Black Sabbath, la banda más influyente del heavy metal regresa con material revisado


Tony Iommi, Ozzy Osbourne, Geezer Butler y Bill Ward son cuatro jóvenes de la ciudad industrial de Birmingham, Inglaterra, castigada seriamente, no hace muchos años, por la aviación alemana. Tras la enseñanza básica todos abandonan la escuela. Unos porque tienen claro que la música es su destino, otros porque la calle y lo fácil les puede, caso de Ozzy Osbourne. A unos y otros, tras muchos quiebros, el destino les une bajo el manto negro de Black Sabbath.


PABLO CABEZA
Gara



El inicio de la década de los setenta llega marcada por el poder de bandas como Led Zeppelin y Deep Purple, formaciones contra las que Black Sabbath no puede luchar en sus primeros días. Los Zeppelin y los Purple son ya conocidos e influyentes en 1970, año de la edición del primer disco de los Sabbath. Con el paso de los años, los dos primeros crecen desmesuradamente, influyendo en miles de formaciones. Por detrás, Black Sabbath no alcanzan su nivel de popularidad, pero, curiosamente, arrancada la década de los ochenta cientos de grupos comienzan a fijarse en la sórdida y tétrica sonoridad del cuarteto de Birmingham. De tal forma que comienzan a ser inevitable referencia para las bandas que toman el camino del thrash, del doom, del black metal, del stoner, del rock oscuro... En poco tiempo, la discografía de Black Sabbath es saqueada por miles de músicos que buscan en la oquedad de su sonido la inspiración para un nuevo metal.

El atractivo y sugerente sonido Black Sabbath se caracteriza por la solemnidad y gravedad de sus notas, por el contraste entre la pesadez de su propuesta y la voz aguda de su vocalista, Ozzy Osbourne, por los riffs característicos de su guitarrista, Tony Iommy, la sombría y espectacular base rítmica y el juego de sombras y esoterismo de las letras de sus primeros discos. Los cuatro miembros originales aportan un espacio cromático que difícilmente hubiese sido el mismo sin la participación de cada uno de ellos. No obstante, sin Iommy ni siquiera hubiese habido un inicio ni un sonido trascendente. Arte personal que, en buena parte, proviene de un accidente de juventud que marca el destino de la mano derecha (él es zurdo) de Frank Anthony Iommi, nacido el 19 de febrero de 1948.

En Birmingham, en el barrio de Aston, se inicia la historia musical de Tony Iommy, a quien tomaremos como referencia inicial del sonido Black Sabbath, si bien, como se ha indicado, Ozzy, Geezer y Bill son también parte fundamental del acabado. A Iommy dejan de importarle los estudios con prontitud. Su primera banda de cierto relieve (tuvo otras en los días de escuela) fue The Rockin' Chevrolets, allá por 1964.

El día del accidente

Con 18 años, y ya con un buen número de formaciones creadas y rotas, se encuentra trabajando en una factoría de coches, Lucas. Un día decide que se ha acabado el trabajo en la fábrica y que quiere dedicarse por completo a la música. Tony solicita la liquidación, por fin va a poder dejar la cizalla de cortar metales y, si las cosas salen mal, ahí está la ciudad repleta de oportunidades para los obreros. Sin embargo, el mismo día de la despedida, la cuchilla que tantas veces ha cortado el metal le sesga la punta de los dedos anular e índice de su mano derecha. Conmocionado y con el porvenir en dos trocitos de dedo, los recoge y toma rumbo al hospital con el ruego de que le sean injertados, pero la técnica no está aún tan avanzada y sólo se llevan unos vendajes por solución. Lo ve claro: adiós a sus sueños, adiós a su carrera como músico.

Tony se encierra en casa, desconcertado, sin rumbo. No hay consuelo, ya que hasta los médicos le dicen que nunca volverá a tocar la guitarra. Con todo, una tarde se acerca a su casa de Aston Park su ex jefe de factoría. Le lleva un disco de Django Reinhardt. No sin resistencia consigue que Iommy lo coloque en su tocadiscos. El chaval reconoce que el tipo toca muy bien, pero no le reconforta en exceso. Menos aún que sea un gran guitarrista, estatus al que él ha tenido que renunciar. La situación cambia cuando su superior le dice que Django sufrió con 18 años un incendio en su caravana que acabó con dos de sus dedos. El hecho le impacta de tal forma que de inmediato cabila la forma de iniciar de nuevo su carrera. En principio idea una prótesis artesana que le sirva para puntear. Posteriormente rebaja la afinación en una escala y media para que estén más suaves, al tiempo que utiliza cuerdas de calibre fino con la intención de poder estirarlas sin problemas. También basa buena parte de sus acordes en las cuerdas altas de la guitarra. Circunstancias que obligan al resto de la banda a sonar también más graves, más solemnes. El accidente ha cambiado la morfología de su mano derecha, pero también le ha dado una sonoridad, que unida al talento, se convierte en única.

