"No guts, No glory". Airbourne, mucho más que un cliché


KEPA ARBIZU
Tercera Información




Hay algunos grupos que desde siempre han tenido que cargar con el estigma de que su estilo es muy repetitivo, y por monolíticas, acaban por sonar todas las canciones igual. Ejemplos hay varios, aunque suelen ser Ramones y AC/DC los dos nombres más recurrentes cuando se toca este tema. Es cierto que ambos utilizan unos parámetros muy definidos y poco dados al cambio o a extravagancias , pero también lo es que cualquiera que quiera profundizar en su sonido será capaz de encontrar diferencias o connotaciones entre unas y otras composiciones.

Airbourne es una banda joven procedente de Australia a la que se le achaca ser poco más que un clon de sus paisanos AC /DC. Así que todo lo anteriormente dicho se les suele aplicar a ellos, incrementado por el hecho de ser tildados de “copia”. Es cierto que el tono de voz de Joel O’ Keeffe puede sonar como una mezcla de Brian Johnson y Bon Scott y que muchas de las estructuras musicales guardan grandes similitudes a las de los hermanos Young. Sería injusto no decir que también son otras muchas influencias las que aparecen reflejadas en el sonido de los australianos, desde Rose Tattoo hasta Judas Priest por citar dos ejemplos.

Su segundo disco, recién editado, tiene la difícil tarea de mantener la fuerza de su antecesor, “Runinn’ Wild”, y por otra parte de conservar el nivel de éxito que han alcanzado. Comparados ambos, el actual mantiene las mismas coordenadas que el primero, su estilo, como no podía ser de otra manera, no tiene grandes cambios, si acaso por medio de la consolidación suena algo más duro y agresivo. Había ciertas dudas de la labor del productor, Johnny K, ya que es conocido por trabajar con grupos de un sonido “post grunge” bastante edulcorado (Staind, 3 Doors Down) y no se sabía muy bien cómo sabría tratar un rock tan clásico y descarnado. Viendo el resultado final su incidencia en el grupo no ha sido reseñable, manteniendo intacta su idiosincrasia.

El propio Joel O’ Keeffe, guitarra y voz, explicaba que “No guts, No glory” pretendía transmitir por medio de canciones el estilo de vida que lleva un grupo como Airbourne, basado en largas giras en la carretera, fiestas, alcohol y música a gran volumen. Como anécdota que sirve para ejemplificar lo dicho, los componentes de la banda se instalaron a vivir en el propio estudio de grabación. Pero todo esto, que no son más que palabras, queda refrendado desde el primer tema del disco “Born to kill”, construido con un sonido potente de guitarra y mucha energía.

Como es de esperar, hay un grueso de canciones que irremediablemente evocan a AC/DC, voz chillona y cruda, riffs robustos, estribillos coreables y un sabor en el fondo a viejo blues. Estas son las características que aparecen en temas como en el explosivo “Bottom of the well” (uno de los momentos estelares del álbum), “Chewin’ the fat” o “Steel town”.

El lado más heavy y salvaje lo reservan para composiciones como “Raise the flag”, donde la percusión y el bajo crean un ritmo muy “trotón” que le imprime mucha aceleración al resultado final, y que hace recordar a otros compatriotas suyos como son Rose Tattoo. “It ain’t over till it’s over”continúa con ese espíritu desbocado, aquí llevado hasta el último extremo en un tema sin un segundo de respiro como si de unos Motorhead a mil revoluciones se trataran. En “Armed and dangerous” asistimos a cómo la voz de O’ Keeffe literalmente se desgañita en otra canción de alto voltaje y con final apoteósico.

No hay duda de que Airbourne no aparecerá en las revistas y suplementos que promocionan la música como si de pases de moda se tratase, ni falta que hace. A pesar de sus limitaciones, de no inventar nada dentro del rock, aquel que crea con rotundidad en la frase “stoniana” de “It’s only rock and roll but I like it”, encontrará en este disco muchos minutos de disfrute.

'El buscavidas', obra capital del cine norteamericano


ADRIÁN MASSANET
Blog de cine




Claro que te emborrachaste. Tenías la mejor excusa en el mundo para perder. No hay ningún problema si pierdes con una buena excusa. Ganar, puede ser una gran carga. Puedes soltar esa carga cuando tienes una excusa. Lo único que tienes que hacer es aprender a sentir pena por tí mismo. Uno de los más populares deportes de interior: sentir pena por uno mismo. Deporte disfrutado por todos, especialmente los perdedores natos.”

- Bert Gordon

Este demoledor discurso, que es un mazazo de verdad incontestable, despiadado, demoledor, lo pronuncia un personaje fascinante, al que da vida el gran George C. Scott, un tipejo despreciable y ruin hasta extremos inimaginables, que se alimenta del talento y de la pasión de otros. Sin duda, hay muchos individuos abyectos como él en el mundo, que utilizan sin escrúpulos a cualquier pringao que nazca con un don, con el único objetivo de hacer dinero. Aquí, Gordon saca tajada, porque puede, y le da mucho dinero, primero del Gordo de Minnesota (inolvidable Jackie Gleason), y luego de Eddie Felson, al que llaman “el rápido”.

