Muere Claude Levi-Strauss a los 100 años. Una entrevista de 2005: "Este mundo ya no es el mío"


VERONIQUE MORTAIGNE
Revista Ñ




Referente para varias generaciones de intelectuales, ya próximo a cumplir un siglo, Claude Lévi-Strauss repasa aquí los años que pasó en Brasil, cuando realizó los estudios etnográficos que marcaron el rumbo de la antropología estructural. En la charla aparecen el impacto colosal de la "selva virgen" y de la formación urbana, así como los cambios que sufrió nuestra relación con los pueblos "primitivos", con sus ritos y su cultura.

¿Es posible quedar marcado físicamente y para siempre por un país?

Sin duda. Cuando yo fui a Brasil, en 1935, para enseñar sociología en la Universidad de San Pablo, mi primer impacto fue la naturaleza, tal como todavía era posible contemplarla sobre las pendientes de la Serra do Mar, entre San Pablo y el puerto de Santos. Allí existía un desnivel de 800 metros tan abrupto que la civilización había desdeñado el lugar en beneficio de la selva virgen. Al desembarcar en Santos se tenía un contacto breve pero inmediato con lo que el Brasil del interior, a miles de kilómetros de allí, todavía podía reservar. En el interior me encontré de nuevo con una naturaleza absolutamente distinta de la que había conocido... Pero hay otra dimensión a la que no siempre se le presta atención y que para mí fue fundamental: el fenómeno urbano. En 1935 decían que se construía una casa por hora en San Pablo. Había una compañía británica que abría los territorios al oeste del Estado y construía una línea de ferrocarril y urbanizaba una ciudad cada quince kilómetros. En esa época, uno de los grandes privilegios de Brasil era poder asistir, de manera casi experimental, a la formación de ese fantástico fenómeno humano que es una ciudad.

¿Toda ciudad?

En nuestro país, la ciudad es a veces sin duda el resultado de una decisión del Estado, pero sobre todo de millones de pequeñas iniciativas individuales tomadas a lo largo de los siglos. En el Brasil de los años 30 se podía observar cómo se producía todo el proceso en unos años. Como yo ejercía la etnografía, los indios fueron para mí esenciales, pero esa experiencia urbana ocupó un lugar muy importante, y los dos Brasil coexistían. Novelistas como Euclides da Cunha —autor del clásico Os SertÉes — describieron magníficamente a ese Brasil. También conocí muy bien a Mario de Andrade: musicólogo, poeta, fundador de la Sociedad de etnografía y folklore de Brasil. Fuimos muy amigos.

De Andrade había imaginado con mucho humor, en su novela "Macunaima", a un indio de Amazonas mentiroso y haragán, convertido por su matrimonio en emperador de la selva virgen, que terminaba recalando en San Pablo para recuperar un amuleto antes de ser transformado en constelación: la Osa Mayor. Ese espíritu indígena, ese vínculo entre ciudad, selva y mito, ¿perdura? ¿Siguió su rastro?

Sigo la evolución de los indígenas que había estudiado a través del pensamiento, y gracias a mis colegas mucho más jóvenes, sobre todo de la universidad de Cuiaba, en el Mato Grosso, que trabajan con los Nambikwaras. Me escriben, me envían sus trabajos. Esos pueblos han soportado pruebas terribles: han sido casi exterminados. Pero lo que se produce actualmente es de sumo interés. Estos pueblos se han puesto en contacto unos con otros. Saben ahora lo que durante mucho tiempo ignoraron: ya no están solos en el universo. En Nueva Zelanda, Australia o Melanesia existe gente que, en épocas diferentes, pasó por las mismas pruebas. Toman consciencia entonces de su posición común en el mundo. Naturalmente, la etnografía ya no será nunca lo que yo pude practicar en mi época, cuando la cuestión era encontrar testimonios de las creencias, de formaciones sociales, de instituciones nacidas en total aislamiento respecto de las nuestras y que constituían por lo tanto aportes irreemplazables al patrimonio de la humanidad. Ahora, estamos, por así decirlo, en un régimen de "compenetración mutua". Vamos hacia una civilización a escala mundial. En la que probablemente aparecerán diferencias —al menos, eso esperemos— pero que ya no serán de igual naturaleza.

La rapidez de desplazamiento, la velocidad de propagación de las culturas, la comunicación, son factores determinantes...

Antes mis colegas y yo nos tomábamos barcos mixtos que después de muchas escalas tardaban diecinueve días en llegar a América del Sur, deteniéndose en las costas españolas, argelinas, africanas. De África, dicho sea de paso, solamente conozco las escalas que hice en los viajes a Brasil ida y vuelta.

¿Qué significa hoy Brasil para usted?

