Idealipsticks, entre la rabia y la chulería

El dúo formado por Eva y Jave sorprende con 'Radio days'



ALEJANDRO ARTECHE
Soitu



Dicen que los 90 están de moda y que hay que reivindicarlos. Uf, que pereza.

Los 90 estarán todo lo de moda que los coolhunters quieran, pero resulta curioso que los discos más sorprendentes, interesantes y salvables que estoy escuchando últimamente tanto españoles como internacionales, tienen raíces en los sonidos ochenteros. No hablo de la decadente segunda mitad de la década, me refiero a los primeros 80. Hasta el 83 más o menos y que también recogería el final de los 70. Es decir, power pop, new wave, tecno, rock n roll, punk… De lo bueno lo mejor, vamos.

Eva y Jave forman el dúo Idealipsticks. Ella nos recuerda a una aniñada Christina Rosenvinge de la época de Alex y Christina con sobredosis de maquillaje. En las fotos posan como una pareja cool de Nueva York, aunque vengan de Guadalajara, y se rodean de imaginería post punk de la Rusia comunista como hoces y martillos reconvertidos en barras de labios. Muy Malcolm McLaren todo.

Sus maquetas en inglés se han oído en la radio y sorprendido a los oyentes por la frescura de su sonido. Sus canciones eran ecos de un pasado cercano, pero sonaban actuales y cañeras, tanto que a finales del 2008 quedaban en el segundo puesto del programa de Julio Ruiz en las votaciones de los oyentes. Y de ahí para delante sin retroceder ni para coger impulso.

La publicación de su primer disco, 'Radio days' en cd y una edición especial en vinilo rojo transparente, es su carta de presentación en las tiendas desde hace escasas semanas. Con el acompañamiento de Alfonso González al bajo y Terry Fernández en la batería, Eva y Jave Ryjlen grabaron en Granada y masterizaron en Nueva York un pedazo de disco que camina entre la rabia de los primeros singles de Pretenders —donde como Chrissie Hynde, Eva escupe con rabia las frases más que cantarlas— y la chulería guitarrera de unos Generation X o New York Dolls.

Sexo sucio y furtivo, chicas autodestructivas y con el amor propio por lo suelos, manipulaciones… Historias de chicas malas dignas de novelas baratas americanas de los años 50 son lo que forman las canciones del primer disco de Idealipsticks con títulos como 'Legs', 'Don’t you love me anymore' o 'Bitch and whore', una de las dos canciones del disco cantadas por Jave.

'Radio days' es una producción muy americana, ideal para bailar con la chupa de cuero puesta. Palmas contagiosas en el estribillo de 'Frozen head' que hacen que tus pies no puedan estarse quietos en el suelo, guitarreos rockanroleros cercanos a Joan Jett en 'How does it feel' y un riff delirante al comienzo de 'Don’t you love me anymore' que hace que sonrías y te acuerdes de Ray Davies y los Kinks. ¡Anda mira, otro punto de conexión con la Hynde!

Además de un increíble pedazo de disco debut que se ha marcado Idealipsticks, el directo parece ser otra de sus bazas más fuertes. Al menos eso es lo que pensó el jurado de la 31 edición del Certamen Villa de Madrid, que los proclamó el pasado 15 de mayo como ganadores de este año. Imparables en lo que parece estar siendo su año, Eva y Jave están empeñados en los próximos meses en incendiar todos los escenarios posibles con un contundente directo que sirva para presentar en sociedad 'Radio days'. Los estamos esperando con ganas.

Dorothea Lange, la mirada de la Gran Depresión


NATIVIDAD PULIDO
ABC



«Un día cualquiera decidí que iba a ser fotógrafa. Haría fotografías sencillas de la gente, empezando por las personas que conocía. Nunca había tenido una cámara, pero eso era lo que quería hacer». Es toda una declaración de intenciones de Dorothea Lange, sacada de una entrevista de 1964, un año antes de que un cáncer acabara con la vida de una de las grandes fotógrafas del siglo XX. El Museo Colecciones ICO (Zorrilla, 3) abre el jueves una exposición centrada en su trabajo de los 30 y 40, sus años decisivos, que forma parte de PhotoEspaña, festival que inaugurarán oficialmente los Príncipes de Asturias el miércoles.