Sin duda, una de las películas más turbias, moralmente, y más sórdidas, visualmente, de toda la historia del cine americano. Su director, Robert Rossen, había sufrido el desprecio de sus colegas de profesión, por haberse ablandado y haber “dado algunos nombres”, en la infame caza de brujas orquestada por el demente senador McCarthy. Y en 1960 había regresado a su país, después de autoexiliarse a Europa. ‘El buscavidas’ sería su penúltima película como director. Y nunca estuvo tan descarnado, tan verdadero, tan impresionante. ‘El buscavidas’ cabalga junto a ‘The Searchers’, ‘El apartamento’ o ‘Sed de mal’.

En realidad, Eddie quiere vencer al que, en teoría, es el mejor del país. El Gordo. Seguramente no lo sea a un nivel profesional. Pero hay prestigios que en los bajos fondos tienen más valor que en la burguesa vida real. Y ese es uno de ellos, pues sus credenciales se acuñan con sangre y navajazos. Algo parecido a este duelo intentó hacer Curtis Hanson en la estimable ’8 millas’, con un primer duelo fallido, y la preparación para el segundo, que dura toda la película. Pero no llegó a esto ni por asomo, porque la tragedia de Eddie es, siempre, él mismo, y Paul Newman, interpretándole, logra una de esos milagros que se llaman belleza.

Creer en uno mismo

Es decir, estamos en una historia que va sobre creer en uno mismo. Pero además de eso, sobre amarse a uno mismo, que viene a ser idéntica cosa. Y a Felson eso no se le da muy bien, precisamente. El título original, ‘The Hustler’, no puede ser más estimulante. Aunque el español tampoco le viene mal a esta historia. Por muy buen jugador de billar que sea, Eddie se siente un perdedor, un deshecho, y eso nadie lo puede remediar, aunque el extraño ángel redentor personificado en la menuda figura de Sarah Packard (trágica Piper Laurie) lo intente una y otra vez, inasequible al desaliento.

Porque esto, en el fondo, es un relato mitológico. Por el alma de Felson pugnarán su despiadado “socio” (su dueño, con la correa de espinas bien apretada), el siniestro Bert Gordon, y la extrañamente dulce, extraviada y generosa Sarah, mientras él se debate entre uno y otro, y acaba perdiéndolo todo. Aunque, por supuesto, a Eddie siempre le restará una cosa para recompensar a su dignidad: vencer de una santa vez al Gordo de Minnesota. Pero como en todo relato trágico, lo importante no es que le venza, sino el camino que tiene que recorrer para darse cuenta de que puede hacerlo.

Dos partidas muy diferentes entre sí, aunque ambas duren varias horas, y manejen miles de dólares. Pero lo importante nunca fue el dinero, aunque Bert Gordon, que es el dueño de ambos, no se de cuenta. La mesa de billar como escenario mismo, en el que las pasiones y las redenciones tienen lugar y se fusionan, para dar sentido a una vida que, fuera de ese cuadrado, no tiene sentido ninguno. El billar no como lienzo, sino como marco de la expiación, de la culpa, de la fraternidad, de la miseria humanas.

Un estilo sobrio y conmovedor

Si Rossen hubiera podido desarrollar una carrera más fluida y más libre, seguramente su nombre ahora estaría al lado de Billy Wilder y Howard Hawks, por ejemplo. Pero ya no importa. Importa hablar de que ‘El buscavidas’ sí poseía una mirada libérrima y desesperanzada. La de un hombre que ya lo había vivido todo, y al que solo le quedaba un escalón más en su vida, el de la muerte, que escenificó en la lírica ‘Lilith’.

En ‘The Hustler’ Rossen se introduce con valentía estremecedora, brutal, en la vida de un hombre sin pasado y sin futuro, que vive el presente como puede, y que, según sus propias palabras, “no reconocería el amor ni aunque se cruzase con él en la calle”. Y lo hace apoyado en una memorable música Jazz de Kenyon Hopkins, que le otorga un acompasado ritmo, casi ligero, a la historia, con un profundo contraste con lo que está contando. Y, claro, la fotografía de Eugene Shuftan, cuyo blanco y negro tantos han querido imitar, y la dirección artística de Harry Horner, nos trasladan a un mundo sin esperanza, frío y descorazonador, con interior espesos, que se pueden cortar a cuchillo.

