Christina Rosenvinge: 'Tu labio superior' (2008)


AIDA M. PEREDA
Lumpen


Tu labio superior,
el nuevo trabajo de Christina Rosenvinge, presenta los retales de una separación sentimental de manera valiente y, por momentos, descarada. La voz de la que fuera pareja musical de Álex o de Los Subterráneos, suena frágil, como de costumbre, pero destila el trance de una rehabilitación forzosa.

Parapetada tras el batería de Sonic Youth, Steve Shelley, el guitarrista Chris Brokaw (de Come y The New Year) y su ya inseparable Charlie Bautista (The Sunday Drivers y Amigos Imaginarios), Rosenvinge se atreve con once crudas composiciones en castellano. Aunque en Continental 62 ya incluyó algunos temas en este idioma, no sacaba un disco entero en español desde Mi pequeño animal en 1994. De todas formas, no se ha desprendido de sus influencias norteamericanas y ha escogido Hoboken (Nueva Jersey), el hogar de Yo La Tengo, para una grabación que busca diferenciarse del sonido estandarizado en el panorama nacional.

En Tu labio superior, la instrumentación se torna más ligera y la estructura, más sencilla. También las melodías recuperan el sesgo pop que había abandonado en su etapa estadounidense: Frozen Pool (2001), Foreign Land (2002) y Continental 62 (2006). Las letras, en la línea de Cerrado (1997), coinciden con éste en la carga de ironía y la repetición de estribillos simples pero de gran contundencia.

El carácter naïve impregna el corte que abre el disco, ‘La distancia adecuada’, erigido sobre una letra obvia y de ritmo pegadizo, que a pesar de intentar ocultar su anonimato con la colaboración de Nacho Vegas en los coros (a modo de prolongación de su Verano Fatal conjunto), no alcanza el nivel del resto de los temas.

‘Anoche’ viene marcada por un ritmo cabaretero y una vulnerabilidad exquisita, manifiesta en fragmentos como: “Mira mis ojos, dime lo que ves / veo una penita más grande que un ciempiés / yo quiero aplastarla con la punta de este pie”.

‘Alta tensión’ aspira a imitar la oscuridad de Nick Cave, pero el misterio llega a su punto álgido en ‘Eclipse’, creación heredera de ‘Tok, tok’, que lleva la supremacía dentro del disco. En este corte, el piano suena con una intensidad casi punk que en ‘Alta tensión’ llega a brillar, con un protagonismo que consigue incluso relegar la voz. ‘Eclipse’ cuenta la historia de una atracción destructiva, basada en una relación de mutuo sometimiento y conformismo, tal y como reza el estribillo: “donde tú estás / donde yo estoy / no pido más / de lo que hay hoy ...”.

También sobresale ‘Tu boca’, con esa sensualidad en clave pop que aloja frases como “el cielo está en obras / nadie nos va a salvar”. La delicadeza es otro elemento perenne en la carrera de Rosenvinge, visible en ‘Nadie como tú’ y en la versión que hace de ‘In the evening’ de Leroy Carr, inspirándose en la interpretación de C. Brokaw y G. Farina. Envuelta en un halo de ensoñación, se asemeja a una nana que se viste de tristeza a la hora de dormir.

‘Las horas’ es una de las más flojas, apoyada en una instrumentación monótona, con una letra disfrazada de rutina, que culmina con una moraleja: “deja la hierba crecer”. Demasiado experimental para este trabajo. Le sigue la mediocridad de ‘Animales vertebrados’, que, simplemente, se deja escuchar.

‘Negro cinturón’, por su parte, destila ironía y buen humor. Es la canción más escenificada, con pullas para apuntar como “sé que estás pensando en ella cuando hacemos el amor” o “no pienso volver al infierno de la vida conyugal”.

Por último, ‘Tres minutos’ descubre el lado más rockero de esta compositora, pero en el estilo desgarbado y la entonación dulce que la caracteriza.

Un disco desnudo en torno a la vulnerabilidad de una Rosenvinge susurrante. Hace tiempo que conoce sus limitaciones, pero ha sabido convertir sus defectos en una seña de identidad. Lánguida y desgarbada en apariencia, pero de calado profundo y musicalmente enigmático.

