El horror y la esperanza ( "Katyn", A. Wajda)

IGNACIO ARMADA MANRIQUE
ABC



En la Semana de Cine Experimental de Madrid se ha exhibido Katyn, la última obra de un maestro del cine: el octogenario Andrzej Wajda. En ella sorprende la manifestación de un grado de madurez en una escala en la que ya no cabía esperar cambios. El largometraje, que ejerce con elegancia el compromiso sin tocar la ideología, es tan hábilmente antirretórico como marcadamente emotivo; una vacuna contra el insultante sentimentalismo, tan en boga, que suele emplearse al tratar ciertos hechos.

Se dice que cada uno cuenta la feria según le va. El problema lo encuentras cuando vas a la feria obligado y después nadie te deja hablar. En 1939, tras la firma del pacto Ribbentrop-Molotov, la Alemania nazi y la URSS estalinista acordaron no agredirse, y para celebrarlo, eliminaron sus distancias morales y geográficas invadiendo y repartiéndose Polonia. El Ejército Rojo detuvo a casi veinte mil personas, entre oficiales y clase dirigente e intelectual, y las ejecutó en Katyn. La historia ya empieza a ser conocida. Y hay que alegrarse de ello porque aquellas masacres, tras cúmulos de mentiras de unos regímenes y otros, demuestran que la cuestión del mal dista mucho de ser un asunto de ideologías, ni siquiera de individuos. Wajda, cuyo padre fue asesinado en el bosque de Katyn, ha sabido entenderlo y sobreponerse a ello, alzándose con la síntesis más perfecta que el audiovisual ha ofrecido de todas las perspectivas del asunto de la maldad.

Justificación. Casi en las mismas fechas del horror descrito en la película, Albert Camus escribía en El hombre rebelde que la muerte se ha convertido en un proceso deshumanizado, impersonal, y sin embargo, el problema no es la tecnología, sino la justificación para el procedimiento: en contra del tópico nuclear, el siglo XX está plagado de ejecuciones artesanales en masa. Camus distinguía entre los crímenes de pasión y los de lógica. Los primeros sucedían, puesto que el perpetrador no puede racionalizarlos, y son tan ine-vitables como su carácter. Pero los segundos se amparaban en ideologías, en razones, en justificaciones, olvidando que, como afirmaba el pensador francés, el «vivir es en sí un juicio de valor. Respirar es juzgar». Y apuntaba: «¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no». Con esa negativa afirma un derecho vulnerado, dice que no y refuerza que tiene razón. Stanislaw Lem describe en Provocación, a partir de la reseña de un libro imaginario, cómo para el siglo XX las víctimas siempre son culpabilizadas, para poder aparecer ante los mismos verdugos como los autores de todo mal. También sobre esto trata la película de Wajda, pues de hecho en ella existe una conexión imprescindible entre la búsqueda de la verdad y el sostenimiento de la esperanza que sólo superficialmente puede interpretarse como contradicción, pues se unen en un nivel más profundo de manera irremediable.

Resistencia. Polonia, entre la codicia de unos y la envidia de otros, ha terminado definiendo su identidad en virtud de su irreductibilidad. Se es polaco porque se resiste, frente al tiempo y frente a la desesperación. Una de las habilidades de Wajda es hilar la gran Historia con el devenir de sus personajes, extraídos de la novela Post Mortem de Andrzej Mularczyk, y a los que los guionistas (Wajda, Pasikowski y Nowakowski) han introducido en una estructura narrativa de falaz espontaneidad. Todo el metraje es un ir y venir, en diversos saltos temporales, por las vidas de una decena de seres que más o menos se van cruzando a lo largo de un lustro, y en ese fluir el guión no puede estar mejor construido en su engañosa accidentalidad.

La narración, que comienza con la invasión, la ocupación y la reclusión, discurre después con los que esperan, para resolver finalmente, en secuencias breves y de una demoledora contundencia, qué ocurrió con los detenidos cinco años antes. Aquí Andrzej Wajda, que para entonces ya nos ha demostrado claramente cuál fue el destino de los desgraciados en Katyn, ejerce casi de secretario judicial, mostrando con tensa minuciosidad cómo se acaba con la vida de un hombre? y otro? y otro. En pocas ocasiones ha podido ofrecer el cine, de forma eficaz y descorazonadora, una lección tan palmaria sobre la brutalidad y sobre la piedad.

