Que paguen los ricos

JOAQUIM SEMPERE
Público




Se dice que la presión fiscal sobre las grandes fortunas no puede incrementarse para no desincentivar la iniciativa inversora y porque los capitales huirían a otros países con fiscalidades menos fuertes. Se repite con la misma insistencia que la acumulación de capital es una condición previa para la actividad económica y el bienestar general.

Estos estereotipos forman parte de las convicciones más sólidas de quienes toman las grandes decisiones económicas y políticas, y acaban calando en la conciencia pública. Pero son una trampa.

Veamos lo ocurrido con los impuestos a los ricos en el país más liberal e individualista de Occidente: Estados Unidos. En años posteriores a la Primera Guerra Mundial, la presión fiscal para la franja más elevada de ingresos pasó del 25% al 63% en 1932, como medio para combatir la Gran Depresión. Desde entonces hasta 1981, es decir, durante medio siglo, se mantuvo sin interrupción por encima del 63% –alcanzando picos del 94% en 1944-1945, como contribución al esfuerzo de guerra– y entre el 82% y el 91% durante los 20 años que van desde el final de la guerra hasta 1963. Luego no cesó de disminuir, hasta alcanzar el 35% el año 2009.

Aquella larga experiencia de cinco decenios muestra que una clase capitalista, incluso tan poderosa como la de Estados Unidos, puede acomodarse a una presión fiscal muy alta, y que esta elevada fiscalidad es compatible con un alto crecimiento económico. Los 50 años en que la presión fiscal estadounidense estuvo por encima –o muy por encima– del 50% para la franja más rica fueron años de máxima prosperidad del país.

La recaudación de impuestos en Estados Unidos hubiera podido servir para mejorar las prestaciones y los servicios públicos en beneficio de los más pobres si el presupuesto de guerra no se hubiera llevado la parte del león. Pero lo que aquí nos interesa es comprobar que durante 50 largos años la clase capitalista de la primera potencia del mundo aceptó una presión fiscal que ahora muchos pretenden que es totalmente prohibitiva e insensata.

El tipo máximo del impuesto sobre la renta en España se situó en el 43% en 2008 y el de sociedades en el 30% (en ambos casos cinco puntos por debajo de los tipos máximos vigentes en 2000), y no se contempla la posibilidad de un aumento substancial de esos tipos máximos, los que pagan los más ricos.

El otro estereotipo es que las diferencias de presión fiscal fomentan la fuga de capitales de los países con mayor presión a los de menor. Pero esto ocurre desde que se eliminó el control de cambios y se implantó una libertad irrestricta de circulación de los capitales. Limítese o elimínese esta libertad y desaparecerá la amenaza de fuga de capitales. Esto no es una fantasía: es también algo que ocurrió ya en épocas pasadas, y no tan remotas. Basta volver la mirada a los años anteriores a la contrarrevolución neoliberal. Algún día hay que atreverse a reimplantar marcos institucionales que lo hagan posible.

El tercer mito es que hace falta dejar que los capitales puedan acumular beneficios sin límite para que la actividad económica funcione y todos salgamos ganando. Así se justifica la libertad que se concede a los capitales para desinvertir y deslocalizar –al precio de la desindustrialización de regiones enteras y de la condena de miles de trabajadores al paro– en aras de la sagrada libertad del capital para acumular, cuando lo que ocurre es que en el mundo sobra liquidez. La sobreacumulación es justamente la culpable de que se especule con cualquier cosa –con las monedas, con la deuda externa de países enteros, con la vivienda, con el petróleo, con los alimentos, etc.– buscando rentabilidades desorbitadas que no se consiguen en la economía productiva. Vivimos en un sistema enfermo que lo sacrifica todo a una acumulación de dinero no sólo innecesaria, sino perjudicial.