Representa la experiencia más importante de mi vida por el alejamiento, por el contraste, pero también porque determinó mi carrera. Tengo una deuda muy profunda con ese país. Abandoné Brasil a comienzos del año 39 y recién volví brevemente en 1985, cuando acompañé al presidente Mitterrand para una visita de Estado de cinco días. Aunque fue muy corto, ese viaje me produjo una verdadera revolución mental: Brasil se había convertido en un país totalmente distinto. En los 30, San Pablo tenía apenas un millón de habitantes y en 1985, más de diez millones. Los vestigios de la época colonial habían desaparecido. San Pablo se había transformado en una ciudad bastante horrorosa, erizada de rascacielos, a tal punto que cuando quise volver a ver, no la casa donde había vivido —seguramente ya no existía— sino la calle donde había vivido, pasé la mañana bloqueado en embotellamientos sin poder llegar. La urbanización hizo desaparecer su naturaleza; el río Tietè, que fue fundamental en la conquista del interior de Brasil, está moribundo...

Ese relajamiento de los vínculos entre el hombre y la naturaleza ¿no es característico de nuestra época?

Ya en mi tiempo, la naturaleza de San Pablo había cambiado mucho. El vínculo entre el hombre y la naturaleza quizá se haya roto y, al mismo tiempo, se puede comprender que Brasil, desarrollado tan notablemente, tenga respecto de la naturaleza la misma política que Europa en la Edad Media: destruirla para instalar una agricultura.

¿Volvió a ver a sus amigos, los indios Caduveos, Bororos o Nambikwaras, que usted había estudiado?

En 1985, Brasilia era una de las etapas del viaje presidencial. El diario O Estado de Sao Paulo me propuso llevarme a ver a los Bororos, un viaje que me había costado mucho en 1935, pero que, en avión, se podía hacer en unas horas. Subimos una mañana a una avioneta que transportaba solamente tres pasajeros: mi mujer, una colega brasileña y yo. El avión voló sobre los territorios Bororos, pudimos incluso divisar algunas aldeas todavía con su estructura circular, pero cada una tenía ahora una pista de aterrizaje. Y después de sobrevolarlas, el piloto nos dijo: Podría aterrizar, pero las pistas son tan cortas que tal vez no pueda volver a despegar. Renunciamos y regresamos a Brasilia atravesando una tormenta espantosa. Creo que nuestra vida nunca se había visto tan expuesta, ni siquiera en la época de mis expediciones. Llegamos apenas a tiempo para que mi mujer se pusiera un vestido de fiesta y yo un smoking para asistir a la cena de gala ofrecida por el presidente de Brasil a Mitterrand. Todo eso mostraba hasta qué punto había cambiado el país. No volví a ver a los Bororos en carne y hueso, pero sobrevolé el Bermejo, un afluente del Paraguay que me había llevado varios días remontar en piragua, y que ahora está bordeado por una ruta asfaltada.

La fotografía, a la que se ha dedicado con entusiasmo, ¿puede fijar esos mundos perdidos?

Nunca le di mucha importancia a la fotografía. Tomaba fotos porque era necesario, pero siempre con la sensación de que representaba una pérdida de tiempo, una pérdida de atención. Sin embargo, me gustaba mucho y me dediqué a la fotografía en mi adolescencia. Mi padre era pintor y trabajaba mucho con la fotografía. Pero la fotografía era un oficio aparte, por así decirlo. Lo que yo hice es un trabajo de fotógrafo en el grado cero. Publiqué un libro de fotos — Saudades do Brasil , que podría traducirse Nostalgia de Brasil, en 1994— porque a mi alrededor insistieron mucho. El editor eligió un poco menos de 200 clisés entre montones de otros. Durante mi primera expedición a los Bororos había llevado una pequeña cámara portátil y cada tanto oprimía el botón y tomaba algunas imágenes, pero en seguida me hastié porque cuando uno tiene el ojo detrás de un objetivo de cámara no se ve lo que pasa y se comprende menos todavía. Quedaron algunas migajas que en total hacen más o menos una hora de fragmentos de películas. Las encontraron en Brasil, donde yo las había abandonado y las mostraron una vez en el Centro Pompidou. Además, voy a hacerle una confesión: las películas etnológicas me aburren enormemente.

¿Qué pasa con el Museo del Hombre, inaugurado en 1938?

