Aznar se enfrentará en enero a una nueva querella por la guerra

La plataforma que la prepara entiende que los nuevos documentos pueden ayudar a juzgarle


ÁNGELES VÁZQUEZ
Público



La Plataforma Juicio Aznar tiene un nuevo objetivo: presentar después de Navidades una nueva querella contra el ex presidente del Gobierno José María Aznar por la participación española en la guerra de Irak. Y los nuevos documentos aparecidos que acreditan la connivencia de su Gobierno con los vuelos estadounidenses con destino a Guantánamo pueden ayudar.

La querella se estructurará en tres ejes, con los que intenta evitar el revés que supuso el archivo de las interpuestas en 2003 por alrededor de 12.000 ciudadanos.

El primero de los argumentos de la acusación será precisamente el utilizado en esas denuncias: la forma en la que se decidió la participación española en la guerra por parte del jefe del Ejecutivo sin previa autorización de las Cortes.

El equipo jurídico de la plataforma defenderá que el delito de traición, cuya persecución sólo puede ser instada por una cuarta parte del Congreso y aprobada por mayoría absoluta, no es aplicable a este caso, pese a que así lo concluyó el Supremo al rechazar las denuncias de 2003.

Lluis Orri, miembro de la comisión jurídica de la plataforma, confía en que en esta ocasión el Alto Tribunal entienda que el artículo 588 que castiga con penas de prisión de entre "15 a 20 años a los miembros del Gobierno que, sin cumplir con lo dispuesto en la Constitución, declararan la guerra o firmaran la paz" está mal ubicado en el Código Penal y que se tenga en cuenta que Aznar ya no forma parte del Gobierno, aunque siga siendo aforado por ser miembro del Consejo de Estado.

El 11-M como represalia

El segundo eje de la iniciativa penal será el artículo 590, previsto contra "el que, con actos ilegales o que no estén debidamente autorizados, provocare o diere motivo a una declaración de guerra contra España por parte de otra potencia, o expusiere a los españoles a experimentar vejaciones o represalias en sus personas o en sus bienes".

Para los miembros de la plataforma esto "desgraciadamente se concretó en el 11-M". Aunque la sentencia de la Audiencia Nacional no hiciera ninguna referencia a este dato, para no justificar en ningún caso un atentado, los terroristas que se suicidaron en Leganés (Madrid) en abril de 2004 esgrimían la guerra de Irak en las reivindicaciones que dejaron grabadas.

Y el aspecto más complicado de la querella que se prepara: los crímenes de guerra o los delitos contra las personas y bienes en caso de conflicto armado. El Supremo también entendió imposible acusar a Aznar y a su Gobierno de las acciones bélicas cometidas por el ejército estadounidense. Pero Orri espera acreditar el auxilio prestado por España, a través de sus instalaciones militares, a los bombardeos estratégicos perpetrados por la Administración Bush en Irak.

Según la plataforma, los aviones de EE UU repostaban en cielo español. La principal dificultad consiste en encontrar testigos de esta colaboración, por la difícil situación en la que se encontrarían los pocos testigos que podrían declarar cómo se hacían los repostajes.

Un problema que también se plantea en la causa abierta por el juez de la Audiencia Nacional Ismael Moreno para investigar el uso de aeropuertos españoles por aviones que trasladaban presos talibanes y de Al Qaeda a Guantánamo.

La plataforma que cuenta con más de 22.200 adhesiones, entre ellas la del ex fiscal jefe Anticorrupción Carlos Jiménez Villarejo, el secretario general del PCE, Francisco Frutos, o el profesor Carlos Taibo está estudiando personarse en esta causa o presentar una nueva querella, que, según Orri, terminará acumulándose a las actuaciones iniciadas en el Juzgado Central de Instrucción número 2.

Por un método u otro se denunciará que funcionarios policiales españoles viajaran a Guantánamo a interrogar a presos, pese a la violación de derechos de la que eran víctimas.


PRECEDENTES

Miles de denuncias están pendientes del Constitucional

El 2 de abril de 2003, la Asociación Libre de Abogados presentó una querella contra Aznar y otros miembros de su Gobierno por la guerra de Irak.

El Tribunal Supremo nombró ponente de la resolución al actual fiscal general de Estado, Cándido Conde-Pumpido, y procedió a acumular en un único procedimiento las 1.657 denuncias que se habían recibido desde toda España por el mismo motivo.

El Alto Tribunal no admitió a trámite ni la de la Asociación Libre de Abogados, ni la de Ezker Batua, ni la del abogado en prisión José Emilio Rodríguez Menéndez -en nombre del partido que se sacó de la manga-, ni las de otros 11.688 ciudadanos.

Los argumentos consistían en que el delito de declaración de guerra sin cumplir lo dispuesto en la Constitución se encuadra entre los de traición, que sólo pueden ser planteados por iniciativa de la cuarta parte del Congreso, y luego aprobados por mayoría absoluta.

La otra razón del rechazo es que los bombardeos sobre personas y bienes protegidos en caso de conflicto armado se refiere a "actividades supuestamente realizadas por fuerzas norteamericanas y británicas, sin que los querellados hayan tenido dominio alguno sobre la dirección específica de las referidas operaciones bélicas".

La asociación de abogados recurrió en amparo al Tribunal Constitucional, que aún no se ha pronunciado.

