Una polémica película que narra el origen de la RAF aspira a llevarse un oscar

INGO NIEBEL
Gara



Una película que aborda como tema principal el origen y las acciones de una organización armada es casi siempre deudora de las circunstancias políticas. Circunstancias que rodean claramente al filme «Baader Meinhof Komplex», de Uli Edel, y que se resume en un hecho: la autodisolución de la Rote Armee Fraktion (RAF). En un comunicado enviado a los medios en 1998, la Fracción del Ejército Rojo anunció que dejaba de existir. La denominada «tercera generación», abandonó el escenario político sin preocuparse por los activistas presos o por quienes se hallaban refugiados en paradero desconocido.

Su desaparición permite al productor Bernd Eichinger llevar esta historia a la gran pantalla, porque lo que queda de esa organización lo exhibe el Estado alemán en su Casa de la Historia: algunos comunicados, un lanzagranadas de fabricación casera que no llegó a funcionar y la máquina de escribir que dejó su difunto fundador Andreas Baader para la posteridad. Dos aspectos más determinan esas circunstancias. En primer lugar, la Fiscalía Federal del Estado considera esclarecidas todas las acciones de la RAF y, en segundo, que en Alemania no existe ningún partido o movimiento de relevancia que siga sus pasos o se interese por sus presos. Al margen de todo ello, hay que constatar que la organización fundada por Baader y Ulrike Meinhof ha dejado de ser una amenaza para aquel Estado alemán que se llamaba República Federal de Alemania, con capital en Bonn.

Violencia policial

Hay que tener en cuenta estos factores para entender la simple existencia de esta película en una época que, desde 2001, está dominada por la llamada «guerra contra el terror». Por eso sorprende que sus autores no eludan escenificar con toda su crudeza la violencia policial de aquella época, que no era la del fascismo nazi, sino la del «Estado de Derecho democrático» llamado RFA. Aquellos policías se ensañaron con los jóvenes manifestantes porque recibían cobertura política y mediática con el correspondiente estímulo de aplicar «mano dura» a quienes a finales de los 60 querían cambiar la Alemania capitalista. En el Estado español, y con otro argumento, las escenas iniciales podrían suponer un delito de «enaltecimiento del terrorismo».

El hecho de que en Alemania no haya ocurrido esto tiene mucho que ver con el libro en el que se basa la película y cuyo autor vivió de cerca aquella época. Cuando su compañero periodista Ulrike Meinhof decidió optar por la lucha armada y pasar a la clandestinidad, Aust inició una trayectoria que le llevaría a dirigir el semanario «Der Spiegel». Pero la crítica al Estado tiene también sus límites. El filme reproduce la versión oficial de que, primero, Meinhof en 1976 y, después, Baader junto a otros dos activistas en 1977, se suicidaron en la cárcel de alta seguridad, aunque el propio «Der Spiegel» sembró la duda en 2007 respecto a lo sucedido. A pesar de todo, la película permite reflexionar sobre los errores de RAF.

Dos escenas son clave. La primera muestra cómo en pleno entrenamiento, con fuego real, en un campo palestino, Baader se levanta enfurecido y grita que no tienen que prepararle para la guerra en el desierto, sino para asaltar bancos. La obvia falta de disciplina militar queda patente también en otra escena, cuando, tras una serie de detenciones, Meinhof recrimina a Baader que, cuando algo sale mal en una ciudad, se van a otra sin reflexionar sobre el porqué del fracaso y sin explorar el nuevo terreno.

La prensa de derecha respalda a la viuda del director de banca Jürgen Ponto, muerto en un atentado de la RAF, que se ha querellado contra Eichinger y Edel por la escena en la que se narra aquella acción. La versión oficial dice que Ponto fue atacado a sangre fría, pero la película muestra que se resistió a ser secuestrado agrediendo a los miembros de la RAF. Si por ella fuera, habría que suprimir dicha escena. Mientras, la viuda de Ponto ha devuelto la Cruz de Mérito Federal que le fue concedida a su marido para protestar por la forma en que su muerte ha sido llevada al cine. La Fiscalía Federal ha declarado que no hay más lagunas, pero la realidad es bien diferente.

Todavía existen varias preguntas incómodas en el aire. Aunque la Justicia encontró culpables para todos los delitos cometidos, en varios casos no es nada seguro que los condenados fueran los autores materiales. Es el caso del activista Christian Klar, condenado como «colaborador» en la muerte del fiscal federal Siegfried Buback y de sus guardaespaldas en 1977, pero nunca se identificó a los verdaderos autores. El hijo de Buback sospecha que el servicio secreto está protegiendo a un topo que tenía entre las filas de la RAF. Lo más fácil sería preguntar a Klar que, desde diciembre del 2008 se halla en libertad condicional tras 26 años de prisión, pero el activista no quiere arrepentirse de su pasado y su abogado lucha por que la justicia ampare su defendido ante la persecución mediática. La historia de la RAF da para mucho más, pero habrá que esperar a que las circunstancias lo permitan.