El Museo del Hombre se encamina hacia un nuevo destino. Fue concebido siguiendo una fórmula muy ambiciosa pero que, en mi opinión, ya no responde a las realidades del momento. Su objeto era unir la prehistoria, la antropología física, la etnografía, que tomaron en cada caso caminos divergentes. En el caso de la etnografía, el Museo del Hombre pretendía mostrar cómo vivían aún en 1920 y 1930 los pueblos lejanos que los etnólogos iban a estudiar. Eso ya no responde al presente. Si quisiéramos mostrar cómo vive hoy una población melanesia, desconocida en 1930, habría que poner en la vitrina bolsas de café y autos Toyota junto a algunos utensilios tradicionales. Y sería una imagen mentirosa. La idea general del futuro museo del Quai Branly es recoger todo lo que estas civilizaciones han producido de grande y bello, teniendo en cuenta que son testimonios del pasado. Eso responde bien a la relación que esas civilizaciones pueden y deben mantener con su pasado, y a la que podemos mantener hoy con ellas.

¿Es posible que un objeto sacado de su contexto ritual, comunitario, conserve su sentido?

Una máscara que tiene una función ritual es también una obra de arte. El enfoque estético no me inquieta en absoluto. El Museo del Louvre es ante todo un museo de bellas artes. Tiene, por lo tanto, un espíritu, una función estetizantes. Nunca impidió que la historia o la sociología del arte se desarrollaran, ni que los conservadores de ese museo fueran muy buenos estudiosos. El hecho de suscitar el interés o la emoción del público a través de objetos bellos no me preocupa para nada. La estética es una de las vías que le permitirá descubrir las civilizaciones que los produjeron. Y así algunos se convertirán en historiadores, observadores, estudiosos que se dedicarán a esas civilizaciones.

Usted coleccionó objetos y llegó a comparar los mitos, tema de sus investigaciones, con "objetos muy bellos que no nos cansamos de contemplar". ¿Todavía le encantan?

Siempre he amado los objetos, desde la infancia, el baratillo. En un tiempo, los objetos que llamábamos primitivos eran accesibles a los bolsillos modestos. Con André Breton, por ejemplo, cuando estábamos en Estados Unidos, sabíamos que esos objetos eran tan bellos como los de otras civilizaciones; y que podíamos comprarlos por casi nada. Todos los objetos ahora tienen un precio tan alto que lo único que se puede hacer es mirarlos de lejos sin pensar en tenerlos. Si las condiciones se hubieran mantenido, seguramente seguiría coleccionando. En 1950, tuve problemas personales y a toda costa tenía que comprar un departamento. Tuve que separarme de mi colección. Hoy veo pasar objetos que me pertenecieron. El Quai Branly compró el extremo superior de un tocado de indio de la costa noroeste de Canadá que se encontraba, no sé cómo, en una colección en la provincia. En el Louvre hay una máscara de transformación kwaktiul. También se podrán ver objetos que reuní para el Museo del Hombre durante mis expediciones; sufrieron mucho durante la guerra y luego por las malas condiciones de calefacción. Los tocados de plumas se arruinaron mucho. Las plumas estaban pegadas con resina o cera y en la época que yo traía mis colecciones, pensaban que debía inundar mis cajas con un desinfectante cuyos vapores disuelven esas resinas.

Usted es melómano. Su libro "Mitológicas" arranca con una obertura y cierra con una finale. En "Lo crudo y lo cocido", el primero de los cuatro volúmenes de "Mitológicas", comienza recitando un canto Bororo: la melodía del buscador de pájaros. ¿Analizó su música?

No, para nada, no soy etnomusicólogo; no estudié sus cantos. En algunos casos me impresionaron, en otros me emocionaron. Por otra parte, una de mis primeras emociones fue la de las ceremonias que se desarrollaban cuando conocí a los Bororos. Acompañaban sus cantos con sonajeros que manipulaban con tanto virtuosismo como un director de orquesta su batuta. Hace unos meses recibí la visita de dos indios Bororos que acompañaban a dos investigadores de la universidad de Campo Grande del Mato Grosso, donde ellos mismos enseñan. Quisieron, en mi oficina del Collège de France, por su propia iniciativa, cantar y bailar para mí. Esa es una de las paradojas en las que vivimos: esos colegas Bororos conservaban toda la frescura y autenticidad de una música que yo había escuchado sesenta años antes. Fue muy emocionante. La música es el misterio más grande que enfrentamos. La música popular brasileña de mi tiempo era, además, sumamente sabrosa.

¿Qué diría del futuro?

No me pregunte nada de eso. Estamos en un mundo al que ya no pertenezco. El que conocí y amé tenía 1.500 millones de habitantes. El mundo actual tiene 6 mil millones de humanos. Ya no es el mío. Y el de mañana, poblado por 9 mil millones de hombres y mujeres —aunque se trate de un pico de población, como nos dicen para consolarnos— me impide cualquier predicción...