La comisaria, Oliva María Rubio, no ha querido hacer una retrospectiva, sino concentrarse «en una época que fue fundamental en su trayectoria fotográfica». De su etapa de plena madurez se muestran 140 imágenes. Destaca muy especialmente el encargo que le hizo el Gobierno norteamericano (la Farm Security Administration), dentro del proyecto de Roosevelt para salir de la Gran Depresión. «El Gobierno era consciente de la capacidad de la fotografía para transmitir un mensaje -comenta la comisaria-; era necesario hacer consciente al país de la difícil situación que estaba atravesando y de los proyectos que había emprendido para paliar tal situación». Se encarga a numerosos fotógrafos (entre ellos, Lange y Walker Evans) que recorran de 1935 a 1942 el país y den fe de lo que estaba pasando. «La fotografía se utiliza como instrumento de propaganda -añade Oliva María Rubio-; es la primera vez en la Historia que un Gobierno se embarca en un trabajo de documentación fotográfica de esta envergadura».

Éxodo forzoso

Dorothea Lange se había dado cuenta de que «sólo estaba fotografiando a la gente que me pagaba por ello. Eso me molestaba». Había estudiado fotografía en Nueva York y en 1918 abría su propio estudio en San Francisco, donde pasó un tiempo centrada en retratos de estudio. Pero ella confiaba en sus instintos y el encargo del Gobierno le permitió sacar el gran talento que llevaba dentro para retratar el alma humana, su gran empatía con las personas que tenía ante su objetivo. Miles de personas obligadas a un éxodo en busca de trabajo a causa del paro, el hambre, la sequía... Aquel proyecto en el que documentó el éxodo de las familias de granjeros nos ha legado auténticos iconos. Vemos el drama marcado en rostros deseperados de personas que vagan por las calles como fantasmas. Pero, a pesar de lo duro de la situación, Dorothea Lange, la fotógrafa del pueblo, confesó que halló el coraje en lugares inesperados: «Si pierdes tu coraje, pierdes lo más valioso que hay en ti, todo lo que te queda para sobrevivir».

En las 140 instantáneas en blanco y negro que cuelgan en ICO, la mayoría vintages (copias de época), hay otros tantos dramas humanos: familias enteras tiradas en la carretera cuando iban en busca de trabajo en los campos de algodón, rostros tiznados de niños que no entienden qué ocurre, refugiados de las sequías de Oklahoma y de Phoenix que esperan su cheque de subsidio, campos de trabajadores migratorios de Marysville, granjeros de Arkansas deshauciados... «En todos los escenarios su fotografía es humanista -apunta la comisaria de la muestra- , con un estilo maduro, sabiendo enmarcar a los personajes en medio de las masas, utilizando los recursos de la Nueva Visión para hacer imágenes potentes, muchas de ellas de gran belleza estética, más allá de su carácter documental, con una tomas casi épicas, que muestran la esperanza en salir de la situación». La exposición en ICO también muestra parte de su trabajo sobre la evacuación de los japoneses estadounidenses a los campos de concentración de la zona occidental del país. Algunas fotografías fueron embargadas por el ejército por su crudeza.

Durante 40 años, una cita del filósofo Francis Bacon permaneció clavada en la puerta del cuarto oscuro de Dorothea Lange. Rezaba así: «La contemplación de las cosas como son, sin error o confusión, sin sustitución o impostura, es en sí misma algo más noble que una cosecha entera de invención». Lange lo siguió a rajatabla toda su vida.

El infierno tamil

Sri Lanka. El Ejército restringe el acceso de las ONG a los centros y siembra el terror al buscar ex combatientes de los Tigres Tamiles

ELISA RECHE
Público



De camino a Vavuniya la espesa vegetación se va transformando en una tierra más árida. Al ritmo que disminuye la densidad de palmeras, aumenta el empobrecimiento de los pueblos y el número de jóvenes soldados cingaleses que no hablan la lengua de la zona, el tamil. Con fusiles y barricadas se bastan.

