Los secretos y verdades de un músico de jazz

Cuando Charlie Parker murió, tenía 35 años pero aparentaba 60. Global Rhythm publica un libro que recoge testimonios de sus allegados. 'Nostalgia de Charlie Parker' de Robert George Reisner recopila toda su discografía.


ALEJANDRO ARTECHE
Soitu




Tenía sólo 35 años cuando fue encontrado muerto en la suite del hotel de la baronesa Nica de Koenigswarter en Nueva York, aunque el forense que examinó su cadáver le adjudicó en un principio 60 años, los que aparentaba el maltratado cuerpo del músico de jazz Charlie Parker, tras una vida de alcohol, drogas y múltiples excesos.

Considerado uno de los genios más sobresalientes de la música y un revolucionario a la hora de interpretar jazz, al morir en marzo de 1955 dejaba tras de sí una carrera de éxitos, problemas y muchos, muchos amigos y compañeros con los que compartió aventuras y escenarios. Tras su muerte, el escritor Robert George Reisner publicó 'Nostalgia de Charlie Parker' (Ed.Global Rhythm Press) , una biografía atípica, lo mismo que el estilo de tocar jazz de Parker y de disfrutar y quemar la vida.

Tantas aventuras, tantos músicos con los que tocó, tantas grabaciones... Imposible condensar todo en un libro. ¿Cómo poner en orden la caótica vida de Charlie Parker en unos cuantos cientos de páginas? La idea le llega a Robert George Reisner al decidir hacer un libro coral. Entrevistas a 80 personas que tuvieron que ver en la vida del músico, y que sean ellos mismos en capítulos individuales los que cuenten lo que para ellos significó el paso del huracán Parker por sus vidas y que el lector se haga una idea global de lo que fue la vida del músico.

Desde compañeros como Miles Davis o Dizzy Gillespie, su manager Teddy Blume —que cuenta los espeluznantes intentos de desintoxicación que acometió varias veces o el acoso que sufría por parte de la policía, y los humillantes cacheos a los que le sometían buscando drogas—, empresarios que le contrataron, su madre o la baronesa Pannonica de Koenigswarter, la última que le vio con vida y en cuya suite del hotel donde se alojaba falleció. La baronesa, mecenas de varios músicos de jazz, cuenta en el libro los hechos reales de cómo sucedió todo, dando así por terminada toda la leyenda absurda que corrió durante un tiempo sobre cadáver sin identificar de Parker en un depósito, y niega que muriese de neumonía. Ella afirma que fueron unas terribles úlceras y la cirrosis hepática que llevaba arrastrando —de la que ya había sido advertido por los médicos— lo que terminó con su vida.

En 'Nostalgia de Charlie Parker' se narran las aventuras de un mujeriego Charlie Parker que no dudó en hacer sufrir a sus esposas empeñando los anillos de boda para hacerle algún regalo a una amiguita nueva, cómo se comportaba como un moderno pícaro para nunca pagar lo que le correspondía a los músicos que le acompañaban y vivir siempre por encima de sus posibilidades (aunque a veces esas posibilidades fuesen cero) o la asombrosa facilidad para improvisar y componer como si no le costase ningún esfuerzo, desde la voz de todos aquellos que le acompañaron en la aventura de dotar al jazz de un nuevo sentimiento y valor.

El libro de Robert George Reisner se completa con una curiosa recopilación de noticias aparecidas en prensa sobre su funeral y entierro, el problema del legado de su obra y una bastante completa relación de su discografía, algo muy complejo dado que aparte de sus discos como protagonista con sus orquestas, figura en infinidad de títulos como músico de acompañamiento de Miles Davis, Sarah Vaughan o la orquesta de Machito, entre otros.

El desgarrón en la civilidad

MARCO REVELLI
Sin permiso



Nadie podrá decir que no sabía.