Eli 'Paperboy' Reed, el nuevo predicador de un excitante soul


FERNANDO VARRO
El País



Si Otis Redding levantara la cabeza, aplaudiría a rabiar de felicidad con el concierto ofrecido ayer por Eli Paperboy Reed, un muchacho estadounidense de 24 años que parece destinado a recoger el relevo de los grandes maestros del soul, en su concepción genuina. Pero el destino de este joven de voz portentosa aún parece alcanzar un desafío más grande: predicar un género excitante y vital en la historia de la música popular pero que desde hace décadas sobrevive no más allá de un campo marginal.

Cuando el negocio impone su estilo, es como si se borraran las huellas del pasado. Las grandes campañas de publicidad hablan de artistas soul para vender a gente de todo pelaje: músicos sin capacidad de sorpresa, empalagosos en su propia concepción artística o cantantes faltos de espíritu. Bajo el nombre de una etiqueta, el rhythm & blues termina por ser un sonido plano, asentado en tristes bases, sin un solo sobresalto y, lo que es peor, absolutamente carente de credibilidad. Es un chiste malo dentro de un empaquetado.

Sin embargo, la gracia de la música, de la buena música, reside en su poder evocador. De la osadía de Jackie Wilson, la belleza de Sam Cooke o la ferocidad de James Brown tendría que salir música energética, sin ataduras ni estrecheces, repleta de vida. Parece mentira que, de unos años a esta parte, se tenga que leer sobre representantes del R&B contemporáneo como Mariah Carey y similares mientras en rincones y locales de segunda se mantienen vivos artistas de raza como Solomon Burke, Bettye LaVette, James Hunter, Sam Moore o Sharon Jones. Pero más cuesta creer que tal y como está el panorama aparezca un fenómeno como Eli Paperboy Reed. Y lo haga de una forma tan fulminante.

Paperboy ha nacido para romper moldes: un blanco de Massachussets que en el siglo XXI suena al micrófono como un negro de Alabama hace 50 años. Impensable, pero cierto. El soul de este chico se puede tocar casi con las manos. Es visceral y absorbente. De la escuela de Stax Records, donde las grabaciones guardaron el éxito de la entrega al mismo tiempo que se acoplaban instrumento y voz dentro una misma emoción. Y, a diferencia de ese torbellino mediático llamado Amy Winehouse, Paperboy es una esperanza, un revisionista que tal vez peca de retro pero ya es de agradecer en un terreno abonado al olvido como es la música negra de raíces.

Y en ese sentido, su concierto en Madrid fue una invitación al éxtasis colectivo. Todos los asistentes terminaron aplaudiendo, bailando e incluso gimiendo en alaridos compartidos con el músico durante la hora que duró la actuación. Con su delicada camisa y su pulcro traje, Paperboy tenía pinta de fichaje de empresa, como un ingeniero que cuadra números y resuelve fórmulas sin mediar palabra. Pero es el verbo lo que le convierte en un músico diferente. Enamora. Y lo hace con el añadido de llegar hasta el entusiasmo. Lo suyo es pura efervescencia musical. Sin miramientos, con atributos, con el soplo de una sección de viento que parece de otra época y el dinamismo sónico que conjuga a la perfección con una voz exuberante. Así fue como se presentó Paperboy acompañado de los True Loves, una compacta y atronadora banda con la que consigue superar en directo los temas de su magnífico disco Roll With You.

Eli Paperboy Reed, también llamado Mr. Boom Boom por el espectacular tema que cierra su disco, un joven como sacado de una máquina del tiempo. El soulman que, hoy por hoy, se come a bocados eso que llaman soul, como zarpazos dan sus alaridos y revolcones ofrecen sus apasionantes canciones.

La propaganda oscura y la fábrica de las opiniones de base

JEAN-LEÓN BEAUVOIS
(Traduccion La Oveja Roja)


La «fábrica» de la opinión a través de las propagandas mediáticas es una historia tan vieja como el mundo. Son muchos quienes pueden sostener argumentos, o incluso cifras, para demostrar cómo se modelan determinadas opiniones de los ciudadanos, sobre todo mediante la desinformación o mal-información. Sin embargo, se han estudiado poco los procesos de influencia inconsciente que desencadenan los medios de comunicación para «fabricar» un núcleo de opiniones de base, muy a menudo no argumentadas. Sólo el pluralismo de opiniones en los medios puede evitar los sesgos creados por estos procesos1.

La idea de que la opinión de los ciudadanos puede fabricarse no es nueva. Desde principios del siglo XX el presidente Wilson, presidente de los Estados Unidos, recurrió a un grupo de publicistas, el comité Creel, para «fabricar» una opinión entre la población estadounidense: la opinión a favor de la entrada de los Estados Unidos en la I Guerra Mundial (los estadounidenses estaban en contra de la intervención americana). George Creel narrará la acción de este comité en un conocido libro publicado en 1920 (How we advertised america, lo que puedo traducir conceptualmente por Cómo cambiamos la opinión de América gracias a la publicidad). Y fue un miembro de este comité Creel, el politólogo Walter Lippman, quien elaborará una de las ideas esenciales de una teoría de la propaganda moderna que va a alejarse de los antiguos modelos de predicación y adoctrinamiento. Para Lippman (el libro que aquí evoco data de 1922), el ciudadano americano ya no forja sus opiniones en su entorno interpersonal, en sus grupos de proximidad (como la familia, el barrio, las relaciones de trabajo). Está aislado en una burbuja urbana que le conduce a tomar sus opiniones, saberes, informaciones... de esas fuentes distantes y no interactivas que son los medios de comunicación. Y estos cumplen perfectamente con esta función al proporcionar al ciudadano lo que Lippman llama, en ese mismo libro de 1922, un «pseudo-entorno». Es mediante la creación de ese pseudo-entorno cognitivo como los medios van a influir a partir de entonces sobre la opinión pública y lo harán conduciendo a los ciudadanos a aceptar las grandes directrices y políticas que se les proponga. Por otra parte, es el mismo Lippman quien también definirá más tarde la propaganda con una expresión que pasará a la posteridad, ya que Chomsky y Herman la retomarán en el título de su magnífico libro sobre la propaganda de 1988: Manufacturing consent, en inglés, «fabricar consentimiento». La edición en castellano optará por Los guardianes de la libertad y la francesa por La fabrique de l’opinion publique, expresión prácticamente idéntica a la de Halimi y Vidal: L’opinion, ça se travaille (2002).

