La descomposición de la universidad

JOSÉ LUIS PARDO
El País


Como sucede a menudo en política, la manera más segura de acallar toda resistencia contra un proceso regresivo y empobrecedor es exhibirlo ante la opinión pública de acuerdo con la demagógica estrategia que consiste en decirle a la gente, a propósito de tal proceso, exclusivamente lo que le agradará escuchar. Así, en el caso que nos ocupa, las autoridades encargadas de gestionar la reforma de las universidades que se está culminando en nuestro país -sea cual sea su lugar en el espectro político parlamentario- han presentado sistemáticamente este asunto como una saludable evolución al final de la cual se habrá conseguido que la práctica totalidad de los titulados superiores encuentren un empleo cualificado al acabar sus estudios, que los estudiantes puedan moverse libremente de una universidad europea a otra y que los diplomas expedidos por estas instituciones tengan la misma validez en todo el territorio de la Unión.

Una vez establecido propagandísticamente que el llamado "proceso de Bolonia" consiste en esto y solamente en esto, nada resulta más sencillo que estigmatizar a quienes tenemos reservas críticas contra ese proceso como una caterva de locos irresponsables que, ya sea por defender anacrónicos privilegios corporativistas o por pertenecer a las huestes antisistema del Doctor Maligno, quieren que siga aumentando el paro entre los licenciados y rechazan la homologación de títulos y las becas en el extranjero por pura perfidia burocrática. Vaya, pues, por adelantado que el autor de estas líneas también encuentra deseables esos objetivos así proclamados, y que si se tratase de ellos nada tendría que oponer a la presente transformación de los estudios superiores.

Sin embargo, lo que las autoridades políticas no dicen -y, seguramente, tampoco la opinión pública se muere por saberlo- es que bajo ese nombre pomposo se desarrolla en España una operación a la vez más simple y más compleja de reconversión cultural destinada a reducir drásticamente el tamaño de las universidades -y ello no por razones científicas, lo que acaso estuviera plenamente justificado, sino únicamente por motivos contables- y a someter enteramente su régimen de funcionamiento a las necesidades del mercado y a las exigencias de las empresas, futuras empleadoras de sus titulados; una operación que, por lo demás, se encuadra en el contexto generalizado de descomposición de las instituciones características del Estado social de derecho y que concuerda con otros ejemplos financieramente sangrantes de subordinación de las arcas públicas al beneficio privado a que estamos asistiendo últimamente.

Habrá muchos para quienes estas tres cosas (la disminución del espacio universitario, la desaparición de la autonomía académica frente al mercado y la liquidación del Estado social) resulten harto convenientes, pero es preferible llamar a las cosas por su nombre y no presentar como una "revolución pedagógica" o un radical y beneficioso "cambio de paradigma" lo que sólo es un ajuste duro y un zarpazo mortal para las estructuras de la enseñanza pública, así como tomar plena conciencia de las consecuencias que implican las decisiones que en este sentido se están tomando. De estas consecuencias querría destacar al menos las tres que siguen.

1. La "sociedad del conocimiento". Este sintagma, casi convertido en una marca publicitaria que designa el puerto en el que han de desembarcar las actuales reformas, esconde en su interior, por una parte, la sustitución de los contenidos cognoscitivos por sus contenedores, ya que se confunde -en un ejercicio de papanatismo simpar- la instalación de dispositivos tecnológicos de informática aplicada en todas las instituciones educativas con el progreso mismo de la ciencia, como si los ordenadores generasen espontáneamente sabiduría y no fuesen perfectamente compatibles con la estupidez, la falsedad y la mendacidad; y, por otra parte, el "conocimiento" así invocado, que ha perdido todo apellido que pudiera cualificarlo o concretarlo -como lo perdieron en su día las artes, oficios y profesiones para convertirse en lo que Marx llamaba "una gelatina de trabajo humano totalmente indiferenciado", calculable en dinero por unidad de tiempo-, es el dramático resultado de la destrucción de las articulaciones teóricas y doctrinales de la investigación científica para convertirlas en habilidades y destrezas cotizables en el mercado empresarial. La reciente adscripción de las universidades al ministerio de las empresas tecnológicas no anuncia únicamente la sustitución de la lógica del saber científico por la del beneficio empresarial en la distribución de conocimientos, sino la renuncia de los poderes públicos a dar prioridad a una enseñanza de calidad capaz de contrarrestar las consecuencias políticas de las desigualdades socioeconómicas.