Escribir desde los márgenes


JEAN-XAVIER RIDON
Le Magazine Litteraire
Traducción de María Lebedev


La obra del reciente Premio Nobel J. M. G. Le Clézio está llena de seres en huida, de los que raramente sabemos de dónde vienen ni adónde van. Esa movilidad y la fascinación del autor por las civilizaciones destruidas, cuenta Ridon, son dos claves básicas para interpretar sus grandes libros.

Los libros de J.M.G. Le Clézio están habitados por numerosas voces marginales, por seres que parecen excluidos de nuestra modernidad. Descubrimos allí presencias que proporcionan múltiples formas de desfases en relación con esa identidad colectiva que desearía hacer del estereotipo del individuo joven y productivo un modelo universal de bienestar. Le Clézio invierte esa parte de sombra de nuestra época en que las identidades minoritarias son orilladas a callarse. Desde la civilización de los indios porhés cuyas últimas palabras nos comunica en La relación de Michoacán, hasta sus personajes de ficción que pertenecen a esas poblaciones de inmigrados cuyos Estados tratan de defenderse, la escritura de Le Clézio intenta romper silencios. Y sin embargo, lejos de ser una forma de miserabilismo, la presencia de esos seres en el borde de nuestra visibilidad corresponde a la búsqueda de una diferencia, a la necesidad de una apertura.

Es fácil advertir, en primera instancia, que en las ficciones de Le Clézio hay muchos desplazamientos. Los personajes habitan la dimensión de un movimiento geográfico que los conduce de un país a otro; América, África, la Isla Mauricio y Francia, entre otros, son los espacios que pertenecen al imaginario del autor y alrededor de los cuales construye sus ficciones. Estas formas de viaje pueden depender del imperativo de una partida, de la necesidad de dejar un espacio presente y demasiado conocido. En este sentido, antes de ser un espacio de descubrimiento, el viaje se construye sobre un principio de fuga. La partida importa más que el destino, como si lo esencial residiera en el hecho de desplazarse más que en el de ir a un sitio específico. Es el caso de ese extraño personaje cuyo nombre permanece incierto, J.H.H. o Joven Hombre Hogan, quien, en El libro de las huidas, parece vivir en continuo movimiento. Las razones de su partida son expresadas del siguiente modo: “He aquí cómo decidió escapar. Salió de su casa, una mañana, y caminó a través de la ciudad hasta una gran plaza en donde había árboles.” Nos encontramos lejos del viaje como expedición que establecería la definición de un itinerario preciso. El único motivo de la partida de J.H.H. se encuentra en esa decisión inicial de irse. Seguimos así su silueta huidiza alrededor del mundo, según los azares de su desplazamiento “de Tokio a Moscú”, pasando por Nueva York. Lo que Le Clézio nos transmite aquí es la forma de un vagabundeo sin propósito pero que sin embargo no está desprovisto de significado. En efecto, este vagabundeo perturba los criterios espaciales sobre los cuales construimos nuestras identidades. Es imposible, por ello, saber el lugar de origen de J.H.H. en El libro de las huidas, ese lugar de nacimiento que, en todos nuestros papeles oficiales de identidad, designa supuestamente el sitio “objetivo” de nuestra pertenencia. Aquel o aquella que no son de ninguna parte se encuentran, de entrada, marginados. Para Le Clézio, esta distancia de los nómadas que fundan su existencia sobre el principio de movimiento es el signo de una libertad, la posición ideal de un desprendimiento con respecto a todas esas palabras de orden y esas pretensiones de conocimiento que nos rodean y de las que nos exhorta a liberarnos al principio de Los gigantes: “El hombre se había convertido en un tema de estudio para el hombre, el único tema de estudio. ¡Liberaos! ¡Dejad de ser estudiados! Nadie tiene el derecho de conocer al hombre. Porque para conocer es necesario estar por encima. Despertad.” El nomadismo es ese sueño de un espacio en el que se podría escapar del poder de definición de los otros.