Vavuniya es una fortaleza militar. En esta localidad en el norte de Sri Lanka se hacina el grueso de los centenares de miles de refugiados tras la victoria del Ejército ceilandés contra la guerrilla de los Tigres Tamiles hace dos semanas que puso fin a 26 años de una sangrienta guerra civil. Se ha convertido súbitamente en la segunda ciudad más populosa del país con estos 270.000 nuevos habitantes encerrados en los campos de refugiados. Entre ellos, el Gobierno de la antigua Ceilán busca a 3.000 ex combatientes de los tigres infiltrados.

A las afueras se encuentra el inmenso campo de desplazados de Menik Farm rodeado por una alambrada de espino . Acoge a 220.000 personas, el doble de su capacidad. Las familias se hacinan en las tiendas, pelean por los cinco litros de agua que les corresponden por persona y día y evitan la basura que se acumula. El resto, se agrupa en los colegios de la ciudad tamil. El 40% de la población desplazada son niños y adolescentes. Los cirujanos de Médicos Sin Fronteras no dan abasto con las operaciones en los sobrecargados hospitales.

"La ONU aceptó las condiciones de este campo a pesar de que desde el principio era consciente de que no se puede agrupar a tal número de personas en un lugar y menos aún sin acondicionar y que la prohibición de movimientos incumple la normativa internacional", explica un cooperante en Vavuniya que prefiere mantenerse en el anonimato.

Menik Farm es un campo de refugiados singular: es el mayor que se haya conocido; los internos tienen prohibido moverse de su lugar asignado; está bajo dirección militar, en lugar de civil como le corresponde y el acceso está limitado para las ONG y totalmente vetado a los medios de comunicación. Las agencias humanitarias sienten, al menos, cierto alivio al poder reanudar la distribución parcial de ayuda tras más de diez días sin prácticamente acceso de vehículos y personal a los campos según órdenes del Gobierno de la isla.

"La visita de Ban Ki-moon parece haber tenido efecto, pero todavía estamos negociando con las autoridades un acceso completo", explica David White, portavoz de Oxfam en Sri Lanka. Entre una población con insuficiente acceso a comida, medicinas, letrinas, agua y bajo un estado de shock tras muchos meses de asedio, la ayuda de las agencias humanitarias es fundamental.

Mientras que la reciente visita del secretario general de la ONU parece haber ablandado la intransigente postura del Gobierno ceilandés, el Consejo de Derechos Humanos de este mismo organismo ha fracasado a la hora de exigir una investigación sobre posibles crímenes de guerra cometidos por ambas partes en los últimos meses de la contienda. No importa que los civiles tamiles fueran usados por los Tigres de Liberación de la Patria Tamil (LTTE) como escudos humanos para forzar un cese al fuego ni que el Ejército los bombardeara con artillería en la llamada "zona segura" sin más defensa que la selva. La vida de los civiles fue utilizada por ambas partes como moneda de cambio en el final de la guerra sin que la comunidad internacional hiciera nada por evitarlo ni se muestre dispuesta, al menos, a esclarecer lo ocurrido.

Matanza de civiles

A falta de datos oficiales, el diario británico The Times generó el viernes una intensa polémica al afirmar que la cifra de civiles fallecidos durante la ofensiva final del último mes asciende a 20.000 personas, según documentos confidenciales de la ONU. El Gobierno ceilandés ha negado rotundamente las acusaciones, mientras que el coordinador general de la ONU para Asuntos Humanitarios, John Holmes, afirmó que estas cifras manejadas por el organismo nunca fueron verificadas y, por tanto, hechas públicas.

"Esto fue algo similar a lo ocurrido en Gaza o peor porque ni observadores ni periodistas tuvieron acceso a la zona de guerra", señala una fuente de la ONU desde el anonimato. El Ejército ha reconocido que 6.200 soldados y 22.000 guerrilleros murieron en los últimos tres años de la guerra civil más larga de Asia. La ONU afirma que entre 80.000 y 100.000 personas fallecieron en el conflicto.

Como colofón al dramático asedio final, los civiles aguardan ahora en la prisión más grande del mundo una vuelta a la normalidad que nadie sabe exactamente cuándo se producirá. Al principio el Ejecutivo de Colombo dijo que los refugiados tendrían que quedarse tres años en los campos, pero se vio obligado a rectificar ante la indignación de la comunidad internacional. "El Gobierno está dispuesto a reubicar a 100.000 personas después de seis meses. Es lo más realista porque las tareas para quitar las minas y reconstruir el norte pueden llevar un tiempo", afirma Gordon Weiss, portavoz de la ONU en el país.

