El talento desbocado por un ego autodestructor


JOSÉ MANUEL CUÉLLAR
ABC



Marlon Brando, el mito, la leyenda, el tótem de los actores y la vaca sagrada, nunca mejor dicho. De Brando se han dicho muchas cosas, sobre todo que era el actor representativo del Actors Studio, pero en realidad era lo que menos se parecía a esos productos sacados de la escuela fundada por Kazan y lanzada al estrellato por Strasberg. Actores imbuidos por el método, capaces de meterse a policías para hacer un papel de uniforme azul y luego no quitárselo para dormir.

A Brando le importaba bien poco todo eso. Tenía tal talento que le daba igual el método o el desmétodo. Los veteranos lo ganaron todo de él y los jóvenes se lo perdieron casi todo porque Brando, como le ha pasado a casi todos los grandes (Pacino, De Niro...), perdió el interés por el cine muy pronto, incluso antes que los que le precedieron.

Es sabido que a Coppola le creó innumerables problemas en la película, pero también le dio mucho. Llegó con un sobrepeso exagerado y además se había rasurado el pelo. Para colmo, ni se sabía las frases del guión y ni siquiera había leído «El corazón de las tinieblas», novela en la que está basada la película de forma parcial.

Entre tinieblas y oscuridad

Lo curioso del caso es que ambos tuvieron suerte. Para disimular la gordura del actor hubo que rodar entre tinieblas y oscuridad (dicen unos que por imposición del actor y otros que por iniciativa de Coppola), pero todos coinciden en que no fue una estrategia artística, sino para ocultar el lamentable estado de Brando, que, por cierto, no aguantaba a Dennis Hopper. Ese efecto tenebroso fue vital en el éxito de la película.

Con todo, el monólogo de Brando en esa escena, y la totalidad de su actuación, es un prodigio de grandeza inexplorada. En cada mirada turbia, en cada frase y en cada gesto destila toda clase de sensaciones: mezcolanza de miedo y ternura, de hartazgo, de infinita soledad y, sobre todo, de descorazonamiento ante el horror y la barbarie vivida.

Volviendo al rodaje, lo que resulta más sorprendente es que Coppola se quedase boquiabierto al ver el estado del actor cuando en realidad ya las había hecho de todos los colores. Es famosa la anécdota de «El rostro impenetrable», película que el mismo dirigió. Tuvo parado al equipo horas y horas a la espera de que las olas estuviesen totalmente calmadas. Aquello se volvía eterno hasta que el ayudante de dirección le tuvo que decir que estaba mirando por el visor equivocado. a lo que Marlon respondió: «Maldita sea, no me extraña que lleve una semana de retraso en el rodaje».

Sexualidad animal

Pero no fue la única. En otra película tenía que interpretar a un quemado. Brando había leído que los quemados se sienten como si estuviesen helados. Así que se puso a dormir en una cama de hielo. El problema es que no sólo se le había olvidado su parte del guión, sino que además cayó enfermo y el rodaje tuvo que retrasarse una semana. Lo cierto es que en su época de decadencia fue un desastre. En «La isla del doctor Moreau», se le volvieron a olvidar las frases del guión hasta tal punto que John Frankenheimer le colocó un transmisor y le iba dictando lo que tenía que decir. Tuvieron mala suerte porque en la frecuencia se les coló una emisora de la policía y Brando estuvo medio rodaje hablando de robos y persecuciones.

De cualquier forma, y a pesar de sus problemas de dicción, tenía un talento desmesurado y una confianza en sí mismo quizás excesiva. En su época dorada, y aisladamente después, logró actuaciones soberbias. Poseía una sexualidad animal y un carácter salvaje que aún le hacían más atractivo. Ganador de dos Oscar («La ley del silencio» y «El padrino»), acabó perdido en su ego, que era aún mayor que su talento, lo que le llevó a cometer toda clase de caprichos, indisciplinas y rebeldías absurdas, la mayoría sin causa. Dicen de él que no le caía bien a nadie, el clásico egomaniaco que cuando la película triunfaba era gracias a él y cuando fracasaba era culpa del guión, director, producción, historia....

