Memoria de Antonio Vega. Pasión, poemas y excesos


Vivió a salto de mata. Fue uno los más brillantes compositores de su generación. Excesivo y apasionado, si algo le gustaba no había límites: música, versos, aventuras y heroína


JOSEBA ELOLA
El País




La última canción que compuso Antonio Vega se ha perdido. Se borró. Un final muy acorde con su poesía, con su vida, con su obra. Se ha perdido un poeta, se ha perdido su última canción.

Se llamaba Antes de haber nacido. Era la última obra de uno de los más brillantes compositores de su generación, un poeta de la física y el cosmos, un hombre con una vida marcada por la música y la heroína. Superviviente nato, resistió las múltiples embestidas del caballo hasta que, a los 51 años, un cáncer de pulmón se lo llevó. Fue el 12 de mayo de 2009.

Su canción inédita e irrecuperable tenía un aire Lynyrd Skynyrd. Sí, un punto de rock americano sureño. La letra, ese campo de batalla en el que Antonio tantas veces se perdía -al componer-, ese campo del que tantas veces salió triunfante -al editar-, era una mirada hacia atrás. Así se cerraba:

Hasta aquí he llegado / Desde aquí he partido / Un camino sin descanso que buscó donde nacer / Antes de haber nacido.

Sólo la tocó una vez en directo. Fue en su última gira, en el Café Antzokia de Bilbao, el 28 de marzo de 2009. Los conciertos se grababan con la idea de editar un disco más adelante. Incorporaría seis temas nuevos que grabaría en directo. Antes de haber nacido era el primero de esa serie. "Malfunction", fue el maldito mensaje que escupió el ordenador en el que se grababan las pistas. Un fallo del sistema se comió la canción. "Bueno, ya la grabaremos otro día", pensaron todos. Ese otro día nunca llegó. El 20 de abril, Antonio ingresaba en el hospital Puerta de Hierro de Madrid.

De su canción perdida, esa de final tan Antonio Vega, queda un manuscrito de puño y letra del autor y un vídeo de mala calidad colgado en You Tube: dura apenas veinte segundos y se oye mal. Es lo que queda. "Esa canción era como un testamento", explica Basilio Martí, su compañero de fatigas musicales durante 18 años, su pianista, su álter ego en el local de ensayo, su gran amigo.

El autor de La chica de ayer, ese himno de los ochenta, vivía momentos dulces cuando se presentó la enfermedad. Estaba en fase de hiperactividad laboral. Se estaba construyendo un estudio de grabación en su casa de Cercedilla. Literal: el que llegaba allí se lo podía encontrar con las manos encaladas, rodeado de materiales comprados a granel en Leroy Merlín. Antonio Vega era así, le daba por hacerse un estudio y no paraba hasta que se lo hacía. No llegó a estrenarlo. La insonorización, eso sí, la sacó adelante. Con sus manos.

Estaba en una racha en que tocaba la guitarra diez horas al día. Había vuelto a tomar clases con un profesor para seguir avanzando, seguía explorando las posibilidades de ese instrumento que ya dominaba pero que nunca se termina de dominar. Los pocos privilegiados que asistieron el 21 de febrero a su actuación en la sala barcelonesa Luz de Gas, uno de sus últimos conciertos, vieron a un artista en estado de gracia, al artista que él siempre quiso ser, al que por momentos fue.

Llegan días en que su obra será reivindicada. Las fotos que este reportaje ofrece en primicia son el único material inédito que contiene Antonio Vega, obras completas, la edición que el martes se pone a la venta y que reúne once cedés con todas las canciones del autor de El sitio de mi recreo. Están las que hizo con Nacha Pop, su grupo de los ochenta, y las que hizo en solitario; más un DVD y un libro de 120 páginas con texto del periodista Jesús Ordovás. Además, Lunwerg edita el mismo día Mis cuatro estaciones, biografía firmada por Bosco Ussía, fruto de cincuenta horas de entrevistas grabadas. Y el 10 de abril será la fecha en la que la aristocracia del pop rock español cante las canciones de Antonio Vega en el Palacio de los Deportes, un evento que ya está organizando su hermano Carlos.

