La discreta podredumbre de la clase trabajadora

La novela retrata a la insatisfecha sociedad estadounidense de los años 50. Escrita por Sloan Wilson, no se reeditaba en España desde 1980. Reflexiona sobre las frustraciones del trabajo y el matrimonio. Su huella se percibe en 'Vía Revolucionaria' y en la serie 'Mad Men'


FRAN CASILLAS
El Mundo



Tom y Betsy Rath son un matrimonio joven y guapo. Tienen tres hijos adorables y el sueldo que él gana trabajando en una fundación benéfica les permite sobrevivir a fin de mes sin excesivos apuros. Podrían ser felices en su casa de barrio residencial, pero el desconchado de la pared o las malas hierbas del jardín corroen sus entrañas. Guardan la íntima convicción de que son especiales, y "en Greentree Avenue el que se da por satisfecho se gana el desprecio de los demás".

Libros del Asteroide ha rescatado 'El hombre del traje gris', novela de Sloan Wilson que no se reeditaba en España desde 1980. La obra se había publicado originalmente en los años 50, marcando un hito por su retrato con bisturí de la sociedad estadounidense y su amargura congénita tras la Segunda Guerra Mundial.

Tom Rath ha logrado inocular sus recuerdos de los combates en Europa y el Pacífico. Mató a 17 hombres, pero eso no es más que una cifra en su catálogo de sentimientos aletargados. Sobrevivió al infierno y regresó al hogar para emprender una existencia monótona e indolente al lado de Betsy.

Cada mañana coge el tren desde Connecticut a Nueva York para sumergirse en otra jornada de extraordinaria insignificancia y continuar alimentando el humo al que anuda sus sueños. Porque la ilusión ha muerto y sobre su tumba baila el materialismo, el deseo de "comprar una casa más cara y una marca de ginebra más buena".

'En realidad, no importa. No pierdo nada'

Esa ambición propicia que Tom abandone su puesto en la institución caritativa. Decide probar fortuna en la United Broadcasting Company, y acaba ayudando al presidente de la compañía a lanzar una plataforma para la mejora de la salud mental. "¡Siempre me ha interesado la salud mental!", proclama Tom en un ridículo arrebato de servilismo. Hilarante.

Cuando por fin se mudan, los Rath aprender a "identificar pesimismo con sabiduría". Acumulan facturas y desengaños. El dinero no es la meta, sino un camino infinito que fagocita el espíritu de Tom. Este antihéroe, embutido en su anodino traje de franela gris, debe realizar equilibrismos sobre la delgada línea que separa el conformismo de la frustración.

Y cada vez que los episodios domésticos o laborales orbitan hacia el desastre, Tom repite su letanía trifásica: "En realidad, no importa. No pierdo nada. Será interesante ver lo que sucede".

Lo que sucede es que los fantasmas de la guerra comienzan a asediarle, conviviendo con destellos de consciencia de su propia miseria. Sin apenas darse cuenta, Tom y Betsy se han convertido en un matrimonio 'WASP' emocionalmente anestesiado. Incluso se han olvidado de llorar. ¿Estarán aún a tiempo de cambiar y ser felices?

Precursor de 'Revolutionary Road' y 'Mad Men'

Sloan Wilson construye un monumento a partir de las ruinas de la vida cotidiana. 'El hombre del traje gris' es un relato sutil, sin estridencias, donde los ínfimos detalles provocan una cascada de dilemas y sensaciones irrefrenables.

El autor traza con agilidad un mapa de ese desencanto que contaminaba el aire en los 50. Realiza una soberbia introspección en las relaciones laborales, traza paralelismos entre el escepticismo ante el futuro y el dolor de la nostalgia, y reflexiona sobre los cimientos del matrimonio y el amor de juventud.

Las páginas de Wilson cobraron vida en el celuloide de la mano del director Nunnally Johnson, con Gregoy Peck y Jennifer Jones como intérpretes principales. El éxito de novela y película abrieron un camino que luego seguiría el escritor Richard Yates con 'Vía Revolucionaria', adornada con un dramatismo efectista que Sam Mendes sobreexplotó en la reciente versión fílmica.