“El cambio climático es una cuestión de poder político, de quién gana y quién pierde” , Larry Lohmann


ARLEN DILSZIAN
Transnational Institute




Larry Lohmann es un académico y activista que trabaja en Corner House, una ONG británica de investigación y solidaridad que apoya a los movimientos democráticos y comunitarios en favor de la justicia social y medioambiental. En esta entrevista realizada por Transnational Institute (www.tni.org), Lohmann comparte sus reflexiones sobre la crisis del cambio climático, al que, más allá de un problema ambiental, concibe como un problema político y social al que se intenta despolitizar, y analiza algunos de los retos del movimiento global de justicia medioambiental.

Estudias la forma en que la lucha contra el cambio climático se vincula con las luchas por la justicia social en el Sur y en los países industrializados...

El cambio climático es una cuestión social y, como tal, siempre estará vinculado a luchas concretas sobre la explotación de combustibles fósiles, la contaminación, la salud, la agricultura, los medios de vida, el acceso a la energía y muchas otras. Esto no siempre se entiende del todo, se tiene la impresión de que el cambio climático es un tema totalmente nuevo, “el peor problema al que se haya enfrentado jamás la humanidad”, “un problema para la ciencia”. En mi opinión, es importante ver el cambio climático como la continuación y la manifestación de algunos de los mismos problemas y fuerzas sociales con los que llevamos lidiando desde hace siglos. Se trata de una cuestión de poder político, de quién gana y quién pierde en lo que se refiere a acceso y derechos y, por lo tanto, debe conllevar luchas a favor de la democracia en todos los niveles.

El cambio climático se nos está presentando de forma despolitizada. ¿No es una estrategia para no abordar algunos de los problemas sociales más importantes que subyacen a esta crisis?

Hay constantes presiones para despolitizar el asunto de varias formas. Se nos suele presentar el cambio climático como un problema científico de moléculas. Los científicos nos dicen qué hacer, y después instituimos un supuesto procedimiento técnico para gobernar estas moléculas. ¿Quién decide qué medios vamos a utilizar para intentar estabilizar el clima? ¿Quién decide a dónde van las moléculas de dióxido de carbono? Estas preguntas se obvian.

Todos los problemas sociales y políticos que se derivan del cambio climático se han visto eclipsados por la jerga de la economía neoclásica. Por ejemplo, cuando lees los informes del organismo oficial de expertos que asesora a los negociadores de la ONU sobre el clima, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), ves que todo su marco está conformado por elementos de las ciencias naturales y la economía neoclásica. No hay ningún análisis político ni histórico sobre el origen del problema del clima. Incluso cuando intentan prever cuáles serán las repercusiones de ciertos niveles de emisiones en el futuro, el IPCC tiende a basarse desproporcionadamente en cosas como proyecciones de población, especulaciones sobre el crecimiento del PIB y variantes parecidas. Muchas de las ‘opciones’ que el IPCC presenta a los Gobiernos del mundo están basadas en un discurso que se ha visto secuestrado y dominado por los economistas ortodoxos. Desde el punto de vista intelectual y político, éste es un problema muy grave.

¿Qué papel desempeñan los consumidores de clase media occidentales en esta lucha contra el cambio climático?

Yo no veo que las clases medias de los países industrializados estén desempeñando un papel de liderazgo en la lucha, en parte porque han sido tremendamente desprovistas de poder en cualquier debate político. Esto es evidente cuando tienes en cuenta que lo que exige la crisis climática es una reestructuración de muchos aspectos de la sociedad, como la forma en que producimos la energía y pensamos sobre ella y la forma en que organizamos nuestros sistemas de transporte y comunidades. Habrá una mayor motivación entre las clases medias de las sociedades industrializadas para discutir los cambios que se deben producir, pero creo que es muy probable que el primer impulso para construir un movimiento más unificado proceda de personas con otro tipo de poder político, personas cuyos medios de vida están conectados de forma más inmediata con los problemas de la extracción y el uso de combustibles fósiles, así como con otros problemas que exigen un cambio estructural.

