Regreso a la filmación del infierno


JOAQUÍN ESTEFANÍA
El País




En las últimas semanas han aparecido, en distintos formatos, dos películas que desvelan dos exterminios ocurridos en los años cuarenta del siglo pasado (la década más sangrienta de la centuria), y que rompen el intento de los genocidas de que sus actos permaneciesen ocultos. Para mayor interés, los asesinos pertenecían a dos ideologías contrapuestas -el comunismo, el nazismo- cuyo común denominador era el odio a la democracia. Se trata de Katyn, del polaco Andrzej Wajda, y de Shoah, del francés Claude Lanzmann.

Katyn, estrenada en 2007 y exhibida en los cines comerciales españoles (todavía está en la cartelera), cuenta la matanza de más de 20.000 militares polacos a manos del Ejército Rojo, en 1940, mientras la URSS invadía Polonia. En la película se narran los últimos días de las víctimas antes de ser enterradas en el bosque de Katyn, en las proximidades de Kiev (Ucrania).Shoah fue estrenada en 1985, después de 11 años de trabajo de su director, el periodista Claude Lanzmann (París, 1925), director muchos años de la revista Les Temps Modernes, que fundó Jean-Paul Sartre. Desde entonces, sólo los circuitos de enterados la pudieron ver en España: dos días en un cine comercial en Madrid, sin traducción en castellano; durante unas jornadas en el Instituto Francés; su emisión en la madrugada, y casi sin publicidad, por La 2 de TVE... Poca cosa más. Ahora aparece en versión DVD (Filmax), con subtítulos en castellano.

'La solución final'

Se trata de más de nueve horas de proyección (de las 350 horas que fueron grabadas por Lanzmann) en las que sin imágenes de archivo, sin música que multiplique las emociones, sin secuencias de ficción, con los campos de concentración tal como estaban en el momento en que fue filmada, sólo a través del relato desnudo, se describe el proceso de producción del exterminio de seis millones de judíos: la solución final adoptada por los nazis en Wansee, en los alrededores de Berlín, a principios de la década de los cuarenta. Son cuatro largos DVD, rodados sin amenidad ni concesiones. Una película imprescindible, sin retórica alguna.

Al tiempo, aparece en España un libro de la misma categoría. Se trata de Desde aquella oscuridad. Conversaciones con el verdugo (editorial Edhasa) en el que la periodista e historiadora Gitta Sereny entrevista en los años setenta a Franz Stangl, comandante de los campos de exterminio de Sobibor y Treblinka, cuando el nazi se encontraba en prisión después de ser juzgado por genocidio. Stangl había sido sentenciado a cadena perpetua como corresponsable del asesinato de ¡900.000 personas! en Treblinka. Murió de un ataque al corazón al día siguiente de la última sesión de preguntas de Sereny. Treblinka, y otros campos del universo concentracionario como Sobibor, Bélzac o Chelmno -que aparecen abundantemente en Shoah-, eran espacios dedicados única y exclusivamente al exterminio sistemático. En Treblinka se "procesaban" (asesinaban) -en concepto desarrollado por su comandante en el libro citado- hasta 5.000 personas en tres horas.

En las relaciones de los nazis con los judíos hubo dos etapas; en la primera, de 1933 a 1939, los judíos son perseguidos, como en otros recovecos de la historia, pero no asesinados. Luego llega la guerra y las ejecuciones en masa, que son lo específico del nazismo: la solución final, como destaca en Shoah el historiador Raúl Hilberg.

El filme describe con desnudez el proceso de producción de la muerte en masa, desde los primeros momentos, en los que se utilizan artesanalmente los camiones como cámaras de gas usando los tubos de escape (anhídrido carbónico), hasta el gas zyclón, que mataba a las víctimas en 10 o 15 minutos como máximo. A Treblinka, por ejemplo, llegaban los trenes en convoyes con 40 o 50 vagones de gente hacinada; las ventanillas tenían alambre de púas para que no pudiesen escapar. En el techo se situaban los "perros de sangre", como llamaban a los ucranios o letones. Estos últimos eran los peores, según los testimonios filmados. Al llegar los prisioneros se los desnudaba y se les quitaban los anillos, y en dos horas todo había terminado. Las mujeres y los niños eran los últimos, y esperaban al raso a unas temperaturas de entre 10 y 20 grados bajo cero. La secuencia era la siguiente: primero, el tren; luego, el desfiladero (que llaman "el camino del cielo") donde se tenían que desnudar y esperar a que acabasen con los anteriores; a continuación, la cámara de gas; más allá, el horno crematorio y por último, en algunos lugares como Auschwitz-Birkenau, "el lago de las cenizas", donde las arrojaban tras la cremación. Para los viejos y enfermos, la última estancia no era la cámara de gas, sino el "hospital", una fosa en la que se les daba un tiro en la nuca.