Los tres mitos forman parte de un mismo paquete, que habría que abordar con medidas combinadas como fuertes gravámenes fiscales sobre las grandes fortunas y la armonización impositiva en la Unión Europea; límites estrictos a la circulación de capitales; la erradicación de los paraísos fiscales; y armonización al alza de los derechos laborales y sociales en la UE. El dinero que va a las clases populares genera una demanda de bienes y servicios que es la base de una economía sana, mientras que el que va al bolsillo de los más ricos alimenta el potencial de especulación de estos. (Algunos sectores populares sólo se dejan engatusar por los fondos de inversión y de pensiones cuando se les amenaza con la quiebra de la Seguridad Social, como se ha hecho tramposamente en España en los últimos 15 años).

El establishment hace gestos demagógicos para la galería, como la petición al FMI por parte del Consejo Europeo (11-12-2009) de una tasa Tobin para reducir las transacciones financieras especulativas y para recaudar dinero. O promesas incumplidas de que se erradicarán los paraísos fiscales. Pero son gestos que dan la razón a quienes piensan que medidas de este tipo son las que convienen, y que no es verdad que no se pueda hacer más de lo que se hace. Las subidas de impuestos, por su parte, empezaban a figurar en la agenda europea ya en el verano pasado, favorecidas por países como Suecia y Finlandia, con una larga tradición de elevada presión fiscal y a la vez de prosperidad y buenos servicios públicos.

En nuestro país, el debate sobre las pensiones y sobre la viabilidad del Estado del bienestar no puede ni debe dejar estos temas al margen. Centrar el asunto en torno a la reforma del mercado de trabajo o la prolongación de la edad de jubilación es una nueva agresión contra derechos de los trabajadores por parte de la oligarquía internacional del dinero y sus secuaces.

El triunfo del cuento


La literatura nos ayuda a "entender la parte más difícil de la vida", afirma Jhumpa Lahiri. La autora estadounidense de origen indio publica Tierra desacostumbrada, un conmovedor libro de relatos que se plantea como una de las sorpresas del año


GUILLERMO ALTARES
El País




El inmenso talento literario de Jhumpa Lahiri (Londres, 1967) se basa en que es capaz de contar una y otra vez la misma historia, relatos de inmigrantes indios en la Costa Este de Estados Unidos, y que siempre sea diferente. La crítica la ha comparado con una miniaturista por su capacidad para describir con precisión un mundo pequeño mientras lo convierte en universal. Pero sus relatos son mucho más, se quedan flotando en la memoria durante horas, durante días porque, en el fondo, tocan los temas más importantes de la vida: el amor, la familia y la identidad.

Su último libro, Tierra desacostumbrada, que sale esta semana en España editado por Salamandra, reúne ocho cuentos, aunque los tres últimos forman en realidad una pequeña novela, la historia de Hema y Kaushik. El relato arranca en su niñez, sigue en su juventud y acaba reuniéndolos en Roma cuando ella es una experta en el mundo clásico, que investiga la civilización etrusca, y él un fotógrafo de guerra a punto de colgar las cámaras. Estas cien páginas constituyen una joya literaria que genera constantes emociones en el lector. Su viaje a la ciudad toscana de Volterra, solitaria, herida, magnífica, llena de fantasmas etruscos, será algo muy difícil de olvidar para todos aquellos que recorran estas páginas.

Por su primer libro, El intérprete de enfermedades, recibió el Premio Pulitzer a la mejor obra de ficción cuando acababa de cumplir 32 años. Fue un galardón sorprendente, que Jhumpa Lahiri vivió con una mezcla de ilusión e incredulidad. Luego escribió una novela, El buen nombre, que relata la historia de una familia india desde que emigra a Estados Unidos hasta que sus hijos crecen ya convertidos en ciudadanos del nuevo mundo. El libro fue llevado al cine por la realizadora india Mira Nair en 2006. Con Tierra desacostumbrada -título tomado de Nathaniel Hawthorne-, regresa a sus temas eternos, al mundo de los pequeños dramas familiares, de los indios que luchan toda su vida por adaptarse a un mundo nuevo, a las historias de amor cansadas, a lo nunca dicho que pesa mucho más que lo dicho. Es una lectura absorbente, llena de sorpresas.