"Era un fenómeno en todo lo que hacía", cuenta Carlos frente a las fotos del álbum familiar. "Físicamente, era un superdotado. Intelectualmente, también". En sus años de infancia ganó campeonatos de salto de longitud, hacía taekwondo, alpinismo, todo se le daba bien. Era guapo, listo, fuerte. Lo tenía todo. Cuando acabó sus estudios en el Liceo Francés emprendió varias carreras: arquitectura, sociología, físicas; también quiso ser piloto de aviones. Todo lo dejó a medio camino, la guitarra podía más. En unas pruebas psicológicas que realizó por indicación de sus padres en esos años de dudas, hizo un test de inteligencia. Sacó un 168, cuenta su hermano. "Es el mismo coeficiente que el de Einstein", subraya sentado en el salón de su casa Bosco Ussía, biógrafo de Antonio Vega. El psiquiatra autor del test nunca había tenido una puntuación tan alta entre sus manos. Le dijo a Mari Luz, madre de Antonio: "No te felicito porque estos chicos suelen salir muy conflictivos".

Antonio Vega vivió deprisa. A salto de mata. Intensamente. Era un hombre apasionado, excesivo. Cuando algo se cruzaba en su camino y le gustaba, no había límites. Tendría unos 17 años cuando, una tarde, su hermano Carlos se lo encontró vestido con su flamante nuevo equipo de alpinismo para condiciones extremas, coronando el armario de casa; los mosquetones aún clavados en la madera recia de aquel armario y Antonio, allí arriba, coronando su montaña imposible. "Se volcaba en todo lo que le aportaba algo y lo exprimía al máximo", explica Carlos, "se entregaba a sus causas de forma vehemente. Con las drogas, igual".

La guitarra se hizo obsesión. No quería estudiar, quería tocar, tocar y tocar. Formó su grupo Nacha Pop, a finales de los setenta, junto a su primo Nacho. En esos años compuso la canción a la que quedó encadenado de por vida, La chica de ayer. La odió durante años y años, pero al final, se acabó reconciliando de algún modo con ella. El que fue himno de toda una generación le reportó la mitad del total de sus derechos de autor.

El problema surgió cuando lo que se cruzó en su camino fue la heroína. Fue en un Seat 127 atiborrado de amigos, camino de El Escorial, a finales de los años setenta. Lo cuenta Bosco Ussía, su biógrafo. Como hombre excesivo y apasionado que era, se entregó al viaje con fruición. La heroína era una recién llegada, faltaba información. Algunos decidieron probarla, otros no. Vega fue de los primeros. Heroína, la mujer del héroe. No podía ser mala. "Antonio tenía todo a su favor, pero eligió esa opción", dice Bosco Ussía, intentando explicar por qué Vega, chico de familia acomodada y con todas las armas culturales precisas, se enganchó. "Si eres una persona con su talento y su sensibilidad, te puedes enamorar del caballo. Es algo que también te da, no sólo te quita".

El Antonio Vega en solitario nace en el seno de Nacha Pop. Juan Tomás Tello, director artístico de Globomediamúsica que trabajó cinco años codo con codo con él, sitúa el nacimiento del gran Antonio Vega en 1984, cuando edita Una décima de segundo, canción que da título al cuarto álbum de la banda. La fascinación por la física, por las matemáticas, por el cosmos, se traduce en versos emocionantes. El poeta preciso, el alquimista minucioso y perfeccionista con sus textos, entra en estado de gracia. En apenas cuatro años llegan algunas de sus mejores canciones, aún como integrante de Nacha Pop: en 1987 firma Lucha de gigantes, tema dedicado a la heroína, según cuenta la que fue su compañera durante 18 años, Teresa. En 1993, ya en solitario, llega El sitio de mi recreo, pieza de referencia, melancolía pura.

Teresa recuerda perfectamente el día que la compuso. Fue en Ibiza. Estaban pasando unos días con unos amigos en una cabaña de madera. Salieron todos a dar una vuelta por la tarde, pero Antonio se quedó en la cabaña. Estaba malo. Le había dado por las ensaimadas y, como siempre, no había término medio, se había zampado nueve en un día. "Era compulsivo con todo, ya fuera con los bollos, con la fotografía o con lo que le diera", recuerda Teresa en conversación telefónica desde un pueblecito de Vizcaya, el lugar al que se retiró cuando consiguió desengancharse de la heroína y desengancharse de Antonio. Cayó la tarde y regresaron todos a la cabaña. Según entraron, Antonio les dijo: "Mirad lo que acabo de sacar". Agarró la guitarra y se puso a tocar El sitio de mi recreo de arriba abajo, letra y música, clavada. "Estaba tocado por una varita mágica", dice Teresa. "Era muy estudioso, muy inquieto. No era normal, era un genio. Tenía una capacidad de absorber información impresionante".