Uno de los nazis que entrevista Lanzmann, filmado con cámara oculta, eleva el tono con indignación cuando dice que a los hombres se les pegaban culatazos y latigazos para que entrasen en las cámaras de gas donde presuntamente se les iba a despiojar, pero "nunca a las mujeres y a los niños". Entonces, el director le pregunta: "¿Por qué tanta humanidad?".

Los nazis disimulaban durante todo este proceso, para que no se desbordase el pánico y el desorden, y no se perdiese tiempo de modo que la solución final lo fuese en el tiempo planificado. Lanzmann entrevista a alrededor de dos docenas de personas, víctimas, testigos y nazis. A dos de estos últimos los grabó sin que ellos lo supiesen y con el compromiso (roto) de que no desvelase su identidad.

Si hubiese que elegir secuencias más acongojantes que el resto -lo que presenta mucha dificultad- se podrían señalar dos. En la primera, que dura más de veinte minutos, un antiguo peluquero polaco, Abraham Bomba, cuenta cómo debía cortar el pelo (que se enviaba luego a Alemania) a las mujeres, desnudas, antes de entrar en la cámara de gas. Muchas de ellas eran de su mismo pueblo. Eran 16 peluqueros, uno de los cuales cortó el pelo a su mujer e hija antes de verlas por última vez, intentando que su último minuto no fuese insufrible y, por tanto, sin decirles adónde iban.

La segunda secuencia, agudísimamente dramática, ocurre cuando uno de los entrevistados cuenta que su labor era sacar a los gaseados de los camiones para enterrarlos, y vio que entre ellos estaban su mujer y su hija. "¿Qué le pasó la primera vez que descargó cadáveres, cuando abrió las puertas del primer camión de gas?", le preguntan. Y Michael Podchlebnik, uno de los dos únicos supervivientes del campo de Chelmno, responde: "¿Qué podría hacer? Lloraba... El tercer día vi allí a mi mujer y mi hija. Deposité a mi mujer en la fosa y pedí que me mataran. Los alemanes me dijeron que todavía tenía fuerzas para trabajar, que no me matarían por el momento".

En una entrevista publicada por Cahiers du cinéma en 1985 (y que ahora reproduce la edición española de la revista, con motivo de la edición en España de Shoah), Lanzmann describe la función del cine como forma de conocimiento; su labor fue investigar, buscar testigos "que hubieran estado en el eje mismo de la exterminación, los testigos directos de la muerte de su pueblo, los miembros de los comandos especiales". Y explica que la película está hecha contra la imposibilidad de contar una historia; contra la ausencia de huellas materiales (todas las pruebas del Holocausto habían sido borradas); contra la desaparición de los responsables nazis y el "secreto obligado" que hacían firmar a los soldados para que callaran lo que veían, para impedir que el mundo se enterara del horror; contra la impotencia de los supervivientes de contar de nuevo su experiencia, ya que muchos habían enloquecido o vivido experiencias tan en el límite que no podían comunicarlas, etcétera. El judío Lanzmann escribe: "Durante la preparación del filme me invadió la sensación de vivir entre muertos. El reino de la muerte había triunfado. Cuando encontraba a algún testigo vivo, tenía la sensación de exhumarlo".

Shoah revive la pesadilla en presente. Que nadie espere ver una película con grandes reflexiones ideológicas o metafísicas sobre las razones por las que les tocó a los judíos, por las que fueron asesinados en masa. Se hizo con la voluntad de saber y de transmitir, y ése es su resultado. Una cosa son las estadísticas y otra los testimonios. Quien crea que ya sabe todo sobre la maldad, se equivoca.

En los títulos de crédito se dice que es "no recomendable para menores de 13 años", pero uno de sus protagonistas, con el que empieza Shoah, es Simon Srebnik, el otro superviviente del campo de Chelmno, que tenía 13 años cuando fue encerrado en el campo. Pocos días antes de su liberación, los nazis le dispararon en la cabeza para ejecutarlo, pero milagrosamente sobrevivió. Después de 46 años, Lanzmann lo busca en Israel, le hace volver al campo y pasear por sus recuerdos, vuelve a cantar ante la cámara la misma canción que le obligaban a cantar a los nazis, y mira al infinito.

