Entrevista con Vicente Verdú: "Estamos en la tercera guerra mundial"

El poeta, periodista, narrador y ensayista se ha concentrado ahora en las dificultades del capitalismo. El resultado es El capitalismo funeral. Según el autor, la crisis que recorre el planeta es "social, cultural, moral y, por lo tanto, el principio de un mundo y el final de otro"


JUAN CRUZ
El País




Es muy fuerte lo que dice: estamos en la tercera guerra mundial. Pero hay que atender al modo de decirlo. Vicente Verdú (Elche, 1942) es un poeta; es el autor de un libro memorable, Si usted no hace regalos le asesinarán; como periodista (oficio que ejerce en EL PAÍS desde 1981), forma parte de una generación que combatió con la cultura el espacio gris del franquismo; como ensayista ha visitado Estados Unidos y China con igual solvencia, y como narrador es autor, entre otros, de un libro, No ficción, que convirtió en su manifiesto contra la ficción, o contra el imperialismo de la ficción. Ahora se ha adentrado en los agujeros negros del capitalismo y ha salido de ahí con un título que abre las carnes, El capitalismo funeral. La crisis o la Tercera Guerra Mundial, que Anagrama publica en el momento más oscuro de la crisis mundial.

PREGUNTA. El capitalismo funeral.¿Cómo llega usted a este título? ¿No le parece que la palabra funeral disuade?

RESPUESTA. Viene como contraste a una época muy de auge, de orgía, y en este batacazo súbito en que el mundo ha venido a caer esta palabra negativa confiere el contraste del lleno y el vacío, del alto y el bajo, de la levitación y el enterramiento

... Me enamoré de ese título porque funeral, que empleamos siempre como sustantivo, es un adjetivo de origen, y me pareció que ese juego léxico entre dos aparentes sustantivos, capitalismo y funeral, era rotundo y expresaba también el fin de una época. Ése es el fondo del libro, que ésta no es una crisis cíclica más, sino que a mi modo de ver es una crisis social, cultural, moral y, por lo tanto, el principio de un mundo y el final de otro.

P. Y una falla en la historia de la cultura, dice usted.

R. Creo que la crisis no es exclusivamente financiera y económica; hay implicados muchos más elementos. El especulador no puede especular si no hay gente con quien especular; el estafador no estafa si no hay un cándido; la gente no se aventura en las hipotecas si la época no lo promueve. Todo esto tiene que ver. Y tiene que ver, por si faltaba poco, con la pérdida de calidad de las cosas. Cuando se habla de los bonos basura o de las hipotecas subprime, eso es concordante con el trabajo basura, con la tele basura, con la comida basura y con la mala calidad de las personas, porque ésa es una cuestión que a mí me ha parecido interesante para explicar. No estoy moralizando, estoy hablando de la ruptura de los materiales...

P. ¿Somos peores?

R. ...Los materiales eran malos. La amistad estaba deteriorada o era floja... La calidad de las personas también bajó en correlación con la baja calidad de los tejidos en los vestidos, con la baja calidad de las comidas, del trabajo, de los muebles...

P. Le repito: ¿somos peores?

R. Los conceptos morales son peores respecto a los valores absolutos. Somos menos consistentes. Una economía especulativa como la que venía necesitaba perder consistencia y ganar elasticidad, facilidad de circulación, ligereza, poco afianzamiento. En Estados Unidos hay una cosa que se valora en los empleos: el lastre cero. Se llama a una persona de lastre cero a aquella que no tiene raíces, que tiene pareja pero no está enamorada, que no tiene hijos o los tiene distanciados, que tiene una formación pero no es una formación muy vocacional

... Es un mundo ligero y volátil, propenso a desvanecerse.

P. Ahora no miramos a la economía. ¿Adónde miramos ahora?

R. En una época pasada vivimos basados en el dolor como eje de la cultura. Se alcanzaba la recompensa después del sacrificio. Primero se ahorraba y después se compraba. Esa ética del dolor, basada en el cristianismo acérrimo, fue sustituida por una sociedad de consumo que invirtió la ecuación. Es la inversión de la ecuación del dolor y el establecimiento de la ecuación del placer. Ahora Zapatero, por ejemplo, nos induce a que consumamos, cuando hace dos o tres meses eso parecía moralmente condenable.

