Pese a los desmentidos oficiales, las redadas contra sin papeles persisten

Por mucho que los responsables de Interior aseguren que no hay instrucciones con cupos para la detención de sin papeles, las organizaciones de inmigrantes denuncian que las redadas indiscriminadas no han cesado.

FERNÁN CHALMETA
Periódico Diagonal




Cuando el pasado 16 de febrero el Ministerio del Interior emitió un comunicado indicando que a partir de ese momento se establecerían “únicamente objetivos cualitativos [para la detención de inmigrantes], atendiendo a la problemática delincuencial”, parecía ponerse fin a la política de cupos de detención de inmigrantes sin papeles. Sin embargo, un mes después siguen apareciendo pruebas de que los cupos existieron en el conjunto del Estado y las numerosas denuncias demuestran que continúa aplicándose una política de indiscriminada detención y presión contra los inmigrantes.

El caso más emblemático es el vivido el 4 de marzo por los colectivos que en Asturias convocaron una conferencia de prensa en Oviedo para presentar la Ruta contra el racismo y la represión, una iniciativa pensada para denunciar la apremiante situación. “Hasta cinco vehículos de la Policía Nacional se personaron en el lugar y, bajo amenaza de llevarnos a comisaría, exigieron la documentación de todas las personas que participamos en la rueda de prensa. Además, registraron las bolsas en las que ya habíamos guardado los carteles, folletos y demás materiales informativos utilizados. La única justificación que expresaron para estas actuaciones fue que recibían “órdenes de la superioridad”, denunciaron los colectivos convocantes, quienes apuntan al “papel ejercido por las policías locales, con especial mención a la actuación de la Policía Local de Oviedo desde el nombramiento de Agustín de Luis como jefe de este cuerpo”.

En ese sentido, un portavoz del Centro Social Cambalache de esa ciudad, Eduardo Romero, destacó que si bien aún no se puede hablar de “detención de gente inmigrante especialmente implicada en procesos de autoorganización”, sí se nota una represión mayor, plasmada, por ejemplo, “en que la policía va a la puerta de Asturias Acoge un cuarto de hora antes de la apertura, cuando ya hay gente esperando, para pedirles la documentación”.

Si bien para algunas fuentes consultadas, las redadas que en Madrid se hacían en zonas ‘calientes’ como el barrio de Usera parecen haber disminuido, las detenciones arbitrarias y sin que medie sospecha de actitud delictiva continúan siendo moneda corriente. El 12 de marzo a las 19h, por ejemplo, a la salida del intercambiador de Príncipe Pío tuvo lugar lo que testigos denominaron como un “impresionante operativo policial”. “Eran por lo menos diez coches de policía, dos furgones grandes y muchos efectivos. Creíamos que había pasado algo grave, pero se trataba de una redada contra inmigrantes”, relató Laura, una testigo, y detalló cómo “estuvieron una hora y media y se fueron con los dos furgones llenos de inmigrantes.

Nos dijeron que era por prevención”, denunció. También se ha detectado presencia policial a la salida de espacios a los que habitualmente concurren inmigrantes, especialmente en la zona centro. En Lavapiés, “todos los jueves, desde febrero, la policía está en la calle. Cuando sale la gente te piden los papeles. Así entonces la gente tiene miedo de venir”, contó Dian, un joven camerunés, integrante de la Asociación de Sin Papeles de Madrid. Dian relató lo que pudo oír en una ocasión, mientras estaba siendo detenido por la policía: “Uno de ellos estaba hablando por radio con sus compañeros. Dijo ‘nosotros necesitamos sólo extranjeros, me hacen falta cinco personas, tengo un coche muy pequeño, aquí sólo tengo tres personas, voy a subir a cambiar el coche, porque me faltan cinco extranjeros”.

Según vecinos del barrio de Lavapiés hay redadas todos los martes y jueves por las noches, cuando hay menos gente en las calles. Al respecto, Víctor Sáez –de la Red Estatal por los Derechos de los Inmigrantes (REDI) e integrante de la delegación que se entrevistó con la delegada de Gobierno de Madrid, Soledad Mestre– explicó que le entregaron a la funcionaria varias denuncias y testimonios sobre las detenciones. La máxima responsable policial en Madrid se habría comprometido a investigar estos hechos. “Ellos quieren que denunciemos todos estos ilícitos, con día y hora en que se están haciendo estas redadas masivas, y nos dijeron que en los próximos días van a dar a conocer algunas medidas disciplinarias que se están tomando con algunos funcionarios”, señala Sáez. No obstante, se mostró escéptico y denunció que continúan produciéndose regularmente operativos policiales en zonas de Madrid definidas como ‘calientes’ y en transportes.