Píldora del día después, farmacias al margen de la ley


Negarse a dispensar la píldora poscoital, que desde el 28 de septiembre se puede adquirir sin receta, no está amparado por ninguna ley. ¿Cuáles son los derechos de las consumidoras?

PATRICIA HORRILLO
Diagonal




Si usted llega a una tienda y no tienen aquello que busca, se irá a otro lugar o puede que la persona que le atiende le ofrezca conseguirle lo que necesita en poco tiempo. Sin embargo, en una farmacia, el ofrecimiento no es optativo ya que, por ley, cualquier medicamento debe ser suministrado a un paciente, siempre que éste acredite su paso por el médico en caso de ser necesario.

Algo que parece tan evidente no ocurre en algunas oficinas de farmacia. En algunos establecimientos, si un ciudadano lleva una receta en la que aparezca Norlevo® o Postinor® se encontrará con una respuesta insólita: “Nosotros no trabajamos ese producto”. Para los profanos, éstos son los nombres de los dos medicamentos que contienen levonorgestrel, es decir, el anticonceptivo oral poscoital, más conocido como la píldora del día después (PDD), y que desde el 28 de septiembre se puede solicitar sin receta médica.

Muchas consumidoras no sabrán si esta respuesta es lícita o no, ya que desconocen sus derechos y la regulación de estos lugares. Es decir, que una farmacia no es un comercio cualquiera, sino una concesión administrativa al servicio de la ciudadanía, y que la negativa a dispensar un medicamento incurre en una ilegalidad que, pese a las inspecciones periódicas, es muy difícil de detectar.

Según la Ley del Medicamento, la negativa a vender un fármaco sin causa justificada (Art. 108.2.b.15) es considerada como falta grave. La obligación alcanza sólo a los medicamentos, no a los productos sanitarios. De ahí que un farmacéutico pueda negarse a despachar preservativos, ya que no infringe ninguna norma. El problema se plantea al haber incluido la PDD en la red sanitaria: cuando un médico receta un fármaco, un farmacéutico no puede negarse a venderlo porque intervendría en un acto médico perjudicando al enfermo.

“Tal y como está la legislación, las farmacias están obligadas a vender todos aquellos medicamentos catalogados como tales por el Ministerio de Sanidad. En el caso de la PDD está claro, puesto que es un medicamento. Puede haber alguna duda en aquellos casos en los que no quede clara la frontera entre un medicamento y un tratamiento terapéutico”, aclara el jurista y profesor de Derecho Administrativo Ricardo Iglesias.

Sin embargo, algunos responsables de farmacias declaran que no dispensan la PDD por una “cuestión de conciencia, porque es abortiva”. Pese a ser conscientes de que su decisión incurre en una ilegalidad, consideran que con la venta de estos medicamentos están invadiendo un espacio personal, y no están de acuerdo.

Un servicio público

Cuando se otorga la apertura de una oficina de farmacia, su propietario firma un acuerdo con el Estado y con la sociedad basado en el servicio, no en la explotación de una empresa sin condiciones. “Las farmacias no dejan de ser una concesión administrativa sometida a la legislación estatal y autonómica para proporcionar una serie de servicios públicos a los ciudadanos”, aclara Iglesias.

Sin embargo, Alegría I., propietaria de uno de estos establecimientos, considera que puede tomar la decisión de no dispensar un medicamento. “Si tú tienes el negocio, tú puedes vender lo que quieras; mientras lo tenga que pagar yo, la decisión es mía”, argumenta. Aunque, para evitar problemas con los clientes, el mecanismo es desviarlos hacia otros establecimientos: “No las trabajamos; deberías ir a otra farmacia”.

Últimamente, cada vez más agrupaciones buscan eximirse de sus obligaciones escudándose en la objeción de conciencia ante una ley determinada. Sin embargo, es importante leer lo que el artículo 30, apartado 2, de la Constitución española recoge sobre ese tema: “La ley fijará las obligaciones militares de los españoles y regulará, con las debidas garantías, la objeción de conciencia, así como las demás causas de exención del servicio militar obligatorio, pudiendo imponer, en su caso, una prestación social sustitutoria”.