P. Se acabó la fiesta.

R. Como el placer no era malo o condenable sino productivo a través del consumo, que no era pecado mortal, sino que estaba formando parte del espíritu del tiempo, todo había que disfrutarlo en esta vida. Y ésa era la norma que persistía en todos los ámbitos. Esa época también coincidía con un aturdimiento, faltaba un proyecto de vida. La idea del proyecto de vida es más propia de una época anterior. Casarse, tener hijos, afianzarse en un trabajo de por vida, la extremaunción y el cielo. Todo ese proceso predeterminado se descompone en la segunda mitad del siglo XX: no hay una sino varias parejas, no uno sino distintos trabajos en diferentes lugares, no una familia única sino un ensamblaje de familias mecano, etcétera. El fin de fiesta es el apagón de las luces y el momento en que llega la meditación.

P. Dice que el capitalismo finge su funeral, y evoca con melancolía el siglo XX.

R. Fue un siglo poderosísimo. Se ensayaron en él todas las utopías del siglo XIX, y se asistió a su fracaso. El nacionalismo dio con los campos de exterminio. El comunismo dio en los gulagui. Todas esas grandes ideas colectivas orientadas a crear un hombre nuevo, una humanidad cooperadora, terminaron mal. Fue un siglo muy intenso, y quizá por eso el XXI ha empezado con ciertas resistencias.

P. ¿Estamos en la tercera guerra?

R. Estamos en una gran crisis que propaga una adversidad a escala mundial. Yo he comparado este trance con una metafórica tercera guerra mundial porque el capitalismo necesitó y se benefició de las grandes destrucciones materiales de las dos guerras mundiales anteriores. No sólo Estados Unidos, que se benefició de la destrucción de Europa, la industria alemana también renovó, a través del Plan Marshall, su actividad industrial a una velocidad impensable sin la contienda. Y a partir de ahí puede hablarse del saneamiento de todo el sistema mundial y su progreso. La gran crisis actual ha sobrevenido justamente medio siglo después de la Segunda Guerra Mundial, y ésta estalló casi medio siglo después que la primera.

P. Cita un verso de Hölderlin: "Donde hay peligro también surge la salvación".

R. Esta sentencia forma parte del pensamiento que señala el mal dentro del bien o viceversa, que ve siempre dentro del sí un pequeño no y al contrario.

P. ¿Y ahora dónde ve usted el no?

R. En el descrédito de las instituciones bancarias y de todos los intermediarios, políticos incluidos, como factores de explotación. En cuanto a la política, ya no cabe la posibilidad de pensar en un sistema democrático que sobreviva si no es a la manera como lo ha entendido Obama, movilizando a millones de personas a través de Internet. El mundo camina hacia la desaparición del intermediario improductivo y hacia una estructura más horizontal, una suerte de "anarquía armónica", como dice Salvador Pániker.

Buñuel, el apóstata

Una retrospectiva de los filmes, que el gran cineasta aragonés filmó durante su exilio mexicano, llega a Buenos Aires y actualiza una trayectoria cimentada sobre la polémica. Religión, sexualidad morbosa y crítica al sistema de vida burgués fueron tema de una filmografía tan ejemplar como inimitable


DIEGO MANSO
Revista Ñ





El primer día de febrero, cada año y según el santoral católico, se celebra el onomástico de Viridiana, que vivió más de tres décadas recluida en una celda, donde apenas asomaba la cabeza para recibir la hostia sacrosanta a través de una ventanita y departir con los abonados a sus ruegos, toda gente de Castelfiorentino, en Toscana, merindad que también vio nacer a Francisco de Asís, casi un siglo antes que ella y muchos más hasta que la psiquiatría cubriera con su hábito de compostura tantísimos casos similares que, no obstante, llegan a obsesionarnos todavía, lo mismo que las historias de torturados o superhéroes, puntales de modernas hagiografías. La anécdota refiere que dos serpientes hostigaron a una estoica Viridiana durante sus últimos años y que las campanas de su pueblo repicaron, sin auxilio humano alguno, a la hora de su muerte, que habrá sucedido a causa de la inanición, el rezo o cualquier enfermedad extinguida tras las luchas bacteriológicas. Con todo, el nombre de Viridiana no conocerá la posteridad a través del culto a esa devota reclusa del siglo XIII, sino por la película de Luis Buñuel, una de las más inquietantes jamás filmada, fábula sobre los desbordes de la caridad o el amor al prójimo, que hoy viene a interpelarnos a la luz de una retrospectiva a la obra del cineasta aragonés que, hasta el 14 de junio, presentará la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín con auspicios de la Filmoteca Española y la Cineteca Nacional de México.