Antes de que anochezca

MERCEDES MONMANY
ABC




La publicación de la novela inédita Suite francesa supuso el rescate internacional de su figura. Gracias a ella y a la reedición de otras obras suyas, la gran escritora francesa de los años treinta Irène Némirovsky, asesinada en 1942 en Auschwitz, se sitúa hoy, de pleno derecho, junto a los mejores autores del pasado siglo. Nacida en el seno de una familia de banqueros rusos que habían huido de su país durante la Revolución rusa, estaría siempre envuelta en las más ásperas polémicas.

Se da el caso de que, en vida, Irène, judía nacida en Kiev, siempre fue muy bien aceptada y valorada en los círculos más xenófobos, ultranacionalistas -los mismos que enviarían a miles de ellos a la muerte, ayudados por los nazis- y antisemitas. Por poner un ejemplo elocuente, El maestro de almas aparecería publicado por entregas en el semanario Gringoire en 1939. La misma publicación, un año antes, clamaba en un titular: «¡Expulsemos a los extranjeros!».

Agentes infecciosos. Admirada por famosos colaboracionistas como Robert Brasillach o intelectuales próximos a Action Française, que utilizaban términos como «microbios anárquicos» o «agentes infecciosos» para referirse a todos los recién llegados que no habían nacido en territorio nacional, o provenían de otras «razas» y tribus orientales; alabada en general por toda la Prensa antibolchevique y antisemita, los despiadados retratos de arribistas judíos enriquecidos de la manera más oscura y turbia, como sucedía en el caso de ese terrible pero magnífico primer libro suyo que es David Golder, harían de ella frecuentemente una escritora sospechosa, plegada a los que tan brutalmente los perseguían.

Indiferente a la polémica, cada vez más cargada de rabia, amargura y antipatía hacia el género humano, Némirovsky consagraría El maestro de almas, enclavada entre sus novelas más descarnadas e inclementes -como El baile-, a la figura del «extranjero», el vagabundo sin raíces, el emigrado y despreciado métèque de ningún lado. Alguien que, surgido del fango, de lágrimas, dolor y «pan amargo», olfatea a uno de los suyos cuando se cruza con él.

Traficante de desgracias. Reconocerlos, curarlos, será el papel del espléndido retrato que Némirovsky confecciona del médico -un charlatán, un impostor del psicoanálisis vienés y sombrío «traficante de almas» y desgracias- Dario Asfar, procedente, junto a su joven mujer judía, de Crimea, e instalado en medio de las fastuosas villas de veraneo de la Niza de 1920.

Huido como mendigo a través de toda Europa, sobrevive a base de vergonzosos pactos con diversos personajes infames que le chantajean y ayudan a cancelar deudas. Una versión de Fausto; un aprendiz de brujo que, por la fatalidad de un destino miserable, vende su alma con el fin lucrativo de curar a todos aquellos cuyos secretos y heridas sólo está en condiciones de descubrir y sanar, ya que han surgido del mismo y maloliente humus: «Te conozco: eres de Salónica. Nuestros padres trabajaron juntos en los puertos, cambalachearon en pensiones miserables, bebieron en los mismos tugurios, hicieron trampas en los pequeños cargueros del mar Negro. ¿Y tú? ¿De dónde eres tú? ¿De Bucarest? ¿De Kishinev? ¿De Siria? ¿De Palestina?».

Los franceses, los «no-iniciados» en estas crudas verdades de los orígenes, no cesan de aparecer en esta novela como «los otros», a los que se quiere alcanzar de algún modo, solicitando la limosna de una total asimilación. Sólo hay que recordar el desgarrador grito que escribiría esta autora en 1941, un año antes de ser deportada a los campos de exterminio: «¿Qué me está haciendo este país, Dios mío?». Y la terrible ecuación que dejaría anotada en su Diario, en julio de 1942: «Odio + Desprecio = marzo de 1942».