Hay en los objetos familiares una esencia que no les pertenece. Son elementos que han alquilado nuestro ser. Cuando la muerte nos arrebata, quedan desplazados en un mundo que no sabe bien cómo ubicarlos. El zapato en la cuneta de un accidente en la carretera, el abrigo olvidado tras una avalancha, el libro con las páginas plegadas de alguien que no podrá terminar su lectura. Los objetos, paradójicamente, son lo que queda de nosotros. Katyn nos muestra objetos preñados de sentido, con sutileza y de continuo: unas gafas, unos lapiceros, unas medallas, unos botones enterrados bajo la tierra y la nieve, y vueltos al sol décadas después para atestiguar que allí murieron hombres por sus ideales. Un sable que conserva la dignidad del general que tuvo que empuñarlo. Un jersey que ha creado una confusión de identidades entre un muerto y un vivo, al que el remordimiento le llevará casi al mismo lugar que el primero. Un rosario que solamente adquiere significado con el último plano.

Katyn trata sobre el miedo y la verdad, sobre el miedo a la verdad, y sobre la esperanza que puede negar ambos impostores porque se conduce con el corazón. Trata sobre hombres en la noche que entonan un villancico en una noche de cielo purísimo desde un cobertizo infecto. Trata, como discuten dos personajes, sobre el esfuerzo por comprender que no se elige entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos cuando se rinde culto a un ser amado, sino entre la vida que nos imponen y la que merece la pena vivirse, aunque sea a costa del sufrimiento.

El deber. Katyn habla sobre el deber de los seres humanos entre sí, de cómo las elecciones pueden llevarnos a la destrucción a sabiendas de que no puede suceder de otra forma, porque hay asuntos más altos y más sublimes de los que no podemos ni queremos escapar. Más allá incluso del honor está el compromiso personal; los soldados prisioneros no quieren fugarse porque entienden que no pueden abandonar el Ejército, como los profesores de la universidad de Cracovia acuden a escuchar la locución represiva -resuelta en detenciones- de un jerarca nazi porque no pueden «abandonar al Rector». La mujer que recibe la oferta de matrimonio de un oficial ruso sabe que no puede aceptarla porque significaría, implícitamente, admitir que ya no puede albergar la esperanza del regreso del esposo ejecutado. El general cautivo del octavo regimiento de ulanos, una heroica unidad de resistencia, explica a sus oficiales cómo no importa haber perdido en la batalla, no importa si se es o no prisionero. Todavía no nos hemos entregado. Como un padre a sus vástagos, les afirma, en un magistral plano cenital en el que todos los encarcelados en un gran barracón componen calladamente una gran cruz, que no nos rendimos jamás más que cuando lo hacemos ante nosotros mismos.

Los ejemplos en el filme son numerosísimos, y exceden este espacio. Katyn es un monumento a la aceptación del dolor y a la dignidad que no cede ante la embestida de la impertinencia y la perversidad de la mentira. El encuadre final, con la mano agonizante de una víctima aferrada al rosario mientras la arena la cubre, es algo más que una llamada a la humanidad perdida: es la promesa de que la esperanza es inagotable, de que cuando las manos de la madre ya no te sostienen, cuando el abrazo de la esposa no puede alcanzarte, cuando el cobijo del compañero es imposible, aún quedan las manos de Dios, tendidas siempre para sujetarte en la caída.

Entrevista a Eduardo Galeano

JORGE MAJFUD
Página 12



Dos escritores, viejos amigos y ambos uruguayos, hablando de literatura, política, historia y esa eterna cuestión, cómo y hasta dónde se puede cambiar el mundo.

I Pasado

–Una visión humanista considera la historia como un producto humano, producto de la libertad de sus individuos y de los diversos grupos que la han realizado e interpretado. Una visión antihumanista afirma que, por el contrario, esos individuos y esos grupos son el resultado de la historia misma y su libertad es una ilusión. Si me permití una limitación artificial dentro de este posible espectro, ¿dónde se situaría?

–Por lo que tengo caminado y escuchado, me da la impresión de que nosotros hacemos la historia que nos hace. Cuando la historia que hacemos nos sale más bien chueca, o es usurpada por los pocos que entre nosotros mandan, decimos que ella, la historia, tiene la culpa.