La entrevista (en un viaje organizado por Salamandra) tiene lugar en la casa de Lahiri en Brooklyn. Fuera cae una intensa nevada, aunque la luz se cuela desde el jardín. La escritora, tímida, guapa, está casada con un periodista guatemalteco, Alberto Vourvoulias-Bush, director de La Prensa, el diario en español más importante de Nueva York. Tienen dos hijos cuyas risas lejanas acompañan la conversación. Nació en Londres de padres indios, aunque se trasladaron a Rhode Island cuando era una niña y creció en Kingston. Sus hijos son una mezcla de culturas que viven en el barrio de Nueva York que simboliza precisamente ese mundo en el que la identidad cultural se diluye. Y, sí, podría ser tal vez uno de sus personajes, aunque la diferencia es que sus libros están llenos de historias de amor tristes (a veces parecen variaciones sobre la frase con la que arranca Anna Karenina: "Todas las familias felices se parecen, las desdichadas lo son cada una a su modo"), mientras que su casa, su mirada, exhalan tranquilidad y felicidad.

PREGUNTA. ¿Por qué sus historias de amor son siempre tan tristes?

RESPUESTA. (Se ríe). Son más interesantes. Como escritora, no me interesan las historias de amor felices. Creo que es algo en lo que se fijan muchos otros escritores que también han reflexionado sobre ello, sobre todas las formas en que las cosas pueden ir mal, sobre todas las formas en que algo puede fracasar, en que podemos sufrir una decepción. Es algo a lo que se ha enfrentado siempre la literatura: no creo que necesitemos los libros para enseñarnos a ser felices. Nos dirigimos a ellos para entender la parte más difícil de la vida.

P. "Su vida no era feliz pero tampoco infeliz", dice de uno de sus personajes femeninos para definir su matrimonio. Muchas de sus mujeres viven en esa especie de limbo, en esa resignación que empieza con las bodas arregladas. ¿Sigue habiendo tantos matrimonios de ese tipo en la comunidad india de Estados Unidos?

R. No creo que mis cuentos reflejen nada más allá de la propia literatura. Supongo que estoy interesada en narrar diferentes formas de matrimonio y la idea de felicidad frente a la infelicidad, algo románticamente inspirado frente a algo más tradicional, un acto social, como son los matrimonios arreglados. Es algo que me ha interesado porque toda mi vida he visto ese tipo de matrimonios y veo que ambos pueden ser felices o infelices.

P. Al leer sus cuentos uno tiene la impresión de que siempre cuenta la misma historia, pero que es siempre diferente. ¿Está usted de acuerdo?

R. Sí, creo que estoy de acuerdo. Escribo siempre sobre un cierto mundo, un cierto tipo de personajes. No creo que escriba siempre la misma historia, porque hay diferentes pulsiones y luchas en cada una de ellas. A veces es la familia, otras veces son asuntos personales. Es algo que les ocurre a muchos escritores, a muchos pintores, que reflejan una y otra vez la misma montaña, el mismo río, el mismo jardín, la misma catedral y la dibujan constantemente. Es verdad que observo siempre el mismo tipo de situaciones y personajes pero siempre encuentro cosas nuevas. Si dejase de encontrar esa mirada renovada, seguramente cambiaría de temas. Pero puede ser infinito.

P. ¿Qué parte de sus historias está basada en hechos reales y qué parte es inventada?

R. Realmente, nada de lo que cuento ha ocurrido de verdad, aparte de unos detalles de un relato de mi primer libro que describen la llegada de mi padre a Estados Unidos. Tal vez haya pequeñas cosas que hayan ocurrido y que he reconstruido de forma diferente. Las historias de este libro son completamente inventadas, no se apoyan en una realidad concreta.