Black Sabbath

Del 64 al 69, las formaciones de ida y vuelta son numerosas, así como los músicos que vienen y van, aunque en casi todos los capítulos se encuentran alrededor de Iommy, Geezer o Bill. En 1969, los tres convergen en un nuevo proyecto, pero les falta vocalista. Geezer le dice a Tony que conoce a uno que puede valer. Éste accede a probar y no sale del asombro cuando por la puerta del local entra Ozzy Osbourne, el crío a quien había martirizado en el colegio en numerosas ocasiones. Finalmente, se saludan, olvidan los rencores y comienza la historia de Black Sabbath, nombre aportado por Geezer, el cerebro más oscuro y bizarro de la banda, quien se había quedado con este nombre gracias al filme de igual nombre dirigido por el italiano Mario Brava e interpretado por el singular Boris Karloff.

«Paranoid» se reedita acompañado de un CD con instrumentales y un DVD con sonido 5.1

Después de treinta años de actividad y más de una veintena de discos entre oficiales, directos y recopilatorios, Vertigo inicia la reedición expandida de buena parte de la discografía de Black Sabbath. El primero en ser revisado es «Paranoid» (1970), curiosamente el segundo de su carrera, pero contenedor del hit «Paranoid», una de las canciones más sencillas de la discografía de Black Sabbath, pero corte muy directo y efectivo. El álbum se abre con «War pigs», una de las canciones más versioneadas de la banda, objeto del deseo de innumerables formaciones tanto del metal extremo como del rock setentero. En principio la canción se llamó «Walpurgis» e iba sobre la fiesta de Satán. A la discográfica el asunto tratado no le satisface, por lo que el grupo tiene que cambiar título y letra. La segunda versión la titulan «War pigs» un himno antibelicista con la guerra de Vietnan en primer plano. En la portada se ve a un guerrero con un escudo y un sable, en consonancia con la guerra o incluso con Satán. Tras el cambio de título del disco, las cosas no encajan, pero la carátula no se revisa, no hay tiempo. «War pigs»: «...No más cerdos de la guerra en el poder. Y como Dios ha marcado la hora del Juicio Final, Dios os reclama. Los cerdos de la guerra se arrastran de rodillas suplicando piedad por sus pecados. Satanás, riendo, se frota las manos». También debió ser el título del álbum, pero nuevamente chocan con las ideas de la discográfica (en realidad Warner, EEUU, no Vertigo, Gran Bretaña), que no cree conveniente que esa temática sea prudente tratarla desde la llamada de un título. Además, meses atrás había tenido lugar la masacre de Charles Mason y la palabra pigs aparecía por multitud de paredes. La versión satánica se puede escuchar en «Ozzman cometh», una recopilación de éxitos de Ozzy Osbourne. De otra parte en el tercer disco de la presente reedición se incluye una versión alternativa de «Paranoid» con texto diferente. En «War pigs» se encuentran todas las claves de Sabbath: el sonido oscuro, los famosos riffs de guitarra de Iommy; Satanás de una u otra forma, el tono vocal monocorde y nasal de Ozzy, pero distinto a todos los demás cantantes y magnético: la calidad de Geezer Buttler al bajo, tocándolo con precisión y muy suelto y los golpes a la batería de Bill Ward, enorme en detalles e inventiva. Bien se nota su admiración por el jazz.

El disco continúa con «Planet caravan», donde nos hallamos ante un grupo más relajado. La textura conduce hacia el rock espacial, la introversión. La versión alternativa resulta también muy motivadora. Con «Iron man» se regresa de nuevo al lado más tortuoso de Sabbath, quienes prosiguen por el resto del disco con canciones donde pronostican que el apocalipsis llegará en forma de radioactividad, «Electric funeral» o que la heroína es una mala cosa, «Hand of doom». Curioso, porque Ozzy, en especial, ha tenido graves problemas con las drogas a lo largo de toda su vida. Iommy se luce en riffs pioneros para el heavy metal, en solos perfectos y calculados, a la par que puede descubrirse una sección rítmica de calado y un vocal por carácter y tono, único.