Teresa rememora las noches de Antonio estudiando manuales de química, de matemáticas; eso le gustaba leer, pasaba de las novelas. Teresa Lloret compartió 18 años de su vida con él, se casaron en 1989. Ahora vive en el campo, alejada del mundanal ruido, está limpia. Dice que desde que no se pone, no pinta, ni dibuja. Pero que quiere volver a pintar, que va a volver a pintar.

Algunas de las mejores canciones de Vega salieron del tirón, no era lo habitual. "La música le brotaba, pero las palabras las tenía que trabajar duro", dice Juan Tomás Tello, que entre 2000 y 2005 fue el hombre que se encargaba de que Antonio compusiera, tocara y grabara, el enlace artístico entre la discográfica EMI, y el músico. "No le gustaba escribir tonterías, daba vueltas a las letras y por eso le costaba acabar los discos", cuenta. Se dejaba llevar por ti, otro clásico, nació en una noche en su casa de Soto del Real. Fue una noche dos por uno: llegó acompañada de Lo mejor de nuestra vida.

Sus cualidades de intérprete no dejaron de mejorar. Descubrió que cantando canciones de otros, crecía. No hay más que escuchar el estremecedor Romance de curro el palmo, canción de Serrat, en su boca. Su faceta de guitarrista quedó oscurecida por sus dotes como compositor y cantante. Pero lo cierto es que era muy creativo. Muchas noches de actuación, acababa en el camerino explicando a músicos que se le acercaban los acordes que utilizaba en sus temas: los que intentaban reproducir sus canciones se volvían locos.

Y todo porque Antonio Vega cambiaba la afinación de la guitarra. Pero no la cambiaba por afinaciones convencionales. Experimentaba. Sus afinaciones abiertas en Mi y La menor séptima cargaban sus arpegios de poesía.

Los que estuvieron cerca de él lo describen como un hombre en las antípodas de esa etiqueta que le colgaron con aquel disco que salió en 1994, Ese chico triste y solitario, un álbum recopilatorio editado sin consultarle que le daba por acabado, que le enterraba en vida, una jugarreta que nunca perdonó a la compañía discográfica. Los agoreros anticiparon su muerte una y mil veces por esa vida a salto de mata que llevaba, esclavizado por la heroína, siempre al límite, deambulando de hotel en hotel durante años. Basilio Martí describe la existencia de su amigo: "Toda su vida era pura improvisación". Teresa, su ex pareja, es aún más gráfica: "Yo abandoné esa vida de Camel Trophy. Él ha sido coherente hasta el final: 'Esto es lo que me gusta y es lo que quiero hacer".

La vida de Antonio Vega está jalonada de episodios tremendos y de momentos surrealistas. Su existencia fue una aventura diaria, como la de cualquier persona que cada día debe buscarse la vida para conseguir una dosis. Hubo incendios en hoteles y en casas; detenciones surrealistas en comisaría; incluso un tiroteo en Euskadi, entre la policía y unos presuntos etarras, del que se salvó escondiéndose debajo del coche.

"Nunca fue un chico triste", cuenta su hermano Carlos, "era un ganso, tenía un sentido del humor muy fino, muy irónico". "Era un cachondo", agrega Bosco Ussía, su biógrafo. "Era un superclase, un seductor nato", dice Juan Tomás Tello. "Enamoraba tanto a hombres como a mujeres", cuenta Teresa, "quienes le conocían se quedaban locos con él, a pesar de que él no cuidaba demasiado las relaciones con los demás".

La muerte de Marga, la mujer que le apoyó y condujo durante siete años, gran amor que se gestó en la grabación de Anatomía de una ola, fue el último gran palo para Vega. Sucedió en 2004. Vega entró en crisis. Padeció una tuberculosis. Basilio Martí consiguió rescatarle con una idea: dedicarle a Marga el siguiente disco. "Se puso a trabajar frenéticamente", cuenta Martí. Así surgió 3.000 noches con Marga, su última entrega. Basilio Martí se pone de pie y describe la trayectoria de un avión en ascenso: eso es lo que le ocurrió a Antonio Vega a raíz del disco para Marga. Se produjo un clic. Se involucró cada vez más en la música. Tocar, tocar y tocar. Mejorar. Recibir clases. Construir el estudio.

