John Banville: «Siento que apenas he comenzado»


RODRIGO FRESÁN
ABC



Los escritores llevan tres vidas diferentes y a la vez complementarias: su vida privada, la vida de los libros que leen y la vida de los libros que escriben. Estos días, el irlandés John Banville (Wexford, 1945) acaba de regresar de un viaje y está a punto de emprender otro, disfruta de The Letters of Samuel Beckett 1929-1940, y le da los últimos retoques a The Infinities: «Una novela que transcurre a lo largo de un día de verano, en una casa en el campo en la que un anciano en coma agoniza. Su familia se ha reunido para despedirlo y, con ellos, también acuden los dioses junto al lecho del moribundo. Espero, como mínimo, que sea una obra maestra, un éxito de ventas y que me lleve hasta las puertas del Nobel, ¡ja!».

Pero Banville tiene, además, una cuarta vida. Y esa es la vida de Benjamin Black -alias transparente y escritor de policiacos-, quien ahora presenta su tercer thriller, tras El secreto de Christine y El otro nombre de Laura: El Lémur.

Alguna vez se refirió a Black como «mi gemelo idiota». ¿Cómo califica Black a Banville?

Como «el pretencioso».

Resulta comprensible, teniendo en cuenta que Banville siempre defendió el estilo por encima de la trama, mientras que Black?

A Black le preocupan cosas como argumento, personaje, diálogo. Yo, en cambio, trato de ir más allá de estas convenciones y concentrarme en la esencia. Es una cuestión de personalidades, de niveles. Un amigo me dijo el otro día que yo me convierto en Black por la misma razón que Beckett escribía en francés: pour ecrire sans style. Y puede que tenga razón. El seudónimo es mi manera de advertirles a mis lectores de que Black trabaja de manera diferente a la mía. No hay intención alguna de perpetrar una broma literaria à la Borges. Pero también es cierto que Black nació a partir de mi lectura de los romans durs -no los protagonizados por Maigret- de Simenon, a quien siempre consideré un maestro más que merecedor del Nobel.

Y aún así, ¿no siente que tal vez haya traicionado a Black obligándolo a escribir «El Lémur», una suerte de folletín por encargo de «The New York Times» donde el patólogo Quirke y el Dublín de los años 50 de los dos primeros libros brilla por su ausencia?

En absoluto: ni Black ni yo nos tomamos estas cosas demasiado en serio. El Lémur es un jeu d?sprit en el que ambos disfrutamos del desafío de producir quince capítulos de 1.500 palabras cada uno. Y también me divirtió descubrir lo poco que yo sabía del Nueva York contemporáneo. La idea surgió a partir de un documental sobre mi persona. Un día almorcé con el researcher encargado de «investigarme» y? El editor del New York Times me envió un e-mail invitándome a participar y no dudé en aceptar. Pensé que tendría que escribir un episodio a la semana y que enviarían un mensajero cada viernes para arrancarlo de la pantalla de mi ordenador, caliente y recién hecho. Me desilusionó un poco el tener que entregarlo -así lo especificaba el contrato con el periódico- todo por anticipado y no poder avanzar semana a semana, como en el siglo XIX. Pero me lo pasé muy bien y volvería a hacerlo. La parte técnica de la cuestión, el cómo ir dosificando los acontecimientos, me resultó un ejercicio apasionante.

Leyendo «El Lémur», de algún modo me pareció que su tema estaba más cerca de Banville que de Black.

No lo había pensado hasta ahora, pero es cierto. Tal vez debería reescribirla con estilo Banville. En cualquier caso, Quirke regresará en el próximo libro de Black, que planeo escribir este verano. En realidad, la protagonista será Phoebe, la hija de Quirke. Un personaje que me fascina. Mi agente asegura que estoy enamorado de ella, y tal vez esté en lo cierto.

En lo que se refiere al género policiaco, alguna vez hizo público su desprecio por Sherlock Holmes y Hercules Poirot.

Es que son imposibilidades, aunque admiro el genio de sus creadores. Las novelas pulp norteamericanas, en cambio, son sucias y desordenadas como la vida misma. Supongo que mi favorita entre ellas es El cartero siempre llama dos veces, de James M. Cain. Y las que Donald Westlake escribió como Richard Stark: elegantes como un abrigo de visón en una prostituta de doscientos dólares? Ya ve cuán fácilmente uno entra en clima.

Basta de Black y de sus intereses. ¿Cómo está Banville? Su último libro fue el muy exitoso «El mar»: ganador del Premio Booker y «best seller» que le cambió la vida y para cuya escritura dijo haber estado preparándose cuarenta años.

En realidad, cada libro que escribo es aquél para el que me he estado preparando. Pero está claro que el Booker me proporcionó muchos nuevos lectores. Dejé de ser «escritor de escritores». Y lo bueno de ganar el Booker es que ya no piensas más en la posibilidad de ganarlo, lo que es un gran alivio. Pero el problema continúa siendo el mismo, más allá del éxito. Y ese problema es el problema de la escritura. En realidad, siento que apenas he comenzado.