La dictadura de los banqueros

LUIS ALSÓ
Rebelión




“El poder político real es ejercido a nivel mundial por un pequeño grupo de individuos sin escrúpulos que se encuentra en EE.UU., un país gobernado por dirigentes de sociedades secretas, que coincide que son los dueños de los seis principales bancos. Este pequeño grupo dirigente constituye el cerebro que domina el mundo”.

Louis de Brouwer, consultor de la ONU-UNESCO.


En las manifestaciones con motivo de la huelga general del pasado 19 de marzo en Francia, la pancarta de cabecera rezaba: “El pueblo antes que los banqueros”. En EE.UU. la furia popular se ha desatado hasta el punto de que se aconseja a los dirigentes de bancos y de AIG que no salgan a la calle con nada que les pueda identificar. En Inglaterra tambien se ha desatado la caza del banquero: Fred Goodwin, consejero delegado del Royal Bank of Scotland, se halla en paradero desconocido despues de recibir amenazas. El pueblo, empobrecido y airado, empieza a identificar al enemigo.

Los ciudadanos asisten estupefactos al espectáculo de unos gobernantes que esquilman las arcas públicas para salvar a una banca que no responde ante ellos, ni ante nadie, sobre el destino del dinero que reciben; unos gobernantes que parecen impotentes o resignados ante ella. La razon de esa parálisis-sumisión es porque, en su inmensa mayoría, están puestos ahí por ella, que los coopta o financia sus campañas electorales (Sarkozy y Gordon Brown son protegidos de la banca Rostchild; y Obama está virtualmente secuestrado por Wall Street); los pocos restantes están estrechamente “vigilados”. Son los gobiernos, pues, los que responden ante la banca y no al revés. Por otra parte, los bancos centrales, supuestamente independientes, son, en realidad, tentáculos del clan banquero para consolidar su poder mundial, y tampoco responden ante nadie ni son elegidos democráticamente (el analista mexicano Alfredo Jalife Rhame se refiere a ellos como “la dictadura centralbanquista”).

No existe en las constituciones ni en los programas electorales de los países con economía de mercado ninguna ley o principio que diga que cualquier empresa privada puede quebrar excepto los grandes bancos, ya que -hayan hecho lo que hayan hecho- “son demasiado importantes para dejarlos caer”. Una declaración semejante supondría una arbitrariedad y una vulneración de las reglas de dicha economía de mercado, salvo que se considerase a los bancos rescatados como empresas semipúblicas, bajo control, por tanto, del Estado; pero en el neoliberalismo la nacionalización de la banca está, por principio, excluída. Y sin embargo el lema -no declarado- “la banca primero” ha estado como una regla de oro detrás del comportamiento de todos los gobiernos occidentales, que saquean sin pudor los fondos publicos (¿no deberían ser procesados por malversarlos?) como si el reflotamiento de la banca privada constituyese una prioridad sobre cualquier otro problema económico o social. Las reticencias para salvar a la General Motors, empresa emblemática de la industria estadounidense, contrastan con la ayuda inmediata e incondicional recibida por el Citibank, ejemplo perfecto de banster (banco ganster). Este inicuo salvamento de los victimarios con dinero de las víctimas, dejando a éstas en el más completo desamparo, no tiene precedentes en la historia de las modernas democracias y desvela que los gobiernos neoliberales son meros instrumentos de una, hasta ahora camuflada, dictadura de Los Banqueros (con mayúscula, para referirnos a la gran banca, pues la pequeña está siendo absorbida por ésta).

El crédito bancario asequible es fundamental para el funcionamiento de la economía productiva capitalista. Su corte brusco y prolongado –y la inoperancia de los gobiernos- está dejando miles de pequeñas y medianas empresas quebradas y millones de trabajadores en paro. Cuando, tras un largo rescate -el Banco de Inglaterra prevé una década de resaca bancaria- vuelva a fluir habrán desaparecido muchos de los que lo necesitaban y los daños económicos y sociales serán cuantiosos e irreversibles. La reciente reunión del G20 que, presidida por los que crearon la crisis (¡la zorra al cuidado de las gallinas!), se autoarroga la representación del planeta, mantiene el principio de “la banca primero” entre otras medidas para, previo maquillaje, reflotar el sistema y empobrecer más aún a la gente. Como dice Lyndon Larouche, las recetas del G20 “acabarán con el paciente”. Todo ello justifica el calificativo de Juan Torres López de “crimen contra la humanidad” aplicado a esta política.

