Los textos inéditos y políticos de Pessoa


Jerónimo Pizarro publica en Portugal nuevos escritos del autor, que le muestran como un escritor crítico con Salazar



PAULA CORROTO
Público



La misteriosa figura del poeta portugués Fernando Pessoa (1888-1935) está cada día más cerca de desvelarse. Los inéditos que el investigador colombiano Jerónimo Pizarro acaba de publicar en la editorial portuguesa Texto Editores revelan una imagen que le convierte en un escritor comprometido con su época y muy crítico con el dictador Antonio Salazar.

Fernando Pessoa: el guardador de papeles es el título del libro que Pizarro ha elaborado a partir de textos almacenados en el Archivo del luso que se halla en la Biblioteca Nacional de Portugal, en Lisboa. Entre las recopilaciones más importantes de Pizarro se encuentra el Escrito sobre Fátima, un texto elaborado por Pessoa en 1935 y que "deja en el aire cómo ese lugar, más que un centro de peregrinación sagrado, está creado para hacer negocio", señala Pizarro. Según este investigador, el autor del poemario Mensaje dilucida "ciertas dimensiones políticas en la creación de ese lugar" y lo compara con "una taberna en la que uno va a dejarse el dinero".

Escondido tras heterónimos que le servían para ofrecer distintos estilos, Pessoa siempre ha sido demasiado enigmático para la crítica. Sin embargo, en sus últimos años escribió textos bastante duros contra la dictadura de Salazar y sobre todo lo que empezaba a crearse en la sociedad. "Estos artículos, que he incluido en el libro, nos muestran un perfil mucho más político del que se pensaba hasta ahora", conviene el investigador.

Críticas al ocultismo

Otro de los documentos desconocidos es el que narra el encuentro entre el escritor y el mago británico Alesteir Crowley. La relación que mantuvieron ambos y que está reunida en el dossier Crowley una colección de 500 documentos reunidos por un sobrino del poeta, siempre ha sido de particular interés para los investigadores y coleccionistas británicos. Pizarro ha recuperado un texto en el que Pessoa critica sin mesura el comportamiento del ocultista por estafador.

Esta no es la primera vez que el investigador colombiano publica inéditos del luso. Hace tres años reunió 500 documentos nuevos en el libro Escritos sobre genio y locura. Todos los extrajo del archivo de dicha biblioteca, un tesoro que según Pizarro, "está infrautilizado". Aunque abrió por primera vez hace 20 años, cuando todo el legado de Pessoa pasó a dominio público, el investigador reconoce que "apenas va nadie a visitarlo. Puedes estar días completamente solo". Sin embargo, su riqueza es absoluta: en él se encuentran en total 27.000 documentos de Pessoa entre libros, artículos, cartas y fotografías, y de ellos, "es posible que hasta el 50% esté inédito", apunta Pizarro.

Casi desde su apertura, este archivo se ha visto perseguido por la polémica. Hace 15 años la familia del escritor se movió para ampliar sus derechos hasta 2006, y lograr dejar la ley de propiedad intelectual de Portugal en 70 años, en vez de los 50 años, después de la muerte del autor. En 2007, cuando ya no había posibilidades de alargar la titularidad de los derechos de la obra y su explotación, la familia decidió sacar a subasta algunos de los 3.000 documentos que todavía poseía. Muchos intelectuales portugueses se opusieron por considerar a Fernando Pessoa patrimonio nacional. El Estado compró 400 documentos financiados por la empresa pública Redes Eléctricas Nacionales, que pagó 160.000 euros por ellos.

"El archivo será nombrado Tesoro Nacional. Espero que cuando esto ocurra se deje de comerciar con la obra de Pessoa", zanja Pizarro.

Cuando Onetti...

