Bienvenidos al único cementerio nuclear de España en el Cabril, Córdoba


DANIEL MÉNDEZ
XL Semanal



En el noroeste de la provincia de Córdoba, entre naranjos y olivos, se encuentra el único cementerio de residuos radiactivos existente en la actualidad en España. en medio de la polémica por la adjudicación del próximo centro, les mostramos cómo es el día a día en las instalaciones de El Cabril, una ‘cárcel’ de alta seguridad para los isótopos radiactivos. Aquí pasarán los próximos 300 años, hasta que dejen de ser una amenaza.

El tráiler se desplaza lentamente a través de las sinuosas curvas de la sierra de Albarrana, en la provincia de Córdoba. Todos los ayuntamientos de las poblaciones por donde pasará el cargamento han sido previamente advertidos; al igual que el Consejo de Seguridad Nuclear, los ministerios involucrados, la Guardia Civil y Protección Civil. Sin embargo, los vecinos de la región, habituados a su presencia, prestan poca atención a los símbolos que luce el remolque herméticamente cerrado; junto al característico ‘trébol’ negro sobre fondo amarillo (representa en realidad un átomo rodeado de tres rayos), un cartel reza: «Materiales radiactivos de baja actividad específica».

Unos 240 camiones procedentes de uno de los nueve reactores nucleares que hay en el Estado hacen cada año este mismo recorrido, que culmina en las instalaciones de El Cabril, propiedad de la pública Empresa Nacional de Residuos Radiactivos (Enresa). La primera piedra se puso en 1986 y seis años después comenzaba a funcionar el único cementerio de materiales radiactivos que existe en la actualidad en España (este año se decidirá la ubicación del próximo, especializado en material de alta radiactividad). Con menor frecuencia que los pesados tráileres –un par de veces por semana, aproximadamente– llegan hasta este rincón de la sierra de Albarrana furgonetas procedentes de hospitales, centros universitarios y laboratorios de investigación. Llevan jeringuillas, ropa o maquinaria que han sido utilizadas, por ejemplo, en radioterapia o en experimentos científicos. En total hay unos 600 centros en España que generan este tipo de basura tóxica: unas 2.000 toneladas anuales.

Todos estos desechos acabarán en El Cabril. Pero pasarán 300 años antes de que dejen de ser una amenaza. Tres largos siglos durante los cuales este material contaminante permanecerá enterrado en sucesivas capas de cemento armado y hormigón resistente a seísmos (el centro no se inmutaría ante un terremoto de siete grados en la escala Richter). El hormigón sirve de barrera natural entre los isótopos radiactivos y el entorno.

Hasta finales de 2008, el cementerio había recibido unos 28.200 metros cúbicos de residuos radiactivos, emplazados en las 28 celdas de almacenamiento de material de media o baja actividad. A día de hoy, el cementerio se encuentra a un 60 por ciento de su capacidad, aproximadamente. Pero antes de llegar hasta estos depósitos definitivos, la carga de los camiones es sometida a un meticuloso proceso que comienza con la clasificación del material recibido, en función de su nivel de contaminación. Objetivo: reducir al máximo su volumen y, en la medida de lo posible, su carga radiactiva.

En torno a un 90 por ciento del material recibido proviene de centrales nucleares, y el personal que trabaja en las mismas hace sus deberes antes de ‘empaquetar’ su mercancía: lo envían ya listo para ser almacenado. En El Cabril sólo queda clasificar convenientemente los residuos, de manera que en todo momento se conocen todos los datos de los miles de toneladas almacenadas en el seno de las instalaciones: origen y ubicación exacta en el recinto, el tratamiento recibido, el grado de radiactividad registrado en el momento del `ingreso´... El material que no viene procesado es manipulado en la zona de acondicionamiento, entre fuertes medidas de seguridad. Se emplean técnicas de descontaminación, troceado, trituración y compactación. Una vez que se complete la última fase, el volumen se habrá reducido hasta un 30 por ciento; una manera de ‘exprimir’ la capacidad de las celdas.

En la siguiente fase se procede a inmovilizar los residuos creando un bloque de cemento en el interior de un bidón. Los residuos líquidos, por su parte, reciben un tratamiento algo distinto, porque se recurre primero a métodos físicos (como la filtración, el centrifugado o la evaporación) o químicos (precipitación e intercambio iónico son los más habituales) para reducir su contaminación y volumen. De ahí, al ‘baño’ de cemento en el interior de un bidón de 220 litros de capacidad, al igual que ocurre con las cenizas de los restos orgánicos, previamente incinerados. El destino de cada uno de estos bidones –hasta un total de 18, que suman unos 24.000 kilos– será un contenedor que, una vez lleno, recibe mortero inyectado para inmovilizar la carga. Finalmente, estos contenedores son depositados en su celda de almacenamiento.