El 21 de febrero, Basilio Martí se sentó frente a un piano de cola, en la sala Luz de gas, de Barcelona, junto a Antonio. Fue el último concierto que ofrecieron a dúo. Antonio estaba iluminado. Aparcó un poco la guitarra, se dedicó a interpretar. Muchas letras, las recitó. Cargó las canciones de silencios. Cambió melodías. Interpretó como nunca. "Fue un concierto mágico, misterioso, nunca se me olvidará", dice Martí. "Estaba más maduro que nunca".

El fallecimiento llegó el 12 de mayo. Pocos días después, cuando Basilio Martí empezó a rebuscar entre los papeles de Antonio, encontró una nota manuscrita: "Barcelona. Luz de Gas", escribía Antonio Vega. "Le han puesto un piano de cola a Basilio. Un concierto que jamás olvidaré".

'Un lugar donde quedarse', Sam Mendes y los malos padres


JUAN LUIS CAVIARO
Blogdecine




‘Un lugar donde quedarse’ es el título con el que han decidido estrenar en España la última película del siempre interesante Sam Mendes, uno de los directores más prestigiosos y respetados del planeta, tras haber filmado obras del calibre de ‘American Beauty’ (su debut, premiado con cinco Oscars) o ‘Camino a la perdición’ (una de las mejores películas de cine negro de las últimas décadas). En su nuevo trabajo, el inglés vuelve a retratar la vida de una joven pareja, si bien con un tono muy diferente al de su anterior largometraje, la devastadora ‘Revolutionary Road’ (estrenada a principios de año en nuestro país).

De este modo, aunque sería discutible si en realidad no tienen más problemas, el drama de Burt y Verona, los protagonistas de ‘Un lugar donde quedarse’ (‘Away We Go’, 2009), está narrado de forma más alegre, con más humor, sin que por ello el cineasta abandone nunca su mirada crítica sobre la sociedad, sus reglas, y sus integrantes. A diferencia de lo que ocurría con los Wheeler (el matrimonio interpretado por Leonardo DiCaprio y Kate Winslet en ‘Revolutionary Road’), en el túnel que deben recorrer Burt y Verona hay luz, hay esperanza. Por más que el mundo sea un lugar desagradable lleno de problemas y personas egoístas, ellos no olvidan que se aman, y que los dos quieren lo mismo: criar a su futuro hijo de la mejor forma posible.

Pero claro, también es otra época. Y Mendes lo retrata muy bien. Los Wheeler vivían en los 50 y la sociedad de ese momento aspiraba a otras cosas; a una gran casa en un buen barrio, a formar una familia numerosa, a tener un buen coche y unos altos ingresos para toda la vida, a que él trabaje y ella se quede en casa, cuidando el hogar, etc. Cuando los Wheeler logran esto, se dan cuenta que no es lo que querían de verdad, y cuando quieren escapar ya es demasiado tarde. Burt y Verona, que para empezar no están casados (ella se opone, por una perfecta razón), no tienen casa propia, no tienen sueldos altos ni un trabajo seguro, y el embarazo les llega, claro, de improviso, sin haberlo planificado. La vida de la joven pareja actual es inestable, una completa ruina, en comparación con la de hace décadas, pero no está unida por lazos superficiales, está más allá de las apariencias y las formalidades.

La cuestión es que, además de que la década de los cincuenta es más atractiva que la actual, la bondad y los buenos sentimientos no queda tan bien en la pantalla. O al menos, a Mendes no se le da tan bien mostrarlos. Que Burt y Verona se amen durante toda la película y no tengan grandes conflictos por delante arruina un poco la película. ‘Revolutionary Road’, más triste, amarga y trágica, se disfrutaba muchísimo más, emocionaba y alteraba en cada secuencia. ‘Un lugar donde quedarse’ entretiene, se ve con una sonrisa y hace reflexionar, pero no hay nada en ella realmente poderoso, algo que la haga especial y que justifique tanto su realización como su visionado.

