Un trago de buena suerte

Lucinda Williams es la diva del country alternativo. Una mujer capaz de expresar la dureza y la fragilidad, el lado más oscuro de la existencia a través de letras que rozan la poesía. Sin embargo, su primera visita a España coincide con su disco más luminoso



FIETTA JARQUE
El País




Ha bebido el fondo amargo de muchas copas. Por eso sus canciones huelen a madrugada, a malos tragos en el amor, a soledad y a palabras que se han diluido en ecos. Lucinda Williams (Lake Charles, Luisiana, 1953) arrastra una carrera de más de treinta años por garitos de todo tipo, pero también conoce las esquinas amables y peligrosas del éxito. Con tres grammys a cuestas, ha sido calificada por la revista Time como la mejor compositora de Estados Unidos. Con una voz a veces cristalina y otras sombría, unas letras en el filo de la poesía, y cierto eclecticismo que la lleva del folk al blues, o del country al rock, presenta su nuevo trabajo, Little Honey, con una serie de conciertos que la traen por primera vez a España.

"Sería difícil encasillar mi música en una sola palabra. Parte de ella es country, pero hoy en día eso requiere especificar qué tipo de country, porque incluso en Estados Unidos la palabra remite inmediatamente a gente como Shania Twain o Faith Hill", afirma riendo entre dientes en conversación telefónica. "Normalmente digo que hago una mezcla de blues, country y rock. A veces digo que es rock de raíces. Prefiero no usar el término "americana", porque ha terminado por convertirse también en un estereotipo. Así es que yo diría que es una mezcla de country y folk rock. A veces he dicho que soy una especie de Bob Dylan-Neil Young-Tom Petty femenina, para hacerme entender. Es que en realidad no hay muchas mujeres haciendo este tipo de música".

Lo que ella tiene en común con estos personajes, más que afinidades exclusivamente musicales, es la intensidad y la atmósfera de las letras de sus canciones. La música country de los últimos años ha tendido hacia temas y puntos de vista más conservadores. Las canciones de Lucinda suelen reflejar los rincones más oscuros del alma, desde las vivencias de una mujer de mundo. Sin tapujos, sin arrepentimiento. "Lo interesante es que la música country, cuando yo era muy joven -en los sesenta y setenta-, solía ser así. Las letras eran mejores, las canciones también. Temas escritos por Waylon Jennings, Johnny Cash... Si escuchas cosas de esa época te das cuenta de que eran más afiladas que lo que se hace ahora".

Ese periodo fue también uno de los mejores, si no el mejor del rock norteamericano. "Fue la mejor época en todo", apunta ella de buen humor. "El rock de ese momento fue una gran influencia en mi música". Pero ¿por qué no se decidió abiertamente por el rock en sus principios? "He pensado mucho en eso últimamente, y creo que fue un poco por las circunstancias. Como cantautora era más fácil ir con mi guitarra de aquí para allá. No tenía una banda por entonces. Era solo yo con mi guitarra, aunque tocaba todo tipo de música. No fue hasta 1985, cuando llegué a Los Ángeles, cuando reuní una banda que me acompañara. Antes de eso, podía ser una cantautora y ganarme la vida modestamente. No necesitaba demasiado y la vida era más barata. Tuve suerte porque vivía en una región, entre Austin y Houston, que apoyaba mucho ese tipo de música. Estuve por ahí desde 1974 hasta 1984. Así me fui curtiendo y gané experiencia en mi oficio. Era una música muy popular por entonces con gente como Jackson Browne y Joni Mitchell".

Apreciada por Emmylou Harris y Steve Earle, su carrera empezó a despegar con Car Wheels on a Gravel Road (1998), después de lo cual empezó a hacer giras internacionales, además de actuar como telonera de Bob Dylan y Van Morrison.

