Gus Van Sant, "“Milk tuvo que luchar tanto contra la homofobia como contra los propios homosexuales”


JUAN SARDÁ
El Mundo





La temporada de Oscar se abre en la cartelera con Mi nombre es Harvey Milk, una de las aspirantes más firmes a los premios de Hollywood. Gus Van Sant, director de Drugstore CowboyEl indomable Will Hunting, dirige a Sean Penn en una película que rescata la figura de Harvey Milk, activista de los derechos homosexuales que en los años 70 se convirtió en un símbolo al ser elegido concejal de San Francisco y enfrentarse al establishment. Van Sant explica a El Cultural las claves de uno de sus mejores trabajos.


Nadie discute la posición de Gus Van Sant (Kentucky, 1952) como uno de los cineastas más importantes del mundo. Ganador de una Palma de Oro en Cannes por Elephant (2003) y el premio especial del 60 aniversario del Festival por la aún inédita Paranoid Park (2007), es el autor de filmes fundamentales del cine estadounidense de los últimos veinte años como Drugstore Cowboy (1989), Mi Idaho Privado (1991), El indomable Will Hunting (1997) o Last Days (2005). La filmografía de Van Sant se ha movido desde sus inicios entre la experimentación pura y dura y la búsqueda de un lenguaje clásico que lo acerca a los grandes maestros americanos. Ahora, el Van Sant más ortodoxo se revela con deslumbrante maestría en Mi nombre es Harvey Milk, la película que le puede dar finalmente un Oscar, en la que rinde un sentido y cálido homenaje al personaje del título, pionero durante los años 70 de la lucha por los derechos homosexuales. Partiendo de una narrativa cien por cien “americana”, aquélla que nos cuenta cómo uno es capaz de superar las dificultades para encontrar su propio yo y triunfar, el cineasta ha conquistado a la crítica en bloque con una película que deja un nudo en el estómago y es capaz de emocionar incluso al corazón más inconmovible.

“No me enteré de la existencia de Harvey Milk hasta el día que lo mataron”, explica el cineasta a El Cultural. Aunque Van Sant siempre ha hecho bandera de su homosexualidad sin tapujos, su primera película, Mala Noche (1985) es la historia del amor imposible entre un tendero y un inmigrante ilegal, el director reconoce que por aquella época –Milk fue asesinado en 1978– estaba “totalmente fuera de la comunidad gay. En realidad, no comencé a interesarme por el personaje hasta que vi en 1984 un documental sobre su figura, The Times of Harvey Milk. Hubo un libro antes pero confieso que también se me pasó por alto. Lo que más me fascinó de su historia fue cómo supo enfrentarse a todo el establishment para meterse en política. En aquella época los gays poderosos creían que la forma de cambiar las cosas era introduciéndose en el sistema sin hacer ruido. La novedad que introdujo Milk fue presentarse a las elecciones co- mo concejal de San Francisco sin ocultar su sexualidad. Todo el mundo opinó que estaba loco y tuvo que luchar muy duro no sólo contra la homofobia sino también contra sus iguales. En realidad, perdió muchas veces. Eso sí, cuando finalmente ganó lanzó un mensaje muy positivo en todo el país”.

De Nueva York a San Francisco

Sean Penn, favorito para el Oscar por su interpretación de Milk, se mete en la piel del activista con un aplomo y convicción más allá de todo elogio. El actor logra captar la esencia de un hombre luchador y tenaz para el que la “verdadera” vida comienza cuando cumple los 40 y conoce en una estación de metro al que será su compañero los próximos años, Scott Smith (James Franco). Comienza entonces una nueva etapa en la existencia de un personaje que hasta la fecha trabajaba como gris empleado de finanzas a medio camino entre la sexualidad clandestina y las ansias liberadoras de los años 60. Las aceras de Nueva York son sustituidas por las colinas de San Francisco y Milk comienza a batallar por su candidatura como concejal de San Francisco.