La muestra, que recupera trece largometrajes de Buñuel rodados durante su exilio mexicano, configura un acontecimiento sensacional, no sólo porque se exhibirán copias en 35mm de un material inhallable para los coleccionistas locales, sino porque viene acompañada de un repertorio de ochenta y seis fotografías que el propio director tomó como registro a la hora de elegir locaciones o documentar sus puestas en escena. Las funciones, que respetan la sucesión cronológica de los filmes, desde Gran Casino (1947, el primer protagónico de la inmensa Libertad Lamarque en México) hasta Simón del desierto (1964), mediometraje que antecede a la denominada "etapa francesa" de Buñuel, incluye algunas de sus obras capitales, como Los olvidados (1950), El (1953), Ensayo de un crimen (1955), Narazín (1959), El ángel exterminador (1962) y, claro, Viridiana (1961), cuyos entretelones alentaron a cientos de escribas desde su estreno en Cannes hasta el día: el regreso de Buñuel a su país con visado de turista, los melindres de la censura franquista, el cambio de final, la prohibición del estreno en España y la destrucción de todas las copias, que consiguió atenuar el hijo del director cuando cruzó la frontera hacia Francia con los negativos originales, escondidos en una maleta, entre los capotes de un torero. No cuesta demasiado darse cuenta aun hoy, qué había de escandaloso en esa película, incluso cuando la majadería de los censores nunca consiguiera comprender por completo el verdadero eco subversivo que habita en ella y prefiriera detenerse en la gozosa obscenidad de Lola Gaos (actriz resonante de la escena española) cuando frente a un grupo de mendigos instalados frente a una mesa, en exacto remedo de "La última cena", se levanta la falta y espeta, palabras más o menos: "Os voy a hacer un retrato con una máquina que me regalaron mis papás". Lo escandaloso sigue siendo la tesis que, como un cosido invisible, encamina el filme: el amor cristiano sólo conduce a la locura y a la soledad, en fin, a la imposibilidad de amar. Una idea que Buñuel detestaría como mero argumento, pero que desarrolló con idéntica perspicacia en Nazarín, donde el cura que interpreta Francisco Rabal resigna su escasísimo sentimiento de rebeldía frente a la impostura de hacer el bien indiscriminadamente.

Pero, ¿quién es la Viridiana de Buñuel, nacida en su imaginación a partir de la historia de la santa homónima, que algún profesor le habrá citado en el colegio de Zaragoza donde estudió? En principio, una novicia que se toma una licencia de la vida conventual para asistir a su tío anciano, el primero de la galería de viejos verdes que Fernando Rey, ese modelo de actor, compondría de allí en más para Buñuel. Encandilado por el parecido que la sobrina comparte con su finada esposa, el viejo planea dopar a Viridiana (Silvia Pinal) y abusar de ella mientras dure el sueño inducido. Sin embargo, una vez que consigue la mitad de su propósito, no se anima a continuar y elige engañar a la novicia diciéndole que, efectivamente, la violó mientras dormía. Viridiana, que lleva adminículos de auto tortura entre sus petates, toma esa tragedia como prueba de fe y resuelve abandonar el convento a causa del supuesto menoscabo que sufrió su virginidad. Cuando el viejo muere, se convierte en la heredera de la finca y, aunque debe compartir techo con un hijo natural de su tío, decide rejuntar de las callejas del pueblo todo tipo de mendigos y freaks para acogerlos y, de paso cañazo, catequizarlos. Su bondad inusitada será apenas el primer peldaño de una degradación moral en ciernes.