De momento Black Sabbath descansan, mientras que Iommy y Ronnie J. Dio serán noticia el 28 de abril con Heaven and Hell y su nuevo álbum, «The devil you know».

Los Coronas: rollo surfero, sí, pero también toques fronterizos y vaqueros

El grupo presenta en una gira su nuevo disco, 'El baile final de los locos y los cuerdos'


ALEJANDRO ARTECHE
Soitu



Recién llegados de Estados Unidos, donde han estado actuando, para continuar con la gira por España presentado su nuevo disco 'El baile final de los locos y los cuerdos', los madrileños Los Coronas se enfrentan a una serie de conciertos con los Straightjackets, algo que les apetece muchísimo.

"Ya hemos tocado con ellos antes y es un placer hacerlo de nuevo", nos dice su guitarra Fernando Pardo. "Además nunca les hemos visto con Big Sandy y estamos seguros de que el concierto va a estar muy bien y que lo vamos a disfrutar al máximo. Va a ser una buena ocasión para compartir escenario con uno de los revitalizadores del r’n’r instrumental en el mundo en estos últimos 10 o 15 años. Para nosotros, un placer y un honor".

Fernando comparte su tiempo con Los Coronas y su otra banda, Sex Museum, un clásico en el rock nacional. Los fans del grupo pudieron seguir por el blog que publicaron en internet sus andanzas en Estados Unidos y los problemas que tuvieron al ser algunos de los conciertos en tiendas de discos o instrumentos. Estar rodeados de guitarras vintage o primeras ediciones en vinilo fue bastante peligroso para las tarjetas de crédito. "En el aeropuerto tuvimos exceso de peso, así que nos vimos obligados a llevar los discos en la mano porque si no los sacábamos de la maleta nos obligaban a pagar un pastón extra, pero hemos sabido contenernos y no nos hemos traído instrumentos musicales, más que nada porque gracias a Ebay estamos constantemente comprando y vendiendo".

A pesar del gasto, que engrosará las colecciones de vinilo de los componentes de Los Coronas, el viaje a Estados Unidos ha dado sus frutos en una serie de conciertos y actos promocionales y negociaciones para editar el disco allí, que al fin y al cabo los chicos han ido a trabajar y aprovechar el tiempo. Y vaya si lo han aprovechado. "Originalmente teníamos dos conciertos y una vez conseguidos, buscamos otros utilizando los contactos que teníamos por allí y nos salieron otros cinco, incluyendo una televisión. Ha sido una gran experiencia. Dan ganas de quedarse allí unos meses más, o unos años. Sobre la edición del disco, aún lo estamos negociando. En unos meses veremos".

Algo más que una colección de instrumentales con aire surfero

'El baile final de los locos y los cuerdos' es algo más que una colección de instrumentales con aire surfero. La primera sorpresa llega nada más comenzar el disco. Una inesperada versión de Astor Piazzolla, uno de los compositores de tango más vanguardista y experimental, 'Libertango', que ya en los 80 fue revisada por Grace Jones con sonido discoteca y que Los Coronas realizan con tintes épicos y rancheros. "La canción la conocimos primero por Grace Jones", cuenta Fernando. "Era una de las canciones que aparecía en 'Frenético' de Roman Polanski y cada vez que la veíamos la recordábamos. Años después, volvió a nosotros, esta vez en la versión original, y pensamos que la mezcla de tango y surf podía funcionar y había que probarlo. Lo probamos y así fue".

'Libertango' no es la única sorpresa que se esconde en este disco. Los Coronas unen un clásico de la música vaquera con algo tan alejado como Kraftwerk y que bautizan como 'Jinetes radiactivos'. Curioso y sorprendente que para versionear se alejen tanto de las directrices de la música instrumental surfera. "Huimos de lo obvio para evitar lo que ya hayan hecho otros. Queremos experimentar, divertirnos y de paso ponernos a prueba. No tenemos ninguna responsabilidad ni compromiso comercial, así que podemos experimentar lo que nos apetezca. Las referencias estaban muy claras cuando comenzamos en el 91, con el tiempo le damos mas importancia a encontrar un camino personal y distinto al del resto de grupos del rollo surfero".