Por esta razón muchas veces nos encontramos en sus textos a esos personajes misteriosos, a menudo niños, de quienes no sabemos casi nada: “el pequeño muchacho desconocido” en El desconocido sobre la tierra, Bogo el mudo en Los gigantes, Hartani en Desierto, y aun Zobeida en el relato corto “El tiempo no pasa”, cuyo narrador nos dice: “Nunca supe bien de dónde venía. Había escondido sus huellas desde el principio. Todo en ella era misterioso.” Esos niños no parecen moverse en un sentido estricto dado que no abandonan el espacio que ocupan. No obstante, pertenecen a la dimensión del movimiento que, en vez de estar unido a la idea de un desplazamiento geográfico, proviene de su ausencia de origen. Casi nunca sabemos de dónde vienen. Siempre están ya en movimiento porque parecen ya haberse ido; como provenientes de ninguna parte, no pueden relacionarse con un lugar de referencia preciso. Movimiento inmóvil de esos niños cuyas miradas parecen disecar los problemas de nuestras ciudades modernas.

El desplazamiento de los personajes de Le Clézio no es siempre resultado de una decisión de huida, de esa decisión de escapar hacia un mundo familiar. Con frecuencia Le Clézio crea seres orillados a dejar su lugar de origen, víctimas de las fuerzas históricas, económicas o políticas de los países en donde se encuentran. Tal es el caso, por ejemplo, de las peregrinaciones de Esther en Estrella errante, quien, por ser judía, es obligada a cambiar su identidad y huir, de Francia a Italia, de la avanzada de las tropas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial. Más adelante, en el transcurso de su huida, encontrará a Nejma, joven palestina, quien también es forzada a dejar su territorio antes de ser encarcelada en el campo de Nour Chams, debido a la creación del nuevo Estado de Israel. El movimiento de exilio de una remite al de la otra y, aunque pertenecen a naciones opuestas, sus destinos se asemejan. Para estos seres exiliados, el movimiento que define su existencia es vivido como un distanciamiento definitivo con respecto al espacio que constituía su identidad, es el lugar de un dolor. El movimiento ya no es entonces el principio de una libertad sino el de un destino funesto.

Para esos seres desplazados el tema del espacio de origen se vuelve capital. Ya no se trata del signo de la posibilidad de escapar de un mundo sino del lugar de una identidad perdida o robada hacia la cual, en un primer momento, esos individuos esperan regresar un día. Sin embargo, tampoco en esta instancia el origen es jamás preciso, existe en la dimensión de una carencia, es el espacio de una ausencia por llenarse. Parece entonces formar parte de un sueño, el de un sitio donde los personajes podrían encontrar su identidad, el de un espacio donde podrían vivir. Laila, la narradora de El pez de oro, después de haber viajado a Francia y a Estados Unidos, regresa a su lugar de nacimiento que, en sentido estricto, nunca ha conocido: “Ya no sabía muy bien por qué estaba allí. Seguía el movimiento de la gente, sin entender. No buscaba recuerdos, ni el estremecimiento de la nostalgia. No el regreso al país natal, pues de hecho no tengo uno.” Aquello que descubre no es el lugar de una pertenencia que le permitiría establecer un vínculo de identidad preciso, sino el de un apego. Pertenecer a un espacio supone designar un vínculo de sumisión pero también de identidad respecto a este último. El apego, por el contrario, designa la relación que nos une a un espacio según un criterio afectivo, instituye un vínculo de desfase. Por este motivo el apego no es jamás definitivo, es el lugar de una identidad que se desplaza. Más lejos, en el El pez de oro, Laila se encuentra con El Hadj Mafobe quien, exiliado de su Senegal natal, le cuenta su historia. Laila, poco a poco, escuchando e identificándose con esa historia, termina por apropiársela. Le parece convertirse en la niña que el viejo El Hadj ha perdido: “Quizás era yo quien se había vuelto parecida a ella, a fuerza de estar cerca de su abuelo, a fuerza de escucharlo contar lo que había vivido allá, a orillas del río”.