Viridiana resulta la película que mejor ordena y conjuga el universo de fijaciones buñuelianas que, sobre el final de su carrera, explotaría en una suerte de caos. Hay una escena en Ensayo de un crimen (extemporánea al desarrollo de la trama) que, leída con la ironía del caso, nos da algunas pistas acerca del sustrato que nutre toda su obra. Sucede durante una fiesta de casamiento. En un rincón, se encuentran un cura, un comisario y un militar que hace el paripé con sus charreteras. El policía dice: "A mí, una boda, un bautizo, incluso una confirmación, siempre me conmueve". Orgulloso, el cura asiente: "Es que la pompa de la Iglesia Católica, y por qué no decirlo, el manto de poesía con que envuelve todos sus actos, es único, excepcional. ¿Qué sentirían ustedes si esta fuera una boda civil, por ejemplo? Algo prosaico, vulgar". El militar, entonces, se envanece: "Tiene usted mucha razón, padre", dice. "Pero aparte de eso, creo que nuestro amigo, el señor comisario, es un sentimental." En este punto, el policía nota que su orgullo ha sido puesto sutilmente en conflicto: "En todo y por todo, gracias a Dios", concede. "Por ejemplo, ¿creerán ustedes que si veo pasar un regimiento con la bandera desplegada siento un nudo aquí y los ojos llenos de lágrimas?". El militar replica, brusco: "Bueno, eso es natural entre personas bien nacidas". Fin de la escena, que queda para nosotros como un chiste de salón.

Si todo artista es sus temas, los de Buñuel pueden rastrearse con sencillez. La fascinación del director por las piernas, el infinito de los sueños y su alternancia con la vigilia, los vericuetos de la religión católica, los santos y las vírgenes, los campanarios y las torres. Alfred Hitchcock, que valoraba a Buñuel con una admiración que no le era recíproca, lo homenajeó al menos en dos oportunidades. La primera, en la secuencia onírica de Spellbound (1945), creada en colaboración con Salvador Dalí, donde el protagonista (Gregory Peck) se corta un ojo con unas tijeras gigantes, en alusión a la famosísima escena de Un chien andalou (1928); luego en Vértigo (1958), Hitchcock filma varias escenas en un campanario que remiten, con pocas dudas, a algunos de los momentos más dramáticos de El, cuando un desquiciado Arturo de Córdova lleva a su mujer (Delia Garcés) hasta lo alto de una iglesia y le explica cómo aplastaría con un pie a la gente que pasa, alentado por la estatura de insectos que le otorgaba aquella perspectiva. "Quizá es la película donde más he puesto yo", confesó Buñuel. "Hay algo de mí en el protagonista, Francisco Galván. Me parece alguien que está tratando de liberarse sin saber cómo. En él predomina, sin embargo, la necesidad de que los demás lo tengan por perfecto, de que lo consideren el mejor de los hombres."

Considerada una de las películas fundamentales de cine mexicano, El desvela el análisis de un caso patológico con el mismo afán de entomólogo que Buñuel demostró en La edad de oro (1930), que comienza como un documental acerca de las costumbres de los escorpiones. La leyenda cuenta que Jacques Lacan proyectaba El a los alumnos de sus seminarios para ilustrar un caso clásico de psicosis paranoide. La escena extraordinaria en la que el personaje de Arturo de Córdova, harto de esperar a su mujer en medio de la noche, arranca un perfil metálico de uno de los peldaños de la escalera alfombrada, se sienta, y comienza a golpearlo desesperadamente contra el pasamanos, durante un par de minutos eternos, imprime en el espectador tanta incomodidad como años después lo harían, de forma explícita, los sueños sadomasoquistas de Catherine Deneuve en Belle de Jour. Allí, las perversiones de una prostituta vocacional se entremezclan con las miserias de la vida burguesa. En ese sentido, la circunstancia que da pie a El ángel exterminador, sobre "un grupo de invitados a una cena elegante que se veía obligado a permanecer en la mansión, sin que hubiese una explicación lógica de por medio", no es otra que la del miedo de clase, tema que retornará a modo de farsa en El discreto encanto de la burguesía (1972).

Todas las obsesiones de Buñuel explotan, entonces, en su último filme, Ese oscuro objeto del deseo (1977). Explotan literalmente. Sin poder considerarse estrictamente un cineasta sentimental, su última producción (quizá junto a Tristana, 1970), legado al fin, abunda en las obsesiones románticas y en las luchas por consumar amores satisfactorios. La última escena que rodó Buñuel transcurre en una galería comercial. Los protagonistas pasean y se encuentran, frente a un escaparate, con una mujer que hace encaje. De pronto hay corridas y el fuego y los estruendos invaden la arteria. Nada queda en pie, ni película siquiera. Pocas veces se asistió a clausura semejante: este es un mundo donde no deberíamos vivir, que conspira contra aquellos que pretenden dejar rastros de su amor. Sólo quedan los santos, los enfermos, los niños muertos. Los futuros suicidas. Nosotros.