Las letras de Lucinda Williams son especialmente destacables. Poéticas, oscuras, desnudas, muy cuidadosamente elaboradas pero a la vez directas y transparentes. El hecho de haber crecido con un padre que es un reconocido poeta, Miller Williams (leyó sus poemas en la toma de posesión del presidente Clinton, tras su reelección en 1997), y profesor de escritura creativa, debe haber tenido un peso notable cuando empezó a escribir. "Aprendí muy joven la diferencia entre canción y poesía. Recuerdo que mi padre solía trasnochar en casa discutiendo con algunos de sus alumnos sobre si Bob Dylan era un escritor de canciones o un poeta. Él solía insistir mucho en que había una diferencia. Y la hay. Canción y poesía son animales muy distintos. Algunos compositores pueden escribir poemas, pero son cosas muy diferentes".

"A veces escribía poemas y se los enseñaba a mi padre que al leerlos me decía: cariño, creo que este poema quiere ser canción. En otras ocasiones era él quien me daba una letra para una canción pero no solía funcionar. En cuanto al oficio de la escritura, tuve mucha suerte de tenerlo a él como maestro y mentor. Le enseñaba mis letras y él las criticaba como un profesor, con sugerencias para mejorarla. Hay algunas reglas o ideas que se pueden aplicar tanto a la canción como a la poesía".

Lucinda elude la sensibilidad extrema en sus temas, pero no las emociones. "Una de las cosas más importantes que me enseñó mi padre sobre la escritura es la economía expresiva", añade. "Algo que me gusta de los escritores es que suelen tener algún maestro o autor de referencia al que pueden enseñar sus trabajos, discutirlos, mejorarlos y así es como se aprende. Yo crecí en ese ambiente. Aprendí cómo se escribe la poesía y lo apliqué a las letras de mis canciones. Mi padre solía decirme que no hace falta emplear demasiadas palabras. Hay que podar el árbol. Y, sobre todo, evitar los lugares comunes o los tópicos".

Little Honey, su noveno álbum, tiene mucho de autobiográfico, como los anteriores. Aunque es menos introspectivo. Es más abierto y directo. Y no es casual. Se acabaron las historias de amor no correspondido porque la vida personal de Lucinda Williams ha dado un vuelco, está contenta con su actual relación con Tom Overby, coproductor de Little Honey. Su suerte ha cambiado. Y se nota. "Sí, en general las canciones son más pop-rock. También hay temas sobre otras personas, como Little Rock Star (dedicada a figuras como Pete Doherty y Amy Winehouse), pero yo sigo estando dentro de la canción". Elvis Costello hace un dueto con ella en el tema Jailhouse Tears.

Las conflictivas relaciones con las discográficas tienen una segunda referencia en este disco con Rarity y hasta una tercera con la imprevisible versión que hace del clásico de AC/DC, It's a long way to the top (if you wanna rock'n roll). Ella misma ha tenido largos periodos de silencio

... "Yo no he dejado de actuar y de componer canciones. El problema ha venido de la industria musical. Después de mi segundo álbum, en 1980, toda la escena estaba cambiando. Los cantautores pasaban de moda..., el clima era distinto. Las discográficas buscaban otras cosas, el punk había empezado, la MTV. Supongo que fue una década difícil para el tipo de música que yo hacía. Así es que me tomó mucho tiempo retomar el estudio de grabación. Cuando fui a vivir a Los Ángeles en 1984 el asunto empezó a mejorar, pero aun entonces me dieron portazo casi todas las casas de discos. No había mercado para lo que hacía, todavía no tenían la etiqueta de "americana". Eran tiempos difíciles para las cantautoras. No fue hacia finales de los ochenta que el asunto empezó a cambiar. Cuando aparecieron Suzanne Vega o Tracy Chapman".

