Un viaje al universo rupturista y maldito de la Velvet Underground


FERNANDO NAVARRO
El País


Ignacio Julià escribe la historia de la legendaria banda de Lou Reed y John Cale.

"Fueron la primera banda de rock vanguardista y la más grande. Fueron experimentales de verdad al explorar un territorio desconocido. Sus canciones no sólo sonaban diferentes sino que expresaban sentimientos verdaderos, actitudes y experiencias que nunca antes se habían escuchado en el rock". Con estas palabras, la célebre cabecera británica New Musical Express comenzaba en 1981 su descripción de The Velvet Underground. Por entonces, se cumplía una década de la disolución del grupo más ignorado en su época, pero cuyo legado terminó por situarlo entre los más influyentes de la historia.

En la actualidad, las cosas no han cambiado casi nada: decir Velvet Underground es todavía referirse a la quintaesencia de la ruptura, a la manifestación artística radical, al primer rock urbano y nihilista que acaba con toda inocencia. La trascendencia de la banda formada en 1965 por Lou Reed y John Cale sigue estando vigente.

En marzo de 2009 está previsto que se publique en Estados Unidos la que se antoja como biografía definitiva del grupo, The Velvet Underground Day-By-Day, escrita por el historiador y crítico musical Richie Unterberger. Y en España, Monster Records acaba de publicar Feed-Back, The Velvet Undreground: legend, truth. Ignacio Julià, director de la revista musical Ruta 66 y uno de los mayores expertos de la banda a nivel mundial, ha ampliado la semblanza que escribió hace más de 20 años para recoger por primera vez la historia de la Velvet desde su nacimiento en la Factory de Andy Warhol hasta nuestros días, con un Lou Reed practicando Tai Chi y un John Cale utilizando herramientas de ProTools para grabar discos de ese rock del que siempre huyó. El libro, pendiente de una futura edición en español, es una crónica oral a través de tres décadas de entrevistas con todos sus miembros, incluidos los desaparecidos Sterling Morrison y Nico, musa de Warhol y cantante en el primer álbum.

"Fue un grupo diferente en la escena americana porque albergaba dos estilos: la pasión por el rock de Lou Reed y Sterling Morrison, que partían de Bo Diddley y ese sonido, y el gusto europeo de Cale y Nico, que venían de una tradición de música clásica", explica Julià.

Pensaron en llamarse The Falling Spikes o The Warlocks, pero a Cale y Reed, que compartían apartamento en el 56 de Ludlow Street, les hizo gracia la portada de un libro tirado en la calle que se titulaba The Velvet Underground. En sus páginas se describía la corrupción sexual de la época. Un nombre (terciopelo subterráneo) perfecto para enlazar con las letras de unas canciones en las que se hablaba con crudeza de la heroína, los travestis y los sadomasoquistas que habitaban la parte oscura e intelectual de la ciudad.

En una cultura musical dominada a finales de los 60 por la psicodelia de la Costa Oeste, los velvets se presentaban en EE UU como el envés del sueño del flower power. La vida de la Velvet estaba en las calles, donde se refugiaban desheredados, trasnochadores y vividores.

El álbum del plátano diseñado por Andy Warhol, The Velvet Underground & Nico (1967), basta para medir el impacto artístico. Los chicos de la Factory parieron una obra imperecedera y un fracaso de ventas. Como el siguiente, White Light/White Heat (1968). Y como el resto de discos, ya sin Cale tras los constantes choques de ego con Reed. Era el destino: la Velvet Underground sólo duraría seis años y nunca tendría un éxito, salvo uno: influir en la historia del rock hasta ser parte de ella.

Incisivas incisiones


DELFÍN RODRÍGUEZ
ABC




Son, las fotografías de los grafiti de Brassaï (1899-1984), como la piel de la vida y de la muerte, de la inocencia y de la desesperación, de la pasión y de las revoluciones, dejados olvidados en paredes y muros, lenguajes esquemáticos y rotundos como si fueran -que lo fueron siempre- textos escritos y figurados con la urgencia de la necesidad o del deseo en la superficie de la materia, rudamente, hiriendo expresivamente esas superficies de sacrificio que son los muros en el interior de las ciudades, en su aparente exterior, lo que no es sino la más trágica o inocente de las interioridades, aunque estén en las calles, en lugares suburbanos o céntricos, marginales o monumentales, siempre azarosos, como perdidos y nómadas, «espacios del adentro», como escribiera Henri Michaux y recordara el propio Brassaï en un texto de 1958.