Las preocupaciones esenciales que refleja Wilson en su libro continúan vigentes, y de ellas se nutre por ejemplo la aclamada serie 'Mad Men'. Don y Betty Draper son una extrapolación de Tom y Betsy Rath.

'El hombre del traje gris' se convirtió en un modismo usado para designar a esos ejecutivos colosales en los rascacielos neoyorquinos y títeres infelices en sus casas de las afueras. La novela se reviste de comedia costumbrista para administrar fuertes dosis de angustia y cinismo. Habla de amor, de justicia e insufla vientos de esperanza. ¿Qué mas razones se necesitan para leerla? En realidad, no importa. Aunque se pierda mucho. Porque es muy interesante ver lo que sucede.

Los Stones y el álbum que fundó el blues inglés


ALFREDO ROSSO
Con-secuencias




El tiempo: primeros años ’60; el lugar: Inglaterra. Una isla que empezaba a sacudirse, por fin, los últimos resabios de las privaciones de posguerra. El racionamiento de comida y de energía eléctrica ya era un recuerdo; cercano, pero recuerdo al fin. La reconstrucción edilicia en las principales ciudades del país, duramente afectadas por la aviación nazi, avanzaba ahora a paso acelerado. En las artes, una nueva generación, cuestionadora y con ansias de renovación, se abría paso a través del tradicional espíritu conservador británico. En la música, estaba por producirse una auténtica revolución: la del blues blanco inglés. Aunque el símbolo máximo de la nueva música popular inglesa eran los Beatles, desde Londres crecía otra marea musical que también iba a tomar por asalto al mundo en las décadas venideras. Y los Rolling Stones fueron su barco insignia.

Todo empezó con Alexis Korner, un cantante y guitarrista que había llegado a Inglaterra desde París con su familia en los ’40 –tenía ascendencia turca, griega y austriaca- y había descubierto el blues en plena eclosión de la Segunda Guerra Mundial. En los ’50 comenzó a tocar blues en clubes y salones de baile, actuando como invitado en la orquesta de jazz de Chris Barber, ya que en aquel entonces la única música popular masiva en Inglaterra era el jazz de las grandes bandas. A fines de la década, sin embargo, Alexis había convencido a otro entusiasta del blues, el armoniquista Cyril Davis de formar un conjunto de blues, la Blues Incorporated. Haciendo todo a pulmón, desafiando la desconfianza y la reticencia de los jazzeros, que miraban al blues con un dejo de desprecio, se hicieron de un espacio propio en el club Ealing, de la zona de Richmond, en el suroeste de Londres y al poco tiempo habían conseguido el aporte de nuevos músicos, mucho más jóvenes. Un cantante del mismo barrio, llamado Mick Jagger; sus amigos Keith Richard y Brian Jones, que tocaban la guitarra eléctrica al igual que un nativo de Yorkshire llamado John McLaughlin, dos bateristas, Charlie Watts y Peter “Ginger” Baker; Dick Heckstall-Smith y Graham Bond en saxos y Jack Bruce en el contrabajo. El repertorio de la Blues Incorporated se basaba en covers del blues eléctrico de Chicago y algunas otras composiciones aún más antiguas. Todavía estaba fresca la memoria de la primera visita de Muddy Waters a Inglaterra, a fines de los ’50, de modo que no es de extrañar que una de las primeras –y escasas- grabaciones de la Blues Incorporated fuese un tema de Willie Dixon que hizo famoso Muddy, “I’m a hoochie coochie man”, que se encuentra en casi todas las antologías de Alexis Korner.