Rollo surfero sí, pero también toques fronterizos y vaqueros como escapados de una banda sonora de cowboys de Ennio Morricone o de Tarantino. Buena mezcla, sí señor. "Es algo que hemos tenido claro desde el principio y que con el paso del tiempo hemos ido desarrollando para diferenciarnos. Es una mezcla entre r’n’r instrumental de los 50 y 60 con música de 'spaghetti western', algo de country, soul y unos toques de nueva ola o punk de finales de los 70 y principios de los 80. Lo de que suene Tarantino es porque él se encargó de resucitar estos sonidos. Si no fuera por él, nuestra música resultaría muy extraña. Las canciones clásicas del género se conocen por sus películas, porque las utiliza en ellas. Tarantino es el padrino del revival surfero, gracias a sus revitalizaciones de gente cómo Dick Dale, Link Wray, Lively Ones..."

Y Los Coronas se encargan de hacer su propia aportación al universo instrumental. Un sampler con la voz de Fernando Fernán Gómez en la famosa discusión con un lector y su popular grito en los zappings televisivos de '¡a la mierda!'. Esta canción, 'Alamerde', está haciendo que Los Coronas suenen por otros canales que no son los especializados en este tipo de grupos. No sé si por curiosidad, rareza o frikada. ¿Les da miedo que alguien se confunda y los catalogue como grupo de humor o friki? "Es un homenaje de un grupo que no somos demasiado políticamente correctos a un actor que no era políticamente correcto en absoluto, y todo lo que llegue a circuitos ajenos al nuestro será bueno. Y respecto a lo del miedo, con la música se puede arriesgar, experimentar y hacer cualquier ida de olla que se te ocurra sin sentir miedo. Fernando Fernán Gómez era un gran tipo, con más cojones que la mitad de la población española junta y se merecía un homenaje a su altura, sin cursiladas. Si la canción es vista como un homenaje o una frikada, eso depende de cada uno. ¡También se puede ver como un homenaje friki!"

Hablando con Los Coronas, no se podía dejar de tocar el tema sobre la cantidad de grupos que hay en España haciendo surf instrumental. No entran en listas de éxitos, pero seguro que tienen un público seguro. ¿Pero cuál es? ¿Surfistas, rockeros, otros músicos? Fernando cree saberlo. "No es público específico de la música surf, es más bien de amantes de un tipo de r’n’r antiguo, de garage, de música de los 60, algo bastante heterogéneo. En España, de cualquier manera, no hay mucho público para el rock en general. Sí para el pop-rock o para AC/DC o Bruce Springsteen, pero las derivaciones o las visiones personales del r’n’r, siempre son minoritarias. Lo complicado con el surf es que no es una moda que ha llegado de fuera, ni siquiera es una moda. Es algo que ha ido creciendo lentamente hasta llamar lo suficiente la atención. Es un sonido que ha llegado más por el cine de Tarantino o Robert Rodríguez que por una moda musical".

El coraje de Wolff

Referencia de las letras estadounidenses contemporáneas, Tobias Wolff reivindica la verdad y ve la literatura como un ejercicio de honestidad. En Aquí empieza nuestra historia ha retocado una serie de cuentos escritos a lo largo de su carrera y presenta once nuevos


ANDREA AGUILAR
El País




Le interesa la mentira. Los personajes que pueblan las historias de Tobias Wolff (Alabama, 1945) a menudo construyen una realidad alternativa. No se trata de dementes incapaces de distinguir entre realidad y ficción, sino de fabuladores natos; embusteros prestos a manipular una verdad que no les convence. En la mentira encuentran una vía de salida. Así, el adolescente del relato 'El mentiroso', a raíz de la muerte de su padre, inventa que sus familiares padecen terribles enfermedades. El autoestopista que recogen un hermano triunfador y otro echado a perder en 'El hermano rico' habla del delirante descubrimiento de unas minas de oro. En 'Mortales', un gris recaudador de impuestos miente sobre su propia muerte para que le escriban un obituario.

En Aquí empieza nuestra historia (Alfaguara) este maestro del género ha reunido 30 de sus mejores cuentos. Colaborador habitual de la revistas The New Yorker y Atlantic, en sus páginas publicó gran parte de estos relatos. Casi dos tercios de las historias del nuevo libro fueron recopiladas en colecciones anteriores, pero Wolff ha añadido 11 nuevos cuentos. Con esta antología el escritor ha añadido el Story Award que recibió el mes pasado a su larga lista de galardones, entre los que figuran el PEN / Malamud y el Premio de la Academia de Letras y las Artes de América.

Dice el escritor estadounidense que una de las claves de su oficio es "la experiencia de primera mano". En más de una ocasión se ha referido a su padre como un mentiroso compulsivo. Al separarse sus padres, su hermano mayor, el también novelista Geoffrey Wolff, se marchó con él. Ambos han escrito sobre la querencia de su progenitor a tergiversar la realidad.