Su objetivo no es menor ya que, de conseguirlo, Milk sería el primer cargo político electo abiertamente homosexual. Claro que el camino no será fácil y Van Sant retrata esas dificultades con tono épico, trasladando a la pantalla una forma de hacer política que, al contrario que en España, comienza por la sociedad civil para terminar integrándose en la estructura de los partidos. Son tiempos duros y gozosos, plagados de sinsabores y pequeñas victorias. La estructura de Mi nombre es Harvey Milk trae inmediatamente a la memoria otros títulos como Erin Brocovich, Serpico, Philadelphia o Caballero sin espada, en las que personajes aparentemente indefensos acaban derrotando a los grandes poderes valiéndose únicamente de su tesón y una causa justa. De hecho, Frank Capra se vislumbra como la referencia más inmediata de una película que, al mismo tiempo que critica la homofobia y el fanatismo religioso de Estados Unidos, también reivindica los valores constitucionales de ese país como principal garante del progreso.

Sin duda, a muchos sorprenderá que el trasgresor y radical Van Sant recurra a Capra para su nueva película tras un experimento tan al límite como la espléndida Paranoid Park, en la que se retrata el deambular de un adolescente como si fuera una sinfonía. “Creo que un estilo tradicional era lo más adecuado para una película como ésta. De hecho, el propio guión ( de Dustin Lance Black) ya era muy lineal. Desde mi punto de vista es la historia lo que manda. Mi Idaho privado reclamaba un tratamiento impresionista del mismo modo que El indomable Will Hunting exigía un enfoque más clásico”.

Del underground a Hollywood

El guión es el elemento clave para Van Sant, y surge una diferencia fundamental, si ha sido él quien lo ha escrito u otra persona. En este sentido, la filmografía del cineasta destaca porque las películas escritas por otros hacen gala de un clasicismo que brilla por su ausencia cuando es él mismo quien se encarga de esta tarea. Así, Buscando a Forrester (2000), escrita por Mike Rich, deja vislumbrar no sólo al Van Sant más clásico, también al más hollywoodiense y accesible. Lo mismo sucede con Will Hunting, su película más exitosa comercialmente, escrita al alimón por Matt Damon y Ben Affleck, o con otro gran éxito popular, Todo por un sueño (1995), en la que Nicole Kidman interpretaba a una presentadora de televisión capaz de cualquier cosa para alcanzar la fama sobre un guión de Buck Henry (autor de El Graduado). Del mismo modo que la fallida Ellas también se deprimen (1992) demuestra que la experimentación que tanto le gusta no siempre funciona o la soberbia Last Days (2005) prueba exactamente lo contrario en su demoledor retrato de los últimos días del cantante grunge Kurt Cobain.

Ello no significa que Van Sant no retoque el material ajeno a gusto cuando lo crea conveniente: “Nunca me ha sucedido verme en la tesitura de tener que reescribir un guión ajeno pero tampoco me gusta que sean demasiado precisos. La libertad del director es fundamental en todos los casos. De todos modos, es evidente que el guión marca un tono y que lo lógico es mantenerse fiel al mismo. Mis películas más experimentales ya partían de guiones experimentales”.

Un guión simple y bello

En el caso de Mi nombre es Harvey Milk, Van Sant tuvo poco que retocar ya que desde el primer momento estuvo encantado: “El guión era simple y bello. Me emocionó la primera vez que lo leí y supe que tenía que dirigirlo”, resume el cineasta. La película comienza cuando Milk tiene 40 años y conoce al que será su novio los próximos años, Scott Smith. La aparición del amor es un elemento clave en la liberación del personaje: “Lo cierto es que la película podría haber empezado mucho antes pero hubiera sido demasiado larga. Efectivamente, en el filme vemos un cambio muy radical y muy pronunciado en Milk, quien pasa de analista de Wall Street a activista en poco tiempo. Pero fue un proceso mucho más largo que empieza la década anterior. En realidad, Milk ya vivió un par de años, entre 1968 y 1970, en San Francisco antes de regresar a Nueva York. Allí vivió el hippismo de primera mano, participó en el montaje del musical Hair y tuvo experiencias muy apartadas de la vida convencional que había llevado hasta entonces. Milk tardó varios años en cambiar totalmente como persona pero, en realidad, es un hijo de la contracultura de los años 60. En este sentido, es un representante paradigmático de su generación”.