Por supuesto, la clase media en las sociedades industrializadas no es algo monolítico. Por ejemplo, las comunidades de clase media-baja, que están padeciendo problemas de contaminación y salud a causa del uso de combustibles fósiles disponen de una base más cercana para comprender la naturaleza del problema climático. Hemos visto este fenómeno en lugares como California, donde el Gobierno prevé construir 21 nuevas plantas de energía alimentadas con combustibles fósiles, y todas ellas sin excepción, creo, estarán ubicadas en comunidades más pobres de color. El movimiento por la justicia medioambiental en aquella zona no desea que esas plantas se construyan, y por eso ven el mercado de emisiones –que es el enfoque oficial al problema del calentamiento global– como una amenaza. Esto se debe a que el sistema de comercio de emisiones está concebido de tal forma que neutraliza las iniciativas para trabajar hacia otro tipo de economía, hacia una economía que no necesite que se construyan todas esas centrales y, en lugar de eso, por ejemplo, inyecte recursos en empleos comunitarios para modernizar los edificios ya existentes y conseguir que consuman menos energía. No es que el movimiento por la justicia medioambiental en California pueda ser tildado de movimiento de la clase media, pero se pueden establecer vínculos en la medida en que los problemas de contaminación y dependencia de los combustibles fósiles también afectan a la clase media.

Al mismo tiempo, resulta un verdadero problema que la creciente inquietud sobre el problema del clima entre las clases medias del Norte se encuentre principalmente localizada entre personas que no quieren hacer más preguntas estructurales –incluidos ecologistas tradicionales– y a veces ni siquiera desean cuestionar la dependencia de los combustibles fósiles. Son personas que están preocupadas por el calentamiento global pero que, seguramente, respaldarán las propuestas técnicas y de mercado presentadas por gobiernos, grandes empresas y economistas neoclásicos sin pensar demasiado en ello. Las clases medias en el Norte siguen estando bastante aisladas de posibles aliados en otros lugares.

Echar balones fuera para diluir responsabilidades

LARRY LOHMANN: El cambio climático es en esencia un problema que ha sido creado por los países tradicionalmente industrializados. Últimamente se ha producido un intento por cargar las culpas al otro, diciendo que China e India son en gran medida responsables de las emisiones, o que lo serán en el futuro, y que, por tanto, ‘nosotros’ no podemos hacer nada si ‘ellos’ no lo hacen también. “No hablemos sobre la historia”, argumentan, o “no hablemos sobre las realidades del poder; hablemos sobre el futuro de millones de chinos e indios que exigirán poseer un coche como un derecho inalienable, y que persiguen un estilo de vida tremendamente ligado al uso de combustibles fósiles”. Esa línea de argumentación pone en juego toda una serie de discursos políticos racistas y colonialistas. Es también importante analizar los patrones de consumo de combustibles fósiles desde una perspectiva global. ¿Qué se está produciendo exactamente en China con la quema de carbón de la que están hablando tantos entendidos? Una parte muy importante de esa actividad se está dedicando, y se seguirá dedicando, a producir bienes para el Norte industrializado.

Homenaje de creadores de todo el mundo a Martin Luther King, El Quijote americano


ANNA GRAU
ABC



Cae una hermosa nevada en Nueva York este tercer lunes de enero, fiesta federal en honor de Martin Luther King Jr. Aunque fiesta federal lógicamente significa -o debería- que es fiesta en todo el país, durante muchos años hubo partes de Estados Unidos que se resistieron como gato panza arriba a celebrarla. El último estado rebelde (Carolina del Sur) no claudicó hasta el 17 de enero de 2007. Más tarde de que el alcalde de la ciudad japonesa de Hiroshima, Tadatoshi Akiba, eligiera esta fecha tan señalada para honrar la lucha pacífica por los derechos humanos y civiles.