Tobias peregrinó con su madre por varias ciudades de Estados Unidos. En Concrete, Washington, ella volvió a casarse. Wolff falsificó las cartas de recomendación y su historial y consiguió que le aceptasen en un prestigioso internado, el Hill School de Pensilvania. "Era la única manera en que podía entrar. Fue un acto de desesperación. Suspendí matemáticas y me expulsaron. Me lo tenía merecido", asegura. Tras la expulsión se alistó al Ejército y luchó en Vietnam antes de licenciarse en Literatura en la Universidad Oxford. En su autobiografía Vida de este chico desveló su mentira adolescente. En En el ejército del faraón hizo un memorable recuento de la incertidumbre, el terror y el absurdo de su experiencia en la guerra.

Decepción y traición. Miseria moral teñida con un humor seco y feroz. Wolff tantea este escabroso terreno sin caer en sentimentalismos, ni decoros. No hay piedad, ni disimulo. En su trabajo late lo crudo, lo banal y lo real. Sin alardes aparentes habla de la tentación y la caída, de la absurda conciencia. Quizá por todo esto a Wolff se le encasilló como uno de los autores del llamado realismo sucio. Aquello fue a principios de los ochenta cuando Raymond Carver y Richard Ford -sus amigos y compañeros de generación- diseccionaban con su afilada prosa las miserias cotidianas. "Conocí a Carver cuando yo estaba becado en la Universidad de Stanford en un programa de literatura", recuerda. "Tenía unas largas patillas. Nos presentó una colega que ya había triunfado. Él todavía no había publicado su primer libro. Apenas hablamos. Unos años después coincidimos en la Universidad de Siracusa dando clase. Vivimos en la misma casa y nos pasábamos las noches en vela hablando".

Una fría mañana de invierno Wolff posa paciente para las fotos en una esquina desangelada de Central Park. La fina cazadora de cuero y las redondas gafas de sol de aire retro dejan claro que a este residente del Estado de California las gélidas temperaturas le han pillado por sorpresa. En 1997, Wolff regresó a la Universidad de Stanford en Palo Alto donde imparte clases de literatura y un taller de escritura. Una gorra de lana le cubre la cabeza; el espeso bigote blanco, la irónica sonrisa.

En vista del frío, el escritor acelera el paso camino de la casa de un amigo en el Upper East Side donde él y su esposa se están alojando. En la amplia cocina, todos en pijama, comentan el periódico y bromean sobre la actualidad política. El ambiente en esta town house es distendido y familiar. Wolff busca un lugar tranquilo donde hablar. Un ascensor de los años veinte forrado en papel de rayas le lleva hasta la segunda planta y allí, en un amplio salón bajo un ventilador de techo imposible de parar, habla acerca de su colección de cuentos.

En los cuentos escritos hace décadas aparecen veteranos y soldados, en alguno de los más recientes Irak suena de fondo. "Es parte de la misma historia, pero la comparación entre las dos guerras es demasiado fácil. Es la misma retórica en contra de rendirse. La idea de que porque ya han caído tantos tenemos que seguir allí, que fácilmente confunde al público", asegura. ¿Se olvidaron las lecciones aprendidas? "Tuvimos cuidado durante un tiempo pero la victoria es una industria sensacional. Hemos heredado una determinada tremenda falta de honestidad que está instalada en nuestras vidas".

El nuevo libro arranca con una confesión en el prólogo: Wolff ha retocado sus viejos relatos, y lo ha hecho porque como autor considera que ese material sigue vivo. Fue otro Wolff quien los escribió, admite, pero el de ahora se siente con pleno derecho a meter mano, en beneficio del lector. "No he cambiado el argumento. La mayor parte de los cambios han sido de lenguaje, de precisión, de depuración. Si puedes prescindir de algo, ¿por qué no quitarlo? Los cambios cosméticos son importantes. A veces estás dentro y no lo ves. Ése ha sido el problema que he tenido cuando he escrito algunas historias", dice sentado en el sofá.

Sus argumentos resultan convincentes. Wolff sabe cómo persuadir a sus interlocutores con sus razones sensatas. Inspira confianza con su aire tranquilo y cercano. Evita cualquier demostración banal de ego. "Estoy en un constante estado de revisión y edición. Y las historias nunca llegan a un punto en el que están cerradas, nunca llega un momento en que esto para. Porque vamos cambiando", aclara.