Conviene leer la fascinación de Le Clézio por las civilizaciones destruidas de América a partir de esta perspectiva. Estas civilizaciones constituyen el lugar de un silencio porque fueron destruidas por los invasores españoles que perseguían su sueño de oro y que se preocupaban poco por lo que hubieran podido aprender de ellas. En El sueño mexicano Le Clézio escribe: “El silencio es inmenso, aterrador. Engulle al mundo indígena entre 1492 y 1550, lo reduce al silencio.” La marginalidad de esas civilizaciones cuya voz ha sido acallada es casi absoluta puesto que están separadas de nosotros por siglos de olvido. Por fortuna, ciertos hombres como Bernardino de Sahagún, pese a haber participado en esa destrucción por su presencia en los países conquistados, supieron ver la necesidad de salvaguardar una palabra otra que daba testimonio de una visión del mundo diferente a la de los occidentales. Sahagún se transformó en intérprete de los últimos vestigios culturales de México-Tenochtitlán al redactar su Historia general de las cosas de Nueva España. A propósito de esta actividad de escriba de Sahagún, Le Clézio nos dice: “En el sueño de origen, conviven el horror, la admiración, la compasión. Al buscar raíces, Sahagún descubre las suyas propias, lo cual lo vincula a este mundo de leyenda y esplendor olvidados.” Estos libros-testimonio que son La relación de Michoacán, La profecía de Chilam Balam o el Códice florentino ocupan para nosotros la posición de una palabra de origen que nos llega bajo la forma de relatos. Dan cuenta de lo que ya no es pero se manifiesta a través de las leyendas y creencias y que, así, participa aún en nuestro imaginario. En este sentido, mediante las palabras de las antiguas civilizaciones amerindias, Le Clézio se interroga acerca de sus propias raíces.

Le Clézio construye ficciones sobre los lugares de su historia familiar. Pienso en el Diario de un buscador de oro, en Viaje a Rodrigues y en La cuarentena, tres textos que sitúan sus narraciones alrededor de la Isla Mauricio. En esta isla se exilió en el siglo XVIII la familia de la cual proviene Le Clézio. Cada uno de sus libros escenifica la idea de una búsqueda, la pesquisa de una identidad en y hacia un espacio considerado como el del origen. En La cuarentena, después de una juventud en un internado de Francia, el personaje de León Archambeau decide regresar a la Isla Mauricio donde nació y que aparece bajo sus ojos como un paraíso perdido. Lo que descubre, una vez que se ha ido, es la inaceptable condición de los inmigrados indígenas que parten hacia esa isla. Con el propósito de cultivar la caña de azúcar, han terminado por reducirse, casi, a la esclavitud. El sueño original de León se mezcla entonces con la historia de esas poblaciones desplazadas cuya suerte comparte sobre la isla Plate, en donde son puestos en cuarentena después del descubrimiento, en el barco que los llevaba a Mauricio, de un caso de cólera. Otra vez, el origen se desplaza. No se encuentra ya sólo en el sueño exótico de León sino también en la historia olvidada de esas poblaciones deportadas cuya memoria reencuentra.

En una entrevista dada al Nouvel Observateur, Le Clézio respondía al periodista que le había preguntado si su experiencia entre los indios emberaes de Panamá lo había trasladado a sus “propios orígenes”: “Me siento en contradicción con mis orígenes. Mi familia está rota en varios pedazos, y ya no sé si soy bretón, picardo o mauricio.” Escritor itinerante o nómada, Le Clézio da la impresión de no ocupar nunca el mismo lugar. De Nuevo México a Marruecos pasando por Niza, ocupa esa posición de ruptura que parece adivinar Gilles Deleuze cuando, luego de habernos hablado de sus viajes inmóviles en su Abecedario, se refiere a la vida de Le Clézio. Así, a pesar del lugar que se otorga a Le Clézio dentro de la producción literaria francesa, esta ruptura lo coloca, de hecho, en los márgenes del espacio cultural francés. Estar al margen no significa aquí estar desprendido, separado de ese espacio, sino más bien estar ligado a él por un principio de apego. Pues Le Clézio, a partir de esta posición marginal, se aproxima en sus relatos a los problemas de los marginales del espacio francés.