¿Cómo se trabaja la opinión? Monopolio de la argumentación y desinformación

No será aquí exhaustivo. Existen muchas formas de trabajar la opinión y de crear un «pseudo-entorno cognitivo» de los ciudadanos. Algunas son perfectamente democráticas; otras, perfectamente antidemocráticas. Evitaré evocar las mistificaciones, engaños y trucajes que resultan sencillamente inmorales. Los medios pueden multiplicar el alcance que éstos tienen sobre la opinión, pero en general no los engendran ellos mismos (tomemos por ejemplo el derribo de la estatua de Saddam Hussein en la plaza Fardous: un trucaje de las psyops con efectos multiplicados por los medios).

¡Me encantaría decir que entre las formas democráticas de trabajar la opinión está la persuasión por argumentación y contraargumentación! Todos los teóricos de la democracia hacen del debate público el motor por excelencia de los cambios de opinión que conducen a la renovación de las políticas. Los griegos, que formaban a sus ciudadanos en la argumentación mediante ese estudio del arte del discurso que es la retórica, ya consideraban al debate como el método democrático por excelencia. Sin embargo, la argumentación puede inscribirse en una labor de persuasión verdaderamente antidemocrática sobre la opinión cuando determinadas tendencias (a veces incluso una sola tendencia) alcanzan el monopolio sobre los medios, como quedó de manifiesto durante el referéndum sobre tratado constitucional europeo en Francia2 3. Quedó entonces patente que Francia había dejado de ser el escenario de un debate democrático, si es que alguna vez lo había sido. Los defensores de cada tendencia, justo porque tienen el monopolio de la argumentación, pueden pretender, aunque sólo representan a una opinión minoritaria, que deben hacer y que hacen una labor «pedagógica», de «explicación» a unos ciudadanos que suponen mal informados y cuya única palabra sigue siendo el voto. Recordaré al insolente Bernard Guetta (L’Express y France Inter) que se indignaba ante la idea de que hacía «propaganda» para defender que él lo único que hacía era argumentar. «Explicaba» el tratado a esos pánfilos gruñones que querían el no. Esta práctica, repito que verdaderamente antidemocrática, halla en la Francia actual, en donde el distanciamiento de lo político recubre un distanciamiento sociológico, un terreno especialmente propicio, ya que la argumentación se identifica con la racionalidad de la France d’en haut que debe soportar los humores de la France d’en bas (he desarrollado este punto de vista en Les Illusions Libérales, individualisme et pouvoir social). Remito a quien le interese a las excelentes emisiones de Las-bàs si j’y suis (sobre todo a los de los miércoles y jueves 18 y 19 de mayo de ese año, sutilmente tituladas «OUI,OUI,OUI,OUI,OUI... non»). Remitiré también a los artículos de Serge Halimi en Le Monde Diplomatique (sobre todo: Médias en tenue de campagne européenne ; Los medios hacen campaña en su edición española, mayo de 2005). Lo que resulta completamente asombroso es que pese a los análisis públicos realizados sobre este monopolio de la argumentación a favor del «sí» durante la campaña, los medios implicados hayan continuado con su parcialidad con toda tranquilidad. ¡Cuestión de pedagogía!

La desinformación no es la argumentación. Me limitaré aquí a la desinformación sin mentira, ya que, como todo el mundo sabe, los periodistas y tertulianos siguen una deontología. Esta desinformación consiste en presentar a los ciudadanos sólo las informaciones que apoyan un punto de vista y en no presentar las informaciones que apoyan otros puntos de vista. Me gusta bastante el ejemplo dado por Chomsky y Herman: en la misma época en la que se asesinó en Polonia al padre Popieluzsko, algo de lo que se informó diariamente a todos los franceses, ¿cuántos periodistas hablaron del asesinato en América Latina de un centenar de religiosos por las milicias pro estadounidenses? Incluso es probable que el propio lector recuerde numerosos ejemplos de desinformación. Recuérdese la forma en la que se presentaron las reacciones de los usuarios durante las huelgas de finales de 1995. Recuérdese también la forma en la que se habló (ya no se habla mucho) del proceso de Milosevic en La Haya. Los periodistas enseguida se concentraba en los crímenes incriminados al presidente serbio en el acta de acusación e igual de rápido nos arroban el relato de la defensa, sin embargo bien preparada, del inculpado, ya pre-condenado. No creo que resulte demasiado útil detenerse ante estas desinformaciones: todos los que manifiestan una opinión diferente del pensamiento dominante (no digo mayoritario) son sensibles a ellas y las denuncian bastante a menudo, igual que denuncian el monopolio de la argumentación, sin ser escuchados o retomados. Remitiré aquí a los análisis de Halimi y Vidal en su excelente L’opinion, ça se travaille, de Éditions Agone. Resulta evidente que estas desinformaciones crean el pseudo-entorno cognitivo indispensable a la rectitud de las opiniones.