–En esta visión no hay lugar para el determinismo materialista o para algún tipo de fatalismo religioso...

–Los fatalismos son cómodos, te permiten dormir a pata suelta, el destino está escrito en los astros, la historia camina sola, no te amargues, hay que aceptar o aceptar. Los fatalismos mienten, porque si la vida no es una aventura de la libertad, que alguien venga y me explique si vale la pena vivir. Pero ojo: también mienten los iluminados, los elegidos que se atribuyen el poder de cambiar la realidad tocándola con su varita mágica: y si la realidad no me obedece, no me merece.

–Si el tiempo de las revoluciones modernas, es decir, de las revoluciones abruptas y violentas ha pasado, ¿es la progresión o la resistencia la mejor alternativa en nuestro tiempo?

–Andá a saber cuántos mundos hay dentro del mundo, y cuántos tiempos dentro del tiempo. La historia camina con nuestras piernas, pero a veces anda a paso muy lento, y a veces parece quieta. De todos modos, cuando los cambios vienen de abajo, desde lo hondo, a la corta o a la larga ellos encuentran su camino, al ritmo que quieren o pueden. Desde abajo, digo, desde el pie, como cantó Zitarrosa. Lo único que se hace desde arriba son los pozos.

–En tu último libro, Espejos, realizás un esfuerzo al mismo tiempo creativo y arqueológico sobre un vasto espacio geográfico y temporal. ¿Qué períodos de la historia crees que se llevarían el premio mayor a la crueldad y la injusticia?

–Hay demasiados favoritos en ese campeonato.

–Bueno, más puntual, ¿podrías resumir la crueldad en una imagen, en una situación que te ha tocado vivir?

–Me ocurrió hace años, en un camión que atravesaba la selva del Alto Paraná. Salvo yo, era toda gente de ese mapa. Nadie hablaba. Ibamos muy apretados, en la caja del camión, a los tumbos. A mi lado, una mujer muy pobre, con un bebé en brazos. El bebé ardía de fiebre, se quejaba. Ella sólo dijo que precisaba un médico, que en alguna parte tenía que haber un médico. Y por fin llegamos a alguna parte, no sé cuántas horas habían pasado, hacía mucho que el bebé no se quejaba. Ayudé a que aquella mujer bajara del camión. Cuando recogí el bebé, vi que estaba muerto. El asesino que había cometido esa crueldad era todo un sistema de poder, que no iba preso ni viajaba en camiones destartalados.

–Con memorias como ésa deberíamos terminar aquí. Pero el mundo sigue girando. ¿Crees que el pasado precolombino ha sobrevivido tantos años de colonización y modernización, tanto como para definir una forma latinoamericana de ser, de sentir y hasta de pensar?

–Desde hace siglos, los dioses acuden, quién sabe cómo, desde el pasado americano y desde la selva africana y desde todas partes. Muchos de esos dioses viajan con otros nombres y usan pasaportes falsos, porque sus religiones se llaman supersticiones y ellos siguen condenados a la clandestinidad.

II Presente

–¿Estamos presenciando el fin del capitalismo, de un paradigma basado en el consumismo y el éxito financiero, o simplemente se trata de una crisis más de la que saldrá fortalecido el mismo sistema, la misma cultura hegemónica?

–Con frecuencia recibo convites para asistir al entierro del capitalismo. Bien sabemos, sin embargo, que vivirá más de siete vidas este sistema que privatiza sus ganancias pero tiene la amabilidad de socializar sus pérdidas, y por si fuera poco nos convence de que eso es filantropía. En gran medida, el capitalismo se nutre del desprestigio de sus alternativas. La palabra socialismo, por ejemplo, ha sido vaciada de significado, por la burocracia que la usó en nombre del pueblo y por la socialdemocracia que en su nombre modernizó el look del capitalismo. Sabemos que este sistema capitalista se las está arreglando bastante bien para sobrevivir a las catástrofes que desata. No sabemos, en cambio, cuántas vidas podrá vivir su víctima principal, el planeta que habitamos, exprimido hasta la última gota. ¿A dónde nos mudaremos cuando el planeta quede sin agua, sin tierra, sin aire? La empresa Lunar International ya está vendiendo lotes en la luna. A fines del 2008, el multimillonario ruso Roman Abramovich le regaló un terrenito a la novia.