Moleskine. (Selección de relatos, 1999-2006), Guillermo Busutil


MARTA SANZ
La tormenta en un vaso



Guillermo Busutil ha hecho casi de todo en ese circo de tres pistas que llamamos espacio cultural. En el ámbito del periodismo habrá sido a menudo domador de leones y encantador de serpientes; en la gestión cultural, un eficiente maestro de ceremonias; y, en la creación literaria, que es por lo que hoy estamos aquí, yo veo a Busutil como un funámbulo sobre la delgadez del alambre, quizá como un trapecista que dibuja tres mortales consecutivos en el precipicio del aire sin que, debajo de su cuerpo, se extiendan redes que puedan amortiguar la caída y salvarlo de morir.

En una época en el que se dice que el cuento es un género ninguneado por las editoriales —no por los lectores ni por los críticos: nadie se enzarza en discusiones bizantinas para establecer jerarquías absurdas entre los movedizos géneros literarios—, Busutil recoge algunos de los relatos escritos entre 1999 y 2006, y en su selección, deja claro que, más allá del lugar que ocupe el cuento en el campo de la literatura actual, dentro de la habitación de los cuentistas, la tradición con la que él entronca poco tiene que ver con ese realismo minimalista de Carver que durante décadas ha sido marca de prestigio en el código genético de los autores de relatos.

Podemos imaginar muy bien a Busutil tomando notas en su cuaderno Moleskine, releyéndolas, cambiando una palabra por otra que exprese una textura o una sonoridad distintas, otro concepto u otras asociaciones. La radicalidad de los relatos de Busutil reside en una extrema preocupación por el lenguaje que posiblemente se relaciona con el hecho de que este escritor polifacético es también poeta. Por eso, en el punto concreto de la habitación de los cuentistas situada en algún lugar específico del campo de la literatura española actual, en la habitación donde Busutil escribe en su cuadernito Moleskine, yo he visto una colección de retratos del modernismo, de un lado y de otro del océano Atlántico, y he escuchado una música que me hacía recordar esos textos de Azul donde la supuesta saturación naturalista desemboca en una preocupación por el lenguaje y por la sensorialidad que no deja de ser profundamente ética.

Moleskine incluye, además del prólogo de Héctor Márquez que con tino se titula “El novelista condensado”, nueve cuentos: “El asesino del Atlántic” se remonta a uno de esos agujeros oscuros en los que se construye la culpa y habla de los modos diferentes de ver a una misma persona y quizá también a nosotros mismos; “Manos de plata” es una estampa, castiza y decadente, incluso bohemia, de una realidad estilizada por la literatura –una estilización subrayada que nos obliga a su inmediata interpretación- donde los dos dualistas de la historia son un carterista y un inspector muy guapo; “El puente del arquitecto” son palabras alrededor del vórtice de una hermosa escena homoerótica y, como todos los cuentos de vampiros, una historia de amor, de muerte y posesión, que se remata con una economía y una lucidez, con una imagen que es igual a la ausencia de la misma; en “Un paraguas amarillo” escuchamos la música de Los paraguas de Cherburgo —yo aún recuerdo la carátula del single que se editó en España, con Catherine Deneuve, menos rubia que de costumbre, bajo la lluvia— ambientando un encuentro sentimental, fantasmagórico y feliz en el ómnibus; un limpiabotas lleva la voz cantante en “Maurice”: con ella desgrana una historia de amor-pasión en la que cada zapato es una metonimia de la identidad porque es bastante evidente que el trabajo hace al hombre; “La despedida danesa” es casi un homenaje a Andersen no exento de humor de negro: pérdidas, rencores, traumas y accidentes en el nudo, siempre complicado, de las relaciones paterno-filiales.

Dejo, para el final, el comentario de tres relatos, en mi opinión, exquisitos: en “Golpe de sol sobre el tapete de hule de azul” la elocución pictórica se conecta con una precisión que tiene que ver con el detallismo y no tanto con la economía de medios; un cuento en el que Busutil se rebela contra un canon reduccionista y pinta un sangriento bodegón, una colección simultánea de naturalezas muertas, según los parámetros del cubismo pero con los colores de los artistas fauve.

“El salto del ángel” es la pieza elegíaca de Moleskine: en él un personaje le pide a otro que le recuerde siempre el que fue el momento más feliz de su vida. Por si acaso él llegara a olvidarlo... Por último, “Melville” se atreve con un final climático como feliz colofón a una metáfora sobre el aburrimiento sexual. “Melville” cierra orgasmáticamemte la colección: cuando lean el libro de Busutil, se darán cuenta de que el adverbio “orgasmaticamente” no es una voluta retórica.