Levedad de una obsesión. Además, los grafiti -que le obsesionaron y apasionaron toda su vida- tienen de antiguo una rara cualidad, y es la de que no pesan, ya que poseen curiosamente la levedad de los grutescos, sin sombras ni volumen, sin profundidad, como no sea los que les proporciona el propio soporte del muro o de la pared en su accidentado existir, o la que les otorga la materia con la que pueden estar hechos, que, a veces, les concede relieve y, otras, la dimensión de la hendidura, tan expresiva de los sentimientos y emociones de la mano -anónima casi siempre- que la realiza, del mismo modo que ocurre con el leve espesor que puede dejar una tiza o un poco de pintura.

Los grafiti fueron confiscados brillante e intencionadamente de su destino efímero gracias a las deslumbrantes fotografías que Brassaï comenzara a realizar al inicio de los años treinta, siguiendo en cierta medida la tradición reciente de los ejemplos de fotografía comprometida con lo cotidiano de Eugène Atget, que ya había apasionado a algunos surrealistas, especialmente a Man Ray. Convertidos en fotografías tantas veces nocturnas, con la luz propia y posible del momento en el que fueran realizados, como en complicidad con los anónimos autores de los grafiti, Brassaï no sólo se convirtió en el insólito «ojo de París», como escribiera su amigo Henry Miller, sino que consiguió, al aislarlos y descontextualizarlos, crear tanto un documento de lo extraño, de lo marginal y periférico, de lo extraviado, de lo más íntimo y sin tiempo del ser humano, como un paseo antropológico tentado por lo primitivo e infantil, por lo originario y lo metropolitano, público y privado a la vez, exterior e interior de lo que no se dice, y, sin embargo, es sentido profundamente, a pesar de sus lenguajes formalmente frágiles pero intensamente potentes e inquietantes, como si fueran el lado oscuro de la vida -el más habitual, sin embargo- de cualquiera, de todos, históricamente reprimido por la sociedad y la cultura, por las convenciones.

Espejo de nosotros mismos. Lo más fascinante es que, cuando Brassaï fotografía los grafiti, los aísla, los separa de los muros, los convierte en obras de arte llenas de misterio, inexplicables, y, sin embargo, tan cotidianas que todos nos reconocemos en ellas, todos hubiéramos podido ser sus autores, como si una pulsión incontrolada recorriera como un temblor la vida y su necesidad de expresarnos de esa manera, de la mesa del estudiante al papel, de la tierra a los árboles, de los muros a las paredes, de las piedras a cualquier recóndita superficie.

Lienzos metafóricos que su fotografía -la fotografía- convirtió en obras de arte, porque supo mirarlos con esa intención y hacerlos coincidir con las obras y los intereses de sus muchos amigos artistas de la vanguardia de entreguerras y después, de Klee a Picasso, de Miró a Man Ray, de Dalí a Dubuffet, de los surrealistas a los informalistas y tachistas, pintores matéricos y otras opciones, incluido el mismísimo Tàpies, que así lo reconocía hace muchos años -y se reproduce en el catálogo un magnífico texto del pintor catalán- o el propio Cuixart. Basta recordar algunas obras de esos años de Dau al Set para comprobarlo.

Se trata -la revolución de Brassaï con sus grafiti- de una extraordinaria coincidencia o complicidad entre la fotografía y el arte de la vanguardia. Lo que habría podido ser entendido como un documento visual (ya fuera sociológico, antropológico o histórico) fue por él transformado en fotografía de vanguardia, en obra de arte, gracias a encuadres y luces, a su condición fragmentaria; al misterio de la materia presentada y representada, a los trazos y hendiduras de las palabras y de las figuras; a sus relieves, con fotografías de luces rasantes, sin tiempo, pero con apasionada tendencia por la nocturna, es decir, artificial o selénica, como hiciera en algunas otras de sus series como la impresionante Paris de nuit (1932), que coincide con las primeras de sus fotografías de grafiti que atrajeron rápidamente a los surrealistas, aunque siempre anduviera con ellos como un compañero de viaje, nómada él mismo.