Las cifras de los estragos son públicas, accesibles a todos. Basta consultar el sitio Fortress Europe (http://fortresseurope.blogspot.com) para conocer las cifras de nuestra vergüenza. En los cuatro primeros meses del año han muerto ya 329 inmigrantes, anegados en el Canal de Sicilia. Fueron 1.274 a lo largo de 2008. Y ascienden a 4.009 en los tres lustros transcurridos desde 1994, cuando empezó el registro de muertes a partir de las noticias periodísticas. Otra decena de miles de víctimas se ha registrado en las vías hacia España y las Canarias (4.463), en el mar Egeo, hacia Grecia (1.310), en nuestro Adriático, procedentes de Albania (603), o en el desierto del Sahara, a lo largo de “las pistas entre Sudán, el Chad, Níger y Mali, de un lado, y Libia y Argelia, del otro” (1.691 muertos censados, pero la cifra está subestimada, porque el grueso de la tragedia se consuma fuera del alcance de la vista, sin dejar traza ni noticia).

Otros han muerto de frío, intentando atravesar las zonas montañosas entre Turquía y Grecia. O saltando por los aires en los campos minados de Evros, en Macedonia (91 personas). O anegados en las aguas del Oder, del Sava, del Morava, los ríos que separan Polonia de Alemania, Bosnia de Croacia, Eslovaquia de la República Checa. O ateridos de frío, ocultos en las bodegas de un avión para escapar a los controles (41 personas). O sofocados en el calor infernal de un contenedor. O aun caídos bajo las balas de las distintas policías fronterizas, en Ceuta y Melilla, los enclaves españoles en Marruecos, en Gambia, en Egipto, o en Israel; en Libia, en dónde están bien documentadas las feroces torturas practicadas “en los centros de detención para extranjeros, tres de los cuales financiados por Italia”.

La cifra total hiela la sangre: 14.679 muertos documentados a lo largo del perímetro que circunda la civilizada Europa con un inmenso muro imaginario, infinitamente más largo, alto y terrible que aquel Muro de Berlín, cuya caída fue celebrada como una liberación respecto de los fantasmas del siglo XX.

No se ha hablado de esas cifras en la cumbre del G-8 celebrada Aquila, que, sin embargo, no se ha privado de servirse de la tragedia africana como escudo para disimular su vacío. Esas cifras no han turbado los paseos de compras de las primeras damas por las calles romanas. Ni las voces de sus augustos maridos en el cuartel de Coppito, remodelado a toda prisa para la ocasión, probablemente con el trabajo de un buen número de supervivientes “regularizados” de aquellos estragos. Y sobre todo: esas cifras no han asomado siquiera, para escándalo de propios y ajenos, a los discursos oficiales de los llamados “Grandes”, detentadores de una extenuada soberanía nacional que –cocida en el jugo de su propio anacronismo— no tolera ni discusiones ni excepciones, presta a vengarse de la propia impotencia ante la fuerza de los mercados y de los capitales con la segregación, el rechazo, el cierre de fronteras y la cárcel: exhibiendo músculo ante los más débiles entre los débiles.

Con todo y con eso, esas cifras –de eso se trataba— sólo han aflorado en la discusión de nuestro parlamento sobre el decreto de seguridad que, transformado en ley, convierte en acto penalizable la culpa de haber sobrevivido a la travesía. Callando sobre los caídos, constituye en “criminales” a los que han logrado salvarse. El Senado la ha aprobado en un clima de dimisión general, tras un debate perezoso, como si se tratara de legislación administrativa rutinaria, con una oposición resignada, distraída y, una parte de ella al menos, connivente en su fuero interno. Y con una prensa dividida entre las historias de burdel del primer ministro y la crónica rosa de la cumbre, con un ojo en las alcobas del palacio Grazioli y el otro en las mesas de Coppito. Y, sin embargo, con este acto se ha producido un grave desgarrón –el enésimo desgarrón: ya empezamos a acostumbrarnos— en nuestra civilidad jurídica y en la más elemental moral pública: con la introducción del “delito de clandestinidad”, en una forma única en Europa, se ha traspasado un límite. Sancionando penalmente el ingreso o la permanencia del individuo extranjero en nuestro territorio, se tipifica como crimen, no un hecho o una serie de “hechos lesivos de bienes merecedores de tutela penal”, sino –como han sostenido con buenos argumentos muchos juristas— “una condición individual, la condición de inmigrante”, conforme a una lógica que asume sin más “una connotación discriminatoria que choca, no sólo con el principio de igualdad, sino con la garantía constitucional fundamental en materia penal, de acuerdo con la cual el castigo tiene que fundarse exclusivamente en hechos materiales”.