Un poco de historia

La cita que encabeza este artículo corresponde a unas declaraciones hechas hace más de una década. Sin embargo, pese a la caída de Lheman Brothers (mas bién una estratégica “demolición controlada”) y la absorción de Merrill Lynch, no ha perdido actualidad: el clan de los grandes banqueros sigue siendo, básicamente, el mismo; y a la siniestra secta Bildelberg, presidida por ellos, se la señala como “gobierno mundial en la sombra”. Recientemente, Daniel Kaufman y Simón Johnson, ex economistas del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional respectivamente, denunciaban un “golpe de Estado” de la banca estadounidense, que en la última década corrompió a los políticos para que evitasen cualquier regulación o control de su actividad, propiciando la aparición de burbujas especulativas. Pero la historia de ese “golpe” viene de mucho más atrás.

Hay que remontarse al nacimiento de la FED (Reserva Federal Estadounidense) en 1913, una asociación de bancos privados que consigue asumir en régimen de monopolio importantes prerrogativas del Estado. Previamente, en el siglo XIX , la familia europea de los Rostchild había desembarcado en EE.UU. para asociarse con John Rockefeller I y formar un poderoso lobby de grandes banqueros e industriales en aquel país. A principios del siglo XX este clan ya había instalado allí diversas sucursales de lo que llamaron Federal Reserve Banks (conocida como la FED), una asociación de bancos privados con tal capacidad de presión que en aquel año consiguió del presidente Woodrow Wilson la autorización para emitir en exclusiva papel moneda con garantía del Estado y manejar los tipos de interés. Se dice que algún presidente que trató de revertir esta insólita situación murió en el intento. Cuando, después de la segunda guerra mundial el dólar sustituye al oro y deviene moneda-patrón, el poder económico-financiero de ese grupo de banqueros privados se expande internacionalmente. Este poder se multiplica hasta convertirse en la cúpula del poder capitalista mundial cuando, a partir de la crisis de los años setenta, la economía se financieriza y liberaliza (consenso de Washington) y el capital financiero pasa a dominar toda la economía productiva.

Como decíamos en otro trabajo, todo poder económico acaba convirtiendose en un poder político. En estrecha alianza con el poderoso complejo industrial-militar, la FED, en efecto, ha acabado controlando la política interior y exterior de la potencia mas grande del mundo: los Estados Unidos de Norteamérica. Ya lo predecía en el siglo XIX, con profética lucidez, uno de los padres de la patria norteamericana, Thomas Jefferson, cuando, a la vista de las intrigas de los banqueros, avisaba: “Pienso que las instituciones bancarias son más peligrosas para nuestras libertades que ejércitos enteros listos para el combate. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las instituciones que florecerán en torno a ellos privarán a la gente de toda posesión, primero por medio de la inflación, enseguida por la recesión, hasta el día en que sus hijos se despertarán sin casa y sin techo sobre la tierra que sus padres conquistaron”. En esas estamos: millones de estadounidenses duermen en carpas o en automóviles en las afueras de las grandes ciudades.

Para desarmar la dictadura

Como si de un anti Robin Hood se tratara, el G20 busca, con sus recetas, perpetuar la criminal succión de riqueza de abajo hacia arriba; es decir, robar a los pobres para ayudar a los ricos. Ello nos acabaría abocando, como avisan algunos analistas, a una situación neofeudal: todos los derechos y todo el poder económico concentrado en unos pocos que someten a la servidumbre a la inmensa mayoría de la humanidad. Creen poder ahogar su previsible rebelión con sofisticadas técnicas de control social y eliminando a una buena parte de ella con un “caos controlado”. Antes de que estos nuevos señores feudales -que, como los de la Edad Media, son tambien “señores de la guerra”- lleven a cabo sus criminales propósitos y consoliden su dictadura, tenemos que derribar los pilares en que asientan su poder. Esos pilares son cinco: la erradicación de la banca pública, la red de bancos centrales seudoindependientes, los paraísos fiscales, el patrón-dólar y, en última instancia, el poder militar.

Empecemos por los más problemáticos: los paraísos fiscales fueron objeto de una condena formal en la última reunión del G20, pero, en la práctica, seguirán funcionando en los centro del poder financiero, Estados Unidos e Inglaterra. No obstante, la conciencia de su carácter criminal se extiende por el mundo y, si persistimos en su denuncia, cada vez será mas difícil seguir operando con ellos. En cuanto al dólar, atraviesa también una profunda crisis (China, alarmada, pidió sustituirlo por “derechos especiales de giro” del FMI en el G20) y, a la larga, su papel es insostenible por su falta de respaldo y la proliferación de monedas regionales u otros medios de intercambio. Algunos analistas -como el citado Jalife Rhame- piensan que la banca “anglosajona-israelí” desencadenaría una tercera guerra mundial si viese la hegemonía del dólar directamente amenazada. No obstante, ésta sería inevitable con la deshumanizada mentalidad de estos banqueros-guerreros. Como dice Danielle Bleitrach, comentando un trabajo de Rémy Herrera en la revista Afrique-Asie, “las dimensiones económicas y militares de la crisis están estrechamente relacionadas: la guerra agrava los desequilibrios de la economía estadounidense que las altas finanzas tratan de resarcir por medio del saqueo y la guerra perpetua..”.