Este es sólo un ejemplo de cómo a veces los héroes de un país no le pertenecen sólo a él. Cuando hace dos años Cristóbal Gabarrón, presidente de la Fundación Gabarrón, con sede (entre otras) en Nueva York pero con origen en España, empezó a buscar apoyos para un homenaje artístico de gran magnitud a la figura de Martin Luther King Jr. seguramente no se imaginaba lo que se iba a encontrar. Seguramente ni en sus más audaces sueños se esperó que el «I Have a Dream» movilizara tanto, y hasta el último rincón del planeta.

Nadie lo esperaba

Para empezar hace dos años nadie esperaba que la inauguración de esta exposición en Nueva York se produciría sólo un día después de la toma de posesión de Barack Obama en Washington. «Esto le ha dado una nueva relevancia y significación», constata, y añade que «estoy convencido que el reto de la actualización del mensaje de King que lanzamos a los artistas y pensadores participantes en su día, tendría hoy una nueva lectura».

Salvando las distancias, pasó un poco como con la misma candidatura de Obama: la exposición creció y creció y creció, hasta devenir un movimiento de masas artísticas, ávidas de expresarse. Hablamos de setenta artistas plásticos que han aceptado el reto de reinterpretar el «Yo tengo un sueño» de Martin Luther King, cuarenta y cinco años después de que fuera formulado ante el mismo monumento a Lincoln en el que ahora Barack Obama recoge la antorcha.

En la exposición confluyen muchos amigos de cualquiera que siga el arte contemporáneo español: están Andreu Alfaro, Eduard Arranz Bravo, Cristóbal Gabarrón padre (cuya obra es la génesis de la fundación), Santi Moix, Carme Solé... La abundancia de paletas catalanas se explica por la participación del gobierno catalán y del Ayuntamiento de Sitges, que ha querido imprimir a esta exposición el indomable espíritu modernista del mítico Cau Ferrat de Santiago Rusiñol. Pero hay artistas procedentes de los cinco continentes. Entre ellos Louise Bourgeoise y Marienne Dumas, que han reinado este otoño en Nueva York, la una desde el museo Guggenheim, la otra en el MOMA.

El héroe estadounidense

La mareante suma de todos ellos se expone en The Carriage House Center for the Arts, el magnífico centro cultural que es la sede de la Fundación Gabarrón en Nueva York, bajo la batuta artística del comisario Gabi Serrano y la social de Ted Kheel, presidente del patronato de la Fundación Gabarrón en Nueva York y antiguo colaborador y amigo personal de Martin Luther King Jr. A él se debe la semilla que inspiró la idea de esta exposición, y que surgió hablándole a Cristóbal Gabarrón de la influencia de Gandhi en King y por extensión en toda la lucha civil norteamericana.

¿Significa todo esto que Martin Luther King ya es mucho más que un héroe en Estados Unidos? ¿Que es ya a todos los efectos un motor heroico y cultural para toda la Humanidad, el Quijote norteamericano? Cristóbal Gabarrón padre, el artista, llenó hace tres años Manhattan de esculturas que representaban el Quijote. Cristóbal Gabarrón hijo, el que mueve las montañas de esta exposición, parece ahora haber venido a cobrar una deuda. O a pagarla.

Un "Guantánamo" en Mauritania

ZOE LAMAZOU
Le Monde Diplomatique (Traducido para rebelión por caty R)




Tras el golpe de Estado que derrocó al presidente Sidi Ould Cheikh Abdallai, el 6 de agosto pasado, la comisión Europea ha suspendido una ayuda humanitaria a Mauritania por importe de 156 millones de euros. En cambio, en materia de lucha contra la emigración clandestina, la cooperación continúa. Ceuta y Melilla ya son prácticamente inabordables, por lo que la costa mauritana, desde donde se puede pensar que hay posibilidades de llegar a las Canarias, se ha convertido en un punto de partida privilegiado para los emigrantes del oeste de África.