Doloroso y tierno, nocturno, pesimista y trasgresor, Juan Carlos Onetti (1909-1994) hubiese cumplido el próximo miércoles cien años de escepticismo y literatura. Considerado el primer novelista moderno de nuestra lengua por Vargas Llosa, hay quien dice que entrar en su mundo tal vez no sea tarea fácil, pero que salir es imposible. Ensombrecido por la fama de los García Márquez, Rulfo, Borges o Cortázar, que le admiraron rabiosamente, hoy su obra conquista lugares de privilegio, quizá porque, como apunta uno de sus mejores amigos, Jorge Ruffinelli, profesor de la Universidad de Stanford, “escribía por la pura necesidad de hacerlo”


JORGE RUFFINELLI
El Mundo




Cuando Onetti emigró a España en 1975, venía de padecer el trauma más doloroso de su vida: la cárcel y el internamiento siquiático durante algunos meses, por la única “culpa” de haber sido jurado en un concurso de cuentos.

Madrid debió ser un oasis, no alucinado sino verdadero. Se aposentó junto con su mujer Dolly en un departamento de la Avenida de América y rara vez salió de él. Parecía un ermitaño, y si bien le hicieron interminables entrevistas, que él contestaba casi con monosílabos, prefería vivir en su cuarto y en su cama, rodeado por sus libros, escuchando los ensayos de violín de Dolly y los ladridos de su perrita Bice. Una vez -por necesidad- emergió de sus hábitos solitarios y ensimismados, para recibir el Premio Cervantes entregado por el Rey Juan Carlos.

¿Quién había sido Onetti antes de venir a España?

Nacido en Montevideo en 1909, era más bien un ciudadano del Río de la Plata, porque vivió por períodos biográficos importantes también en Buenos Aires. La oscilación emocional de Onetti entre su ciudad natal y Buenos Aires llegó al límite de inventar, para su ficción, una ciudad imaginaria, Santa María, que no es argentina ni uruguaya sino una combinación de las dos idiosincrasias y los modismos de las dos vertientes locales de la lengua española. No había cumplido treinta años cuando escribió su primera novela, El pozo, pero extravió los originales y tuvo que escribirla nuevamente. Se publicó en 1939 y quedó en los estantes, editada en papel de estraza y con un falso Picasso en la carátula, durante más de veinte años.

Onetti se volvió paulatinamente un escritor-de-escritores, admirado silenciosamente como uno de los mejores de América Latina. Anterior al llamado “boom” de los años 70, sin embargo esa irrupción de extraordinarias novelas -La ciudad y los perros de Vargas Llosa, Rayuela de Cortázar, o Cien años de soledad de García Márquez, todas y varias más aparecidas en la década de los 70- atrajeron a la luz los libros anteriores de Onetti, quien desde entonces fue considerado uno de los Maestros, con mayúsculas.

¿Cuál era su mérito? De manera negativa: no escribir para tener éxito de ventas, ni para la posteridad. De manera positiva: escribir por la absoluta necesidad de hacerlo. Y lo hacía en cuadernos escolares, con letra grande y casi sin corregir. Es que ya había “corregido” su escritura en numerosas noches y días de insomnio.

Así, entre 1959 y 1973, una sucesión de novelas, Para una tumba sin nombre (1959), La cara de la desgracia (1960), El astillero (1961), Juntacadáveres (1964), La muerte y la niña (1973), la aparición de sus Cuentos completos (1967 y 1968) y de sus incompletas Obras completas (1970) en Aguilar, confirmaron el enorme talento narrativo del escritor y la fidelidad a un mundo propio.

Ese “mundo” había comenzado a tomar forma años antes, en Buenos Aires, con Tierra de nadie (1941), Para esta noche (1943) y La vida breve (1950), ante todo esta última que es la piedra angular de una realidad a la que le hace falta otra realidad. Aunque hasta ahora a nadie se le ha ocurrido identificar a Onetti con el “realismo mágico”, hay que advertir que en La vida breve sus personajes “realistas”, cuando se sienten perseguidos, se refugian en Santa María, una ciudad imaginaria.

Santa María se volvió la ciudad de Onetti, como Yoknapatawpha había sido el condado de Faulkner y Comala el pueblo de Rulfo, y Macondo el de García Márquez. Hoy el turista universal puede viajar por una América imaginaria gracias a todos estos escritores.