¿Cómo se trabaja la opinión? Las influencias inconscientes y la ausencia de debate

Llegados a esta parte, me centraré sobre todo en lo más específico de mi enfoque personal, que es el de un psicólogo social. Y lo haré encantado, ya que sé que los fenómenos que evocaré suelen cautivar al público pese a su escaso eco en los medios de comunicación, que deben presentar (de nuevo a causa del pensamiento único) una imagen del hombre que integra bastante mal unos fenómenos semejantes. Mi argumento será el siguiente: la fábrica de la opinión puede realizarse mediante procesos de influencia inconscientes. Para aceptar esta proposición, hay que aceptar dos ideas muy cercanas una de otra. La primera es que podemos vernos afectados por (o ser sensibles a) eventos del entorno a los que no prestamos atención o que no percibimos, pero que aun así son examinados por nuestra máquina cognitiva. En cierta forma son eventos que actúan con disimulo. Sobre esta idea reposa la llamada influencia subliminal. Me replicarán que el uso de técnicas subliminales está prohibido por la ley. A lo que responderé en primer lugar que tan sólo está prohibido en la publicidad. Y responderé sobre todo que la ley se ciñe al estricto subliminal (presentación demasiado rápida como para ser percibida) pese a que los elementos duraderos del entorno pero que sencillamente no nos llaman la atención (y de los que ni siquiera nos acordamos) pueden tener el mismo efecto. Pienso, por ejemplo, al logo de una marca sobre una camiseta deportiva. La segunda idea es que existen procesos de conocimiento que no pasan por la deliberación personal, de los que no tenemos consciencia y que, por así decir, no controlamos. Para explicarme querría dar un ejemplo bastante simple. Imaginen que les pido que lean con atención una lista de palabras entre las que se encuentra la palabra «aventurado». Imaginen también que los conceptos que emplean para comprender el mundo se organizan en «pilas», los unos sobre los otros, en cierta forma. La palabra aventurado, como acaban de leerla y de comprenderla (diremos: de analizarla), pasa a la parte superior de la pila en la que se encuentra, pero evidentemente ustedes no se dan cuenta de nada. Luego nos separamos y ustedes se encuentran con un conocido, Serge, a quien no habían visto desde hace años. Dice que está pensando en volver al alpinismo, que dejó hace 15 años, y en hacer en solitario y en invierno, para recuperar la forma, la cara norte del Eiger. Podrían decirse: está loco, es un inconsciente... Pero tienen más posibilidades de pensar que Serge es una persona aventurada. ¿Por qué? Porque normalmente, para hallar un concepto que permita comprender el mundo, empezamos por la parte superior de las pilas de conceptos que tenemos en nuestra mente. Y aventurado acaba de pasar a la parte superior de la pila. Así que puede que piensen que Serge es un tipo formidable, lo que no sucedería si le hubieran tomado por un «loco» o «inconsciente», Puedo afirmar esto porque con otras personas la lista leída no contenía la palabra aventurado sino la palabra inconsciente. Y porque luego puedo comparar el efecto de las dos listas sobre la percepción de Serge. Esto es lo que llamamos experimentar. He aquí un proceso, el llamado proceso de cebo, que ha sido objeto de cientos de investigaciones y publicaciones. Las personas informadas, que han leído esas publicaciones, no contestan su veracidad. Es un proceso bastante sencillo (¡reconozco que mi forma de presentarlo es algo tosca!) que se ha desarrollado «en vuestra cabeza» sin que hayáis sido conscientes de él y sin que pudierais controlarlo. La presentación de una palabra, de un concepto, provoca que el uso de ese concepto se vuelva más probable a partir de ese momento. Existen varios fenómenos que, como el del cebo, son inconscientes, poco controlables y que escapan a la deliberación consciente. Son ideales para el modelado de la opinión pública a largo plazo. Tomemos el caso que los psicólogos llaman de condicionamiento evaluativo. Cincuenta años, al menos, de investigaciones. En las primeras, durante los años 50, estudiantes ligados a la investigación veían en una pantalla una especie de tarjetas de visita que llevaban un nombre, pongamos Tom o Jim. El fondo de la tarjeta de visita estaba elaborado con palabras entrelazadas en las que los estudiantes no se fijaban: no las recordaban cuando se les preguntaba sobre ello. De hecho, tan sólo tenían que leer el nombre y recordar ese nombre. En un caso, digamos con Tom, las palabras entrelazadas eran poco agradables (accidente, cadáver, guerra...); en el otro caso, con Jim, eran palabras que evocaban cosas especialmente alegres (fiesta, regalo, amor...). Cuando dejaban la sala, los estudiantes se encontraban con un desconocido. Cuando este desconocido decía llamarse Tom le encontraban más bien antipático y cuando decía llamarse Jim, más bien simpático. He ahí un buen condicionamiento evaluativo: en el contexto de presentación de una palabra, o de un objeto, o de un concepto... hay algo sistemáticamente positivo o sistemáticamente negativo. La palabra, o el objeto, o el concepto... recogen, en cierta forma, algo de ese valor, por simple asociación inconsciente. Desde esas primeras experimentaciones, esos efectos se han reproducido con regularidad. Evidentemente, son aceptados por los científicos, aunque ningún periodista científico vaya a ponerse a hablar de ellos mañana. Podría tomar otros ejemplos de procesos inconscientes, pero aquí me limitaré a este condicionamiento. Imaginen ustedes los efectos que pueden tener ciertos condicionamientos evaluativos sobre la opinión. Señalaré varias estructuras de