James Frey retrata a Los Ángeles como la cara y la cruz del sueño americano en ‘Una mañana radiante’


ERNEST ALÓS
El Periódico de Catalunya



James Frey, guionista de éxito en Hollywood, se hizo un nombre cuando, apasionadamente recomendado por la estrella de la televisión Oprah Winfrey, en el año 2005 vendió cinco millones de ejemplares de sus memorias Un millón de pequeñas piezas, el relato de sus años de adicción a las drogas. Pasó a convertirse en un apestado cuando se descubrió que había exagerado notablemente sus experiencias, pero ahora vuelve a lo grande con Una mañana radiante (Mondadori), una novela con historias cruzadas a lo Robert Altman que tiene a la ciudad de Los Ángeles como su gran protagonista. El intento de Frey (Cleveland, 1969) de construir la gran novela de L. A. y convertirla en un mecanismo de lectura compulsiva ha sido acogido con aplausos estridentes («un triunfo», según el escritor Irvine Welsh) y con abucheos inmisericordes desde medios como Los Angeles Times.

Una mezcla de horror y fascinación, del fracaso más horrible y del éxito más global, que no pueden existir el uno sin el otro. Para James Frey, eso es Los Angeles, la ciudad con el mayor flujo de inmigración, con la mayor variedad étnica, con las más grandes desigualdades económicas, la capital mundial de la industria de la cultura popular, «la representación del sueño americano». Un sueño que, sostiene, «aún existe, y más que nunca: Obama es la mejor personificación posible. Es el hijo de un inmigrante africano que en 10 años se convierte en la persona más poderosa del mundo, una historia de éxito al lado de un millón de historias tan parecidas pero que acaban en fracaso». Como las de su libro. «De los afiliados al Sindicato de Actores, el 1% tienen trabajo siempre, el 99% sirven en restaurantes y pueden pasarse todo un año sin actuar: esto se extiende –concluye– a todos los sectores de la sociedad de Los Angeles».

HISTORIAS CRUZADAS

Grandes escritores han escrito sobre Los Ángeles: Nathanael West, Budd Schulberg, James Caine, John Fante, Upton Sinclair, Walter Mosley, Raymond Chandler, James Ellroy, Charles Bukowski, Scott Fitzgerald, Michael Connelly... Pero unos han hablado de los magnates del petróleo, otros de Hollywood, otros del crimen, alega Frey. Él ha aspirado a escribir la novela global sobre Los Ángeles, nada más y nada menos.

Frey trenza en Una mañana radiante fogonazos enciclopédicos sobre la historia de lo que un día fue fundado por 44 colonos españoles como el Pueblo de Nuestra Señora la Reina de Los Ángeles de Porciúncula (hasta dejarlo reducido a L. A. han pasado 328 años), destellos sociológicos (consigue describir la personalidad de cada autopista en atasco perpetuo e ironizar a cuenta del censo de población) y cinco historias personales que no se llegan a cruzar: el vagabundo de Venice Beach Joe el Viejo, la megaestrella, caprichosa y gay en la clandestinidad Amberton Parker –«no pensé en Tom Cruise», alerta el escarmentado Frey, que se niega a precisar en quién sí pensaba–, Graziella, asistenta mexicana con estudios y muslos hipertrofiados, y dos paletos adolescentes de Ohio, Maddy y Dylan.

La experiencia de James Frey en Hollywood como guionista y director sólo es una parte de la novela (hay mucho más suburbio arruinado, viviendas en caravanas y minigolfs decadentes que Bel Air) pero es omnipresente, y no solo en el estilo: «Llegas con sueños pero has de aceptar que no eres un artista, que eres parte de una maquinaria el objetivo de la cual es fabricar productos y ganar dinero y lo que a ti te parece importante, a Hollywood le importa una mierda: o sea, exactamente como si trabajases en un banco como Goldmand & Sachs».