Mas viable, de forma inmediata, sería una ofensiva contra los otros dos pilares, empezando por la reivindicación de una banca pública sin ánimo de lucro y democráticamente controlada. Como decíamos al principio, la conciencia de la responsabilidad de la banca privada respecto a la grave crisis que padecemos se extiende por todos los países occidentales. La indignación no se circunscribe a las clases populares, sino que abarca también a pequeños y medianos empresarios, víctimas directas del recorte del crédito. Pese a que, previsiblemente, los gobernantes lacayos presentarán una resistencia numantina, no podrían mantenerla por mucho tiempo, pues, a medida que avance la penuria, la presión social les desbordaría: se trata simplemente de exigir que el dinero de nuestros impuestos venga en nuestra ayuda y no en la de la odiada banca. Se trata, como dice Michel Husson, de reivindicar el crédito como un servicio público. La consecución de este objetivo -para el que habría que desplegar y combinar todas las formas de movilización ciudadana- supondría un torpedo en la línea de flotación de la dictadura de Los Banqueros. Facilitaría, además, la ofensiva contra los bancos centrales “independientes”, con los cuales una banca nacionalizada devendría incompatible; y, posteriormente, contra los paraísos fiscales y los gastos militares. En la UE esta movilización debería hacerse en dos frentes, el nacional, el europeo; para intentar coordinarse después con EU, donde la indignación ciudadana es aún mayor.

Decía recientemente el ex congresista y ex candidato presidencial Ron Paul, uno de los pocos políticos estadounidenses que se ha pronunciado por el cierre de la FED, afirmando que es una organización secreta insconstitucional: “Nos acercamos no a un fascismo al estilo Hitler, sino a otro de apariencia más suave, que se manifiesta en la pérdida gradual de libertades civiles, en el que las corporaciones lo dirigen todo... y el gobierno está en la misma cama con el gran dinero”. Le faltó señalar una similitud con el hitleriano: con una confianza ciega en su siniestra “agenda oculta”, este neofascismo sueña también con un imperio que dure mil años. Pero como aquél -y como todos los imperios- nos llevará, si no lo desarmamos, a un escenario de barbarie y destrucción.

Andrés Pascual, el compositor de tormentas


JUAN GARRANCHO
Paisajes eléctricos magazine



Después de cautivar a miles de lectores y conseguir el fervor de la crítica con su primera novela, Andrés Pascual vuelve para presentarnos su segundo libro “El compositor de tormentas”. Una historia llena de aventuras, misterios, intriga, magia, romanticismo… y sobre todo pasión hacia la música. Sirva esta entrevista como introducción a esta suite literaria, trepidante y conmovedora que, de la mano de su joven protagonista Matthieu, enganchará a toda persona con un mínimo de sensibilidad.

Con tu primera novela, “El guardián de la flor de loto”, conseguiste un éxito rotundo tanto de crítica como de público y ventas. ¿Qué supuso para ti ser considerado escritor revelación de una forma tan rápida?

Cualquier respuesta que escoja sonará tópica, ya que debería decirte: “un sueño hecho realidad”, “un regalo del cielo” o cosas así. Pero todas ellas son ciertas. Cuando me embarqué en la escritura de El guardián de la flor de loto lo hice como un proyecto personal, sin esperar nada a cambio más allá del placer que me suponía dar forma a cada frase. La primera sorpresa fue que mi agente decidiera representarme; luego vino el contrato con Plaza Janés; después los contratos internacionales para traducir la novela; y, con el tiempo, lo más importante para mí: la increíble respuesta de los lectores.

Ahora llega tu segundo libro: “El compositor de tormentas”. ¿Cuándo y cómo surge esta novela?

La idea esencial, esa que puede resumirse en una sola frase, surgió de forma espontánea cuando todavía estaba inmerso en la redacción de El guardián de la flor de loto. Se me ocurrió escribir la epopeya de un músico que es enviado por El Rey Sol a un país lejano para transcribir la primera melodía cantada por el hombre. Así que, en cuanto entregué el manuscrito de mi primera obra me puse a preparar el esquema de la trama y a documentarme, hice algunos viajes a los escenarios en los que se desarrolla y, cuando tuve las ideas claras, me senté a redactar.