P. Todas sus historias gravitan en torno a tres temas: familia, amor e identidad. ¿Está usted de acuerdo?

R. Sí, creo que es justo. Familia, amor, identidad, tal vez pertenecer a un lugar son temas esenciales para mí. Me siento agradecida por haber encontrado algo sobre lo que escribir, que haya cosas que me interesen, que me parezcan un desafío. Eso es lo principal. Creo que analizar las relaciones humanas es algo que la literatura puede hacer de una forma que otras artes no pueden conseguir con la misma intimidad. La pintura, la música, la danza nos pueden llevar a otros lugares, consiguen abrir nuestros ojos de una manera concreta, pero la literatura tiene la ventaja de que logra entrar en la mente de personajes imaginarios, y relacionarnos con otros, y el lector comparte esos estados de ánimo. Entrar en la vida de esa gente es un viaje extraordinario, más que el cine, porque realmente accedes a la conciencia de los personajes, al misterio de las vidas, cómo nos vemos, cómo nos ven los demás.

P. Sus libros giran una y otra vez en torno a las migraciones y la identidad. ¿Cree que estos temas son los que definen el siglo XX?

R. No creo que definan sólo el siglo XX. Definen a la humanidad. Lo que más me interesó de los etruscos es que vienen de otros lugares. Toda la historia de Estados Unidos es una historia de migraciones. En el siglo XX se convirtió en algo más radical, más común. Porque es mucho más fácil moverse, subirse a un avión, ir a otro lugar. La noción de familia se ha diluido en muchas partes del mundo. Las circunstancias históricas y políticas han aumentado la necesidad de que la gente se mueva. Más que nunca hemos migrado a otros lugares. Y eso me interesa mucho: la noción de gente, de identidad, de sus casas, de dónde vienen y adónde creen que pertenecen, su realidad.

P. ¿Por eso muchos de sus personajes luchan una y otra vez con su identidad, se debaten entre su identidad personal y su identidad colectiva?

R. Sí, es cierto. Creo que es algo que nos ocurre a todos, en mayor o menor medida. Tal vez es más agudo en una persona como yo: no he nacido con una idea obvia de pertenencia a un lugar. Es una cosa básica. Creo que es muy importante tener un sentido de dónde pertenecemos y algunos de mis personajes han nacido con esa carencia y tratan de rellenarla.

P. También su literatura está marcada por la presencia de la familia. ¿Sigue siendo muy importante en la sociedad india?

R. La noción de familia es mucho más estrecha en la sociedad india que en Estados Unidos: no creces y te vas a los 18 años y vuelves una o dos veces al año. Ayer volvía de Washington y nevaba, y mi madre me llamó para ver si había llegado bien. Tengo 42 años, pero para ella tengo la misma edad que mis hijos. La ansiedad, el amor, la preocupación

... Según iban creciendo mis amigos, sus familias desaparecían de sus vidas. Mi marido, que es guatemalteco, tiene la misma relación con sus padres que yo. No he tenido que explicárselo a él, ni él ha tenido que explicármelo a mí, aunque venimos de mundos muy diferentes. Creo que aquí es muy desconcertante. Y los padres inmigrantes dejan atrás su extensa familia y cuando llegan aquí, en la otra parte del mundo, sus hijos son toda su familia.

P. La comida también es muy importante como signo de identidad para sus personajes.


R. Es muy importante, mucho más para los padres que para los hijos. Los padres siempre están buscando la comida que consideran normal y buena, los hijos están menos atados a esas tradiciones. La comida forma parte de todo eso de lo que hablamos, es la forma obvia que reúne a la familia, es lo que la define. Es divertido para mí porque Estados Unidos parece haber descubierto por fin la importancia de la comida y es algo que en mi familia siempre ha sido obvio. En el mundo del que vengo, no hay muchos afectos abiertos, no hay abrazos, ni besos, pero la comida es una de esas cosas que sigue siendo una expresión de amor y conexión entre los miembros de una familia.