Man Ray bajo las luces


Fue quizá el más europeo de los artistas estadounidenses en las vanguardias del siglo XX. Una retrospectiva en Nueva York propone una visión poliédrica de ese creador inquieto


BARBARA PROBST SOLOMON
El País




El Jewish Museum, uno de los primeros museos de Nueva York en celebrar -y en reconocer- el pop art de Andy Warhol y el pre pop de Larry Rivers, es el escenario perfecto de una extraordinaria retrospectiva sobre Man Ray (su comisario es Mason Klein), que muestra sus múltiples facetas y sus creaciones. Artista, director de cine, escritor, escultor, creador de objetos y fotógrafo innovador, Man Ray, nacido Emmanuel Radnitzki en Filadelfia en 1890, hijo de inmigrantes judíos rusos, se movió entre el dadá de Nueva York, el surrealismo parisiense y los trabajos fotográficos. A fin de captar por completo la visión de Man Ray, esta exposición es absolutamente imprescindible, y el regalo especial que esta muestra nos ofrece es un soplo de aire fresco, ya que se trata de la primera exposición multimedia del artista en Nueva York desde 1974. Se incluyen además dos de sus películas mudas, Le retour à la raison y Emak Bakia (déjame en paz, en castellano), así como recopilaciones de películas sobre Man Ray.

En 1917, Man Ray (su familia se había trasladado a Brooklyn) se encontraba en el lugar y en el momento adecuados. El movimiento dadaísta de Nueva York y las mujeres dadaístas abarrotaban Greenwich Village. Marcel Duchamp había observado que, en efecto, estas mujeres norteamericanas eran mucho más estridentes y eróticas que sus compatriotas parisienses: la revolución, las ideas anarquistas, el "amor libre", el automóvil, el modernismo, se presentaban como el envoltorio perfecto de un regalo. Las mujeres dadaístas -la baronesa Elsa, Beatrice Wood, Katherine Dreier y Mina Loy- parecían estar más preocupadas por el escándalo, el erotismo y el cuerpo humano que los artistas de sexo masculino. En una acuarela, Beatrice Wood había pintado intencionadamente la noche en que ella, Charles Demuth, Mina Loy y Duchamp habían formado un grupo de cuatro en la cama de Duchamp tras un baile bohemio (era la amante de Duchamp y de Henri-Pierre Roché, autor de la novela Jules et Jim, y probablemente la modelo de la seductora Jeanne Moreau en la famosa película basada en el libro).

Pero, a diferencia de Duchamp, emparejado muy a menudo con Man Ray, éste desde un principio estuvo influenciado por lo ecléctico: la fotografía, lo abstracto, los paisajes y las imágenes ingeniosas de desnudos. En 1908, Man Ray acudía con frecuencia a la Galería 291 de Alfred Stieglitz y en 1912 dejó su hacinado estudio de Nueva York por Ridgefield, en Nueva Jersey. En aquella pequeña y bucólica ciudad, en realidad más parecida a un pueblo, a orillas del majestuoso Hudson y apenas a veinte minutos en tranvía de Nueva York, por 12 dólares de renta al mes Man Ray tenía más espacio, impresionantes vistas y disfrutaba de la compañía de Stieglitz, de quien podría decirse que ha sido el mejor fotógrafo norteamericano de principios del siglo XX, y del grupo de artistas de Ridgefield formada por el poeta y crítico Alfred Kreymberg, Marius de Zayas y Marcel Duchamp. En esa misma época, en 1913, se celebraba en Nueva York con gran éxito la grandiosa Armory Show, con obras de Picasso, Matisse, Picabia, Duchamp y Gertrude Stein. Y ¡boom! Todo cambiaba. El arte vanguardista había llegado oficialmente a Estados Unidos.

Mi principal objeción a esta exposición hermosamente montada es que enfatiza demasiado su interés por catalogar las obras a la luz de temas como la identidad y las cuestiones de género, lo que resulta ridículo si se utiliza para definir a Man Ray y a los dadaístas. Aunque aún representan temas candentes en los círculos académicos, es absurdo insinuar que el objetivo del arte de Man Ray era enmascarar su identidad judía o la búsqueda de ella. Seamos claros: la cuestión del género y la identidad pueden tener importancia en la actualidad, pero para los modernistas de las vanguardias el arte era su carnet de identidad. (Las mujeres artistas bohemias habían hecho de la libertad y de la libertad sexual el eje de su lucha). En aquella época de finales del siglo XIX, la entrada de los judíos en las artes, los libros, el teatro y los periódicos causó una gran conmoción sobre todo en Europa; las creencias religiosas, cristiana o judía eran consideradas "burguesas" o retrógradas. Ni Hitler ni el Holocausto eran aún imaginables y, a pesar de que el antisemitismo ya existía, los artistas modernistas creían que aquello tenía más que ver con otros grupos como los cosacos de Rusia, los protestantes de la clase alta norteamericana, la burguesía, los militares, la iglesia católica, etcétera, que con su atormentado mundo artístico y bohemio. Es más, los artistas vanguardistas pensaban, con razón o sin ella, que su incursión en el arte les liberaría de las cadenas del antisemitismo.

