Crimen (financiero) contra la humanidad

José Saramago
Público


La historia es conocida, y, en aquellos tiempos antiguos en que la escuela se proclamaba educadora perfecta, se le enseñaba a los niños como ejemplo de la modestia y la discreción que siempre deberían acompañarnos cuando el demonio nos tentara para opinar sobre lo que no conocemos o conocemos poco y mal. Apeles podía consentir que el zapatero le apuntase un error en el calzado de la figura que había pintado, por aquello de que los zapatos eran su oficio, pero que nunca se atreviera a dar su parecer sobre, por ejemplo, la anatomía de la rodilla. En suma, un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. A primera vista, Apeles tenía razón, el maestre era él, el pintor era él, la autoridad era él, mientras que el zapatero sería llamado cuando de ponerle medias suelas a un par de botas se tratase. Realmente, ¿hasta dónde vamos a llegar si cualquier persona, incluso la más ignorante de todas, se permite opinar sobre lo que no sabe? Si no tiene los estudios necesarios es preferible que se calle y deje a los sabedores la responsabilidad de tomar las decisiones más convenientes (¿para quién?).

Sí, a primera vista Apeles tenía razón, pero solo a primera vista. El pintor de Felipe y de Alejandro de Macedonia, considerado un genio en su época, ignoró un aspecto importante de la cuestión: el zapatero tenía rodillas, luego, por definición, era competente en estas articulaciones, aunque fuera solo para quejarse, si ese era el caso, de los dolores que sentía. A estas alturas, el lector atento ya habrá entendido que no es de Apeles ni del zapatero de lo que se trata en estas líneas. Se trata, sí, de la gravísima crisis económica y financiera que está convulsionando el mundo, hasta el punto de que no podemos escapar a la angustiosa sensación de que llegamos al final de una época sin que se consiga vislumbrar qué y cómo será lo que venga a continuación, tras un tiempo intermedio, imposible de predecir antes de que se levanten las ruinas y se abran nuevos caminos. ¿Cómo lo hacemos? ¿Una leyenda antigua para explicar los desastres de hoy? ¿Por qué no? El zapatero somos nosotros, todos nosotros, que presenciamos, impotentes, el avance aplastante de los grandes potentados económicos y financieros, locos por conquistar más y más dinero, más y más poder, con todos los medios legales o ilegales a su alcance, limpios o sucios, normalizados o criminales.

¿Y Apeles? Apeles son, precisamente, los banqueros, los políticos, las aseguradoras, los grandes especuladores que, con la complicidad de los medios de comunicación social, respondieron en los últimos 30 años, cuando tímidamente protestábamos, con la soberbia de quien se considera poseedor de la última sabiduría; es decir, aunque la rodilla nos doliera, no se nos permitía hablar de ella, se nos ridiculizaba, nos señalaban como reos de condena pública. Era el tiempo del imperio absoluto del Mercado, esa entidad presuntamente auto reformable y auto regulable encargada por el inmutable destino de preparar y defender para siempre jamás nuestra felicidad personal y colectiva, aunque la realidad se encargase de desmentirlo cada hora que pasaba.
¿Y ahora? ¿Se van a acabar por fin los paraísos fiscales y las cuentas numeradas? ¿Será implacablemente investigado el origen de gigantescos depósitos bancarios, de ingenierías financieras claramente delictivas, de inversiones opacas que, en muchos casos, no son nada más que masivos lavados de dinero negro, de dinero del narcotráfico? Y ya que hablamos de delitos: ¿tendrán los ciudadanos comunes la satisfacción de ver juzgar y condenar a los responsables directos del terremoto que está sacudiendo nuestras casas, la vida de nuestras familias, o nuestro trabajo? ¿Quién resuelve el problema de los desempleados (no los he contado, pero no dudo de que ya son millones) víctimas del crash y qué desempleados seguirán, durante meses o años, malviviendo de míseros subsidios del Estado mientras los grandes ejecutivos y administradores de empresas deliberadamente conducidas a la quiebra gozan de millones y millones de dólares cubiertos por contratos blindados que las autoridades fiscales, pagadas con el dinero de los contribuyentes, fingen ignorar?