–Quizá presume de ser el primer hombre que le regala un pedazo de la luna a una mujer, lo que viene a ser una especie de capitalismo romántico. ¿Crees que si China, por ejemplo, tuviese una economía hegemónica pronto se convertiría en un nuevo imperio, avasallante y colonialista como cualquier otro imperio?

–Si yo fuera profeta profesional, me moriría de hambre. No acierto ni en el fútbol, que de eso sí que algo sé. Todo lo que te puedo decir es lo que puedo ver: China está poniendo en práctica una exitosa combinación de dictadura política, al viejo estilo comunista, con una economía que funciona al servicio del mercado mundial capitalista. China puede proporcionar, así, baratísima mano de obra a empresas norteamericanas como Wal Mart, que prohíbe los sindicatos.

–A propósito, en el último “viernes negro”, el día del año en que en Estados Unidos las grandes cadenas de supermercados venden al costo, una avalancha de compradores no pudo esperar a que abrieran las puertas de uno de estos Wal Mart y se llevó por delante a un empleado. El hombre murió aplastado... A pesar de todo este absurdo, ¿podemos pensar que la humanidad se encuentra en un mayor estado de derechos individuales y de conciencia colectiva? ¿Qué es lo mejor de nuestro tiempo?

–En el siglo XX, la justicia fue sacrificada en nombre de la libertad, y la libertad fue sacrificada en nombre de la justicia. Ya nuestro tiempo es el siglo XXI, y lo mejor que tiene es el desafío que contiene: nos invita a luchar para ayudar al reencuentro de la justicia y la libertad. Ellas quieren vivir bien pegaditas, espalda contra espalda.

–¿Podemos comparar la aparición de Internet con la revolución que produjo la imprenta en el siglo XV?

–No tengo ni idea, pero valga la ocasión para recordar que la imprenta no nació en el siglo XV. Los chinos la habían inventado dos siglos antes. En realidad, eran chinas las tres invenciones que hicieron posible el Renacimiento europeo: la imprenta, la brújula y la pólvora. No sé si ahora habrá mejorado la educación, pero antes aprendíamos una historia universal reducida a la historia de Europa. De Medio Oriente, nada o casi nada. Ni una palabra sobre China, nada sobre la India. Y del Africa, sólo sabíamos lo que nos enseñaba el profesor Tarzán, que nunca estuvo allí. Y del pasado americano, del mundo precolombino, alguna cosita folklórica, unas cuantas plumas de colores... y chau.

–¿Cuál es el mayor peligro del progreso tecnológico en la comunicación?

–En la comunicación y en todo lo demás. Las máquinas no son ningunas santas, pero no tienen la culpa de lo que nosotros hacemos con ellas. El mayor peligro está en que la computadora nos programe, como el automóvil nos maneja. Con asombrosa facilidad, nos convertimos en instrumentos de nuestros instrumentos.

Como escritor y como lector, ¿qué tipo de lecturas te ocupan mayor tiempo hoy?

–Yo leo de todo, empezando por las paredes que acompañan mis pasos por las calles de las ciudades.

–¿Son la crueldad y la in-justicia las mayores provocadoras de la literatura de Eduardo Galeano?

–No. Si así fuera, ya me hubiera enfermado de irremediable tristeza. Por suerte soy preguntón, curioso de nacimiento, y ando siempre buscando la tercera orilla del río, ese misterioso lugar donde se juntan el horror y el humor.

–¿Por qué crees que será recordado nuestro tiempo en los siglos por venir?

–¿Será recordado? ¿Habrá siglos por venir? Dios te oiga, y si Dios está sordo, que te oiga el Diablo.

III Futuro

–¿El mundo se dirigirá a un mayor equilibrio de sus fracciones geográficas, sociales y culturales o, por el contrario, estamos condenados a repetir las mismas formas de lo que hoy consideramos violencia física y moral?

–Condenados... no estamos. El destino es un desafío, aunque a primera vista parezca una maldición.

–¿Una mejora de nuestro presente radica mayormente en la profundización de los valores humanistas de la tradición europea o en una revalorización de un origen perdido en los pueblos “periféricos”?