En realidad, y a pesar de que Marcel Proust ha sido pocas veces observado desde este punto de vista, fue el primer escritor (en la exposición hay una fotografía de Proust en su lecho de muerte realizada por Man Ray) en ejercer esta identidad cultural. Su padre, el doctor Adrien Proust, hijo de un petit bourgeois propietario de una tienda de ultramarinos cuya ambición inicial había sido la de ejercer de sacerdote, bautizó a sus dos hijos y luego abandonó el catolicismo para convertirse en uno de los grandes hommes de science de la República francesa. La adorada madre de Proust procedía de una poderosa familia de judíos franceses. Entre tanto, estos padres progresistas dejaban a sus hijos sin raíces con una educación católica que no les representaba ni a ellos ni a sus creencias y, sin embargo, hasta que no ocurrió el caso Dreyfus, que conmocionó a la sociedad francesa, Proust no descubrió su verdadero alcance. (He observado de pasada que en En busca del tiempo perdido hay once referencias a la reina Esther de la Biblia, y que su boda con el rey Asuero ha tenido que ser uno de los matrimonios mixtos de más éxito de todos los tiempos).

En efecto, las primeras obras de Man Ray, Promenade, de 1916, y algunos de sus ready mades -objetos realizados con bronce, cristal y papel de periódico introducidos en una caja de madera- muestran la influencia de Duchamp. The rope dancer, de 1915, debe su creación a la particular obra de Duchamp, de 1912, El gran vidrio (La marièe mise à nu pair ses célibataires), así como también la utilización de objetos, un batidor de huevos pintado que representa L'homme, en 1918, y, en el mismo periodo, unas manzanas abiertas para pintar Woman. La exposición muestra además las famosas rayografías de Man Ray. (Mi madre, la artista Frances Kurke Probst, fue una buena amiga de la fotógrafa alemana Lotte Jacobi, cuyas rayografías alcanzaron fama mundial en el MOMA y en otros museos. Cuando yo era una niña, Lotte me llevó a su cuarto oscuro y me enseñó cómo hacía estas fotografías sin cámara, introduciéndolas con un rápido movimiento giratorio en un baño de líquido de revelar expuesto a la luz. Su marido Erich Ress había publicado The Dada Almanach en Berlín en 1920 en la editorial Erich Reiss Verlag, que posteriormente destruirían los nazis).

Personas como Man Ray eran de naturaleza sofisticada y tenían un sinfín de aficiones, desde el arte a la música, el teatro o la política. Duchamp era un caso completamente diferente. Hay que observar algunos aspectos. La actuación de Duchamp provocó un gran escándalo cuando intentó colocar un urinario (que no fue aceptado) en la exposición de la Asociación de Artistas Independientes en 1917; Man Ray, al fotografiar a Duchamp vestido de mujer, como Rose Sélavy, -Eros c'est la vie, o Rose Levy-, estaba haciendo una chistosa alusión, con doble sentido del humor, a un travestido judío. Hoy día parece que escandalizar está pasado de moda. Las películas de tercera de Hollywood abundan en escenas de cuarto de baño con un actor intentando defecar; el travestismo ha invadido Halloween pretendiendo que ser judío está reñido con ser atrevido. ¿Qué queda cuando el escándalo desaparece?

Duchamp, gran jugador de ajedrez, era una pura contradicción. Su apariencia era la de un esteta de Greenwich Village viviendo al límite de sus posibilidades. Primero vivió a costa del dinero de su padre y después contrajo matrimonio en dos ocasiones con ricas herederas. Estaba obsesionado con la idea de no hacer nuevos trabajos y, sin embargo, dedicó los últimos veinte años de su vida a un único esfuerzo: la creación en secreto de Etant Donnés, un desnudo femenino recostado sobre una cama de hojas. Al parecer, la mujer era la escultora brasileña María Martins, que le abandonó tras una relación amorosa de cinco años. ¿Cuál era el motivo de su secreto? ¿Podría ser que el secreto mejor guardado de Duchamp fuera el de finalmente rendirse ante el arte figurativo, ante las formas humanas, ante el realismo? La auténtica y erótica verdad la había descubierto en 1866 el pintor Courbet, autor de L'origine du monde, y Picasso había defendido su posición. En el final estaba el principio. Man Ray escapó algo de la rigidez de Duchamp gracias a la influencia de su primer mentor, el extraordinario Alfred Stieglitz. La mejor galería en Nueva York para la obra de Marcel Duchamp y los dadaístas es la Francis Naumann Gallery.