condicionamiento evaluativo que tan sólo se pueden detectar cuando se dispone del concepto. Piensen, por ejemplo, en un concepto (o en un personaje) X (un concepto que debemos promover; Europa, economía de mercado, iniciativa individual...) que los periodistas evocan durante años y que, siempre que pueden, lo hacen con una gran sonrisa y con alegría («lo que demuestra», tono alegre, «que ¡necesitamos más Europa!»). Un concepto (o un personaje) X que pronuncian dando dinamismo a la entonación. Piensen, por contra, en un concepto (o personaje) Y (concepto que hay que desacreditar: funcionarios, corporativismo, reivindicaciones) que los periodistas evocan durante años y, siempre que pueden, haciendo una mueca de claro desagrado y con un tono bastante triste. Piensen a ciertas asociaciones verbales que implican un concepto peyorativo y un concepto que conviene desacreditar en la opinión (o un concepto positivo y un concepto que debe promoverse), asociaciones que pueden mantenerse durante años sobre las antenas y en las pantallas (por ejemplo, funcionarios y ventajas)... Piensen en las opiniones que expresan los héroes simpáticos (o con éxito en la sociedad y/o en el amor) en las películas y las series televisivas (opiniones liberales, individualistas) y en las opiniones que expresan los héroes antipáticos o que fracasan en la sociedad o en el amor... El telespectador se ve confrontado una y otra vez a una asociación entre ciertas creencias y una activación de la simpatía o entre otras creencias y una activación de la antipatía. Evidentemente, no hablo de las películas de autor que puedan pasar de madrugada. Estoy hablando de las series y de las películas confeccionadas precisamente para las masas. El mismo lector encontrará ejemplos que manifiestan esta forma suave de propaganda que activa procesos de influencia inconsciente. Junto a mi amigo Claude Rainaudi, la hemos llamado propaganda oscura4. No pretendo que estos procesos vayan a «crear» las opiniones de las que hablamos. Pese a todo, nuestras democracias conservan algo de debate. Estos procesos de influencia inconsciente no pueden «fabricar» más que un núcleo central de la opinión pública. Y para ser eficaces necesitan disponer de tiempo. Pero recuerden que los Estados Unidos han tardado más de cincuenta años en extender por el mundo los núcleos centrales del american way of life. Tanto ustedes como yo sabemos que las películas, las series y los anuncios han participado más en ello que los discursos y diatribas inflamadas de Monsieur Madelaine5, y que lo han hecho sin argumentación. Digo «sin argumentación» porque la propaganda oscura es tanto más eficaz cuanto no se argumentan los núcleos que promueve en la opinión pública. Incluso se puede pensar que perdería eficacia si se argumentaran (y por tanto, contrargumentaran) esos núcleos centrales. Y resulta increíble la cantidad de núcleos de base de la opinión de un telespectador que éste jamás ha oído argumentar o contrargumentar. Tomemos el caso de mis estudiantes de Niza. Reconocen (más del 85% en un estudio que yo mismo realicé a finales de los años 90) que NUNCA han presenciado un debate contradictorio sobre los siguientes conceptos, que por otra parte todos juzgan bastante gratos: derechos del hombre, democracia, sufragio universal, elecciones libres, libertad de prensa (imaginen la alegría en el tono y la cara de Stéphane Paoli o Sophie Davant6 al pronunciar tales palabras). El 68% respondieron que nunca habían presenciado (o que no lo recordaban) un debate contradictorio sobre la economía de mercado, concepto que también era, para la gran mayoría de ellos, más bien grato. Cuando se les hace hablar sobre esos conceptos (por escrito) y se analizan sus textos, la frase que mejor explica lo que pueden decir del tema es: «como entre nosotros» (o «como en Francia», «como en NUESTRAS democracias»...). Para «derechos humanos», por ejemplo, las proposiciones, ideas o conceptos más frecuentes son «los respetamos», «China/Cuba/Irak... no los respetan» (¡la cara y el tono de Stéphane Paoli o Sophie Davant al hablar de Cuba!), «declaración» (piensan sobre todo en la de 1789; recuerdos de la escuela), libertad de pensamiento, libertad de expresión... y, con menos frecuencia, «derecho al trabajo», «derecho a la vivienda» (que 7 de cada 10 estudiantes luego interrogados creían que está en «la» declaración)... La impresión que desprenden las entrevistas orales es que creen que en algún lugar existiera una lista bien definida y no problemática de derechos, formando una jerarquía de evidencia, y que «nuestras» democracias tienden a respetar esos derechos. Por muy simpáticos que sean estos estudiantes, resultan bastante curiosos como ciudadanos. Aunque más bien debería decir que resultan ser unos «verdaderos» telespectadores. Los conceptos que emplean por encima de todo han adquirido un valor o un desvalor (remitían a cosas guays o chungas) y, cuando se les preguntaba sobre ellas, el contenido que les daban se adapta sencillamente a ese valor o desvalor. Ese contenido no es polémico. No puede serlo: no se dispone de argumentos a favor o de argumentos en contra con una eventual ventaja por los primeros o los segundos. Hay, sencillamente, conceptos simpáticos y conceptos antipáticos y ese valor o desvalor dirige hacia un contenido que no puede ser problemático, posiblemente polémico. Ése es el resultado típico de procesos de influencia inconsciente como el condicionamiento evaluativo. Exactamente como la simpatía o antipatía por Tom o Jim. Sólo el condicionamiento hace que Tom parezca simpático. Ahora bien, si os pregunto por qué os parece simpático, seguro que encontraréis algo que decir.