–La tradición europea no alcanza. Los americanos somos hijos de muchas madres. Europa sí, pero hay también otras madres. Y no sólo los americanos. Los humanitos todos, el mundo entero es mucho más que lo que cree ser. Pero el arcoiris terrestre no brillará, en todo su lucerío, mientras siga mutilado por el racismo, el machismo, el militarismo, el elitismo y todos esos ismos que nos niegan la plenitud de nuestra diversidad. Y dicho sea de paso, no viene mal aclarar que los valores humanistas de la tradición europea se desarrollaron mientras Europa exterminaba indios en América y vendía carne humana en Africa. John Locke, el filósofo de la libertad, era accionista de una empresa negrera.

Sí, algo así como las democracias imperiales, desde la antigua Atenas hasta Estados Unidos. ¿Pero quiere decir eso que la historia se repite siempre?

–Ella no quiere repetirse, eso no le gusta ni un poquito, pero muy frecuentemente nosotros la obligamos. Por ponerte un ejemplo muy actual, hay partidos que llegan al gobierno prometiendo un programa de izquierda, y terminan repitiendo lo que la derecha hacía. ¿Por qué no dejan que la derecha lo siga haciendo, ya que tiene experiencia? Se aburre la historia, y se desprestigia la democracia, cuando se nos invita a elegir entre lo mismo y lo mismo.

–¿Qué rol cumplen hoy en la sociedad los intelectuales “no orgánicos”? ¿Siguen siendo, al menos en una minoría, una fuerza crítica y provocadora?

–Yo creo que escribir no es una pasión inútil. Pero esa generalización, “los intelectuales”, orgánicos o no orgánicos, no se parece mucho al mundo real. Hay de todo en la viña del Señor. En mi caso, te puedo decir que trabajo con palabras, que soy un inútil total y eso es lo único que me sale más o menos bien, y que me consta, por experiencia propia y ajena, que el acto de la lectura es una secreta, y a veces fecunda, ceremonia de comunión. Quien lee algo que de veras vale la pena, no lee impunemente. Leer un libro de esos que respiran cuando te los ponés al oído no te deja intocado: te cambia, aunque sea un poquitito, te incorpora algo, algo que no sabías o no imaginabas, y te invita a buscar, a preguntar. Y más, todavía: a veces hasta te puede ayudar a descubrir el verdadero significado de las palabras traicionadas por el diccionario de nuestro tiempo. ¿Qué más puede querer una conciencia crítica?

–Pero los escritores contemporáneos tienden a evitar esa palabra, “intelectuales”. ¿Por qué?

–Te contesto por mí, no en nombre de “los escritores”, que también son una generalización dudosa. Yo escribo queriendo decir y decirme en un lenguaje sentipensante, certera palabra que me enseñaron los pescadores de la costa colombiana del mar Caribe. Y por eso, justo por eso, no me gusta nada que me llamen intelectual. Siento que así me convierten en una cabeza sin cuerpo, situación por demás incómoda, y que me están divorciando la razón de la emoción. Se supone que intelectual es el capaz de entender, pero yo prefiero al capaz de comprender. Culto no es quien acumula más conocimientos, porque entonces no habrá nadie más culto que una computadora. Culto es quien sabe escuchar, escuchar a los demás y escuchar las mil y una voces de la naturaleza de la que formamos parte. Para decir, escucho. Escribo en un viaje de ida y vuelta, recojo palabras que devuelvo, dichas a mi modo y manera, al mundo de donde vienen.

A propósito, ¿cuál es tu técnica narrativa, tus hábitos y conductas de escritura?

–No tengo horarios. No me obligo. En Santiago de Cuba, un viejo tamborero, que tocaba como los dioses, me lo enseñó: “Yo toco –me dijo– cuando me pica la mano”. Y yo le hago caso. Si no me pica, no escribo. Nunca he firmado un contrato que me ponga plazos para entregar un libro. En la literatura, como en el fútbol, cuando el placer se convierte en deber, pasa a ser algo bastante parecido al trabajo esclavo. Los libros me escriben, crecen dentro de mí, y cada noche me duermo dándoles las gracias, porque me permiten creer que el autor soy yo. Y dicho esto te aclaro que escribo muchas veces cada página, que tacho, suprimo, reescribo, rompo, vuelvo a empezar, y todo eso es parte de la alta alegría de sentir que lo que digo se parece, y a veces se parece mucho, a lo que mis páginas quieren decir.