“Todos los cuentos’, Cristina Fernández Cubas (2008)


JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS
ABC


Ha sido un acierto la apuesta editorial de reunir en un volumen los cinco libros de narraciones breves (cuentos y novelas cortas) de la que considero la mejor cultivadora del género en la literatura española. Habría evitado la rotundidad de tal afirmación si temiera verla desmentida por el lector de este libro. Bastaría con la continuación que hace de «El faro», esbozo de relato escrito por Poe, para darnos cuenta de que Cristina Fernández Cubas ha llevado su estilo a tal familiaridad con la estética del escritor norteamericano que su cuento consigue no únicamente el desarrollo del embrión planteado por aquél, sino una forma de entender la literatura como una apuesta consigo misma que tiene que ganarse. Los escritores clásicos hacían eso: tomar un motivo, un tópico precedente, y llevarlo a ejercicio donde brillar con luz propia y sin que por ello deje de verse la maestría del modelo, que resulta potenciado por tal desarrollo.

La locura y «lo extraño», eso que Freud llamó «lo ominoso», llenan sus primeros libros y el último. Cuando en estas páginas reseñé Parientes pobres del diablo, de 2006, también incluido en este conjunto, me hice eco de tal binomio, Poe y Freud, porque Cristina Fernández Cubas ha sabido arrostrar con categoría de primer espada el desafío de ambos.

El paso de los años. Hay otra condición que merece comentario en este volumen: la recuperación de la obra anterior mantiene la fuerza que inicialmente tuvo. Una autora de quien leíste hace ya muchos años Mi hermana Elba (1980) o Los altillos de Brumal (1983), y que entonces te pareció magnífica, ¿conservaría ahora, casi treinta años después, el mismo temple, aquella original manera de afrontar lo fantástico? Siempre ocurre así con una relectura: la afrontas con cierto temor a que no te parezca lo mismo, a que el libro ya no te impresione como antaño. No ha ocurrido en el caso de los dos que he citado, como tampoco con los cuentos incluidos en El ángulo del horror. Se sostienen perfectamente, lo que, por cierto, es la mejor garantía de su valor: resistir el paso de los años, algo que pueden lograr pocos narradores actuales. Para que tal cosa ocurra, para lograr la categoría de clásico, una escritura (y su autora) debe tener un estilo definidor, un elemento propio, que es el que permanece. Tal estilo viene caracterizado por el hecho de que evita que cada cuento o novela corta sea comida por lo anecdótico y se quede el lector en lo que ocurre.

Estructura en tensión. En el conjunto que reseño únicamente ha ocurrido en muy pocos cuentos (cuatro de los veinte). El ejemplo quizá más destacado del límite que quiero subrayar es «La flor de España», precisamente menos bueno por haber desarrollado mucho la anécdota base. Fernández Cubas suele proceder al contrario: sus historias tienen más en lo que ocultan que en lo que muestran, viven de la típica economía que Cortázar teorizó a partir de la «Filosofía de la composición» de su maestro Poe: la estructura en tensión, ese ir creciendo en intensidad, pero no hacerlo nunca lo suficiente, de manera que al lector le queda siempre una faena que realizar.

Hay otra condición de su estética que se ejecuta sobre todo en los tres primeros libros citados, y que ha logrado de nuevo en Parientes pobres del diablo: que la realidad de sus personajes, su tranquilidad, se vea asaltada por algo que la remueve y los lleva a un límite intraspasable. Con «algo» quiero referirme a una categoría que se nutre de lo irracional y que precisa no aclararse del todo para resultar eficaz como dispositivo de la intriga, pero también como fenómeno de gran potencial literario: decir que en cada historia hay algo que la lleva a un desarrollo fantástico es admitir que cada cuento deja sin definir un residuo, que queda en la retina del lector como deuda; de ahí la estructura abierta de la mayor parte de sus narraciones.

