Apocalípticos, videntes y profetas de Harold Bloom


Taurus publica 'La religión americana'




ÁLVARO CORTINA
El Mundo




Harold Bloom entiende que los EEUU arrastran una genuina obsesión religiosa. "Quizá ninguna otra nación haya rechazado la muerte con una intensidad comparable a la nuestra", escribe en 'La religión americana' (Taurus).

No ha contado América con los heresiarcas reformadores de la teología europea. El protestantismo de las viejas colonias pobló su siglo (el XIX) de visiones y aparatosas profecías. La teología no ha conocido allí un sólido cultivo doctrinal. Hablando de Smith y de la Ciencia Cristiana, Bloom cita las cartas de san Pablo y el Apocalipsis de san Juan, y la cábala hebrea, y a Emerson, pero sus analogías refieren más a Blake y a Swedenborg.

El ensayismo erudito del autor no es exactamente didáctico. 'La religión americana' es un repaso deshilvanado, iluminado, a ratos irónico, a ratos admirativo, repetitivo, inagotable, inasequible y sustancialmente genial. Pocas veces se leen cosas así. Antes de entenderle a Bloom se le admira por su literatura, rico en retórica, en ingenio, en gratuidad, y en sabiduría, muy por encima de los burdos tópicos que nos alimentan. Por encima de su argumento está su personalidad literaria. Antes que estudioso es un gran escritor, y su trabajo es antes un gran libro (audaz, confuso, inspirado, digresivo) que un cotejo cultista.

"El judaísmo normativo es la religión de la ley oral, la poderosa interpretación de la Biblia expuesta por los grandes rabinos en el siglo II de la era común. El cristianismo es la religión de los padres de la Iglesia y de los teólogos protestantes que rompieron con la Iglesia, y católicos y protestantes por igual se unieron a los sabios rabínicos al ofrecer interpretaciones definitivas que desplazaron las escrituras". Así, la religión americana, unida íntimamente al espíritu nacional, es la única puramente bíblica, por encima del credo y de las Iglesias: "incluso cuando presenta y exalta textos alternativos".

Y tan alternativos. Joseph Smith ("genio religioso", repite Bloom admirando al profeta) aporta la doctrina más original de todas. No desciende de ningún Wesley, ni de ningún Calvino, ni de ningún George Fox. Le fue revelado que América experimentó 1000 años de cultura hebrea de 600 a.C. a 400 d.C. Jesús, en esos 40 días y 40 noches antes de su ascensión de los que tan poco hablan los evangelios, apareció en América y repitió el Sermón de la Montaña. Como se ve, muchos siglos antes de Colón.

Bloom insiste en que el Cristo americano ("más americano que Cristo") no es el Dios sufriente de la cruz. La representación americana de la cruz es aséptica, es una cruz vacía. El Cristo americano es un Cristo resurrecto que el individuo conoce en sí mismo. En el fondo el americano considera su yo tan antiguo como el mismo Dios, y la creación y la caída son la misma cosa. Su preocupación es una vuelta a lo primigenio. Es ésta una religión de soledad, de conocimiento interior.

Smith defendía la poligamia y la suya es una suerte de teomorfismo. Se intituló a sí mismo Rey del Reino de Dios. En 1832 los vecinos de Hiram, Ohio, lo embrearon y emplumaron. El mesías y sus adeptos sufrieron un éxodo y levantaron templos. Su historia es épica y febril como la historia de la frontera. A los 38 años una milicia lo asesinó en Illinois. Su doctrina devino pueblo, y su Sión se levantó en Salt Lake City, Utah.

Por otro lado, el adventismo del Séptimo Día prendió después del 22 de octubre de 1844, cuando se pensó (con base en el Libro de Daniel) que el milenarismo llegaría (como también ha dicho Fernando Arrabal en televisión). Esto es: 1000 años de paz desde la venida de Jesús al Juicio Final. Tras la decepción, Ellen White empezó a tener visiones. A sus ojos, Satán era "como una especie de bribón de mediados de siglo, caído de la respetabilidad de la clase media".

Aritmética del apocalipsis

Muchos pregonaron el fin del mundo y después volvió a salir el sol. La última aritmética apocalíptica de los Testigos de Jehová culminó también en una sonora decepción. "Puesto que, de todos modos, la existencia humana acabó en 1975, todos somos póstumos". Ácido, Harold Bloom.

O los pentecostalistas, presos del éxtasis del Espíritu Santo."El siglo XX se inició el 1 de enero de 1901 en Topeka, Kansas, donde Charles Fox Parham dirigía a los seguidores de su Escuela Bíblica de Santidad en una celebración extática del bautismo en el Espíritu Santo. Agnes Ozman, que no sabía chino, afirmó que durante los tres días posteriores estuvo hablando chino y escribiendo caracteres chinos". Aparte quedan los discursos televisivos del predicador episcopaliano Donnie Swaggart (los pueden ver en You Tube), puro"chamanismo americano", cuenta Bloom.

La incidencia de la cultura televisiva en la Convención Baptista Sureña, hijos nostálgicos de la Confederación del general Lee, se asocia aquí al fundamentalismo reinante del reverendo Criswell. "Te ahorrabas la carga de tener que leer la Biblia por ti mismo. Criswell lo haría por ti, y te aseguraría que su significado esencial era la infalibilidad". Se habla aquí de un odio al lenguaje y a la libre interpretación. Se busca a Cristo (al Cristo americano) más allá de la mediación, más allá de la ambigüedad, en uno mismo.

Bloom, judío agnóstico, repite varias veces, sorprendido, que 8 de cada 10 estadounidenses piensan que Dios les ama personalmente, que Dios les corresponde en el sentimiento. En los dólares y centavos del país se puede leer el lema: "In God we trust".