30 años de furia


The Clash encarnó la rama politizada del punk frente al nihilismo existencial de los Sex Pistols. Una reedición celebra ahora las tres décadas de vigencia de su obra magna, London calling, el disco que abrió el sonido a otras músicas y acabó cambiando la historia del rock


DIEGO A. MANRIQUE
El País




El calendario es implacable. Te frotas los ojos, repites las cuentas y, sí, es verdad, han pasado 30 años de London calling. Resulta que el doble elepé de los Clash se publicó el 22 de diciembre de 1979, pero tardó unas semanas en tener edición estadounidense: eso explica que la revista Rolling Stone lo pudiera proclamar “el gran disco de los ochenta”. Paladeen la paradoja: London calling encarna exactamente lo opuesto de las tendencias dominantes en esa década, que hoy recordamos como un atracón de sintetizadores, ritmos programados, hombreras, pelos esculpidos, materialismo desatado.

Nadie que viviera London calling lo ha olvidado. Sus semillas están bien plantadas entre nosotros: Siniestro Total parodió la impactante portada de Ray Lowry, sus canciones han bautizado locales (Jimmy Jazz) o agencias de management (Spanish Bombs). Artistas tan alejados como Amaral confiesan conocer al dedillo sus cuatro caras. Sus temas han sido versionados por Fermín Muguruza, Amparanoia y mil grupos punkis locales.

LONDRES COMO NUEVO MOSCÚ. Sin embargo, London calling representa la superación del punk rock en su versión más elemental, un feliz ejemplo de maduración de unos creadores. Habían militado en el ejército del imperdible como los insubordinados de otras generaciones lo hicieron en el Partido Comunista. Lo reconoce Joe Strummer: “Cuando me uní a The Clash fue como volver a la casilla de inicio, al año cero. Parte del punk consistía en desprenderte de todo lo que conocías antes. Éramos casi estalinistas: insistíamos en que había que deshacerse de las viejas amistades y de nuestra manera de tocar, en un intento febril por crear algo nuevo”.

Los Clash encarnaban la rama politizada del punk rock, frente al nihilismo existencial y el gusto por la provocación —“nos gustan las esvásticas”— de Pistols o Banshees. Reciclaban imágenes y conceptos de la extrema izquierda; respondían a lo que se recuerda como el “Invierno del Descontento”, periodo de huelgas y disturbios que culminó, ay, con la elección de mistress Thatcher, disciplina severa. Naturalmente, iban de antinorteamericanos, si hemos de creer aquello de I’m so bored with the USA.

AMÉRICA LA MARAVILLOSA. Dicen que los prejuicios se quitan viajando. Al igual que ocurriría con U2, les revolvió los esquemas el contacto con los verdaderos Estados Unidos, esa América que yace olvidada entre los polos mediáticos de Manhattan y Hollywood. Descubrieron que subsistían muchas corrientes musicales, ignoradas por la gran industria del entretenimiento. Y que los nativos, a diferencia de los que encontraron en su visita a Jamaica, podían ser afables. Lo juraba Joe, que cruzó el país en una camioneta Ford, a lo Jack Kerouac.

El año cero de Strummer se traducía por reclamar como propia la herencia del rock de guitarras, tal como lo destilaban en el downtown neoyorquino. Sólo había una música ajena a esa línea que pasaba la aduana estética de los punkis londinenses: el gomoso reggae. Inicialmente, la conexión era comercial: algunos jamaicanos vendían “hierba”; se desarrolló cierta empatía entre ambos sectores de marginados.

IRRUMPE EL GURÚ. Los Clash habían probado con el reggae, incluso encerrándose con Lee Perry, el Productor Chiflado. Pero ahora pretendían abrir el abanico musical y necesitaban un guía erudito. Apareció un freak que superaba todo lo previsible. Guy Stevens, que había ejercido de DJ en la primera era mod y poseía un conocimiento apasionado de los sonidos estadounidenses. Empleado de Chris Blackwell en el sello Island, editó muchas maravillas y desembocó en la producción: bautizó a Mott The Hoople; trabajó igualmente con Procol Harum, Spooky Tooth y Free. Tenía más cicatrices que todos los Clash juntos: era alcohólico y había visitado las cárceles de su majestad por un asuntillo de drogas.

Guy creía en la teoría de la tensión: provocar a los músicos, agredirlos incluso, para que salieran de su zona de confort y se superaran. Algunas ediciones de London calling incluyen un making of firmado por el colega Don Letts, con imágenes en blanco y negro de Stevens atacando al mobiliario e intimidando a Strummer. Guy, bendito sea, sirvió como catalizador de la grandeza potencial de The Clash. Basta con comparar los temas de London calling, tal como los conocemos, con sus versiones primigenias, recién ensambladas las músicas de Mick Jones con los textos de Strummer. Son las llamadas Vanilla tapes, grabadas en su local de ensayo en Pimlico, situado sobre un taller de reparación de automóviles.