El presidiario redimido por Beckett


Rick Cluchey escapó de la cadena perpetua en San Quintín gracias al grupo de teatro que creó en prisión. El dramaturgo le dirigió en una obra suya, 'Krapp's last tape', que ahora llega a España


JACINTO ANTÓN
El País




"Sabía bien de la condición humana y de las debilidades del hombre; reconoció mi fracaso pero también mi humanidad". Rick Cluchey (Chicago, 1933), ex presidiario criado en los barrios bajos de su ciudad y en su día condenado a cadena perpetua en la legendaria prisión de San Quintín por asalto a mano armada y secuestro, habla de Samuel Beckett, el autor cuyo teatro, dice, le redimió y el hombre del que llegó a ser colaborador y amigo.

Cluchey, que interpretó y llevó a escena las obras del creador de Esperando a Godot tras las rejas, trae ahora a España el montaje de Krapp's last tape que protagoniza y que el propio autor le dirigió. De facciones que parecen talladas a golpes, ojos de un acerado gris barrote, diente de oro y tatuajes que le cubren los antebrazos (de su época en el ejército, aclara, en los paracaidistas, antes de que lo enchironaran), Cluchey tiene una sorprendente reacción cuando se le pregunta por su relación con el dramaturgo: una expresión beatífica atraviesa su rostro de Bukowski, alza la mirada al cielo y, emocionado, envía un beso a lo alto. "Cambió mi vida", afirma. Desde luego lo hizo: antes de Beckett, Cluchey no había entrado jamás en un teatro, "ni siquiera para robarlo".

La asombrosa y reconfortante historia de superación de Rick Cluchey, que actúa esta noche en la sala La Planeta de Girona en el marco del Festival Temporada Alta y lo hará luego en el de Otoño de Madrid (Sala Cuarta Pared, del 18 al 21 de noviembre), arranca cuando el convicto, que leía todo lo que le caía en las manos para escapar al ambiente de violencia, descubre el teatro en el trullo (en su vida se inspira el filme Hombres marcados, protagonizado por Nick Nolte) y se convierte, en 1958, en cofundador de la compañía The San Quentin Drama Workshop, consagrada a montar y representar obras en la cárcel.

Cluchey desmiente la extendida especie de que su conversión al teatro se produjo tras asistir a una representación de Esperando a Godot en San Quintín (que desde luego ha de ser toda una experiencia). "No, eso no es cierto. Aunque sí la representamos. Y fue un desastre: tomamos el texto de una revista y estaba mal la transcripción, por lo que el primer acto lo hicimos dos veces. Nadie se dio cuenta".

Esperando a Godot fue el primer espectáculo del grupo, en 1961. En uno de los diferentes montajes que representraron, Cluchey hacía de Vladimir. ¿No resulta un tanto deprimente Esperando a Godot con la perpetua? "No", zanja el ex preso, "al contrario, es muy esperanzadora". La compañía ofreció a lo largo de los años hasta siete diferentes producciones de Esperando..., Fin de partida y Krapp's last tape. En 1966 el gobernador Edmund Brown le concedió, por su labor, el indulto al que ya se conocía como "el dramaturgo entre rejas", pues en el ínterin Cluchey había escrito su propia obra, The cage. El ex convicto continuó -y continúa- con su trabajo en la compañía que realiza labor social en las cárceles.