En los más de treinta años que abarca este libro, ¿qué ha cambiado en su escritura? "Un lector tendría más que decir que yo sobre eso. Pero cuanto más tiempo llevas escribiendo más preguntas te haces. Ahora sé que si empleo el suficiente tiempo puedo conseguir algo. He ganado seguridad, pero los retos también son mayores. Te conviertes en prisionero de ti mismo y no quieres hacer algo que te disminuya. Te esfuerzas por mantenerte inquieto".

En el prólogo de Aquí empieza nuestra historia, Wolff insiste en su afán por descubrir complicados procesos morales o mecánicos que pasan inadvertidos a primera vista, y comparte con los lectores el filtro previo a la publicación de un cuento. "Piensen que antes de que salga publicado en una revista un editor lo ha leído lápiz en mano y que al menos algunas de sus sugerencias han sobrevivido a las negociaciones, no porque me hayan forzado sino porque yo he creído que mejoraban la historia. Luego otro editor lo ha leído antes de publicarlo en una colección de cuentos y sin duda tenía algo valioso que decir. Y si la historia ha sido elegida para una antología, como todos o casi todas de las que están aquí reunidas lo han sido, yo le habré dado otro repaso, y lo he vuelto a hacer de nuevo antes de que salga la edición en bolsillo", escribe.

El controvertido caso de su amigo Raymond Carver y el mítico editor Gordon Lish -que con su afilado lápiz tachó sin compasión secciones enteras de sus cuentos- es paradigmático de este proceso. "Sí, yo sabía que Lish tiene mano dura", dice Wolff. La publicación póstuma de la versión completa de los relatos de Carver impulsada por su viuda ha reabierto la polémica. "Creo que eso es una cuestión para estudiosos o académicos. Al final Carver eligió las historias que quiso incluir en su última antología. Regresó a los originales en unos casos y en otros decidió quedarse con la versión editada. Lo que ha ocurrido ahora embarra de alguna manera su legado".

Wolff ha tomado precauciones. "Ya he dejado dicho que cuando muera, por favor, que no me toquen los papeles. No quiero que la gente sepa. Entiendo que no es una actitud generosa hacia escritores futuros pero los borradores son asunto mío", añade con una sonrisa. Para evitar tentaciones futuras a sus deudos, dice que ya ha comenzado a destruirlos. ¿Con cuántos trabaja? Desde que escribe en ordenador le cuesta seguir la pista, pero muchos de los cuentos de Aquí empieza nuestra historia los tecleó a máquina. Hacía unas doce versiones. "Cuando empiezo a escribir sé adónde quiero llegar, pero pienso mientras avanzo y mi idea original cambia. Me pregunto cosas como qué es lo que realmente le preocupa a un personaje. ¿Cuál es en realidad la relación de poder? Moralmente, ¿qué está pasando?".

Admirador del trabajo de Flannery O'Connor y de Faulkner -"les encantaba hacer parodia"-, Wolff pasó su infancia enganchado a los relatos de O. Henry, uno de los padres del cuento americano que inició su carrera literaria para mantener a su hija mientras él cumplía condena en una cárcel por estafa. "Me encantaban sus finales con truco, con sorpresa como en 'Regalo de Reyes'. Con él descubrí el sentido de la estructura", recuerda. En Jack London y Hemingway encontró historias que al principio no entendía pero eran vivas y afiladas. En aquellas lecturas descubrió que "a la gente le encanta quererse a sí misma". Confiesa que también pasó mucho tiempo "haciendo el tonto", en busca tan sólo de variedad. A los 14 años decidió que quería ser escritor.

Su pasión por el relato se ha mantenido intacta. "Tiene una densidad especial, encapsulada, algo que sólo empiezas a apreciar con el paso del tiempo. Es como un poema", explica. ¿La clave del cuento perfecto? "Bueno, pues que sientas que está en armonía con tu sentido de la vida, que capture algo". Los de Carver -"declarativos, aparentemente rectos pero en los que algo se vuelve extraño de forma muy rápida"- y los de Turguénev -"sus historias no son concluyentes, forman un collar"- se cuentan entre sus favoritos.

En uno de sus nuevos relatos, 'La estudiante madura', resuena el eco de otro gran escritor: el checo Milan Kundera. La alumna Teresa entabla una conversación con su profesora de Historia del Arte, inmigrante de Checoslovaquia que acaba confesando sus delaciones como confidente de la policía secreta en Praga en los años setenta. "Es curioso pensar que alguien toma parte en eso y continúa con su vida. Es difícil vivir con eso encima", reflexiona. Wolff cuenta que al escuchar las acusaciones contra Kundera, que le señalaban como delator, se quedó helado. "Si fuese verdad me quedaría devastado. Cuando lees su trabajo te entra en las venas".