Rossen filma con unos encuadres de una precisión asombrosa, logrando una profundidad de campo pocas veces vista antes de 1961, pero imprescindible para poder contar las aristas emocionales de esta historia, y el desasogiego y la tensión de un jugador de billar y de un buscavidas. Hay algo teatral en su puesta en escena, pero algo que le beneficia: entregar a sus actores el protagonismo absoluto de la puesta en escena, en lugar de intentar asombrarnos con ella. La sobriedad es la norma, en la conquista de una conmoción para el espectador, que se nos sirve por la dolorosa verdad de las cosas que nos cuenta.

En el velódromo de la vergüenza



El filme 'La rafle', que recrea la detención de 13.000 judíos en París en 1942, reabre en Francia las heridas por la colaboración con los nazis



ANA TERUEL
El País


"¡Pero qué bonita es Francia!". El grito, sarcástico y repleto de indignación de un espectador, suena en la oscuridad de una sala de cine parisiense. En la pantalla corre el año 1942 y un gendarme francés propina una paliza a una mujer judía en un campo de retención en las afueras de París. La escena forma parte de La rafle (La redada), película estrenada en Francia la semana pasada. Dirigido por Roselyne Bosch, retrata por primera vez sin tapujos una de las páginas más oscuras -y durante décadas, tabú- de la historia reciente de Francia: la redada del Velódromo de Invierno de París, la mayor realizada en territorio francés y en la que fueron detenidos más de 13.000 judíos, la mayoría mujeres y niños.

La batida se inició a las cuatro de la mañana del 16 de julio de 1942. Durante dos días, los agentes franceses fueron casa por casa con la orden de "actuar con la máxima rapidez, sin palabras inútiles y sin ningún comentario". "Mi madre les suplicaba, pero yo me di cuenta de que no serviría de nada", recuerda en el filme Anna Traube, una de las supervivientes, que entonces tenía 20 años.

Los solteros fueron trasladados directamente a Drancy, al norte de París, escala previa a la deportación a los campos de concentración alemanes, mientras que las familias acabaron en el Velódromo de Invierno, entonces situado junto a la Torre Eiffel. "Era infernal, el ruido, la gente que lloraba, que gritaba, los niños que jugaban en la pista central", recuerda Traube.

Más de 8.000 hombres, mujeres y niños sobrevivieron sin agua ni comida hacinados durante cinco días en el Velódromo. Anna Traube logró huir gracias a la ayuda del responsable de saneamiento, Gaston Roques, y del médico judío de la Cruz Roja, David Sheinbaum, interpretado en la película por Jean Reno. Los que no pudieron escapar fueron trasladados a campos de detención y de ahí a Auschwitz. Del gigantesco Velódromo no queda ni rastro. Fue derruido en 1959 y sólo una pequeña placa conmemorativa da constancia de lo que ocurrió aquel verano de 1942. De la redada tan sólo queda una fotografía, en la que se ven los autobuses que transportaron a las familias.

Aquel traumático episodio no entró en los libros de historia escolares hasta la década de los ochenta. En 1995, el presidente Jacques Chirac se decidió a reconocer la responsabilidad francesa en la deportación de judíos. "La locura criminal del ocupante fue, lo sabemos, secundada por franceses, por el Estado francés", recalcó, en un histórico discurso. Al ser el primer filme en apuntar a la responsabilidad francesa, La rafle ha recibido un tratamiento especial. Profesores y alumnos han sido invitados a diferentes preestrenos, la productora prevé una serie de acciones didácticas y cuenta, entre otros, con el apoyo de la región parisiense.

Los diarios se han llenado de cronologías recordando la serie de redadas que se realizaron en Francia durante la II Guerra Mundial. La radio se ha abierto a los testimonios de los supervivientes y los principales canales de televisión han dedicado programas especiales a la salida de la película, aprovechando la ocasión para hacer un trabajo de memoria colectiva. La cineasta, de origen catalán, se ha nutrido de los testimonios de supervivientes como Anna -interpretada en la película por la joven griega Adèle Exarchopoulos- o Joe Weismann -el pequeño de 11 años, protagonista del filme y al que da vida Hugo Leverdez-, que logró escapar del campo de detención. La película recuerda así que los que llevaron a cabo la redada, aunque en territorio ocupado por los nazis, eran policías franceses bajo las órdenes del régimen colaboracionista del mariscal Pétain. Cierto es que el Gobierno respondía a la exigencia alemana de entregar un cupo determinado de judíos, pero suya fue la iniciativa de incluir en la redada, por primera vez, a menores de 16 años. De los 13.000 judíos detenidos, más de 4.000 eran niños. La motivación -recalcada en la cinta- no era otra que evitar cargar con el problema de los huérfanos.

Pero la obra también se esfuerza en honrar a los héroes que se arriesgaron para salvar la vida de sus vecinos, como una portera que avisó de la llegada de la policía, una pareja de prostitutas que salvó a una madre con su bebé o la enfermera Annete Monod, interpretada en la cinta por la actriz francesa Mélanie Laurent.