En el brazo lleva tatuada una serpiente de dos cabezas. "Es un diseño tolteca", explica. "La civilización anterior a la azteca que desapareció misteriosamente. El dibujo aparece en un libro titulado Beyond Fear (más allá del miedo), basado en las enseñanzas de Don Miguel Ruiz, un chamán y doctor en medicina, que provenía de una antigua familia tolteca. Cuando empecé a leer sus escritos mencionaba a Teotihuacán, la antigua ciudad mexicana, y decidí visitarla. Me impresionó mucho. Así es que decidí hacerme mi primer tatuaje. En el libro el autor recuerda que estaba en un estado de duermevela, y tuvo una conversión espiritual. E imaginó que entraba por una cabeza de la serpiente y salía transformado a través de la otra cabeza. Yo me siento un poco así, y además nací en el año chino de la serpiente". Lucinda Williams es la misma y a vez una mujer nueva. Su secreto es vivir hacia dentro, más allá del cambio de piel.

En homenaje a Ramón Gómez de la Serna


MANUEL ANTÓN
Hoy es arte




Un día como hoy nació en 1888 Ramón Gómez de la Serna, la figura intelectual más histriónica e inagotable de la Edad de Plata española; una breve biografía homenajea lo que habría sido su ciento veintiún cumpleaños. Y no puede ser una biografía al uso, puesto que el cumplido que pretende hacerse debe reseñar sólo los detalles que arrojen luz sobre la genialidad del biografiado, y para ello la sucesión de hechos y datos no basta.

El propio Ramón creía que la biografía debía hacerse desde la anécdota, puesto que los pequeños hechos del cotidiano son los que mejor definen a los genios que se reseñan. Se trata de que se comprenda la personalidad del personaje, y para ello hay que entender al personaje en su presente, en su vida cotidiana, entender la atmósfera que respiraba y la realidad con la que se enfrentaba. Algo que sólo se refleja en acontecimientos o momentos particulares de la vida del biografiado, cuya trascendencia, si logra detectarse, facilita la comprensión del verdadero papel del personaje, pues obligan a mirarlo desde su punto de vista, como si estuviera vivo. Dichos actos o momentos dependen, como es lógico, de la vida particular de cada personaje, en el caso de Ramón se han elegido dos, aunque podrían haberse escogido muchos más: la impresión del Manifiesto Futurista y su velocísimo exilio a Argentina.

Hito sin precedentes

El primer hecho es profundo por el ambiente en el que se inserta, hay que imaginarse a Ramón saliendo de la calle de la Puebla, 11, hoy 9, con el número de Prometeo bajo el brazo en el que constaba la traducción del manifiesto de Marinetti. Simplemente la calle que vio nacer lo que constituye un hito sin precedentes en la historia de la vanguardia española, sus habitantes y su escenario, suponen un contraste tan brutal con el acto en sí mismo que la figura de Ramón adquiere proporciones gigantescas, y su audacia unas dimensiones absolutamente épicas. El Madrid de 1909, y especialmente el Barrio Maravillas de 1909, foco de golfos, bohemios y demás gentes del mal vivir, por no hablar de la fauna española típica de la Restauración, de apariencia más respetable pero de moral mucho más reprobable, resulta el escenario más descabellado para dar a conocer lo que fue la posición estética más avanzada de su momento. Y algo de lo más activo y agresivo, además, pues el Futurismo se caracteriza por eso precisamente. Es como imaginarse un cuadro de Solana, por citar algo cercano a Ramón y con cierto tipismo, a cuyos personajes se les intenta explicar cómo funciona el cubismo y qué se debe hacer para cambiar la vida con él a través de la velocidad y la violencia. Algo inverosímil, completamente, que da buena cuenta de la improbabilidad de Ramón, una característica esencial no sólo en lo que se refiere a sus obras y a una idea más o menos formal de estética, sino sobre todo a la aptitud con la que dichas obras se insertaban en su presente: resultando, al menos al principio, de lo más improbable. Su Concepto de la Nueva Literatura, leído en público además, la publicación del panteón de escritores finiseculares en Prometeo, incluso el banquete a Larra celebrado ese mismo año, todo resulta inconexo entre sí excepto en que el ejecutor es el mismo, y la única conclusión segura es que éste debe ser un solitario, un precursor al que se entiende demasiado tarde. La mezcla de nuevo y viejo no puede entenderse de otra manera, nada más puede explicar a un personaje que se declara heredero de Larra al tiempo que amigo de Marinetti.