P. A veces en sus libros creo que la familia es una bendición y en otros es casi una condena. ¿Cree usted que sus personajes se mueven siempre entre esos dos conceptos?


R. Creo que es las dos cosas, una bendición y una condena. Algunos de los personajes son muy radicales en su alejamiento de la familia, pero es una excepción. La mayoría se sienten limitados por su familia, sobre todo los de segunda generación, porque para ellos crecer es alejarse de algunas de las cosas que representan. Creo que en El buen nombre es donde estudié esto más a fondo, al narrar cómo Gógol pasa de tener una relación muy estrecha con su familia a tratar de buscar un lugar sin sus padres. Creo que es algo que todos tenemos que hacer como personas. La familia es una bendición, pero luego como adulto tienes que reinventar lo que significan todas esas cosas. La familia es algo muy dinámico, que cambia constantemente. Nunca es obvio lo que ocurre, incluso en una familia nuclear.

P. ¿No cree que su libro, sobre todo las tres historias finales, representa una reflexión sobre el destino?

R. En cierta medida, supongo, no estaba pensando a fondo en ello cuando lo escribí. Son cosas abstractas y difíciles de verbalizar, incluso cuando estoy pensando en ellas de manera inconsciente. Pero en ese caso, no tenía la intención de escribir sobre eso. Para mí era importante hablar de personajes que no pueden huir de sí mismos. Pensaba en desarrollar la historia de unos personajes desde su infancia y en cómo el personaje de él, Kaushik, se convierte en una persona que no quiere raíces, ni una familia, mientras que Hema busca una vida más segura, si algo puede considerarse seguro en la vida, una cierta estabilidad.

P. ¿Por qué eligió Volterra y los paisajes etruscos para desarrollar esta relación?

R. Sabía que una parte de la historia transcurriría en Roma y pensé que debían irse a algún lado el fin de semana. Y, dado que sólo había ido una vez a la Toscana, pregunté a una amiga que va muy a menudo, le dije que tenía esa pareja, y me dio una serie de sugerencias y al final me dijo: "Si quieres un lugar que sea un poco más remoto y con no tantos turistas y muy tranquilo en invierno, elige Volterra". Una vez que empecé a leer sobre esta ciudad llegué a D. H. Lawrence y sus Atardeceres etruscos y eso me lanzó a descubrir el mundo etrusco e hice que Hema estuviese interesada en esa cultura. Pero, cuanto más pienso en ello, más me gusta esa parte del libro, muchas de sus creencias, de que el viaje sea una metáfora de la vida, las urnas funerarias, todo me pareció apasionante. Porque en el fondo mis historias están llenas de viajes de un lado a otro, de India a Estados Unidos. Me pareció muy interesante esa síntesis entre el viaje de la vida y el viaje hacia la muerte y me di cuenta de que la historia que relataba en el fondo hablaba de ello.

P. En sus libros siempre es muy importante lo que sus personajes no dicen o no se atreven a decirse. ¿Cree que ése es un factor importante en la vida, la falta de comunicación?

R. He escrito de esto durante largo tiempo: es la verdad, incluso en las relaciones más íntimas, matrimonio o amor, nunca se dice todo. Todos tenemos una vida interior, una vida privada. No es posible decir siempre lo que sientes o lo que piensas. Para mí, las cosas que no se dicen entre personas muy cercanas son muy interesantes y mucho más como narradora. Porque allí es donde los personajes descubren cosas.

P. Uno de sus personajes dice en un momento dado: "Pertenecen a ese lugar como yo nunca perteneceré a ninguno". ¿Cree que es algo que define muchos de sus relatos?