SOBRE RUEDAS. Abusemos de las metáforas: London calling rueda majestuoso, igual que un coche recién salido de un chequeo minucioso. No es el movimiento espasmódico de anteriores elepés de The Clash: como si cambiara de marchas automáticamente, pasa con naturalidad del punk al rockabilly, al jazz, al reggae, al ska, al rhythm and blues y, sí, también al pop (en un sarcasmo mortal, Spanish bombs es un éxito en karaokes frecuentados por turistas británicos bien lubricados). El panel de mandos responde al toque: entran teclas y metales justo cuando se necesitan, nada de purismos de fanzine. Funcionan los reflejos: Wrong ‘em boyo comienza en Nueva Orleans antes de girar hacia Kingston.

Su registro temático deslumbra igualmente. Todavía llevan el impulso de los Clash insurgentes, la identificación con forajidos y rebeldes; pero Strummer y Mick Jones también reflexionan sobre las poses, las opciones vitales, el peso de la historia, el poder redentor del rock. Además, se sitúan como eslabones de la tradición: Brand new Cadillac pudo ser, ellos lo recuerdan, “el primer rock and roll británico”, pero es obra de Vince Taylor —inspiración para Ziggy Stardust, el personaje de Bowie— y retrata ese deseo primordial de huir, de inventarse una existencia más auténtica.

IDEALES Y COMPROMISOS. Los fans repetían aquello de “The Clash, la única banda que importa”. Sus hazañas musicales se retroalimentaban con unas exigencias ideológicas que les empujaron a decisiones económicamente suicidas. El doble London calling se vendió como elepé sencillo; Sandinista! era un triple que costaba menos que un doble. CBS bufaba, pero tragaba, tras recortar las royalties de aquellos puretas: digamos que los Clash nunca se vieron obligados a plantearse el dilema de convertirse en exiliados fiscales. Faltaban muchos años para que llegaran los millones de libras con los éxitos internacionales, los anuncios con su música, las versiones de Annie Lennox, los recopilatorios para compradores tibios.

Hoy, el carisma de London calling se revela como una potente confluencia de vectores: un alborotado movimiento social, unos músicos en expansión, unas canciones urgentes, un productor visionario. Los propios Clash no pudieron repetirlo. Al año siguiente, alentados por el emergente rap neoyorquino, encendidos por una nueva comprensión de la realidad geopolítica, buscaron profundizar en sus hallazgos con Sandinista!

DEMASIADAS PUÑALADAS. Sin embargo, ya no estaba Guy Stevens, caído en 1981 tras una sobredosis de medicamentos. El papel de timonel había pasado a Mick Jones, entonces desconocedor del concepto de control de calidad: Sandinista! tiene un porcentaje de aciertos superior a la media, pero se degrada por la magnitud de sus errores. ¿Podemos sorprendernos? En el espacio de un año habían editado el equivalente a cinco elepés.

Todo grupo efectivo obedece a un delicado equilibrio de fuerzas y talentos. El baterista, Topper Headon, patinaba por la pendiente de la heroína y fue expulsado, aun después de esbozar lo que sería el mayor éxito de The Clash en vida: Rock the casbah. La bomba de relojería estaba en el núcleo duro: tras adquirir modos y pintas de rock star, Jones decidió convertirse en el señor del sonido. La continuación de Sandinista! se llamaba Rat patrol from Fort Bragg y tenía dimensiones de disco doble: Mick se deleitaba en la experimentación.

Le cortaron las alas: el productor Glyn Johns adelgazó el proyecto hasta convertirlo en el contundente Combat rock. The Clash se transformó en un ring donde chocaban los egos (el de Bernie Rhodes, manager, también era descomunal). En 1983, Strummer y Rhodes lograban dar la patada a Jones. Se arrepentirían demasiado tarde: el grupo se extinguió ignominiosamente dos años después.

