946 permitió a la Iglesia católica (no a todas las confesiones religiosas) registrar propiedades que carecían de dueño. En 1947, el artículo 5 del Reglamento Hipotecario puso coto a la Ley Hipotecaria y excluyó “los templos destinados al culto religioso” de esta posibilidad. En 1998, el PP retiró esta excepción.

¿Cuánto le cuesta incorporar una propiedad a su patrimonio?

El precio que paga la Iglesia es de entre 20 y 30 euros. La Plataforma de Defensa del Patrimonio Navarro denuncia que por “el precio de una campana, sin conocimiento de los pueblos, al amparo de una ley antidemocrática, la diócesis se ha apropiado de más de mil bienes del patrimonio navarro”.

Las mujeres del Holocausto


Una exposición recuerda en Granada a las víctimas de la represión nazi

FERNANDO VALVERDE
El País




En febrero de 1945, la ciudad alemana de Dresde sufrió el golpe más duro de su historia. Cuando apenas quedaban dos semanas para la capitulación de la Alemania nazi, las bombas dejaron más de 100.000 muertos y redujeron la ciudad a ceniza en uno de los episodios más polémicos de la contienda. En el centro de aquella ciudad, a orillas del río Elba, se expuso por vez primera la exposición Manchas de luz: ser mujer en el Holocausto, que después de recalar en Viena ha llegado a Granada gracias al Centro Cultural Memoria de Andalucía.

La muestra, que permanecerá abierta hasta el próximo 31 de mayo de lunes a sábados, es fruto del trabajo del Museo del Holocausto (Yad Vasehm) de Jerusalén, que fue galardonado en 2007 con el Premio Príncipe de Asturias de la Concodia. Se trata de la primera vez que se muestra en España este material, relacionado con el testimonio femenino de los judíos asesinados por los nazis y que aborda la temática de la mujer a través de sus estrategias para sobrevivir.

A través de 17 proyecciones multimedia, el visitante se sumerge en la dimensión humana de una tragedia que conoce a grandes rasgos, pero que se agranda al conocer pequeños detalles, al personalizarse el dolor. Como explica la directora del Museo Yad Vashem, Judith Inbar, comisaria de la muestra, las mujeres que fueron recluidas en los campos de concentración "tomaron la decisión de no ser víctimas y lo consiguieron haciendo que cada momento fuera importante". Comprometidas con el grupo en el que se habían integrado, sus decisiones podían afectar a otras personas, lo que propició unas pautas de comportamiento que fueron diferentes de las de los hombres en las mismas circunstancias. "En la exposición puede verse cómo actuaron en cuestiones tan importantes como la feminidad, la alimentación, la amistad, la fe, la maternidad, el amor, la creatividad, el cuidado del prójimo, la vida cotidiana o la resistencia", añadió Inbar, para quien las mujeres tuvieron "una voz especial" dentro de aquella gran tragedia humana.

Más de tres millones de mujeres fallecieron víctimas del nazismo, como explicó Alicia Ramos, directora del Instituto de Estudios de la Mujer de la Universidad de Granada, que ha coordinado el montaje de la exposición en Granada. "Las mujeres, con pequeñas acciones, llenas de coraje, resistieron a los hombres. El Holocausto es una parte importante de las mujeres de Europa que no podemos olvidar", sentenció.

Desde que la conocida como "solución final" se puso en marcha con el propósito de terminar con los judíos, las mujeres fueron un objetivo primordial de la destrucción, dado su papel de procreadoras. La exposición, que repasa este exterminio, presta especial atención a lo ocurrido en diferentes campos de concentración, en especial a los dos situados en Auschwitz, el mayor de los creados por el nazismo, en el sur de Polonia. El campo llegó a convertirse en una ciudad sacada del infierno, o llevada a él. Entre 1941 y 1942, incluso disponía de orquesta para amenizar las veladas de los miembros de las SS. En 1943, bajo la supervisión de un oficial, llegó a conformarse una orquesta femenina cuya calidad se disparó desde el momento en que se hizo cargo de ella la directora y violinista Alma Rosé, que era sobrina de Gustav Mahler y una auténtica virtuosa. Durante el recorrido por la muestra pueden escucharse de fondo algunas de las piezas interpretadas por Rosé, que incluía en su repertorio fragmentos de óperas, valses de la familia Strauss, la Quinta Sinfonía de Beethoven o los Ensueños de Schumann. Esta última era una de las piezas favoritas del doctor Mengele.