Entrevista a Louisa Dris-Aït-Hamadouche: "Occidente sigue viendo a los árabes como la parte débil"


Profesora de Ciencias Políticas de la Universidad de Argel. Duda de que la Alianza de Civilizaciones logre cambiar los prejuicios y estereotipos sobre las sosciedades musulmanes

T. DEIROS
Público


Desde la orilla sur del Mediterráneo, la politóloga Louisa Dris-Aït-Hamadouche (Argel, 1973), aporta una mirada crítica a las relaciones Norte-Sur, marcadas en demasiadas ocasiones por el desconocimiento y los estereotipos sobre las sociedades musulmanas, especialmente en lo que atañe a la condición de la mujer. Esta especialista del Centro de Investigación en Economía Aplicada al Desarrollo (CREAD) y profesora de la Facultad de Ciencias Políticas de Argel no cree que la Alianza de Civilizaciones consiga cambiar este esquema.

¿Qué aporta la Alianza de las Civilizaciones a las relaciones Norte-Sur?

Tengo mis dudas acerca de lo que puede aportar este proyecto cuyo contenido es muy vago y que no propone nada concreto. El diálogo o la alianza entre civilizaciones no tiene más contenido que el famoso choque de civilizaciones porque si analizamos quiénes son los actores con influencia en el sistema internacional, las civilizaciones se sitúan más en el ámbito del discurso que en el de la realidad. El choque de civilizaciones fue inventado para justificar una política exterior agresiva por parte de Estados Unidos.

¿No existe entonces este supuesto choque?

No. Existen intereses de los Estados, tanto permanentes como coyunturales, que a veces sí están enfrentados. Tampoco creo que en el futuro vaya a haber una alianza de civilizaciones. La civilización se define como un conjunto de ideas, valores y proyectos de sociedad, no como un actor de las relaciones internacionales.

¿Qué sentido tiene entonces esta Alianza de las Civilizaciones?

Creo que esta iniciativa se dirige a atenuar el traumatismo causado por la guerra contra el terrorismo, pero su contenido deja mucho que desear. También se le puede reprochar que no cambia los roles en los que se sitúan Occidente y el mundo árabe: los árabes siguen siendo considerados la parte débil, la que pide, mientras que se supone que Occidente tiene que responder a sus peticiones. Sin embargo, en mi opinión, buscar la solución a los problemas a través del otro no funciona. Cada uno debe buscar sus soluciones.

¿La democracia no puede venir desde fuera?

Yo no creo en la promoción ni tampoco en la imposición de la democracia desde el exterior. Los esfuerzos en este sentido son contraproducentes, pues muchas veces sirven a los regímenes de ciertos países para reforzar su poder apelando a la injerencia exterior. El caso de Irak es un buen ejemplo: este país se ha convertido para muchos musulmanes en el símbolo de lo que Occidente puede hacer en nombre de la democracia.

En Occidente persisten muchos prejuicios hacia el mundo musulmán.

Esos estereotipos se deben a que el intercambio de información entre el norte y el sur del Mediterráneo se produce en un único sentido. El sur conoce mucho mejor al norte que a la inversa. Por ello en las sociedades del norte persisten estas ideas preconcebidas heredadas del pasado.

¿Un ejemplo es la percepción de la condición de la mujer musulmana?

Sí, se ve a la mujer musulmana como un ser sumiso, bajo la autoridad del padre o el marido y que no decide sobre su vida, cuando la realidad es mucho más compleja. Es innegable que en nuestras sociedades el patriarcado sigue existiendo, sobre todo en las zonas rurales, pero no es menos cierto que la vida de las mujeres musulmanas en ciudades como Argel es muy parecida a la de cualquier ciudad europea.

Pero la legislación de los países árabes discrimina a la mujer.

La influencia de la ley en la condición de la mujer musulmana es innegable, pero también hay que tener en cuenta el peso de la tradición: la ley es muchas veces más moderna que la tradición. Le pongo un ejemplo: en Argelia, las leyes no imponen a la mujer el sometimiento al varón y la Constitución habla de ciudadanos, sin distinción de sexo; ello no impide que en algunas regiones, a pesar de que la ley obliga a escolarizar a las niñas, algunas no vayan al colegio a causa de las tradiciones locales.

¿Esto está cambiando?

Sí. Las actuales condiciones socioeconómicas tienden a minimizar la influencia de la tradición. Las mujeres necesitan trabajar y cada vez son más numerosas las que tienen un empleo remunerado, aunque en demasiadas ocasiones trabajan en la economía sumergida.

Usted denuncia la manipulación de la religión para legitimar la discriminación.

La religión es más liberadora que la tradición, que tiende a ser muy conservadora. Existe una manipulación de la religión, cuyo objetivo es fortalecer sus aspectos más conservadores en detrimento de una interpretación más liberal. La prueba son los países del sureste asiático como Indonesia, que demuestran que las mujeres pueden gozar de igualdad de derechos con los hombres en una sociedad musulmana.

Pero esto no es así en los países árabes.

En las sociedades árabes, las corrientes retrógradas se legitiman a través de la manipulación de la religión y por ello se olvida a quienes defienden una idea liberal del islam y creen que los derechos de la mujer van de la mano de la promoción de los auténticos valores musulmanes. También hay que tener en cuenta la manipulación para fines políticos de la causa femenina en nuestros países, como sucede en Túnez, donde un tercio de los parlamentarios son mujeres, más que en la Europa meridional, lo que es utilizado por el régimen de Ben Ali como fuente de una cierta legitimidad.

¿Sin democracia no puede haber igualdad?

La condición femenina va ligada a la legitimidad política y debe situarse en el contexto más amplio del respeto a los derechos humanos, tal y como se reconocen universalmente.

¿Cuáles son las asignaturas pendientes en Occidente?

Con excepción de las sociedades escandinavas, Occidente no es un ejemplo en si, sobre todo en cuanto a la participación política de las mujeres, que es aún muy escasa.