Junto a las de índole fantástica, que me parecen las mejores, hay otras, de las que puede ser un buen ejemplo «El legado del abuelo», destacables por otra cualidad rara en nuestra narrativa: el humor. En los cuentos en los que lo ejercita, Fernández Cubas lo hace nacer principalmente de la situación y no de la agudeza verbal, que es la que más comúnmente se da en nuestra tradición. La escritora catalana la administra como si procediera de la tradición europea. Seguramente es lectora de Dickens, de Chesterton, de Conan Doyle o de Kaf-ka, que también desarrolla a veces tal registro. Sé que me comprometo a mucho situando a Fernández Cubas en la sarta de escritores citados, pero cuando ves realizadas en la literatura de tu lengua tan buenas cualidades, hay que comprometerse en decirlo claro.

Tailandia: El temor a perder el poder

TXENTE REKONDO
Gara


Las maniobras y conspiraciones golpistas han agravado el ya de por sí complicado panorama político en Tailandia. Las esferas de poder están en juego y ninguno de los actores involucrados quiere perderlas, tal y como subraya el autor del análisis.

Septiembre de 2006. El entonces primer ministro, Thaksin Shinawatra fue depuesto por un golpe militar que contó con el beneplácito del palacio real. Tras meses bajo la dirección de los golpistas, las nuevas elecciones reprodujeron una situación similar. Los candidatos apoyados por Thaksin desde el exilio logran la mayoría. A lo largo de 2008, se han sucedido las maniobras y conspiraciones golpistas de una alianza política, que históricamente ha manejado las riendas del poder y que está formada por monárquicos, la extrema derecha política y buena parte del engranaje militar y judicial, sin olvidar a las clases económicas mejor situadas que, a su vez, dominan los medios de comunicación tailandeses.

La sucesión de acontecimientos deja entrever una clara división política, económica y regional. Pocos dudan de que las clases más favorecidas del país se sienten molestas por el giro populista que ha tomado Tailandia. Para los cuadros militares, empresarios y para la monarquía, la voluntad popular no puede ser respetada si ésta pone en peligro sus privilegios.

«Los votos y la democracia sirven si acompañan a mis intereses», podría ser el lema de muchos de los ardientes defensores del sistema democrático al estilo occidental. La voluntad popular es respetable si coincide con los intereses de las clases dominantes, si no, siempre se puede acusar de populismo a los nuevos gobernantes o poner en marcha los mecanismos destinados a producir un golpe de estado o generar una situación ingobernable que provoque la convocatoria de elecciones.

En el caso de Tailandia, las fuerzas reaccionarias han jugado esta baza desde hace algunos años, y cada ilegalización o golpe militar, lejos de generar los resultados esperados por los golpistas, han significado el refuerzo de las posturas que impulsan un cierto cambio político y social. Lo que parece más que evidente, detrás de la máscara turística y monárquica que envuelve a Tailandia, es que nos encontramos ante «una frágil democracia». Un sistema donde los militares no se han privado de intervenir, donde la monarquía siempre sale victoriosa y donde la exclusión de los más desfavorecidos permite el mantenimiento de un status quo alejado de cualquier parámetro medianamente democrático.

La lucha entre los partidos se ha demostrado una lucha por acercarse a los círculos del poder. La élite política ha estado acostumbrada a jugar bajo esas reglas del juego, y cualquier cambio o interferencia, sobre todo, si supone la pérdida del control, ha generado las múltiples maniobras golpistas y conspirativas de las últimas décadas.

La división política va pareja a una creciente división territorial. Las tensiones regionales no son nuevas, pese a que los diferentes gobiernos hayan pretendido ocultarlas utilizando la figura «unificadora» del monarca y, en ocasiones, la mano de las Fuerzas Armadas, aliadas históricas del palacio real. Durante años, se ha buscado crear un modelo unitario en torno al sentimiento «tailandés» con Bangkok como modelo, pero sin incorporar las diferencias y demandas de la periferia.

Los reinos centrales de Tailandia se han recogido en los textos de enseñanza, mientras que otras realidades se han ocultado intencionadamente, generando desconfianzas y rechazos. Dentro de las actuales fronteras, el papel de algunos reinos -Lanna, al norte, el sultanato de Patán al sur o la influencia del reino de Lao- ha sido menospreciado o ignorado. Desde Bangkok se ha buscado «erosionar sistemáticamente los vestigios de esos reinos independientes».