Espero haber conseguido explicarme: no estoy, ah, no, en contra de los derechos humanos. Pero no me gusta nada el estatus que han adquirido, gracias a la propaganda oscura, en el pensamiento social común. No tengo nada contra los principios democráticos, muy al contrario. Pero preferiría que su aplicación empírica hubiera conllevado debates, debates activos en la memoria de los ciudadanos cuando se les pide hablar, por ejemplo, de «elecciones libres», de «libertad de prensa», de «economía de mercado»...

Y el pluralismo, ¡por favor!

Poco antes del referéndum sobre el proyecto constitucional en Francia, oí al excelente Serge Halimi decir que al final las propagandas siempre fracasan. Quizás tenga razón cuando las propagandas actúan sobre opiniones que todavía pueden discutirse en el debate público que subsiste. Cuando quedan algunos argumentos y contrargumentos disponibles en la mente de cada cual. La escasa implantación de los argumentos del «sí» en la Francia d’en bas durante la campaña del referéndum del 29 de mayo, pese al insolente monopolio de la argumentación por el «sí» e incluso pese a varias desinformaciones, le da razón7. Pero sin embargo, podemos temer que la propaganda oscura, a largo plazo, sea siempre eficaz ―salvo cuando se topa con la argumentación y contrargumentación―. Así pues, aunque ciertas proposiciones del liberalismo económico y, sobre todo, del neoliberalismo económico siguen siendo discutibles, como afortunadamente hemos podido ver, la propaganda oscura ha instalado en nuestras mentes, sobre todo en las de los jóvenes que tienen a la tele por su principal educador, casi todos los correlatos culturales, psicológicos y psicológicos del liberalismo8.

En consecuencia, deberíamos hostigar las verdades que se asumen como tales sin debatirse nunca. Aunque para que así fuera tendríamos que poder encontrar en los medios de comunicación periodistas, tertulianos y directores que dudasen de esas verdades. La influencia oscura no presupone ninguna deshonestidad flagrante por parte de los periodistas, tertulianos y directores. Tan sólo presupone una cosa: que ellos mismos están dotados de opiniones o valores que van a diseminarse entre la gente. Así, no hacen más que transmitir sus convicciones sin necesidad de argumentarlas. El liberalismo de la prensa y de los medios cumple a la perfección con esta condición. La mayoría de los directores, grandes periodistas y tertulianos creen en lo que así transmiten. El problema para la democracia es que tienen todos el mismo corte y que se nutren de las mismas fuentes financieras e ideológicas. Debemos pues soñar con una prensa libre y pluralista, luego necesariamente no liberal, que pudiera realizar procesos de influencia diversos e incluso contradictorios.



1 Este texto es el resultado de la preparación de varias intervenciones en actos organizados por ATTAC (Fête du pays d’Aix; Festival «Images mouvementées»).

2 Algo que ya se había visto durante las huelgas de finales de 1995, de las elecciones de 2001, del referendum sobre el tratado de Maastricht...

3 En France Inter, la principal emisora pública francesa, durante un periodo de referencia, 27 de sus invitados defendían el «sí» mientras que 7 defendían el «no». En Europe 1, una de las mayores emisoras privadas, 37 defendían el «sí» y 9 el «non».

4 N.d.l.T.: En francés propagande glauque. Etimológicamente glauque designa el mismo color verde oscuro que en castellano puede evocarse mediante «glauco», pero en un sentido figurado ha pasado a designar todo aquello que carece de nitidez o claridad, con claras connotaciones negativas. En la lengua más actual suele emplearse para designar un ambiente lúgubre o triste. Como el término propaganda gris ya tiene un uso conceptual concreto, al final nos hemos decantado por propaganda oscura.

5 N.d.l.T.:Uno de los personajes de Los miserables, de Victor Hugo.

6 N.d.l.T.: Conocidos periodistas franceses; el primero dirigió el primer informativo del día de France Inter entre 1999 y 2006 y la segunda presentó durante casi diez años un programa matutino de France 2.

7 Hay que decir que esta argumentación ha encontrado un sustrato de contrargumentos que habían preparado durante meses foros y colectivos.

8 Correlatos psicológicos que han desnaturalizado profundamente el individualismo. Pero ¿qué productor financiaría hoy la organización de un debate contradictorio sobre el tema «Ser uno-mismo: ¿sigue teniendo un significado?».


"My blueberry nights", Won Kar-Wai sigue rompiendo corazones

JULIO RODRÍGUEZ CHICO
La Butaca



El director de “In the mood for love (Deseando amar)” y “2046″ sigue en sus trece y no para de romper y recomponer corazones tanto en la escena como en el patio de butacas. Ahora con “My blueberry nights” cierra su trilogía, y lo hace en inglés y rodeado de estrellas de Hollywood. En nada afectan esas nuevas circunstancias porque Wong Kar-wai sigue inmerso en un microcosmos emocional en el que intenta recuperar el pasado de unos personajes heridos de amor. Por muchas idas y venidas que obligue a dar a sus protagonistas —y al espectador con ellos—, el laberinto sentimental es un juego en que el tiempo parece congelarse y dejar de existir porque el amor/desamor lo invade todo: cada uno debe recorrer su particular viaje interior a la búsqueda del amor, y en terreno tan movedizo, el naufragio está a la vuelta de la esquina. Así pues, la misma temática e idéntica estética visual de films anteriores para una nueva aproximación a un universo de desencantos y desencuentros afectivos, de distancias físicas y también interiores.