Gradual pero firmemente, Onetti se impuso como uno de los grandes escritores de todos los tiempos en lengua castellana. Era dueño de una escritura única, de una sintaxis inimitable, así como de un imaginario ingenioso para tramar historias, que lo acercaba al universo de Jorge Luis Borges, del mismo modo que su realismo sombrío lo aproximaba a otro escritor argentino: Roberto Arlt.

Actualmente la presencia de Onetti en la literatura no debe medirse únicamente por la eventual o virtual “influencia” de sus historias, ambientes y personajes, sino por su condición de modelo de escritor auténtico que jamás se sometió a requisitos de mercado y tuvo una fidelidad única: a la literatura. Ni siquiera a sus lectores ideales. De ahí, la poderosa admiración que por Onetti han sentido escritores como Juan Rulfo, García Márquez, y Julio Cortázar. A veces esa admiración es tan poderosa que sólo puede conjurarse escribiendo un libro, y ésos son los casos de Mario Vargas Llosa con El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti (2008), y de Antonio Muñoz Molina, quien desde hace tiempo -ha dicho- se encuentra escribiendo un libro sobre Onetti, y quien ha señalado como supremo elogio: “Onetti te exige una lectura muy intensa, de los cinco sentidos”. Dolly Muhr señaló que Onetti a su vez admiraba a Muñoz Molina: “Son tan faulknerianos que se admiraban mutuamente”.

La influencia de Onetti comenzó en Uruguay, donde un escritor joven, Hugo Giovanetti, escribía “a la manera” de Onetti; siguió en México, con Fernando Curiel y varios otros jóvenes. A quince años de la muerte del escritor, su presencia en la literatura es más fuerte que nunca. Aunque nunca gozó de estar en listas de best-sellers, en una encuesta reciente entre 64 escritores latinoamericanos nacidos después de 1960 (Los escritores del Milenio, Stanford, 2008), 20 citan a Onetti (junto a 43 que lo hacen con Borges, 25 con Cortázar, 18 con García Márquez y 9 con Roberto Bolaño). El mapa de las lecturas es fenómeno cambiante, pero como acaba de decir Vargas Llosa en una entrevista: “Estoy convencido de que es uno de esos escritores que va a pasar ese examen definitivo que es la prueba del tiempo”.

Aunque entre los personajes principales de Onetti haya un proxeneta -Larsen, llamado “Juntacadáveres” por contratar a prostitutas envejecidas-, un burdel que escandaliza a la buena sociedad sanmariana, astilleros en desuso que van liquidándose por la venta de sus piezas, mujeres que envían fotos de sus andanzas sexuales por el mundo a su antiguo amante, a pesar de todo esto, Onetti como escritor fue uno de los más pudorosos. Jamás se encontrará una palabra cruda y gruesa en sus cuentos, novelas y ensayos. La sexualidad carece de descripciones en su literatura. Por ello, cuando dictaminó en 1973, como parte de un jurado, que el mejor cuento del concurso “Marcha” de Montevideo era El guardaespaldas de Nelson Marra, incluyó en el acta su inconformidad con el lenguaje crudo del cuento. Ironía máxima porque a raíz de la publicación de este relato Onetti fue detenido (con otros) y pasó amargas semanas recluido por la dictadura.

En España, y ya devuelto el Uruguay a la democracia, un presidente le ofreció un regreso apoteótico al país. Onetti se negó. No por rencor sino porque su realidad estaba aposentada en su refugio de Avenida de América. Allí podía seguir soñando con sus personajes, con Santa María, en sus noches de insomnio mientras escribía Dejemos hablar al viento (1979), Cuando entonces (1987), Cuando ya no importe (1993).
Lo importante era seguir siendo fiel a sí mismo, a su imaginación, a los seres que lo rodeaban -Dolly y los amigos que lo visitábamos casi a diario-, no la hoguera de las vanidades, no los honores públicos, no el elogio falaz o verdadero. Onetti quería seguir siendo, en su intimidad, el joven montevideano que soñó con conquistar la gran metrópoli -Buenos Aires-, y era tan alto, guapo y galán, como una vez me dijo, que al verlo a las mujeres “se les caían las medias”.