Derechos vs. transnacionales

ERIKA GONZÁLEZ y JESÚS CARRIÓN
Público




La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos organizó recientemente una consulta pública en Ginebra (Suiza) sobre el marco de actuación para transnacionales y derechos humanos -“Proteger, respetar, remediar”- impulsado por John G. Ruggie, representante especial del secretario general para derechos humanos y multinacionales. En este ámbito, algunas organizaciones y redes sociales pusieron sobre la mesa el debate sobre la necesidad de unas normas de obligado cumplimiento para las multinacionales en materia de derechos humanos. Aunque este debate tuvo su origen en la década de los setenta -cuando se intentó aprobar un código vinculante de normas para las multinacionales en la ONU-, desapareció durante la década de los ochenta y noventa cuando las propias Naciones Unidas decidieron impulsar exclusivamente los códigos de conducta voluntarios, como el Global Compact.

Las voces que reclaman hoy volver a incorporar en el debate la regulación obligatoria para las transnacionales fundamentan su propuesta en que las quejas de afectados y afectadas por los impactos sociales, económicos, culturales y ambientales de estas compañías no ha parado de crecer. De hecho, las denuncias están cobrando cada vez mayor relevancia social y son más difíciles de ignorar y ocultar. Es en este contexto en el que se debe situar el plan de Ruggie, que, ya en su análisis inicial, alberga multitud de contradicciones. Por ejemplo, la postura de Ruggie reconoce que no se puede dejar en manos del mercado y de la voluntariedad de las empresas el respeto de los derechos humanos, pero, a su vez, no cuestiona el Global Compact, sino que más bien lo respalda.

El marco propuesto promueve el deber estatal de proteger a las víctimas, la obligación empresarial de respetar los derechos humanos y la mejora del acceso efecfue planteada recientemente por dos relatores de Naciones Unidas, si bien la propuesta estaba enmarcada en un proyecto que no pertenece a la ONU llamado Iniciativa de Suiza. En cualquier caso, las tres medidas citadas han sido desechadas por Ruggie argumentando que la falta de recursos económicos y la aprobación de un Tratado por una mayoría de naciones retrasarían décadas su realización. Dicho argumento contrasta enormemente con la rapidez con la que el G-20 se puso de acuerdo y aprobó un presupuesto de más de un billón de dólares para salir al rescate de la banca en plena crisis financiera.

Para concluir, el marco “Proteger, respetar, remediar” presentado por Ruggie traspasa la responsabilidad sobre el control de las transnacionales a los Estados sin concretar códigos, organismos, ni cortes internacionales en las que se puedan denunciar dichos delitos. Parece que, como en otras muchas ocasiones, las palabras se las llevará el viento. Mientras tanto, y siendo conscientes de que las soluciones no son sencillas, las víctimas, las organizaciones sociales, sindicales, ambientales, etc. van a seguir trabajando para poner en la agenda social estos debates. Y fortalecer así la presión social que obligue a los gobiernos de origen de las compañías y a las Naciones Unidas a tener la voluntad política necesaria para hacer respetar los derechos humanos a las transnacionales en cualquier parte del mundo.

tivo a mecanismos de reparación de las víctimas. De estos tres ejes, en la citada consulta, Ruggie puso la mayor parte de la responsabilidad en los gobiernos nacionales. Las organizaciones sociales ven en esta postura un aspecto positivo y numerosos interrogantes. El positivo es que recoge parte de las demandas de movimientos sociales que denuncian la falta de coherencia de gobiernos, como el español, que promocionan los derechos humanos pero luego, en sus políticas económicas, firman acuerdos bilaterales y comerciales cuyas condiciones favorecen a las multinacionales españolas, mientras vulneran los derechos humanos de las poblaciones receptoras. El relator también encomió a los gobiernos donde se ubican las centrales de dichas transnacionales a la aplicación del principio de la extraterritorialidad para hacer que dichas corporaciones respeten los derechos humanos en terceros países donde actúan.

Ahora bien, detrás de estos planteamientos se encuentran múltiples interrogantes. El primero de todos tiene que ver con la crisis de representatividad que tiene hoy la ONU para resolver cualquier conflicto. Por otra parte, es altamente cuestionable dejar el control sobre las multinacionales en manos de gobiernos que comparten intereses con estas corporaciones y cuyas políticas están subordinadas a acuerdos internacionales de libre comercio. ¿Es real que los gobiernos de Nigeria, Sudán, Colombia o Filipinas prioricen los derechos humanos frente a los derechos de las transnacionales? Pero aún hay más: si hasta ahora las iniciativas de crear normativas obligatorias sobre derechos humanos para las transnacionales en la ONU no han prosperado es porque han contado con la oposición frontal de los gobiernos de origen, que protegen de forma incondicional los intereses de sus transnacionales.