En la práctica, los efectos serán nulos, sino, más probablemente, negativos. Cualquiera que conozca el problema sabe que la aplicación de aquel oprobio es técnicamente imposible, porque pondría en crisis al conjunto del sistema judicial. Amedrentará, desde luego. Reforzará unas tendencias xenófobas ya demasiado difundidas en nuestras instituciones públicas, entre los comisarios de policía, entre los pliegos de la burocracia. Alimentará el miedo entre quienes quieren huir del miedo experimentado en la propia tierra de la que tratan de huir. Pero lo seguro es que no producirá más “seguridad”. Ni más orden. Al contrario. Puede que por algún tiempo tenga alguna influencia en la geografía de los flujos, desaconsejando al menos parcialmente las rutas hacia Italia, derivando la migración hacia otras direcciones, de Turquía a Grecia, en primer lugar, hacia fronteras orientales de mayor peligro y en las que la mortalidad corre el riesgo de crecer.

Un efecto evidente tendrá esta ley en el plano simbólico. Por el mensaje que lanza. Y por la incultura que revela. Un desgarrón intolerable, porque la política y la consciencia colectiva se nutren hoy de efectos simbólicos. Y una democracia muere de ultrajes simbólicos al pudor civil. Esperemos que la figura que, en última instancia, ha de jugar el papel de “custodio de la Constitución” no avale ese desgarrón. Que el escándalo de aquellas cifras, inatendido en las demás instancias de poder, traspase al menos los muros del Quirinal.

El vano ayer- Isaac Rosa


HISLIBRIS
Nodo 50




Desde las primeras páginas de El vano ayer se advierte que la novela de Isaac Rosa es una novela honesta, que no pretende confundir al lector, sino presentarle unos hechos ficticios sobre unas realidades, enfocados desde distintas perspectivas para que se puedan sacar libremente las conclusiones que se consideren pertinentes. Se apoya en documentos reales y en hechos atroces, por ejemplo las descripciones de las torturas y vejaciones que se prodigaban en la DGS son auténticas y están narradas, como toda la novela, en una prosa certera y eficaz.

Ya tenemos aquí otro 20-N, y este año parece que la fecha viene a sumarse a la moda que desde hace un tiempo nutre los quioscos, las librerías y hasta el parlamento. Señores, estamos de revival, aunque sólo sea para coger municiones. Hace unos años le tocó a la Transición - así, con mayúsculas antonomásticas- y ahora es la guerra civil la que parece ser redescubierta, entre otras razones porque a los narradores de siempre se han sumando los Moas y Vidales, a quienes por cierto tampoco faltan altavoces, contradiciendo los argumentos “de siempre” - para los que nacimos en los 70, quiero decir- aunque para ello no hagan sino rescatar los argumentos de ese otro “siempre” que nosotros, en nuestra infancia feliz y recién democrática, no conocimos. Y quiero pensar que ese redescubrimiento también obedece a un interés de las nuevas generaciones por saber por si mismos la historia de todos nosotros, pero eso ya es otro tema.

El caso es que una vez más nos encontramos con el pasado, con la memoria, la que nos han contado y la que hemos aprendido. Mejor dicho, con el discurso de la memoria, con la forma en que éste se construye y la manera en que la asumimos. De esa memoria construida y de cómo nos ha sido legada trata esta novela, escrita por un autor - me parece relevante decirlo- nacido en 1974.

Ya lo hemos dicho: nos salen por las orejas los libros que tratan la guerra y la figura de Franco. Pero tengo la sensación de que del 39 se pasa con bastante facilidad a la transición democrática y de que se despachan los años del franquismo con una serie de tópicos recurrentes (los cimientos del desarrollo, la modernización, la represión inicial y el aperturismo, etc) que no responden a todas las preguntas. Es precisamente en esos años en los que transcurre esta novela, ambiciosa en cuanto que pretende ser necesaria, y que se aleja tanto de la cómoda descripción costumbrista y jovial de la familia en 600 como de la cargante rebeldía de verano de la gauche divine y sus excursiones parisinas.