La mentira, la impostura y la ficción comparten un terreno común. Pero Wolff reivindica la verdad. Habrá que creerle. La literatura, sostiene, es un gesto de honestidad. "Yo no igualo el arte a la mentira. Los novelistas inventan la verdad, eso es algo distinto. Cuando los escritores serios escriben van a lugares que son dolorosos. No se escapan", explica. Al final, dice, se trata de crear algo convincente, real, sincero. "La mentira es por naturaleza negación. La industria absurda de las memorias autocomplacientes. Eso suena muy falso".

Wolff piensa que los escritores deben usar sus propias debilidades, su lado oscuro. "Fitzgerald era un trepa social y fue un niño mimado. Cuando escribía usaba todo esto y hablaba de ello sin tapujos. Entendía perfectamente de qué iba el personaje de El niño rico con sólo mirar su propio carácter". ¿Cómo hizo él frente a sus mentiras? "Por un lado, está la decepción deliberada del otro, y luego están las mentiras como invención para encontrar alguna manera de traspasar las ambigüedades de la vida, para alcanzar algunas verdades. Se necesita coraje para exponerte".

Somalia: nos mienten sobre los piratas

JOHANN HARI
Global Research (Traducido para Rebelión por Christine Lewis Carroll)



¿Quién podría imaginar que en 2009, los gobiernos del mundo declararían una nueva guerra a los Piratas? Mientras está leyendo esto, la Marina británica – apoyada por los buques de más de dos docenas de naciones, desde los Estados Unidos hasta China – se está internando en aguas de Somalia para perseguir a hombres que todavía vemos como villanos de circo con un loro en el hombro. Pronto estarán luchando contra buques somalíes y hasta persiguiendo a los piratas en tierras de Somalia, uno de los países más rotos de la tierra. Pero detrás de la extravagancia de este cuento, hay un escándalo por contar. La gente que nuestros gobiernos etiquetan como “una de las grandes amenazas de nuestros tiempos” tiene una historia extraordinaria que contar – y algo de justicia de su parte.

Los piratas nunca han sido exactamente lo que creemos que son. En la “edad dorada de la piratería” – desde 1650 hasta 1730 – la idea del pirata como el ladrón salvaje e insensato que perdura hasta nuestros días fue creada por el gobierno británico en un gran esfuerzo propagandístico. Mucha gente corriente creyó que esto era falso: con frecuencia la muchedumbre les rescataba de la horca. ¿Por qué? ¿Qué vieron entonces que nosotros no vemos ahora? En su libro Villains of all nations (Villanos de todas las naciones), el historiador Marcus Rediker escudriña las pruebas para averiguarlo. Entonces, si te alistabas en la Marina Mercante o en la Marina británica – reclutado en los muelles de Londres, joven y hambriento – terminabas en un infierno flotante de madera. Trabajas a todas horas en un buque angosto y medio muerto de hambre, y si remoloneabas algo, el todo poderoso capitán te azotaba. Si remoloneabas constantemente, te podrían tirar por la borda. Y después de meses o años soportando esto, a veces te timaban en la paga.

Los piratas fueron los primeros en rebelarse contra este mundo. Se amotinaron contra sus capitanes tiránicos – y crearon un modo distinto de trabajar en la mar. Una vez tomado un buque, los piratas elegían a su capitán, y tomaban todas sus decisiones colectivamente. Compartían el botín, lo que describe Rediker como “uno de los planes más igualitarios del siglo dieciocho para aprovechar los recursos disponibles”. Hasta acogían a esclavos africanos y convivían con ellos como iguales. Los piratas demostraron “de forma bastante clara y subversiva – que no hacía falta llevar el buque en la manera opresiva y brutal que lo hacían la Marina Mercante y la Marina británica”. Es por esto que eran populares, a pesar de ser ladrones improductivos.

Las palabras de un pirata de esa edad perdida – un joven británico llamado William Scott – deberían tener eco en esta nueva edad de piratería. Justo antes de que lo ahorcaran en Charleston, Carolina del Sur, dijo: “Lo que hice fue para no perecer. Fui obligado a hacerme pirata para sobrevivir”. En 1991, cayó el gobierno de Somalia, situado en el Cuerno de África. Sus nueve millones de habitantes han estado al borde de morirse de hambre desde entonces – y muchas de las fuerzas más feas del mundo occidental han visto esto como una estupenda oportunidad para robar las provisiones de comida del país y verter nuestros residuos nucleares en sus mares.