La batalla de Harvey Milk por los derechos homosexuales se concreta en dos frentes. Por una parte, la campaña que lo conduce a ser concejal en San Francisco. En la política estadounidense se trata de un puesto de gran responsabilidad ya que los concejales representan a distritos y acumulan de forma colegiada el poder municipal. Por la otra, se narra su lucha a brazo partido en contra de la Proposición 8, una ley que durante los 70 pretendía impedir el acceso de homosexuales a puestos en la enseñanza pública mientras legalizaba que fueran despedidos o no contratados por su orientación sexual.

Si Van Sant convierte a Milk en el campeón de los derechos humanos, su antagonista, Anita Bryant, una cantante de pop reconvertida en activista política bajo la bandera de la defensa de la “familia”, ejerce el papel de villana en una película que enmarca la lucha de los derechos homosexuales en los derechos civiles y de las “esencias” de Estados Unidos: “Si comenzamos por discriminar a los gays”, dice un personaje, “cualquiera puede ser discriminado por cualquier motivo” es el argumento principal del filme.

En cualquier caso, Van Sant no se muestra especialmente ácido ni virulento al hablar sobre la cuestión: “Me parecía importante hacer esta película porque muchos jóvenes no conocen a Milk y creo que su determinación puede servir de ejemplo a muchos. Pero no creo que vivamos tiempos especialmente intolerantes. Detecto en las nuevas generaciones una actitud muy abierta”. Ni siquiera la reciente aprobación de la Proposición 6, que prohibe los matrimonios homosexuales en California, es capaz de desanimar a Van Sant: “Hay una serie de sectores muy ruidosos que tienen mucha capacidad para movilizar a sus bases pero que no se corresponden con el sentir general. En realidad, el verdadero problema alrededor del matrimonio gay es la cuestión religiosa. Pero estoy convencido de que pronto las cosas se arreglarán”. De hecho, en su optimismo, Van Sant ni siquiera cree que los años retratados en la películas, los 70, de gran efervescencia política e intelectual, muy combativos y lúcidos en muchos frentes, sean mejores que los actuales: “No me gusta la nostalgia, me parece un recurso muy fácil. Con la elección de Obama hemos visto un gran compromiso de muchos jóvenes con su país. No vivimos tiempos peores”.

De hecho, Van Sant también opina que el cine está viviendo un gran momento: “Creo que el verdadero arte siempre logra salir adelante. Ahora Hollywood está sufriendo una evidente crisis de ideas pero entonces surge una cadena como HBO y el verdadero cine vuelve a salir adelante. No es importante que las películas cuesten 20 ó 100 millones de dólares sino el alma con la que están hechas, y en mi país sigue habiendo filmes con alma”.

Olvidado por los Oscar, Van Sant ha sido durante muchos años demasiado underground para la gran industria. Es curioso cómo el mejor retratista de los ambientes marginales que ha tenido Estados Unidos en las dos últimas décadas, ofrece una explicación pragmática sobre los motivos por los que sigue haciendo películas: “Empecé haciendo esto en los 80 y me costó mucho aprender pero ya no sé hacer otra cosa. Sería estúpido por mi parte dejarlo ahora que le he pillado el truco y consigo financiación sin problemas”. Genio y figura.

"Sin respiro", William Boyd

KEPA ARBIZU
Lumpen




A la hora de escribir un relato de espías se puede afrontar desde dos maneras muy diferenciadas. La primera sería hacer un análisis tanto de las consecuencias que tan peculiar oficio tiene en la persona concreta que lo ejerce y en su entorno particular, como el contexto histórico donde sucede tal hecho. John Le Carré y Graham Greene serían dos referencias válidas que optan por este camino. La otra opción es la de convertirla en una sucesión de acciones más o menos glamourosas sin indagar más allá, el mejor ejemplo sería Fleming. Por suerte “Sin permiso” opta por el primer camino.