La trama, básicamente, es la que sigue: hojeando los libros que tratan la represión del franquismo, el autor escoge arbitrariamente el nombre de uno de los represaliados, un nombre entre muchos, y rescata así del olvido a Julio Denis, profesor expulsado de la Complutense en los años 60, para a partir de él desmadejar una historia en la que aparecen grises, guardias civiles, comisarios, torturadores, chivatos y universitarios, destacando entre ellos un líder estudiantil desaparecido en las vísperas de una huelga general, y visto por última vez en la famosa Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol, presentada como casa de los horrores del régimen y que en la novela tiene más realidad que muchos personajes.

Hay que decir que la novela es también un juego de espejos en el que el narrador nos presenta la historia desde distintas perspectivas, construyendo una novela en marcha y mostrando a cada paso el andamiaje y las trampas de rigor. Utilizando distintos registros, pretende mostrar cómo puede contarse la historia para que todo sea cómodo, hilarante o macabro según se quiera. El riesgo que tiene es que, como avisa el propio autor, cuando alguien señala algo, la atención se fije en el dedo, y algo así creo que pasa con las críticas que he visto de este libro, más centradas en el estilo, en lo literario - y metaliterario, que lo hay y mucho -que en el fondo histórico, verdadero objetivo del libro. ¿Será por comodidad? De ser así, la propia reacción al libro confirmaría su tesis.

Esta tesis es para mí la siguiente: así como los medios pueden crear e imponer la agenda política, la literatura crea su propia agenda paralela, menos inmediata pero más duradera, y con ella moldea la memoria que heredan las siguientes generaciones. Aplicado a nuestra historia, y a lo que hemos leído tantas veces, se nos invita a cuestionar las visiones complacientes del pasado, con parada feliz e inevitable en la perfecta transición, a poner nombres (y siglas, pues se reivindica insistentemente al PCE) a los muertos, a recordar que el tardofranquismo seguía torturando, aún después del 75, y sobre todo a preguntarnos lo evidente: Franco no hizo la guerra él solito, como si del Mío Cid se tratase. En resumen, a mirar detrás del escenario de la memoria que nos ha venido dada y de la que somos meros usuarios.

El autor no se sitúa en la equidistancia precisamente, sino que se moja: el libro es una acusación al franquismo oficial y a ese que llaman “sociológico”, si bien más que en la guerra - más de moda entre escritores y cineastas, quizá otra vez por comodidad- o en la figura de Franco, se centra en el aparato represivo, desde los que aplicaban los cables hasta los delatores, que le mantuvo y le sobrevivió. Teniendo esto en cuenta, y más allá de algunos juicios discutibles del autor -en dos palabras, la represión en el bando nacional era buscada y organizada y la del bando republicano espontánea y no querida- creo que el libro es muy recomendable porque intenta huir de la comodidad, porque trata al lector como si fuese inteligente y le exige un esfuerzo, haciéndole recorrer los caminos trillados para reconocerlos como tales. Y es también recomendable porque nos obliga a cuestionar cómo se construye el discurso de la memoria, de la nuestra, la que hemos aprendido - en cualquier lado menos en la Universidad, dicho sea de paso- y que hace referencia a un tiempo que no vivimos pero que parece que, cada día más, nos pasa factura.

A vueltas con la rebaja de la edad penal y la reforma de la Ley Penal de Menores

JOAQUÍN OLMEDO
LA Haine




Nuevamente se habla de impunidad, de fracaso de la norma, por la oposición política se habla de reformar la Ley, dentro de un sistema de protección de lo denominado derecho penal del enemigo, cuanto más adelantemos las barreras punitivas mejor, obviando los derechos individuales a favor del derechos a la seguridad del colectivo.Se habla de los logros de sistemas penales como el británico o el americano, incluso se dice que en Escocia la edad penal del menor se encuentra fijada en los 8 años, obviando y desconociendo que en este país lo que se promueve desde edades tempranas en un férreo sistema de protección controlado por los Jueces de Menores, pero es más se obvia que la edad penal española 14 años es la que se sigue en todos los países de nuestro entorno situados en el sistema jurídico continental, y se obvia principios tan básicos como el de intervención mínima y que existen otras ramas del derecho, tanto de índole civil o administrativo en donde se puede trabajar con los menores díscolos, un buen sistema de protección es lo mejor para necesitar que intervenga el sistema de reforma juvenil.