Claro que John Krasinski y Maya Rudolph tampoco son DiCaprio y Winslet. No lo hacen mal, ni mucho menos, interpretan estupendamente sus respectivos papeles, pero no son actores de un talento desbordante, como sí lo son los otros dos. De todas formas, el primer problema es que el guión escrito por Dave Eggers y Vendela Vida es muy blando, muy esquemático, e incapaz de abordar con profundidad las diferentes situaciones que plantea. Las parejas que vamos conociendo durante el viaje de los protagonistas en busca de ese lugar donde quedarse (donde criar a su primer bebé), están compuestas por personajes artificiales y exagerados, no por personas reales con conflictos de verdad, que posibiliten una verdadera reflexión sobre los temas del film (la vida en pareja, la madurez, la paternidad, los sueños rotos, la vejez).

No digo que nosotros no estemos rodeados de personas tan extravagantes como los padres de Burt (Jeff Daniels y Catherine O’Hara) o esos locos que creen que las sillitas para niños son objetos demoníacos (Maggie Gyllenhaal y Josh Hamilton), pero cuando planteas la narración de una historia, especialmente en una película, debes pensar en una dirección, y en los acontecimientos que verdaderamente pueden ayudarte a contar esa historia, los personajes y las anécdotas que son realmente importantes. La inseguridad y la paternidad son grandes temas, pero hay que afilar bien el guión. Si no, te queda algo vago, descafeinado, sin un rumbo claro y unos protagonistas (ya sean principales o secundarios) sin chispa, poco interesantes. Mendes filma con su habitual talento y elegancia, pero lo que muestra la cámara no resulta tan fascinante como para quedarse mirando. Junto a ‘Jarhead’, ésta es su película más vaga e intrascendente.

Verdades prolíficas


La edición de los primeros libros de Alain Badiou permite adentrarse en las ideas del infatigable filósofo francés, platónico intempestivo que, a contrapelo de su tiempo, retoma la tradición y piensa para el futuro


MARÍA Del CARMEN RODRÍGUEZ
La Nación




En lo que va del año, Alain Badiou ha publicado en Francia su Segundo manifiesto por la filosofía (se espera, en breve, la traducción en español), L´antiphilosophie de Wittgenstein ("La antifilosofía de Wittgenstein"), el tomo 5 de la serie "Circunstancias", L´hypothèse communiste ("La hipótesis comunista"), y Éloge de l´amour ("Elogio del amor"). Como en eco, y casi al paso de las reediciones de sus obras anteriores en tierras galas, acaban de aparecer, en traducción española, cuatro de sus obras, entre ellos sus dos primeros libros de filosofía.

El primero, El concepto de modelo , subtitulado Bases para una epistemología materialista de las matemáticas , retoma una exposición del filósofo francés que tuvo lugar en abril de 1968 en la École Normale Supérieure y el texto de la exposición siguiente que, prevista para el 13 de mayo de ese mismo año, no se hizo porque el expositor, junto con tantísimos obreros y estudiantes, participaba ese día en la colosal movilización de Mayo del 68. Ese tropiezo con lo real de la política, ese acontecimiento, marcaría singularmente la trayectoria de quien, militante de campo, había publicado ya dos novelas.

Al principio del libro -subdividido en diez capítulos-, Badiou aborda dos modos de concebir el "modelo". Por un lado, el que caracteriza desde el estructuralismo Claude Lévi-Strauss, que propone una relación necesaria de adecuación entre el modelo (lo formal) y lo real empírico: una variante del empirismo en el que lo impensado es "la realidad de la ciencia como proceso de producción de los conocimientos". Por otro, y en una suerte de inversión, el que concibe Carnap desde el positivismo lógico, con base explícita en una lógica matemática que termina por identificarse con la lógica formal o sintaxis: el modelo es así una interpretación del sistema formal, y lo empírico, lo dado "son modelos del artificio sintáctico". En esta concepción, la matemática es en cierto modo sierva de la sintaxis o el lenguaje, y, desde el interior de la lógica misma, Badiou establece la diferencia entre una teoría matemática y una lógica, introduce "los resultados más recientes de la lógica matemática y de la teoría de conjuntos" (hay un jugoso "Apéndice" sobre el teorema de la incompletitud de Gödel) y los expone con una claridad meridiana para sentar las bases de una epistemología materialista (el marxismo y el maoísmo son los grandes referentes) de las matemáticas.