William Boyd pertenece a lo que a mi juicio es la última, de momento, gran generación de escritores. A ella pertenecen nombres como Ian McEwan, Julian Barnes, Martín Amis, Hanif Kureishi, etc....Todos ellos tienen en común como rasgos esenciales, aparte obviamente de publicar sus obras en una época concreta, una literatura carente de excesivos adornos y centrada en un lenguaje sobrio, casi siempre adornado con cierto cinismo (más patente en algunos autores) con la intención de, en muchos casos, retratar una mirada critica del Reino Unido, donde se trasluce un amor/odio hacia dicho país.

El estilo personal de Boyd suele estar marcado por un humor negro muy peculiar, “El Armadillo” puede ser el mejor ejemplo. En esta ocasión, sin embargo, se decide por una escritura más ágil y elegante que encaja perfectamente con la historia, consiguiendo que el lector no se preocupe tanto por la extensión del libro, 500 páginas, sino por la necesidad de ir avanzando a grandes saltos por la narración.

Todo parte de un elemento obvio en este tipo de historias, el descubrimiento por parte de una hija de la doble vida de su madre. En consecuencia esto conlleva el desmoronamiento de la biografía familiar así como el del comportamiento monótono y convencional. A partir de ahí no sólo encontraremos el esclarecimiento de la vida pasada de la mujer sino los cambios que acontecen a su propia hija a la hora de acometer sus vivencias actuales. Pero sobre todo hay una desoladora muestra de la política, principalmente en época de guerra o de tensión, donde se muestran los intereses particulares, muchas veces viles, que hacen a rostros anónimos y neutrales verse involucrados en tremendos dramas.

La sensación de intriga y de ir desenmascarando los diferentes secretos está totalmente conseguida por el autor, aunque lo que hace atractivo al libro es, como dije en un principio, el análisis perfecto de los personajes, dejando bien claro y transmitiéndonos la desolación que les invade por las decepciones personales y por el gran engaño en que se ven inmersos. La pega precisamente surge en este punto, en la proliferación de personajes secundarios, muchos de ellos poco matizados y que no aportan nada al tono general, más bien al contrario, consiguen lastrarlo en algún punto.

¿Quién ha cerrado el grifo? (La guerra del gas)

ASTRIK DAKLI
Il Manifesto (Traducido para Rebelión por Gorka Larrabeiti)





¿Guerra del gas? Seamos serios: la guerra es otra cosa, como vemos todos los días en el martirio de Gaza. Aquí no hay masacres ni sangre: lo que ocurre es tan solo que media Europa -la balcánica más algunos países de la central y en parte Italia- se ha quedado desde ayer sin el gas ruso que suele calentarla, le permite comer comida cocinada y que sus fábricas funcionen. En realidad, nada demasiado grave, ya que hasta el momento: 1) la mayoría de los países afectados reciben gas de otros abastecedores distintos de Rusia; 2) el gas no es la única fuente de energía que emplean; 3) disponen generalmente de reservas de gas que pueden durar desde algunos días hasta muchas semanas (sólo Bulgaria y Macedonia parecen no disponer de ellas y se encuentran de hecho en peligro de una seria crisis, pues dependen casi totalmente del gas ruso).

Si bien es cierto que no hay de momento razón para una alarma inmediata, la mera idea de que cierren el grifo -unida al hecho de que Rusia está en el ajo, cada vez más etiquetada como potencial enemigo de Occidente- ha empujado a una competición para ver quién grita más; gritos a menudo partidistas e hipócritas. Muchos medios repiten obsesivamente esa cantinela de la administración Bush de que este asunto “hará más tensas las relaciones entre Rusia y Occidente”. No se entiende por qué no debería volver más tensas las relaciones con Ucrania, a menos que se acepte la idea de que para Washington y sus amigos más íntimos Ucrania es intocable en cualquier caso.