"Tras salir de prisión fui a Europa y en 1974, en París, contacté con Beckett, que estaba muy interesado en las producciones de sus obras que había hecho en San Quintín", explica Cluchey. "A Beckett le interesaba lo que significaba estar encarcelado, como una extensión de su interés en el estar encerrado en uno mismo. Cuando vivía junto a La Santé acostumbraba a observar a los presos desde su ventana y estos se comunicaban con él mediante espejos". Cluchey y Beckett trabaron amistad y el dramaturgo decidió dirigir él mismo las obras suyas que el preso y sus camaradas habían montado. "Lo pasamos muy bien. Era un hombre muy generoso. De 1976 a 1984 nos dedicó mucho tiempo. Hicimos el ciclo de las tres obras bajo el título conjunto Beckett dirige Beckett". Beckett nunca hablaba del tema de la obra. "Nos decía que preguntáramos a los especialistas y a los críticos". Cambió mucho los montajes: "Les dio verdadera vida y carne. Insufló en ellos el eco de una constante universal, una certitud". Exigente y descontento, hay una frase que les decía Beckett que es todo un leit motiv: "Vuelve a fracasar, fracasa mejor". Cluchey recuerda los ojos del dramaturgo y la sensación de estar ante "un santo". Moldeaba el teatro, dice, como si fuera barro.

Al dirigirle en Krapp's last tape, corto monólogo en el que un tipo bastante miserable (las acotaciones incluyen "pantalones de un negro desteñido por la orina" y "andar penoso"), un escritor y ser humano fracasado, escucha en su magnetófono las cintas que grabó treinta años antes y en las que recoge fragmentos de su vida, Beckett le dijo a Cluchey, según éste: "Puedes hacer esta obra de una manera que nadie más puede, porque es una obra sobre un hombre en una celda, la celda de su memoria". Cluchey se emociona al recordarlo: "Me dijo: 'Haz de esa celda la tuya propia'".

"Lula ha evitado que la crisis la paguen los pobres"


Entrevista a Emir Sader. El secretario general del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales dice que no hay divisiones en la izquierda de la región



GORKA CASTILLO
Público


Los análisis del secretario ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) se han convertido en lectura obligada para aproximarse a los cambios que se están produciendo en el continente. Brasileño (1943) de sangre libanesa, Sader acaba de visitar España para presentar su nuevo ensayo político: El nuevo topo.

Brasil ha asumido el liderazgo regional. ¿Existe consenso para que pueda ejercerlo?

Creo que en la práctica ha asumido ese liderazgo. En mi opinión, este papel le ha llegado casi sin planteárselo y como consecuencia de una política interna y externa muy correcta.

Hay quien apunta a que el rival de Lula es Hugo Chávez. ¿Cómo son las relaciones entre ambos líderes?

Muy buenas. Hay gran reciprocidad y confianza entre ambos países dentro de un marco respetuoso de dos modelos distintos. Tienen las mismas prioridades, es decir, la integración regional en lugar de los tratados de libre comercio (TLC) y el desarrollo de una política social en lugar del ajuste fiscal. Tanto Lula como Chávez se fortalecen de estas políticas. Todos son conscientes de que, si se pelean, pierden los dos.

¿Cuáles son las diferencias entre el modelo venezolano y el brasileño?

Chávez tiene muy claro que el enemigo es el imperialismo estadounidense. Lula, en cambio, trata a EEUU como si fuera su primo rico. No es un tipo radical. Su posición es ampliar los espacios de poder internacional ya existentes, como el G-20, el Consejo de Seguridad de la ONU, etc. Chávez es más partidario de buscar alternativas propias donde plasmar que otro mundo es posible.

¿Representa Lula a la izquierda latinoamericana buena, como dicen en EEUU y Europa?

La línea divisoria en América Latina no es entre izquierda buena y mala. Quien acuña esta clasificación es la derecha. La división es entre quienes trabajan por una política de integración y quienes lo hacen por los TLC. Dentro del primer grupo, hay países que quieren avanzar rápido, como es el caso de Venezuela.

Lula es respetado por la izquierda y por la derecha.

Hay una condescendencia con Lula que incluso no se corresponde con la realidad del país más desigual del continente en términos de riqueza.

¿Cuál es la obra de Lula?

En primer lugar, es el primer presidente que ha logrado disminuir la desigualdad en Brasil. Ha reforzado la confianza en la identidad de los brasileños. Su actuación en la crisis económica fue correcta. Aumentó los microcréditos, mantuvo los sueldos por encima de la inflación, fomentó el empleo formal, diversificó el comercio internacional y potenció el interregional.

Otros países hicieron todo lo contrario y están sufriendo.