Con su característico humor negro, los habitantes de Nuadhibu, ciudad portuaria situada a cuatrocientos setenta kilómetros de Nuakchott, la capital de Mauritania, han bautizado a sus barrios de bloques de hormigón desnudo con nombres de grandes capitales extranjeras: Accra, Bagdad, Dubai. Cuando en 2006, las autoridades españolas de acuerdo con el gobierno mauritano, instalaron en Nuadhibu un centro de retención para emigrantes clandestinos, rápidamente le encontraron un nombre: «Guantánamo».

Los edificios de una antigua escuela en las afueras de la ciudad, en la frontera del Sahara occidental, encierran a los que intentan la travesía hacia España a través de las islas Canarias, a unos ochocientos kilómetros al norte, en línea recta. A veces, los viajeros ni siquiera han abandonado la costa a bordo de largas piraguas de pesca tradicionales, cuando son apresados por los guardacostas mauritanos, secundados por la guardia civil española.

Tras los altos muros de hormigón coronados con alambradas se puede ver, a través de la uralita abierta, un gran patio de arena vacío. Al fondo un largo edificio rosado que antaño albergaba las aulas y a un lado dos aseos. Los habitantes del suburbio vecino entran y salen, aparentemente con libertad, para rellenar los bidones de agua en un grifo del centro. Dos jóvenes policías mauritanos montan la guardia, sin celo. Desde finales de junio hay una célula ocupada. Es una vieja aula de ocho metros por cinco, equipada con literas de campaña superpuestas. Una decena de hombres azorados emergen de las sombras. Casi todos se declaran malienses. Uno de ellos interpela al policía: «¿Cuándo nos repatriarán?», «No puedo responderle»; otro protesta: «Ya hace diez días que estamos aquí»; «Una semana», rectifica el guardia. Según el presidente del comité local de la Media Luna Roja, Mohamed Ould Hamada, se supone que los detenidos no pueden permanecer más de 72 horas entre los muros de la vieja escuela.

Un detenido, con un gesto explícito señalándose el estómago indica que tiene hambre. El más joven declara que tiene 18 años. Camina con dificultad porque tiene heridas las dos piernas. Todavía se pueden ver las heridas vivas a través de las vendas que le ha puesto hace unas horas un médico de la Cruz Roja española. El policía explica que una piragua que transportaba a sesenta y seis personas naufragó la semana anterior. «Murieron treinta, nos trajeron a los supervivientes. Sólo quedan una decena, a los demás los llevaron en autobús a la frontera maliense. A los que están demasiado enfermos para soportar los mil quinientos kilómetros de viaje los dejan aquí, esperando a que recuperen las fuerzas.

Las autoridades mauritanas organizan la detención y los devuelven a la frontera. Pero el centro no presta asistencia ni alimentación, son la Cruz Roja Española y la Media Luna Roja mauritana las que se encargan, y además reparten teléfonos móviles. También llegan al portal algunas almas caritativas con víveres. «Los españoles crearon este centro pero no han dado nada a Mauritania para gestionarlo. El problema es que nosotros carecemos de fondos», explica el encargado de los refugiados del ministerio del Interior.