Alexis era un hombre generoso que, lejos de querer atar a sus músicos con contratos y obligaciones de fidelidad, los alentaba a que formasen sus propias bandas, de allí que la alineación de la Blues Incorporated fluctuase continuamente. Del riñón de esta banda pionera saldrían la Graham Bond Organisation (con la futura base rítmica de Cream, Jack Bruce y Ginger Baker), los Pretty Things y, por supuesto, los Rolling Stones. Es curioso ver la actitud que estos jóvenes ingleses tenían frente a la música que interpretaban en aquellos días. Amaban el blues y el rhythm and blues estadounidense y además consideraban una medalla de distinción de distinción el poder tocar esa música con autoridad y destreza. Los Rolling Stones tenían la capacidad y también la energía como para hacerlo y en su primitivo repertorio abundaban temas de Bo Diddley, Chuck Berry y Muddy Waters y su primer territorio musical fueron clubes londinenses como el Crawdaddy –propiedad del promotor pionero Giorgio Gomelsky- y, ya con Andrew Loog Oldham como manager, el Marquee, quizás el local de mayor distinción y credibilidad de la capital inglesa en aquellos días.

Conseguir un contrato de grabación en aquellos días no era sencillo. Los charts británicos estaban dominados por un pop inconsecuente y –aunque los Beatles tallaban cada vez más fuerte con sus primeros hits nacionales- la música de blues sin concesiones que hacían los Rolling Stones todavía era una gran incógnita en términos de su potencial comercial. El grupo, que por entonces tenía al guitarrista Brian Jones como líder musical, seguido de cerca por Mick Jagger y Keith Richards, grabó unos primeros demos en los estudios IBC de Londres como para tener qué ofrecer a los sellos grabadores de entonces. Las sesiones tuvieron lugar entre el 28 de enero y el 2 de febrero de 1963 y los temas elegidos fueron “Diddley daddy” y “Road runner”, de Bo Diddley, “Bright lights, big city”, de Jimmy Reed y dos composiciones del gran compositor y productor de Chess, Willie Dixon: “I want to be loved” y “Baby, what’s wrong”. A pesar de la inexperiencia en el estudio, estos temas ya muestran, en bruto, el potencial musical que la banda desplegaría en años venideros, y que también puede detectarse en la sesión que grabaron meses después para el programa “Saturday Club”, de la cadena radial BBC, con dos temas de Chuck Berry, “Memphis, Tennessee” y “Roll over Beethoven”.

Por aquel entonces, el ejecutivo de Decca Records que había cometido la “gaffe” de rechazar a los Beatles no cometió el mismo error dos veces y fichó a los Rolling Stones ni bien escuchó los demos que le acercó Andrew Loog Oldham. Decididos a no hacérsela muy difícil al público en su primer esfuerzo vinílico, los Stones debutaron con un tema más facilón de Berry, “Come on”, pero a la hora de grabar su primer larga duración, la premisa fue no hacer concesiones. Es así como, a fines de abril de 1964 (fines de mayo en Estados Unidos) apareció uno de los álbumes debut más significativos e influyentes del rock y el blues inglés. Se tenían tanta fe a esa altura que –en la edición original del disco- aceptaron el artilugio publicitario de Oldham de no poner más que una foto de la banda en la portada, rechazando una de las reglas de oro de la industria discográfica en aquel momento, que era poner bien grande el nombre de la banda y el título del álbum, además de destacar los hits potenciales que contenía. De hecho, el nombre oficial del larga duración, según la contraportada, era simplemente “The Rolling Stones”; nada más… y nada menos.

El disco comenzaba con "Ruta 66", de Bobby Troup, un compositor, pianista y cantante que había escrito temas para Frank Sinatra, Nat King Cole y varias bandas de película. "Ruta 66" fue uno de esos temas que, al igual que "Gloria" y "Louie Louie" se convertiría en materia obligatoria para las bandas de garaje de los 60 pero que, en un principio de hizo famoso en la interpretación de Chuck Berry. Después venía un tema que estuvo mucho tiempo en el repertorio escénico de los Rolling Stones y que también ha sido inmortalizado en la retina de sus fans por un par de videos en el que se los ve con el look de sus primeros tiempos interpretándolo para la televisión inglesa y estadounidense: fue el clásico de Willie Dixon "I just wanna make love to you" que dio a conocer al mundo en un principio el gran Muddy Waters. El arreglo más rápido y enérgico de los Stones demuestra claramente que la banda no era meramente una imitación con papel carbónico de sus ídolos sino que podían inyectarle su personalidad al material ajeno.