Primeras veces. Precisamente, en Minotaure publicaría sus primeras fotografías y sus primeros textos al respecto, casi en coincidencia con las que hizo para revelar esculturas involuntarias con el mismo Dalí y para la misma publicación que llevaban sus amigos Tériade y Eluard. Después vendrían la atracción de Dubuffet o Tàpies y de tantos otros por su obra y sus antológicas sobre sus grafiti, primero en el MoMA de Nueva York (1956) y después en el Institute of Contemporary Art de Londres (1958).

Fotógrafo excepcional, escritor, ensayista, corresponsal de prensa, formado también en Berlín, «ojo de París» y amigo -y fotógrafo- de los artistas más decisivos de la vanguardia histórica del siglo XX, Brassaï, como si ya estuviera fuera del tiempo, tan actual como su obra, expone ahora sus grafiti en el Círculo de Bellas Artes.

No sólo creo que es una exposición estelar, sino que además coincide con la de Jean Dubuffet y el idioma de los muros que tanto le debe, y no sólo por su relación amistosa durante los años cincuenta. Imágenes improvisadas, veloces, clandestinas, a veces manchas y otras veces brochazos de rabia, en ocasiones, aprovechados deterioros o agujeros de la piel de la pared, como en un palimpsesto aparentemente destinado al reino de lo que nunca se recuerda, al del olvido, que fueron con Brassaï recuperados para la memoria de manera fascinante.


¿Para cuándo un SMI de rango europeo?

JOSÉ ANTONIO PÉREZ
Rebelión



El último consejo de ministros del año acaba de fijar el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) en 624 euros mensuales. Una más que discretísima cuantía que ha suscitado las críticas de turno. De un lado, los sindicatos, entonando su ritual jaculatoria de que el aumento es insuficiente, aunque no es previsible que éstos se enfrenten al Gobierno por tan poca cosa. De otro lado, los apocalípticos de turno, léase propagandistas de la fe neoliberal, que sostienen que un trabajador que esté cobrando el SMI corre el riesgo de ser despedido si aumenta la cuantía del ingreso.

¿De verdad alguien en su sano juicio puede pensar que un patrón vaya a despedir a su empleado por pagarle 24 euros más al mes? Es posible que el patrón que tenga un asalariado en estas circunstancias se lo pensara dos veces en caso de que el gobierno doblara la cuantía del SMI. Pero cuando lo aumenta en un 4%, porcentaje inferior a lo que van a subir, por ejemplo, las tarifas del transporte madrileño, neoliberalmente gestionado, los lamentos son lágrimas de cocodrilo. Y que conste que doblar el SMI no es ninguna locura: su cuantía es de 1.293 euros en Irlanda, y cifras de ese orden se pagan en Holanda, Reino Unido, Bélgica y Francia en concepto de remuneración mínima.

Casi todos los países miembros de la OCDE tienen establecido algún tipo de salario mínimo cuya cuantía es fijada por el gobierno. La Carta Social Europea recomienda que el importe de esta retribución mínima se sitúe en torno al 60% del salario medio. También en este aspecto España se encuentra a la cola de Europa, como reflejan los datos de Eurostat, la oficina estadística comunitaria.

Una de las promesas electorales que el Rodríguez Zapatero cumplió en su primer mandato fue la de aumentar progresivamente la cuantía del SMI hasta situarlo en 600 euros mensuales en 2008. Cifra que todavía se halla muy lejos de las pautas marcadas por la Carta Social Europea, aprobada por el Parlamento Europeo, que exige que el SMI se sitúe en el 60% del salario medio. Lo que significaría que en España ese suelo mínimo salarial debería ser de 960 euros.

Por sí mismo, un salario mínimo situado en niveles muy bajos tiene una importancia relativa, ya que, salvo para trabajos de bajísima cualificación, nadie acepta un empleo en esas condiciones. En el caso español, la oficina de Eurostat calcula que tan sólo el 0,6% de la población laboral percibe el SMI: unas 130.000 personas, según datos de la Seguridad Social. Por otro lado, este tope mínimo afecta a aquellos convenios colectivos que utilizan el SMI como referencia para diferentes conceptos. El Ministerio de Trabajo calcula que hasta un 5% de los asalariados (alrededor de 800.000 personas) se ven afectados por la subida de esa renta mínima.