Hay que tener mucho arrojo para escribir como un escritor, saltándose las normas que configuran la ortodoxia respecto al cuento instaurada por algunos suplementos literarios y por ciertos talleres de escritura creativa. Eso es exactamente lo que el trapecista Busutil lleva a cabo con los triples mortales que encierra su Moleskine.

Uno se divide en dos


SANTOS ZUNZUNEGUI
Cahiers du Cinéma



No es muy habitual acercar las obras de John Ford y de Víctor Erice. Quizás porque el primero pertenece a la raza de cineastas que trabajan sumando (como ocurre con autores tan diferentes como Josef von Sternberg u Orson Welles), mientras que el segundo forma parte de la estirpe que hace de la resta (como sucede, por supuesto, con Ozu o Bresson) su método esencial de formalización de sus imágenes y sonidos.

Lo anterior viene a cuento de que siempre he pensado que, de una manera singular, las dos obras mayores de ficción del cineasta español (El espíritu de la colmena, 1973; El sur, 1982) reescriben algunos de los parámetros básicos presentes en una de las obras esenciales del creador norteamericano, concretamente en Centauros del desierto (The Searchers, 1956).

Como es bien sabido, el inicio de este film contiene en sus doce primeros planos el conjunto de elementos narrativos que van a desarrollarse a continuación en la peripecia de un Ethan Edwards entregado a una búsqueda de años de su sobrina Debbie, única superviviente de la masacre de la familia de su hermano perpetrada por los indios. Pero es que, además, desarrolla en este comienzo, inscribiéndolo con toda naturalidad en la narración, una reflexión metacinematográfica de gran calado sustentada sobre dos polos básicos: primero, a través de la luz que deja pasar la puerta que se abre en la primera imagen del film, convirtiendo el negro de partida en espacio del relato, mediante un peculiar "hágase la luz"; después, mediante un gesto que suele pasar inadvertido para muchos espectadores y que hace que la cámara cinematográfica parezca empujar a Martha Edwards (madre de Debbie y, como enseguida sabremos, amor inconfesado de Ethan) a salir a la veranda de su modesta cabaña para otear un horizonte en el que apenas se adivina, confundido con la tierra roja del territorio mítico de Monument Valley, la lejana figura de un jinete.

Esta última situación es la que es reformulada en el final de El espíritu de la colmena, en ese plano medio en el que Ana, de espaldas al espectador, abre la ventana para salir a la noche del jardín mientras oímos (¿son sus pensamientos?, ¿se trata de una voice over?) las palabras fundadoras que desataron su búsqueda del espíritu.

Lo mismo que en el caso de la película de Ford, la casi imperceptible diferencia temporal que se establece entre el arranque del travelling de acompañamiento y el inicio del movimiento de Ana (el primero precede al segundo de forma no habitual), parece empujar de forma implacable a ambas mujeres hacia su destino.

Habrá que esperar más de diez años para poder encontrar la actualización, en el cine de Erice, del primero de los elementos identificados más arriba en la imagen que "abre" Centauros del desierto. Porque si en este film la apertura de la puerta -al dejar pasar la luz- impresionaba la película cinematográfica (citando de manera explícita la disposición estructural de la cámara oscura) y prometía el comienzo de la historia, en el arranque de El sur, el lento alumbramiento del plano de arranque (ese paso paulatino de la oscuridad a la luz) funciona también como promesa, cumplida de inmediato, de la aurora del relato. Lo mismo en Ford que en Erice, el gesto cinematográfico es efectivo en la medida en que se enmarca, con naturalidad, en la carne y la sangre de las respectivas narraciones (la apertura de la puerta de la casa en Ford, el dramático amanecer en Erice). De esta manera, una única imagen (el plano de arranque de la película de Ford) es descompuesta, muchos años después, en dos imborrables momentos en dos filmes separados a su vez entre sí por casi diez años. Lo que tenemos ante nuestros ojos es una prueba de que las películas dialogan entre sí más allá del tiempo y del espacio. Y lo mismo ocurre con sus autores.