Un ejemplo es México que, en mi opinión, se ha suicidado. Con el TLC, el 90% de su comercio externo es con EEUU. Esto ha producido una disminución del 7% del PIB en el primer semestre del año y ha sido golpeado duro por el Fondo Monetario (FMI), mientras que Brasil presta dinero a este organismo. Los países del TLC son los que se mueven peor en esta crisis global. Pero lo que me preocupa es México, la única frontera del mundo entre el Primer y el Tercer Mundo.

¿Tan grave es la situación?

Es el corredor natural hacia el primer mercado consumidor del mundo. Esto se combina con una herencia de corrupción gravísima de los gobiernos del PRI y la violencia tremenda que ahora ejercen las fuerzas de seguridad del Estado. México vive una situación casi incontrolable, de descomposición social.

¿Lula ha recompuesto la base social brasileña?

Lula ha evitado que, por primera vez, la crisis fuera pagada por los pobres. Y le salió bien. Esto le ha granjeado una popularidad estratosférica, casi del 80%, pese a tener a toda la prensa del país en su contra.

¿Por qué no intentó cambiar la Constitución para optar a la reelección?

Porque Lula avanza en espacios donde encuentra poca resistencia. Esa es su estrategia. No quiere reventar las estructuras de poder existentes sino democratizarlas. Su reelección provocaría un enfrentamiento con los poderes mediáticos en Brasil.

Su candidata, Dilma Roussef, no tiene su carisma. ¿Teme que si es derrotada pueda frenarse el cambio político en Latinoamérica?

Lo que está en juego es la consolidación de una transformación continental postneoliberal. Mi impresión es que Roussef ganará gracias al apoyo de Lula, cuyo discurso desarma a la oposición. La derecha carece de un proyecto propio para Latinoamérica, pero tiene poder de veto por su hegemonía en el capital financiero y por el control de los medios de comunicación. ¿Es esta prensa privada sinónimo de prensa libre? Aclararlo es un asunto clave para el desarrollo regional.

'Nunca quise ser un crooner''

Entrevista a Jamie Cullum



LUIS LAPUENTE
El Mundo

Menudo y apasionado, Jamie Cullum (Essex, 1979) recuerda a aquellos jóvenes parisinos de los años 50 que habitaron los garitos nocturnos de Saint Germain predicando su amor por el jazz y apurando la vida con actitud rebelde en cada sorbo de aire.

A punto de publicar su cuarto álbum, el soberbio 'The Pursuit', y después de haber trabajado con Clint Eastwood, Cullum ha derrochado amabilidad y buen humor en su fugaz visita promocional a España.

La hoja promocional que distribuye su compañía dice que 'The Pursuit' está infuido desde Cole Porter hasta Rihanna pasando por Aphex Twin. ¿Qué opina de esa definición?

No está mal como etiqueta, pero sí, quizás todos mis discos sean así, muy pop, muy jazz. Además, como interpreto canciones de los tres, lo tenían muy fácil a la hora de explicar el disco (ríe). La verdad es que no me encuentro a gusto con ninguna definición. Desde pequeño, mis gustos han sido muy diversos. Me encantaba Jimi Hendrix, siempre soñé con grabar un álbum en directo tan brutal como su 'Live at Fillmore East'. Recuerdo cuando canté en el Fillmore: antes de salir al escenario me estremecí pensando que Hendrix había pisado ese mismo lugar hace años.

¿Cómo se transformó en un cantante de jazz?

Nunca quise ser un 'crooner', que es más bien un concepto de los años 50. No hay mayor crooner que Sinatra que mi adorado Johnny Hartman. No hago jazz en el sentido estricto del término, pero sí cojo la libertad creativa del jazz para recrear por ejemplo piezas de Portishead. Me gusta sentirme cómodo con las canciones que interpreto, pero no ceñirme a ningún modelo previo sino dejar que respiren en mi voz todas las músicas que me han llegado. Por eso no me interesan nada los tres volúmenes que ha grabado Rod Stewart con standards del jazz y el swing ('The Great American Songbook'); hoy no tiene sentido hacer eso de ese modo porque es música que vivió hace años en otras voces. Me gusta Rod Stewart, pero más cuando se enfanga en el 'rhythm 'n' blues', que es lo que pide su garganta.

¿A qué se refiere con el título del nuevo disco, 'The Pursuit': "La búsqueda"?