Si el anterior se desarrollaba en la época presente bajo la espiritualidad del Himalaya, con éste nos retrotraes a la corte de Luis XIV, entre el siglo XVII y XVIII, situándolo entre la fastuosidad de Versalles y el exotismo de Madagascar. ¿Qué otras diferencias destacarías entre los dos libros?

Creo que mis dos novelas no son tan diferentes, ya que ambas están escritas con un ritmo trepidante un tanto cinematográfico y nos muestran países lejanos llenos de magia. Algunos lectores me han preguntado si con ésta he dado un vuelco hacia la novela histórica, y yo les digo que no es eso lo que van a encontrar en el libro. Se trata de una aventura de ficción, aunque se desarrolla en escenarios reales traídos de un tiempo pasado. Necesitaba ese ambiente para contar mi historia, quería ese tono, esa música que me brindaba tanto el Versalles del Rey Sol como el Madagascar inexplorado de hace tres siglos.

Imagino que el proceso de documentación y ambientación habrá sido muy laborioso. ¿Qué te ha resultado más difícil a la hora de plasmarlo en el libro?

La labor de documentación, cuando no estás agobiado por las prisas, es un trabajo tan gratificante como el mismo hecho de escribir. ¡Y qué te voy a decir de los viajes a los escenarios! En mi página web tienes alguna galería de fotos que muestra mi sonrisa permanente durante mis andanzas por Madagascar. Una vez que has conocido de tú a tú un paisaje resulta mucho más fácil describirlo, extraer lo que verdaderamente lo hace único.

A la hora de plantearlo, ¿tenías definida su estructura desde el principio o ha ido cambiando poco a poco con el transcurso de la historia?

Primero perfilé la idea primigenia hasta que dispuse de una escaleta completa de la trama. Y tuve la suerte de tener un gran final desde el principio, lo que hizo que todo fluyera con naturalidad, dando lugar a muchas sorpresas bien engarzadas que iban sucediéndose hasta la última página. Pero bien es cierto que durante la redacción del texto, que me llevó aproximadamente un año y medio, surgieron giros que al principio ni siquiera habría imaginado.

Un nexo en común entre ambos tal vez sea la importancia de la música. En “El compositor de tormentas”, desde su título hasta la trama, ya se refleja un significado especial hacia ella. ¿Cuáles han sido tus musas sonoras a la hora de encontrar la inspiración para escribir?

En el apartado de agradecimientos de la novela ya hago alusión expresa a esas musas: a Wim Mertens por su Comme en dormant, que es la pieza esencial en la banda sonora del libro; a Lully y Charpentier, por los acordes barrocos que suenan cada vez que aparecen en escena; a Antonio Vega, pidiéndole que siga cantando para los que quedamos aquí, que por favor no nos prive de ello; a Him; a los Héroes del Silencio, a quienes les doy las gracias por su reencuentro; a Linkin Park por ese giro hacia el pop; siempre a Dido y a Tracy...

El enfoque que le das a la música es muy espiritual. ¿Crees que en la actualidad se ha perdido ese significado más profundo por uno más superficial a la hora de escucharla? Me refiero por ejemplo a que hoy en día la mayoría de los consumidores musicales le dan más importancia a acumular discos que a pararse a escucharlos…

Los gustos musicales son tan personales que resulta difícil opinar al respecto, y me consta que hay personas que prefieren escuchar muchas cosas una sola vez antes que degustar los matices que se extraen en las sucesivas escuchas de un CD. Yo, en cambio, soy consumidor de pocos discos. Cuando uno me brinda el ambiente que busco para escribir lo pongo y lo pongo hasta la saciedad. Tengo unos para las escenas románticas, otros para las escenas de acción, otros que me gusta llevar en el coche para ir pensando en nuevos giros de la historia… Al final, cuando releo los capítulos en mi mente se acciona inconscientemente el PLAY con la música que corresponde a cada párrafo.

Otra característica que reflejas en tus libros es la pasión por los viajes. Desde tu anterior novela hasta ahora, ¿cuáles han sido los que más te han marcado?

Me quedaría sin duda con los dos viajes que he hecho a Madagascar buscando fotos y documentación para la novela. Es una isla cuyos paisajes parecen traídos de otro planeta. Las texturas de la piedra, los colores de las plantas… Es todo tan nuevo que adquiere un aspecto de irrealidad, como pasado por el filtro de una cámara de cine.

Por supuesto también encontramos buenas dosis de aventura y un trasfondo romántico. ¿Qué tanto por cierto hay entre lo que escribes y tu vida real?

¡Te aseguro que mi trabajo de abogado no es muy romántico! Aunque me gusta ejercer en el despacho, la literatura es precisamente un escape a la rutina del día a día. Yo jamás escribiría una novela sobre juzgados como hace Grisham, otro abogado escritor. Es en los viajes cuando doy rienda suelta a toda la aventura y romanticismo que llevo dentro. Disfruto al descubrir las maravillas de cada país a tiempo real, sin un plan prefijado, tratar de mirarlos con el alma más que con los ojos.