Síndrome de alienación patriarcal



ANDRÉS MONTERO GÓMEZ
Revista Fundación Mujeres



El proceso de sensibilización y concienciación sociales en violencia masculina hacia la mujer ha sido largo y continúa siendo difícil. Es muy natural que existan multitud de resistencias, que son resistencias culturales, porque la violencia es siempre un instrumento de dominación del otro, en este caso de la otra. Quien se beneficia de la dominación opondrá intransigencia a que le sea erradicada. La violencia es una conducta compleja puesta al servicio de una idea de imposición. Imaginen cualquier expresión de violencia y siempre la encontrarán relacionada con la intención, por parte del agresor, de imponer algo a la víctima, a la persona agredida. Desde la violencia legítima o ilegítima de un soldado en la batalla, hasta la contención también legítima que ejercen las autoridades en una manifestación callejera, pasando por las ilegales muestras de violencia de un atracador o un terrorista, para terminar en la violencia sostenida que puede ejercer un hombre sobre cada una de las dos millones y medio de mujeres maltratadas en España, todas ellas son instrumentaciones de fuerza para hacer que otras personas se comporten como quien ejerce la fuerza pretende que se comporten. La violencia se utiliza para imponer unas voluntades sobre otras.

En las democracias basadas en el imperio de la ley existen unas condiciones tasadas que otorgan a determinados actores la facultad de ejercer la violencia legítimamente. Determinadas circunstancias otorgan a los poderes públicos la legitimidad para obligar a un ciudadano o ciudadana de hacer algo por la fuerza. Estas condiciones están pactadas en la ley por todos y todas, y se supone que constituyen el mal menor al que recurrimos cuando existe algo que nos amenaza. Fuera de ellas, de esas condiciones, las violencias son ilegítimas o ilegales.

Existen dos premisas que debemos afrontar sin prejuicios si queremos comprender, de verdad, la violencia masculina hacia la mujer. La primera es que la violencia ilegítima se utiliza por personas que quieren imponer, ilegalmente, su voluntad a otras. La segunda es que la sociedad, todavía, está construida en función de códigos masculinos de poder y de dominación.

La violencia masculina hacia la mujer se asienta sobre códigos de desigualdad y asimetría intergénero que se transmiten socialmente. Los hombres han detentado y detentan el poder social, aunque actualmente bastante menos de lo que han venido haciendo. Tradicionalmente, los hombres hemos utilizado los medios que hemos estimado oportunos para mantener el poder, también para disputárselo a otros hombres.

A las mujeres las hemos contenido por la fuerza. Lo emos hecho también socializándolas en código masculino. A riesgo de simplificar, lo que ha ocurrido, desde hace muchos años a esta parte, ha sido que el desarrollo económico, en combinación con las guerras que íbamos desencadenando para disputarnos el poder entre hombres, han generado las condiciones para que el hombre cediera parte del poder a la mujer. Esta cesión, considerada como necesaria por el propio hombre para mantener los niveles de progreso social, ha venido impulsada por la sinergia que oonvergía con la propia toma de conciencia, por parte de la mujer, de su condición de ser humano, condición que ha tenido que pelear utilizando a menudo los mismos códifos masculinos implantados e inoculados socialmente. Si este planteamiento suena a feminista no es tanto porque lo sea, sino porque coincide muy ajustadamente con la realidad de una historia, la del ser humano en masculino, que el movimiento feminista, a pesar del lastre de sus luchas internas, nos ha estado recordando para subrayarnos que nos queda mucho camino para la igualdad. Pues bien, el hombre ha cedido poder pero pretende cederlo hasta un límite.

Desde luego, la violencia hacia la mujer siempre ha existido. Los hombres y la sociedad masculina siempre han considerado que cierto tipo de violencia ra legítima para contener el comportamiento de la mujer. Piensen en lo que hemos tardado en aceptar y tipificar que la violación en el seno del matrimonio constituía un delito. Todo el movimiento, por cierto impulsado por mujeres y en donde los hombres hemos colaborado poquito, de visibilización del fenómeno de la violencia masculina en relaciones heterosexuales no es más que otro paso adelante para subvertir el modelo subyacente de masculinidad hegemónica.

Por tanto, es muy natural que la mayoría de los hombres y muchas mujeres, aquellas de actuar inconsciente por estar socializadas en el código hegemónico, se estén resistiendo a aceptar unas clarísimas evidencias en torno a la violencia masculina.

Existe todo un movimiento de adaptación machista que cursa en contra de la revolución destinada a subvertir los códigos de masculinidad dominante. Ahora mismo, esta contrarrevolución masculina se asienta sobre tres vectores. El más estructural es considerar que el ecosistema de igualdad ya existe y, por tanto, que las mujeres llegarán a ella por pura inercia. Lo peor de este vector no es ya su propia existencia ignorando la realidad, sino que los hombres han marcado los parámetros de esa igualdad, pues se trata de igualdad codificada en claves masculinas. La frase que lo representa, pensada por un hombre, sería algo así como: 'OK, queréis ser iguales... pues vais a ser iguales a mí, jugando con mis reglas'.