Europa contra la diversidad

Desde Amnistía Internacional a la Agencia Europea de Derechos Fundamentales, pasando por colectivos LGTB (Kesbianas, gays, bisexuales, transexuales), continúan las denuncias de vulneración de derechos de las personas LGTB

LAURA CORCUERA
Diagonal




El grupo europeo International Lesbian and Gay Association (ILGA), que elabora un informe anual exhaustivo sobre la vulneración de los derechos de las personas LGTB, apeló en las últimas elecciones al Parlamento Europeo a que todos los partidos políticos firmaran una promesa para promover la igualdad y combatir la discriminación por orientación sexual e identidad de género. Muchos partidos de la izquierda asumieron estas propuestas en sus programas electorales. Incluyeron epígrafes por una regulación de las uniones de hecho que reconozca los mismos beneficios económicos (fiscalidad, seguridad social…) que el resto, el derecho de adopción, de adopción de la nacionalidad de la compañera/o extranjera, de asilo para las personas huidas de sus países por discriminación, convenios colectivos para garantizar los beneficios de los matrimonios, gratuidad de los procesos completos de cambio de sexo y su inclusión en la sanidad pública, así como el derecho de los/as trans a modificar su nombre y género en los registros civiles y en los documentos de identidad de cada país y la inclusión en las leyes de memoria histórica de la persecución sufrida por las personas LGTB en Europa durante el siglo XX.

Sin embargo, en los mismos textos políticos se presupone que las formas de relacionarse y vivir la sexualidad ya no se persiguen ni discriminan “tanto”. Pero frente a una voluntad política de plastilina, la desigualdad legal y social de las personas LGTB permanece en Europa. El 18 de diciembre de 2008, el Vaticano se opuso a la declaración de 66 miembros de Naciones Unidas por la despenalización universal de la homosexualidad. El papa católico Ratzinger sigue considerando la homosexualidad y la transexualidad como “amenazas para la humanidad”.

Aunque el Gobierno francés ha desclasificado este mes la transexualidad como enfermedad y ha solicitado que se descatalogue de los manuales internacionales, como ya se hizo con la homosexualidad (en 1972 del Manual de Desórdenes Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría, en 1990 de la Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS), la palabra “grupo de riesgo” sigue muy presente en los textos científicos y políticos en alusión al colectivo LGTB.

Crecen las fobias

El pasado abril, la Agencia Europea de Derechos Fundamentales difundió un informe sobre las actitudes hacia las personas homosexuales y trans y alertó de la preocupante transhomofobia existente en Europa, en especial en los países del Este. El documento subraya que “las agresiones verbales odiosas y las discriminaciones en empleo y sanidad son más elevadas para las personas trans”, y concluye que sólo el 31% de la ciudadanía europea apoya la adopción por parte de parejas homosexuales (el Estado español supera un poco la media, con un 43%), y sólo un 44% aprueba el matrimonio entre personas del mismo sexo (en España, el 56%).

Amnistía Internacional acaba de condenar la decisión del Parlamento lituano de aprobar la Ley de Protección del Menor contra los Efectos Perniciosos de la Información Pública, que institucionaliza la homofobia y prohíbe cualquier mención a la homosexualidad en las escuelas, así como en medios de acceso a niños, colocando a la homosexualidad en el mismo plano que la presentación de cadáveres o cuerpos mutilados. Pero el caso que más choca es el de Holanda, donde la extrema derecha ha salido victoriosa en las últimas elecciones europeas [ver página 20-21]. Hasta ahora la situación de las libertades y derechos de las personas LGTB era incomparable. Gais, lesbianas, trans y bisexuales tenían una igualdad jurídica en todos los órdenes. Las relaciones homosexuales se despenalizaron en 1811 (con el paréntesis de la ocupación nazi), fue el primer país del mundo en aprobar en 2001 el matrimonio y adopción entre personas homosexuales, las mujeres lesbianas acceden sin problemas a las técnicas de reproducción asistida y una ley regula la modificación del registro civil de las personas trans. Y a pesar de este ejemplo democrático que ha sido referencia para las reivindicaciones de colectivos LGTB de otros países, el Consejo de Estado holandés acaba de dictaminar en un informe que los colegios pueden rechazar al profesorado por su orientación sexual.