Tras el éxito de tu ópera prima, ¿has sentido algún tipo de miedo o presión a la hora de escribir este nuevo libro?

Espero que no suene arrogante lo que voy a decir, pero desde el principio confié en la historia. Me parecía preciosa, sólo se trataba de redactarla bien, sin prisas.

Recientemente “El compositor de tormentas” ha conseguido el galardón de finalista del “VIII Premio de Novela Ciudad de Torrevieja”, el certamen literario mejor dotado de España tras el Planeta. ¿Qué ha supuesto para ti este premio antes de que tu libro viera la luz?

Más allá de la importancia económica del premio, que desde luego es muy gratificante, lo mejor de este galardón es el posicionamiento que le brinda a la novela, por la cantidad de lectores que accederán a ella desde el primer día. De todas formas, como he dicho otras veces y sin querer caer en frases hechas, el verdadero jurado serán los lectores.

Con tu primer libro ya llegaste a firmar para que se publicase en otros países. ¿Hay intención de lanzar tu nueva novela también fuera de España?

Montse Yánez, mi agente, acaba de regresar de la Feria internacional de Frankfurt con buenísimas expectativas. Cierto es que nos ha venido de maravilla acudir allí avalados por el premio, y muchos editores extranjeros se han sentido atraídos por la trama. Les acabamos de enviar los libros recién salidos del horno y ahora sólo falta que las 523 páginas les emocionen, al igual que hizo con el Jurado de Torrevieja. Espero darte noticias muy pronto.

“El guardián de la flor de loto” ya ha rebasado las 100.000 copias vendidas. ¿Qué expectativas tienes puestas en tu nueva novela?

Te resultará difícil de creer, pero tengo activado en mi mente un dispositivo que me impide pensar en cifras. Me encantaría vender un millón de ejemplares de El compositor de tormentas, pero el fijarte una meta implica directamente vivir una tortura innecesaria y, en ocasiones, terminar con una decepción. De lo que se trata es de disfrutar cada paso, cada uno de los comentarios de los lectores que han disfrutado con la novela y me mandan a través de la web y de la página de fans de Facebook fuerza para trabajar la promoción y transmitir a la mayor cantidad posible de gente la ilusión con la que la he escrito.

¿Qué podremos encontrar en ese espacio de Facebook?

He subido galerías de fotos con los escenarios reales de las novelas y otros viajes, reportajes sobre las presentaciones de los libros, del premio… Y los fans reciben anticipos en exclusiva de portadas, apariciones en TV, información actualizada de las presentaciones en sus ciudades y otras noticias que puedan resultarles de interés. Estos días comenzaremos con los foros y os preguntare cosas así como “¿Cuál es la melodía de tu alma?” y otras perlas extraídas de la novela. Tengo ganas de ver dónde nos llevan esos hilos. Lo que yo encuentro cada vez que abro la página es cariño y apoyo en cantidades industriales.

Aparte de tu creación como escritor también has realizado numerosos actos literarios en La Rioja donde has invitado a otros escritores. Especialmente me gustaría que me hablaras de la amistad que has entablado con el barcelonés Pep Blay. ¿Cómo ha surgido esta relación?

El flechazo surgió en la fiesta a la que asistimos en el Pachá de Torrevieja tras la entrega del premio de Novela de 2008, al cual estábamos los dos invitados. Pregunté a alguien: ¿Quién es ese tío? (parecía un rockero, no respondía al estereotipo que uno tiene de los escritores); y ese alguien me dijo: es el biógrafo de Bunbury. A las cinco de la mañana estábamos montando una fiesta en su habitación con unos cuantos periodistas.

Al margen de tu trabajo como escritor también dedicas gran parte de tu tiempo a la música (fue componente del grupo “Catorce de Septiembre” tras los teclados y actualmente forma parte del grupo “Animalversion” en la voz y los teclados). ¿Cómo compaginas tu afición por la música y por la escritura?

En mi caso, compaginar música y escritura es muy fácil, ya que la música que desde hace unos años vengo haciendo se reduce a un rato de diversión cada semana con mis amigos de la banda Animalversión y a montar un par de conciertos al año para matar el gusanillo de escenario. Quedamos todos los viernes por la noche para ensayar y destrozar versiones de ACDC, ZZTop, Gun’s Roses…Te aseguro que por muy cansado que esté cuando llego al local, después de toda la semana de trabajo, esas dos horas de R’n Roll consiguen reavivarme. Es mi yoga particular.