Siguiendo con esta presión mediática se coloca a las víctimas en primera línea de fuego y como si no tuvieran bastante con su dolor se las condiciona para solicitar medidas más duras contra los menores delincuentes. Llegados a este punto, creo que ya es hora de alzar la voz para dar un aldabonazo en la puerta de la opinión pública en un intento no de venderle las bondades de la norma sino de explicarle sus problemas que no están en la misma sino principalmente en los medios materiales y humanos para su aplicación, de este modo la Ley Orgánica 5/2000 reformada últimamente por la Ley 8/2006 de 5 de diciembre, necesita para un desarrollo eficaz un alto número de recursos, y ello sin obviar que la presente norma nació maldita pues se estreno con el conocido como crimen de San Fernando y en donde pasamos de una justicia de menores en mesa de camilla a un proceso penal con todas las consecuencias del mismo, pero al mismo tiempo una norma que paso desapercibida para el gran público pues su entrada en vigor coincidió con otra norma de fuerte calado social como fue la reforma del proceso civil, con carácter previo creo que debemos de recordar los principios rectores del procedimiento penal de menores y de este modo tenemos:

1.- El interés superior del Menor, consagrado en la Convención de Derechos del Niño. En todas las decisiones que se adopten en el contexto de la administración de la justicia de menores, el interés superior del niño deberá ser una consideración primordial. Los niños se diferencian de los adultos tanto en su desarrollo físico y psicológico como por sus necesidades emocionales y educativas. Esas diferencias constituyen la base de la menor culpabilidad de los niños que tienen conflictos con la justicia. Estas y otras diferencias justifican la existencia de un sistema separado de justicia de menores y hacen necesario dar un trato diferente a los niños. La protección del interés superior del niño significa, por ejemplo, que los tradicionales objetivos de la justicia penal, a saber, represión/castigo, deben ser sustituidos por los de rehabilitación y justicia restaurativa cuando se trate de menores delincuentes. Esto puede realizarse al mismo tiempo que se presta atención a una efectiva seguridad pública

2.- El principio de intervención mínima concretado en la evitación del proceso y en instituciones como la reparación, mediación o conciliación, o el principio de oportunidad y posibilidad de archivo del expediente por el Ministerio Público.

3.- el principio de resocialización, que viene impuesto por lo establecido en el art. 25. 2 de nuestra Constitución.

4.- El principio de Flexibilidad, que se concreta principalmente en la posibilidad de adaptar las medidas correctoras impuestas a la situación del menor en cada momento.En consonancia con las anteriores manifestaciones, tampoco podemos obviar que el procedimiento de reforma juvenil se configura en nuestro país como un verdadero proceso penal con todas las garantías para el menor imputado que ello conlleva. Dicho lo anterior, la cuestión no es rebajar la edad penal del menor a los 12 años en nuestro país ni tampoco endurecer la norma, ya lo suficientemente dura de por sí y para muestra un botón si estamos hablando de delitos más graves las penas que se pueden imponer a los menores delincuentes según el art. 10.1 b) de la Ley Orgánica 5/2000 reformada por la Ley 8/2006 y según la franja de edad delictiva establecida por el art. 9 de la misma norma la siguiente:

- Si el delito se comete con 16 ó 17 años, se establece una pena de internamiento siempre en régimen cerrado va 1 a 8 años seguido de un periodo de hasta cinco años más de libertad vigilada

- Si el delito se comete entre 14 ó 15 años la pena de internamiento siempre en régimen cerrado va de 1 a 5 años seguido de un periodo de 3 años de Libertad Vigilada.