El futuro de Tailandia pende de un hilo y son muchos los que se preguntan qué pasará tras la salida de los turistas occidentales. La lucha por el poder entre las élites locales, la credibilidad democrática de unas instituciones (militares, políticas y judiciales) presas de la defensa de unos determinados intereses y la grieta entre le centro y la periferia son lo suficientemente importantes como para poner en duda el futuro. Las fuerzas reaccionarias solicitan la convocatoria de nuevas elecciones, con la esperanza puesta en la ilegalización del partido gobernante. Sin embargo, éste ya ha movido ficha, y guarda en la recámara un nuevo partido político, Puea Thai, que, según los sondeos, volvería a ganar las elecciones con el apoyo de las clases rurales y urbanas más desfavorecidas, que componen la mayoría del país.

Frente a ello, las fuerzas más reaccionarias -monárquicas, empresariales y militares- apuestan por un sistema «democrático» donde la mayoría de la población queda excluida, ya que para esos actores, «las masas son demasiado ignorantes para decidir el rumbo del país».

El colapso que puede afrontar Tailandia con la huida del turismo y la paralización de los sectores económicos, unido a la crisis financiera mundial, ha comenzado a agrietar las filas opositoras, más dispuestas a defender sus intereses que a luchar por transformaciones sociales. Los rumores de golpes militares y judiciales han aumentado, pero probablemente ni unos ni otros servirán para cambiar la decisión de la mayoría de la población, cansada de soportar la sucesión de gobiernos de las clases dirigentes. Las divisiones dentro de los militares y la oposición -entre quienes están dispuestos a provocar el caos general y aquellos que se resisten a perder beneficios como el turismo- hacen más difícil aventurar el futuro.

Los movimientos de estos días están dirigidos a provocar una intervención militar o del palacio real, pero las divisiones son cada vez más evidentes y las clases más pobres del norte y noreste, y los musulmanes del sur difícilmente aceptarán una repetición del guión golpista.

Las miradas se centran en los militares. Como bien señala un académico local, «el papel de los militares es evidente, cómo entender si no la toma de los aeropuertos, instalaciones de alta seguridad controladas por ellos». Nadie oculta el silencio cómplice del palacio real y, en cierta medida, el de las cancillerías occidentales que no se han manifestado tan firmes como lo han hecho en otras ocasiones.

Sarkozy deja en la calle a los sin techo franceses


Los excluidos sufren como nunca dos años después de las promesas electorales


ANDRÉS PÉREZ
Público



Ya no necesitan gritar. Ni poner las esposas. Un simple chasquido de los dedos, unas palmadas fuertes, un dedo de los policías apuntando a la salida bastan. Las personas sin hogar que se acurrucan en el cálido centro comercial de Les Halles, subterráneo inmenso en pleno corazón de París, ya saben lo que les toca. Salir a toda prisa de las galerías inundadas de consumidores. Volverse invisibles en algún rincón oscuro. En el frío.

Casi dos años después de una más de sus brillantes promesas de campaña, la de una Francia en la que no quedaría ni una sola persona privada de domicilio, Nicolas Sarkozy aborda el frío invierno que se anuncia en Francia con un incumplimiento más.

Según datos de la Fundación Abbé Pierre, unos 100.000 sin techo intentan no correr la suerte de los seis que ya han muerto de frío pese a que el invierno aún no ha empezado. Más de un millón de personas malviven en hoteluchos, chabolas, alojamientos provisionales o el sofácama de un amigo. Y otros 2,2 millones tienen un techo, sí, pero un techo bajo el cual no hay retrete, calefacción ni metros cuadrados suficientes y sí una "superpoblación acentuada", en lenguaje administrativo.

Francia, el país rico que durante décadas fue el mejor ejemplo del planeta en cuanto a gestión de la vivienda de protección oficial abundante, es hoy un auténtico infierno para más de 3,3 millones de personas sin techo o mal-logés (mal alojados).