Por otro lado, hay empleados que ni siquiera alcanzan la retribución del SMI, sencillamente porque tienen empleos de duración inferior a la jornada normal. Según el sindicato Comisiones Obreras, en mayo de 2008, había en la comunidad de Madrid 704.184 trabajadores cobrando menos del salario mínimo. Entre las profesiones que reúnen estas condiciones destacan los cuidadores de ancianos o niños, reponedores de grandes superficies, teleoperadores, cajeros, camareros y empleadas de hogar, pero también periodistas, informáticos, diseñadores, profesores o becarios. Se trada de empleados que trabajan por horas, a tiempo parcial, con jornadas reducidas y sin horario laboral definido. Los afectados tampoco disponen de convenio colectivo, tienen contratos basura, están subcontratados o al servicio de empresas de trabajo temporal.

La verdadera importancia del salario mínimo consiste en que constituye una referencia moral, política e incluso psicológica para el resto de prestaciones del sistema de protección social. Por ejemplo, existe un consenso generalizado sobre la idea de que, para no desincentivar el trabajo, las prestaciones de auxilio a la pobreza y el subsidio por desempleo deben ser inferiores a un salario normal. Es obvio que cuando se toma como referencia un índice tan bajo con el SMI español, las prestaciones “no desincentivadoras” habrán de ser necesariamente de miseria. Por lo que no es extraño que sus cuantías se sitúen por debajo del umbral de pobreza.

París descubrirá en una muestra el compromiso de Centelles


ELIANNE ROS
El Periódico de Catalunya






El Jeu de Paume expondrá en junio fotos de refugiados españoles en Francia. Las imágenes se exhibirán a finales del 2009 en el Centre d'Art Santa Mònica.


Con la organización de una exposición centrada en las imágenes captadas por Agustí Centelles durante su estancia en el campo de refugiados de Bram, en el sur de Francia, el museo Jeu de Paume de París aborda un tema que continúa siendo un tabú para el país de los derechos humanos: el trato dado a los exiliados de la guerra civil española. La catalana Marta Gili, que desde hace dos años dirige el centro dedicado a la imagen, quiere que la muestra sirva también para dar a conocer al Robert Capa español y su mirada comprometida sobre una cuestión "tremendamente contemporánea".

La misma retrospectiva viajará en el cuarto trimestre del 2009 al renovado Centre d'Art Santa Mònica, ubicado en la Rambla de Barcelona. Gili es consciente de que la exposición, programada para junio en París, rompe "el tabú de cómo vivieron los españoles en el sur de Francia", un asunto tan incómodo e intocable como "la guerra de Argelia". Centelles plasmó las infrahumanas condiciones de vida de los republicanos en el campo de hombres de Bram y en su diario reflejó el sentimiento de desarraigo, abandono y desazón ante el trato recibido por un país que no les acogió con los brazos abiertos.

CUADERNO DE VIVENCIAS

Ambos aspectos se entrelazarán en la muestra parisina, donde las imágenes de Centelles serán proyectadas una tras otra mientras una voz en off leerá fragmentos del cuaderno en el que el fotógrafo narró sus vivencias. Se construirá así un relato que pretende "descubrir el estatus del refugiado" y de la "atrocidad" de un campo visto desde dentro.

"Centelles trata un tema actual, que estamos viendo cada día en los medios de comunicación. Su diario es muy enternecedor", subraya Gili. "Es interesante mostrar cómo en situaciones de conflicto hay siempre una masa de gente que huye, que de repente molesta, que es distinta, tiene otras costumbres, come diferente...", reflexiona la directora.

EL DEBATE DE LA MEMORIA HISTÓRICA

Aprovechando el 70° aniversario de la guerra civil española, Gili se propone trasladar a Francia "el debate sobre la memoria histórica", además de dar a conocer el trabajo realizado por un fotógrafo español que, como tantos otros, quedó tapado por la atención que despertó el conflicto entre reporteros extranjeros del talento de Capa. "Fuera del país nadie conoce a Centelles. Nunca se ha dado importancia a los fotógrafos españoles y es hora de hacer justicia".

La directora del Jeu de Paume ha cambiado la imagen de esta solemne institución parisina combinando exposiciones que atraen a un amplio público, como la dedicada a Richard Avedon, con otras de artistas contemporáneos cuyo trabajo no se limita a la fotografía y que tratan la imagen con los soportes actuales (vídeo, informática).

Avedon se convirtió en el acontecimiento cultural del pasado verano batiendo récords con más de 250.000 de visitantes. Es lo que Marta Gili denomina un "blockbuster o exposición de autorreconocimiento", como lo está siendo ahora la dedicada a Lee Miller, que en menos de un mes ha cautivado a 60.000 personas. Un buen promedio si se tiene en cuenta que el espléndido espacio solo puede acoger a 250 personas al mismo tiempo.