En “My blueberry nights”, Kar-wai teje cuatro historias de corazones rotos, de relojes estropeados y de puertas que deben cerrarse para poder abrir otras. Como siempre, la música y la fotografía son espléndidas y eficaces en ese intento por generar sensaciones, y la cuidada planificación hace el resto a la hora de congelar emociones… eternas y placenteras. En el cine de Wong Kar-wai todo adquiere un tono nostálgico porque supone una mirada a un pasado que se hace presente, porque brota de recuerdos que han dejado una huella imborrable y a veces una herida sangrante. Su estética posmoderna parte de lo sensible, de la sensación, para intentar adentrarse en los más profundos anhelos de sus personajes y mostrar el vacío y la soledad. Su escenografía de interiores urbanos con atmósferas de neón, sus luces saturadas y filtradas o sus fundidos en negro, sus juegos tenebristas y el recurso a espejos, cristales y puertas que se interponen entre los personajes, los tempos ralentizados o la inclusión de fechas y relojes que atrapen el tiempo que pasa… todo responde a un aparato visual y estético manierista que obedece a esa misma búsqueda de algo que llene el corazón hambriento.

En realidad, al final, lo que hace Kar-wai es retratar atmósferas interiores, estados de ánimo de unos personajes que viven un tiempo subjetivo y que se han escapado de las coordenadas geográfico-temporales, ya sea porque viven inmersos en su desencanto, porque se regodean en aquellos maravillosos años o porque permanecen en un viaje emocional sin retorno. Historias y ambientación claustrofóbica para reflejar esas almas heridas que se buscan a sí mismas en el recuerdo. Es lo que sucede a la protagonista, Elizabeth, y al propio director de Hong Kong, que vuelve una vez más sobre su torbellino afectivo… aunque aquí acabe dándole una salida complaciente y reconfortante (en eso sí se nota que estamos en América), sin la ambigüedad y apertura de sus anteriores trabajos. Con todo, a estas alturas el mundo recogido en “My blueberry nights” suena a déjà vu, a más de lo mismo, para gusto de sus fans y disgusto de quien espera renovación.

La película que ahora se estrena estuvo en las ediciones del 2007 de Cannes y en la Seminci, y cuesta entender las razones de su tardía llegada a nuestra cartelera. Es cierto que no se trata de un cine excesivamente comercial o popular —populachero habría que decir—, porque estamos ante un cine de autor con estética refinada y cosmovisión propia… y eso siempre da a la cinta un cariz minoritario. Pero, sin duda, es un director de referencia que encuentra formas visuales y artísticas idóneas para transmitir realidades emocionales complejas, y al que siempre compensa ver y seguir.


Pop-rock: una historia de homenajes, préstamos, éxitos y... plagios

JUAME PI
La Vanguardia



La acusación del guitarrista Joe Satriani a Coldplay, nuevo episodio de un largo historial de casos de plagio y reabre el debate entre los límites de la creación original y la copia.

Inspirarse en otras canciones ha sido lo habitual en la historia del pop-rock. Versionar o rendir tributo a viejos éxitos, o tomar prestados elementos de aquellos temas precedentes para componer nuevas creaciones configura la esencia misma de la música moderna. Siempre que se haga con permiso, claro. Pero usar compases o melodías enteras de los demás para crear canciones firmadas como propias puede vulnerar los derechos de autor, aunque, no por ello, no ha sido también una práctica recurrente en el pop-rock. De paso, cada nuevo caso que aparece reabre el debate entre las tenues fronteras de la originalidad y la copia.


El último de esos episodios, ayer mismo, es la acusación del guitarrista Joe Satriani al grupo británico Coldplay por plagio de su sencillo Viva la vida. El guitarrista estadounidense presentó una demanda a una Corte Federal de Los Angeles en la que asegura que la canción de la banda de Chris Martin contiene partes "originales" de If I could fly. El caso, como muchos otros precedentes, acabará siendo resuelto en los tribunales.

Curiosamente, el tema Vida la vida ya había sido objeto de acusaciones de plagio, aunque no llegó a manos de la Justicia. Tres días después de que los británicos lanzaran su último álbum, la banda neoyorquina Creaky Boards denunció públicamente que el sencillo era una copia de su canción The Songs I didn't Write, cosa que los ingleses, claro, negaron.

Harrison y el "plagio subconsciente"

No es ni será la primera vez. Muchos han olisqueado en repertorios de otros y los han utilizado sin permiso. Quizá el caso más conocido es el que afectó a George Harrison. Su éxito My Sweet Lord, que celebraba sus influencias indias, era clavadita a He"s So Fine del grupo de soul estadounidense The Chiffons. Alguien se dio cuenta y acusó al ex Beatle de plagio. Finalmente, Harrison fue absuelto en base a un novedoso concepto: el de "plagio subconsciente", es decir, copiar sin querer.

Sí que eran conscientes –ellos mismo lo admitieron- los plagios de Led Zeppelin. A lo largo de su carrera, la banda británica tomó viejas canciones blues para grabar algunos de sus mayores éxitos. En su momento, quedó demostrado que su gran Whole lotta love se inspiraba más de la cuenta en un blues de Willie Dixon grabado por Muddy Waters en 1962. Tras la consecuente demanda, el grupo tuvo que admitir la "coautoria" de Dixon en 1985.