La práctica habitual –y así será el futuro ‘hermano’ del cementerio de El Cabril– es ubicar las instalaciones bajo tierra. En el cementerio cordobés se encuentran en la superficie, pero, una vez que se alcance la capacidad total de las instalaciones (se calcula que falta una década, aproximadamente), todo salvo los edificios donde se encuentran las oficinas y los laboratorios necesarios para su gestión quedará cubierto por sendas montañas artificiales donde la vegetación ocultará la presencia de los almacenes.

En cuanto a la seguridad, hay pocos episodios reseñables, aunque algún incidente sí se ha producido. En marzo de 2003 se detectaron unas filtraciones en la celda número 16 de la plataforma norte. El agua no estaba contaminada, pero puso en evidencia un fallo en los sistemas de drenaje colocados bajo los contenedores. La obturación de las cañerías pudo provocar una acumulación de agua en las paredes del contenedor, de modo que ésta se filtró en el hormigón, que no es impermeable. Estos episodios se han registrado en otras ocasiones, pero en ningún caso se ha producido la situación inversa: que sea el material contaminado el que se filtre hacia el exterior.

En Hornachuelos, que es el municipio más cercano a El Cabril –a 45 kilómetros–, de lo que se quejan no es de la inseguridad, sino de que la inyección económica no se haya notado. Argumentan que la población ha bajado de 17.000 a 14.000 habitantes y que sólo un porcentaje muy bajo de los empleados en la planta proviene de las localidades cercanas. Enresa, por su parte, da otro dato: 77 millones de euros invertidos en la región, cinco de ellos destinados a la mejora de carreteras.

Estos días, el personal de El Cabril aguarda las 4.000 toneladas de residuos que recibirá del desmantelamiento de la central nuclear de Zorita, que paró sus reactores en mayo de 2006. El proceso será caro y largo: costará 170 millones de euros y durará cinco años. Se calcula que en total generará 104.000 toneladas de residuos, pero sólo un cuatro por ciento irá a parar a Córdoba. Aquí, en esta ‘cárcel de alta seguridad’, pasarán una larga temporada, rodeados de ciervos, conejos, olivos y naranjos... además de 36 puntos de control del aire, el agua, la vegetación y la fauna local que, según el Plan de Vigilancia Medioambiental, cada año recoge en torno a un millar de muestras que verifican que los niveles de radiación no superan los límites normales.

El velo islámico y el velo occidental


En la polémica del velo -ahora reavivada en Francia tras la propuesta presidencial de mayor prohibición- hay mucho de imperialismo cultural, poco de sensatez y nada de honestidad intelectual

ANTONIO CUESTA
Rebelión




La decisión del presidente francés de prohibir el uso del burka y el niqab -extremadamente minoritario- en el Estado francés es el último episodio de una serie de decisiones adoptadas en Europa contra los valores culturales de la población musulmana, como la prohibición de minaretes en Suiza o el debate sobre la identidad francesa impulsado por el propio Sarkozy, en el que se arremetió contra los inmigrantes. Los defensores de esta medida se justifican en la protección de los derechos de la mujer.

Creemos (nos hacen creer) que este debate es reciente, pero ya a finales del siglo XIX el administrador británico en Egipto, Lord Cromer, se erigió en emancipador de las mujeres egipcias al afirmar que la sociedad y la religión islámica estaban atrasadas y eran claramente inferiores a la cultura europea. Como signo de esta inferioridad evocó el uso del velo y la situación de las mujeres en Egipto. Aparentemente sin mayores contradicciones, mientras en su colonia se presentaba de ese modo como el defensor de los derechos de la mujer, en Londres destacó activamente en su tarea como presidente de la Liga de los Hombres Contra el Sufragio Femenino [Nash, 265].

Fue Leila Ahmed, relevante feminista egipcia, quien denunciaría un siglo después la continua fijación occidental contra el velo, como símbolo evocador del supuesto retraso cultural y de privación de las mujeres árabo-musulmanas. Una mirada deformada que fomentó una única lectura sobre el velo, negativa y de subalternidad. Una obsesión, además, falsa que no provoca problemas ni en los países de acogida ni en los de origen, salvo por el acicate que suponen las declaraciones xenófobas de la clase política y sus esfuerzos legislativos por generar tensiones allí donde no existían. Porque lo que es evidente es que el uso del velo puede tener numerosos significados, pero se han preferido ignorar así como otras múltiples manifestaciones de la cultura y la dinámica social musulmana.