Y la complicidad activa de los gobiernos, ¿quién la demanda? Bush, ese producto maligno de la naturaleza en una de sus peores horas, dirá que su plan ha salvado (¿salvará?) la economía norteamericana, pero las preguntas a las que tendría que responder están en la mente de todos: ¿no sabía lo que pasaba en las lujosas salas de reunión en las que hasta el cine nos ha hecho entrar, y no solo entrar, sino asistir a la toma de decisiones criminales sancionadas por todos los códigos penales del mundo? ¿Para qué le sirven la CIA y el FBI, además de las decenas de otros organismos de seguridad nacional que proliferan en la mal llamada democracia norteamericana, esa donde un viajero, a su entrada en el país, tendrá que entregar a la policía de turno su ordenador para que este copie el respectivo disco duro? ¿No se ha dado cuenta el señor Bush que tenía al enemigo en casa, o, por el contrario, lo sabía y no le importó?

Lo que está pasando es, en todos los aspectos, un crimen contra la humanidad y desde esta perspectiva debe ser objeto de análisis, ya sea en los foros públicos o en las conciencias. No exagero. Crímenes contra la humanidad no son solo los genocidios, los etnocidios, los campos de muerte, las torturas, los asesinatos selectivos, las hambres deliberadamente provocadas, las contaminaciones masivas, las humillaciones como método represivo de la identidad de las víctimas. Crimen contra la humanidad es el que los poderes financieros y económicos de Estados Unidos, con la complicidad efectiva o tácita de su gobierno, fríamente han perpetrado contra millones de personas en todo el mundo, amenazadas de perder el dinero que les queda después de, en muchísimos casos (no dudo de que sean millones), haber perdido su única y cuántas veces escasa fuente de rendimiento, es decir, su trabajo.

Los criminales son conocidos, tienen nombre y apellidos, se trasladan en limusinas cuando van a jugar al golf, y tan seguros están de sí mismos que ni siquiera piensan en esconderse. Son fáciles de sorprender. ¿Quién se atreve a llevar a este gang ante los tribunales? Todos le quedaríamos agradecidos. Sería la señal de que no todo está perdido para las personas honestas.


José Saramago es Premio Nóbel de Literatura

Entrevista con José Ignacio Lapido

KEPA ARBIZU
Lumpen


Cada novedad publicada por José Ignacio Lapido es una buena noticia segura para la música y la cultura en general. Su nuevo disco, “Cartografía”, no es ninguna excepción, algo más sosegado y nostálgico vuelve a situarle como uno de los músicos con más talento en España. Aprovechamos el hecho para hablar con él:


Lumpen: He escuchado decir que “Cartografía” es algo más lento, no me atrevería a decir yo tanto,pero sí parece algo más nostálgico y sobre todo un pasito más en esa carrera que parece que llevas en tus discos hacia la búsqueda, de digamos, “lo esencial”, ¿Estás de acuerdo?

Buscar lo esencial está bien, y lo esencial a la hora de grabar un disco es tener el mayor número de buenas canciones posible. Que sean más pausadas o más rápidas creo que es accesorio, lo fundamental es la melodía y la letra, y ahí me he centrado yo. En un momento dado del proceso, la canción misma te pide el tratamiento que le viene mejor, unas veces más acústico y otras más eléctrico.


L: Cartografía, ciencia relativa a los mapas. Utilizando como vehículo la música, o este disco en concreto, ¿Hacia dónde nos intenta orientar?

Quiero creer que las doce canciones que hay en el disco son una colección de pequeños mapas sonoros con las coordenadas que pueden llevar al oyente a algún lugar imaginario dentro mi mundo particular.

L: A veces tengo la sensación de que muchas de tus canciones tienen un poso “político” importante, ¿Te consideras un compositor con esa vertiente? ¿Se puede no serlo?

Tienes razón. Es innegable que hay una visión de la vida, de sus circunstancias y de los mecanismos sociales y de poder que está reflejada en mis canciones y eso es política. Cuando uno toma conciencia de lo que lo rodea se está autoafirmando políticamente. Por otra parte intento no ser panfletario, pues se supone que el bello arte de redactar panfletos es una cosa y escribir canciones de rock es otra.