Rey del pop, rey de las demandas

Pero si hay un rey del plagio, este es Micheal Jackson. Nueve son las acusaciones que ha recibido el rey del pop, con lo que Jackson tiene el honor de liderar la lista de copiones por lo que a denuncias se refiere. Ejemplos, muchos. Su canción Wanna Be Starting Something fue considerada una copia de Soul Makossa, de Manu Dibango, por la cual tuvo que pagar una cuantiosa suma en concepto de derechos de autor. Pero el más sonado fue cuando un juez italiano consideró que Will You Be There tenía suficientes similitudes con I cigni di balaka, de Al Bano, como para ser considerada una copia. Finalmente Jackson ganó el litigio (tuvo que recurrir) a la pareja de Romina Power, pero el rey del pop a punto estuvo de pagarle dos millones de dólares.

Más recientemente, en septiembre de 2007, un tribunal de Bruselas dictaminó que el célebre You are not alone plagiaba a If we can Stara all over de los belgas Danny y Hedí Van Passe, tras más de 12 años de disputas judiciales.

Otros artistas pop han sido más descarados. La estrella Micheal Bolton lanzó en 1991 uno de sus mayores éxitos comerciales: Love is a Wonderful Thing. Casualidad o no, el título coincidía con una canción de los setenta de la banda soul Isley Brothers. Pero era más que eso: era casi idéntica. En el caso de Bolton, resolvió el Tribunal Supremo de los EE.UU. que consideró demostrado el plagio y obligó a que los Isley Brother fueran indemnizados con todos los beneficios obtenidos por dicha canción, además del 28% de los beneficios del álbum, cifra que fue de más de 5 millones de dólares. Se trata de una de las cantidades más altas en este concepto. El sumario del caso Three Boys Music contra Michael Bolton lo deja claro.

Oasis, Avril Lavigne, Radiohead, Madonna...nadie se salva

Oasis también cuenta con una larga lista de plagios. En su gran álbum de referencia, (What"s the Story) Morning Glory?, en que la multiplicidad de influencias, tributos y demás es reconocida por los propios miembros del grupo, se encuentra el caso más flagrante. El estribillo de Step Out, uno de sus singles es idéntico al de Uptight del Stevie Wonder. La canción fue eliminada del disco a última hora, justamente, por su parecido con la canción de Motown, aunque sí fue incluida como cara B de su famoso sencillo Don't Look Back in Anger, quizá para disimular. Pero hubo denuncia y el juez falló a favor del músico estadounidense. Ahora, Wonder y Gallagher comparten la autoría de la canción, en una de las parejas de la composición más insólitas de la historia.

No es la única denuncia que han recibido por ello. El propio Noel Gallagher admite sin sentimiento de culpa la tendencia al plagio. De hecho, hay algo más. El líder de Oasis defiende el derecho a ello y así entra de lleno en el debate sobre los derechos de autor. Lo que ya no tiene gracia es que Gallagher acuse cínicamente a los Green Day de copiar su hit Boulevard of Broken Dreams del clásico Wonderwall, aunque ambos temas guarden un parecido notable.

Otros casos a mencionar son la denuncia que le cayó a Avril Lavigne por parte de los miembros del grupo setentero The Rubinoos, al considerar que el famoso Girlfriend de la cantante es clavado a I wanna be your boyfriend. También Madonna vio como en Bélgica se prohibía la emisión de su sencillo Frozen al considerarse plagio de Ma vie fout le camp, compuesta por Salvatore Acquaviva. Otro caso es el de Creep de Radiohead, que la banda The Hollies acusó de plagio de su The Air That I Breathe.

Y todos ellos, sin contar los numerosos plagios que los internautas descubren diariamente entre piezas más o menos conocidas del mundo del pop-rock. Un vistazo a los foros es un ejercicio cuando menos divertido al ver las enormes similitudes que presentan muchos temas. Si todas fueran denunciadas...

Caso patrio reciente

El caso español más conocodio fue el que afectó a Mikel Erentxun. El grupo Lightning Seeds denunció que el pegadizo 1 + 1 son siete, que interpretó el ídolo juvenil Fran Perea, era una copia descarada de su tema Pure, de 1985. Ciertamente, el parecido entre ambas es indiscutible. En su momento Erentxun se defendió aduciendo que aunque conocía el grupo y reconocía el parecido, "no fue premeditado". No ha habido aún resolución al respecto.

¿Legítimo o no?

Se considera ilegal un mínimo de entre tres y ocho compases repetidos en función del país para que se pueda hablar de plagio. No obstante, tomar partes de otras canciones es habitual en la música pop de hoy en día y plantea un debate sobre el derecho a copia que muchos artistas defienden. La tecnología permite con cada vez mayor facilidad extraer partes de otras grabaciones y mezclarlas en un nuevo discurso. El bootleg, o yuxtaposición de temas grabados para crear algo nuevo, es la base de la música electrónica y hip-hop. Uno de los primeros precedentes de ello es Good Times, de Chic, en el que se basa Rappers Delight de Sugar Hill Gang, uno de los temas fundacionales del rap. Aunque el bootleg es ilegal, está tan extendido en el mundo musical que es imposible de perseguir.

Muchos músicos se preguntan qué sentido tiene aún preguntarse por todo ello, cuando la música de hoy en día se basa estrictamente en este cortar-pegar tan particular. El límite aún está en pedir permiso o no. Pero el debate sobre el concepto de autoría, siempre en entredicho en la música popular, está más que nunca sobre la mesa.