Represión policial y proyectiles peligrosos: un alegato a favor de su prohibición

JAUME ASENS/GERARDO PISARELLO
El periódico de Catalunya




Los disturbios tras la celebración del título europeo del Barcelona, hace una semana, dejaron un balance de 134 detenidos y más de 200 heridos. Como consecuencia de las pelotas de goma lanzadas por los cuerpos de seguridad autonómica, los Mossos d’Esquadra, tres jóvenes perdieron un ojo. Los disparos, al parecer, alcanzaron incluso a un alto mando de la policía municipal, que además era jefe de prensa. Tras la desafortunada intervención policial en la represión de los estudiantes universitarios que protestaban contra el “Plan Bolonia”, vuelve a suscitarse un interrogante elemental: ¿qué tipo de situaciones justifica la utilización de armas como las escopetas antidisturbios? En un Estado que, al menos formalmente, asegura regirse por el principio del uso limitado y excepcional de su aparato represivo ¿resultan admisibles unos proyectiles de 90 gramos de peso que pueden superar los 250 kilómetros y amenazar seriamente la integridad física de las personas?

En realidad, el uso de escopetas antidisturbios contra los ciudadanos es una de la medidas más extremas que un Estado de Derecho puede adoptar. Ello explica que, desde el punto de vista jurídico, aparezca como la última opción a la que cabe recurrir, una vez agotadas el resto de vías de solución de conflictos. Por razones similares, su utilización queda supeditada a la observancia de estrictos criterios de congruencia, oportunidad o proporcionalidad, y con la única finalidad de remover una alteración grave del orden público.

En el caso de la policía catalana, ya existe, de hecho, un protocolo policial que exige una utilización gradual de los medios. En virtud del mismo, se prevé, en primer lugar, el recurso a métodos disuasorios, como los avisos de advertencia por megafonía o altavoces. Si estas vías no funcionaran, es posible recurrir a las salvas –disparos sin propulsión- y sólo si éstas fracasan, a las pelotas de goma. En este caso, el protocolo estipula que los disparos se hagan siempre con rebote al suelo –no hacia las personas- y a una distancia mínima de 50 metros. La lógica sobre la que se fundan estos principios es simple: la policía sólo puede disponer de un medio tan invasivo si es absolutamente imprescindible y siempre que con ello no se provoque un mal mayor que el que se pretende evitar.

Contemplados los hechos desde esta perspectiva, parece innegable que la persuasión o la mediación difícilmente hubieran permitido, por sí solas, contener los disturbios callejeros de la semana pasada o reconducir la situación. Lo que no está tan claro, en ésta como en otras ocasiones, es que el uso de escopetas fuera estrictamente necesario. Numerosos testigos y víctimas hablan de disparos discrecionales, a menos de la distancia reglamentaria y en lugares donde los incidentes habían finalizado o ni siquiera empezado, como en el caso del caporal herido en plaza Cataluña. A pesar de estos testimonios, que suponen un claro incumplimiento de los protocolos, el consejero de Interior, Joan Saura, se apresuró a rechazar la necesidad de cualquier investigación, calificando la actuación de “absolutamente correcta”.

Más allá, en todo caso, de las diferentes opiniones sobre lo sucedido, lo cierto es que tales armas entrañan un severo riesgo para la integridad física e incluso la vida. Renombradas revistas médicas como The Lancet, informes de la Sociedad Española de Oftalmología o el balance del último año en el Estado son, al respecto, elocuentes: 60 hospitalizados y 4 lesiones oculares graves –22 desde 1990, según el matutino El Periódico-. En Barcelona, sin ir más lejos, una de las supuestas víctimas fue, el año pasado, el propio jefe de la policía local, Xavier Vilaró. Tras la actuación policial como consecuencia de los disturbios por la victoria de la selección española en la Eurocopa, a Vilaró le tuvieron que extirpar el bazo. En enero de este año, asimismo, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo condenó al Estado español por un “mal funcionamiento de la administración pública” a indemnizar con 170.000 euros a un joven herido por otro impacto por un bote de humo disparado a bocajarro por la policía nacional.