En la UE la situación es desigual y las legislaciones, discriminatorias. En Grecia la edad del consentimiento no es la misma para actos homosexuales y heterosexuales. Tres países (Holanda, Bélgica y España) tienen leyes de matrimonio homosexual, y otros (Alemania, Francia, Reino Unido y los países nórdicos), leyes de parejas que equiparan (salvo en el nombre) los derechos de las uniones de personas del mismo sexo, pero 16 países no tienen ninguna legislación al respecto. Sólo 10 países tienen una prohibición de rango constitucional de discriminación basada en la orientación sexual.

Y aquí ¿qué?

Con una educación para la ciudadanía politizada hasta los topes, el tema que las asociaciones y organismos LGTB oficiales han elegido para la celebración de este 28 de junio es la educación y la homofobia. Pero abordar la diversidad sexual y las identidades de género en la educación no puede ser una campaña aislada de otras realidades que atraviesan el territorio español y europeo. En un contexto de analfabetismo emocional, relacional, sexual y de género, de las reivindicaciones de las personas LGTB subyace la necesidad de vincularse con otras minorías y proponer un concepto de igualdad que reforme el orden jurídico para representar y respetar el principio de la diferencia.

La muerte y el azar


Sus fotos de la Guerra Civil y de la II Guerra Mundial son historia del siglo XX y resurgen en un momento crucial del periodismo. Las memorias de Robert Capa, una novela sobre él y Gerda Taro, su compañera, y dos exposiciones desvelan detalles inéditos


GUILLERMO ALTARES
El País


Esa época de dioses, héroes y batallas llamada el siglo XX ha generado muchos mitos. Uno de los más poderosos ha sido el del corresponsal de guerra, que encarna el encanto del miedo, del peligro, del azar, del riesgo, de estar en el lugar adecuado en el momento equivocado, tiene toda la carga de la leyenda, la fascinación de alguien que ha contemplado la historia mientras estallaba a tiros y cañonazos. Y Robert Capa simboliza, quizás más que nadie, esa figura. Fue el fotógrafo desencantado de los dos últimos conflictos justos, la Guerra Civil española y la II Guerra Mundial, un jugador compulsivo, un golfo cautivador capaz de ligarse a Ingrid Bergman, pero también fue un hombre tocado por el horror, con el corazón roto después de que un tanque matase demasiado pronto, durante la batalla de Brunete, en 1937, al amor de su vida, Gerda Taro, cuando estaba a punto de cumplir 27 años.

"André y Gerta", porque Robert Capa se llamaba André Friedmann y Gerda Taro, Gerta Pohorylle, "eran jóvenes y bellos, eran la personificación de la independencia", escribió François Maspero en su biografía de ella, L'ombre d'une photographe. "Les gustaba jugar, incluso jugar con sus propias vidas. Seducían con naturalidad a todos aquellos con los que se cruzaban y se parecían mucho el uno al otro en numerosos aspectos. Creo que cualquier persona que lea la biografía de André lamentará en algún momento no haber sido Robert Capa. Y muchas mujeres, después de contemplar la vida de Gerta, lamentarán, aunque sea durante unos breves instantes, no haber sido Gerda". Una sola frase, la dedicatoria del primer libro que publicó Capa, con fotos de la Guerra Civil, Death in the making, resume la pasión, el drama de una pareja que simboliza la herida del siglo: "A Gerda Taro, que pasó un año en el frente de España y se quedó".