R. Algunos de mis personajes sí están marcados por ese sentimiento, por esa necesidad de pertenecer a un lugar que puedan llamar su casa. Para ellos la vida está tan fracturada que no pueden llamar hogar a ningún lugar, y es una diferencia enorme entre una ciudad pequeña y remota y cercana y antigua en la que seguramente crecieron con la experiencia que se puede tener en una ciudad de Estados Unidos, que es un país tan joven. Acabo de volver de ver a mi hermana, en el sur de Estados Unidos, en Alabama, donde nunca había estado. Y sentí que tienen más sentido de pertenencia a una población, desde por lo menos cien años, y era interesante compararlo incluso con el lugar donde crecí, Rhode Island, que es muy provinciano, pero a la vez había apellidos de todos los países en mi clase: irlandeses, polacos, judíos, italianos, franceses, indios... Nunca sentí que hubiese una población específica. La primera vez que fui a Italia recuerdo que me chocó esa sensación de continuidad, me pareció a la vez extraña y atrayente.

P. ¿Siente que su familia es realmente muy significativa de lo que representa el siglo XX?

R. Sí, el mundo es así, aunque haya gente a la que le da miedo, porque ven como una amenaza que se diluye su sentido de pertenencia, de compromiso con un lugar.

P. Por muy dura que sea la vida en el país al que llega, la gente sigue emigrando y emigrando, y no hablo de gente que huye de la pobreza o de la guerra, sino de clase media. ¿Por qué?

R. Aunque sea muy difícil, hay algo de honor, de ambición, de sentimiento, de orgullo y prestigio para la familia que se queda detrás, es un símbolo. No creo que sea una elección fácil y es muy duro. Por eso les cuesta tanto hacerse a la vida en Estados Unidos, muchas veces se preguntan si tomaron la decisión adecuada, qué hacen allí, si es un lugar para educar a la familia. Y es algo que veo en amigos de mi edad, que han hecho lo que hicieron mis padres, amigos de España, de Suráfrica, que tomaron la misma elección que mi familia, no fueron obligados a emigrar por una hambruna, una guerra o una persecución. Y tienen muchas dudas.

El verdadero coste de la comida barata

TIMOTHY A. WHISE
Resurgence (Traducido para Rebelión por Andrés Prado)




La comida barata causa hambre.

De entrada, esta afirmación carece de sentido. Si la comida es más barata, es más asequible y más gente debería ser capaz de disfrutar de una dieta adecuada. Eso es cierto para los que compran comida, como por ejemplo los que viven en la ciudad. Pero es bastante obvio que no es así si eres uno de los que la cultivan. Obtienes menos por tus cosechas, menos por tu trabajo, menos para que tu familia siga adelante. Esto es igual de cierto tanto para los granjeros de Vermont que trabajan en el sector lácteo como para los agricultores de arroz en Filipinas. Hoy, los granjeros del sector lácteo obtienen unos precios por su leche que están muy por debajo de los costes de producción. Llevan menos comida a su propia mesa. Y están cerrando sus negocios a un ritmo alarmante. Cuando la polvareda económica se pose, nos dejará con menos granjas familiares que produzcan los productos lácteos, de los que la mayoría de nosotros dependemos.

Ésta es la contradicción básica de la comida barata. Los bajos precios de los productos agrícolas son la causa, a corto plazo, del hambre entre los granjeros y agricultores. Y son la causa también de la inseguridad alimentaria a largo plazo, ya que reducen el número de granjeros y agricultores y la cantidad de dinero que invierten en producir más comida.

Se estima que un 70% de los pobres del mundo vive en áreas rurales y depende directa o indirectamente de la agricultura. La comida barata los ha dejado hambrientos y los ha mantenido en la pobreza. Incluso ha matado de hambre a la población rural de los países en desarrollo muy necesitados de inversión agrícola. Los agricultores no tienen nada que invertir si pierden dinero con sus cosechas.