Sean seis meses o tres años, la vida en los campos no es nada fácil, sobre todo por el proceso de identificar los ex guerrilleros que se esconden entre la masa de civiles. "Los interrogatorios pueden durar 24 horas seguidas y si se encuentra algún vínculo con el LTTE, la persona desaparece y nadie sabe adónde es conducida", explica un activista civil con acceso privilegiado al funcionamiento interno de estos centros. "Los policías y paramilitares al cargo la identificación de tigres extorsionan a la gente al amenazarles con una acusación de terrorismo", continúa el activista tamil que prefiere mantenerse en el anonimato por miedo a represalias.

300.000 hombres en armas

Si el Gobierno ceilandés acabó con la guerrilla tamil tras 26 años de conflicto con redoblados esfuerzos militares, sin importar las bajas civiles y reprimiendo cualquier tipo de disidencia entre los medios e intelectuales, la paz parece seguir una ruta parecida. Refugiados que son prisioneros, reconstrucción según criterios de seguridad, una bandera nacional que ondea en residencias y vehículos, quieran sus propietarios o no.

Durante la guerra el Ejército contaba con 200.000 hombres. Con la paz se incorporarán otros 100.000, prácticamente triplicando el tamaño de las Fuerzas Armadas españolas en un país con la mitad de habitantes y un tamaño menor que Andalucía. Una paz rara la que requiere más tropas que el propio combate.

Los 190 kilómetros que separan las ciudades costeras de Trincomali y Batticaloa en la Provincia del Este, una zona de mayoría tamil liberada por el Ejército hace dos años, se convierten en ocho penosas horas de viaje en autobús. Los pasajeros se bajan una y otra vez en controles militares donde se revisan una por una sus bolsas. Hay tramos en que los puestos militares se suceden cada diez minutos. Los viajeros no dan muestras de cansancio, acostumbrados a esta humillación cotidiana, y permanecen callados.

Trincomali es un crisol de la pequeña isla del Océano Índico donde conviven tres de las religiones del país, budismo, hinduismo e Islam, a falta del cristianismo de los burghers, los descendientes de los colonizadores portugueses antes de la llegada del imperio británico. Un crisol tenso. Una nueva estatua de Buda erigida en el centro de la ciudad está fuertemente vigilada por soldados y rodeada de alambradas. La extorsión y el asesinato extrajudicial están a la orden del día. Según la ONU, Sri Lanka es el país del mundo con mayor número de desapariciones.

Obligan a celebrar la victoria

Las banderas nacionales se exhiben en los comercios y monumentos de Batticaloa, a pesar de que la victoria sobre los Tigres allí no ha sido bien recibida por la mayoría tamil. Los soldados obligaron a los dueños de las tiendas a explotar fuegos artificiales y beber alcohol el día que se proclamó la victoria. "Nos sentimos indefensos y asustados. Sólo queremos la paz y la igualdad de derechos", explica Krishna, un periodista local.

Batticaloa se vacía al atardecer y sólo los soldados y los perros habitan las calles. Muy a menudo algún grupo paramilitar o miembro del Ejército llama a la puerta de una casa por la noche, pregunta por uno de sus residentes, se lo lleva y no se vuelve a saber sobre su paradero. "Muchas familias han perdido a un hijo. Paso mucho miedo por los míos y me gustaría que se fueran a estudiar al extranjero tan pronto como sea posible", cuenta Bahla, un campesino. "Esto es como la América Latina de los setenta. Es casi peor que la guerra porque no sabes quién te puede matar", comenta una fuente humanitaria.

"¿La guerra ha terminado?", se pregunta irónico Sridaran Silvester, el responsable de la diócesis de Cáritas en la Provincia del Este, una región que permite anticipar lo que podría suceder en el norte. "Todavía hay muchos problemas de asignación de tierras a los miembros de las diferentes comunidades sin resolver, todavía hay mucha violencia y todavía hay muchos problemas económicos para la minoría tamil porque son quienes pagan las restricciones de seguridad", continúa el párroco, quien trabaja quince años en la zona. "Estos problemas vienen de muy largo y son muy profundos".