Con el fin de aportar a este debate, Enlazando Alternativas (red birregional Europa-América Latina) y el Tribunal Permanente de los Pueblos, que llevan años en el seguimiento y denuncia de los impactos de las multinacionales, proponen la creación de un código normativo internacional que delimite las responsabilidades legales de las compañías multinacionales. Además, plantean que se debería conformar un centro independiente para el seguimiento de las denuncias de sus impactos e insisten en la necesidad de una Corte Internacional que pueda juzgar a las empresas transnacionales por sus delitos. La idoneidad de una Corte Internacional sobre derechos humanos que pueda juzgar a las multinacionales también fue planteada recientemente por dos relatores de Naciones Unidas, si bien la propuesta estaba enmarcada en un proyecto que no pertenece a la ONU llamado Iniciativa de Suiza. En cualquier caso, las tres medidas citadas han sido desechadas por Ruggie argumentando que la falta de recursos económicos y la aprobación de un Tratado por una mayoría de naciones retrasarían décadas su realización. Dicho argumento contrasta enormemente con la rapidez con la que el G-20 se puso de acuerdo y aprobó un presupuesto de más de un billón de dólares para salir al rescate de la banca en plena crisis financiera.

Para concluir, el marco “Proteger, respetar, remediar” presentado por Ruggie traspasa la responsabilidad sobre el control de las transnacionales a los Estados sin concretar códigos, organismos, ni cortes internacionales en las que se puedan denunciar dichos delitos. Parece que, como en otras muchas ocasiones, las palabras se las llevará el viento. Mientras tanto, y siendo conscientes de que las soluciones no son sencillas, las víctimas, las organizaciones sociales, sindicales, ambientales, etc. van a seguir trabajando para poner en la agenda social estos debates. Y fortalecer así la presión social que obligue a los gobiernos de origen de las compañías y a las Naciones Unidas a tener la voluntad política necesaria para hacer respetar los derechos humanos a las transnacionales en cualquier parte del mundo.

El espíritu del centauro


Al igual que en su impactante trilogía sobre el Holocausto, Primo Levi muestra en sus cinco libros de relatos -reunidos en el volumen Cuentos Completos- la urgencia de que los demás sepan


NURIA BARRIOS
El País




Primo Levi entró en el campo de concentración de Auschwitz en diciembre de 1944. Tenía 24 años, había estudiado Químicas a pesar de las leyes raciales de Mussolini que prohibían a los judíos el acceso a estudios superiores y había formado parte brevemente de un grupo partisano. En el vagón de mercancías donde fue trasladado a Auschwitz viajaban hacinadas 45 personas. De ellas sobrevivieron 4. Fue el vagón más afortunado de los 12 que formaban el convoy. A los dos días de su ingreso en el campo de concentración, de los 650 judíos italianos que habían entrado en aquel tren quedaban poco más de cien. Levi resistió los diez meses de cautiverio gracias a la azarosa fortuna, a sus conocimientos básicos de alemán, a su profesión de químico y a una necesidad que reveló ser tan urgente y violenta como encontrar comida: hablar a los demás, hacer que los demás supiesen.

"Cuando estaba en el campo de concentración tenía siempre el mismo sueño: soñaba que regresaba, que volvía con mi familia y les contaba, pero no me escuchaban (...) Era comparable al sueño de Tántalo, en el que éste casi come, llega a acercar el alimento a la boca pero no logra morderlo. Es el sueño de una necesidad primaria, la necesidad de comer y beber. Así era la necesidad de contar", declaró Levi años después.

A su regreso a Italia, Levi habló de lo vivido a su familia, a sus amigos, a la que sería su mujer. Contaba de viva voz lo que pronto serían sus libros: sus memorias del Holocausto, sus relatos, sus poemas, sus novelas, sus ensayos... Auschwitz lo había convertido en escritor. Él se definía como parte de "los tatuados", "los marcados". Aquella expresión no sólo hacía referencia al número azul grabado en su brazo izquierdo: 174517. Con la misma violencia y de forma indeleble le habían señalado como judío a él, que formaba parte de una familia de hebreos asimilados y no religiosos. "Me han marcado como se estampa una plancha de hierro, ya soy judío: me han cosido la estrella de David y no sólo en la ropa". De la misma forma le encadenaron a las palabras. "La experiencia del lager me obligó a escribir", decía. Auschwitz reveló ser una escuela tan atroz como aguda sobre la naturaleza humana y el mundo.