Por eso la imagen de Ramón saliendo de la “oficina” de Prometeo con el ejemplar de ese mes impreso constituye uno de sus mejores retratos y se debe insistir en el hecho, puesto que sucede en un momento en el que en las calles de Madrid el encuentro con alguien considerado “moderno”, como podía considerarse moderno a Marinetti, era de lo más quimérico. Alejandro Sawa acababa de morir hacía apenas un mes, y sus contemporáneos pertenecían mucho más a lo “viejo” que a lo “nuevo” en la jerarquía vanguardista, aun y cuando Ramón se sintiese su deudor. Si se enlaza un hecho con otro, muerte de lo viejo y publicación de lo nuevo, Ramón sale como un héroe terriblemente lúcido que escoge la opción más imposible, por moderna, del panorama cultural español de su momento.

Circunstancias de la historia

El otro hecho revelador es el escasísimo tiempo que tardó Ramón en salir de España con el estallido de la Guerra Civil. El golpe militar fue el 18 de julio, y él ya estaba en Buenos Aires en agosto. Al parecer, fue la visión de Pedro Luis de Gálvez armado hasta los dientes lo que asustó a Ramón y le decidió a irse. Lo cierto es que responde a concepciones más generales de las circunstancias españolas de ese momento, aunque bien es verdad que Gálvez adquirió cierto protagonismo durante la contienda, oscuro protagonismo que lo relaciona con checas y demás sucesos. La estampa de Gálvez a la zapatista debía ser terrible, pero la huida acelerada de Ramón responde al mismo sentido de improbabilidad que sus actos estéticos más audaces. No escoger bando no estaba tolerado en una época tan tensa, y es justo lo que hace Ramón: no elegir y encima darse a la fuga. Es otra prueba de la fuerza de su personalidad, a través de lo improbable, que se demuestra porque de hecho le costó parte de su posteridad y por supuesto trastocó para siempre su modo y calidad de vida. La independencia y audacia que demuestra es tanta o mayor que la que demostró con la publicación del Manifiesto Futurista, su figura adquiere las mismas dimensiones heroicas (de la modernidad), y la posición es la misma: absolutamente solitaria.

En 1909 es un joven casi desconocido y en 1936 un clásico de crítica y mercado. Sin embargo, su postura es esencialmente la misma, y los actos inverosímiles de afirmación personal son los mismos. Por eso resulta pertinente homenajear al escritor madrileño en lo que sería su cumpleaños recordando dos hechos, igual o más elocuentes que cualquier obra de su situación en la vida cultural española de su época: solo frente a todos.

La baronesa del suspense

Tramas complejas y un estilo detallista y sutil. A punto de cumplir los 89 años, P. D. James se confirma como una escritora más allá del género policiaco al indagar en la condición humana. La novelista dice que con Muerte en la clínica privada se despide de la escritura


PATRICIA TUBELLA
El País



La encantadora anciana que recibe en el universo apacible y ajardinado de Holland Park -su residencia en el oeste de Londres-, se dirige a las visitas con la educada calidez del "my dear" y no aparenta tener mayor preocupación que los caprichos de la climatología inglesa, es también una de las mentes criminales más reputadas del Reino Unido. A punto de cumplir los 89 años, la imagen de Phyllis Dorothy James se ajustaría a la de esas damas inglesas de aspecto tan inofensivo como capaces de concebir los asesinatos más horrendos y grotescos, en la estela de Agatha Christie o Dorothy L. Sayers. Aunque su particular pluma no sólo se distinga por unas descripciones que rayan la minuciosidad del experto forense. Una veintena de libros, el grueso protagonizado por su criatura más famosa, el inspector de Scotland Yard Adam Dalgliesh, han erigido a su alias de PD James en la reina de la clásica novela policiaca de las islas, pero ante todo en artífice de la renovación de un género al que ha conseguido imprimir nuevos sesgos.