En un informe de julio de 2008, Amnistía Internacional puso de manifiesto el tratamiento de la emigración clandestina en Mauritania e insistió sobre la arbitrariedad de las expulsiones colectivas y las condiciones de detención en «Guantánamo» (1). En Nuadhibu, las asociaciones de apoyo a los emigrantes se sublevan. Para Ahmed Ould Kleibp, presidente de la Asociación para la protección del medio ambiente y la acción humanitaria (Apeah), el centro «Es una auténtica prisión y las condiciones de detención son terribles. El representante de la Media Luna Roja niega esas declaraciones alarmistas; pero también confiesa que a su predecesor sus amargos comentarios le costaron el puesto. Ould Hamada se preocupa sobre todo por las condiciones de reconducción a la frontera: «En la ruta, de Nuadhibu a la frontera senegalesa o maliense, los emigrantes no reciben ninguna asistencia». El ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, en una visita oficial a Nouakchott el 8 de julio, prometió que una delegación de su ministerio, acompañada por ejecutivos del ministerio del Interior, visitaría el centro «Para seguir de cerca la cuestión de los derechos humanos».

De octubre de 2006 a junio de 2008, seis mil setecientas cuarenta y cinco personas han pasado por el centro de detención, es decir, unos trescientos al mes como promedio, según las cifras de la Cruz Roja española. El mes de julio pasado, el número de detenidos subió a quinientos. Desde 2005, año marcado por una intensificación de la represión, el paso hacia Europa está controlado de forma más rigurosa en el estrecho de Gibraltar, donde sólo quince kilómetros separan Marruecos de España. Los enclaves españoles de Ceuta y Melilla se han convertido prácticamente en inaccesibles y casi todos los campamentos informales de emigrantes instalados en las afueras de estas ciudades han desaparecido.

Ahora las piraguas salen de la costa sur de Marruecos, de Tarfaya, El Aiún y Dakhla. Las salidas clandestinas se hacen a veces todavía más al sur, hasta en San Luis y Dakar, en Senegal, para llegar al territorio español de las Islas Canarias, después de mil quinientos kilómetros de navegación. El viaje es todavía más peligroso porque las piraguas alargan el trayecto, ya muy largo, para evitar las aguas territoriales vigiladas, antes de virar al final del camino hacia las islas más occidentales del archipiélago canario.

A medio camino entre África del oeste y el Magreb, Nuadhibu está considerado como un punto de partida privilegiado. La sección mauritana Nouakchott-Nuadhibu de la carretera transahariana que une Senegal con Marruecos, finalizada en 2004, sigue estimulando los movimientos migratorios hacia el puerto, donde las industrias pesquera y minera, desde principios de los años 50, atraen a los trabajadores subsaharianos.

Fue en 2006 cuando España, en respuesta al aumento repentino de los desembarcos clandestinos, reactivó un acuerdo de readmisión firmado con Mauritania tres años antes: cualquier persona que presuntamente haya pasado por territorio mauritano para llegar ilegalmente a Canarias, obligatoriamente será reenviada a Nuakchott o a Nuadhibu.

Cada semana una salida de piragua

«Guantánamo», en realidad, no es más que una parte de un dispositivo disuasorio. Desde abril de 2006 se estableció un sistema de control en Nuadhibu por la agencia europea Frontex, encargada del control de las fronteras exteriores de la Unión Europea. En este contexto dos «estrellas»: un avión de vigilancia y un helicóptero están a disposición de las autoridades mauritanas. La cooperación con los países llamados «de origen» o «de tránsito» de los emigrantes clandestinos está en el centro de las políticas europeas promovidas especialmente por Francia y España. El «Pacto europeo sobre la emigración», presentado el 7 de julio por el ministro francés de Inmigración e Identidad Nacional, Brice Hortefeux, a su colegas de Justicia y Asuntos Interiores de la Unión, así como el proyecto de Unión para el Mediterráneo impulsado por Nicolas Sarkozy, incluyen el refuerzo de este tipo de acuerdos, así como el papel del Frontex.

En respuesta a las recientes críticas de Amnistía Internacional, el Secretario de Estado español para la Seguridad, Antonio Camacho Vizcaíno, señaló que «(España) no ha presionado en ningún momento a Mauritania ni a ningún otro Estado soberano para que endurezcan sus políticas en materia de inmigración». Esto, según el periódico El País (2),no impidió que su gobierno, por la suma simbólica de 100 euros, entregara tres aviones de vigilancia C-212 a Senegal, Mauritania y Cabo Verde.