En ambos casos existe un periodo de seguridad de la mitad de duración del internamiento antes de que por mor del principio de flexibilidad (art. 13 y 51.1 LORPM) se pueda acudir a la modificación de la medida, y en este punto debemos de recordar que el incumplimiento de la Libertad Vigilada puede dar lugar a la reformatio in peius y trasformación por vía del art. 50.2 de la Ley en un nuevo internamiento por el tiempo que reste de la condena y finalmente reseñar que conforme se prevee en el art. 14 de la Ley Orgánica tras la reforma del 2006 y por tanto para delitos cometidos desde el 5 de febrero del 2007 fecha de entrada en vigor por este tipo de delitos los menores pueden terminar cumpliendo condena en centros penitenciarios lo que es obligatorio al llegar a los 21 años de edad, con lo cual hablemos de la franja de edad entre 14 y 18 años de que hablemos no cabe duda que en ambos casos los menores que cumplen condena por delitos extremadamente graves pueden terminar cumpliendo condena en prisión luego este Letrado se pregunta ¿Dónde está la impunidad de la Ley?.

Dicho lo anterior, lo que necesita la Ley como ya se ha expuesto, son recursos, entre otras cosas por cuanto, la instrucción en el proceso penal de menores está controlada a diferencia de los adultos por el Ministerio Fiscal y el Juez de menores se configura en esta fase como un Juez de Garantías, para garantizar los derechos del menor en el proceso, y para la adopción de las medidas cautelares que deban decretarse contra el presunto menor infractor, tras la apertura de la audiencia estamos ante el enjuiciamiento del menor y tras la sentencia el Juez se convierte en Juez de Vigilancia de la ejecución con lo cual este triple papel en Juzgados masificados nos lleva al exceso de trabajo jurisdiccional y ello sin olvidar las piezas de responsabilidad civil anteriores a la reforma que sobrecargan igualmente los Juzgados, llegados a este punto la solución para agilizar los Juzgados pasa o mediante la dotación de jueces de apoyo para atender a los Juzgados más saturados o la creación de Juzgados de Ejecución de Medidas de Menores como ocurre en ciudades como Madrid. En cuanto a la Fiscalía se debe de acudir para delitos menos graves y sin violencia a potenciar figuras como la conciliación, la mediación o la reparación que además de la faceta educativa, crear un autentica empatía victima delincuente y evitar el someter a ambos menores al proceso. Son necesarios equipos suficientes, educadores, trabajadores sociales y psicólogos para potenciar las medidas de medio abierto y no se dilaten en exceso los programas de estas medidas judiciales, y ello por cuanto si siempre se reclama una Justicia penal rápida en menores esta debe de ser ultrarrápida entre otras razones por razones biológicas dado la franja de edad en la que trabajamos.

Igualmente es necesario reclamar que la ejecución de las medidas privativas de libertad no se encuentre en manos privadas de ONG, sino en manos públicas, y ello a fin e ir creando un cuerpo de doctrina a modo de cómo existe actualmente en Instituciones Penitenciarias, lamentablemente no se cumples de la misma manera las medidas privativas de libertad si un centro de menores pertenece a una determinada organización u a otra distintas. Y si cabe exigir algún tipo de reforma legal no me cabe duda que la que hay que pedir es de índole procesal por cuanto es necesario crear un procedimiento más ágil para las presuntas faltas, pues actualmente el proceso es el mismo para faltas que para delitos, así como es necesario incorporar a la Ley Penal del Menor un sistema de Juicios rápidos similar al de adultos.

Finalmente como ya tuve ocasión de manifestar en otro artículo al respecto, hay un dato objetivo evidente para no necesitar en una rebaja de la edad penal de los menores, y este dato no es otro de que la delincuencia juvenil conforme datos estadísticos, que se encuentran perfectamente publicados entre otras instituciones por el Centro Reina Sofía para el estudio de la violencia, el Consejo General del Poder Judicial o el Ministerio del Interior, y que han sido recogidos en la ponencia que el profesor y jurista del cuerpo superior de instituciones penitenciarias D. Tomas Montero Herranz, titulo “ La evolución de la delincuencia juvenil en España y el tratamiento del menor infractor ” presentada en el congreso internacional de Sevilla de noviembre del 2007, sobre fenómenos de la delincuencia juvenil, nuevas formas penales, no ha existido un aumento de la delincuencia juvenil desde el año 2002, manteniéndose la misma en parámetros estables, pero es más, recientemente se ha publicado la primera estadística sobre delincuencia juvenil realizada por el Instituto Nacional de Estadística en donde se observa entre otras cosas como la mayoría de las medidas impuestas a menores infractores son libertad vigilada y prestaciones en beneficio de la comunidad y como los delitos graves afortunadamente son una ínfima parte de los cometidos por los menores de edad.