Y, sin embargo, ha declarado odiar todos sus libros y tener «la fantasía de pasar frente a una librería, chasquear mis dedos, y hacer que todos mis libros queden en blanco y poder empezar de cero otra vez».

Con eso quise decir que todos mis libros son un motivo de vergüenza. Mejores que los de cualquier otro, pero no lo suficientemente buenos para mí. Desearía que existieran otras vidas y otros mundos donde poder volver a escribirlos. Pero no se puede. Y la perfección tampoco es posible.

De alguna manera, todos sus personajes, más allá de los géneros, son «culpables» de algún «crimen». ¿Definiría sus libros como «thrillers» existenciales?

Todos los thrillers son existenciales de un modo u otro. Nada pone de manifiesto con mayor intensidad los dilemas existenciales que un crimen. La vida en sí misma es la gran aventura existencial. Una búsqueda de lo auténtico tanto en el mundo externo como en nuestro interior. Y la ficción intenta una y otra vez encontrar la esencia de «la vida misma».

Hay otro Banville -más allá de Black- que es el Banville que se dedica a reseñar libros. ¿Ha aprendido algo importante haciéndolo? ¿Comprendió algo nuevo a partir de alguna crítica de un libro suyo?

Lo único que he aprendido de reseñar libros es cómo reseñar libros. En cuanto a las críticas de mis libros, lo único que he aprendido de ellas es cuán resentidas, vengativas y miserables pueden llegar a ser las personas. Ya no las leo y fue un gran placer dejar de hacerlo. Fue como alcanzar un plano superior de ligereza y libertad. Aunque, por supuesto, mis amigos no dejan de comentarme las más negativas.

En una ocasión dijo que le interesaba observar «cómo las cosas se convierten en clásicos. El modo en que una película cursi en la que la gente viste ropa ridícula y dice cosas ridículas se transforma en algo sagrado». ¿Hay para usted algo que se esté convirtiendo en «clásico» de la literatura aquí y ahora?

Es difícil saberlo. Es una tarea que le corresponde a las generaciones que vendrán. Pero supongo que la trilogía de Frank Bascombe, de Richard Ford, será un clásico americano. Lo mismo que las novelas de Conejo, de John Updike, otro escritor al que tampoco puedo entender cómo no le dieron el Nobel. No estoy de acuerdo con la Academia en cuanto a la inferioridad de las letras norteamericanas. Es cierto, sí, que los novelistas estadounidenses no parecen preocuparse por las grandes cuestiones metafísicas que interesan a los novelistas europeos? Pero también es verdad que, a partir del análisis de lo cotidiano, los norteamericanos han generado una metafísica propia y personal.

...Lo que no ha impedido que le irrite un poco la proliferación de novelas que giran alrededor del 11 de septiembre de 2001.

Creo que debería declararse una moratoria de veinte años en lo que se refiere al 11 de septiembre de 2001 como materia novelesca. Basta con apreciar las grandes novelas del siglo XIX: eran todas novelas históricas, eran todas partes del pasado. Yo pienso que la Historia necesita un tiempo para convertirse en historias de las que la ficción pueda ocuparse. Y hay ocasiones en que ni siquiera todo el tiempo del mundo es suficiente. «El mundo imaginado es el bien definitivo»: no lo digo yo, lo dijo Wallace Stevens.

Alguna vez se evocó a sí mismo como un muy imaginativo muchacho de doce años que imitaba los relatos de «Dublineses», de James Joyce. ¿Sigue siendo importante Joyce para usted o ha sido suplantado por otro héroe?

Ahora que me lo recuerda, creo que yo debía de ser un poco mayor cuando tuve a Joyce por talismán: unos catorce o quince años. Pero con el tiempo -si hablamos de compatriotas- me fui inclinando más y más hacia la mordacidad despojada de Beckett.

¿Qué quiso decir exactamente con «los artistas no tienen realmente mucha experiencia vital. Lo que hacemos es mucho con la poca experiencia que tenemos»?

Hay una anécdota muy simpática y reveladora de W. H. Auden mientras cruzaba los Alpes junto a unos amigos. El poeta iba leyendo un libro, pero sus amigos no dejaban de lanzar exclamaciones de éxtasis ante lo majestuoso del paisaje. En un momento dado, Auden despegó la vista del libro, miró por la ventanilla del vagón de tren y regresó a su lectura diciendo: «Con una mirada alcanza y sobra». Y también está aquella declaración de Henry James en la que asegura que una mujer de buena educación que pasara por un instante junto a un regimiento tendría material suficiente para escribir una saga en tres volúmenes sobre la vida militar. Lo cierto es que apenas necesitamos de un atisbo de la realidad. La imaginación hace el resto.

Y puestos a imaginar, ¿puede imaginarse cómo será leído Banville en el futuro? ¿Y cómo Black?

Sí. En mis pesadillas veo un diccionario de escritores editado en 2080 donde en la entrada de John Banville se lee: «"Banville, John": ver "Black, Benjamin"».