Otro de los temas elegidos por los Stones para este primer LP fue "Honest I Do", perteneciente al cantante, compositor y armoniquista de blues Jimmy Reed quien tuvo un puñado de éxitos para el sello Vee Jay en los años 50 y 60 y también compuso el tema "Baby, what you want me to do" grabado por Elvis Presley. En este caso la versión de los Stones guardaba una delicada fidelidad con respecto a la original. En este primer disco los Stones ratificaron una vez más la gran admiración que sentían por otro gran representante de la escena de blues estadounidense, Elias McDaniels, mejor conocido como Bo Diddley. El cantante, compositor y guitarrista de la famosa guitarra rectangular, con su estilo entrecortado y el uso habitual del slide, fue uno de los músicos de los ‘50 de mayor influencia en la escena joven inglesa. En este álbum los Stones reproducen respetuosamente su tema "Mona, I need you baby".

Si bien el principal referente de los Rolling Stones en estos primeros tiempos de su carrera fue el blues de Chicago, el grupo también estaba abierto a otras influencias, entre ellas la de la música soul, cuyo epicentro se encontraba en las ciudades de Memphis y Detroit. El cantante Rufus Thomas fue una de las estrellas que afirmó la música de Stax, el gran sello de Memphis y su hit más recordado fue “Walking the Dog”, al que los Rolling eligieron para concluir este primer larga duración. Marvin Gaye, por su parte, fue uno de los personajes fundamentales del soul de Detroit que era sinónimo del sello Tamla Motown. Los Rolling iban a regresar en varias ocasiones en busca de material de Motown para sus álbumes y en esta primera ocasión eligieron ese tema de los compositores Holland, Dozier y Holland, “Can I get a witness”.

Conciente de las ventajas de componer material propio, el manager y estratega de los Rolling Stones, Andrew Loog Oldham, presionó desde el principio a Jagger y Richards para que escribiesen temas juntos. Los intentos de Mick y Keith en este primer disco son algo tibios todavía pero se hacen presentes con la balada "Tell me you're coming back", donde Richards hace coros y toca guitarra de 12 cuerdas y en "Little by little", donde comparten créditos de composición con el productor Phil Spector. Por otra parte el tema "Now I've got a witness like uncle Phil and uncle Gene" fue una simple zapada instrumental que se dio en el estudio mientras se grababa el tema de Marvin Gaye, de allí que le hayan puesto un título parecido.

Pero si bien el manager Oldham tenía otros planes para los Stones, como el querer instalarlos en el circuito pop como la antítesis de los Beatles, por el momento los Rolling conservaban un espíritu blusero notablemente purista. Si su imagen escénica era percibida como amenazante, tenía que ver más con la sensualidad y sexualidad natural de la música y las letras sugestivas de los temas como la del bluesman Slip Harpo, “I'm a king bee”, cuya letra decía: “Soy el rey abeja, tengo un aguijón que pica muy lindo y puedo hacer rica miel, nena, déjame entrar”. La versión de los Stones conservaba mucho de desaforada libido del original.

El repertorio de este primer álbum stoniano se completaba con una balada clásica, ideal para el registro de Jagger, “You can make it if you try”, del compositor y productor de Nashville Ted Jarrett, y con “Carol”, otro clásico de Chuck Berry que continuaría durante años en el repertorio del grupo, al punto que volverían a grabarlo –esta vez en vivo- en el álbum que testimonia la gira de los Stones por Estados Unidos en 1969, “Get Yer Ya-ya’s Out”. Vale la pena aclarar que, en la edición de vinilo, el ejemplar estadounidense difería levemente del inglés, excluyendo el tema "I need you baby (Mona)" en favor del clásico de Buddy Holly "Not fade away", que fue un éxito en single para los Stones. La versión USA es la que ha prevalecido en la versión actual en formato CD, que también alteró la tapa original, sobreimprimiento la leyenda "England's Newest Hit Makers" sobre el nombre de la banda.