Sí: residuos nucleares. En cuanto desapareció el gobierno, llegaban misteriosamente buques europeos a la costa de Somalia, vertiendo enormes barriles en el océano. La población de la costa empezaba a enfermar. Al principio, padecieron extrañas erupciones, nausea, y nacieron niños malformados. Entonces, después del tsunami de 2005, cientos de estos barriles vertidos y con fugas terminaron en la orilla. La gente empezó a enfermar de la radiación, y más de 300 personas murieron. Ahmedou Ould-Abdallah, el enviado de Naciones Unidas a Somalia, declara: “Alguien está vertiendo material nuclear aquí. También hay plomo, y materiales pesados, tales como cadmio y mercurio – o sea, de todo.” Se puede seguir su rastro hasta los hospitales y las fábricas europeos, y se entrega a la mafia italiana para que ésta se deshaga de ello de la manera menos costosa. Cuando pregunté a Ould-Abdallah qué hacían los gobiernos italianos para combatir esto, dijo con un suspiro: “Nada. Ni se ha limpiado, ni ha habido compensación ni prevención.”

Al mismo tiempo, otros buques europeos han estado saqueando los mares de Somalia de su mayor recurso: el marisco. Hemos destruido nuestras propias existencias de pesca por sobreexplotación – y ahora queremos las suyas. Enormes palangreros roban cada año más de 300 millones de dólares en atún, gambas, langosta, etc. al internarse ilegalmente en los mares no protegidos de Somalia. Los pescadores locales han perdido de buenas a primeras su sustento, y se están muriendo de hambre. Mohammed Hussein, un pescador de la ciudad de Marka, a 100 kilómetros de Mogadishu, declaró a Reuters: “Si no se hace nada, pronto no quedará pesca en las aguas de nuestra costa”.

Éste es el contexto en el que han surgido los hombres que nosotros llamamos “piratas”. Todo el mundo está de acuerdo en que eran pescadores corrientes somalíes que primero intentaron disuadir con lanchas veloces a los que vertían residuos desde los palangreros o por lo menos cobrarles un tributo. Se llaman a si mismos los Guardacostas Voluntarios de Somalia – y no es difícil entender por qué. En el transcurso de una entrevista telefónica surrealista, uno de los dirigentes piratas, Sugule Ali, dijo que su propósito era “parar la pesca ilegal y vertidos en nuestras aguas... No nos consideramos bandidos de los mares. Los bandidos son aquellos que pescan, vierten residuos y llevan armas en nuestros mares.” William Scott habría entendido estas palabras.

No, esto no justifica la toma de rehenes, y sí, algunos son evidentemente gángsteres – especialmente aquellos que han retenido los suministros del Programa Mundial de Alimentos. Pero los “piratas” tienen el apoyo abrumador de la población local por algo. El sitio web de noticias independiente somalí WardherNews encuestó a la población local sobre su opinión del tema – un 70 por ciento “apoyó la piratería como forma de defensa nacional de las aguas territoriales del país”. Durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos, George Washington y los padres fundadores pagaron a piratas para proteger las aguas territoriales de su país porque no tenían marina ni guardacostas propios. La mayoría de los estadounidenses los apoyaron. ¿Es esto tan diferente?

¿Esperábamos que los somalíes hambrientos nos mirasen pasivamente desde sus playas o mares en medio de nuestros residuos nucleares mientras robábamos sus peces para comerlos en los restaurantes de Londres, París y Roma? No actuamos cuando se cometían estos crímenes - pero cuando algunos pescadores respondieron interrumpiendo el pasillo de tránsito del 20 por ciento del suministro de petróleo mundial, empezamos a gritar sobre la “maldad”. Si de verdad queremos ocuparnos de la piratería, necesitamos erradicar su causa – nuestros crímenes – antes de mandar los cañoneros para erradicar a los criminales somalíes.

La guerra contra la piratería, también ésta de 2009, fue resumida por otro pirata que vivió y murió en el cuarto siglo antes de Cristo. Se le capturó y llevó ante Alejandro Magno, que quiso saber “qué quería decir con guardar el mar”. El pirata sonrió y respondió: “Lo que quiere decir Vd. con apoderarse de toda la tierra; pero como yo lo hago con un barco insignificante, soy un ladrón, mientras que a Vd., que lo hace con una gran flota, lo llaman emperador.” Una vez más, nuestras grandes flotas imperiales navegan hoy - ¿pero quién es el ladrón?