Las polaroids con las que Tarkovski retrató la nostalgia

El director ruso utilizó una Polaroid para preparar su película Nostalgia. Un libro recupera estos apuntes fotográficos


FRANCISCO GÁLVEZ
Soitu



Si hay un artista que ha utilizado la nostalgia como su gran seña de identidad estética ese es Andrei Tarkovski, responsable de adaptar al cine Solaris, obra maestra del escritor polaco de ciencia ficción Stanisław Lem —la película es considerada por muchos la respuesta soviética a la odisea espacial de Kubrick—. Recientemente, la editorial Maia publica ‘Fidelidad a una obsesión’, un libro que recoge las polaroids tomadas por Andrei Tarkovski a modo de apuntes personales instantáneos para el rodaje de su película ‘Nostalgia’, la primera que filmaba fuera de la URSS.

El libro recoge las imágenes que los pasados meses de abril y mayo pudieron verse en la sede de la exposición ‘Luz instantánea. Fotografías, itinerarios y saudades' de la Fundación Luis Seoane en A Coruña, que permitió contemplar por primera vez en España la obra fotográfica del cineasta. El volumen también recopila textos correspondientes a las conferencias sobre Tarkovski impartidas el pasado año en la ‘Casa das Campás’ de Vigo y en el CGAI de A Coruña.

La realización de las imágenes se inició cuando preparaba la película junto al guionista Tonino Guerra —el habitual de Antonioni—. Su amigo italiano le regaló, a petición propia, una cámara polaroid con la cual obtener estas instantáneas, como si se tratara de bocetos. Cabe preguntarse si un artista como Tarkovski, que concedía tanta importancia a la apreciación de los matices lumínicos en sus películas, podía bastarse con unas sencillas tomas realizadas con Polaroid.

No en vano la obra de Tarkovski se caracteriza entre otras cosas por el uso magistral de la iluminación a través de la fotografía. "Él es el maestro del cine como sueño y del sueño que se hace realidad", dijo Bergman sobre él. Quizá la explicación a este enigma haya que buscarla en estas palabras del cineasta ruso: "Siempre he buscado la simplificación: cuanto más sencillo, mejor resulta habitualmente".

Atrapando el recuerdo de la luz

En el intervalo de tiempo que transcurre hasta el inicio del rodaje, Tarkovski regresó a Rusia junto a su familia donde siguió tomando imágenes de su entorno familiar, de su ‘dacha’ en el campo ruso, con el objetivo inicial de ser usadas en la preparación del film.

Como recuerda su hijo Andrej "estas fotografías se convirtieron en el único vestigio tangible de los recuerdos de su tierra, cuando, al final de la realización de Nostalgia, decide permanecer exiliado en Italia", como protesta ante la ‘mala voluntad’ que hacía él y su trabajo dispensaban las autoridades rusas.

La luz que vemos reflejada en sus instantáneas es la misma que impregna sus películas, luz septentrional del Ártico, donde en primavera los rayos del sol parecen no extinguirse nunca, bañando todo en una atmosfera lumínica única. Es la luz de los grandes espacios vacíos de Stalker y de Sacrificio, su testamento fílmico, rodada en la isla sueca de Gotland.

"Recuerdo cuando mi padre cogía su polaroid y se marchaba a pasear, al alba y al ocaso, por las praderas que rodeaban nuestra casa de campo. Se preocupaba por fotografiar cualquier particularidad, por capturar cualquier matiz de luz y de sombra, como si su memoria fuese insuficiente para acogerlo todo y como si tuviese necesidad de aquellas instantáneas para sellar su recuerdo", explica Andrej en el libro.

Lo cierto es que al igual que los bocetos preparatorios de una pintura en ocasiones nos parecen tan sugestivos como el resultado final, en el cine sucede lo mismo con algunas fotografías. Son buena prueba de ello estas imágenes instrumentales de Tarkovski o las polaroids que Sofía Coppola utilizó para orientar al director de fotografía Lance Acord a la hora de realizar la mítica puesta en escena de Lost in Traslation.