2. El nuevo mercado del saber. Cuando los defensores de la "sociedad del conocimiento" (con Anthony Giddens a la cabeza) afirman que el mercado laboral del futuro requerirá una mayoría de trabajadores con educación superior, no están refiriéndose a un aumento de cualificación científica sino más bien a lo contrario, a la necesidad de rebajar la cualificación de la enseñanza superior para adaptarla a las cambiantes necesidades mercantiles; que se exija la descomposición de los saberes científicos que antes configuraban la enseñanza superior y su reducción a las competencias requeridas en cada caso por el mercado de trabajo, y que además se destine a los individuos a proseguir esta "educación superior" a lo largo de toda su vida laboral es algo ya de por sí suficientemente expresivo: solamente una mano de obra (o de "conocimiento") completamente descualificada necesita una permanente recualificación, y sólo ella es apta -es decir, lo suficientemente inepta- para recibirla. Acaso por ello la nueva enseñanza universitaria empieza ya a denominarse "educación postsecundaria", es decir, una continuación indefinida de la enseñanza media (cosa especialmente preocupante en este país, en donde la reforma universitaria está siguiendo los mismos principios seudopedagógicos que han hecho de la educación secundaria el conocido desastre en que hoy está convertida): como confiesa el propio Giddens, la enseñanza superior va perdiendo, como profesión, el atractivo que en otro tiempo tuvo para algunos jóvenes de su generación, frente a otros empleos en la industria o la banca; y lo va perdiendo en la medida en que el profesorado universitario se va convirtiendo en un subsector de la "producción de conocimientos" para la industria y la banca.

3. El ocaso de los estudios superiores. No es de extrañar, por ello, que el "proceso" -de un modo genuinamente autóctono que ya no puede escudarse en instancias "europeas"- culmine en el atentado contra la profesión de profesor de bachillerato que denunciaba el pasado 3 de noviembre el Manifiesto publicado en este mismo periódico: reconociendo implícitamente el fracaso antes incluso de su implantación, la administración educativa admite que los nuevos títulos no capacitan a los egresados para la docencia, salida profesional casi exclusiva de los estudiantes de humanidades; pero, en lugar de complementarlos mediante unos conocimientos avanzados que paliarían el déficit de los contenidos científicos recortados, sustituye estos por un curso de orientación psicopedagógica que condena a los profesores y alumnos de secundaria a la indigencia intelectual y supone la desaparición a medio plazo de los estudios universitarios superiores en humanidades, ya que quienes necesitarían cursarlos se verán empujados por la necesidad a renunciar a ellos a favor del cursillo pedagógico.

Todos los que trabajamos en ella sabemos que la universidad española necesita urgentemente una reforma que ataje sus muchos males, pero no es eso lo que ahora estamos haciendo, entre otras cosas porque nadie se ha molestado en hacer de ellos un verdadero diagnóstico. Lo único que por ahora estamos haciendo, bajo una vaga e incontrastable promesa de competitividad futura, es destruir, abaratar y desmontar lo que había, introducir en la universidad el mismo malestar y desánimo que reinan en los institutos de secundaria, y ello sin ninguna idea rectora de cuál pueda ser el modelo al que nos estamos desplazando, porque seguramente no hay tal cosa, a menos que la pobreza cultural y la degradación del conocimiento en mercancía sean para alguien un modelo a imitar.

Carta a la reunión del G-20

JESÚS GONZÁLEZ PAZOS
Revista Pueblos


Se reúnen a puerta cerrada, pero en medio de toda la parafernalia mediática. Se pretende una refundación del capitalismo en la que todo se aparente, pero poco cambie realmente para que el actual sistema dominante mantenga, precisamente eso, su dominación. Se nos dice, a través del gran altavoz que suponen los medios masivos de comunicación, que nada es posible fuera de este sistema y, si el mismo cae, se derrumbará nuestro modo de vida, nuestro bienestar como sociedad privilegiada. También se nos dice que no nos preocupemos, que todo se solucionará de la mejor forma posible; que confiemos, una vez más.