Sus personajes, complejos e introspectivos, exploran los rincones más oscuros del comportamiento humano, sus tramas se tornan a menudo en ácidas reflexiones sobre la sociedad británica y la presentación de sus escenarios viene arropada por una prosa detallista, sosegada y elegante. PD James es la voz más literaria entre los escritores británicos del policiaco y su figura se empecina en desmentir a quienes relegan automáticamente ese territorio a un plano menor. "No espere que me ponga a la defensiva porque nunca, absolutamente nunca, se me ha sugerido que trabajara de una forma literaria inferior. Creo que algunos de sus autores encarnan la mejor ficción que tenemos en este país", zanja sobre una trayectoria avalada por el prestigio de innumerables galardones de la crítica internacional. El pasado abril acudía ilusionada a Barcelona para recoger el más reciente de esos reconocimientos, el Premio Terenci Moix, desafiando los achaques de salud que forzaran a ingresarla meses antes.

Lejos de amedrentar su espíritu activo, aquella experiencia hospitalaria le ayudó a pergeñar su última novela, Muerte en la clínica privada (Ediciones B), que toma como escenario una clínica privada ubicada en el campo inglés. "El 21 de noviembre, el día en que cumplía 47 años, 3 semanas y 2 días antes de ser asesinada, Rhoda Gradwyn fue a Harley Street a una primera cita con su cirujano plástico...", es el arranque, puro PD James, que nos introduce a la víctima de la función. Una conocida periodista de investigación decide pasar por el quirófano para desprenderse de la inquietante cicatriz que marca su rostro. Acabará estrangulada en el lecho de la habitación. El decimocuarto caso de Dalgliesh traslada al detective londinense a la campiña de Dorset, donde tiene su sede una magnífica mansión Tudor reciclada en clínica, que permite a la autora recrearse en su gusto por el detalle. Ese entorno supuestamente idílico aflora como un escenario opresivo, poblado por una galería de sospechosos cargados de secretos y dobleces. La ambigüedad moral define a los personajes de James, incluidos los verdugos y sus víctimas. "Mis libros reflexionan sobre la complejidad de la condición humana, no existen los buenos o malos de una pieza, hay muchos grises en todos nosotros", subraya. Por eso su Rhoda, amargada e inmutable a la hora de destrozar las vidas de otros con sus artículos en la prensa sensacionalista, es retratada también como una profesional impecable. "Hubiera sido barato dibujarla como una mala periodista, porque la vida no es tan sencilla: hace muy bien su trabajo, pero con él también daña a los demás". El desenlace de la novela nos conducirá a otra de las constantes de la escritora británica, su cuestionamiento de las nociones de justicia, de inocencia o culpabilidad, como conceptos absolutos.

"No creo que ningún escritor sepa de dónde viene la inspiración, ese conocimiento de la naturaleza humana. Desde niña era consciente del hecho de la muerte, y también de que mis mayores no siempre decían la verdad, de que eran más complejos de lo que mostraba la superficie. No puedes aprender ese instinto, ni desarrollarlo si no lo tienes ya, y supongo que es una bendición a una maldición, dependiendo de cómo lo utilices", afirma sobre su reconocida habilidad para el retrato psicológico.