–Tus libros, después de las dictaduras militares de Uruguay y Argentina, después del exilio, cambian de estilo. O quizá profundizan una característica: tu mirada sigue siendo la del rebelde inconformista, pero tu voz se vuelve más lírica. Si mal no recuerdo, fue Jean-Paul Sartre el que dijo que la técnica de un escritor remite a su concepción del mundo. ¿Cómo definirías tu estilo? ¿Refleja tu percepción del mundo o, quizá, tus aspiraciones sobre él o el estilo es algo accidental, una forma de hacer las cosas que proviene de una historia de la estética, de una influencia de la adolescencia?

–Mi estilo es el resultado de muchos años de escribir y borrar. Juan Rulfo me lo decía, mostrándome un lápiz de aquellos que ahora ya casi ni se ven: “Yo escribo con el grafo de adelante, pero más escribo con la parte de atrás, donde está la goma”. Eso hago, o intento hacer. Intento decir cada vez más con menos.

–Un elemento común de la literatura del compromiso, de las utopías revolucionarias hasta los setenta, de los años previos a las dictaduras en América del Sur, parece ser la alegría. Como ejemplo ilustrativo podríamos hacer una exposición de fotografías de los rostros adustos de los Pinochet, por un lado, y de los rostros sonrientes de los Che Guevara por el otro. ¿Existe una conexión entre la “estética de la tristeza” de la literatura del siglo XX y las fuerzas conservadoras de la sociedad? ¿En qué medida es subversiva la alegría, el epicureísmo del que hablaba Américo Vespucio refiriéndose a cierta imagen de los nativos americanos?

–Vuelvo a la costa colombiana y te cuento que allá el peor insulto es “amargao”. Nada más grave te pueden decir. Y no les falta razón, porque al fin y al cabo, no hay nada en el mundo que no merezca ser reído. Si la literatura de denuncia no es, al mismo tiempo, una literatura de la celebración, se aleja de la vida viva y duerme a sus lectores. Se supone que sus lectores deben arder de indignación, pero ellos se caen de sueño. Con frecuencia ocurre que la literatura que dice dirigirse al pueblo sólo se dirige a los convencidos. Sin riesgo ninguno, se parece más a la masturbación que al acto del amor, aunque según me han dicho el acto del amor es mejor, porque se conoce gente. La contradicción mueve la historia, y la literatura que de veras estimula la energía de cambio nos ayuda a adivinar los soles secretos que cada noche esconde, esa humana hazaña de reír contra toda evidencia. La herencia hebreo-cristiana, que tanto elogia el dolor, no ayuda mucho. Si no recuerdo mal, en toda la Biblia no suena ni una risa. El mundo es un valle de lágrimas, los que más sufren son los elegidos que suben al Cielo.

–¿Cómo imaginás el mundo dentro de cincuenta años?

–Con la edad que tengo, me imagino que dentro de cincuenta años ya no estaré. Como ves, tengo una imaginación prodigiosa.

–Alguna vez Onetti dijo que él escribía para sí mismo. ¿Galeano escribiría si tuviese la poca fortuna de ser el único sobreviviente de una catástrofe mundial?

–¿El único sobreviviente? ¡Uy! Me moriría de aburrimiento. Quizás escribiría igual, porque tengo el vicio, pero escribir para nadie es peor que bailar con la hermana. Onetti se enojó conmigo cuando una noche cometí una juvenil insolencia. El me dijo eso, que él escribía para él, y yo le propuse llevarle al Correo esas cartas para Juan Carlos Onetti, calle Gonzalo Ramírez, Montevideo, etc., etc. El se cabreó. Se cabreó porque mentía, y bien lo sabía. Quien publica lo que escribe, escribe para los demás.

–¿Qué harías diferente si tuvieses la experiencia y la oportunidad de hacerlo de nuevo? ¿De qué se arrepiente Eduardo Galeano hoy?

–No me arrepiento de nada. Yo también soy la suma de todas mis metidas de pata

El policiaco que surgió del frío

FERNANDO MARTÍNEZ LAÍNEZ
ABC



Parece lógico suponer que en las gélidas y solitarias tardes del largo invierno sueco, la lectura de novelas policiacas resulte una actividad ensimismada y emocionante. Se trata de una sociedad, como dice Henning Mankell, «de personas calladas, inclinadas sobre diarios y tazas de café, cada uno con sus pensamientos y sus destinos». Una sociedad reflexiva que vive de puertas adentro y dedica muchas horas al ejercicio de leer; y eso, quizá, explique el inagotable caudal de páginas que alcanzan sus historias de crímenes.