Tanto es así que en el invierno 2006-2007, con un Sarkozy en ascenso hacia la presidencia y un Chirac al borde de la jubilación, 400 tiendas de campaña para los marginados en pleno París, lideradas por la combativa asociación Les Enfants de Don Quichotte (Los Hijos de Don Quijote) pusieron contra las cuerdas al Ejecutivo.

Fue aprobada entonces, al término de un pulso alucinante que atrajo a las televisiones de todo el mundo, la llamada Ley Vinculante de Derecho a la Vivienda (Dalo, en sus siglas en francés). Una ley que autoriza que cualquier persona privada de techo, que haya solicitado en vano una vivienda de protección oficial por los canales habituales, pueda llevar al Estado ante los tribunales por incumplir sus obligaciones.

Ese texto legal entró ayer en vigor plenamente en Francia. El regalo envenenado que dejó Jacques Chirac a su hijo pródigo Sarkozy surtió el muy esperado efecto de bomba de relojería. Porque al acordarse in extremis, gracias a los Don Quichotte, en el invierno 2007, de la "fractura social" existente en Francia, Chirac dejaba con la Ley Dalo una pesadilla judicial en los brazos de Sarkozy.

Una andanada de miles de recursos contenciosos administrativos fueron presentados ayer ante los diferentes tribunales de toda la geografía francesa por todo lo que pueda haber de mejor humanidad en este país. Desde inmigrantes africanos sin papeles y sin casa, hasta empleados a tiempo parcial de algún municipio, que duermen en su coche porque el sueldo no les llega, pasando por el ejecutivo en paro desde hace demasiado tiempo como para seguir aparentando.

En el emblemático Tribunal Administrativo de París, situado en las más selectas calles del sector restaurado del barrio del Marais, se produjo el incidente. Unas decenas de familias, lideradas por otra asociación de defensa de los sin Techo, el grupo Droit au Logement (DAL) (Derecho al Alojamiento), fueron bloqueadas por la Policía a la entrada.

Los uniformados ofrecieron así el espectáculo detestable de una fuerza pública que intentaba impedir que unos ciudadanos ejercieran, yendo ante el escribano del tribunal, su derecho a exigir la aplicación de una ley en vigor en lo que se supone que es un Estado de Derecho.
"¿Por qué nos bloquean, cuando venimos a pedir que se aplique la ley?", se interrogó el presidente de la asociación DAL, Jean-Baptiste Eyrault, cuando ya estaba por el suelo bajo los policías.

La respuesta a la pregunta podría venir por boca de Marc, uno más de los numerosos sin techo que, tras escapar del centro comercial de Les Halles, se refugia en el metro. Este joven SDF (Sans-Domicile Fixe, Sin Domicilio Fijo), cuyo olor delata lo difícil que es vivir sin dinero en la ciudad, explica: "Desde hace unas semanas lo hemos visto venir muy fuerte. La Policía quiere que desaparezcamos de la vista. No paran de echarnos de los sitios donde podemos pedir limosna o simplemente ver y ser vistos".

Inseguridad social

Marc merecería ser cronista en la televisión, porque su análisis coincide con el de varios columnistas. La sensación de inseguridad social es tal en Francia que uno de cada dos franceses, según los sondeos, juzga verosímil que pudiera quedarse un día sin techo. Con un panorama así, Sarkozy no puede permitirse el lujo de que regrese la figura del SDF organizado, politizado y capaz de ir a los tribunales. De ahí que su Gobierno obtuviera, la semana pasada, una dura condena judicial, con multa de 12.000 euros, contra la asociación DAL.

Nicolas Sarkozy prometió compasivamente hace dos años que 2008 sería el fin de la "gente durmiendo en las aceras" y "muriendo de frío en ellas", pero todo en su política ha ido contra ese objetivo. Es más, el presidente, antes del inicio de la crisis inmobiliaria, destruía vivienda social, soñaba con transformar Francia en un paraíso de propietarios hipotecados.

A finales de la semana pasada, tras la fuerte polémica por la muerte de frío de varios SDF que se habían escondido en un bosque urbano de París para escapar de la Policía, Sarkozy tomó la palabra. Dijo que esos sin techo "no están lúcidos". En la era Sarkozy, estar sin techo, y reclamar derechos, es estar loco.