En Mauritania, esta obsesión por la seguridad alborota a las asociaciones locales sin disuadir a los «clandestinos». «Hay por lo menos una salida de piragua por semana, es un secreto a voces», declara Ba Djibril, periodista de Nouadhibou y secretario general de Apeah. «Los emigrantes se instalan aquí para trabajar, a veces a largo plazo, pero para ellos la salida hacia Europa es una certeza». La geógrafa y profesora de la Universidad de París Este Marne-la-Valle, Armelle Choplin, señala que «entre los veinte mil extranjeros que viven en Nuadhibu, no todos quieren partir». «Sin embargo, explica, es difícil establecer las categorías de emigrantes. Los que creen que sólo van a estar de paso en Nuadhibu también pueden ser acorralados y deciden establecerse de forma duradera, mientras que el extranjero que no tiene como proyecto la travesía hacia Europa puede decidir de repente tentar a la suerte si se presenta una oportunidad». En 2008 estamos muy lejos de las cinco partidas por noche reveladas por la geógrafa hace dos años. Pero, según ella, «El dispositivo de control establecido por la Unión Europea opera a manera de filtro más que de obstáculo».

En Nuadhibu, los relatos de travesías clandestinas no se agotan. Por supuesto hay quienes no quieren volver a oír hablar de Europa. Salimata comercia con pescado seco entre Nuadhibu y Dakar. Como otros senegaleses, malienses o guineanos que viven desde hace años en Nuadhibu, no tiene intención de abandonar Mauritania. «Mi marido y mi hijo de 9 años murieron en el mar, ¿cómo voy a querer también partir? Mi marido trabajaba en el puerto. Un día fue a verle un hombre y le propuso ir con él capitaneando una piragua hacia Europa. Le dijo que los españoles necesitaban trabajadores para la cosecha. Intenté disuadirle, pero partió llevándose a nuestro único hijo. Pensaba que la Cruz Roja se ocuparía del niño, que le darían estudios…»

Pero, para la mayoría, la represión y los cadáveres que aparecen en la costa no empañan el sueño. Algunos han fracasado varias veces, engañados por los traficantes o detenidos por la policía. Después del tiempo necesario para reunir el importe del pasaje –que puede llegar a 1.000 euros-, algunos vuelven al mar. «He intentado la travesía dos veces, con mi hijo de 2 años y medio. La primera vez nos perdimos en el mar. Navegamos durante cinco días y regresamos. La segunda vez, los guardacostas marroquíes nos apresaron», cuenta Aissata, una guineana de 27 años. Preguntada por su determinación, responde riéndose: «Usted sabe, es una elección entre el sufrimiento y la muerte»

El imposible saber el número exacto de las desapariciones en el mar. El gobierno español avanza la cifra de sesenta y siete cadáveres encontrados a lo largo de las costas de la península Ibérica y las islas Canarias en 2007; pero el número de fallecidos estimado es mucho mayor. A pesar de las tragedias, algunas historias con final feliz son suficientes para apoyar el mito de la partida fácil. «Los que quieren partir se fijan en la experiencia de los que llegaron a España, no en los náufragos o los detenidos, dice Djibril. Y otros emigrantes llegan a Nuadhibu atraídos por un sueño de una fuerza irresistible, como testimonia Salimata: «Les dicen que desde aquí se pueden ver las luces de Europa reflejadas en el agua».

(1) Amnistía Internacional, «Mauritania; “Nadie nos quiere”. Detenciones y expulsiones colectivas de emigrantes clandestinos en Europa», informe AFR 38/001/2008, Londres, 1 de julio de 2008.

(2) Tomás Bárbulo «España despliega en África una armada contra los cayucos», El País, Madrid, 17 de julio de 2008.