El caso de Turquía es paradigmático de esta situación. Hace unos días Mayte Ciriza, directora de la Fundación Ibercaja en Logroño (y esposa del Consejero de Presidencia del Gobierno de La Rioja, para más señas), afirmaba en un artículo (Bajo el burka) que “en Turquía, donde estaba prohibido el velo en las universidades, al levantarse la prohibición, ha habido una enorme presión sobre las chicas que no lo llevaban para que se lo pusieran”. El problema no es la ignorancia de quien lo escribe, la cuestión es que ese tipo de discurso arraiga precisamente gracias a la mentira. Si bien en febrero de 2008 el Parlamento turco levantó la prohibición que pesaba sobre el velo en las universidades -una iniciativa por lo demás apoyada por muchos intelectuales liberales laicos, la mayoría de la población y asociaciones de derechos humanos internacionales-, cuatro meses después el Tribunal Constitucional de aquel país anuló la disposición. Fue precisamente durante el trámite parlamentario de aquella fallida ley cuando el ultracatólico presidente de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa (APCE), el holandés René van der Linden, aseguró que Turquía podría ser expulsada del organismo paneuropeo si obligaba a sus ciudadanas a llevar el pañuelo islámico, e invitó a las mujeres turcas que se vieran obligadas a ponerse esta prenda a denunciar su caso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Alguien debería explicarle que permitir no es sinónimo de obligar (¿otro ignorante?). Curiosamente van der Linden, que se define como «un católico devoto» aunque sin permitir «que la religión interfiera en la política», había impedido meses antes que se debatiera en la institución que presidía un informe sobre los peligros de la enseñanza del creacionismo, ya que él mismo defendía el respeto a esa creencia y, al igual que los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, consideraba que la teoría de la evolución “no es más que una hipótesis”. En su país, Dinamarca, el gobierno liberal-conservador también analiza la conveniencia de elaborar una ley que prohíba el velo integral en la vía pública, las escuelas o los tribunales. Prohibir, prohibir y prohibir, parece ser la máxima del ultracatolicismo radical.

Pero volviendo a la propuesta francesa de incrementar la prohibición (pues el velo islámico ya estaba prohibido en los colegios públicos desde 2004), habría que recordar que tampoco estamos ante una iniciativa tan novedosa. Ya lo intentaron contra Argelia en la década de los 50 del pasado siglo XX, y el resultado fue que el pañuelo pasó a convertirse en bandera de la resistencia anticolonial como señaló el pensador antiimperialista Franz Fanon. Entonces, la vestimenta femenina se convirtió en una demostración de cohesión identitaria y de lucha contra el imperialismo francés [Fanon, 65].

¿Alguien les preguntó a ellas?

Los bien pensantes varones blancos han decidido autoproclamarse defensores de la democracia, la libertad y los derechos femeninos (¿sin preguntar a las mujeres?) subyugados por el síndrome de Lord Cromer. Falseando el debate hacia las disyuntivas Islam-Democracia, imposición del velo-libertad de la mujer.

Desde la perspectiva de las mujeres árabo-musulmanas el uso del velo puede ser tributario de decisiones muy diversas: resistencia, reafirmación identitaria, estrategia de movilidad, y también de sumisión o como símbolo del islam político. En palabras de la feminista iraní Valentine Moghadam:

El velamiento voluntario no es necesariamente expresión de filiación con, o de apoyo a, un movimiento islámico político, sino más bien de forma paradójica representa el rechazo de la autoridad parental o patriarcal entre mujeres jóvenes rebeldes. Éste puede ser de modo especial el caso de las jóvenes de familias no tradicionales -por ejemplo, palestinas, argelinas o tunecinas- que al ponerse el hiyab aspiran a una autonomía personal y a una apariencia más seria, sobre todo en colegios mixtos. [Moghadam, 149]

Existen miles de mujeres musulmanas que visten hiyab y que estudian, trabajan y militan en formaciones de izquierda. Es el caso de Ilham Moussaïd, estudiante de 22 años que se presenta como candidata por el izquierdista NPA, que lidera Olivier Besancenot, en las elecciones regionales de marzo en Provenza-Alpes-Costa Azul. «Se puede ser laica y feminista llevando el velo», reivindica.

Pero la propuesta de Nicolas Sarkozy supone ir más allá, y prohibir el velo integral en cualquier espacio público, incluida la calle. Sorprende tanta actividad y propaganda desplegada ¿existía alarma social? ¿problemas de convivencia? Según el ministro de Interior, Brice Hortefeux, de los más de cinco millones de musulmanes que viven en el Estado francés sólo 1.900 mujeres llevan velo integral. ¿Cuándo dejarán de pensar y legislar por ellas?