Como todas las leyendas, como las grandes historias, sus figuras vuelven una y otra vez. Son los protagonistas de la novela con la que la escritora Susana Fortes acaba de ganar el Premio Fernando Lara, Esperando a Robert Capa (Planeta), mientras que La Fábrica ha publicado por primera vez en castellano las memorias de Capa, Ligeramente desenfocado, un libro delicioso, en el que el fotógrafo despliega su encanto personal al relatar los años de la II Guerra Mundial. Además, el Museo Nacional de Arte de Cataluña está a punto de inaugurar dos exposiciones sobre Capa y Taro, que contarán con una pequeña muestra de imágenes de la llamada Maleta mexicana, un conjunto de 4.300 fotos inéditas de la pareja y de David Seymour, Chim, que aparecieron a principios de este año. Aunque seguramente hasta 2010 no podrán verse en una gran exposición en Nueva York, bastantes fotos y la fascinante historia de los negativos están disponibles en la página web del Internacional Center of Photography (http://museum.icp.org/mexican_suitcase), que fundó el hermano de Robert, Cornell Capa.

"Fueron una pareja muy atractiva y muy poco convencional", relata Susana Fortes, quien no acaba de explicarse cómo nadie antes había escrito una novela sobre ellos porque "las buenas historias casi nunca se inventan". "Son dos personajes que se encuentran, comprometidos, entre los que surge una química brutal y protagonizan una historia de amor muy complicada, una relación que nace en el París de los años treinta, de los poetas y los pintores, pero que toma carne durante la Guerra Civil. También representan el duelo entre dos grandes fotógrafos", prosigue Fortes, que en Esperando a Robert Capa narra, a través de una minuciosa documentación, desde que se conocieron en París hasta la muerte de ella en la batalla de Brunete, en los alrededores de Madrid, el 26 de julio de 1937. Unos meses antes, como recuerda Fortes en su novela, esta mujer, bella y menuda, había escrito: "Tengo 25 años y sé que esta guerra es el fin de una parte de mi vida, el fin tal vez de mi juventud. A veces me parece que con ella terminará también la juventud del mundo. La guerra de España nos ha hecho algo a todos. Ya no somos los mismos: el tiempo en el que vivimos está tan lleno de cambios que es difícil reconocerse en cómo éramos todos nosotros hace apenas dos años. No me puedo ni imaginar lo que queda por venir".

Lo que estaba a punto de llegar era la II Guerra Mundial. "No hay duda de que Capa fue el mejor fotógrafo de aquel conflicto", señala el historiador Anthony Beevor, que tras los éxitos de Stalingrado y La batalla de Berlín acaba de publicar su narración del Día D. "Las pocas fotos que sobrevivieron del desembarco en Omaha Beach dan una idea perfecta de la confusión y el horror de aquel día. ¡Qué tragedia que el resto se destruyesen en el cuarto de revelado!". Uno de los biógrafos de Capa, Alex Kershaw, recoge en Sangre y champán. La vida y época de Robert Capa una cita del fotógrafo que resume su actitud frente al horror: "La guerra es como una actriz que va envejeciendo. Es cada vez menos fotogénica y cada vez más peligrosa".

"No hay ningún fotógrafo que haya reflejado la II Guerra Mundial mejor que Capa", explica el historiador y periodista estadounidense Rick Atkinson, ganador del Pulitzer en 2003 por Un ejército al amanecer, un relato de este conflicto en África, y que publicó en 2008 el segundo volumen, sobre la conquista de Italia por los aliados, El día de la batalla, dos frentes en los que estuvo Capa. "Estudié sus fotos a fondo durante mi investigación y hay algo realmente profundo en ellas, algo que te transporta al mismo momento en el que fueron tomadas", prosigue Atkinson, quien cree que tanto Capa como Ernie Pyle, el gran reportero de aquel conflicto, con el que compartió muchas trincheras, "fueron siempre muy poco sentimentales hacia la guerra porque eran conscientes del inmenso precio que había que pagar".