Una escuela propia. De lo que existen pocas dudas es del auge actual de la novela criminal sueca, en sus dos variantes: negra y policiaca. Sin alharacas, con paciencia, humildad y la imitación selectiva de los clásicos del género, los suecos han conseguido crear una escuela propia de novela negra, algunos de cuyos principales rasgos serían el gusto por los pormenores; un manejo eficaz del lenguaje; la preferencia por el procedimiento policial; el escaso relieve del detective privado; y la frecuente crítica política, en sintonía con la visión socialdemócrata y el descontento de una opinión pública cada vez más perpleja ante la lenta erosión del Estado del Bienestar.

Aunque hay precedentes interesantes, la moderna novela negra sueca surge en los años 60 y alcanza una alta cota con la pareja Maj Sjöwall y Per Wahlöö, iniciadores de una serie de procedimiento policial que radiografía con rigor y amenidad la socialdemocracia nórdica en su momento de mayor lustre, cuando Suecia estaba considerada «el mejor país del mundo para la gente corriente».

Altas esferas. Las novelas de Sjöwall y Wahlöö (que publica en España RBA) han influido en toda la literatura policiaca sueca posterior. Son historias bien fundamentadas que giran alrededor del inspector Martin Beck y contienen un mensaje claro: el delito no puede desligarse de la realidad social. Una sociedad, en definitiva, queda retratada también por sus crímenes.

Consecuencia de esta «edad dorada» que está experimentando la novela negra escandinava es el reciente desembarco de títulos y autores en España. Una lista en la que destacan tres nombres: Leif GW Persson, Henning Mankell y Stieg Larsson.

Persson (1945) es profesor en la Dirección de la Policía Nacional y criminólogo reputado. Además de conocer al dedillo los entresijos del trabajo policial, ha sido asesor del ministro de Justicia, y eso se nota en el conocimiento que demuestra del manejo político en las altas esferas del Gobierno. Su reciente trilogía El declive del Estado del Bienestar (Paidós) se configura como una crónica sociológica y política de Suecia, y está estructurada en tres títulos de aliento poético: Entre la promesa del verano y el frío del invierno; Otro tiempo, otra vida y En caída libre, como en un sueño.

El asesinato de Olof Palme. La primera de ellas (Entre la promesa?) es una auténtica novela negra política y de espionaje que culmina con uno de los magnicidios más importantes del siglo XX: el asesinato del primer ministro sueco Olof Palme el 28 de febrero de 1986, cuando paseaba con su mujer por la calle sin escolta. Fue un atentado cometido en pleno centro de Estocolmo, nunca resuelto, que dejó en evidencia las contradicciones y taras criminales encubiertas tras la fachada de una sociedad falsamente idílica. La segunda novela de la trilogía, Otro tiempo, otra vida, arranca de la ocupación en 1975 de la Embajada de Alemania Occidental en Estocolmo por un grupo vinculado a la banda Baader-Meinhof. Como en la anterior, el factor político es determinante en el desarrollo y comprensión de la trama. Con auténtica maestría, Persson nos muestra la ineficacia y descoordinación policiales que envolvieron el asalto a la sede diplomática, y hace intervenir a sus personajes preferidos, el comisario Lars Johansson y el inspector Bo Jarnebring. Ambos se consideran a sí mismos «policías de verdad» y emergen como personas normales, con sus neuras, insatisfacciones, fijaciones sexuales y problemas personales que, naturalmente, influyen en su trabajo diario. Se sienten a gusto con «las tías normales», disfrutan con el aguardiente y la comida casera, y cumplen con su deber en un ambiente de incompetencia, mentiras y pasados inconfesables. Johansson, un hombre a la vez meticuloso e intuitivo, capaz de «ver lo que hay detrás de la esquina antes de doblarla», es consecuente con su propio código: bueno con los buenos, duro con los duros y malo con los malos.

