Las historias gallegas, Álvaro Cunqueiro


IGNACIO SANZ
La tormenta en un vaso





He aquí la imaginación ardiente, la fantasía desatada, he aquí la riqueza verbal en estado puro, el vértigo festivo del lenguaje con una sintaxis que se adapta al terreno como una lagartija, he aquí a un clásico maravilloso que trae a nuestro presente achatado la magia legendaria de un mundo ahíto de acontecimientos prodigiosos.

Me decía en una ocasión el gran narrador oral Quico Cadaval, tras ver unas fotos de la vida cotidiana del Mondoñedo triste de la posguerra, que, posiblemente, una de las obligaciones que Cunqueiro se impuso a si mismo, fue la de quebrar la tristeza del ambiente, con historias que ayudaran a soñar que corrompieran de alegría la mustiez dominante. Como si el escritor, en este caso un escritor al que reiteradamente se le ha acusado de acrítico con el régimen y por ello de descomprometido, mantuviera un compromiso sólo con la imaginación que de algún modo ayudara a hacer transitable la apagada vida cotidiana. Quiero pensar que esta interpretación es tan sólo una cábala benevolente de Cadaval, para estrechar la mano afectuosa de un escritor fértil al que, pese al espinoso asunto del compromiso, admira y difunde emocionado.

Y es que con Cunqueiro no valen los términos medios, cuando nos arrebata, nos arrebata para siempre. Yo soy uno de esos lectores arrebatados que tengo en los anaqueles de mi casa veinte libros del maestro. Uno tras otro me los fui comprando todos. Lo triste, como dijera Mallarmé, es cuando ya tenemos todos los libros leídos. Por eso la reaparición de este libro es, un pequeño acontecimiento en mi historia personal de lector.

Las historias gallegas guarda una estrecha relación con otro libro magnífico del maestro, La otra gente, pues se trata de lo que un crítico convencional llamaría “obra menor” dado que está compuesto por una recopilación de artículos, en este caso de “retratos al minuto” escritos para ser radiados. Ja, ja, me río yo de la obra menor. Aquí, en estas sesenta y siete historias, late el Cunqueiro en estado puro, el virtuoso conocedor del alma humana con todos sus recovecos fantásticos, aquí están los tesoros, los curanderos, los amansadores de fieras, los resucitados, los mirlos charlatanes, aquí está la ternura, las ensoñaciones, en definitiva, aquí está el mundo cordial del inventor de facto del realismo fantástico. Leerle es una fiesta que nos invita de continuo a la risa y a una cierta melancolía. Como en Cervantes o en Rabelais.

Cunqueiro no pudo ver este libro en la calle porque murió cinco días después de escribir la introducción, a finales de febrero de 1981, es decir, que de la ingente obra que dejó desperdigada por hemerotecas, este es el último libro concebido como tal por el autor. Luego vendrían las recopilaciones temáticas que se han hecho de sus artículos que son, me parece, la quintaesencia de su obra. Sobre todo teniendo en cuenta ese espíritu relampagueante que les emparenta con los más granado de la literatura fantástica, una literatura que, pese a ese carácter fantástico, nos ofrece el retrato más fiel y realista de Galicia.

En fin, para terminar esta reseña copio las últimas palabras de la introducción de Cunqueiro: «Estos relatos, además de distraer al posible lector, quieren dar noticia de los variados gallegos que van y vienen por su tierra natal y por el mundo, que otro talante de los gallegos es el viajar a lejanas tierras, muchas veces en busca del pan, pero otras por el gusto de correr y ver el mundo. El gallego se acomoda a todos los climas, pero no deja de soñar con la pequeña patria lejana, verdes campos de lluvia.»

Espero que lo disfruten hasta el arrebato.