Las memorias de Robert Capa son un libro muy bien escrito, en el que relata sus aventuras durante la II Guerra Mundial con todo su encanto, pero también con un cierto cinismo y desde luego sin ocultar el enorme precio de sufrimiento y horror del que habla Atkinson. Pasa de puntillas por la Guerra Civil española, porque la muerte de Taro le dejó una herida que nunca se cerraría; pero recorre los frentes de aquel conflicto, desde el Londres de los bombardeos hasta el desembarco de Normandía, la liberación de París y el avance hacia Berlín de los aliados. Las primeras páginas marcan muy bien el tono: "Yo no tenía motivo alguno por el que levantarme cada mañana", es la frase con la que arranca para describir a continuación su triste existencia de exiliado apátrida en un sórdido ático del Village de Nueva York. Sin embargo, en un mismo día le llegan tres cartas. Una factura de la luz, otra del Departamento de Justicia en el que, como ex ciudadano húngaro, pasa a ser considerado un enemigo extranjero y debe entregar sus cámaras, y una tercera en la que Colliers le ofrece una plaza en un barco hacia Inglaterra y 1.500 dólares para cubrir el conflicto. Decidió echarlo a suertes y tirar una moneda al aire: si salía cruz, iría al Departamento de Justicia, si salía cara, aceptaría la oferta para ir a Inglaterra. Salió cruz, pero... "Entonces me di cuenta de que en una moneda de cinco centavos no había ningún futuro y tomé la decisión de guardar (y cobrar) el cheque y apañármelas de algún modo para llegar a Inglaterra", escribe. "Yo soy un jugador y decidí acompañar a la Compañía E en la primera oleada", diría mucho más tarde, en la víspera del Día D. Su relación con la suerte fue siempre así, desde sus primeros combates.

"Era un jugador de póquer que también se dedicaba a la fotografía, oficio que odiaba", dijo sobre Capa William Saroyan. Pero, como a todos los que juegan, y Capa se arriesgaba mucho ("si la foto no es lo bastante buena es porque no estás lo bastante cerca", es tal vez la frase más famosa del fotoperiodismo), un día se le acabó la partida, cuando en la tarde del jueves 25 de mayo de 1954 pisó una mina del Vietminh en Indochina. Entre las muchas coronas que llegaron a su funeral, había una de un restaurante de Hanoi, La Bonne Casserole, en el que según un amigo "había aterrorizado a los camareros, cautivado a la dueña y enseñado a preparar martinis al barman". Ponía simplemente: "A nuestro amigo". "Cuando Capa murió dejó tras de sí unas cuantas facturas de hotel pendientes, varias cámaras, un armario lleno de bonitas ropas (nunca había tenido muebles y disponía de muy pocos objetos materiales), una familia destrozada, una mujer que esperaba casarse con él y dos centenares de personas que le consideraban un amigo", escribe su principal biógrafo, Richard Whelan, fallecido en 2007, y comisario de la exposición de Barcelona, que antes ha pasado por Londres. "Pero, sobre todo, dejó tras de sí una obra extraordinaria que mostraba la naturaleza de la guerra como nadie lo había hecho antes y reflejaba una enorme simpatía por los seres humanos en todo tipo de circunstancias, y dejó también una leyenda que durante mucho tiempo seguirá inspirando a otros fotógrafos", prosigue Whelan en Robert Capa. La biografía (Aldeasa, 2003).

La exposición de Taro, la primera importante que puede verse en España de su trabajo, muestra su inmenso talento como fotógrafa, su capacidad para reflejar el horror, la absoluta modernidad de sus puntos de vista, pero también su valor, porque sus fotos de combates no es que estén lo bastante cerca, están demasiado cerca, tanto que un tanque acabó por atropellarle y partirle la vida en mitad de la ofensiva de Brunete. También tiene imágenes atroces de víctimas de bombardeos que combina con momentos de paz en la guerra, aunque son los menos, porque ella fue sobre todo una fotógrafa de acción. La exposición de Robert Capa, Esto es la guerra, analiza a fondo algunas de sus imágenes más famosas, tomadas en los años treinta y cuarenta. Acaba en Leipzig, en abril de 1945 con la capitulación de Alemania cada vez más cerca, y arranca con la fotografía más famosa de Capa, la del miliciano caído en Cerro Muriano el 5 de septiembre de 1936. Desde que Philip Knightley, autor de la mejor historia del periodismo de guerra, The first casualty, pusiera en duda su autenticidad en los años setenta y acusase a Capa de que era un montaje, se han escrito cientos de artículos sobre esta imagen, aunque sus dos biógrafos, Richard Whelan y Alex Kershaw, no dudan de que la fotografía es real. Tanto en su biografía como en el catálogo de la exposición, Whelan desmenuza hasta el más mínimo detalle aquella jornada del final del verano en Córdoba (llega a hablar con policías y forenses para explicar cómo cae) y zanja que "las pruebas demuestran claramente que el miliciano abatido es Federico Borrell García en el momento de su muerte, durante la batalla de Cerro Muriano". "Espero que la difamatoria controversia que ha puesto en entredicho la reputación de Capa durante más de veinte años concluya por fin con un veredicto decididamente favorable a su integridad", sentencia.