Las asociaciones de derechos humanos llevan tiempo reclamando un debate sobre el manejo de ésta y otras armas policiales. En 2005, la utilización no autorizada de porras extensibles por la Guardia Civil causó la muerte de un agricultor almeriense en el cuartel de Roquetas de Mar. Dos años más tarde, algunas unidades de la policía autonómica adquirieron una variante de las temibles pistolas Taser que tantas víctimas mortales han causado en los Estados Unidos y Canadá. El mismo año, entró en escena el célebre punzón llamado kubotán, esgrimido sin autorización por los antidisturbios durante una manifestación en Barcelona. El peligro de estos artilugios es tan evidente que la Generalitat de Cataluña impulsó dos instrucciones, la 4/2008 y 5/2008, en las que se prohibía el kubotán y la pistola eléctrica. A pesar de sus insuficiencias, estas medidas son un paso adelante. De hecho, en su reciente informe “Voltios sin control”, Amnistía Internacional las ha reclamado para el resto del Estado.

Las balas de goma, en cambio, siguen siendo legales, a pesar de que su potencial lesivo es enorme y de que se trata de proyectiles que no dejan marcas de identificación, con la consiguiente dificultad para investigar su uso y determinar qué agente ha apretado el gatillo y en qué circunstancias. Desde la Consejería de Interior dirigida por Saura, sin embargo, no se plantea ningún cambio. Es más, se ha defendido su empleo argumentando que también “se utilizan en el resto del Estado”. Lo que esta afirmación no dice es que en la mayoría de países europeos –con la excepción de algunos como Grecia o Italia- las balas de goma han sido prohibidas. Así, por ejemplo, en Francia, Alemania, Bélgica, Holanda o Gran Bretaña han substituidas por medios a priori menos contundentes e indiscriminados.

No parece cierto, en definitiva, que no existan otras opciones que, sin perder eficacia, sean menos riesgosas y permitan un uso más proporcional o controlado de la fuerza. El ideal normativo del Estado de derecho exige no cerrar en falso sucesos tan dramáticos como los citados. Las armas de fuego son instrumentos de difícil control, las trayectorias no son siempre previsibles y, por ello, cualquiera puede ser víctima de una bala perdida. Si incluso los propios funcionarios policiales llegan a serlo, ¿qué puede esperar cualquier ciudadano que pretenda salir a la calle para manifestarse o a celebrar la victoria de su equipo? No sería aconsejable, en contra de la opinión del consejero Saura, investigar su uso? ¿Qué concepción del orden público puede justificar el recurso a un medio tan lesivo?

La supervivencia de la editorial independiente, Lengua de trapo.

Para algunos, son las responsables de la 'última narrativa española'. Otros opinan que la literatura española 'no interesa'. 'Apostar por escritores noveles no es fácil', afirman desde Candaya. Lengua de Trapo defiende que su fuerte es el hallazgo de nuevos talentos

KARINA SAINZ BORGO
El Mundo




Finales de los 80. Arturo Pérez Reverte publicaba su primera novela y Javier Marías se alzaba con el Herralde. El país comenzaba una cosecha de narradores para su propia democracia. Y fueron sellos como Anagrama, Seix Barral o Tusquets quienes recogieron sus voces. España estrenaba libertades. El libro no permaneció inmune al contagio. Desde finales de 1980 hasta 2008, la edición se duplicó al pasar de 39.000 a más de 70.500 títulos. Al margen de la consolidación surgió, también, un archipiélago de sellos dispuestos a tomarle la palabra a consagrados, traducciones y 'best-sellers'.

Desde la aparición de la editorial Lengua de Trapo, en 1995, surgieron otras como DVD (1996), Bartleby Editores (1998), Candaya (2004), Berenice (2005) o Caballo de Troya (2004), recientemente incorporada a Mondadori. Para algunos, a éstas se debe la configuración de una llamada 'última narrativa española'; otros, en cambio, son cautos a la hora de atribuir méritos y definir alcances. "A la sociedad española no le interesa la literatura española. Vive de traducciones de autores extranjeros", dice Sergio Gaspar, director de DVD, la editorial que dio a conocer novelas rompedoras como 'Magia', de Manuel Vilas, o 'La fiesta del asno', de Juan Francisco Ferré.