El segundo vector para contrarrestar la desmasculinización hegemónica de la sociedad es afirmar que la violencia de género es bidireccional. Actualmente hay varias investigaciones universitarias en España que están realizando trabajos de campo para obtener datos que cuantifiquen esa bidireccionalidad de la violencia heterosexual. El argumento de fondo a plantear, para desactivar todo lo logrado para erradicar la violencia masculina hacia la mujer, consistiría en postular que las agresiones del hombre son una respuesta a la violencia psicológica contra ellos ejercida por las mujeres. El machismo que detenta el poder social no dudará en presentarse como víctima del feminismo.

El tercer recurso machista, que se está cocinando entre simplificaciones y estadísticas, sería que la mayoría del maltrato es leve. Esta última instrumentación argumental pasa por restar suelo a los esfuerzos de la ley integral para desarmar la violencia desde su raíz. Y es que la violencia masculina es un proceso sistemático y continuo, que comienza con control y aislamiento de la mujer, para seguir siempre con violencia psicológica y luego añadir, o no, violencia física. Esta tercera tesis de la contrarrevolución masculina persigue localizar la acción antiviolencia de los poderes públicos únicamente en los casos en donde exista agresión física con resultado de lesiones, respaldadas por parte facultativo. Es decir, desmontar la penalización de la violencia masculina desde sus inicios que ha logrado la ley integral. El objetivo de fondo es retornar a un código penal, sin enfoque de género, que nos han contado que es 'neutro', puesto al servicio de la hegemonía masculina. No existe maltrato leve, sino momentos en el escalamiento de la violencia. Quien opine que una discusión no es maltrato acierta. Quien opine que insultarse en una discusión no es mlatrato se equivoca. Quien opine que insultarse es leve, o empujarse a negar el afecto o ridiculizar de manera continua al otro o a la otra son prácticas de levedad, entonces está colaborando con su opinión en dificultar el acceso social a la igualdad, porque está legitimando la violencia.

En ese intento de despenalización de la violencia de género se inscriben los intentos de considerar al maltratador como una persona enferma o con problemas psicológicos que le exculparían de su responsabilidad en las agresiones. Esta táctica de distracciónnde las verdades raíces de la violencia tiene otro paralelo, esta vez en plano psicolegal en procesos penales y civiles en donde se visibiliza maltrato y en donde existe una disputa por la custodia de menores a cargo. En esos espacios se está instrumentando lo que se conoce como síndrome de alienación parental (SAP).

El SAP es la invención que el médico Richard Gardner, norteamericano, desarrolló en 1985 para cuestionar acusaciones de abuso sexual infantil por parte de menores. El SAP como explicación argumentativa conseguía que el acusado, normalmente un hombre, se viera libre de sospecha al hacerla recaer sobre las mentiras de un menor manipulado por su madre. La solución que prescribía el SAP, a cambio, era retirar la custodia a la "madre manipuladora", evitar que tuviera más contacto con el menor que había acusado de abusos sexuales a su padre y hacer que padre acusado de abusos e hijo supuestamente manipulado convivieran sin la presencia de la madre. Después de 22 años desde que fuera planteado, el artefacto del SAP ha sido evidentemente rechazado como realidad clínica tanto por la Organización Mundial de la Salud como por la Asociación Americana de Pisquiatría, las dos principales categorizadoras del diagnóstico psicopatológico profesional a escala mundial. La validez del SAP está tan cuestionada que las propias instituciones norteamericanas encargadas de velar por la buena práctica en el ámbito judicial rechazan abiertamente el SAP como elemento de prueba pericial en los juzgados de familia.

El SAP no es más que una hipótesis, que de momento perdura más de 20 años en contra de las evidencias. Esa perdurabilidad del SAP pasando por encima de toda razón científica responde también a otra hipótesis, al menos tan válida como la única que reflejan los defensores del invento y que por tanto debería tener al menos la misma consideración en las discusiones al respecto: que el SAP es un artefacto psicojurídico, diseñado con propósitos misóginos (su antecedente es nombre tan sexista como "síndrome de la madre maliciosa asociado al divorcio") e instrumentado por maltratadores en relaciones de violencia para desacreditar el rechazo, justificado, que sienten los niños hacia el agresor de su madre.