Sin embargo, hoy quiero escribirles. Se que esta carta no les llegará, se que no hay forma de que una sencilla carta de un ciudadano les pueda hacer tambalear toda su seguridad y convencimiento en la viabilidad de este sistema que han construido. Pero permítanme decirles algunas cosas evidentes, de las cuales este sistema y Uds. son responsables.

En el mundo no rige mayoritariamente nuestro bienestar. Prácticamente la mitad de la población mundial está, según sus propios índices de medición de pobreza, por debajo de ese umbral; y unos cientos de millones (qué frías son las cifras!!!) están en la extrema pobreza. Todas esas personas, con rostros, con nombres, gastan aproximadamente el 80% de sus escasos recursos para alimentarse y, a pesar de eso, varios millones sufren de desnutrición.

Poco que decir de su nunca ejercido derecho a la educación, a la salud, al trabajo, al voto, al..., a un largo etcétera de derechos que suponen, en suma, el derecho a una vida digna. Les recuerdo que Uds. siempre han proclamado éstos como inalienables e irrenunciables para todo ser humano.

La gran mayoría de las mujeres sufren violencia física y psíquica también a lo largo del mundo y nunca ha estado el combate a esta injusta situación como prioridad de sus grandes reuniones, más allá de algún conclave que no arroja sino simples declaraciones de buenas intenciones.

En el mundo no rige la igualdad ni la justicia. Los desequilibrios entre unas personas y otras, entre unos países y otros, no solo no han disminuido, sino que en las últimas décadas de dominio neoliberal, se han multiplicado. Y esto es resultado de las privatizaciones de los servicios sociales, de los llamados ajustes estructurales, de la supeditación de todo en aras del mercado. Cada vez hay más guerras y los civiles seguimos poniendo la mayor cantidad de muertos.

Ahora se reúnen alarmados por la crisis financiera y, la consiguiente crisis productiva que ya está llegando según sus profundos análisis y las cuentas de resultados de las grandes empresas. Sin dichos análisis, muchos millones de personas en el mundo están sufriendo otras crisis más graves (arriba citadas en parte) desde hace mucho tiempo y, en nuestra sociedad, también hace ya algún tiempo que la ciudadanía sufre sus efectos (endeudamiento, paro...).

Han aplicado medidas de trasvase de enormes cantidades de dinero público al sector privado con la máxima celeridad para salvar su sistema financiero, y ahora, en su reunión, decidirán nuevos traslados de fondos. Si alguna vez decidieran, simplemente, con la mitad de esa urgencia, aplicar medidas contra el hambre, contra el cambio climático, por la aplicación de todos y cada uno de los derechos humanos individuales y colectivos, se habrían solventado la gran mayoría de los problemas que acucian a la inmensa mayoría de la población mundial.

Se reúnen para ello veinte países, cuando el mundo, sin contar los pueblos, está formado por más de 190 países, presentes en las Naciones Unidas. Es decir, apenas el 10% de ese total pretende definir las nuevas reglas del sistema y refundarlo (en realidad ni tan siquiera ese 10%, pues quienes deciden no son sino las élites políticas y económicas de ese escaso porcentaje de países), sin permitir que la mayor parte pueda participar, ni tan siquiera hacer el más mínimo cuestionamiento. Una vez más, borran del planeta a continentes enteros (África) o casi enteros y “los de siempre” decidirán lo que es mejor para todos y todas. Pero su propia autodefinición les describe; se denominan los veinte más ricos o, en vías de serlo. Es decir, en este sistema solo deciden las minorías más ricas, mientras que las mayorías más pobres no tienen otra función que acatar y sostener el sistema a cargo de la explotación sistemática de sus propios recursos por parte de los primeros. Sistema este, alabado y definido como verdaderamente democrático, pero que una vez más nos demuestra que la participación, la redistribución y la ciudadanía universal son simples quimeras huecas en sus discursos para determinados foros, pero en los que Uds. no creen en absoluto.

Pero lo contrario les supondría reconocer que su sistema no es el mejor ni el único posible. Y lo más grave, supondría reconocer que no es el más justo y que atenta directamente, por sus efectos, contra la dignidad de las personas y de los pueblos. Por que la dignidad no es aplicable solamente a una parte de los seres humanos; lo es para todos y todas o, no lo es. Feliz reunión