Pionero del relato moderno



GERMÁN GULLÓN
El Mundo




Ciertos hábitos de conducta desordenados, las alucinaciones macabras que permean sus historias, y las expresiones escandalosas (“la mujer era tan esplendorosa como un sueño de opio”) engastadas en los textos de Edgar Allan Poe, lo convierten en un controversial genio de las letras universales. Aclamado por millones de lectores, la persona y su obra han sido sistemáticamente descalificadas. En ocasiones, por sus perennes excesos alcohólicos; en otros momentos, por la escabrosidad de los ambientes excéntricos representados en sus mejores títulos: los relatos cortos. La crítica de su país peca de tacaña con este inventor del relato de detectives, poniendo énfasis en el lado difícil de su personalidad, en vez de en sus aspectos amables, cariñosos, y de hombre inteligente. Una larga lista de plumas conocidas, desde Lewis Mumford a Harold Bloom, lo postergan sistemáticamente. Bloom en su libro sobre el canon occidental lo califica de escritor atroz, y en la lista de los principales escritores lo relega a un puesto secundario. Los valedores de Poe fueron los escritores mismos, encabezados por Baudelaire, el icono por excelencia de la modernidad, quien además de traducirlo al francés le reconoció su maestría. Nuestro Julio Cortázar lo tradujo al castellano lleno de admiración. Además de narrativa corta, escribió una poesía (El cuervo, Annabel Lee) de extraordinaria musicalidad y rebosante de imágenes sorprendentes, y una crítica literaria incisiva, equiparada por muchos en importancia con su narrativa.

La influencia de Poe en la literatura universal resulta enorme, semejante a la disfrutada por Borges en el presente, al tiempo que figura entre los fundadores de la literatura norteamericana. Su nombre aparece junto a los de Walt Whitman, Melville y Faulkner, algunos de los escritores que dotaron de señas de identidad propias a la naciente tradición. La obra de Poe se debe entender asimismo como muestra del rechazo de los valores del mundo industrial decimonónico, cuyo patrón quedó grabado en la literatura inglesa, pienso en las novelas de Dickens, y el despertar de una sensibilidad marcada por un descenso al interior del hombre. Poe fue pionero a la hora de realizar la moderna travesía del yo por las galerías del ser, donde afloran en el consciente los encargos del subconsciente. De hecho, Kafka y Borges sustituirían esas galerías, los escenarios góticos y fantasmagóricos de Poe, por laberintos.

Edmund Wilson describió con talento el carácter de la obra de Poe. Sus reflexiones, escritas en 1926, permanecen hoy igual de esclarecedoras que entonces. Los personajes del bostoniano, viene a decir, actúan como héroes románticos, que se enfrentan con los valores, las leyes humanas y religiosas de su tiempo. El lector recibe, en el momento preciso en que el personaje se enfrenta al hecho misterioso y sus nervios se desequilibran, una especie de iluminación, vislumbra un espacio suprarreal, donde el hombre busca equilibrarse entre la realidad y un mundo desconocido.

Uno de los relatos magistrales del americano, “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”, ejemplifica a la perfección lo dicho por Wilson. El caballero del título vive enfermo, al borde la muerte, cuando entra en contracto con un individuo versado en cuestiones de magnetismo o mesmerismo, quien le propone un trato, el dejarse mesmerizar en el momento mismo de la muerte. Valdemar, sujeto curioso, conocido autor y compilador de la Biblioteca Forénsica –todo recuerda bastante a Borges– accede de inmediato. Llegado el instante final, Valdemar avisa al mesmerizador, quien efectúa los correspondientes pases. Entonces le pregunta a Valdemar si está dormido, y el enfermo responde que no, que está muerto. Durante siete meses vivirá Valdemar bajo los efectos del magnetismo, muerto, pero vivo. A continuación, el hipnotizador y los médicos de cabecera deciden despertarle. Cuando lo intentan, el cuerpo muerto se deshace, y fluyen por el lecho unos líquidos oscuros, como si en efecto, llevara siete meses del otro lado. El narrador intenta así levantar la cortina del más allá de la muerte. El retrato de Dorian Gray, de Wilde, el envejecimiento súbito del protagonista se inspiró en este relato. Pocas veces vemos tan claro como el romanticismo se prologó en el modernismo.

La teoría del relato de Poe resulta sencilla y encontró numerosos seguidores. El autor, dice, debe comenzar definiendo bien el efecto que desea producir, y sobre él armar la historia; por tanto, el tema resulta secundario al efecto, pues éste será el que mueva al lector. Poe siempre diseñó sus relatos con una organización racional estricta, descabalada en el relato por emociones humanas muy intensas, a veces bajas. Este modelo tan estricto dio origen a que sus historias fueran consideradas el modelo de las modernas historias de detectives. El adjetivo decadente, calificativo que acompaña siempre a la obra y persona de Poe se entiende porque sus textos rebosan alcohol, opio, alucinógenos que trastornan los sentidos y proporcionan situaciones como la del relato “Ligeia”, en el que los ojos verdes de la mujer amada se convierten en negros al morir. Resultan sinestesias raras, inducidas por la droga, pues Poe, como De Quincey, sustituyó la imaginación por la droga como fuente de inspiración creativa.