Phyllis Dorothy James (Oxford, 1920) siempre quiso ser escritora, pero sus tanteos literarios no arrancaron hasta bien entrada en la treintena. El internamiento de su marido a causa de las secuelas de la guerra había forzado a la entonces joven madre de dos niñas a encargarse del sustento familiar, trabajando en diversas áreas de la Administración británica. "Llegó un punto en que me di cuenta de que no podía seguir buscando excusas, de que nunca encontraría el momento apropiado para intentar convertirme en una autora seria", relata sobre su decisión de apuntarse a las clases nocturnas de un taller literario. En su labor de funcionaria acabó recalando en el departamento de criminología del Ministerio de Asuntos Exteriores, un ambiente quizá idóneo para ambientar sus primeras incursiones en la novela policiaca, si bien ella asegura que la elección del género obedeció a un pragmatismo muy inglés: "Me gustaba mucho leer este tipo de libros y creía que, de poder emularlos con éxito, tendría grandes posibilidades de que me publicaran".

Estrenó la saga de Dalgliesh con Cubrirle el rostro (1962), un primer título sobre el que hoy admite su "desconcertante" parecido a las obras de Agatha Christie, esos casos de Poirot o Miss Marple en los que ni siquiera el asesinato logra trastocar el orden establecido. Una vez identificado el culpable y sometido a la justicia, la perfecta comunidad inglesa recupera su paz e inocencia. "Eso no ocurre en la vida real, porque el crimen cambia a todo el mundo que entra en contacto con él", subraya una autora que se volcó en la actualización de esas historias arquetípicas, en dotarlas de mayor complejidad y en reivindicar su potencial de talla literaria. "En mis inicios consideré que serían un estupendo aprendizaje (ni siquiera esperaba ganar mucho dinero, a pesar de que me ha ido muy bien...), pero acabé convencida de que, sin apartarme de los cánones que impone, el género podía conducirme a ser una buena escritora". James se declara incondicional de una estructura férrea que "aporte el orden en medio del caos", de "una historia sólida, con su planteamiento, nudo y desenlace, servidos por un lenguaje cuidado". En ese sentido destaca como uno de sus referentes literarios a Jane Austen, citada con frecuencia en sus libros. Construir ese armazón, para luego subvertir algunas de sus convenciones, le permite articular "un relato veraz sobre mis personajes, sobre los hombres y mujeres de la sociedad en que vivimos".

Sus trabajos diseccionan la moderna sociedad británica, escrutan el sistema legal, los privilegios inherentes a una clase, la religión, la política o el mundo del arte: "Es cierto que mis personajes abordan cuestiones actuales como el precario estado de la educación (Muerte en la clínica privada), la institución de la Iglesia (Muerte en el seminario, 2001) o el debate sobre la experimentación con animales en el laboratorio (El Faro, 2005). El escenario de mis novelas es la Inglaterra de hoy, y por tanto su reflejo, pero yo no pretendo hacer crítica social".

Imaginó un mundo sin esperanza de futuro en Hijos de los hombres (1992) que nos traslada a una Inglaterra dictatorial y desoladora de 2021, justo cuando acontece la muerte del último ser humano nacido sobre la faz de la tierra. "A raíz de la lectura de un artículo sobre la caída de la fertilidad en la sociedad occidental, me pareció interesante plantear qué pasaría si la raza humana perdiera su capacidad de reproducirse", explica sobre su única incursión en la ciencia-ficción, caracterizada por algunos de fábula cristiana. "Creo que esa interpretación se apoya en el hecho de que el libro incluye algunos problemas que ya están ahí, como el descuido de nuestros mayores, el rechazo a desempeñar trabajos desagradables, para los que importamos a gente de otros lugares, el surgimiento de nuevas religiones... Pero no aporta respuestas, y sí muchas preguntas". Su protagonista, el desencantado Theo Faron, acabará erigiéndose en el protector de la primera mujer que logra concebir en un cuarto de siglo. "¿Se comportará como un héroe virtuoso o por el contrario cederá a la tentación del poder que le concede controlar la nueva vida?", es el gran interrogante que quiso dejar pendiente en el epílogo. James elogia profusa y diplomáticamente la versión fílmica de Hijos de los hombres, que dirigiera el mexicano Alfonso Cuarón hace tres años, aunque resulta difícil discernir si realmente le gustó una cinta en la que, admite, no acaba de reconocer su novela.