IMAGEN Y DISCURSO

A base de mezclar muestras de nombres legendarios con las de artistas contemporáneos --en este momento, el barcelonés Jordi Colomer--, Gili ha cambiado la imagen del Jeu de Paume, "encasillada en la fotografía", para convertirlo en un centro dedicado a la imagen. "Hay otras maneras de contar el mundo porque hay otros medios. La imagen por sí misma no es interesante, sino el discurso, el relato que pueda suscitar a nivel social, histórico, político, cultural. Es decir, que nos haga pensar".

Una matanza que generará más muertes


TXENTE REKONDO
La Haine





Desde Tel Aviv se ha mandado un claro mensaje a Barack Obama: los dirigentes sionistas de Israel están dispuestos a seguir con su genocidio contra el pueblo palestino.

La última masacre perpetrada por Israel contra la población palestina supone un salto cualitativo y cuantitativo en el enfrentamiento de la región. Las consecuencias de esa matanza se harán más visibles a lo largo de los próximos meses y la inestabilidad se acentuará.

La rabia y estupor que genera esa política de genocidio contra el pueblo palestino contrasta con la condescendencia que algunos medios y sectores muestran ante tamaña brutalidad. Llama la atención que aquellos que hipócritamente dicen defender el valor de la vida humana por encima de todo o que "ningún proyecto vale la vida de una sola persona", prefieren presentar la muerte de cientos de palestinos como las consecuencias "de la guerra", en la que al parecer las únicas víctimas son los militarizados colonos que ocupan las tierras palestinas y los civiles que sostienen un régimen fundamentalista y reaccionario como el sionismo israelita.

Cabría preguntar a esos sesudos analistas que desde la distancia pretenden abordar la realidad del pueblo palestino, si en el caso del estado de Israel, ese proyecto sí puede generarse a costa de las tierras y vidas de todo un pueblo.

La distorsión malintencionada del proceso electoral en Palestina, donde Hamas logró la mayoría parlamentaria en unas elecciones que cumplieron los cánones exigidos en cualquier estado occidental, ha generado una división formal entre los representantes palestinos, sobre todo entre Hamas y Al Fatah. Y los dirigentes sionistas han aprovechado esa situación para aumentar esa fractura política.

Las conversaciones y negociaciones entre Hamas y Al Fatal para buscar una solución a la división política de facto entre Gaza y Cisjordania no eran del gusto de Tel Aviv y cualquier acercamiento palestino suponía un serio revés para la política sionista de "divide y vencerás".

Pero además hay otras claves para afrontar el ataque indiscriminado de Israel y las probables consecuencias en el futuro más inmediato.

La cercanía electoral es una de ellas. El próximo mes de febrero se celebran las elecciones parlamentarias israelíes y es muy probable que el vencedor sea el ultrareaccionario Likud, con su dirigente y halcón sionista, Benjamín Netanyahu, como el principal beneficiario de esta nueva crisis. El posicionamiento de buena parte de la sociedad israelí hacia posturas más reaccionarias y militaristas es algo que se percibe sociológicamente, a pesar de los esfuerzos de pequeñas minorías de ciudadanos que pretenden buscar una salida negociada y definitiva al conflicto con Palestina.

También la clave electoral sobrevuela buena parte de las disputas entre Hamas y Al Fatah. El nueve de enero acaba teórica y legalmente el mandato del presidente palestino, Mahmoud Abbas, quien debería ceder sus poderes al presidente del Parlamento, Abd al-Aziz Dweik, miembro de Hamas. Sin embargo, Abbas no está por la labor y pretende convocar las elecciones presidenciales al mismo tiempo que las parlamentarias (que deberían celebrarse en enero del 2010). Hamas se opone al adelanto de las elecciones parlamentarias, ya que en esta coyuntura, con sus dirigentes y representantes presos el margen para la celebración de unas elecciones libres es mínimo.

La radicalización del movimiento islamista, o de algunas manifestaciones de éste, pueden ser otra de las consecuencias de esta maniobra de Israel. Desde hace algún tiempo se ha venido constatando el flujo de militantes jihadistas desde Iraq a otros países vecinos como Libano, Jordania o Siria. Si en el pasado era movimientos puntuales y de tránsito, ahora se ha podido observar que algunas formaciones han asentado sus operativos en esos estados, y su disposición a actuar dentro de esas fronteras crece cada día.