Es más, la crisis alimentaria ha servido de señal de alarma para los gobiernos y las agencias internacionales que son responsables de estos asuntos. Entre los que más se han visto espabilados de su letargo político se encuentran los funcionarios del Banco Mundial, que redujeron la cuota de gastos para el desarrollo agrícola de un 30% en 1980 a un 6% en 2006. Pero, oh sorpresa, el Informe sobre el Desarrollo en el Mundo del Banco Mundial en 2008 llevaba el subtítulo de Agricultura para el Desarrollo. Era la primera vez en veinticinco años que el Banco había centrado la atención de su boletín en la agricultura. La renovada atención fue bienvenida pues incluía también un llamamiento al retorno a la inversión en los pequeños agricultores y no sólo en los cultivos destinados a la exportación a gran escala.

El BM, por supuesto, evitó estudiadamente aceptar ninguna responsabilidad por haber promovido esas mismas políticas que causaron la situación de abandono de la agricultura en primer lugar: no sólo los recortes en la ayuda y la inversión sino también los Programas de Ajuste Estructural, impuestos como condiciones a sus préstamos, los cuales reventaron la capacidad de la mayoría de los gobiernos para sostener la agricultura local.

Estos mismos Planes de Ajuste Estructural fueron parte de una campaña para sacar fuera de la economía a todos los gobiernos a la vez. El argumento era que se debía permitir que el mercado obrara su magia, que distribuyera los recursos más eficientemente, que estableciera los precios sin distorsiones gubernamentales. La política comercial necesitaba reducir también el papel del Estado mediante la reducción de los aranceles y las cuotas de protección y apoyo a los precios, de acuerdo con la teoría de la ventaja comparativa. (1)

En agricultura lo que eso significaba para los países en desarrollo era que si no podías producir grano base tan eficientemente ­ ─léase “tan barato”─ como podían en los EE.UU., Australia o Brasil, entonces no debías producir grano base. Resultaría más barato ─"más eficiente”─ comprarlo en el mercado internacional. En su lugar, quizá deberías producir, por ejemplo, flores para su exportación o fresas de invierno para el mercado estadounidense. Pero quizá no deberías producir nada porque tu tierra es de mala calidad y tampoco tienes carreteras por las que transportar tus productos al puerto más cercano. Así que quizá no haya nada que el mercado quiera de ti. Y tampoco necesita ya el grano cultivado en tu parcela porque ya se está importando de otra parte.

Así es realmente como funciona la teoría. La idea es que un país puede importar toda la comida que necesite, y debería hacerlo así si puede conseguirla fuera más barata de lo que la conseguiría haciendo que sus propios agricultores la cultiven. Un problema obvio de esta visión es que si los agricultores dejan de cultivar comida, sus familias no tendrán nada que comer, y si no pueden conseguir un trabajo, no tendrán dinero para comprar comida.

El segundo problema derivado de esta visión es que un país puede caer en una dependencia alimentaria, que resulta particularmente problemática cuando los precios despuntan y los suministros escasean. Eso es lo que recientemente hemos presenciado en lo que se ha venido a llamar la crisis alimentaria. Países como Filipinas no podían proveerse del arroz que necesitaban. Habían dejado de producir lo suficiente para protegerse de un shock del mercado tal, y no podían encontrar a nadie que se lo vendiera porque los gobiernos estaban preocupados en alimentar primero a su propia gente.

Esto puso en evidencia los peligros de seguir políticas que recomiendan abastecerse en el mercado internacional de toda la comida barata que se necesite. Muchos países han tomado nota de ello. Filipinas se encuentra ahora desarrollando una campaña nacional, que puede durar años, para restablecer la autosuficiencia en la producción de arroz.