El judío Levi escribió sus memorias sobre el Holocausto, una trilogía que se ha convertido en un documento esencial. No es posible comprender la realidad de los campos de concentración nazis sin leer Si esto es un hombre (1947), La tregua (1963) y Los hundidos y los salvados (1986). Tres libros poderosos, austeros y reflexivos. "He asumido deliberadamente el lenguaje tranquilo y sobrio del testigo, no el lamento de la víctima ni la voz airada de quien busca venganza", declaró. Tras la publicación de Si esto es un hombre transcurrieron casi dos décadas de silencio, provocado por el escaso interés que suscitó el libro. La pesadilla recurrente de Levi en la que los demás se negaban a escucharle se había hecho realidad. Pero a partir de la publicación de La tregua, un Primo Levi ya reconocido se volcó en la escritura hasta su muerte, en 1987. Ahora se publican sus Cuentos Completos, una buena oportunidad para seguir escuchándole contar.

El volumen, que edita El Aleph, reúne los cinco libros de relatos que escribió el autor italiano: Historias naturales (1966), Defecto de forma (1971), El sistema periódico (1975), Lilit y otros relatos (1981) y Última Navidad de guerra (2000). Todos habían sido publicados ya en España, excepto dos relatos que permanecían inéditos en castellano. Marco Belpoliti, autor del prólogo, señala que Levi fue, ante todo, un escritor de cuentos. Incluso los dos primeros libros de su famosa trilogía sobre el Holocausto están estructurados en forma de relatos. La lectura de sus cuentos revela a un escritor dotado de una inquietante fantasía, pero al mismo tiempo profundamente arraigado en la realidad. Un narrador híbrido: realista y fantástico, científico y delirante, vital y fatalista... Un ser mezclado, nada que ver con el sueño perverso de las razas puras. Un verdadero centauro, como a él le gustaba definir a los hombres.

Entre sus relatos más hermosos figuran aquellos que hablan de especies mezcladas: mujeres fecundadas por polen, jóvenes a quienes les crecen alas... Ahí están, entre otros, 'Disfilaxis', 'La gran mutación' o 'Quaestio de Centauros', donde plantea una segunda creación: "¿Por qué el delfín es parecido a un pez y, sin embargo, pare y amamanta a sus crías? Porque es hijo de un atún y de una vaca. Y las tortugas son hijas de un sapo y de un peñasco. Y los murciélagos, de una lechuza y de un ratón. Y las conchas, de un caracol y de un canto rodado. Y los hipopótamos, de una yegua y de un río (...) ¿Y de qué otra manera, como no fuera a duras penas, se podría explicar la desmesurada mole de las grandes ballenas, de los leviatanes? Sus huesos leñosos, su piel aceitosa y negra y su aliento abrasador son el testimonio vivo de un matrimonio venerable, del abrazo voraz del mismo fango primordial cuando abarcó la quilla femenina del arca (...)".

Los Cuentos Completos reflejan el amplio abanico de intereses de Levi. Hay cuentos sobre Auschwitz, por supuesto, donde vuelven a aparecer personajes de los que ya había hablado en su trilogía. Pero hay, sobre todo, cuentos de ciencia-ficción, fantásticos, costumbristas, de corte más ensayístico, biográficos, políticos... Hay historias breves, ingeniosas, a veces clarividentes, donde Levi describe inventos estrafalarios -un Versificador, un Turboconfesor aprobado por la Iglesia o una máquina para medir la belleza-, junto a otros que el tiempo ha traído a nuestras vidas: la clonación, cascos que permiten acceder a la realidad virtual...

Todos contienen el espíritu de centauro del escritor: la viva curiosidad por el funcionamiento del mundo, la capacidad de observación y su claridad estructural de científico y, al mismo tiempo, la lucidez y la sabiduría que adquirió en Auschwitz. El resultado son relatos que hablan de una realidad más compleja y extraordinaria que la que percibimos los demás. En el lager, Levi fue testigo de cómo la racionalidad extrema se convierte en la más pura irracionalidad, de cómo el estricto cumplimiento de normas y leyes da como resultado el absurdo. Preguntado por sus historias fantásticas, él declaraba: "No son historias de ciencia-ficción, si por ciencia-ficción se entiende 'futurismo', la fantasía futurista barata. Estas historias son más posibles que muchas otras". Él sabía bien de lo que hablaba.

Gran parte de los relatos fueron publicados por Levi en periódicos antes de ser reunidos en libros. Que el lector no busque un orden temático ni cronológico y, sobre todo, que no busque mensajes, tal como indica el propio autor: "Suplico al lector que no busque mensajes. Es un término que detesto, pues me atribuye ropajes que no son míos, sino que de hecho pertenecen a un tipo humano de quien desconfío: el profeta, el visionario. No soy nada de eso; soy un hombre normal con buena memoria que cayó en un torbellino y salió de él más por suerte que por virtud, y que desde entonces ha conservado una cierta curiosidad sobre los torbellinos grandes y pequeños, metafóricos y actuales".