José Hierro, poeta (por fin) de cuerpo entero


ANTONIO LUCAS
El Mundo




José Hierro (Madrid, 1922-2002) llegó a la poesía por una senda atroz. Por la vía del daño. Pisó cárcel de los 17 a los 22 años por el único delito de pertenecer a una asociación de ayuda a los presos políticos, entre los que estaba su padre. Conoció las celdas del franquismo en el Dueso (Santander) y Porlier (Madrid). Entre un destino y otro escribió muchos de los poemas que serían después el material/memoria de su primer libro, 'Tierra sin nosotros' (1947). Las prisiones le dieron luz de sol negro y le hicieron de escritorio.

Entre aquel primer conjunto de textos y el último, 'Cuaderno de Nueva York' (1998), sucedió mucha vida, cierto frío, rachas de belleza aislada y siete libros más. Un ajuar vital e intelectual con el que ascendió hasta una de las cimas de la poesía española de la segunda mitad del siglo XX.

Su obra recibió, sobre todo en los últimos años, reconocimiento pleno: el Premio Príncipe de Asturias, el Nacional de las Letras Españolas, el Reina Sofía de Poesía, el Cervantes. De su último libro vendió varias decenas de miles de ejemplares. Todo soplaba a favor, pero no existía sin embargo el volumen que reuniera su poesía al completo: el testimonio, el amor y el panteísmo de un autor que tuvo en la violencia elegante de la escritura el eje de su equilibrio.

Sólo ahora que han pasado siete años desde su muerte, la editorial Visor, en edición de Julia Uceda y Miguel García-Posada, cierra el vacío abierto. El volumen, de más de 700 páginas, lleva un título sin alambique: 'Poesías completas' (1947-2002), que desbanca aquel que Hierro escogió para las dos reuniones de poemas que realizó en 1962 y 1974: 'Cuanto sé de mí'.

En cualquier caso, hay aquí algo de venganza al silencio, al espejear del olvido. "Hierro es un poeta instalado hasta la médula en su tiempo", explica García-Posada. "No se ata a ninguna coyuntura. Y eso lo hace único de algún modo. Desde el principio sólo se parece a sí mismo. Tal es la densidad de su poesía".

Pasó por todos los estadios: la penumbra de los comienzos, la llaga de los recuerdos, la amistad con los compañeros de viaje (Aleixandre, Bousoño, Claudio Rodríguez, Félix Grande...), la búsqueda y el hallazgo del Libro de las alucinaciones (con su caudal de versos sonámbulos), el hallazgo de su serie Reportajes, el silencio de 20 años que enmudeció su escritura, el regreso febril en los últimos años... "Aprendió la poesía en condiciones extremas", ataja uno de los autores de la edición. "Y es cierto que se ha tardado en publicar su obra completa, pero parte del motivo de esta demora está en que no había ningún interés obsesivo por quienes deberían sentir esa obsesión. En cualquier caso, no tengo duda de que es un poeta fundamental, con 15 o 20 textos incuestionables".

Ese camino propio que emprendió en las letras José Hierro tiene en la música, en la sonoridad del poema, en el ritmo vibrante otro de los aspectos más singulares de su aventura. Oí latir el corazón del mar/ unido al de otras músicas, escribe en el Libro de las alucinaciones. Aprendió de Rubén Darío y de Juan Ramón Jiménez. "Ellos modelaron su utillaje", sostiene García-Posada. "Y ahí se mostró, igual que en todo lo demás, como un autor sin trampa ni cartón".

Y como un creador que hizo de su voz una apertura al misterio del mundo, a la autobiografía interior como modo de conocimiento -Cuanto sé de mí-, como bucle de una ancha memoria lírica. "Hierro se la juega en su poesía. Esa es una de sus grandezas. He conocido gente que asegura haberlo visto llorar después de leer en público alguno de sus poemas. No me extraña. Se comprometió en su discurso poético hasta sus últimas consecuencias".

Y así lo hizo en cada uno de sus libros, como 'Con las piedras, con el viento'; 'Quinta del 42'; 'Agenda'... Hechos de versos cercanos, con timbre exigente pero con el decir doméstico y brutal a la vez de quien aprendió las sílabas desde la soledad y la desolación, para llegar por el dolor a la alegría.