Este libro, publicado en 1969, tiene una curiosa historia de traducción en nuestra lengua. Fue publicado en español en 1972 y reeditado, incluso, en 1976. Esa "apretada" versión (Siglo XXI) incluía dos textos que habían aparecido casi simultáneamente en los Cahiers pour l´Analyse 9 y 10, y que siguieron circulando, desde entonces, en nuestro medio: "La subversión infinitesimal" y "Marca y carencia: a propósito del cero". Y ahora tenemos esta nueva y aireada versión, bellamente traducida y editada (la originalísima tapa recuerda que filosofía rima con alegría), que retoma la nueva edición francesa de 2007, con un magnífico prefacio del autor.

Teoría del sujeto , el segundo libro de filosofía de Badiou, nos llega a su vez con un prefacio, pero escrito especialmente para la edición en español. Allí nos cuenta la extraña historia de este libro que retoma sus cursos en la Universidad de Vincennes entre 1972 y 1978, cursos que él combinaba con un activismo político extremo que lo llevaba a menudo a ausentarse de su propio curso, ya que no podía estar al mismo tiempo en la toma de una fábrica y en su lugar magistral en los claustros. Cuando el volumen fue publicado, en 1982, los tiempos políticos devenían grises y los mediáticos "nuevos filósofos" ocupaban la escena, por lo cual, a pesar de la buena recepción de Gilles Deleuze o Jacques Rancière -entre otros-, pasó casi inadvertido. "El libro se fue a dormir, tal como la Bella Durmiente del Bosque", despertada unos años más tarde, desde Estados Unidos, por el brillante filósofo de origen belga Bruno Bosteels, que vio en la Bella -entre otras cosas- un libro que renovaba el concepto de dialéctica y distinguía la dialéctica estructural de la dialéctica materialista.

Imposible entrar en los detalles de este libro tan singular en la obra de Badiou. Posible es mencionar algunos puntos, además de los señalados por Bosteels, que hacen a su singularidad: el título no es en vano, porque está aquí en germen lo que Badiou elaboraría a posteriori acerca del sujeto, particularmente en El ser y el acontecimient o y en Lógicas de los mundos (sus obras mayores); es un libro-límite en la conjunción filosofía-política: en adelante, la política, así como como la ciencia, el amor y las artes, serán consideradas por el autor "condiciones" de la filosofía, mundos en que tienen lugar acontecimientos que la filosofía, como el búho de Minerva, retoma en vuelo al anochecer; es una obra maestra en la que Lacan y Mallarmé ("maestros", los llama el autor), junto con Mao, Hölderlin y tantos otros, están presentes en el tejido del lenguaje de una construcción no menos fulgurante que rigurosa. Y si eso no "pasa" exactamente en lengua española, es porque no se le pueden pedir milagros a un traductor.

También acaba de ser publicado, por el mismo sello editorial, Compendio de metapolítica . Buen momento para intentar atrapar el presente de Badiou. Porque, en el reverso de la antifilosofía y del antiplatonismo de Nietzsche, él es un platónico intempestivo que retoma la tradición filósofica, la da vuelta y, a contrapelo de su tiempo, piensa para el futuro. Y que afirma, para quien quiera oírlo: "Hay verdades". Es toda una orientación.

Fatih Akin: "No creo que sea un buen ser humano"


Cineasta. El Festival de Gijón dedica una retrospectiva al autor de 'Contra la pared' y 'Soul Kitchen', premio al mejor guión en la Mostra


SARA BRITO
Público




Fatih Akin (Hamburgo, 1973) está cansado de arrastrar la losa de "gran director panaeuropeo", de ser el tipo del que se espera el gran drama sobre la nueva Europa, una en la que, más que fronteras en su caso, las que hay entre Alemania y Turquía, lo que hay son puentes. Así que el director alemán de origen turco, el autor de premiados melodramas como Contra la pared (2004) o Al otro lado (2007), ha decidido pegar un volantazo y girar hacia la comedia de filiación gamberra. Soul Kitchen, que cuenta los dislates del dueño de un restaurante en crisis permanente, ha sido la película inaugural del Festival de Gijón, que le dedica una retrospectiva. Hablamos con Akin sobre su vena melómana y sus ansias por escapar de la imagen que todos esperan de él.

En Soul Kitchen, como suele pasar en su cine, la música es esencial. ¿Utiliza usted las canciones para construir las películas?

La música es una llave para entrar en el proyecto. Siempre es la historia la que pide una música determinada. No me gusta que los directores usen sus canciones favoritas en los filmes. Enseguida me doy cuenta cuando alguien lo hace; por ejemplo, Guy Ritchie. Yo trato de encontrar el concepto. En Soul Kitchen, toda la atmósfera debía ser la de cierto cine negro de los años setenta, el blaxploitation. Desde el póster a la puesta en escena, incluso el humor. He intentado encontrar el sonido de Hamburgo.