Siempre estoy persiguiendo algo, un sonido que aún no encuentro, una música distinta, una vida mejor, más plena, el amor, desde luego. No quiero quedarme anclado en una posición cómoda, quiero experimentar y buscar a mi alrededor. En ese sentido, todos tenemos mucho que aprender de Clint Eastwood, un artista extraordinario, siempre inquieto y en movimiento, que nunca se las ha dado de nada cuando lo ha sido todo, un tipo que te recibe en su casa y te hace sentir cómodo desde el primer momento.

¿Cómo fue tu encuentro con Clint?

Nos presentó su hijo Kyle, con quien yo había coincidido en algún festival porque es músico de jazz. Me llamó, me dijo que le gustaban mis discos y que quería que escribiera con él algo para una película. Así fue como de buenas a primeras me encontré en su casa, sentado al lado de él en su piano y grabando allí mismo el tema de Gran Torino, que acabábamos de componer.

Todo ha sucedido muy deprisa en su carrera. En muy poco tiempo ha pasado de cantar en una banda de aficionados que emulaban a AC/DC a actuar en festivales de jazz con la banda de Count Basie. ¿Su vida personal ha cambiado al mismo ritmo frenético?

Las cosas ocurren casi sin que uno se dé cuenta y no hay que volverse loco, hay que distanciarse y saber colocar tu vida por encima de todo ese vértigo. Me sigue encantando jugar con el ordenador, soy un adicto: siempre llevo uno de bolsillo conmigo. Me gustan The Kinks y los Specials y Miles Davis y Elvis Costello. Y sigo recordando con una sonrisa en los labios el estupendo póster de Sharon Stone que tenía en mi habitación. Me sigue gustando emocionarme con un disco que no conozco, disfrutar con una conversación igual que con un concierto. Y tomarle el pelo a la prensa sensacionalista de mi país, ya sabes, 'The Sun' y toda esa bazofia. Una vez dije en una entrevista que para que la gente no me reconociera y me molestara por la calle, solía disfrazarme de Darth Vader. ¡Y los tipos se lo tragaron y lo publicaron en grandes titulares!

El horror nazi escrito en papel higiénico

Petter Moen escribió unas memorias sobre su castigo en el cuartel de la Gestapo en Oslo, en el año 1944, que ahora se publican por primera vez en castellano




PEIO H. RIAÑO
Público


"¡¡Donnerwetter [jefe de guardia] me ha hecho un registro domiciliario!! No encontró mi diario. Cuelga pulcramente del clavo del papel higiénico. No encontró mi pluma. Es un pequeño clavo de la cortina opaca. Mi ajedrez estaba en el calcetín en el perchero, ante sus narices. Registro de una celda carcelaria desnuda. También eso es la Gestapo". Las palabras escritas por Petter Moen durante siete meses de cautiverio quedaron perforadas para siempre sobre pliegos de papel higiénico, fueron rescatadas meses después de la liberación de Noruega.

Petter Moen fue detenido por la Gestapo el 3 de febrero de 1944 durante el asedio a la prensa ilegal por parte de los nazis, que consiguieron desar-ticular buena parte de ella. En ese momento Moen (Noruega, 1901-1944), de oficio corredor de seguros, figuraba como el coordinador de todos los periódicos clandestinos del país. Además, era el director de London Nytt (Noticias de Londres), uno de los diarios ilegales de mayor difusión durante la ocupación. Se publicó sin interrupciones desde 1941 hasta el arresto de Moen. Era lo que se llamó un "periódico de radio", una transcripción de las noticias radiadas desde Londres, libres de la censura nazi, que ya había requisado la mayoría de los aparatos de radio del país.

Comienza a escribir el diario una semana después de su internamiento. Ahora, casi 70 años más tarde, la editorial Veintisiete Letras publica el estremecedor Diario de Petter Moen, inédito hasta el momento en castellano y publicado en Francia por petición de Jean-Paul Sartre, en la revista Les Temps Modernes. Cada letra aparece trazada por una fina hilera de agujeros sobre el miserable papel higiénico parduzco cortado en pliegos de alrededor de 16 x 19 centímetros. Perforaba en mayúsculas y, si bien las primeras notas son muy cortas, al término de la segunda semana la extensión crece y las reflexiones divagan por asuntos más allá del encarcelamiento.