Un país donde el gobierno parece mantener su dirección ideológica firme y en su sitio, es México. Allí, en el lugar en el que nació el maíz, donde las cosechas han sido reconducidas hasta convertirse en uno de los mayores cultivos del mundo, se produjeron disturbios en las calles debido a los precios de las tortillas, ya que la gente no podía acceder a esta materia prima básica. Durante los quince años desde que entrara en vigor el Acuerdo de Libre Comercio en Norte América (NAFTA en sus siglas en inglés), el maíz estadounidense ha inundado México a precios que están a la mitad de lo que cuesta producirlo en el país. México depende ahora de las importaciones desde los EE.UU. pues éstas representan más de la tercera parte del maíz que necesitan. Más de dos millones de agricultores hambrientos han abandonado su ocupación ante la riada de comida barata.

La crisis alimentaria ilustra también lo que algunos han denominado la globalización de los fallos del mercado. La globalización implica abrir los mercados y poner en competición directa cosas que son producidas en diferentes partes del mundo. La asunción ─y la integridad de las teorías económicas gira en torno a tales asunciones─ es que esos mercados funcionan, que los precios reflejan la realidad del valor de lo que se comercia. En agricultura se asume que eficiencia es igual a alta productividad, lo que significa bajo precio, lo cual refleja el valor real de lo que se produce. Cuando no sucede así, los economistas lo llaman fallos del mercado. La agricultura está plagada de fallos del mercado. Se puede ver en el comercio de maíz entre México y los EE.UU.

Los costes medioambientales son una de las zonas clave donde el mercado falla a la hora de evaluar adecuadamente tanto costes como beneficios. Los EE.UU. están especializados en los costes medioambientales. El maíz es uno de los cultivos más contaminantes de todos los que existen en EE.UU. Uso excesivo de agua y productos químicos, vertido o filtrado de fertilizantes en la tuberías de suministro de agua, la zona muerta en la desembocadura del río Misisipi en el Golfo de México: todos estos son ejemplos de altos costes medioambientales derivados de la producción del maíz estadounidense. Productores y distribuidores no pagan prácticamente ninguno de los costes de esos daños, y el precio del maíz, cuando cruza la frontera con México, no refleja estos costes medioambientales.

¿Qué sucede en el lado mexicano? Los pequeños productores mantienen una gran biodiversidad ─tanto salvaje como en variedades de maíz─ con unos sistemas que requieren pocos insumos. Estas positivas contribuciones no obtienen recompensa alguna del mercado. La biodiversidad no tiene prácticamente valor para el mercado global aunque estas semillas de maíz son la piedra base para futuras variedades de maíz: las que necesitaremos para resistir al cambio climático, solucionar la resistencia a los pesticidas, etc. El precio del maíz mexicano no refleja estas contribuciones al bien común.

Cuando se globaliza el comercio, se globalizan también los fallos del mercado. Pones en competencia directa al maíz estadounidense, con un precio inferior al real, con el maíz mexicano devaluado. El maíz mexicano pierde en esa competición, pero no porque sea menos “eficiente”. Un agricultor mexicano dijo una vez: “En México hemos producido maíz durante 8.000 años. Si no tenemos una ventaja comparativa en la producción de maíz, ¿dónde la tenemos?” Y tiene razón. El problema es que la ventaja comparativa, tal y como la define el mercado global, no valora la ventaja que el maíz mexicano ofrece. Y en un mercado desregulado lo único que vale es lo barato que es algo.

La globalización de los fallos del mercado nos da como resultado una degradación del entorno, un incremento de la pobreza entre los productores de comida y de la dependencia alimentaria, y hambre. Por eso uno de los principales culpables de la crisis alimentaria es nuestra ciega búsqueda de comida barata.

La globalización lo abarata todo. El problema radica en que simplemente no se deberían abaratar ciertas cosas. El mercado es muy bueno estableciendo el valor de muchas cosas pero no es un buen sustituto de los valores humanos. Las sociedades necesitan determinar sus propios valores humanos, no dejar que el mercado lo haga en su lugar. Existen algunas cosas esenciales, como nuestra tierra y los alimentos que puede producir de manera biológicamente sostenible, que no se deberían abaratar.