EEUU descubre a Ensor

La belleza de lo raro. Con una visión macabra de la realidad, en su obra siempre hay espacio para la crítica social


ISABEL PIQUER
Público




Entrar en el mundo de James Ensor es entrar en una feria grotesca de personajes esperpénticos y extravagantes, un carnaval siniestro de esqueletos danzantes. Es tal la fuerza del pintor belga, objeto de una amplísima retrospectiva en el MoMa, que sus cuadros consiguen disparatar la estructura simétrica y ordenada del museo neoyorquino y llevársela en un torbellino alegre y mórbido, una cacofonía de colores y barbaridades.

Ensor (Ostende 1860-1949) fue una figura crucial en la vanguardia belga del siglo XIX y precursor del Expresionismo del XX. Su trabajo tan peculiar, su trayectoria individualista, difícilmente catalogables, influyeron a artistas tan diversos como Paul Klee, George Grosz, Alfred Kubin o Emil Nolde.

Nada es del todo real en la obra de Ensor. Una naturaleza muerta, el retrato de una tranquila tarde de verano esconden la sospecha de una dimensión extrafalaria que el pintor disfruta revelando.

La muestra que el MoMA inaugura este domingo incluye cerca de 120 obras que cubren la etapa más fructífera del pintor, de 1880 hasta mediados de 1890. Aquí están sus escenas fantásticas y fantasmagóricas de máscaras inquietantes y personajes exagerados, aunque se echa en falta la pintura que le dio a conocer, Entrada de Cristo en Bruselas (1888), propiedad del museo Getty de Los Ángeles.

"La diversidad del trabajo de Ensor le ha permitido escapar de las clasificaciones, tanto artísticas como históricas", subraya la comisaria de la exposición, Anna Swinbourne, "es parte del atractivo especial que ha seducido tanto al público como a los otros artistas".

Excepto por los tres años que pasó en la Academia de Bellas Artes de Bruselas, Ensor vivió toda su vida en Ostende, incluso durante las dos guerras mundiales. Instaló su estudio en la casa familiar, encima de la pequeña tienda de recuerdos y curiosidades de su madre, donde entre otras cosas, vendía máscaras a los turistas y veraneantes. Los vaudevilles de gira por el balneario, entonces extremadamente popular, y por lo visto los trajes algo excéntricos que solía ponerse su abuela, componían parte de su universo.

Contra las normas

Ensor empezó pintando retratos, pero su carrera se volcó rápidamente hacia lo irreverente y pronto se involucró en el grupo vanguardista Les XX (Los Veinte), cuya meta era animar nuevas tendencias artísticas en Europa, sobre todo después de que los salones oficialistas rechazaran sus trabajos. El grupo no duró mucho, apenas diez años pero estos le sirvieron para tomar contacto con sus contemporáneos, los maestros impresionistas que tanto influyeron en su obra. Monet, Renoir, Rodin entre otros expusieron para el grupo.

A mediados de los ochenta, Ensor, víctima de una úlcera y de un profundo desengaño sentimental después de que su familia no le dejara casarse con la mujer a la que se había prometido, volvió a la pintura religiosa. Y ahí descubrió la luz.

Fue entonces cuando se dedicó a trazar los tormentos de Cristo para mostrar su rechazo y disgusto con la sociedad, toda una serie de bocetos y cuadros que culminaron con el enorme Entrada de Cristo en Bruselas. En uno de los gigantescos dibujos que se pueden ver en el Moma, Cristo aparece rodeado de una muchedumbre amenazante que recuerda las pinturas negras de Goya, bajo un cartel de Charcutería Jerusalén.

Influido por los colores impresionistas y la imaginería grotesca de maestros flamencos antiguos, como El Bosco y Bruegel, se dedicó a desarrollar temas y estilos vanguardistas de las situaciones que más tenía a mano. Las fiestas de Ostende, que le producían repulsión y rechazo le permitieron representar a la humanidad como algo estúpido, amanerado, vano y odioso, retratando a los individuos como payasos o esqueletos, y reemplazando los rostros por las máscaras de carnaval, las que vendía su madre, desfigurados por pinceladas violentas.

Descaro sin concesiones

"Las máscaras significan para mí la frescura del color, suntuosas decoraciones, gestos salvajes y sorprendentes, expresiones sobresaltadas, turbulencias exquisitas", comentó el pintor en vida. Experimentaba constantemente; a veces volvía a trabajar antiguas obras, con collages o con nuevas técnicas cambiando totalmente el original. Años después de pintar su autorretrato con un sombrero a flores en 1883, le añadió un nuevos elementos que dieron a la obra un espíritu cercano a Rubens.

La carrera de Ensor fue intensa y corta, pero no dejó de pintar sátiras despiadadas. Su imaginación grotesca no tenía límites para ridiculizar a los poderosos de la época. En el Alimento Doctrinario (1889) no duda en retratar al rey y otras figuras de la política belga, el ejército, la iglesia, defecando tranquilamente sobre un grupo de ciudadanos. En Los Jueces Sabios (1891) critica sin reparos el sistema judicial corrupto de la época y los magistrados aparecen sentados frente a una mesa con restos de cadáveres.

Nadie se libra de la burla, ni los médicos que aparecen como unos matasanos histéricos sacándole las entrañas a sus pacientes, ni los músicos, mimetizados en bestias amorfas, ni los cocineros, sirviendo, en una de las estampas, un pescado con la cara del propio Ensor.

No dejaba títere con cabeza, literalmente. No hay tema que escape a su profunda y despiadada ironía ni siquiera él mismo, objeto de su propia sorna. Muchos de sus amigos y contemporáneos se encontraron colgados en el mundo extraordinario del pintor. Sus ataques contra el sistema, contra el rey, la religión y el ejército, fueron extraordinariamente duros, pero los ciudadanos de a pie tampoco escaparon de su humor, a veces escatológico, como muestran las imágenes de la muerte y la peste abalanzándose sobre una muchedumbre histérica.