Por vías secretas. En la tercera novela de la trilogía, En caída libre, como en un sueño, Johansson, ascendido a director general de la Policía Nacional, «resuelve» de modo un tanto forzado el caso Palme, con un asesino que recibe su castigo por vías secretas. El afán casi exhaustivo de la investigación hace que la acción se torne algo premiosa y reiterativa, pero como en las novelas anteriores, Persson consigue crear un mundo propio y exclusivo, con personajes de calado, como la inspectora jefe Anna Holt o la inspectora Lisa Mattei. Son la parte positiva de un elenco en el que no escasean los policías lastrados por la desidia, los errores de bulto o el desvarío mental.

La última obra de Mankell (1948), El chino (Tusquets), supone un giro novedoso en la trayectoria de un autor reconocido, que ha dejado fuera de juego a su principal personaje, el inspector Wallander. Es una novela que trata, sobre todo, de la nostalgia por el radicalismo juvenil de izquierdas perdido y muy influido por la Revolución Cultural maoísta, cuando «éramos como niños muy serios» y la vida no consistía sólo en entender las cosas, sino también en cambiarlas. Mankell parece rememorar sus propios fantasmas al plantear reiteradamente a lo largo de la novela cómo se perdieron esas ideas y por qué esa visión atrevida y generosa del mundo cambió drásticamente sin que sus devotos apenas se dieran cuenta, hasta quedar reducidos a piezas obedientes y ejecutantes del mismo engranaje que pretendían destruir. Desde la óptica literaria, sin embargo, El chino es una novela irregular y descompensada, con un excelente arranque que se prolonga en las páginas dedicadas a la siniestra esclavitud de los chinos llevados a Estados Unidos o en la propia China de los emperadores. Pero tras el brillante comienzo, la acción se estanca, la investigación queda demasiado sometida al azar, hasta rozar el thriller fantástico («peligro amarillo» incluido) y acabar en una visión apocalíptica de lo que sería la colonización de las fértiles tierras de África por millones de campesinos chinos pobres. Mankell salpica la narración de observaciones sobre el gran experimento que se está llevando a cabo en China: un régimen de partido único compatible con el desarrollo económico capitalista. Una situación de que la parece recelar, aunque sea una repetida cita de Mao, en alusión a la revolución permanente, la que termine aportando significado político a la novela: siempre existirá un gran desasosiego bajo el cielo, engendrado bajo distintas condiciones.

Muerte temprana. En la terna de autores suecos que comentamos, la palma en cuestión de ventas le corresponde a Stieg Larsson (1954-2004), con su trilogía Millennium, de la que se han publicado hasta ahora en España los dos primeros títulos: Los hombres que no amaban a las mujeres y La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (Destino). La temprana muerte de Larsson, fallecido a los 50 años de un infarto cardiaco antes de ver publicadas sus novelas, y su militancia contra el racismo y los grupos de extrema derecha, han convertido su vida en una leyenda que se proyecta sobre sus obras. En este caso, la peripecia vital contribuye a crear el «fenómeno Larsson», que tiene connotaciones extraliterarias y ha transfigurado al autor en icono destinado a crear secuela, como ocurrió con El Código Da Vinci, de Dan Brown.

La novela de Larsson no es una obra maestra ni un «milagro» literario. En rigor, tampoco es una novela negra, sino un thriller de tono desenfadado y juvenil, más cerca de Harry Potter que de Mystic River o La dalia negra, pero en eso quizá estribe el secreto de su éxito fulminante. Es una novela que combina hábilmente todos los recursos del triunfo editorial y contiene elementos valiosos y muy entretenidos para el gran público lector. Escrita con osadía y soltura, posee esa indefinible cualidad de ser «leída de un tirón», con personajes fantásticos, muy alejados de la realidad, como el reportero de la revista Millennium Mikael Blomqvist, dedicado a sacar a la luz trapos sucios políticos y financieros, una especie de 007 del periodismo sin licencia para matar; o la maga de la informática Lisbeth Salander, una superwoman bisexual capaz de enterarse de todo, entrar en todas partes, hacerse multimillonaria de refilón y tomar ejemplar venganza de los malos que se cruzan en su camino. A esta superinteligencia activa se une la cualidad de ser «sociópata con rasgos psicopáticos», como la definió su creador, lo que añade un punto original más a su currículo.

Larsson intenta salirse de los arquetipos policiales al uso, y en buena parte lo consigue. Del investigador profesional hemos pasado al periodista-hacker-detective privado para todo de la era de la comunicación global y la tecnología de Internet. Un recurso coherente con los nuevos tiempos, que tarde o temprano tenía que llegar.