Para muchos, entre ellos Gaspar, no basta con defender una forma de editar, sino de ponerla en práctica. "Ser independiente no tiene que ver con el tamaño, significa ir en contra de la corriente establecida. El problema no es ser pequeño y que los otros sean grandes, el problema es ser verdaderamente independiente", fustiga Gaspar. La mayoría de las editoriales surgidas en los 90 se propusieron publicar autores que se habían vuelto prácticamente invisibles para los grandes editores. Desde entonces, lo que parecía una tendencia se convirtió en cruzada.

Olga Martínez, de Candaya, admite que "apostar por escritores noveles o por un tipo de literatura diferente no es fácil, y menos para las grandes editoriales que esperan beneficios económicos inmediatos". De ahí, según ella, que "la labor de vanguardia recaiga en las editoriales independientes". Sobre el mismo tema, y bastante más pesimista al respecto, Sergio Gaspar remata: "A la sociedad española le basta reconocerse en los autores ya consagrados. No necesitan, ni quieren la renovación".

A la periferia editorial de estos sellos y la tendencia conservadora del mercado, se suma un hecho distinto. "Suele suceder así: un editor pequeño apuesta por un escritor desconocido y cuando un libro suyo tiene éxito llega una editorial más fuerte y se lleva a ese escritor". Diego Moreno, de Nórdica Libros, no sabe si es o no una práctica criticable, de lo que sí está seguro es de cuánto les afecta.

Para Lengua de Trapo, en cambio, lo que realmente importa es la calidad: "Tenemos vocación por descubrir talentos, y esa es una tarea que hacemos mejor que los grandes grupos, porque estamos pegados a la tierra", dice Ignacio Virgilito, representante de la editorial.

El círculo vicioso de la vida editorial

La caza de nuevos autores, a la manera de un fichaje literario, ha tenido algunos episodios. El más reciente de ellos ocurrió con 'Nocilla dream' (Candaya), de Agustín Fernández Mallo. Una literatura supuestamente desenfada y 'afterpop' fue bautizada por la prensa como 'Generación Nocilla', una etiqueta que disparó la popularidad del autor, quien pasó a editar después 'Nocilla Experience', esta vez con Alfaguara.

Olga Martínez reconoce "las ofertas desorbitadas de las grandes editoriales para captar a los que antes habían ninguneado", pero asume que "la ecuación se cierra con la editorial pequeña, que tiene que volver a empezar de cero". Fernández Mallo, en cambio, atribuye su caso a la suerte y lo que "supone" obedece "también a la calidad del libro".

Críticos y escritores no llegan a un acuerdo. Autores como Jordi Carrión sostienen la importancia de determinados sellos en la configuración de una narrativa española, pero con matices: "El fenómeno de la última narrativa española se explica por Internet. Los diálogos más importantes se han dado por mail o en blogs".

Blogs aparte, otros como el murciano Javier Moreno, autor de 'Click' (2008), consideran que las editoriales independientes han sido decisivas para dar conocer a un grupo de nuevos creadores. "En los 90 sorprendía la aparición de autores muy jóvenes y completamente desconocidos en editoriales señeras, algo inconcebible en nuestros tiempos, en los que la apuesta editorial parece haberse hecho más conservadora".

En España circulan hoy más de 350 millones de libros, tres veces el volumen desde 1980, y mientras la crisis y el libro digital oscurecen el mercado, en especial el que se precia de independiente, los editores siguen dispuestos a recoger y subir el volumen a las voces que sean necesarias.

Sobre los premios y otras contradicciones nacionales

Un grupo de editoriales unidas en el proyecto Contexto recibió el Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural 2008, concedido por el Ministerio de Cultura. A este colectivo pertenecen las editoriales Libros del Asteroide, creada en 2005 con la intención de traducir y difundir autores extranjeros en España; la catalana Barataria, especializada en libros artesanales; Global Rhythm; Impedimenta; Sexto Piso; Periférica, creada en 2006 con un amplio catálogo de traducciones, clásicos y autores hispanoamericanos, así como Nórdica, dedicada a la traducción de autores de los países bajos. Julián Rodríguez, editor de Periférica, se muestra optimista.

El premio es estímulo para lo que él denomina "una manera de editar". Aún así, hay quienes, como Sergio Gaspar, no terminan de comprender el porqué del reconocimiento. "Estas editoriales publican traducciones, recuperaciones de clásicos, pero ninguna de ellas publica narrativa española y sin embargo han recibido el Premio a la mejor labor editorial, de lo cual se entiende que la mejor labor editorial es no publicar literatura española".