Crudo, lírico, sensual, excitante, este primer álbum de los Rolling Stones -que en estos días cumple 45 años- echó a rodar la bola del blues y el rhythm and blues inglés y ya no hubo forma de mirar atrás. En los meses siguientes seguirían su ejemplo los Yardbirds con “Five Live Yardbirds”, los Pretty Things con su homónimo disco debut y los Kinks con el larga duración que lleva su nombre como título. Años sucesivos verían debutar a los Who con “My Generation” y también a la banda de John Mayall alcanzar el pico álgido del género con “Bluesbreakers”, el álbum que le mostró al mundo, por primera vez, el tremendo potencial del guitrrista Eric Clapton. A esa altura, el blues blanco inglés ya era una realidad irrefutable, y los Stones habían señalado el camino.

Escribir 'mal' para lograr una obra maestra

'Las primas' de Aurora Venturini, un descubrimiento sorprendente y una novela increíble

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Soitu



Lo mejor que le puede pasar a un buen lector es sentirse perplejo e indefenso al inicio de un libro. Empezar a leer y darse cuenta enseguida de que esa novela se sale del 'érase una vez…' con final feliz, personajes estereotipados y una escritura que no pasa de ser sencillamente correcta, sin más. Lo que todos esperamos es que nuestro horizonte de expectativas cambie de pensar que estamos empezando 'una novela más' a sentir que nos enfrentamos a algo distinto e importante.

Y así, completamente absorbido, sin poderme permitir respiros ni pausas, leí ‘Las primas’ de Aurora Venturini (Caballo de Troya , 2009). Y desde entonces trato de encontrar las palabras que logren expresar el desconcierto y la emoción de quien abre un libro casi por casualidad y acaba convencido de su excepcionalidad. Este artículo es mi intento por lograrlo.

‘Las primas’ es una auténtica locura que nos hace sonreír y a la vez excusarnos diciendo que no nos pasa nada, que se nos ha debido de meter algo en el ojo. Pero si digo que cuenta la historia de una peculiar familia, disfuncional a su modo, me diréis que al fin y al cabo ese no deja de ser un tema literario bastante recurrente, tratado en infinidad de ocasiones, interesante, pero con grandes ejemplos en la historia de la literatura. Alguno, además, volverá a caer en el tópico de repetir aquello de que "todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz…" que escribió el ruso.

Pero deberíais creerme si os digo que en la peculiaridad y la desgracia de esta familia puede encontrarse el origen de aquello que hace a esta novela deslumbrante: se trata de una 'gens derrengada y degenerada', de 'semivivos', por utilizar los términos que aparecen en la novela, en que cada tía y cada prima arrastran su particular grado de deficiencia mental y hasta de deformidad física. Entre esta estirpe marcada por la fatalidad asoma la voz de Yuna, una niña con cierto retraso mental que se empeña —a pesar de las dificultades que le son propias— en sentarse a escribir por su cuenta y contarnos lo que sucede en su familia. Y aquí sí podemos hablar de cierta 'normalidad': odios, recelos, embarazos no deseados, el descubrimiento de la sexualidad propia…

Yuna parece una niña con corbata pintada por Modigliani perdida en medio del rodaje de la mítica película de Tod Browning 'Freaks. La parada de los monstruos'; pero ella no se siente 'uno de ellos' y se empeña por todos los medios en salir de allí. El descubrimiento de la pintura como medio de expresión de sus sentimientos le permitirá llevar a su propio mundo acontecimientos e imágenes fijas instaladas en su cabeza.

Lo ideal —y no es comodidad por mi parte— sería que no contara nada más, ni de lo que sucede en la novela, ni de la peculiar voz de Yuna como narradora del mundo que le rodea y le cuesta comprender, porque artículos como éste pretenden incitar a su lectura, a descubrir una novela que si fuera sólo cuestión de calidad estaría a día de hoy en boca de todos. Pero aún así, algo más se me escapará al respecto… estoy convencido de que ‘Las primas’ será una de las novelas del año, y me costaría callarme ahora mismo.