Por lo tanto, tal y como explica Iglesias, “la objeción de conciencia sólo está reconocida constitucionalmente en el ámbito militar, y otras ampliaciones no tienen un amparo legal. No haría falta modificar la Constitución, pero sería necesario regular esta materia en una ley orgánica. En la actualidad, todo queda al arbitrio de los tribunales”.

¿Forzar la venta?

Pese a las limitaciones legales, existen posturas más flexibles. Núria Terribas, jurista y directora del Institut Borja de Bioética, limita el impacto de estas posiciones: “No se puede forzar a vender la PDD mientras no se trate de una farmacia que esté sola en un municipio y no deje desatendido al ciudadano. En zonas rurales es más discutible porque la objeción de conciencia del farmacéutico puede toparse con la demanda del usuario”.

La escuela de la ignorancia y sus condiciones modernas – Jean Claude Michéa


SRA. CASTRO
Solodelibros




La progresiva depauperación de la enseñanza que, a pesar de las continuas reformas educativas, viene dándose en los últimos años no es algo fortuito. Esa es la tesis que defiende Jean Claude Michéa en La escuela de la ignorancia y sus condiciones modernas, un breve libelo que parece tocar tangencialmente el tema de la educación, mientras retrata de forma amplia el triunfo del capitalismo y los estragos que ocasiona —de los que la degeneración de la educación es sólo una faceta—. Así, Michéa realiza un repaso certero sobre algunas ideas fundamentales que deben ser tenidas en cuenta para comprender la realidad sociológica que vivimos, la cual en absoluto es fruto del azar.

Aunque los orígenes del capitalismo pueden remontarse al siglo XVIII, y aunque éste siempre ha postulado la necesidad de implantar a escala mundial un libre mercado que se regularía por sí mismo, sin la injerencia de los estados (cuya existencia sin embargo el sistema capitalista aplaude para, precisamente, que sean ellos quienes se ocupen de legislar a favor del sistema capitalista); a pesar de esto, en los últimos treinta años se ha establecido lo que el autor denomina capitalismo suicida: un capitalismo que va a por todas, sin importar el precio que haya que pagar, sobre todo porque ese precio no han de pagarlo quienes nos imponen ese sistema.

La idea perseguida en las últimas décadas consiste en lograr una sociedad absolutamente capitalista que, sin embargo, resulta empíricamente imposible. Lo que Michéa defiende es la idea de que las sociedades humanas poseen unos sistemas de regulación, que Orwell denominaba common decency, que imponen unos límites a cada individuo de tal manera que, precisamente, sea posible la vida en sociedad. Esos límites son los que el capitalismo, con su exaltación del individualismo y de la búsqueda del bien particular a cualquier precio, pretende abolir a marchas forzadas. Eso a pesar de que hasta la fecha la common decency, cada vez más en desuso, ha actuado como una barrera de contención para evitar que nuestra sociedad se desmoronase.

El capitalismo pretende una “sociedad” atomizada, cuyos miembros, desconectados entre sí, no opongan ninguna resistencia a un sistema que es radicalmente injusto. O bien, en caso de oponerse, se encuentren tan aislados que cualquier forma de colaboración o coordinación resulte imposible. De este modo, ese fomento feroz del individualismo, esa tendencia a confundir el egoísmo con la libertad personal, esa exaltación de lo particular en detrimento de lo social, no es casual.

Por el contrario, forma parte de una estrategia que no deja nada al azar. Y de esa estrategia forma parte la búsqueda del adocenamiento paulatino y metódico de la población, gracias a un concepto creado por el propio sistema: el titytainment. Un entretenimiento zafio, basado en la satisfacción instantánea y el espectáculo, que busca acabar con la capacidad de análisis crítico de la ciudadanía.

Y para redondear el trabajo, se reforman los sistemas educativos para que refuercen este cóctel letal. Y se consigue una enseñanza espectáculo que, rompiendo con los valores cívicos, enaltece los valores creados por el capitalismo (el triunfo, el dinero, el egoísmo). De tal modo que la mayoría de una sociedad condenada por el sistema al paro, a una educación precaria, a una sanidad cada vez al alcance de menos, amenazada con una vejez de indigencia sin pensiones, viva feliz y despreocupada.

En consecuencia, y como muy bien señala Jean Claude Michéa, la pregunta no es ¿qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos?, sino ¿a qué hijos vamos a dejar este mundo?