Cuando en enero de 2009 salió a la luz la famosa Maleta mexicana, muchos pensaron que podría tener el Santo Grial de la fotografía moderna, los negativos de aquella imagen. Sin embargo, no formaban parte de los 126 carretes que Capa entregó en París al diplomático y general mexicano Francisco Aguilar González y que reaparecieron por casualidad en un desván del DF en los años noventa, aunque el hallazgo no fue hecho público hasta principios de este año, cuando la mayoría de los negativos ya estaban escaneados. Se trata de fotografías de los tres amigos que salieron de París para cubrir la Guerra Civil española: Gerda Taro, Gerta Pohorylle, nacida el 1 de agosto de 1910 en el seno de una familia judía de Stuttgart y que llegó a Francia huyendo del nazismo; Robert Capa, André Friedmann, un judío de Budapest, nacido el 22 de octubre de 1913 y que también tuvo que dejar su país por motivos políticos (e inventarse un nuevo nombre más comercial); y Dawid Szymin, David Seymour, alias Chim (su apellido se pronunciaba "shim-in"), un judío polaco nacido en Varsovia el 20 de noviembre de 1911 y que emigró a estudiar a París. Los tres murieron con las botas puestas cuando, como a tantos grandes corresponsales, se les acabó la baraka: Taro en Brunete, Capa en Indochina (en un viaje al que no estaba muy convencido de ir) y Chim durante la guerra de Suez, abatido por un francotirador egipcio el 10 de noviembre de 1956, cuatro días antes del armisticio. Entre los tres (junto a nombres como Henry Cartier-Bresson y George Rodger) inventaron el fotoperiodismo moderno, crearon una forma de mirar la tragedia de la historia que ha sido imitada una y otra vez.

"No deja de ser curioso que las figuras de Gerda Taro y Robert Capa resurjan en un momento en que el periodismo tal y como lo conocemos hasta ahora puede desaparecer", señala Susana Fortes. Sin embargo, aquellos pioneros que se la jugaron en los momentos más duros, más crueles del siglo abrieron el camino para la única salida que tiene el periodismo: estar allí y contarlo. Y también es muy aleccionador el ejemplo de Magnum, la agencia cooperativa que fundaron en 1947 Capa, Chim, Cartier-Bresson y Rodger. "La agencia no fue concebida para ganar dinero, sino para que sus miembros hicieran los reportajes que les interesan", escribe Whelan. En la actualidad, cada vez es más intenso el debate sobre que el futuro de los grandes medios de comunicación pueda estar ahí, en una cierta forma de cooperativismo. Aquellos cuatro fotógrafos, un húngaro nacionalizado estadounidense que vivía en hoteles, un polaco francés, un francés y un británico, sólo querían ser realistas y pedir lo imposible: contar el mundo que avanzaba desde el desastre de la II Guerra Mundial al horror de los conflictos poscoloniales y de la guerra fría. Querían ser artistas y testigos, querían ser reporteros. Y lo fueron. "Entre el norte de África y el Rin habían pasado demasiados Días D; y en todos y cada uno de ellos hubo que levantarse en mitad de la noche. El final de la oscuridad siempre traía consigo el comienzo de la muerte", escribe Capa en sus memorias. Aquella oscuridad y aquella muerte es el siglo XX. Y sin sus imágenes nunca seríamos capaces de entenderlo.