Hace más de veinte años, PD James ejerció de presidenta del jurado del Premio Booker Prize, pero su nombre nunca ha figurado entre la lista de finalistas al prestigioso premio de las letras anglosajonas. Intenta orillar la cuestión -que se le plantea de forma recurrente- declarándose colmada por la multitud de reconocimientos que ha recibido a lo largo de su dilatada carrera: doctora honorífica por seis universidades, receptora de la Orden del Imperio Británico por sus méritos literarios y de una baronía que le ha procurado un escaño vitalicio en la Cámara de los Lores... No quiere sumarse abiertamente a las críticas de otros colegas contra el supuesto esnobismo del establishment literario, si bien acaba reconociendo que, en lo que atañe al Booker, "no creo que la popularidad ayude". Ni en su caso ni en el de "tantos otros estupendos novelistas como John Le Carré".

Su enfoque realista acepta que la novela de misterio suscita prejuicios a causa de la desbordante nómina de títulos que se publican cada año, "en muchos casos sin otra justificación que la popularidad del género" (un eufemismo sobre su escasa calidad). Atribuye el éxito comercial de ese tipo de lectura a sus efectos balsámicos frente a los problemas de la vida cotidiana: "Especialmente en tiempos tan agitados como los actuales, el lector puede sumergirse en un mundo más seguro, donde la tragedia es un puzle que al final logra resolver un ser humano con valentía, perseverancia e inteligencia, un detective que actúa cual dios vengador". James tomó prestado el apellido de una antigua profesora escocesa para crear a su propio héroe, Adam Dalgliesh, a quien dotó "de las cualidades que personalmente admiro: inteligencia, valor y compasión, que no debe confundirse con sentimentalismo". También quería que tuviera un interés artístico y lo convirtió en un detective poeta. Su réplica femenina nacía una década más tarde con el personaje de Cordelia Gray, menos perfecto en su torpeza e inseguridades, aunque por ello resulte también más humano. Los caprichos del azar convertirán a la protagonista de Un trabajo poco adecuado para una mujer (1972) en una atípica investigadora privada y a los casos que asume, en una de esas historias de superación personal que tanto admira su creadora. Porque, desafiando las convenciones, Cordelia sí será la mujer adecuada para el trabajo.

Autora consagrada, mimada por la crítica y el público, PD James es hoy una venerable matriarca -dos hijas, cinco nietos y siete bisnietos- que reparte su tranquila existencia a caballo entre Londres y Oxford. Las complejidades y matices definen su producción literaria, pero las querencias políticas de la baronesa James de Holland Park -su título como par de la Cámara de los Lores- aparecen nítidas e inamovibles. "No pertenezco a ningún partido pero mis instintos están con los tories (conservadores), porque creo principalmente en la libertad del individuo", afirma junto a una fotografía del ex presidente Bush (senior) y su esposa Barbara que integra el conjunto de retratos familiares del salón de su casa. Sigue la actualidad política con atención y, como parte integrante de las instituciones, le preocupa que las recientes revelaciones sobre el abuso de los gastos de los diputados de Westminster ("el mayor escándalo que he visto en mi larga vida") derive "en una erosión de nuestra democracia". Estas cuestiones y "los pequeños asuntos de la vida cotidiana" acaparan ahora todo su tiempo, "a la espera de que llegue la inspiración" para volcarse quizá en un nuevo libro. Deja la perspectiva en el aire: "Pronto cumpliré los 90 años y tengo que estar segura de que soy capaz de mantener el nivel, prefiero dejarlo antes de que se diga que ya no escribo tan bien como antes. Algunos escritores siguen adelante cuando han perdido gran parte de su poder y eso me parece un error inmenso".