Para Yuna es tan inmediata la realidad y tan incompresible (aprenderá a leer la hora en los relojes de aguja a los veinte años), como urgente su necesidad por escribirla. Su empeño autodidacta por articular lo que su cabeza piensa de una forma completamente acelerada y sin orden alguno con su escritura lenta y esforzada por lograr cierta 'normalidad', le obligan a saltarse muchas convenciones literarias: puntuación, asociación de ideas… Y cuando Yuna, incapaz todavía de manejar algunos términos abstractos, necesita alguna palabra no tiene rubor en acudir al diccionario y confesarlo abiertamente al lector.

Ya en la primera página encontramos, después de creer que por despiste editorial se han saltado un par de comas necesarias según nuestra costumbre de lectores, una curiosa asociación de ideas, impensable en un texto 'académico'. Iremos descubriendo que la forma que tiene Yuna de contar las cosas no es normal. Al referirse a su madre dice:

"En tercer grado la llamaban la señorita de tercero pero estaba casada con mi papá que la abandonó y nunca volvió a casa a cumplir obligaciones de pater familiae. Ella asumía tareas docentes turno mañana y regresaba a las dos de la tarde"

Aurora Venturini ha logrado escribir tan mal para poder plasmar los movimientos de un cerebro ajeno a la normalidad, presentando una novela increíble y maravillosa que obliga al lector desde la primera página a adentrarse en un mundo absolutamente desconocido. En mi modesta opinión: una obra maestra.

Por eso mismo, cuando esta osada novela ganó el Premio Nueva Novela convocado por el diario argentino Página 12, el jurado pensó que sería obra de algún joven vanguardista y atrevido, en una broma de Vila-Matas o algo por el estilo, pero nunca que viniera de la mano de una mujer de 85 años llamada Aurora Venturini.

De hecho, yo no logro imaginarme a Vila-Matas escribiendo ‘Las primas’. Es imposible. Admiro su escritura y conozco sus virtudes, pero no parece capaz de escribir algo así; aunque tuvo el enorme acierto de decir que quizá tras el manuscrito pudiera ocultarse el prolífico autor César Aira disfrazado de loca faulkneriana, porque eso mismo es ‘Las primas’. Nadie puede perderse esta novela.

Más literatura argentina

A pesar del tamaño descomunal de esta obra (hablo de calidad, no se asusten porque no alcanza las 200 páginas), no quiero que ensombrezca del todo otra muy buena novela que la editorial Caballo de Troya ha incluido dentro de lo que han llamado 'Primavera Argentina': una muestra de la actual narrativa argentina 'resumida' en seis libros de cinco autores. ‘Las primas’ y ‘Opendoor’ de Iosi Havilio son las dos primeras novelas, que continuarán llegando a las librerías españolas durante este mes de mayo y junio.


‘Opendoor’ —les prometo ser breve— es una estupenda novela que ha logrado recordarme al delirio de las mejores narraciones de Haruki Murakami (para mi gusto: ‘Crónica del pájaro que da cuerda al mundo’). La desaparición de una persona cercana conducirá a la protagonista a vivir situaciones del todo impensables un día antes: su propio comportamiento parece alterado, quizá por algo tan incomprensible y misterioso como lo que hace actuar al resto de personas que conocerá. Eso sí, cambiando los gatos —tan del gusto del japonés— por el caballo del inicio de esta novela.

"Se me hacía todo tan raro, tan nuevo, tan pasajero", se confiesa a sí misma la narradora. Y es extraño el erotismo soterrado que aprovecha cualquier ocasión en la novela para aflorar a la superficie. Y es misterioso el lugar: Opendoor es una especie de pueblo dentro de otro pueblo, donde se desarrollan por igual todas las actividades normales y necesarias para el funcionamiento de una colectividad, pero con la peculiaridad de que se trata en realidad de un hospital de insanos, de alienados, que practica una experimental política de 'puertas abiertas' y de aparente 'normalidad'. Déjense llevar por el delirio de lo insospechado y disfrútenla.