Petter Moen trabajó a ciegas sobre sus escritos, desde el 10 de febrero al 4 de septiembre de 1944, cuando sabía que la ronda no iba a sorprenderle, después enrollaba los pliegos de cinco en cinco y los envolvía en un sexto pliego. Los rollos fueron marcados y numerados minuciosamente. Cuando terminaba de escribirlos, los introducía por una rejilla de ventilación a ras de suelo de la habitación. Allí se conservaron intactos hasta que los recuperaron. El papel higiénico era duro como los sacos de cemento.

En el prólogo del libro se recupera un texto de Martín Cerda (1930-1991), en el que recuerda que Ernst Jünger (Alemania, 1895 -1998), en su Tratado del rebelde (1951), esboza el hecho de que "las obras más radicales de la literatura actual han surgido de los objetivos menos literarios: cartas, diarios íntimos, papeles nacidos de las grandes cacerías humanas, emboscadas y desolladeros de nuestro mundo". Una de esas obras es Diario de Petter Moen, austero, directo y libre de pompa y revisiones que hagan de este diario un producto editorial. Diario es un documento único sobre la soledad en represión, la duda, la culpa, la angustia, el miedo y la tortura. Todo y sólo lo que escribió es lo que quedó escrito.

A medida que pasan los días, Moen tiende a cuestionarse la propia vida, "no podría llegar a contar las veces que he estado al borde del suicidio". "Una bombilla rota y una vena cortada habrían bastado", escribe. Moen está aislado, Moen está siempre solo y admite que "el egocentrismo se convierte en necesidad y costumbre". De hecho, llega a compararse con la vida anacoreta de un monje. Paradójicamente, para Moen la escritura fue motivo de cautiverio en libertad y de salvación encerrado. Pero tanto en la cárcel como en la calle, es una pequeña ilegalidad emplear la palabra escrita, primero sobre papel prensa, luego sobre papel higiénico.

En el silencio de la celda, el ruido de los pensamientos de Petter que rasgan la textura del papel. Todos esos rollos que han pasado a la historia contra el olvido, son las actas del juicio terrible al que se somete Moen: pasa por una crisis existencial y de autoestima acompañada por una crisis moral, "que lleva años atormentando mi alma". Hay días en los que apunta sus recuerdos en libertad, y destaca sus jornadas de 15 horas de trabajo en el London Nytt, "era como un juego". "Había una fogosidad en ese trabajo que suponía una renovación diaria de todas las fuerzas".

En el relato del paso de las semanas no deja de crecer un miedo "impúdico", dice él. Es el miedo al sufrimiento, a las torturas. "Sí, estoy desesperadamente asustado". Vuelve una y otra vez a aclarar que lo que le "desgarra el músculo del corazón" no es el anhelo de libertad, sino "los problemas del sótano", en alusión al miedo al látigo, a las patadas en las espinillas, al retorcimiento de las articulaciones y a los golpes en la cabeza.

Los presos son sometidos a las más diversas torturas psicológicas, entre ellas el cartero que llega con el correo muestra por el ventanillo la carta y pregunta al recluso si es suya enseñándole el remitente "Hay que ser idiota para no entender la intención de algo así". Dos veces al día el preso debe decir su número y nombre al carcelero. "Me resulta infame. Estas estúpidas ocurrencias de bedel no tienen ninguna importancia, pero muestran que quienes mandan aquí son seres considerablemente mezquinos".

De vez en cuando habla de la libertad, de todo lo que está dispuesto a sacrificar por recuperarla y por volver a pisar una Noruega libre. Pero reconoce que si esto acabara en muerte desearía que se salvara su diario. Petter Moen escribió cada palabra y cada frase desde la honestidad, sin adornos para la posteridad, con la amenaza diaria de la muerte y el maltrato. En esos términos no hay lugar a las letras doradas. Pero se encontró con la muerte lejos de aquella tortura solitaria, en el mar, camino de Alemania junto con otros 400 presos deportados en el Westphalen. La embarcación chocó con una mina y sólo consiguieron salvarse cuatro de los presos, a uno de ellos Moen le había confiado su secreto y fue quien dio la pista del diario de su compañero. Fue hallado, tras la liberación de Noruega, en la cámara de ventilación de su celda, intacto, apenas humedecido.