L: En tus letras es imposible no ver influencias literarias, ¿tienes la sensación de que a menudo el rock margina o mira mal a aquellos que intentáis no limitaros al “sexo-drogas-rock and roll”?

No me siento marginado. Es cierto que en España, históricamente, suelen tener reconocimiento muchos grupos que abusan de la sal gorda de un humor cateto o de los mensajes políticos que de puro simplistas parecen infantiloides, pero eso no me afecta. Yo escribo teniendo en cuenta unas influencias que me han marcado a lo largo de mi vida, ya sean musicales, literarias o artísticas en general.

L: Colaboras en un periódico, escritor de poesías aparte lógicamente de letrista, ¿Son diferentes maneras de contar lo mismo o cada una tiene su características específicas?

Las columnas, los poemas y las canciones utilizan claves distintas porque hay que saber a quién va dirigido cada mensaje. Normalmente, las columnas de prensa que escribo tratan de política y en ellas comento y doy mi opinión sobre algún tema o noticia que ha ocurrido esa semana. A la fuerza eso tiene una fecha de caducidad. Aunque intento imprimirle un sello personal eso no quita para que el tema tratado pierda vigencia a los pocos días. Los poemas y las canciones son más intemporales.

L: Inevitable no decir algo sobre 091, habiendo pertenecido a un grupo mítico, ¿Qué sensación te produce ver a todos esos grupos que después de años se vuelven a reunir?

No puedo juzgarlos muy severamente porque sé que en esta profesión se pasa muy mal con el tema económico. Es una profesión muy inestable y a veces te ves empujado a aceptar cosas que de otra forma ni se te hubiera pasado por la imaginación hacer. El que se vuelvan a reunir grupos que hace 20 años que se separaron, artísticamente me parece una catástrofe pero humanamente comprensible.

L: Melodías para politonos, sobreinformación acerca de Eurovisión, casi ningún programa en las televisiones sobre música… Visto desde fuera del negocio musical parece que no hay un gran respeto por la música, en especial por el rock, ¿Desde dentro lo ves igual?

Un falta de respeto absoluta. Y cuando se toca el tema del rock en muchos medios se hace desde una óptica adolescente y divertida, o sea, descerebrada, como si todos lo que tocamos rock tuviésemos 18 años y repitiéramos la palabra “superguay” cada tres segundos. Un espanto.

L: Se oye mucho eso de “la crisis de las discográficas” ¿En qué medida le atañe a un músico como tú y cuál es tu valoración de esa llamada crisis?

Yo me autogestiono. Creé mi propio sello discográfico hace tres años y llamar industria a eso es exagerar: nuestra meta es la subsistencia, no podemos aspirar a más. Si las discográficas están en crisis es fundamentalmente por su ineptitud y por su avaricia. Son los últimos que se podrían quejar de la situación pues han sobreexplotado al comprador y a los artistas durante décadas.

L: Escuchamos a menudo a gente que lleva tiempo en la música decir que no hay nada actualmente que merezca la pena, que nada como lo pasado, creo que eres de la idea contraria o por lo menos no compartes lo anterior dicho, ¿No es así?

Yo creo que ahora hay bandas muy interesantes. Lo que pasa es que cualquier cosa que se haga ahora comparada con lo que se hizo en los 60 y en los 70 sale un poco malparada porque en esos años se fijó el canon artístico por el que nos hemos regido todos los que hemos venido después. Lo que hicieron Dylan, Beatles, Kinks o Hendrix fue marcar las pautas de todo un género y eso es difícil de superar.

L: ¿Crees que algún día te levantarás pensando que ya no tienes nada más que decir, que ya has dicho todo lo que te preocupa de todas las formas posibles?

Ya me ha pasado. Con este disco precisamente. Hubo un momento que pensé que sería incapaz de acabar las letras de las canciones. No se me ocurría nada que no hubiera escrito ya antes. Ha sido un proceso un tanto agónico. Al final en el estudio de grabación se me fueron aclarando las ideas y lo conseguí pero lo pasé mal.