Sin embargo, en un caso como éste, no decantarse significa hacerlo claramente a favor de una de las partes: la ucraniana. En efecto, la responsabilidad de Kiev -más concretamente del presidente Yushenko, que combate también así una batalla personal contra su gobierno para mantenerse en la poltrona- en la controversia con Moscú sobre el precio del gas queda fuera de toda duda. En el plano comercial, Gazprom lleva razón: los ucranianos no han pagado todo el gas recibido y no quieren aceptar el precio que se les pide para el año entrante, pese a que sea la mitad del precio internacional (250 dólares por mil metros cúbicos frente a 450). Así pues, no es extraño que les corten el suministro en un contexto de mercado puro y duro. Si encima los ucranianos aprovechan el tránsito del gas ruso destinado a Europa a través de sus gasoductos para robar lo que les hace falta, está más que claro quién tiene razón.

Es lo que está pasando: de todo el volumen de gas que se bombea a los gasoductos, Gazprom ha cortado lo correspondiente al consumo ucraniano dejando tal cual el volumen correspondiente al consumo pagado por el resto de Europa, pero, igual que sucedió hace tres años en una crisis similar, a los consumidores europeos les han reducido el flujo de red de modo muy fuerte, o total, mientras que Ucrania mantiene su consumo sin variaciones. Todo ello lo admitió el ente del gas ucraniano, Naftogaz, aunque luego lo desmintiera de modo penoso Yushenko, el cual envió un mensaje a sus protectores (suponiendo que lo sean) de la UE para decirles que ni un metro cúbico del gas consumido estos días en Ucrania era gas ruso: todo ese gas se producía en Ucrania o lo habían comprado el año pasado y estaba almacenado en los depósitos de reserva.

Esta polémica absurda se sigue inflando de modo desmedido porque todas las partes, en un sentido o en otro, sacan tajada. Yushenko se aprovecha de ello para presentarse como el campeón de la Ucrania filo-occidental y anti-rusa, como el hombre que combate para defender los consumos, los bolsillos y las industrias de sus compatriotas de las garras del oso malvado del este; los países de la “Nueva Europa” ( Polonia, Chequia, Eslovaquia, Hungría, Rumanía, Bulgaria) se aprovechan para pedir a la UE “mano dura” contra la prepotencia de Moscú; en países como Alemania e Italia, la “guerra del gas” ofrece un pretexto magnífico para impulsar la energía nuclear y los regasificadores en las costas; Estados Unidos y Gran Bretaña ven que se revitaliza su proyecto moribundo de gasoducto turco-caucásico para esquivar Rusia; incluso la propia Rusia -más allá del interés obvio en que le paguen por lo suministrado- encuentra una ventaja colateral en la nueva tensión al alza que afecta al mercado mundial de la energía, empezando por los precios del crudo (que, de hecho, ayer superaron los 50 dólares por barril, después de muchas semanas) y siguiendo con las cotaciones del gas.

¿Cómo terminará la historia? En otras ocasiones, estas discusiones se resolvieron mediante un acuerdo, a menudo tan opaco como favorable a los traficantes de todas las raleas, ya sean rusos o ucranianos. Sin embargo, esta vez las cosas parecen bastante más serias, primero por la dificilísima situación política y económica de Ucrania. El país está en medio de una crisis dramática, con una moneda que ha perdido la mitad de su valor, muchísimas industrias nacionales paradas, el crédito congelado y las obras cerradas. El estado carece obviamente de los medios para afrontar el precio del gas ruso ni al precio antiguo ni al nuevo precio aumentado. En un año de extrema tensión electoral y de enfrentamiento entre las personalidades nacionales más altas, nadie querrá subir los precios de los consumos debido al riesgo de empeorar aún la situación económica y crear más desempleo.

Por otro lado, Rusia no es que esté mucho mejor: Gazprom ha perdido dos tercios de su valor de capitalización en 2008 y se encuentra ante la necesidad de encontrar dinero en metálico para invertirlo en nuevos yacimientos así como en el mantenimiento de las infraestructuras. La UE podría, al contrario de lo que dice, hacerse con un papel y encontrar, por ejemplo, el modo de garantizar los pagos ucranianos a Rusia: sería un modo positivo para aproximar hacia su esfera tanto a Kiev como a Moscú.