¿Y es soul?

Sí, es soul definitivamente. Fuera de EEUU, es el mejor lugar para escuchar soul. Y sí, tengo muchos discos en casa, pero no soy un freak del soul.

¿Y de otro estilo de música?

De lo que tengo más discos es de hip hop. Pero cuando lo escuchas, te das cuenta de que no habría hip hop sin soul, ni soul sin jazz y de ahí al blues, que viene de las canciones de los esclavos.

¿Está cansado de que le consideren el paradigma de cineasta europeo humanista?

La gente dice eso, pero mis películas representan mi personalidad, y mi visión del bien y del mal. Por ejemplo, en Soul Kitchen el malo es el especulador inmobiliario, que son los causantes de la crisis económica. Y el bueno de la película es el tipo trabajador que tiene un pequeño restaurante. ¿Me convierte eso en un humanista? No lo sé. Ni siquiera creo que sea un buen ser humano. Trabajo todos los días para ser un poco mejor.

En cualquier caso, Soul Kitchen es una comedia ligera, que parece nacer de la necesidad de aligerar el peso de Contra la pared y Al otro lado. ¿Quería desprenderse de su etiqueta de gran director de dramones europeos?

Soy un cineasta honesto y, la verdad, había acabado exhausto con mis anteriores películas. Cada filme representa mi estado de ánimo. Cuando hice Contra la pared, estaba enfadado por la guerra de Irak. Por eso me salió una obra llena de rabia, aunque no hablara directamente del conflicto. Y cuando hice Al otro lado, acababa de tener un hijo, y empecé a plantearme la tensión entre la vida y la muerte. Estaba en un estado más melancólico, de ahí el tono de la película. Y bueno, mientras hacía Al otro lado, un amigo cercano, mi mentor, mi maestro, Andreas Thiel, murió. Él siempre me animó a hacer Soul Kitchen.

¿El guión de Soul Kitchen viene de lejos?

Sí, lo he reescribí una y otra vez, pero nació después de Contra la pared. Deseaba hacer algo divertido, luminoso. Conocía los riesgos que corría por la reputación que me había ganado. Pero no quiero ser esclavo de mi éxito, sino ser libre.

A lo largo de su filmografía, ha ido tocando diversos géneros, del documental al melodrama y ahora la comedia. ¿Se ve rodando cine negro o ciencia ficción?

Me encantaría. Tengo una carrera por delante en la que espero tener tiempo para todo eso. Quiero aprender a trabajar en diferentes géneros porque amo el cine. Sé que es difícil. Cuando conoces las reglas y eres capaz de jugar con ellas, te conviertes en un maestro. Y eso es en lo que quiero convertirme, en un maestro del cine.

En Soul Kitchen, no hay viaje a Turquía, ¿lo evitó adrede? ¿Quería contar una historia con una sola localización?

Quería hacer una película sobre alguien que no tiene que encontrar su lugar en el mundo porque ya sabe dónde está. Mis películas siempre tratan el tema del hogar. En las anteriores, los protagonistas buscaban su lugar o vivían en un hogar en movimiento. El de Soul Kitchen ya sabe a dónde pertenece y de alguna manera representa mi viaje cinematográfico.

¿Cree que ya terminó su etapa turco-alemana?

Mis maestros siempre me han dicho que cuente historias sobre el mundo que conozco. Cuando hice Contra la pared, no tenía en la cabeza hacer una historia sobre la mezcla de las culturas turca y alemana, sino una gran historia de amor, tipo amour fou. Me interesan los amores no correspondidos, trágicos, a lo Goethe. La gente vio más el mundo en que decidí contarlo que la historia de amor y eso me frustró. Ahora creo que podría tocar temas turcos directamente, como Armenia, los traumas de ese país

Es curioso porque su cine, aunque toca temas de identidad, no se detiene en hechos históricos concretos

Los hechos históricos son grandes temas. Una película sobre la masacre de los armenios remite a otras matanzas, a otras culturas. Tiene conexiones con el Holocausto o con la matanza de indios americanos. No quiero volver a hacer más películas sobre Turquía y Alemania, no quiero encasillarme. Soul Kitchen es un paso en esa dirección.