La presencia de organizaciones salafistas en Palestina es pequeña de momento, pero el apoyo de Arabia Saudí a éstas les puede permitir desarrollar una estructura estable en la zona. Grupos como Jaysh al-Islam (el ejército del Islam) son utilizados para debilitar a Hamas y buscar dificultar la labor política y social del movimiento de resistencia. Esta táctica, ya utilizada en el pasado en Palestina, con otros actores, para debilitar las fuerzas laicas y progresistas palestinas, se ha mostrado con el tiempo muy peligrosa. Alimentar este tipo de organizaciones y utilizarlas en una determinada dirección puede dar frutos a corto plazo, pero con el tiempo pueden acabar volviéndose contra las manos que les alimentan y sostienen.

Los países vecinos también se han mostrado preocupados por el cariz de los acontecimientos, no tanto por el sufrimiento de "sus hermanos palestinos" a los que hace tiempo abandonaron a su suerte, sino por las consecuencias que pueden generarse para sus propios intereses. El auge de vías electorales como la de los Hermanos Musulmanes en Egipto o Jordania, ponen muy nerviosos a los gobiernos colaboracionistas de la zona, y este tipo de matanzas no hace sino alentar las posturas de las organizaciones islamistas, tanto las de carácter armado como las electorales.

Los "vendedores y apologistas" del cambio de Obama se van a encontrar con una nueva oportunidad para la especulación interesada. Una mirada detallada a los apoyos que ha recibido en campaña el futuro presidente de Estados Unidos, y los nombramientos que ha realizado en su equipo de gobierno, nos permite observar cómo el lobby sionista ha movido fichas y ha colocado importantes figuras en el nuevo gobierno estadounidense. De ahí que aventurar un giro o un cambio de Washington hacia la política en la región es una somera ingenuidad o una indeclarada mala fe.

Unido al cambio presidencial en EEUU también cabría interpretar el ataque israelí. Ya que desde Tel Aviv se ha mandado un claro mensaje al futuro ocupante de la Casa Blanca, y éste no es otro que los dirigentes sionistas en Israel están dispuestos a seguir con su genocidio contra el pueblo palestino, y para ello, Washington debe seguir siendo el colaborador internacional que esa política de aniquilamiento necesita.

La "operación plomo sólido" lanzada por Israel tiene los visos de repetir los errores del pasado, y más allá del dolor y la rabia esta estrategia sionista está condenada nuevamente al fracaso, como lo han estado las anteriores campañas y masacres cometidas por Israel. Hamas ha demostrado su capacidad para continuar celebrando manifestaciones masivas, como la concentración de hace unos días en Gaza, además el movimiento islamista ha sido capaz de reponerse a cada golpe asestado por las fuerzas israelíes, y "cada comandante o dirigente preso o muerto, es sustituido por otros inmediatamente", dando muestras de la capacidad de generar una estructura capaz de hacer frente a una de las maquinarias militares más poderosas del planeta.

A pesar de todo, el escenario futuro no seguirá el guión de los halcones de Israel. Por un lado la capacidad de regeneración del pueblo palestino y de movimientos como Hamas se ha demostrado constantemente. Por otro lado, el apoyo de Tel Aviv a la política colaboracionista y corrupta de Abbas acabará siendo la puntilla para un movimiento como al Fatah, al que algunos lo consideran "en situación terminal". Sin un programa político reconocible, sin una dirección legitimada, al mismo tiempo fragmentada y corrupta; como bien señalaba un militante de al Fatah en Ramallah, "mientras nos estamos desintegrando, Hamas espera a que esto ocurra. Tenemos unos dirigentes que no podemos reemplazar y unas bases a las que no podemos satisfacer".

Además, el acercamiento de Abbas a Israel le hace ser percibido cada vez más como un claro colaboracionista de la ocupación, algo que la mayor parte de la población palestina rechaza con contundencia, tal y como lo hacen todos los pueblos sometidos y ocupados en otras partes del mundo.

El proyecto fundamentalista y sionista que representa el estado de Israel ha abierto nuevamente "las puertas del infierno" tras su ataque contra Gaza, pero esa dinámica genocida puede acabar volviéndose en su contra, y ese fuego y dolor que tan alegremente lanza contra Palestina puede quemar el propio proyecto